DOS BESOS PARA MORIR
Hermione Granger arrastraba a la muerta Nymphadora Tonks.
El cuerpo sobre el lodo producía un sonido húmedo, opacado por los murmullos de las aves y por el inicio de lluvia, que liberaba el aroma de las hojas caídas.
Tirada de los tobillos por una persistente Hermione, el cadáver de Tonks, bocabajo y de brazos extendidos, araba un surco sanguinolento en el lodazal… La sangre de su rostro –una de las puñaladas se desvió– apelmazaba su cabello en madejas oscuras y mojadas.
Hermione, acalorada por el esfuerzo de jalar ese peso, se enfadó, pues el rostro de Tonks se atascó en una piedra o raíz filosa. El cadáver se le zafó de los tobillos; contrariada, los retomó y tiró fuerte con ambas manos. A la tercera, un chasquido y el salto del cuerpo mostraron que el cadáver se había fracturado el cuello, la nariz u otra parte de la cara.
Jadeando, la castaña lo analizó y decidió no buscar algún trozo, para no perder tiempo. Precisa, no podía salirse de su agenda. Continuó.
Se esforzaba al arrastrar el cadáver en el Bosque Prohibido, respirando por la boca. Y las gotas de lluvia eran más frecuentes. Iba a ser un dolor de cuello dejar el cuerpo de Tonks donde necesitaba, aunque no requeriría limpiarse el agua y lodo del uniforme. Por no decir la sangre que le ensuciaba falda y túnica.
Alcanzó el previsto último descanso, soltando el cadáver maltrecho. Las aves cantaban y Tonks parecía dormida. ¿Lo estaría? Recobrando el aire, la castaña consideró apuñalarla de nuevo, mas optó por finalizar el tramo. Aunque habría sido mejor dejar a Tonks con las acromántulas, el recorrido al centro del bosque era largo, inseguro y pesado, sin magia. Un desafío fue no usarla, para que al investigarse su varita no contuviera evidencias.
Volvió la preocupación de si Tonks estaba viva... Se arrodilló frente al cuerpo, colocándolo bocarriba: Como sospechó, la maltrecha y cortada cara de Tonks se había roto un hueso. Se notaba la falta de simetría, evidente aun con las facciones despellejadas por el arrastre, que mostraban los dientes de adelante al haberse descarnado los labios.
Hermione la contempló: Ya no estaba enojada con ella… Esto le gustaba de sí misma: Su capacidad de proyectar, decidir y ejecutar limpiamente bajo presión. Era como ponerse a tono. Capaz de resolver al margen del peligro por haber asesinado a Nymphadora Tonks.
Su lucidez la practicó desde casa, donde sus padres nunca se enteraron de lo que hacía a perros y gatos. Una, porque cuidaba que no se oyera; otra, porque atendía no dejar huellas. Se admiraba de sí misma por haberlo conseguido siendo tan joven. Hoy, los animales seguían enterrados en el jardín y sus padres lo desconocían. Hoy, nadie sabría dónde estaba Tonks, a la que cazó tan bien, que la citó en una entrada del bosque que no se veía desde Hogwarts.
Hermione tomó el rostro antaño armónico de la auror, volteándolo a un lado y otro… La castaña experimentaba alivio por verla desintegrada. Ya sin la presión que significaba su existencia, la perdonaba. Estaba tan aliviada por ver muerta a Nymphadora que experimentó simpatía hacia ella y le dedicó una sonrisa.
Creo que podemos ser amigas, pensó.
Siguió arrastrándola, bocarriba para verle la cara al advertirle, entre resuellos por el esfuerzo:
-… oye bien, Nymphadora, Severus no es tuyo... Esto fue por meterte donde no te llaman… Debiste quedarte con el señor Lupin, no buscar al hombre de otra… El mío…
El mío. Al recordar el agravio, Hermione volvió a enojarse, soltó a Tonks y le largó una patada.
La furia la llevó a patear más a la muerta, una por cada motivo de ira: Semanas de Tonks demasiado cerca de Snape, semanas de Tonks dirigiendo miradas significativas a Snape, como si compartieran un secreto, ¿qué secreto?, ¿qué se creía? Maldita.
Hermione tomó de nuevo la daga y en su boca apareció un gesto cruel. Comisuras de los labios hacia abajo, mirada acechante. La misma que Nymphadora no detectó cuando acudió al bosque sin avisar a dónde iba; la mirada que descubrió hasta que volteó sonriente hacia Hermione, cuando fue asaltada por el paso rápido de la Gryffindor y recibió la puñalada en el lado izquierdo del tórax.
Hermione le clavó la daga viéndola a los ojos sorprendidos, un movimiento ensayado durante días, estudiado en libros de anatomía, que le permitió acertar en Nymphadora, quien gritó sin ser oída y sin tiempo para tomar su varita.
La castaña siguió el cuerpo al desplomarse y descargó su ira con cada nueva puñalada.
¡Con Severus no! ¡Con él, no! ¿Entiendes? ¡No. no. no. no. no. no. NO!
Hermione se hizo atrás, arrodillada y tomando aire con ansiedad, entrecortada, asustada, una mano en la frente, daga en la otra mano.
¿Dónde estaba? Jadeando, aferrando el mango de huevo de la navaja, revisó a Nymphadora y miró alrededor, escuchando de nuevo el crecer de la lluvia y las gotas que la tocaban. Le tomó segundos entender que por recordar su ira al matarla, ahora había apuñalado el cadáver sin darse cuenta. Y lo hizo con fuerza. Se pasó una mano por la cara. Sangre. Sangre por las puñaladas dadas sin percatarse.
Debo tener cuidado con estos olvidos. Hermione se limpió la boca y analizó su propia mano. ¿Estaba cortada? No, era sangre de Tonks. Imposible recordar si fue de ahora o de hace minutos.
