TRUCO O TRATO
Halloween en curso, risas infantiles, llamada a la puerta de la Residencia Malfoy.
-Es gente de Hogwarts, amo –anunció Dobby, lastimero, en el umbral de la sala, donde Lucius y Narcisa conferenciaban.
-Escoria... ¿Cómo se atreven? –importunado, Lucius en persona fue a ver, incrédulo.
Asomó por el mirador y efectivamente, del otro lado, en la gran entrada de mármol, no menos de quince estudiantes de Hufflepuff cargaban lámparas elaboradas con calabazas. Los identificó por la corbata.
Por la corbata, pues no se les veían las facciones. Enmascarados, los muy malditos, pensó Lucius constatando que aquellos desechos de Hogwarts llevaban puestas caretas blancas de aquel sujeto de bigote... ¿Cómo se llamaba? Fawkes. Guy Fawkes. Sonriente, porque había evadido ser emasculado, eviscerado y descuartizado como merecía por muggle y traidor. Y ahora quince Hufflepuff con lámparas vegetales y máscaras de fiesta infantil, pidiendo... golosinas. Golosinas en la Residencia Malfoy.
-¿Qué les dijiste, Dobby? –Lucius torció la boca.
El elfo respondió con temor:
-Que iría por usted, amo... son niños...
Por política y disimulo debía responder. Lucius tomó el picaporte viendo al elfo con hartazgo y desprecio.
-Voy a matarte por responder cuando llaman imbéciles, elfo de cuarta.
Abrió la puerta y el alumno del centro del grupo, tras su máscara, espetó el alegre y consabido:
-¿Trick or Treat?
"Truco o Trato", rumió Lucius, despectivo. Trato, dar golosinas; truco, aceptar una travesura si no se regalaba nada. Perdió la paciencia.
-¿Cómo se atreven, bastardos? –soltó Malfoy con repugnancia.
Lucius arreó una bofetada al chico que preguntó, haciéndolo irse atrás y caer sentado al suelo. Los demás nada dijeron, pero el estudiante se levantó y respondió:
-Truco.
Lucius entró y azotó la puerta, girando asqueado. Idiotas sobrantes de Hogwarts, se dijo. Ante cualquier problema sería la palabra de ellos contra la suya y ya se sabía quién ganaría. No por nada sus donativos anuales al colegio eran cuantiosos. Pero nadie iba a Malfoy Manor en Halloween. Nadie. Que no se les olvidara.
Lo detuvo un sonido en la puerta.
No llamaban, no...
Era un golpeteo de cinco o seis manos, o un repetido chocar de algo contra la puerta.
Un golpeteo de chapotear, húmedo, no muy fuerte.
Lucius abrió la puerta, enfurecido y extrañado por aquella impertinencia.
Los chicos frente a la puerta metían las manos en las lámparas apagadas y sacaban trozos irreconocibles que lanzaban contra la fachada.
Furioso, Malfoy tomó la varita para poner fin al atrevimiento, pero uno de aquellos pedazos lo golpeó en la cara.
Lo tomó, estudiándolo.
Otros volaban a su alrededor. Éste un trozo sólido, flexible, mojado. Y fresco. Oloroso.
Era carne... Sí, carne roja. Con un pedazo de hueso dentro.
¿Carne de troll?... No, la piel de aquel trozo... Era piel blanca, lisa, no de animal, y... tenía rastros de perfume...
Soltó el pedazo de carne con repugnancia. Tenía la mano mojada de sangre.
Era carne humana.
Con ojos desorbitados volteó a la fachada de la residencia, donde los trozos lanzados por los alumnos golpeaban, trozos de carne que resbalaban dejando regueros de sangre.
-¡Truco, truco, truco! –gritaba el grupo a coro.
Otros pedazos lo golpearon en la espalda, pero erantal su asombro que no atinó a hacer nada, excepto inclinarse un poco para protegerse de la lluvia de carne sanguinolenta y balbucear:
-¿Qué... qué es esto?
Los pedazos de carne recién cortada, se dijo Lucius temblando de asco, seguían golpeando en la fachada, lanzados por los estudiantes, entre los que aquel que abofeteó, se adelantó y dijo, con tono de candor de Hufflepuff y las manos embadurnadas de sangrehumana.
-¡Mire cómo nos divertimos, señor Malfoy... La diversión de Noche de Brujas...! ¡La mejor fiesta de año...! ¡Truco o Trato! ¡Qué hermosos los regalos... Qué ricas las golosinas... Las golosinas de Halloween...!
-¡Truco o Trato! –gritaban los chicos sonrientes lanzando los trozos de carne humana contra la fachada- ¡Truco o Trato! ¡Truco o Trato!
El elfo le preguntó desde dentro de la residencia:
-Nadie dijo que Dobby debía abrir la puerta, pero tampoco nadie dijo que no podía masticarle la cara al ama, ¿verdad? ¡Las golosinas de Halloween, amo...!
Las piernas de Malfoy flaquearon y cayó sentado, mientras una chica de Hufflepuff de Fawkes llegó hasta él, en medio de la lluvia de carne fresca que manchaba todo de rojo.
La muchacha se alzó la careta: tenía los ojos cubiertos por una película blanca. Su intento de sonrisa fue una mueca al decirle:
-Tu hijo aúlla cuando le arrancamos filetes con los cuchillos de Halloween, Lucius... Todavía no le desprendemos el corazón, Lucius... Tu hijo estará vivo hasta mañana...
El alarido de Lucius Malfoy resbaló por la fachada de la casa junto con las manchas de sangre de Draco, que lanzaba alaridos en alguna parte del bosque mientas los sonriente Hufflepuf lo descuartizaban.
En Hogwarts y atendiendo al llamado de Dumbledore, Hermione se limpiaba una herida de la boca, al apresurarse por corredores oscuros, quebrados, que en algunas vueltas se estrechaban hasta cerrarse sin dejar pasar a nadie.
Corrió por los arcos del techo, ahora en el suelo por los giros sobre sí que daban los pasillos.
Bajando por una escalera, pasándose la lengua por el labio inferior y proband el sabor metálico de su sangre, escuchó los juegos de los alumnos de recién ingreso, que tomados de la mano en un patio danzaban en círculo hacia un lado y otro, a cada tanto de su cantar de Halloween:
No temas a la muerte,
No temas a la muerte,
El Más Allá son risas,
Ríes hasta que no tienes aire,
Ríes hasta que la lengua tú vomitas,
Ríes hasta que tu mandíbula se quiebra,
Ríes hasta que tus ojos salen de sus cuencas
Ríes hasta que aúllas suplicando,
Ríes hasta que chillas de dolor.
En el Más Allá no hay silencio nunca,
Esta noche nadie duerme,
Mira como lloran esos niños,
Míralos descuartizar.
Y tú ríes y ríes desollado,
¡Y cuando crees que termina,
Cuando después de siglos mueres,
Entonces abres los ojos,
Y vuelves a empezar!
En el despacho del director solo estaba Harry, quien se interesó en la lesión de ella.
-No te preocupes –afirmó Hermione, viéndose el dedo húmedo de rojo por la cortada en el labio-. Cuando venía acá, alguien me preguntó si truco o trato, como no respondí, me lanzó una cuchillada a la cara.
-¿De dónde sacarían los cuchillos? –Harry ya había visto cuadros.
