"Dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor."
Al alcanzar el último tablón del pórtico, cerraría los ojos para guiarse únicamente por el tacto de las flores.
Al llegar a los lirios estaría a la mitad del jardín, si acariciaba las rosas, ya estaría a un paso de la salida, si el diminuto tamaño de las nomeolvides del paso rozaban sus piernas desnudas, sería momento de echarse a correr antes que alguien lo descubriera.
Con el corazón en los labios, resoplando de pura libertad, encontraría el camino hacia el puerto, completamente vacío a esas horas, salvo por el apacible ruido del mar, que, en esas épocas del año, estaba más calmado que nunca, ideal para sus paseos secretos.
No es que se sintiera abrumado por la compañía y el trabajo, Chuuya realmente encontraba un sentido de vida al ocuparla en los huérfanos del pueblo. Sin embargo, a veces necesitaba un momento a solas, y con todo el séquito de patitos que seguían sus pasos sin descanso, su única oportunidad era escapar a media noche.
Inhaló profundamente el aroma salobre del puerto, riéndose entre dientes ante el tacto de la arena en sus pies, el fresco aire en el rostro y el pecho.
Ane-san lo dejaría sordo de tanto gritarle si lo viera recorrer el puerto en nada más que unos delgados shorts de manta, y él se sentiría avergonzado por ser tratado igual que el resto de los niños, cuando estaba por cumplir ya veintitrés.
Comenzó a tararear, mirando la calmada marea, decidiendo que podía mojarse las piernas al menos.
Se estremeció ante el tacto del agua fría, mordiéndose los labios ante la adrenalina de nadie cerca, entrando al agua hasta el cuello, confiándose a sus agudos sentidos para no ser sobrepasado por la oscuridad.
Hundió la cabeza, nadando un poco más adentro, hasta que sintió algo delgado y alargado ceñirse en su tobillo.
Jadeó, flotando, recordando que Ane-san le había dicho que si una anguila o serpiente acuática se llegaba a acercar a él, lo mejor era no moverse mucho.
Suspiró cuando su tobillo fue liberado, tan sólo para ahogar un grito cuando algo mucho más grande y pesado golpeó su cadera, haciendo que la sangre se le detuviera.
Tragó saliva, intentando no moverse, sin embargo, la corriente comenzaba a jalarlo más al centro del mar al no oponer resistencia, y pronto se vería en la encrucijada de ser devorado por las aguas o atacado por un...
¿Abrigo café?
Pestañeó, sin dar crédito a sus ojos, cuando vislumbró un trozo de tela café flotando, inflada de aire, hasta que notó una mano sobresaliendo y comprendió lo que estaba pasando.
Se hundió rápidamente de nuevo, buscando la cintura del cuerpo para sacarlo a superficie, nadando lo más rápido que pudo hasta llevarlo a la orilla.
Era un hombre joven, con un traje completamente arruinado y envuelto en vendas que, por la corriente, se habían aflojado, y pudo deducir, fueron lo que confundió con serpientes.
Sin darse tiempo a divagar más, comprobó el débil pulso del hombre, y se apresuró a comprimir su pecho para expulsar el agua, y comenzar a darle los primeros auxilios, llenando sus pulmones con aire, buscando su latido.
Fue casi un minuto hasta que el hombre comenzó a toser débilmente, jadeando, intentando abrir los ojos.
— No te fuerces, amigo— susurró Chuuya, ingeniándoselas para acomodarse al hombre en su espalda. Considerando que era mucho más alto que él, no fue tarea fácil.
Volvió al orfanato, intentando no llamar la atención al cerrar la puerta del baño, abriendo la llave del agua caliente para comenzar a desnudar al náufrago y calentarlo, apoyándolo con cuidado contra su cuerpo para que se sostuviera. Cuando sintió que su temperatura era medianamente aceptable, lo envolvió en una toalla y lo llevó a su habitación, arropándolo en la cama.
Puso su dedo bajo su nariz para comprobar que estaba respirando, suspirando aliviado al notar que la sombra azulada en sus labios comenzaba a retroceder.
Tomó las ropas empapadas, buscando alguna identificación o algo que le hablara sobre el hombre. El mar se había llevado todo.
Resopló, dejándose caer en la silla junto a la ventana donde solía leerle a los niños cuando no podían dormir, contemplando el rostro apacible del hombre.