Se levantó y revisó el cadáver, llevando el cuchillo goteante de rojo. Nymphadora, muerta, ensangrentada, enlodada, magullada, había perdido la forma. Era menos que un maniquí. ¿Por qué no puedo cuidarlos?, se preguntó Hermione con curiosidad. Fue igual cuando mató a ese muggle en el West End. Y a los otros. Una vez muertos no conseguía mantenerlos en buen estado. Por mucho que les acomodara la ropa y peinara, los dejaba irreconocibles. Se desarreglaban, se disgregaban. Consideró si no cometería actos de los que no se daba cuenta.
Aventó el cuchillo y viendo atrás, a pasos rápidos arrastró a Tonks los últimos metros, más fácil por ser una bajada lodosa. Las hojas crujían. Iba a un claro. Emociones aparte de alivio por llegar a la meta, cero. Hermione sospechaba que no estaba bien lo que hacía, pero tenía un problema: Desconocía cómo actúan las personas. Sabía qué era llorar, reír, pero no con exactitud por qué; no sabía muy bien cómo se sentía estar triste o alegre. Copiaba reacciones. Por eso, pensó llegando a la zona despejada, chorreando lluvia por las manos debido a la lluvia fina pero persistente, se dijo que su carrera en Hogwarts trató de ser perfecta: Estudiar porque era lo esperado, fingir aprecio u odio porque así eran los otros alumnos, ayudar a Harry y Ron porque era lo correcto. Intentaba no salirse del guion de Gryffindor. Y no siempre lo lograba, pues desconocía la medida y por eso fallaba en clase, tratando de participar sin saber cuándo detenerse. Tampoco entendía la ira de Snape. Lo único que sentía bien era su propia ira y a partir de Snape, celos de quien se acercara a él. Una prueba era Tonks.
Soltó el cadáver de Nymphadora en el claro en penumbra, y saltando sobre ella, echó a correr de regreso.
Hermione corrió entre las hayas y los sicomoros a la luz amarillenta de una Luna de rostro descarnado, confundiendo el sonido de la lluvia con el crujir de los huesos de Nymphadora entre los colmillos de los trolls.
Lo siguiente fue como lo planificó. Tomó la escoba voladora de su escondite, vieja y que sólo la aguantaba a ella; con agua acopiada se lavó manchas de sangre de cara y manos, llegó a la cabaña de Hagrid, se puso un cambio de uniforme de la bolsa atada a la escoba; se bañó, puso de nuevo el uniforme limpio, recordó al semigigante guardarle el secreto de su estancia en el bosque por el bien de Harry; se acercó al colegio lo más posible y envió la escoba a hundirse en el lago, junto con el uniforme sucio.
Horas más tarde, iluminada por dos velas, escribía en su libreta de DCAO. Le dolían los brazos por el esfuerzo y se preguntaba si no subestimaba a Hagrid al creer que callaría. La pluma hacía un rasgueo en el pergamino al compás de la letra rápida y recta, aunque cada día la chica mezclaba un poco más las mayúsculas y las minúsculas.
Severus, amor mío: Nada nos va a separar. Y como ya está hecho no vas a reprocharme que demore en limpiar los obstáculos de nuestro camino. Me apresuro, amor, lo más que puedo. Además es tu culpa. ¿Por qué me pediste que matara a Tonks como mejor me pareciera? Sabes que la odiaba por acercarse a ti. Y es que no puedo soportar que te toquen. Al darme rienda suelta la apuñalé 40 veces por lo menos. ¿Lo haces a propósito, para que me desahogue? Jajá, por eso te amo, pero no lo hagas seguido o me aficionaré. Esa bruja maldita me las pagó todas su cara cuando le clavé la daga el bosque de sicomoros londres la luna llena me decía al dos del tres por cuatro y los chicos cubos de hielo donde la sombra del barco no hay asilo no
Se detuvo. No sabía por qué cuando lograba sentir alivio le daba por escribir de esa manera. Al hacerlo entendía, pero al leerlo…
Al día siguiente, fingió buen humor como siempre pero no estuvo muy tranquila en la clase de Snape. Las miradas de él pidiéndole que apresurara a deshacerse de quienes les estorbaban, le causaban una sensación indefinible, que al cabo de buscar en los libros pudo asociar con la culpabilidad.
Hermione le aseguraba con la mirada que se apresuraría y lo amaba. Snape la observaba de cuando en cuando, con discreta emoción. Ginny Weasley se dio cuenta.
Y Hermione, suspicaz, notó el gesto de Ginny.
La castaña caminó sola por el corredor, perdida entre los alumnos, reconcentrada. Lanzaba ocasionales miradas rencorosas de soslayo, a un lado y otro. ¿Qué fue lo de Ginny?, trataba de entender. ¿Severus le gusta? ¿Es una amenaza?
Le molestaba tener estas preocupaciones, pero siendo Gryffindor no iba a retractarse. Había engañado a todos, incluso al malhadado Sombrero, cuya duda sobre a qué Casa destinarla vino de captar la escisión en la mente de Hermione.
Aun con eso, todo iba bien. Y tuvo qué aparecer Snape.
Era como pulsar botones: Si hago esto, la gente reacciona tal; esa reacción, ¿me conviene? Sólo debo actuar de tales formas para obtener lo que me conviene. Hasta Dumbledore había confundido su vacío, con aplomo. Desafortunadamente, con Snape no era igual.
Con Snape no funcionaba. Hiciera lo que hiciera sólo conseguía de él sarcasmo o indiferencia. Y eso logró lo que nadie con Hermione: llamar su atención.
Muy pronto desarrolló la convicción de que se comunicaban a otro nivel. Snape era como ella. Snape la entendía. Ella lo captaba.
Fue así como empezaron a hablar en silencio. Siempre en clase, porque fuera de ella era demasiado riesgoso.
Tan riesgoso que él se vio obligado a aceptar el amor de Nymphadora Tonks como careta. O sus avances, cuando menos. Destinada a la vigilancia de Hogwarts, a Tonks claramente la atrajo Snape con los meses. Y ¿por qué podía demostrarlo? Porque era adulta y más cercana a Snape en el desempeño diario, ahora que Umbridge se había marchado.