-Obvio, Harry, de los elfos -dijo ella, tocándose el labio-. Supe que emboscaron y mataron a Trelawney con los cuchillos de cocina. Debieron repartirlos, principalmente a Hufflepuff, que está ahora en varias poblaciones tocando a las puertas. No hay un profesor en Hogwarts. Buscan contener a los de las demás casas. Las varitas no funcionan bien.
Harry sopesó, atónito.
-Hufflepuff, ¿puedes creerlo?
-Sí, puedo creerlo –ella asintió, sin problema-, si están bajo un Imperius o si algo más grave ha pasado...
-¿... como...? –quiso saber.
-... cómo si algo cambió las leyes del mundo y le dio las reglas de Halloween.
Se chupó el índice mojado con su sangre.
-No creo que "trato" sea más seguro que elegir "truco" –caviló- El Señor Tenebroso debe haber puesto en marcha...
-Snape –atajó Harry.
Ella alzó una ceja.
-¿Cien por ciento seguro?
-¿Sabes que recibo imágenes o sensaciones de la mente del Innombrable, no? –dijo, grave- Pues esta vez no recibo nada. Algo de esta magnitud me llegaría.
-Entonces crees que...
Una voz grave y pausada sonó delotro lado de la puerta del despacho:
-¿Truco... o trato?
-¡Es Snape! –Harry tomó la varita y apuntó a la puerta.
No del todo segura que eso funcionara, Hermione apuntando a la puerta con su varita, aunque dio unos pasos atrás.
-¡Respóndele "trato", Harry...! –susurró- ¡Te está preguntando a ti, respond...! -prefirió decirlo y alzó la voz- ¡Trat...!
-¡Truco! –gritó Harry, furioso- ¡Contigo todo es un truco, traidor!
La puerta se abrió lentamente, revelando una silueta negra, alta, de cabello largo, cargando en cada mano una calabaza de Halloween, de ojos y sonrisa brillosa.
De la varita de Harry nada brotó.
-Potter... -recriminó el sujeto en el umbral.
El recién llegado dio un paso adelante, entrando a la luz del despacho y alzó las manos.
Hermione lanzó un grito de horror y Harry enmudeció, paralizado de terror.
Snape, levemente sonriente, alzaba lo que parecía calabazas de Halloween.
Eran las cabezas de Dumbledore y de Minerva.
Snape no había usado magia. En ambas cabezas, los ojos estaban abiertos por fijarlos con clavos a la frente. Las sonrisas se fromaban formado por otros clavos que estiraban las bocas los lados. Algo puso dentro de los cráneos, que ojos y sonrisas brillaban.
Snape entró ajetreado y puso las cabezas en el escritorio, de cara hacia los chicos.
-En fin, ¡qué difícil es planificar una celebración de Noche de Brujas! –suspiró Snape- Minerva, con sus genialidades de siempre, me encargó la ambientación. ¡Bien! –se encogió de hombros como tomando a los Gryffindor por testigos- ¡Ya lo tienen!
Harry descubrió con horror que las cabezas cercenadas intentaban mover los labios de falsa sonrisa.
-Tienen pensamientos –dictaminó Snape, que siguió la mirada de Harry-. Ambos están confusos, desorientados. Tienen ramalazos de ideas. Como quien quiere despertar y no puede. ¿Son buenas calabazas de Halloween, no les parece?
Tomó de los cabellos la cabeza de Minerva y le gritó al oído:
-¿Cómo estás, anciana inútil?
Las facciones de McGonagall, aunque de sonrisa forzada, se estremecieron, soltó un quejido y escupió un coágulo de sangre.
Harry y Hermione dieron pasos atrás, desencajados.
Hermione tuvo el peor presentimiento y dijo con voz tembrolosa...
-¿Ron... dónde está... Ron?
Snape sacó otro despojo, otra cabeza, del cabello.
Era la cabeza de Ron Weasley, blanco como la cal, de rostro deteriorado; lágrimas escurrían desde sus ojos. Sin todos los soportes anímicos, las facciones estaban destensadas al punto de la laxitud completa, vibrando en cejas y mejillas sin control. Y todos oyeron sus súplicas:
-¡Déjame morir... Déjame morir...! -gimió- ¡Hermione, ayúdame, por favor...!
Snape le acarició el cabello.
-Claro que... no... señor Weasley –lo reconvino- ¡No sea aguafiestas! ¡No puede abandonarnos esta Noche de Brujas!
Weasley resoplaba, enloquecido, deseando alejarse de la voz de Snape sin lograrlo.
Hermione y Harry estaban pegados al librero, como hipnotizados, hasta que Snape tomó una bolsa con trozos de carne y metió un trozo en la boca de la cabeza de Dumbledore, que confuso, masticó por reflejo y soltó el pedazo rojo.
-¿Tanto lo quieres, no, viejo maldito? –susurró Snape- Ibas a hacer que yo cargara con su culpa y con su incapacidad de cobarde para huir corriendo. Bien, lo quieres, cómetelo.
Harry, enloquecido, gritó al correr hacia Snape, pero éste le soltó un hechizo con la varita de Dumbledore. El chico cayó, no se supo si desmayado o muerto. Pero no era hora de emociones sin control; Hermione susurró:
-¿Es... eso?
Ella buscaba contenerse en la cascada de horrores para poder pensar.
Un mundo con reglas de Halloween.
-Profesor Snape... -aventuró, en la cordura que él parecía conservar- De algún modo, esta... esta Noche de Difuntos... Usted... ¿logró a asesinar a Ryddle?
Snape torció la cara, viendo el techo.
-Nadie puede matar a Ryddle. Parece nueva, Granger. En castigo debería romperle esas bragas rosas que tiene y abusar de usted en el escritorio de Dumbledore.
-¿En... tonces?
Snape habló como en clase:
-En Noche de Difuntos se abre el Umbral. Se lanza a su través a Ryddle. Se cierra el Umbral. No se le mata, pero queda íntegro del otro lado, donde no tiene poder. Un momento de descuido de su parte. La verdad es que los tenía a granel. La verdad es que Ryddle siempre fue bastante estúpido.
-¿Dónde... está... ahora?
-¿Ryddle? Oh, debe estarse riendo mucho. En su Más Allá todos ríen.
Snape puso frente a sus ojos la varita de Dumbledore.
-Creo que Minerva aquí presente me ordenó la organización de Halloween para burlarse de mí. De acuerdo. Está organizada.
Miró a su alrededor.
Ignorando los horroes a su alrededor, Hermione se dejó caer en un sillón, cubriendose los ojos. Sus hombros saltaban.
Alzó la cara y se vio que los saltos eran por una risa.
-¡Jajajá! ¡Amor mío! Yo te dije: ¡Mata al imbécil de Ronald y a los que detesto!
Snape peinaba la cabeza de Dumbledore, intrigado:
-¿Y, no detestabas a Ryddle? Tal vez era tu amigo...
Hermione observó un instante a Harry en el suelo con sonrisa despectiva, y volteó hacia Snape, encantada, halagada. Como si Snape la hubiera consentido.
-¿Entonces como lo odiaba, sencillamente acabaste con Ryddle?
Snape tomó los labios de la cabeza del lloroso Ron.
-Supongo que el amor todo lo puede –opinó el profesor.
-Supones –asintió ella.
