Capítulo 1

Érase una vez, una princesa de pelo negro cual carbón. La joven se llamaba Amelia. Tenía la belleza y figura de una típica princesa de cuento y, pese a todo, no era muy parecida a ellas. Ésta prefería los discursos justicieros a las joyas y unos pantalones recios por encima de cualquier vestido rosa. De hecho, una de sus actividades favoritas era salir de aventuras con sus amigos: una hechicera malhablada, un espadachín estúpido y una quimera antipática.

El reino tenía ciertos… problemas con las compañías que frecuentaba. Y es que los ciudadanos no solían salir bien parados cuando sus amigos estaban cerca. La capital había sufrido ya varios hechizos destructivos, algunos mazokus y la ira del monstruo Zanaffer. Por no hablar del temible apetito de Lina Inverse, la hechicera malhablada. Ésta era conocida en las cocinas como "La Que No Debe Ser Mentada" y sus visitas al palacio infundían tanto temor como la llegada al mundo de un nuevo Rezo.

Dejando esto a un lado, la princesa era de sobra querida por sus gentes y la consideraban adorable pese a su tendencia a los discursos largos, o su obsesión por los lugares altos. En el castillo también la apreciaban mucho. El servicio y ella tenían la suficiente confianza como para llamarse por sus nombres de pila y, para el príncipe Phil, no existía mejor hija en el reino. Todos estaban contentos con ella o, bueno, casi todos.

Había una persona que no estaba muy de acuerdo con las aficiones de la princesa. El rey Eldoran, el padre de Phil, era un poco más tradicionalista que su hijo. Consideraba que las princesas deberían ser seres delicados que tocan el arpa los domingos por la mañana, almas puras que atraen con su poesía a los unicornios. Aunque, por suerte o por desgracia, el rey Eldoran estaba delicado de salud y apenas salía de sus habitaciones, así que él y la princesa Amelia apenas se cruzaban. Cuando lo hacían, ella ponía especial cuidado complacer a su abuelo. Desempolvaba su vestido rosa y, a petición de su padre, se ponía también un horroroso collar de cuentas a juego.

Este último año, la salud del rey había ido mejorando notablemente con un nuevo tratamiento. Hoy, el rey se encontraba mejor que de costumbre y se sentía con fuerzas suficientes como para pasear por el palacio. Y es aquí, en esta misma mañana, cuando comienza nuestra historia.

Su Alteza sonrió al ver de nuevo los cuadros de sus antepasados en el pasillo y le hizo un gesto de aprobación al sol que brillaba en lo alto del cielo. Después, se paró en seco. Su vista se había detenido en algo que ocurría en el patio de palacio y tuvo que pestañear un par de veces para creer lo que veían sus ojos. Ahora, observaba entrenar a Phil y la princesa con el ceño fruncido. Sus cejas se fruncieron hasta formar una gran uniceja y de su boca salió un gran grito:

—¡Amelia! ¡Amelia Wil Tesla di Saillune! ¡Ven aquí!

Amelia, como todo niño cuando le llaman por su nombre completo, sabía que estaba en problemas. Bajó los puños y se acercó obediente a su abuelo.

—¿Sí? ¿Qué ocurre, abuelo?

—¿Qué edad tienes ya, criatura?

Ella frunció el ceño, era una pregunta extraña. Su abuelo sabía perfectamente la edad que ella tenía y, eso, olía a encerrona.

—Dieciocho —dijo con cautela.

—¿Y crees que una princesa de tu edad se comporta de esa manera? ¿Qué juega a puñetazo limpio en el jardín para que toda la corte la vea?

La sonrisa abandonó el rostro de Amelia.

—Yo…

—Y tu, Phil, —la interrumpió su abuelo— ¿Por qué la animas a que siga con estas chiquilladas?

Philionel torció un poco el gesto y se acercó también a la ventana. Era un hombre enorme, con la altura de un caballo y robustez de un rinoceronte. Y, pese a todo, parecía tenerle cierto reparo a su padre. El hombretón encogió sus hombros, anchos como ruedas de carro, y murmuró:

—Yo no creo que esté mal, padre. Todo el mundo debería aprender a luchar y defenderse.

El rey bufó y su bigote real se agitó con el gesto.

—¡Bah! Eso está bien para el populacho, pero Amelia tiene guardias a docenas ¡no necesita aprender a defenderse! Lo que necesita es repasar el protocolo, ¡aprender modales! ¿Cuándo tienes clase con tu tutor, Amelia?

—¿De artes marciales o de magia blanca?