Hermione descubrió una emoción creciente, que no le gustaba mucho tener. Concluyó que la intromisión de Tonks le causaba celos. Y entendió la mirada de Snape en clase: Deshazte de ella, Hermione. Libérame. Así podremos estar juntos.
Obedeciendo a su amor, Hermione lo hizo. Haría lo que él le pidiera.
Y ahora aparecía Ginny. Pasando y repasando la expresión de su cara, Hermione comparaba la instantánea con el archivo en su mente, de expresiones y sus significados. ¿Qué quiso decir Ginny con esa mirada? Lo repasó hasta el agotamiento. Harry notaba los silencios de su amiga y sus vistazos hacia otros sitios, como si viera algo que no estaba ahí. Ella lo analizaba, hasta que en la noche lo comprendió:
¡Tonta! ¡Sólo es que se da cuenta que Severus y yo nos amamos!
Ginny era complicada para Hermione. En cambio, se había llevado bien con Ron y con Harry porque también tendían a romper reglas y no eran demasiado profundos. Y eran confiables, no tanto como para contarles lo que hacía con los animales usando los instrumentos de su madre, sí para sobrellevarlos y hacerles creer la patraña de la amistad. Con Ron había decidido hacerlo su novio para darse fachada. Era cuestión de hacerse de una apariencia. Hogwarts le había sentado bien porque sus creencias anormales para los muggles, en el colegio estaban justificadas: Seres invisibles, maldiciones, dobles astrales, vida después de la muerte. Sólo le daba miedo el encantamiento Patronus por ciertos seres que veía de cuando en cuando, parecidos a los dementores. Su dificultad para experimentar emociones se disfrazaba en la imagen creada de súper estudiante y Gryffindor modelo.
En el día a día del colegio, el trastorno de Hermione avanzaba, empujado también por la violencia dentro del colegio, como la de Umbridge, y que este año la convirtió en una bella chica que portaba una daga ensangrentada. Que asesinaba sin remordimientos. Que contemplaba a sus víctimas con gesto fiero. Que siguiendo las indicaciones de Severus apartaría obstáculos entre ellos. Y que cobraba afición a lo que hacía.
Naipes con una Reina de Sangre. Nymphadora muerta por intrusa. Crabbe por sabotearlos. Aquel muggle en diciembre para sofocar su ansiedad. Y Ginny Weasley se había dado cuenta del amor entre ella y Snape. Los delataría.
Cuando el cadáver de Ginny entró a Hogwarts dos días más tarde, alaridos de terror estallaron en la Gran Escalera.
Una más en la marea de alumnos, Hermione estaba impasible. Hermione resolvía en los momentos de peligro pues era incapaz de sentir miedo. Permaneció inexpresiva entre los gritos del alumnado, pues el torpe de Filch no cubrió el cadáver lacerado. O tal vez lo dejó descubierto a propósito. Como fuera, la castaña tenía pereza para fingir.
También por eso había elegido al hermano menor de la difunta frente a la que Minerva y Trelawney gritaban. Lo favorable era que con Ron no tenía el embrollo de lidiar con la complejidad de las emociones. Ron era tan plano en sus afectos casi como ella misma. Bastaba con copiar las reacciones que todos tenían con él. A últimas fechas optaba por mostrarse enojada de lo que hiciera Ron. Invariablemente acertaba. Se guiaba por la actitud comprensiva de Harry tomándola como aprobación. Y se suponía que ante la muerte de Ginny debía portarse enloquecida, pero le dio desgana. Bastante había trabajado para matarla. Al aburrirse del espectáculo de los hermanos en torno de la deshecha pelirroja, Hermione fingió desesperación para tener pretexto de dar vuelta y salir corriendo. En su habitación se dejó caer en la cama y descansó plácidamente.
Pensó que aunque la muerte de Ginny complicaba la situación, el futuro no pintaba mal. Hermione anticipaba que Voldemort sería vencido y que Harry se dejaría matar al darse cuenta de ser un horrocrux. Ella quedaría como heroína. Mejor todavía, deshacerse de Ron sería pan comido. Lo orillaría a suicidarse. Así ella dominaría al lado de Snape.
Se encontraba en la biblioteca haciendo tarea de Aritmancia cuando un alboroto invadió el lugar. Hermione continuó aplicada.
-¡Hagrid, Hagrid…! -llegó sollozando Harry.
-¿Qué tiene? –preguntó ella, sin apartar la vista de su libreta.
-¡Hagrid… está… muerto! –gritó su amigo.
Hermione se cubrió la cara con ambas manos, apenas mostrando los ojos arrasados en lágrimas. ¿Quién lo mató? ¿Qué? ¿Había alguien más en el bosque? ¿Alguien me siguió?
Amenazantes aurores recorrían el colegio, también investigando el paradero de Tonks; interrogaron a alumnos; los gestos intranquilos pulularon; Hermione se presentó cuando la citaron y nada traslució. Demostró que el día y hora de la muerte de Hagrid, ella estuvo en el colegio, con testigos. Todavía no precisaban fecha ni hora de la desaparición de Nymphadora.
El tema continuaba en sombra de pánico, cuando Minerva la llamó a su despacho.
Con un presentimiento, Hermione tomó asiento en la solitaria oficina de Minerva.
La Jefa de Gryffindor entró, indicando en la entrada:
-Espere aquí, señor Shacklebolt.
Aquello fue el campanazo para Hermione, quien escuchó a Minerva a su espada.
-Hemos descubierto un tema de Hagrid con respecto a usted, señorita Granger.
Hermione, seria, giró en el asiento, pero al encarar a McGonagall sonreía amable.
-¿Sí?
-Un tema grave –añadió Minerva.
La chica alzó las cejas, con atisbo de desdén. Así que subestimó a Hagrid. Segura de haber sido denunciada esperó la noticia sin perder la sonrisa. Shacklebolt esperaba afuera para aprehenderla. No dejaba de ser un remedio terminar con todo. Estaba sumida en una dinámica que la guiaba. Sólo echaría de menos la dicha cada que mataba.