-Supongo –se levantó, limpiándose las manos con una poción-. Que gracias a mí el mundo se ha vuelto una eterna Noche de Brujas. Que si se rige por mis normas, no hay normas. Supongo que si no hay Bien, no hay Mal, no hay recompensas, ni castigos, podemos hacer lo que queramos y donde queramos.
La miró de arriba abajo, con deleite.
-¿Truco o trato?
-Los dos –sonrió ella-. Tú eres el truco, yo soy el trato.
Con los labios manchados de su propia sangre, Hermione recibió un beso de Snape en la boca.
Y así, entre las cabezas vivas de Dumbledore, de Minerva, de Ron, que contemplaban la escena gesticulando, y un Harry posiblemente muerto, Snape aflojó la corbata de Hermione.
Afuera, los alumnos cantaban, con sus bolsas de golosinas y cuchillos ensangrentados en las manos, furiosamente felices en Halloween:
-¡Truco o Trato! ¡Truco o Trato! ¡Truco o Trato!
CORAZON EN LA MANO
-¿Quiénes lo saben? –preguntó calmosamente, Snape.
Dumbledore comentó, seco, al otro lado del escritorio:
-No debería responderte nada, pero es tu derecho saber. Ron Weasley acudió a la profesora Minerva, ella a mí. Solo nosotros. Por el momento.
Snape asintió. Dumbledore se quitó los lentes, frotándose los ojos de fatiga.
-Severus, esto es... muy vergonzoso... -suspiró, con tensión en la voz- Únicamente por nuestros años de amistad y por lo invaluable de tu apoyo en la guerra es que te he llamado, pero... tu actitud es deleznable. Me repugna hablar contigo.
Si es así, ¿por qué no me siento culpable?
Snape caviló en su propia pregunta... Así era... le hablaban de Hermione Granger y obtenían su atención.
La recordó como acababa de verla en el Gran Salón, yendo de aquí para ella con su vestido de tul blanco y esas botas pardas de campo, ahora que el baile había finalizado. Con sus rizos, su mirada profunda y ese labial rosa pálido, candoroso.
Hermione Granger. Adorable.
No era que a Snape le fascinara Granger por la belleza de sus labios, de sus ojos, por su voz, por su carácter. Sinceramente había luchado contra eso, se esforzó por sacarla de su mente, pero cada intento por olvidarla terminó en lo contrario, él abrió más las compuertas de su ser hasta que ella se desbocó y lo inundó.
... Entonces Snape ya no pensó en imágenes etéreas; no fueron anhelos por sonrisas o por palabras. Tal cual era ella, con esos listones en cabellos dorados, Granger demasiado lejana e inaccesible, por completo intocable, exactamente por ser imposible la deseó.
Y se imaginaba llevándola a su cama, alzándole ese vestido de baile colegial, rompiéndole la blanca ropa interior y escucharla gemir bajo él y oírla llamándolo por su nombre.
Inmediato, nítido... pero había más, una encrucijada que no lograba explicarse.
Mía... Cuando digo mía no es que me pertenezca, recapacitó Snape. Nunca será mía. Yo soy su esclavo. Esclavo de mi pasión enfermiza, esclavo de Granger, que va por el Gran Salón dando saltos esporádicos, sonriendo alegre y confunde mis pensamientos. Todo esto, mi próximo castigo, es culpa de ella.
Puso un codo en el descansabrazos de la silla, colocándose un dedo en la boca, mirando por el vitral de la oficina de Dumbledore, reflexionando en esa realidad que lo mareaba y maravillaba.
Tenía clavado ese fuego insano, de mirar las facciones de Granger cuando ella tomaba nota en la libreta; repitiéndose cada clase que no debía hacerlo, que no debía mirar sus pies enfundados en sus zapatos colegiales, ni en las calcetas; que no debía atender a sus rodillas, ni mirar sus pantorrillas al caminar, que era muy posible que otros notaran sus miradas en los labios de ella coloreados de rosa, que no debió acercarse a Granger esa tarde en el puente,ni decirle todo con arrebato, ni proponerle lo que ella escuchó, estupefacta.
Las palabras de Albus lo sacaron de sus pensamientos.
-No quedará así. Minerva redacta la denuncia en tu contra, que deberás firmar, para luego quedar confinado a tus habitaciones, hasta que te convoque el Tribunal.
-Espero que la señorita Granger no se vea afectada –comentó Snape.
-Eso –Dumbledore se quitó los anteojos bruscamente-, no es cosa que le importe a usted, profesor Snape.
Le tendió las imágenes que tomó Ron de esa vez en el puente.
-Pedí al señor Weasley que no lo comente con nadie –precisó Dumbledore-, para no afectar la honra de la señorita Granger.
En las imágenes, Snape se vio hablando con Granger, ella asombrada, él tendiéndole las manos, ella echando a correr.
-De acuerdo –asintió-. Es mía toda responsabilidad.
-¿Por qué, Severus? –parecía que Dumbledore consideraba abofetearlo- ¿Por qué cometiste esa locura?
El profesor de pociones se encogió de hombros.
-No le gustaría mi respuesta.
Dumledore se colocó los anteojos.
-Más que tus temas personales me preocupa la guerra –admitió-. Veré de sacarte de Azkabán así sea organizando una fuga, pero no deberás acercarte más a la señorita Granger. Nunca. Si no estuviéramos en estas circunstancias yo mismo te expulsaría de tu puesto y te encarcelaría... No digamos más, profesor Snape. Salga de mi despacho.
Éste se levantó y al salir, cerrando la puerta se encontró con McGonagall. Con ella venía un Hagrid que le dirigía miradas de indignación.
-Entrégueme su varita... Snape –ordenó ella cortante, sin verlo-. No intente usarla, ya sabe que se pueden conocer los conjuros que emplee. Démela lentamente. Si intenta atacarnos agravará sus cargos en el Wizengamot.
Snape la tendió a McGonagall y fueron al despacho de ella.
Al subir una escalera, Hagrid dio un puñetazo a Snape en el estómago. La ira lo invadía. Hermione era como su hija.
Snape hizo un ruido sofocado, doblándose. Minerva subió por la escalera, ignorando aquello. Snape ya no era considerado parte de Hogwarts. Antes de ir al Tribunal le esperaban días así.
La profesora llegó a la galería y al no oír ruidos se giró.
-Hagrid, hágalo subir –silencio- ¿Hagrid?
Snape llegó rápido por detrás y encajó una daga en la espalda de McGonagall, que se estremeció de terror y dolor.
-¡Mfff! –se estremeció ella; Snape le cubría la boca con la otra mano, acallándola- ¡Mfff!
Minerva vislumbró en el descansillo de la escalera, el cuerpo de Hagrid, sin cabeza, sacudiéndose en espasmos.
Snape sacó el cuchillo y volvió a hundirlo sin resistencia en la espalda de McGonagall, invadida por crecientes manchas de sangre que embadurnaron la mano armada de él.
-Efectivamente –asintió Snape-. No puedo usar la varita porque se sabría qué conjuros utilicé.
Minerva temblaba de dolor, con los ojos desorbitados, las manos en espasmos, cuando Snape la alzó, clavándole la hoja.
-Alejarme de Granger, ¿eh? Qué fácil, para ti, maldita anciana solitaria.
La bajó y con sonidos de chasquido, Snape hundió repetidamente la daga en la espalda de la profesora, sofocando sus alaridos de pánico y dolor.