Sus facciones eran suaves, varoniles y agradables de mirar.
No era lo mejor que podía pensar en esa situación, pero no pudo evitar notar lo atractivo que era.
Alejó su pensamiento, concentrándose mejor en qué diría al día siguiente a Ane-san sobre su inesperado inquilino.
*
— Déjame ver si entendí. Ayer te escapaste al puerto y trajiste a un hombre como souvenir.
— No es así, Ane-san, se estaba ahogando, no podía dejarlo morir.
— No tienes ni idea de quién es, Chuuya, quizá es un criminal.
— En ese caso la ley se encargará de juzgarlo, no nosotros, es lo que sueles decirme.
La mujer suspiró, mirando de soslayo el bulto en la cama de Chuuya, que había comenzado a roncar para dar fe sobre su sobrevivencia. Fijó sus ojos cerezas en Chuuya, ladeando los labios, cruzada de brazos.
— Cuando recupere la consciencia y nos diga quién es, tomaremos una decisión, mientras tú te harás cargo de él. Trata que los niños no lo vean.
— Eso es imposible, sabes que mis tres patitos siempre están atrás de mí.
— En ese caso, encárgate de explicarles que tu alma de salvador nos dio una boca más por alimentar, aún sabiendo que el presupuesto no es el mejor— la mujer le golpeteó la mejilla, entre risas, besando su frente después—. Tienes un corazón de oro, cariño.
— Tú también, Ane-san— sonrió, un poco más al escuchar las pisadas puntuales de los niños corriendo hacia ellos.
— ¡Buenos días, Chuuya-san, Ane-san!— al unísono, dos niños y una niña saludaron, abrazándose a la pierna del pelirrojo.
— Buenos días— Ozaki sonrió críptica, pasando su mano por los cabellos de los niños, marchándose por el pasillo.
Chuuya suspiró, agachándose para quedar a la altura de los pequeños.
— Escuchen con atención, por favor. Tenemos un...invitado. Llegó del mar ayer, y está muy enfermo, por lo que necesita descansar para reponerse, así que hoy no podremos desayunar en mi habitación.
— ¿Es una sirena?
— No, Gin-chan— Chuuya se rió bajito, haciendo que la niña hiciera un puchero desilusionado—. Es un secreto, de todos modos, así que ayúdenme a evitar que los demás niños se acerquen aquí.
— ¡Cuenta con nosotros!— Atsushi apretó sus puños, sonriendo con entusiasmo.
— Podemos ayudarte a cuidar de él, como cuidaste de mí cuando me dio tuberculosis— Ryuunosuke pestañeó con seriedad, aferrando sus manitas al pantalón del pelirrojo.
— Con que guarden el secreto es suficiente. Ahora, vamos a la cocina.
*
Abrió con cautela la habitación, cerrándola con la cadera al tener en las manos la bandeja con dos porciones de desayuno, dejándola en la mesita de noche para pasar su mano por el rostro del hombre.
Tenía temperatura y color sanos, respirando pausadamente.
Chuuya sonrió, pensando que, a la luz del día, lucía mucho más guapo y joven.
Apartó un mechón de su frente, sentándose en la orilla de la cama al ver que comenzaba a apretar los párpados, luchando por despertar.
Poco a poco, con dificultad, un par de ojos café oscuro se fijaron en él.
Resopló, acomodándose contra el respaldo de la cama, tallándose los ojos, sujetándose la frente.
— ¿Dónde estoy?
— En Okinawa. Ayer te saqué del mar, te estabas ahogando.
—¿Okinawa?— se volvió a sujetar la frente, adolorido, inhalando y exhalando sonoramente.
—Tómalo con calma, descansa un poco más— le ayudó a recostarse de nuevo, tomando el plato con sopa, soplando para enfriar antes de acercar la cuchara a los labios del hombre—. ¿Tienes un nombre?
— Dazai...Creo. No lo recuerdo.
— No te fuerces, es normal que estés desorientado— sonrió, conciliador, volviendo a llenar la cuchara—. Yo me llamo Chuuya Nakahara.
— Es un lindo nombre, casi tan lindo como tú.
— No recuerdas tu nombre pero sí cómo ser un adulador— respondió con firmeza, a pesar del salvaje sonrojo que manchó su cara hasta la punta de sus orejas—. ¿Recuerdas qué hacías en el mar?