-En su testamento… –informó McGonagall- nuestro querido Hagrid dejó una carta para usted, señorita Granger. No la hemos abierto. El señor Shacklebolt está afuera, pero es mi testigo de que hemos respetado la voluntad del difunto. Ya podemos revelar que fue un suicidio.
La noticia sólo produjo extrañeza en Hermione, pero soltó lágrimas al tomar la carta enrollada y lacrada, levantándose sin prisa.
-¿Puedo leerla en privado? –fingió voz entrecortada- Usted sabe que es un tema dolorosísimo para mí.
Minerva sacó un pañuelo de su manga y asintió:
-Por supuesto, mi querida Hermione, vaya –se limpió los ojos-. Si me necesita, vuelva.
-Gracias, profesora –salió.
-¿Podemos esperar que –preguntó el auror- si encuentra información importante en ese mensaje, la confíe al Ministerio?
-Indudablemente, señor Shacklebolt –asintió al alejarse.
En un salón desocupado, Hermione leyó de pie la última carta del semigigante:
Mi querida muchacha: ¡Te conozco desde hace tanto, pero también tan poco tiempo! ¡Los años han ido tan rápido! Apenas ayer no me llegabas a la altura de las manos, hoy eres una mujercita. ¿Cómo ibas a engañarme a mí, que me siento como si fuera tu padre? Mi conciencia me obliga a revelar lo que dejaron los trolls, pero pese a mi espanto, mi amor por ti me impide delatarte. Nunca fui muy bueno para hacer lo correcto, querida Hermione. No te deseo el horror de Azkabán, pero tampoco puedo vivir con esto. Mientras te escribo estoy llorando desconsolado. Lloro por ella. Lloro por mí porque borré tus huellas, lo del claro, lo del lago y lo quemé. ¡Hermione, hija! ¡Mis manos tiemblan al recordar tu serena belleza, pero conocer el horror de que eres capaz! ¡Lloro por descubrir la falta de piedad que habita en ti! ¡Toma mis lágrimas como mis besos de cariño, en tu frente! ¡Yo haré lo único que puedo para borrar mis culpas contraídas por no haber sabido verlo, y mis culpas por salvarte! ¡Para borrarme el horror de los despojos que dejas! ¡Lloro como un niño al haber olido la putrefacción donde reinas! El resto queda en tus manos. Por favor, por favor, detente, por favor. Te quiere desde su corazón, Hagrid.
Hermione puso la carta en un cuenco y le prendió fuego.
El rostro de la castaña se iluminaba con las llamas del mensaje. Un rostro bello de fría mirada.
¿Por qué no puedo evitar ser cómo soy?, se preguntó, grave, gesto amargo en su boca hermosamente cruel. ¿O tengo opción? Se cuestionaba más profundamente: No puedo ser de otra manera, no sabría ser diferente. Y no sé por qué Hagrid hizo esto por mí. Concluyó: Sólo puedo pensar que fue un tonto. Pero me conviene, un obstáculo menos para estar con Severus. Sus ojos de frío marrón se iluminaron con el fuego silencioso. Nadie me separará de él. Reiteró. Nadie. Nunca. Yo lo amo.
En las exequias del semigigante, Hermione lloraba con el rostro cubierto. Harry no vio su leve sonrisa.
Regresó del sepelio, sola. Hosca y encubierta.
-Herms –Andy Corbett la alcanzó, corriendo.
Corbett era un alumno de segundo año que idolatraba a Hermione.
-¿Qué quieres? –preguntó ella sin detenerse, viendo al suelo.
-… devolverte... esto… -explicó él, tímido.
Hermione lo tomó, reconociéndolo en el acto. Era su letra, que mezclaba mayúsculas y minúsculas, pero más frecuentemente. Letras estaban torcidas. Había añadido trazos circulares repetidos hasta casi traspasar el pergamino con su obsesión. Un dibujo sangriento. Seguro que se le cayó. Se dijo que se volvía descuidada. Tarde o temprano la atraparían.
Sosteniendo el pergamino, la castaña alzó su mirada de belleza fría y quiso saber, con la voz dulce que a él le gustaba:
-¿Qué harás, Andy?
El entristecido chico se tomó las manos, estrujándoselas, angustiado:
-Yo… no diré nada… Herms, yo te quiero mucho… ¡No quiero que te pase nada malo…! –la voz de Andy terminó en el susurro apagado del llanto en dolor como aguja en el pecho, tallándose los ojos en lágrimas-¡No quiero que te pase nada malo, Herms…!
¿Por qué los malvados encontramos quién nos ame?, se preguntó Hermione, arrugando el pergamino en una mano.
Habría deseado saber qué sentía Andy… Más bien, cómo sentía. Entendía de qué se trataba, pero no la vivencia. A veces Hermione pensaba que cambiaría su vida por una verdadera lágrima de pesar.
Andy se sentó al pie de un árbol a la vera del camino, rodeado de hojas amarillas.
Dorados por el ocaso, Corbett dobló las rodillas, apoyando en ellas los brazos y en ellos la frente. Sentado, abatido, con Hermione de pie a un costado, viendo a lo lejos, en la tarde en llamas.
-¿Me quieres, Herms?
-No, Andy –respondió Hermione, con voz dulce-. No te quiero.
Su túnica se agitó en el viento en vuelo desde el horizonte incendiado.
Las hojas batían. Andy le tomó una mano y apoyó en ella su frente.
-¿Qué sientes por los que te aman, Herms?
-Nada –susurró en eco-. Nunca.
-¿Hay alguien a quien tú ames?
-Oh, sí –asintió, lenta–. A uno. Pero es un amor cruel.
-¡Espero que él te cuide...! –lloró, soltándola.
En silencio, la castaña dejó al desecho Andy y sin ver atrás regresó al castillo. Fue de las primeras, pues la mayoría seguía al pie de la lápida de Hagrid o abatidos se demoraban en el camino. Las banderas en las torres estaban a media asta por las recientes muertes.