La soltó, haciéndola caer de cara a las baldosas, donde Minerva se fracturó la nariz. Ella tomó aire para gritar... pero la sangre llenaba sus pulmones, impidiéndole respirar, logrando solamente hacer un ruido de borboteo sibilante, por el líquido hemático en su tráquea.
Minerva trata de llevarse una mano a la espalda, temblorosa y desencajada, mientras la boca se le llenaba de la sangre que subía de sus pulmones.
-Ahora... -sonrió Snape, acuclillándose frente a ella, llevando la daga ensangrentada en una mano- Quiero oírte ordenándome darte una varita falsa... Quiero escuchar tus argumentos sobre la moralidad, las buenas costumbres y esas malditas patrañas de los hipócritas como tú...
Minerva soltó borbotones de sangre por la boca, pálida y de mirada desencajada.
-Sí... habla... -sonrió él- Grita, si puedes. Llama a tu Tribunal, arpía.
Le apretó el cuello. Minerva lo tomó de la muñeca soltando lágrimas y ensuciándose la cara con la hemorragia que tambiém formaba un charco en el suelo.
-¿Sabes quién morirá enseguida? –susurró Snape, con rabia- Albus Dumbledore.
Apretó el cuello de Minerva, acercándola a su cara. Snape mostró los dientes al hablar con ira y desprecio.
-Nadie... Ninguno de ustedes me apartará de Hermione Granger... Ella es mi vida. Mi muerte. Mi delirio. Mi único deseo.
Minerva boqueó, desenfocándosele la mirada, muriendo al oír las palabras de Snape:
-El error fatal de ustedes ha sido interponerse en mis deseos. Sólo por hablar van a morir uno por uno.
McGonagall falleció, con un rictus de horror.
Snape se puso de pie.
Se observó las manos batidas en sangre.
-Maldición... -rumió- Siempre es lo mismo...
-¿Está hecho? –susurró una voz suave y profunda, a sus espaldas.
Él se giró.
Frente a él, Hermione se llevó una mano a los cabellos, sacudiéndolos y peinándolos para Snape.
-Está hecho –afirmó él, con creciente vehemencia- Haré lo que sea. Mataré a todos por ti. Sus vidas son tuyas.
Hermione le dirigió una de esas miradas directas que lo fascinaban.
-No. Tu corazón –susurró ella–. Tu corazón es mío.
Sin soltar la daga que goteaba, Snape puso una rodilla en el suelo, posando una mano en el talle de Hermione, que venía del final del baile, todavía con el vestido de tul, listones en los rizos y esas botas.
Su joven, dulce y mortal dueña.
La tirana de su locura.
-Tú corazón... -Hermione le puso un dedo en el tórax- Y el mío... -señaló al suyo- Laten al mismo compás, mi amor. Y en mi pecho únicamente reinas tú.
Ella lo tomó del mentón y mirando los labios de él, lo besó.
Hermione había corrido de él en el puente, pero no para siempre... Al otro lado de los vitrales de platinadas nubes, una bandada de negros corax alzó vuel,o lanzando su canto fúnebre a los astros de muerte carmesí: «¡Ia! ¡Ia!».
Con la daga roja en la otra mano, Snape hundió los dedos en la nuca de Hermione, mojándola con la sangre de Minerva, dando un beso profundo en los labios de la Gryffindor.
La estatua de una antigua bruja los miró con horror, soltando una lágrima al ver a Snape besando a la muchacha al lado de una muerta. Hermione, para Snape tan dulce, tan... delicada. Tan mortalmente bella. Tan absolutamente desquiciante. Snape la veía y se le olvidaba el mundo. Se enfebrecía. Se sabía loco y loco por ella. Maldito por el sabor del labial rosa ingenuo de Hermione, condenado a sufrir por su piel de días soleados, por la presión de sus labios virginales en...
Los contactos... Sus manos buscando entre los pliegues de la ropa... bajo las mesas... En el aula... Era increíble cómo al cerrar los ojos, y darle los labios, Hermione hacía que Snape sintiera explotar. Como aquí, junto al cadáver apuñalado de McGonagall asesinada...
... La humedad bajo la falda, en los dedos de Snape... La rigidez en la mano de Hermione...
Noches a la luz de velas... revelando los labios de Hermione... El calor lujuriante de su lengua... El toque de luz ámbar en su piel... Rumores creciendo a su alrededor... El horror del amor insano... Snape sabiendo que para seguir teniéndola, para no perderla, tarde o temprano iba a tener que matar...
-¿Te gusta? –le preguntó ella, sonrojada- ¿Te gustan nuestras caricias?
Snape dijo feroz cerca de la boca de la Gryffindor.
-Es lo único... que me gusta de este mundo...
Snape soltado la daga y abrazando a Hermione, besándola en las mejillas olorosas a perfume floral, besándola en el cuello como no debía hacerlo, rodeándola con los brazos casi con desespero, dejando marcas de sangre en el blanco vestido, Hermione recibiendo esa pasión con una leve sonrisa, abrazándolo por la nuca.
-¿En mi dormitorio? –susurra Granger en los labios de Snape, sumiéndolo en el vértigo de su voz, de su cálida y dulce respiración- ¿Esta noche en mi dormitorio?
Un destello de luna por la ventana, cuando Snape con frenesí la aprieta contra sí en abrazo ensangrentado.
Snape no va a retornar a la cordura. Su pasión, su angustia, es esa chica de ojos castaños que lo hace arder hasta que lo consuma por entero. Hasta que muera. Hasta que mueran quienes intenten separarlo de ella. Snape se pierde en la eternidad de cada beso fugaz que le da.
El altar de su amor por ella va alzarlo sobre calaveras.
-Sí, sí... -afirma él, besádole los labios de rosa ingenuo- En tu dormitorio... Iré allá... Te amo, te amo...
La frase de Hermione que lo encadena más y más al abismo de su perdición:
-Yo también te amo, Severus...
Un beso de promesa.
Snape deshaciéndose del cuerpo de Minerva, listo para subir por Dumbledore.
Hermione regresando a la Torre de Gryffindor, con su vestido de tul, cruzando sombra y luz de luna de vitrales dislocados, su mirada reflejando el fuego de lejanas antorchas.
Besada por Snape. Amada por Snape. Habiendo dejado en él, la marca de su rosa lápiz labial. Perfumada de violetas...
... y llevando en una mano, el palpitante corazón de Ron Weasley.
ESPEJO, ESPEJO
-Calificación "Aceptable", Granger –espetó Snape, soltando el trabajo en el pupitre.
Indignada, Hermione apenas logró una exhalación al contemplar sus deberes, calificados igual que los de Harry y Ron.
-Quiere molestarte, Herms –opinó Harry-, no le hagas caso.
-¡Y favorecer a las serpientes! –el pelirrojo torció la boca, lanzando en corto su trabajo plagado de correcciones.
Hermione seguía estupefacta, repasando las anotaciones de Snape.
-¡Esto no se va a quedar así! –aseguró, roja de furor.
Al finalizar la clase, fue enérgica tras el profesor.
Ignoró los consejos de Harry y de Ron, de quienes no aceptó su compañía.
Era suficiente. El Murciélago se iba a enterar.