— No, lo siento— dio un rápido vistazo a la habitación, notando lo genérico del decorado—. ¿Es un hospital?
— Casi, un orfanato. Tuviste suerte de que te encontrara yo, aquí puedes descansar tranquilo. Claro, si no te molestan los niños.
— Por supuesto que tuve suerte, me salvó un ángel— sonrió suavemente, recibiendo la nueva cucharada, guardando en sus pupilas el rostro sonrojado y la mano temblorosa de Chuuya.
— No pareces tan moribundo, quizá deba llevarte con Yosano-sensei y que ella se ocupe de ti.
— No quise incomodarte, lo siento. Te agradezco que me hayas salvado. Espero recuperar pronto la memoria y no causarte muchos problemas.
— Está bien, es un lugar tranquilo, puedes recuperarte sin problemas.
Dazai sonrió, mirando con curiosidad a las tres cabecitas que se asomaban por la puerta, atentos a ellos.
Chuuya se giró, ladeando los labios. Sabía que la curiosidad de los niños no les permitía estar alejados, aunque hubiera preferido no lidiar con eso. Les hizo un gesto para que entraran, y, tomados de las manos, los tres entraron, mirando con curiosidad a Dazai, quien les saludó amistosamente.
— Gin quiere ver sus piernas— dijo Ryuu con firmeza, señalando la cobija sobre Dazai.
El castaño miró a Chuuya con una ceja levantada, y peste se echó a reír de buena gana, abriendo un poco la sábana para que vieran sus pies.
— Te dije que no es una sirena, cariño.
La niña suspiró, apretando los labios y Atsushi le palmeó la espalda, ambos visiblemente desilusionados.
— Oh, pero las sirenas son muy reales, pequeña. Yo mismo las vi, en el fondo del mar.
— ¿En serio?
— ¡Claro! ¿Quieres escuchar la historia?
La niña asintió, soltándose de sus amigos para saltar a la cama, al costado de Dazai.Atsushi se acercó a Chuuya, sentándose en sus piernas, mientras Ryuu se acomodaba al otro costado del castaño, escuchando con atención el cuento que Dazai fue armando para ellos.
*
Llevaba dos días dando pequeños paseos por el jardín, con ayuda de Chuuya.
Breves, ya que su salud todavía no terminaba de volver, menos su memoria, sin que esto fuera sinónimo de quedarse postrado. Incluso podía jugar un par de minutos con los niños, quienes lo habían vuelto uno más de ellos casi desde el primer día.
El aire le estaba haciendo bien a sus pulmones, fortaleciéndolos, y el sol le había devuelto el sano tono a su piel.
— Este arbusto lo planté yo cuando llegué. Tenía cinco años.
— Las camelias rojas son mis flores favoritas— dijo Dazai, acariciando con suavidad los pétalos del arbusto, arrancando una para ponerla en el cabello de Chuuya—. Apuesto a que lucirías hermoso con un ramo de ellas en el templo.
Él se rió, mordiéndose los labios, tomando el brazo de Dazai para seguir caminando por el jardín, queriendo ignorar el cosquilleo en su pecho ante esa insinuación.
*
—¡Es mi turno!
—¡No es cierto, tu turno fue ayer!
— No griten tanto, van a despertar a todo el mundo— Chuuya se echó a reír, cargando a Atsushi y a Ryuu, besando sus frentes, mientras Gin se acomodaba en los brazos de Dazai—.Si se acomodan bien, los cuatro caben perfectamente en la cama.
— Somos cinco— declaró Atsushi, mostrándole todos los dedos de su mano—. Cinco es mayor que cuatro, Chuu-Chuu.
— Yo no quepo.
— Claro que sí, eres casi del tamaño de Gin-chan— intervino Dazai, ganándose una mala mirada del pelirrojo—. ¿En serio le vas a decir que no a esta carita? Mira nada más esos ojos.
— ¿Por favor? Llevamos cinco días durmiendo con Dazai, pero no contigo.
— Pensé que era porque prefieren sus cuentos a los míos.
— No seas celoso— Dazai se echó a reír, abriendo la sábana para que el pelirrojo entrara a la estrecha cama.
Mordiéndose los labios, meditó si realmente sería una buena idea. Atsushi se bajó de un salto, tomándolo de la mano, arrastrándolo.