Los Slytherin sí estaban. Ahí se encontraba Pansy Parkinson con Zabini riendo en los pasillos, más ecos de carreras de quienes hacían burla por lo de Hagrid, remedando su voz.
Hermione se dirigió a ver a Snape. En un tramo solitario la tomaron por un brazo, suave, pero firmemente. Sorprendida, volteó.
Era Draco Malfoy.
Draco, parco, claro. Llevaba tiempo pensándolo. Le habló de su desprecio fingido, de sus ataduras. Las muertes extrañas le hacían pensar en la propia. Por eso le hablaba ahora. Su odio manifiesto de tantos años era oculto amor. Él le pidió dejar todo atrás. Juntos.
Los pasillos, los vitrales, las aulas, danzaron ante los ojos de Hermione en una marea que necesitaba detener:
-Me he deshecho de todos… -susurró con ira-Y apareces… ¡tú!
Poco más tarde llamaron al despacho de Snape, quien abrió la puerta con premura. Debía ser Granger, se esperanzó.
Quedó de una pieza al ver a Hermione alegre y conciliadora, con sangre en las manos, tendiéndole un objeto.
-Está hecho, mi amor –le sonrió ella.
-¿Qué… de qué se trata…? –preguntó él, con ojos desorbitados.
Hermione le ofrecía la rota y enrojecida corbata de Draco. Snape retrocedió.
-Crabbe, Nymphadora, Ginny, Hagrid, Draco… Los que me pediste, mi amor…
-¡Granger! –él se hizo atrás, horrorizado.
Hermione se extrañó. Por su reacción, se diría que Snape no le había pedido nada. Que no estaba al tanto de nada.
-¿Cómo? ¿Cómo? –preguntó la castaña, llevando la corbata; un poco de la sangre de Malfoy le ensuciaba una mejilla, entrando al despacho conforme Snape se hacía atrás-¿Estás… diciéndome que no me lo pediste?
Snape temblaba.
-No… No pedí esto… -balbuceó, consternado, desorbitado-¿Dónde… dónde está Draco?
Ella encogió de hombros:
-En el Gran Salón. Tardó mucho en morir. Pero ya aprendí que es mejor darles en el cuello. Es muy aparatoso, pero…
-¿A quién… A quién más…?
Hermione soltó la corbata y se cubrió las sienes. Era lo suficientemente inteligente para saber que Snape le hablaba con la verdad.
-Las voces… Las voces… -se quejó Hermione-¡Son esas voces…!
Snape la sacudió de los hombros, alterado como nunca, atravesado de dolor y pánico.
-¡Granger, Granger…! ¿Qué has hecho…?
Ella lo observó, decaída. Snape le limpió la sangre de un lado de la boca, con mano temblorosa.
-Pero… ¿me amas? –quiso saber ella, lánguida-¿Por lo menos, eso es verdad? ¿Me amas?
Snape la amaba.
Él creía que admitían su amor mutuo, revelado en esas miradas en clase. Esperaba el momento de ir con ella, pero Hermione estaba ausente en horarios libres. No le respondía a las lechuzas.
-¡Sí, Granger, sí! –la abrazó, desesperado, al borde del llanto-¡Te amo!
Él temblaba. Pensó en huir con ella. Hermione le susurró al oído:
-Entonces, dame un beso, Severus… Por lo menos dame un beso… He matado a tantos para besarte…
Hermione le dio un beso en una mejilla cuando él iba a responderle.
-¿Me amas, Severus? –preguntó, asintiendo, tomando su rostro, muy cerca de sus ojos.
-¡Sí, sí te amo!
Snape la vio un segundo como pudo haber sido: Una Hermione con la cual cambiar su vida. Pero el segundo se desarticuló ante la expresión de la castaña: Fría, con tintes de odio. Y decidida a llegar hasta el final.
Hermione lo besó en los labios. Fue un beso largo y al apartarse, afirmó:
-Entonces, amándome te quedarás.
Ella dio un paso atrás y extendió una mano.
Se había cuidado muy bien de no usar magia para no dejar pistas. Ahora las dejaría, de otro tipo, pero podría hacer que Luna bajara, matarla y responsabilizarla.
Uno, dos, tres y hasta ocho destellos iluminando la cara de Granger, estampidos apagados en los escalones de la mazmorra sin testigos.
Silencio. El revólver humeaba en su mano. Debía ir por Harry, pero…
… no pensó en los dementores.
Los sintió bajar, flotando por la escalera.
Sintió su cercanía y con ello, fatiga, abandono. Y, ¿a qué salir?, se cuestionó. Ya habrían encontrado a Draco y estarían corriendo con sus molestos gritos y llantos exagerados. Andy hablaría tarde o temprano. Ella portaba el cuchillo con el que mató a Malfoy y a Ginny. Estaba mejor aquí, con Severus. Podrían abrazarse hasta que llegara el invierno. Si lo cuidaba… si… impedía que se desintegrara…
Los dementores llamaron a la puerta del despacho de Snape en vaharadas oscuras. Hermione… Abre… Hermione… Vamos a jugar…
Por fuera no se veía nada. Dentro de la mazmorra no importaba. Hermione Granger por fin podía sentir.
Hermione sentía felicidad. Lo había logrado. Había vencido los obstáculos. Estaba con su amor y Severus era todo suyo. ¡Suyo, nada más!
Riendo y llorando de dicha, con sangre en las mejillas, Hermione sentada en el suelo con la cabeza de él en su regazo, peinaba los cabellos de su amado Severus Snape… Su amado Snape, al que había asesinado anoche.
LUNA PÁLIDA
¡Severus, te lo ruego!
¡Te escribo esta carta, pero lloro demasiado, la herida en mis sentimientos va a matarme! ¡Nos amábamos, Severus, eso pensaba yo! ¿Cómo es posible que no fuera cierto? ¡No entiendo! ¿No era verdad cuando me decías, "Hermione, te amo"? ¡Tu indiferencia me causa un frío de muerte! ¡Lloro tanto que no puedo escribir, no puedo vivir! ¡Rompí el pergamino con la pluma, derramé la tinta, por el temblor que me apresa!