Bajó a la Mazmorra, llamó con firmeza y cuando la puerta se abrió, entró diciendo:
-Permítame, profesor Snape -fue hacia él, de pie de este lado del escritorio.
Hermione lo estrujó de las solapas, empujándolo.
Ruborizada, vehemente, sin parecer que tuviera esa fuerza lo llevó hacia atrás.
-¡Te detesto! –le espetó ella- ¿Por qué tienes qué ser tan desagradable?
Ningún amigo ni enemigo pensó ver eso.
Snape, impávido, chocó con el escritorio y al arquearse, Hermione sacudiéndole las solapas se recargó completamente en él.
-¿Para qué esas demostraciones? –reclamó ella- ¿Para esconder que te acuestas conmigo?
Snape entrecerró los ojos de atención en los labios de Hermione.
La castaña se le apretó más, enojada.
-¿Quieres disimular que te acuestas conmigo? –rabió, pero igualmente para remarcar lo que había entre ellos- ¿Te estás disculpando, pidiendo perdón a la clase o a tu conciencia?
-Solamente vieron el "Aceptable", tu amigo y tu novio –dijo Snape, desdeñando-. No es tu calificación real.
Snape la tomó por las muñecas, murmurando feroz en los labios de Hermione encrespada.
-La verdad es que... -dijo Snape- Lo hice porque, cuando te enojas... Haces el amor especialmente intensa, voluptuosa... Y porque me está hartando verte con tu noviecito yendo a todas partes, mientras yo...
-¡El no significa nada, nada! -gruñó ella- ¡Me ves con él por el equipo con Harry! ¡ Y me seguirás viendo!
-No me amenaces -la soltó y apartó.
Ella volvió a la carga.
-¡Y ultérrimamente, Ron es mi tapadera social! -afirmó- ¡Si me relacionan con él, tú y yo nos protegemos!
Él asintió.
-Entonces si yo hago es error, pero si lo haces tú, es estrategia.
Hermione lo golpeó varias veces en el tórax.
-¿Por qué eres tan complicado? -le recriminó ella al oído.
-¿Yo? -ironizó él, cerca de sus labios- Deberías oírte...
No se percataron cómo era que estaban intercambiando besos fugaces en sus labios, de forma desvaída, deseándose tanto que se volvían torpes al besarse.
-¡A veces... a veces...! –jadeaba ella, cerrando los ojos, pasando sus labios por los de Snape- ¡Quiero enviar al diantre la guerra, la escuela e irme a vivir a un bosque, oculta el resto de mis días y no verte, mmh...!
Snape la silenció besándola en la boca, abrazándola. A ninguno le gustaba que el otro lo callara así, pero se rendían al placer.
-También quisiera largarme de esto –dijo él, alzando el antebrazo donde llevaba la Marca-. Y ahora quería que vinieras a mi despacho... -dijo, buscando la boca de ella- Te deseo... Te... No puedo controlarlo...
-¡Yo también te deseo! –susurró Hermione, hablando en los labios de él, ambos buscando besarse, pero como si la desesperación los obstaculizara- ¡Yo también te deseo, y no sé qué hacer...!
Snape hizo algo que le gustaba especialmente: cargar a Hermione, colocándole las piernas a los costados de sí y acariciarle los muslos. La posó en el escritorio.
Ella le pasó los brazos por la nuca y le besaba el cuello, cuando le mostró dos pequeños pergaminos con mensajes a mano.
Snape los leyó, entrecerrando los ojos por lo incitante de los besos de su alumna. Dejó las peligrosas advertencias en el escritorio.
-Haré algo al respecto -sentenció.
La castaña lo soltó y haciéndose atrás, se miró al espejo empañado de una marmita, arreglándose el cabello.
Era su turno de desquitarse.
-O podría hacerle a Draco lo que me ordena, creo que con una vez tendré su silencio o se aficionará a las caricias orales...
Ella sonrió mirándolo, cuando Snape le alzó el mentón con el índice.
-... si deseas que eso sea tu último acto... -susurró él.
Hermione hizo un gesto triunfal.
-Lo dije, porque, cuando te enojas –le sonrió ella-, fornicas especialmente bien.
-Incluso cuando hablas de sexo –opinó él, remordiéndole los labios-, usas palabras de diccionario. ¿Por qué me excita cuando hablas de esa manera?
-Tú dijiste hace rato, "voluptuosa" -lamió el labio inferior de él-. Y me amenazaste como yo a ti por Miss Charity... Eres tan parecido a mí.
Ella le dio la lengua, que Snape se dio a acariciar con la suya.
Hermione lo miró a través de sus pestañas lánguidas, constatando cómo Snape se estremecía con el juego de sus lenguas; cómo Snape sucumbía al tocarla; cómo se rendía ante los besos de ella. Hermione sentía el roce de la lengua de Snape en la suya, vibrando.
Snape fruncía el ceño, como si sintiera dolor, pero así mostraba su placer. Y tenía algunos gustos extraños que Hermione compartía bien con él. Daban ideas a la castaña que ya habían llevado a la práctica.
Hacerse esas caricias era juego de provocación hasta que se les salía de las manos y así la habitación de él, o la Mazmorra, o un aula, se llenaban con sus gemidos.
-Me deseas –afirmó ella, con orgullo-. Como a nadie.
-Eso y más –susurró él, encendiéndose, entre ruidos de besos-. ¿Sabes que me eres antipática?
Ella asintió:
-Y tú más a mí. Irritante. Demente.
-Gracias, amor mío –dijo él y la recostó en el escritorio.
Más tarde, esa noche, Snape entró al lavabo de su habitación.
Había llevado a Hermione a su recámara de profesor al término de clases.
No hacía ruido para no despertar a su amante, que dormía en el lecho.
Sonrió con malevolencia. También podría procurarle un despertar que le arrancara gritos de sorpresa y de placer.
Abrió el grifo. Agua fría salió contrastando con el calor de su cara. Esta vez, pese a sus deseos de despertar a su amante no tenía tiempo para perderse, por lo que sabía de Draco y de Greengrass, los autores de las notas.
Ambos pergaminos, en apariencia cada uno por su lado, decían a Hermione haber descubierto su relación con Snape. Cada uno pedía algo a cambio para callar.
Ambos la amenazaban con denunciar a Snape si ella informaba a éste de las advertencias. Hermione debía responder esa misma noche si no deseaba perjudicarlo.
Draco soltaba con letra confusa:
... pero si usas esa boca para mostrarme...
Astoria, con elegante caligrafía:
... mañana en la mañana lechuzas irán a El Profeta, excepto si...
Snape tomó agua del grifo en el cuenco de sus manos, dejándolo llenarse.
El agua que rebosaba sus palmas formó ondulaciones donde apareció el rostro de Hermione... Inatrapable, en un pozo de líquida profundidad... La amaba, por lo que era. La odiaba, por no poder olvidarla. La deseaba, con lo que pudieran reprocharle. Estaba mal. Y no le importaba en absoluto. Cada objeción desaparecía ante el deseo de tenerla. De tenerla sólo para él.