—¡Tu tutor de protocolo, niña! ¡De protocolo!

Amelia y su padre intercambiaron una mirada significativa. Es cierto que había tenido uno, pero las niñas dejaban de tener esas clases cuando cumplían los trece y ella, con un poco de maña, había conseguido quitarse a ese pedante de encima a los diez. Los labios de Phil se abrieron despacio, casi con reticencia.

—Ya no tiene tutor de modales, padre. Tiene dieciocho años.

—¿Y qué? Uno siempre puede aprender un poco más de protocolo. ¿Y qué me dices de tu dama de compañía?

—Oh, no tengo.

La uniceja de Eldoran tembló con violencia.

—¡Philionel! —grito fijando de nuevo la vista en él— ¿Es que no tiene siquiera una dama de compañía?

—No tengo —continuó Amelia— Pero no creo que me haga falta, abuelo. Mi padre confía en mí y en que sabré cuidarme sóla cuando salgo de viaje con sus amigos.

Nada, ni una palabra de esa frase le sentaron bien al rey. Encontró a su nieta alocada y arrogante. La encontró impertinente y, sobre todo, la encontró poco femenina. El anciano entrecerró los ojos y la miró de arriba abajo. Se fijó en sus pantalones blancos manchados de hierba, en sus botas verdes gastadas y en su pelo carbón, corto y despeinado. Sus ojos oscuros se posaron entonces en los suyos azules y encontró en ellos una chispa de desafío que no le gustó un pelo.

—Entonces creo que tu padre y yo tendremos que mantener una charla, jovencita. Y, ¿Philionel? No os quiero volver a veros practicando esos juegos de lucha. Ya es hora de que la gente se comporte aquí como es debido.

El enorme príncipe ahogó un suspiro y murmuró un suave:

—Si, padre.

—Estupendo. Nos veremos en el almuerzo entonces.

—¿Se encuentra con fuerzas, padre? ¿No prefiere que le suban el almuerzo a su alcoba como siempre?

—Descuida, tengo fuerzas suficientes. Además, creo que he estado ausente demasiado tiempo.

Dicho esto, fue hacia el salón de té y Amelia lo observó caminar despacio, encorvado, mientras un fuerte sentimiento revolvía entre sus tripas y su mente.

—Papá…

—Tranquila, Amelia. Se le pasará.

—Pero lo que ha dicho sobre la dama de compañía, y el tutor de modales…

—El abuelo no es tan joven como antes y seguro que para mañana ya se habrá olvidado de todas esas tonterías.

—Y, ¿si no?

—Si no, —contestó Phil— hablaremos con él y le haremos entrar en razón.

Ella esbozó una triste sonrisa y él intentó animarla despenando un poco ese pelo negro.

—Además, ha dicho que no quiere vernos practicar. No que no podamos. ¿Sabías que hay un montón de salas de las que el abuelo no sabe siquiera?

La sonrisa de Amelia se ensanchó un poquito.

—¿En serio?

—Oh, si. Las construí justo con ese propósito.

Él le hizo un guiño rápido a su hija.

—Ahora que el abuelo anda por el castillo tengo que esconder un par de cosas, pero luego te haré un mapa si quieres.

Después dio un par de zancadas en dirección al castillo y le gritó sin volverse:

—¡Nos vemos en la comida!

Así, Amelia se quedó sóla, con la mirada perdida en sus botas gastadas y con un increíble sentimiento de injusticia.


La mañana siguiente amaneció silenciosa. Nubes negras cubrían el cielo y un manto de inquietud arropaba el castillo. La Que No Debe Ser Mentada venía hoy de camino a Saillune y, por si acaso, los cocineros ya habían encargado doce terneros, cinco cerdos y una tarta de seis pisos.

Además, para desgracia de Amelia, su abuelo no se había olvidado de su pequeña charla.

—¡Buenos días, Alteza!

Una cara alegre y rechoncha apareció en su campo de visión y Amelia dió un bote en la cama.

—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi habitación?

La mujer hizo una profunda reverencia y ella aprovechó para echarle una buena mirada. Era bajita y llevaba el pelo recogido en un apretado moño que hacía su cara aún más redonda si cabía.

—Soy Anabel, —dijo con voz alegre— y desde hoy seré su dama de compañía.

La princesa arrugó la cara y soltó un seco:

—Qué… bien.

Amelia ahogó un suspiro y se incorporó de la cama. Hizo un amago de vestirse pero, por algún motivo, Anabel no paraba de quitarle las prendas de las manos.

—Yo le ayudo, princesa.