Tosió suavemente, abochornado ante la cercanía de Dazai. Acomodó a Atsushi en su pecho, intentando no mirar al hombre.
— ¿Sobre qué quieren que trate el cuento de hoy?
—¡Piratas!
— ¡Tigres!
—¿No recuerdas de dónde vienes pero eres capaz de crear cuentos para los niños cada noche?
Dazai se echó a reír con ganas, abrazando su cintura, besando su frente.
Chuuya sintió que las mejillas se le estaban quemando, incapaz de encararlo.
Incapaz de no pegar su cabeza a su pecho, sintiendo el suave latido de su corazón como una especie de carta de amor, únicamente para él.
*
Con su aliento le rozaba la mejilla, mirándolo tan intensamente que se había hecho agua, sin más forma que la que pudieran darle sus manos, deseando envolverlo con su cuerpo hasta el último rincón, pegarlo a su alma con la fuerza necesaria para que ni un rayo de sol cupiera entre ambos.
Dazai lo recorrió con la vista, de la frente a los labios, tragando saliva antes de cerrar los ojos para comenzar a besarlo, hundiéndolo más con su peso contra la cama, sintiendo a Chuuya romper un momento el beso para cerciorarse que la puerta estaba cerrada.
Volvió a sus labios, cerrando sus dedos en su cabello, temblando al sentir los de Dazai abrirse camino en su vientre, subiendo hasta su pecho. Jadeó, ladeando la cara para morderse los nudillos.
Si los niños los escuchaban, se iban a meter en un problema mayúsculo.
Dazai se rió entre dientes, pegando su frente a la de Chuuya, besándole allí después, mirándolo directo a los ojos.
— Te quiero tanto, tanto.
Chuuya le devolvió la sonrisa, besando sus labios, cerrando los ojos mientras los dedos de Dazai seguían su recorrido por su cuerpo.
*
Se volvió habitual que los cinco salieran a hacer diligencias por el pueblo.
Los niños tomaban la delantera, jugando, mientras ellos dos aprovechaban la distracción para besarse y tomarse de las manos, susurrándose cosas que les sonrojaban mutuamente.
Como un matrimonio, como una familia.
— Tengo un poco de dinero ahorrado, pensé llevarlos a la cafetería del pueblo para celebrar tu primer mes con nosotros.
— Me encantaría, aunque me siento un poco culpable porque te estás haciendo cargo por completo de nosotros.
— Me ayudas lo suficiente con los niños en el orfanato, no te preocupes— lo besó brevemente, llamando a los niños, guiándolos al negocio.
Entraron, y el olor a café recién tostado se coló por la nariz de Dazai, atándose a su cerebro, directo a sus recuerdos.
— ¿Estás bien? Te pusiste pálido.
Dazai boqueó, tragó saliva, incapaz de responder, tomando a Gin en brazos para sentarse en una mesa.
El gesto aterrado no se le quitó en todo el día.
*
Chuuya miró su cama, la que llevaba poco más de un mes compartiendo con Dazai, completamente vacía salvo por una insulsa carta donde, de manera apresurada, le explicaba que había recuperado la memoria, y que debía volver urgentemente a Yokohama, su ciudad natal, a atender asuntos de primera importancia, pero que volvería en cuanto los resolviera.
Que no se había despedido porque le sería imposible marcharse si lo veía a los ojos.
— Ojalá no te hubieras acordado nunca.
Murmuró, apretando la hoja con rabia.
*
Pasaron los días, las semanas, y la rutina volvió a su cauce, sin sorpresas hasta aquella mañana, dolorosamente luminosa.
Ozaki estaba barriendo la entrada, cuando una figura familiar llamó su atención.
La breve esperanza de devolverle la sonrisa a Chuuya se esfumó al ver que el hombre no iba solo.
Apretó el gesto, erguida como una estatua protectora, clavándole la mirada.
Recibiendo a cambio una sonrisa culpable, desconsolada.
— ¡Hola! Usted debe ser Kouyou-san, Osamu me habló mucho de ustedes, estoy tan agradecida que hayan salvado a mi marido, estuvimos tan preocupados por él.
— Así que Osamu...