No era sencillo, tampoco para Hermione. Habían intentado separarse varias veces, tranquila, o ríspidamente. Despedidas sensatas. O en reyertas. Con desesperación. Con hastío. Con dolor. Con frustración. Odiándose. Detestando que los separan la guerra y las leyes. Peleas. Algunas lágrimas. Portazos. Hasta que pasadas unas semanas de silencio mutuo, un tema oficioso los retenía unos minutos solos en el aula. O se cruzaban en un pasillo. El recuerdo de lo vivido los hacía notar cómo volvían a caer. Las frases juiciosas se tornaban susurros. Las miradas iban a donde no debían y al final la añoranza mutua y el deseo mordiente los llevaban a abrazarse y besarse con desesperación.
La imagen de Hermione en el agua contenida en sus manos, condujo a desear beberla.
No van a separarnos, pensó, con fiebre, con insensatez, teniendo en los ojos el reflejo de las facciones de Hermione... Lo único que le interesaba era seguir. Se volvía ambición. Toda consideración desaparecía: ocupaban su mente las caricias de sus labios, húmedas, cálidas... Su voz susurrándole en la oscuridad...
Greengrass. Malfoy. Par de idiotas y sus secuaces que suponían a esto un asunto estudiantil, un tema manejable dentro de los límites habituales de las intrigas entre casas.
Draco tenía el plus de lo que sabía dentro de su familia con respecto al Innombrable, pero saber no era igual a hacer. Y eran ingenuos: pensaban que para cuidar a Snape y el miedo de perjudicar a Harry, Hermione con su sentido de sacrificio no diría nada. No se percataban que ella había soltado muchas de sus ideas en estos meses febriles.
Y Snape tenía rasgos no aparentes. Uno de ellos podía brotar si sentía amenazada su relación con Hermione.
Snape no sabía cuándo empezó a enviar el mundo al abismo por desear a Hermione: fue un deseo vago del que había desconocido su razón, pero que se volvió realidad devoradora con los abrazos que se daban al calor del hogar, con el encuentro de sus bocas entre el crepitar de leños ardiendo; besos con sabor de miel y locura y fuego... ávidos, entre gemidos y suspiros, sedientos.
El profesor pensaba que él debía ser el más sensato, pero no lograba serlo. El andamiaje de su vida se venía abajo. Y ya tenían problemas en Hogwarts, pues lo que vivían se les salía de control. Hermione llegaba tarde a algunas clases por tener relaciones con Snape. No estaba del todo atenta con Harry. Correr al aula donde ya había comenzado la clase y que no se notara de dónde venía; tener a Snape en su mente de continuo, la distraía. Peor: la concentración que debía sostener en la guerra se desenfocaba. Harry corría peligro. Eso no la detenía.
Una noche salió de clase y se apoyó en un balcón, tomando aire, apoyando las sienes en las manos...
Los alumnos pasaban conversando normalmente, pero Hermione sintió que ninguno sabía nada de la vida; ella tenía un secreto maravilloso, cautivante, doloroso, que la colocaba en un nivel diferente al del colegio. Estaba conmocionada. Enamorada o perdida o era lo mismo.
Y aun sin ver a Snape en ese momento, sabía que él era suyo. Estaban enlazados en el silencio ante la ignorancia de los demás. Los momentos de distracción en clase y las tareas eran espacios donde él regresaba a su mente, mordiéndole el corazón de extrañarlo al cabo de convivir con sus compañeros. Y saberse el deseo de él, le sugería mayores profundidades por donde transitaban; si era un Hades estaban cayendo gozosos.
Gozosos en las tinieblas, pues lo que hacían estaba prohibido. Habían perdido la proporción del delito. Profesor y alumna. Expulsarla de Hogwarts y que él perdiera su cátedra era lo mínimo. Las diferencias entre ambos serían un escándalo para quienes se enteraran. Pero para ellos, esas diferencias volvían su relación... atractiva. Pasional. Obsesiva. Un mundo hasta hace poco insospechado, pero que cuando ocurrió los trastornó al punto de no reconocerse.
Snape por supuesto no se reconocía. Su cautela desapareció. La imagen de Hermione en el agua dentro del cuenco de sus manos le causó sed, y la bebió de dos tragos para saciarse pese a saber que no lo lograría.
Recogió más agua, se la llevó a la cara y más al cabello, que, húmedo, peinó con los dedos hacia abajo. Con los puños se exprimió y se alisó hacia atrás.
Se apartó del espejo sin verse a los ojos. No le gustaba su mirada. Experimentaba la sensación de no ser lo cuerdo que creía. Inseguridad al sospechar que en sus ojos asomaba un ser monstruoso presto a reír a carcajadas.
Minutos después, un complacido Draco recibió en la Sala Común, una lechuza con un mensaje de Hermione que se destruyó al cabo de leerlo:
Está bien. Voy a darte lo que quieres.
Tú vas a organizar lo necesario, tú colocarás los hechizos de protección y de silenciamiento. ¿Sabes hacerlos? Si no lo sabes apréndelos en media hora y colócalos en el salón de Runas.
Te haré lo que quieres para que te calles. Él no lo sabrá, pero si te ufanas de esto se lo diré. Me perdonará, pero no a ti. A cambio de tu silencio voy a permitirte que termines como deseas, pero no esperes que haga más que eso.
Un sonriente Draco fue al aula a oscuras donde encendió un Lumos dentro de un frasco que colocó en un pupitre, y luego de esparcir los hechizos se dio a esperar un poco. Pensó: Así que la sangresucia aceptó, la que se hacía pura y buena es una zorra, igual le va a gustar.
Anticipando lo que sucedería, petulante, tuvo un golpe de placer al escuchar pasos en el corredor.
Pero una figura en el salón se adelantó, sentada en el pupitre.
Malfoy dio un breve salto de desconcierto.
Las pisadas afuera siguieron de largo y quien se sentaba en el pupitre al lado del frasco con la luz, mostró su rostro risueño.
-¡Vaya! –espetó Draco, un poco sobresaltado y desconcertado- Esto sí que no lo esperaba. ¿Cómo fue que no vi...?
El cuarto giró a una oscuridad rojiza que conservó el Lumos en enfermizo amarillo, a cuya luz Snape adelantaba la cara hacia Draco, sonriendo un poco de lado, espectral.
-Tal vez no encuentres lo que esperabas –soltó el profesor.
El raro juego de penumbra en el aula le desfiguraba la cara.
-¿Así que lo sabe...? –Draco dio un paso atrás- Esto no le gustará a Quién No Debe Ser... -temió- Me iré... Si no regreso a la Sala Común, Astoria... ¡mmmffff!
Malfoy se vio elevado del suelo con la sensación de estar brutalmente comprimido de pies a cabeza. Como en una aplanadora. Por la presión en su cuerpo, le sangró la nariz en borbotón y se le reventaron las venas de los ojos. Ambos se llenaron de sangre, abriéndose casi al borde de su capacidad. No podía gritar por la presión en su tórax. Su única necesidad inmediata y desesperada fue respirar, pero varios de sus intentos por tomar aire eran meros espasmos.
-¿Enviando notas con peticiones interesantes? –le sonrió Snape, levantándose, varita en mano.
A Draco se le saltaban las venas del cuello. No podía decir sí, ni no, apenas gimotear y ahogarse. Sus huesos estaban a punto de romperse al mismo tiempo. Se convulsionaba en temblores ansiosos. Lo poco que podía respirar olía a su sangre.
-Podría decirse que Hermione Granger es mi mujer –comentó Snape, disertando-. Aunque me parece un poco joven para ese título –hizo un gesto de duda con la boca, frotándose los dedos-. No sé... quizá... prematuro. Aunque admito que el contraste entre su juventud y ciertos títulos y... prácticas... me causa placer. Mi joven amante suena más adecuado.