—No es necesario. Puedo vestirme yo sola.

Anabel no cedió de buenas. Hubo un par de manotazos y hasta algunos tirones hasta que Amelia consiguió rescatar sus pantalones blancos de la mano de la doncella. Después, se pasó la camiseta por los hombros y, cuando fue a por las botas…

—¿Y mis botas?

—Oh, ¿esas botas menta viejas y sucias? Las tiré esta mañana, Alteza. Pero le he traído estas zapatillas rosas que son…

—Amelia, por favor. No hace falta que me llames princesa o Alteza— a continuación hizo una mueca, le gustaban en especial esas botas—. Y, por favor, no tires mis cosas sin mi permiso.

—Disculpad, Alte- Amelia.

Ella miró con aprensión las zapatillas rosa chicle y se las calzó despacio. Cuando terminó, se encaminó hacia la puerta, seguida de cerca por su nueva amiga.

—¿Qué desea que hagamos hoy, Amelia?

—Tú puedes hacer lo que quieras. Yo he de ir a hablar con mi padre.

Se marchó antes de que Anabel pudiera replicar y se encaminó a grandes zancadas hacia el despacho de la segunda planta.

Las nuevas zapatillas le hacían daño en los meñiques y hacían un ruido insoportable en la moqueta roja del castillo. Torció hacia la derecha después de la estatua de la dama borracha y casi se dió de bruces con unas enormes hombreras negras.

—¿Cómo es posible que ya no quede ni un sólo hojaldre en el castillo? —dijo alguien con voz temible.

—No lo zhé —respondió otro con la boca llena.

Amelia reconocería las voces en cualquier lado pero, por si acaso quedara alguna duda, la primera gritó con furia:

—¡Gourry! ¡Serás! ¡Te los has comido tú todos!

Se oyó plaf de una zapatilla y luego una voz lastimera:

—¡Ay, Lina! Eso duele, ¿lo sabías?

—¡Y más que te va a doler, idiota!

La princesa, que tenía especial cariño a esa ala del castillo, decidió que era el momento justo para intervenir.

—¡Lina! ¡Gourry! ¿Cuándo habéis venido?

Ambos se giraron. Una muchacha pelirroja y vestida de fucsia le lanzó una sonrisa y, a su lado, un gigante rubió alzó con alegría uno de sus enormes brazos.

—¡Amelia! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo has estado y qué..? —la vista de la hechicera bajó hasta encontrarse con sus zapatos nuevos— ¿qué llevas puesto?

La princesa fue a hablar, pero entonces alguien más apareció por el pasillo. Era Anabel.

—Princesa Amelia, ¡Princesa! Por fin la encuentro. No puede irse así, sola por el castillo. Yo la acompañaré hasta donde…

En ese momento, reparó en los otros dos individuos que había en el pasillo y calló. Lina levantó una ceja y una sonrisilla cruzó el rostro de Amelia.

—Anabel, te presento a mis amigos, Gourry Gabriev y Lina Inverse. ¿Has oído hablar de ellos?

Por la cara de la muchacha, era más que evidente que había oído hablar de Lina. Y no precisamente cosas buenas.

—Si, bu-bueno… —tartamudeó ella— sois algo conocida en Saillune.

—¿No me digas? —contestó su amiga—. ¿Y tu eres…?

—Esta es Anabel, mi… mi dama de compañía.

La segunda ceja de Lina Inverse se alzó hasta encontrarse con la primera.

—¿Dama de compañía? ¿TÚ tienes una dama de compañía? ¿A estas alturas?

—Sí. Es una historia un poco larga. ¿Qué os parece si os pongo al día en el comedor?

—Me has leído la mente —replicó la hechicera.

Antes de irse, Amelia le hizo un gesto con la mano a su dama de compañía.

—Disculpa, Anabel, pero me gustaría poner al día a mis amigos en privado.

Era evidente que Anabel no estaba nada cómoda en presencia de la hechicera. Su frente estaba perlada de sudor y su ojo izquierdo había desarrollado un tic nervioso.

—Por supuesto, Amelia. S-si la acompañan sus amigos creo que me retiraré e iré a buscarla luego. ¿Hay algo que pueda hacer por usted mientras?

—No te preocupes, aunque…

—¿Sí?

—¿Podrías por favor encargarme unas botas nuevas?

La muchacha asintió y huyó con prisas. Y, una vez sólos, los tres amigos se encaminaron con calma a uno de los comedores del palacio.