— Dazai Osamu, ese es su nombre. Me contó que no podía ni recordar su nombre, fue una verdadera tragedia, aquella noche chocó su auto y se salió de la carretera, cayendo al mar. Fue un milagro que sobreviviera, no me quiero ni imaginar que hubiera sido de nosotros si Osamu no hubiera vuelto— la mujer abrazó con aprehensión al bebé en sus brazos, de, a lo mucho, un año—. Estamos tan agradecidos que lo convencí de hacer una colecta para donarles. El cabeza dura no quería venir personalmente, decía que con una carta sería suficiente. Después de todo lo que hicieron por él, ni siquiera quería dar la cara.
— No quiero ser descortés, sin embargo, justo ahora no estamos recibiendo donaciones, quizá quieran...
—¿Dazai-san?— Atsushi se asomó por la puerta, abriendo los ojos con pura euforia, corriendo a abrazarlo— ¡Dazai-san, regresaste! ¡Chuu-Chuu dijo que no lo harías, pero yo sabía que sí!
Ozaki se quedó helada, al igual que Dazai, quien no atinó a nada más que abrazar a Atsushi, ante la mirada enternecida de su esposa.
— Siempre ha sido muy bueno con los niños, de hecho, espero pronto poder darle un hermanito a nuestro bebé— dijo ella con un tono confidencial, sólo para Ozaki, riéndose bajito.
— ¡Voy por Chuu-Chuu, se va a poner tan feliz de verte!
— ¡De ninguna manera! — bramó Ozaki, haciendo que el niño se encogiera asustado. Ella lo sujetó de la nuca, contra su pierna, mirando a Dazai con tanta rabia que era imposible contenerla—. Nos alegra que hayas recuperado tu salud, Dazai-san, y agradecemos sus buenas intenciones, sin embargo estamos muy ocupados y no podemos recibir visitas ahora.
—¿Dazai-san?— Gin se asomó, curiosa porque Atsushi no había vuelto. Sonriendo de oreja a oreja, se echó a correr al interior, sin que Ozaki alcanzara a detenerla.
— Será mejor que nos vayamos— la voz de Dazai salió temblorosa, tomando a su esposa de la muñeca, jalándola para que se echaran a correr.
— Ane-san ¿Por qué Dazai-san no quiso ver a Chuu-Chuu?— cuestionó tímidamente Atsushi, sintiendo un nudo en su garganta porque el hombre ni siquiera se despidió de él—. Ryuu-chan me había dicho que ellos dos iban a...
— Ve adentro, cariño. Te prometo que algún día te explicaré todo.
El niño la miró con ojos llorosos, aunque obedeció, mirando a Gin correr con Chuuya.
— ¿Dónde está?— el pelirrojo comenzó a buscar con la mirada, corriendo, con una sonrisa tan luminosa que ni siquiera el sol se asomó por el cielo.
—Gin-chan, ve adentro— pidió Ozaki en voz baja, y la niña obedeció, segura que en un abrir y cerrar de ojos Dazai iría con ellos, y volverían a ser los cinco jugando en el jardín, escuchando cuentos hasta quedarse dormidos.
— Gin-chan me dijo que Dazai volvió ¿Dónde está?
— Vinieron. Él, su esposa y su hijo.
Contundente, Chuuya no necesitó más explicaciones, tragando saliva mientras apretaba los puños, asintiendo en silencio.
Si hubiera levantado la mirada, habría visto a Dazai cruzar la esquina, huyendo para siempre.
*
Al alcanzar el último tablón del pórtico, cerraría los ojos para guiarse únicamente por el tacto de las flores.
Al llegar a los lirios estaría a la mitad del jardín, si acariciaba las rosas, ya estaría a un paso de la salida, si el diminuto tamaño de las nomeolvides del paso rozaban sus piernas desnudas, sería momento de echarse a correr antes que alguien lo descubriera.
Dos pasos más lejos estaría en el puerto, donde la noche y el mar habían roto su pacto de calma, con salvajes olas que chocaban contra la arena, escupiendo en su rabia todas las emociones que también bullían en su pecho.
¿Dónde más podía perder todos los recuerdos que se le clavaban como espinas desde adentro?
Dazai había olvidado algo vital como una familia gracias al embrujo de las olas.
Él podía hacer lo mismo.
Suspiró hondamente, un pie dentro del agua. Otro paso, otro más hasta que dejó de sentir la arena, dejándose arrastrar por la marea.