Snape lo estudió.
-Te parece correcto. Lo celebro.
Permitió a Draco respirar y éste tomó aire con una larga bocanada desesperada, entrecortada.
Snape deambuló por el salón vacío.
-¡Claro! –afirmó éste, haciendo énfasis con las manos- ¡No podemos olvidar ciertas cuestiones y perdóname que te interrumpa! ¡No vas a negarme lo buena pareja que hacemos ella y yo! ¡Y te voy a decir algo que es muy cierto! ¡Como tu nota la ofendió mucho, vas a morir!
Draco, aunque sentía que la cabeza le estallaba, frunció un poco el entrecejo con extrañeza, con los ojos anegados en llanto.
Una llamarada estalló en el cuerpo de Draco Malfoy, que se sacudió apenas, por el hechizo de inmovilización. Su alarido quedó en su garganta, ardiendo de pies a cabeza.
-Colocaste bien los hechizos –opinó Snape, viendo alrededor en el crepitar del fuego, y con un movimiento de varita redujo la intensidad de las llamas que consumían al enloquecido Draco.
-A fuego lento –indicó Snape y salió del aula.
Lechuzas que salían de Hogwarts con mensajes donde se informaba la relación entre Hermione y Snape, cayeron muertas, con los correos desaparecidos. En las escaleras que llevaban a su Sala Común, Astoria Greengrass se retorcía en el suelo enterrándose las uñas en la garganta.
Snape, en cuclillas al lado de Astoria, la observaba con verdadera curiosidad:
-Morir ahogada en tu propia saliva –dictaminó- será un final digno de la estúpida que eres.
Había leído la mente de ella y de Draco, y conociendo los nombres de los implicados en el escándalo que iba a formarse mañana, los mató uno por uno, sin preámbulos. Sólo tuvo el detalle de que sufrieran. Ninguno de sus padres lo sabía, pero les quitaría la vida porque nunca le cayeron bien.
Zabini y otros diez Slytherin quedaron en varios puntos de Hogwarts sobre charcos de su propia sangre, que ensuciaba losas y paredes; muertos, cruzados por enormes heridas.
Pensando que acababa de traicionar a su propia Casa con tal de quedarse con Hermione, un detalle fue un rasgo de elegancia. De haber abarcado a más Gryffindor habría parecido personal. No, esto era arte para él.
Ron Weasley, en su cama, despertó de un salto.
Al descubrir la razón, quedó mudo.
Nada pudo añadir, sacudido por el Avada que chasqueó apenas y lo dejó sin vida.
-Duerme tranquilo –Snape le dio un beso en la frente, sonriendo un poco.
Volvió a la habitación por corredores rojos que semejaban caminos al Averno.
Entró a la habitación sigilosamente, donde dormía su amante.
Estaba bocarriba.
Le besó los labios, presionándolos con delicadeza.
En el lecho, Snape despertó y abrió los ojos.
-Estuviste fuera bastante tiempo –dijo, en voz baja.
Snape se sentó en la cama, posando sus manos en la cintura de Hermione, de pie.
Ella lo tomó de los hombros, observando con labios entreabiertos de repentino deseo, las manos de Snape, desabotonándole la blusa desde la corbata.
-¿Me extrañaste? –preguntó en voz baja la castaña, afectuosa.
Jadeó suavemente, con placer por los besos de Snape repartidos entre sus senos y el plano abdomen que subía y bajaba.
Snape zafó el botón del centro de la falda de ella.
-Te eché de menos –admitió él.
-Ah, Severus... –gimió la castaña, adelantando la pelvis hacia él, facilitándole que siguiera con los botones laterales de su falda- También te eché de menos, es que yo...
En el breve vistazo de piel de la cintura de Hermione, asomó la línea de sus bragas. Rosas. Ella sonrió, excitada, maliciosa.
-¿Qué te ocurre? –susurró al profesor.
Se había puesto esas bragas porque su color ingenuo contrastaba con lo que estaban haciendo.
Ella suspiró, en tanto él le zafaba los demás botones.
-Tuve... tuve qué hacer algunas cosas... -comentó ella.
Snape besaba la piel de Hermione descubriéndose.
-Pensé que habías vuelto a tu dormitorio –dijo él-. Me fue raro porque te encanta hacerlo antes de marcharte.
Ella se intrigó:
-¿Nada más me encanta a mí? –lo desafió.
-Sí. Nada más a ti.
-Idiota –sonrió ella-. Ah...
Snape la atrajo a su boca, besando al azar su piel perfumada.
Este es el veneno que me gusta, pensó Hermione.
Los besos prohibidos. Los orgasmos desquiciantes. La promesa.
Ron podría haberlo explicado... Ron, que no gritó al despertar por ver a...
Hermione dándole un beso en la frente, cuando él quedó muerto.
Hermione en el lavabo de Snape, reflejada en el agua contenida en el cuenco de sus propias manos.
Hermione reflejada en sus ojos al verse en el agua.
¿Snape mirándose al espejo y peinándose con las manos?
Era Hermione, extrañando algo de su cabello, sin recordar que eran sus rizos.
Snape evitando mirarse a los ojos en el espejo, para no encontrar reflejada a Hermione, ruborizada y febril.
Draco preguntando "¿Así que lo sabe...?" al ver la negativa de Hermione a cumplirle aquel capricho humillatorio.
Malfoy frunciendo el ceño al oír a Hermione hablando como si fuera Snape.
En la habitación, la Gryffindor hizo la cabeza atrás, recibiendo los besos de Snape en las piernas, al bajarle la falda.
El cuarto se llenó de sombras rojas. No. Hermione no iba a perder a Severus Snape... No después que él le confesó su pasión en el aula vacía de DCAO y le robó un beso en la boca... No después que ella lo aceptó, porque le atraía.
No después que en esa primera ocasión en el salón se acariciaron con manos y boca hasta que ambos llegaron al clímax, gritando.
Snape le atraía, más de lo que pudo atraerle Krum, a quien Snape asesinó ese año al cabo de una de sus peleas con ella. No iba a perder a Snape luego de todo lo que habían pasado. De que le contara su pasado. No al cabo de tres meses donde pasaban noches juntos y Dumbledore sospechaba erradamente que Snape había vuelto con el Señor Tenebroso, de tan ensimismado que lo encontraba y sin lograr leerle la mente, ignorando que el profesor se apasionaba más y más con Hermione. La vida de Dumbledore peligraba sin que éste lo supiera.
Y Hermione no iba a perder este deseo insaciable y angustia martirizante que le fascinaban. No después de aficionarse a lo prohibido.
Le hacía bien, porque la castaña en ocasiones no sabía si era ella misma, o era Snape.
Se veía como él, si se necesitaba.
En cambio era ella misma, solo con Snape.
Él era su cordura.
Únicamente con Snape, quien le enseñó a asesinar con saña.
Con la saña de sus tendencias de mortífago que no había podido abandonar.
Snape limpió una marca de sangre en una mejilla de la Gryffindor, besándole el ombligo en tanto en el colegio yacían más de ocho muertos en distintos corredores.
-Me contarás -susurró él-. Pero, por lo que resta de esta noche, no te vayas...