¡Mis días eran tan felices a tu lado!
Nuestro amor era un secreto hermoso para mí, estos meses fueron una primavera dichosa. Y también eras mi fuerza, un amor portentoso, increíble, que me mantenía frente a la adversidad.
¿Por qué así, Severus?
¿Por qué así?
¿Por qué me haces esto?
¿Cómo es posible que me hayas engañado?
Me hablaste teniendo planes sobre mí, cuando yo no tenía idea de tus verdaderas intenciones.
Escandalizada te rechacé sin creer lo que me decías, pero fuiste mostrándome una forma de ser y te creí.
Te creí y te amé. Te entregué mi ser.
¿Por qué de esta manera, Severus?
¿Cómo es posible que me hayas engañado y con tanta frialdad?
En la hora de mayor felicidad, confiada, corrí a tu despacho pensando que la sorpresa de verme te gustaría. Mi sonrisa de felicidad se congeló cuando…
De recordarlo siento que muero. ¡Recibí un baldazo de agua helada al descubrirte besando a Astoria!
Severus, ¿por qué me hiciste esto? Sentí, miedo, náuseas, me sentí indefensa, una puñalada se me clavó en el corazón y su frío me recorrió la cara. Quise salir corriendo sin que lo notaras, pero por el dolor y el miedo sollocé y por eso Astoria me escuchó.
No puedo creer que solamente me vieras con gesto inexpresivo, como si fuéramos desconocidos. Y permitiste que Astoria se burlara de mí cuando llorando di pasos atrás, peor porque dejaste que su risa burlona me siguiera, avergonzándome, cuando fui corriendo por las escaleras.
Aunque me alejé no los dejé atrás porque tu imagen con ella me perseguía al subir. ¡La abrazabas, la besabas, dándome con eso una puñalada en el pecho que no me dejaba respirar! Creí que moriría. Todo me daba vueltas.
Y pasaron las horas y no me buscaste, ni para pedirme perdón, ni para mentirme. Me avergonzaba darme cuenta que habría sido capaz de creer tus mentiras. Y conforme pasaba el día sin saber de ti, me preguntaba dónde estabas, y con quién. Me desesperaba de no saber dónde buscarte. El silencio me decía que estabas con ella llenándome eso de tristeza y te imaginaba acariciándola, apuñalándome de celos. Me olvidaste y seguramente estabas con esa, sé que lo estabas, aunque lo negaras.
No solamente eso fue. No pude dormir, ni dejar de llorar. Dormitaba y despertaba angustiada, volviendo a mí las imágenes de ti acariciándola, todavía más humillante al recordar el sonido de su risa y tu actuar como si mi dolor no tuviera relación contigo.
Al otro día en el colegio actuaste como si nada. Yo tuve que buscarte en tu despacho, ansiosa, para entender. Pese a tu actuar, me comporté como si debiera una culpa. ¿Por qué me trataste como si no me conocieras? Estaba muy confundida y contigo aprendí que la tristeza no nos libera de sentir celos. Que van de la mano como gemelos malditos. Temblaba de inseguridad. Era yo quien te tocaba y besaba, hasta ayer. Y de pronto te tenía otra. ¿Desde cuándo, Severus? Me sentía sucia.
Tú estuviste con otra. ¿Ha habido más, me engañaste con más? Me volvía loca, me ahogaba en llanto, pero me recibiste fríamente, volviste a herirme con tu rechazo y aunque pese a todo te rogué que no me dejaras, que me humillé llorando y diciéndote que la dejaras y yo te perdonaría, no, la preferiste, guardaste silencio para indicarme que me fuera. Me diste esa nueva puñalada echándome de tu despacho con esa forma que conocemos tan bien, como si te quitara el tiempo. ¡Te aprovechaste de mí! ¡Severus, sentí morirme!
Subí de nuevo las escaleras, llorando. Al salir de la mazmorra, al volver a la luz del día, me limpié las lágrimas y desde entonces ya no lloro. Fue un cambio rápido. Quien me viera sabiendo qué ocurría, no lo creería. ¿Quieres saber por qué, Severus? Te conozco y sé que lees esta carta en tu despacho.
Te he enviado en un baúl un par de bellos ojos. Tómalos, Severus, míralos con el mismo amor que les diste y a través de su sangre pregúntales en cuál abismo reposa su triste alma.
Escribo y me remuerdo el dedo índice por esta pequeña travesura. ¿Quieres saber? Bajé a la cocina y pedí un gran cuchillo a los elfos.
Adivina, no me preguntes, ya que no quieres saber nada de mí. Ya que no quieres saber nada de mí no me preguntes por qué río al lavar mi cuchillo. Río porque siempre me sucede. ¡Ay, Severus, es tan divertido! La vida me obstaculiza cuando trato de borrar mis huellas. Me hace la pequeña broma de no dejarme lavar un cuchillo. Necesitaría agotar esta fuente, pero por más que saco agua del fondo, el líquido transparente toma color. Por más que tallo el cuchillo con el agua, más lo ensucio, pues estoy tratando de lavarlo con más sangre.
Algo me dice que es la sangre de los ojos de tu amada, Severus. Los que gozaron al ver mi dolor en tu despacho. No creo que su dueña esté riendo ahora.
Dije a Astoria que tenías un problema. Me preguntó por qué se lo decía y con cara de sinceridad le respondí que no era por ella, sino que pese a todo te amo y quería lo mejor para ti. Sin duda, pensó: "Otra vez la típica Gryffindor estúpida". La llevé a la Cámara y en ella la acuchillé.
Tu querida sangre limpia, pensando en magia, no pudo creer. Hermoso cuento del mes de mayo donde tu bruja perfecta de los Sagrados murió a manos de la sangre sucia que burlaste.