—A ver si lo he entendido bien —dijo Lina entre bocado y bocado— ¿Me estás diciendo que tu abuelo, que lleva años en cama, se dió una vuelta ayer por el castillo y que por eso hoy tienes unos zapatos horteras y una nueva dama de compañía?

Ella asintió.

—Y sospecho que también un tutor de protocolo nuevo.

—¿De profiteroles? —preguntó, por supuesto, Gourry.

—De protocolo, mendrugo —lo corrigió la hechicera—. Quiere decir de modales.

—Ahhh, ¿por qué?

—Por lo visto mi abuelo cree que no me comporto como una chica de mi edad. Que no soy lo suficientemente educada.

De pronto, Lina soltó una sinfonía de toses. Había intentado bufar con la boca llena de galletas y el resultado había sido un atragantamiento de tres pares de narices. Gourry le dio un par de golpes en la espalda y, cuando la masa de galletas pasó por su garganta, Lina arrugó la nariz y se sirvió unas pocas más.

—¿Y qué se supone que es comportarse como una chica de tu edad? ¿No querrá que tomes el té con el meñique levantado y que estés todo el día hablando de príncipes y unicornios?

—Me temo que eso es precisamente lo que espera.

—¡Phil!

—¡Papá!

El príncipe Philionel acababa de pasar por la puerta. Su Majestad tenía unas ojeras del tamaño de puños y se sostenía en el marco de la puerta de manera muy poco digna. Además parecía, por lo menos, diez años más viejo que ayer.

—¿No lo dirás en serio? —preguntó la princesa. ¿Unicornios? ¡¿Príncipes?!

—Descuida, Amelia. Pienso volver a hablar con él esta misma tarde. De momento el abuelo ya ha accedido a que practiquemos artes marciales de nuevo juntos (siempre que no sea donde el servicio o la corte pueda vernos). A cambio, me temo que he tenido que ceder en lo de la dama de compañía.

Amelia hizo una mueca.

—Sí, ya he conocido a Anabel.

—Hablando de ella… —murmuró el príncipe— me ha pedido que te diga que ya se ha encargado de tus botas. Tienes unas igualitas esperándote en tu habitación.

Eso alegró un poco a la princesa.

—Gracias. Pero, por favor, explícame eso de los príncipes y los unicornios.

Philionel se sirvió cantidades ingentes de café en una taza verde y lanzó un gran suspiro. Su enorme bigote se agitó con el soplo.

—Tu abuelo… él cree que ni tú ni yo nos comportamos como la realeza que somos. Dice que la parte de la justicia y los discursos justicieros está muy bien, pero… también cree que somos muy bruscos y que nos faltan modales. Quiere que empecemos a celebrar bailes, que demos grandes fiestas y empleemos unas cuántas de las Antiguas Tradiciones.

Su cara se agrió al mentar esas palabras, como si estuviera un pañal cargado debajo de sus enormes fosas nasales. A su lado, Amelia puso cara de espanto. Era peor de lo que se había imaginado. Era horroroso y terrible.

—Esto… ¿Qué son las Antiguas Tradiciones?

Lina hizo un gesto con la mano.

—Ya sabes, Gourry. Esas gilipolleces de la caza del zorro, el criquet, las meriendas de té y los cortejos románticos.

Y, antes de que Gourry pudiera preguntar qué era el criquet, Amelia intervino:

—Papá, no irás a…

—¡JA! Antes invito a una docena de Mazokus a merendar que volver a las estúpidas tradiciones del criquet y el polo.

Hubo un suspiro de alivio colectivo en la mesa y después un silencio pesado. Todos parecían mirar el mantel absortos mientras cavilaban. Todos, por supuesto, a excepción de Gourry, que tenía el rico ecosistema mental de un zapato. El mercenario aprovechó el silencio para deslizar la mano hasta el pastel de cerezas que había sobre el mantel blanco. Cogió primero un trozo y luego otro. Hasta que sólo una solitaria ración en el plato. El chico alargó una vez más la mano y una voz rompió el silencio.

—Gourry…no te atrevas.

El mercenario compuso una sonrisa traviesa y alargó aún más la mano.

—Gourry… —le avisó ella.

Amelia, que ya era una experta en el protocolo de "comidas con Lina Inverse", se acabó su gelatina de un bocado y después levantó el plato, a modo de escudo.

Gourry acercó un poco más la mano y, de pronto, el infierno se desató sobre la mesa del comedor. Primero voló un cuchillo y luego las tostadas, después, el mantel entero. Cubiertos y vajilla salieron despedidos hacia el techo y Lina gritó por encima del restallar de los platos:

—¡Serás! ¿Primero los hojaldres y ahora la tarta? ¿Pero cómo puedes ser tan bestia?