Tiró el resorte de las bragas de la castaña hacia él, besando la piel al descubierto, su inicio hacia el descenso que llevaba a su pubis, donde él ardía de perdición.
-¿Irme? –ella lo miró, jadeando- No voy a irme a ningún lado, mi amor –susurró Hermione-. Siempre he estado aquí.
EL GHETTO
Con sonrisa torcida, Severus salió del despacho de Dumbledore. Un legeremántico podría oír sus pensamientos al bajar hacia la Mazmorra:
«... Albus, Albus... tú no puedes entender... Tú eres de Mould-on-the-Wold, magia, ciudad... Yo soy de Cokeworth, el ghetto. Tu experiencia de vida no tiene la misma naturaleza que la mía, y de donde yo vengo, lo impensable para ti puede suceder.
«A extraña reunión nos convocaste... Granger enojada, sin cuidar las apariencias, hosca, cruzada de brazos; su día de cumpleaños, sus raras celebraciones y verse obligada a estar de pie al lado mío. No le fue grato.
«Todavía menos porque nos informabas con alarma, sobre la ausencia de Weasley... No, yo no le hice nada. Aunque Granger choca con él, menos. Granger no mataría por un enojo, ni yo. Aunque estar junto a mí en tu despacho, debía quizá hacerla pensar en hacerlo. Yo tampoco estaba muy contento. Su talante, esa insolencia, me crispa. Estuve a punto de decirte que me llamaras más tarde.
«Además, ¿qué? ¿Debo ir a salvar al mayordomo de Potter? Obviamente no me quedó más que aceptar. Por suerte, ese inútil no necesita recordar cómo se respira; de lo contrario se le complicaría tomar aire. Ah, pero me inquietó menos si Weasley pereciese, que tu orden que yo, yo, tuviera comunicación con Granger para intercambiar información sobre el paradero del chico.
«Maldita sea. ¿Eres tonto o te haces? ¡Tuve deseos de interrumpirte con la pregunta de por qué me llamabas al mismo tiempo que a ella! Mi alivio llegó cuando al despacharnos, Granger te agradeció con seriedad y salió cortante, desplegando su incomodidad hasta el final.»
Deteniéndose, Snape asomó por el centro vacío de la escalera de caracol, amarilla por las antorchas.
Los pasos de Hermione bajaban, mostrándola brevemente.
«Ahí va... Con desdén al alejarse; en los ecos viaja su molestia; en la espiral brillan sus bucles. Cuántas veces me ha traspasado la frialdad de su mirada, el vacío de su evitar verme.»
Snape continuó el descenso.
«Si te soy sincero, Albus, en cada ocasión que Granger cruza conmigo en una galería y me dirige su fugaz gesto airado, me remuerden ideas... Poco a poco, su notorio ignorarme me despertó el sabor de un llamado. Pero tú no lo entiendes, Albus, porque tus sufrimientos existenciales no te hicieron sensible, sino indiferente.
«Weasley te importa en la medida que puede morir por Potter. Así con Cedric. Granger está en tus cálculos de peones. Como yo. Me tomó años entender por qué no diste a Lily una poderosa protección. Creo que viste al egoísta Sirius, al dudoso Pettigrew y al débil Potter, como sacrificables. Creo que buscaste que Lily muriera para que Harry fuera el receptáculo del mayor amor y de algo más, porque sólo con el poder de los opuestos, el amor de la madre y el odio del adversario, reunidos en un mago, podrías destruir al Señor Tenebroso.
«La explicación que me diste sobre la muerte de Lily fue superficial, evasiva, y lo usaste para esclavizarme. Tu sorpresa no fue que Él regresara, sino que fuera tan rápido. Pero crees que se resuelve con tu elocuencia, olvidando que no vengo de sitios civilizados, sino de la suspicacia del ghetto. Y de su necesidad. Y Granger, aunque esté exasperada o indiferente hacia mí, se ha vuelto mi necesidad.»
Se detuvo, escuchando, como si usara legeremancia... pero fue un sonido de viento desarticulado, un crujir de cadenas.
Se apresuró a mitad de la escalera, recibiendo el aire de la noche por las oquedades del muro.
«Yo estaba enojado, también, por la cercanía de Granger, pero cuando salió de tu despacho, la mirada me traicionó. No puedo evitar el breve vuelo de su falda tableada, en torno de sus sedosas piernas de terciopelo. El salto de sus cabellos ensortijados. El tono rosa, húmedo, de sus labios. Sé que no está bien. No para los demás. No para ti, Albus.»
Llegó al nivel donde bajaban las escaleras a su despacho.
«Nadie lo sabe, pero Granger, para mí, es la pasión del ghetto: no puedes pensar en nada que no sea tener a quien deseas; por amor o por la fuerza; el deseo insensato te aprisiona, día y noche; eres capaz de lo que sea, con tal de poseer sus labios, aunque te destruya. El amanecer es un crepúsculo.
Él entró a su despacho en aleteo de su capa, encontrándose con la Gryffindor, de pie en la penumbra de los escasos Lumos en frascos.
-Mi cumpleaños -soltó Hermione, con sonrisa colérica-, el único día que tenemos para celebrar juntos, y se te ocurre aceptar ir en busca de Ron.
Un sonido de metal contra el suelo, cuando Snape fue hacia Hermione. Necesitaba tocarla.
Cuando ella se enojaba con él, la deseaba más.
La tomó de talle, alzándola hacia él... Ese contacto lo perdía. La firmeza de su cintura, su flexibilidad, acercarse a la calidez de los labios.
Ella sonrió satisfecha, e hizo la cabeza un poco hacia atrás, para evadirlo hasta el último segundo.
Hermione sintió la boca de Snape cubriendo la suya... Los labios delgados del profesor de Pociones, ardientes en los de ella.
El movimiento del beso de Snape, ávido, humedeciéndole la boca. El aroma de lavanda, el calor de la respiración de él. El roce de sus cabellos negros en el rostro.
Se separaron, jadeando.
-Demoré en venir -susurró él-, porque preparé tu regalo de cumpleaños.
Abrazados, voltearon al suelo, siniestros.
El sonido metálico fue porque Snape dejó caer una caja de hierro, con la que había bajado por las escaleras.
Un arcón remachado exhibía largos mechones lacios, apelmazados en manchas de sangre, que no ocultaban el blanco de las canas.
Se decía que una cabeza separada del cuerpo sobrevivía veinte minutos.
Snape había bajado las escaleras hablando en pensamientos con ella.
Se había detenido a escuchar cuando captó su respuesta o súplica, pero menos que palabras, semejaban viento o crujidos.
-¿Y Weasley? -quiso saber Snape.
-Ya aparecerá -ella se encogió de hombros-. Su ausencia se deberá a una tontería, como suele ser con él.
Se estrecharon con mayor fuerza, devorándose a besos. Besos ávidos de cumpleaños.
Cumpleaños en el ghetto de su pasión, atrapados en su perdición, escondidos en las calles prohibidas. No debe ser... pero lo es, y no quieres que termine.
Hermione le rodeó la nuca con los brazos, en beso apretado.
Enardecido, Snape la cargó, remangándole la falda con desespero, y la llevó a la mesa, pensando:
«Ya nada nos detendrá. Porque Granger no mataría, pero no significa que no lo quisiera hacer.
«Y yo dije que no lo haría. Pero te mentí... Albus.»