¡Severus! ¿Estás gritando? ¡Sigue! ¡Te falta mucho por llorar! ¡Apenas ha empezado! Me las vas a pagar hasta lo último. Me las vas a pagar por haberte burlado de mí. A tu amada le partí la boca con la navaja ordenándole que siguiera riendo de mí. ¿Sigues igual de indiferente que cuando me rechazaste? ¡Tu amada gritó y lloró con cada cuchillada. Sus alaridos fueron música a mis oídos y yo reía repitiéndole que eso era por haberse burlado. Le pregunté por qué no estabas con ella, pero ella estaba muy ocupada lanzando aullidos de dolor. ¡Que risa me das! ¡Mi amado Severus! ¿Quién ruega ahora? ¿Yo, porque no me dejes o tú, porque no sea verdad la muerte de aquella con la que te sentías tan fuerte?
Ve rápido, Severus. Ve a la tumba de tu amada en la Cámara de la Secretos. Te aconsejo que vayas lo más veloz que puedas porque ya no tienes mucho tiempo.
El tiempo ha muerto en tus relojes, Severus.
Cité a Harry, tu protegido, el hijo de tu otro amor. Cometiste un error al haber escrito ese solo pergamino donde contabas tu verdadera historia. Lo leí porque hurgué en tus pertenencias para conocer tus secretos. Se lo conté a Harry, pero se guardó sus preguntas pues se enteró mientras agonizaba por la pócima que le di en un vaso de agua y me senté a su lado.
Has hecho tanto por él. Es encomiable, Severus. Lástima que el hijo de la mujer que se burló de ti y al que tanto cuidaste en recuerdo del mal que te hicieron, quedó paralizado por un tóxico. Harry balbuceaba, pero no podía hablar bien porque se le cerraba la garganta.
Te lo confieso ahora, que me limpio tranquilamente las uñas. Nunca supe muy bien cómo actúa ese veneno. Creo que mueren por asfixia. Por lo menos esa impresión me dio Neville cuando lo envenené hace meses. Es un pequeño detalle de mí que no te dije, no sé por qué hago esas cosas. ¡No soy tan mala, se lo conté a Harry! Tuve que disculparme con él por perder tiempo en detalles, siendo que le quedaban minutos de vida.
¡Fue tan bueno hablar con él mientras moría! ¡Has hecho tanto por él, y lo perdiste! ¡Qué lástima que te mataran a Lily y ahora yo a su hijo! ¡Ya no te queda nada, Severus! Paralizado, sin interrumpirme, poniéndome atención, Harry sudaba y sollozaba, pero no mucho, porque ahora que lo pienso creo que el veneno elimina el agua del cuerpo.
Por eso se le marcaron los pómulos. Le sonreí cuando le mostré el frasco con el antídoto que no le iba a dar, le pregunté muy extrañada por qué no llagabas a cuidarlo y le conté la historia de su mamá contigo. Creo que él sonreía o sería un rictus de dolor, no lo sé.
"¡Perdona, Harry, tú mueres y yo perdiendo el tiempo con tonterías hablando de tus papás asesinados!", le dije palmeándole el pecho.
Pudimos conversar un buen rato. Era divertido hablar con Harry. Incluso pensé darle unas gotas de antídoto para que muriera más lentamente y pudiera oír cuánto me hiciste sufrir. Pero me sentí regresar de un letargo. Entonces me di cuenta que Harry ya no respiraba. Sus ojos muertos estaban dirigidos al cielo.
Me pregunté hasta dónde habría escuchado. Estoy cierta que se enteró de lo suficiente.
Te escribo al lado del cadáver del hijo de tu Lily. Te enviaré este mensaje y estoy segura que me lees mientras en torno del colegio se oyen los mismos gritos que crecen, rodeando Hogsmeade.
El horizonte late en rojos. El Señor Tenebroso ya debe haber percibido la muerte de Harry. Los mortífagos corren desatados. Hay una bacanal de muerte y fuego acercándose a Hogwarts.
Como no tengo el poder para matarte, Voldemort lo hará por mí. El será el vehículo de mi venganza. Llegaré a tiempo al castillo para ver la locura de la destrucción. He soltado al monstruo para que todos y cada uno me paguen. Me cobraré por la traición que me hiciste. Me cobraré con quien esté a mi alcance. Si no son culpables no me importa. Esta es la magnitud de mi venganza. Por tu traición pagará Dumbledore, Minerva, los profesores, la Orden del Fénix, el Ministerio, Hogwarts. Pagarán por el simple hecho de haberte hablado, de haberte amado, de haberte odiado. Me pagarán por haberte conocido. Estoy destruyendo tu obra y todo aquello que respetabas. Ya no tienes nada. Muere sabiendo que lo perdiste todo.
Es tu culpa, Severus, por haber tomado mis abrazos como cualquier otro abrazo, es tu culpa por no haberme valorado, por haber tomado mis labios para besos que no pensaste regresar. Quisiste jugar con mi corazón. ¿Temes a Pandora? Pues yo no soy Pandora. ¡Yo soy una mujer furiosa ! ¡Yo soy el Arca que Desata el Averno! ¡Soy el Incendio, la Venganza y la Ira! ¡Erraste al pensar que conmigo nada pagarías!
Mi venganza está en marcha. Los mortífagos corren desbocados por el páramo de niebla en la noche de luna pálida. Voldemort será eterno y en eterna sombra de noche eterna y perenne luna enloquecida reinará sobre el mundo y la única razón es la venganza de una mujer que te devuelve el mal multiplicándotelo por el infinito. Y si los demas son arrastrados por los cascos de mi caballo, yo misma, no me importa.
Te equivocaste, Severus, te equivocaste al haber jugado conmigo. Te equivocaste tanto que el mundo arderá.
Riddle ganará la guerra. Arrasará Hogwarts. Y yo no voy a morir sola, Severus, Tú tambien vas a morir.
Sube, Severus, porque te están llamando tus amos interesados en saber cómo los traicionaste. De mí tienes la misma importancia que me diste. Arriba te esperan los cadáveres y el fuego. Me pagarás por cada infierno de mis celos, aprenderás que con una mujer no se juega. Tal vez con esto mi ira se aplaque un poco. Me reiré de ti a carcajadas antes de morir, al ver cómo te destazan. Es mi derecho. Si el dios de los muggles es vengativo, ¿por qué no puedo serlo yo?