—Mira quien fue a hablar, —contestó el otro— ¡la que se ha comido todos las morcillas!

Lina tomó impulso para lanzarse sobre su compañero pero, cuando apenas había puesto un pie en la mesa, otra voz se unió al caos de la pelea:

—¿Qué son todos estos gritos? Y, ¿quiénes son estas personas?

El rey Eldoran había aparecido por quicio de la puerta, seguido por su temible uniceja.

Hubo un instante de calma, mientras el pastel de cerezas resbalaba por las ropas de Gourry y Phil tomaba aire de forma poco serena.

—Estos, padre, son Lina Inverse y Gourry Gabriev. Son amigos de Amelia.

La uniceja del rey se movió un poco. Después, el anciano fue con cuidado a la silla que presidía el gran comedor blanco. Quitó con remilgos los restos de la tostada-bumerang y se sentó despacio en ella.

—He oído hablar de ustedes, caballeros. Sé del caos que crean a su alrededor y también sé que han ayudado a mi reino y mi familia en incontables ocasiones. Por eso, tienen mi más sincera gratitud y serán bienvenidos a este castillo siempre que quieran.

La incredulidad se extendió por la sala mientras el zumo goteaba por el mantel y el aroma a café se mezclaba con los huevos. Desde luego, nadie de los presentes se esperaba esas palabras de boca del rey Eldoran. Eran demasiado bonitas para ser verdad y, en cierto sentido, estaban en lo cierto.

—Pero, —continuó el rey— visto el espectáculo que acabo de presenciar, me temo que no son una buena influencia para mi nieta y ya no puedo permitir que Amelia les acompañe fuera de los muros de este castillo.

—¿Cómo?

—¡Padre!

—¡No! ¡Abuelo!

—¿Qué?

Eldoran hizo oídos sordos a los presentes y juntó despacio las yemas de los dedos.

—Amelia, desde este momento te prohíbo que salgas de este castillo sin expreso permiso.

—Pero…

—No me interrumpas cuando estoy hablando, jovencita.

—Pero…

—Tu tampoco, Philionel. ¡Esta familia ha hecho lo que le ha dado la gana demasiado tiempo! Princesa, tus amigos son nuestros invitados y pueden entrar y salir a voluntad de nuestros muros. Pero espero que se comporten mientras nos hagan compañía.

Otro silencio sepulcral barrió la sala mientras la tarta de cerezas resbalaba y todos esperaban a que el viejo continuara. Ni siquiera Lina se atrevía a mediar palabra. La princesa le lanzó una mirada dolida y, ese brillo de rebeldía, fue ahora una chispa, una llama que brilló un instante en el azul de sus ojos.

Eldoran tomó con cuidado una de las pastas sobrevivientes y se la llevó a los labios sin dejar de mirar a su nieta.

—Voy a ser franco contigo, Amelia. Ya es hora de que te comportes como una dama. ¿Cómo si no, vas a encontrar marido? —el rey meneó la cabeza—. No, hay que empezar a poner límites en este castillo. Phil me ha convencido para que podáis seguir entrenando juntos y puedes pasear con tus amigos por todo el palacio después de tus lecciones, pero Anabel deberá acompañarte y por las noches las princesas no deberían salir de sus cuartos. Así que, a partir de hoy, tus habitaciones se cerrarán con llave. En cuanto a ti, Philionel…

Amelia no quiso seguir escuchando. Todo su cuerpo era una lucha entre modales y sentimientos. La habían educado para respetar a sus mayores, pero esto era el colmo. La rabia fluía por su estómago y lágrimas de impotencia empezaban a asomar en sus ojos.

—Si me disculpan —dijo con un hilo de voz.

—Estás disculpada, niña.

Amelia corrió al pasillo y la hechicera y el mercenario hicieron ademán de seguirla.

—No, —les detuvo Phil— dejadle un poco de espacio.


Esa noche, tal y como el rey dijo, la habitación de Amelia permaneció cerrada con llave. Estuvo custodiada, además, por la atenta mirada de los guardias y por las velas amarillas que iluminaban de noche el palacio. Sin embargo, a la mañana siguiente, el reino se levantó con un nuevo misterio entre manos: las nuevas botas de la princesa aparecieron gastadas y miserables frente a la puerta de la alcoba. Y, para la rabia del rey, ni los guardias ni Anabel sabían cómo había ocurrido. Todo era un completo misterio, uno, que tardaría aún unos días más en ser desvelado.