LABIOS COLOR SANGRE
¡Uno-dos y giro…! El Gran Salón se anima con el vals de cientos de estudiantes ante los profesores complacidos. Casi todos complacidos.
Snape deja pasar el rato, sentado, tobillo apoyado en su otra rodilla y codo en el descanso del asiento; la música lo hastía.
Su gesto es grave; menosprecia a los estudiantes alegres o abochornados; desdeña las sonrisas de los otros profesores, que disfrutan y supervisan.
El vuelo de los vestidos de las alumnas, de los fracs de los estudiantes, la música vivaz es un bloque monótono para Snape. Alumnos emocionados siempre le fueron ajenos. Hoy le interesan menos. Son una marea gris. Excepto Granger.
Siempre el mundo es lo mismo, excepto Granger.
Snape la sigue con la mirada, en sus giros sobre la pista de baile. Ella sonríe con Stefan Naumov, de Durmstrang, uno de tantos visitantes en el baile de apertura del Torneo de la Esfinge, un juego académico amistoso entre las selecciones de Beuxbatons, Durmstrang y Hogwarts.
Snape a ratos pierde de vista a Granger, pues otras parejas cruzan, pero la reencuentra por el grácil juego de sus cabellos al bailar.
Y en el borrón de los valsadores, dos parejas pasan frente a Snape y al separarse, la Gryffindor está de perfil, con su pareja, pero ella lo mira.
Un segundo, pero las miradas de Hermione y Snape se encuentran. En las parejas que los separan, en su borrón, el gesto levemente estremecido de Granger muestra que no pierde de vista dónde está Snape; revela que se percata de ser vista por él desde hace rato.
Es breve, porque un giro con Stefan la oculta y se sumergen en las demás parejas.
Vistazo fugaz el de Hermione, mas Naumov lo nota. Él apenas voltea hacia donde está Snape, pero la chica le hace una pregunta casual, para que la atienda y no sepa a quién veía ella.
En otro giro, cuando Naumov mira en sentido contrario, Hermione vuelve a ver a Snape, de reojo, un poco cohibida, pero vuelve a descubrir que él no le quita la vista de encima.
Los labios de Snape se tuercen en leve sonrisa. Eres mía, piensa. Siempre serás mía. Ese poder es su cadena y forja otro eslabón: Eres mía, bailes con quien bailes. Como yo soy tuyo.
Snape se frota la palma con los dedos, circularmente. No considera necesario disimular. Considera que hace un favor al mundo únicamente viendo a Hermione y no yendo a ella. De hacerlo, las estrategias caerían por los suelos. No le importa si lo nota Dumbledore, ni Poliakov el director emergente de Durmstrang. Menos le interesa si lo nota Minerva, que sabe todo y lo detesta por eso.
No es el único implicado. La figura geométrica de la pasión tiene más ángulos. Está Ron Weasley, de pie al lado de Potter, de brazos cruzados observando al Durmstrang con nada disimulado odio. Está el mismo campeón de Aritmancia de Durmstrang, Stefan Naumov, interesado en Hermione, quien sospecha que la Gryffindor tiene alguna relación con su profesor de Pociones. Está Astoria Greengrass, a la orilla de la atestada pista, del brazo de Draco lanzando miradas de frustración hacia Snape.
Más tarde, perdido el interés en el espectáculo, pero oyendo su bullicio, Snape apoya un brazo y mano en una columna, en la noche dominada por la Torre del Reloj, anunciando que faltan cinco minutos para las once de la noche.
-¿Estarás bien? –le pregunta una chica que llega.
-Estaré como pueda –susurra él.
Hermione coloca una mano sobre la de Snape en la columna.
-Y aun así, no entiendo… –dice la castaña, apretando su mano– Fuiste tú… Tú quien se alejó… Hoy, parece que me reprocharas.
Hermione intenta entrecruzar sus dedos con los de Snape, pero él se aparta.
-No es que me reproches –precisa ella-. No. Es como si me detestaras.
-¿Qué puedo decir? –él se encoge de hombros- Es la maldición del amor.
-No lo siento como una maldición.
Snape encara el disco de plata lejana de la Luna. Inalcanzable, como el amor.
-Oh, sí, lo es –afirma él-. El amor es una maldición. La maldición de tener y perder. De perder y recordar. De recordar y no olvidar. De no olvidar y querer morir.
Hermione se acerca a él sin hacer ruido. Susurra:
-¿Y nada puede hacerte cambiar de opinión, verdad?
-Imposible. Yo tengo la razón. Hoy debo olvidarte.
Hermione le habla casi en la nuca:
-Y aun así, sé que hablas con la verdad al decir que tienes sentimientos.
Snape asiente.
-Por eso amo –acepta-. Por eso odio.
Por el sonido, es obvio que Hermione se abraza a sí misma.
-¡Nunca entendí eso de ti! –afirma la Gryffindor, herida- ¡Es como si… nadie te pudiera tocar...!
Sus pasos alejándose duelen a Snape. Ella no sólo regresa con Naumov. No volverá. Él ya no está en ningún camino de su existencia.
Así ocurre, piensa él, todo muere un día cualquiera. Y en rebato fúnebre suenan las once de la noche en la Torre del Reloj. Cada campanada redobla de dolor en el tórax de Snape, en sus manos. El sonido grave del bronce acompaña cada paso de Hermione, que lo aleja de él, sin remedio.
El súbito ardor en su antebrazo le duele, pero no tanto como la ausencia de Hermione. Ambos dolores se mezclan. Voldemort. Granger. ¿Cuál es su máximo pesar?
-¿Severus?
Snape parpadea rápido, ayudándose con una leve sacudida de cabeza. La luz de la tarde entra por las ventanas de la oficina del director.
-Discúlpeme, Dumbledore, estaba…
-… distraído –completa Albus.
Snape se irrita por el comentario. Molestarlo es la meta de la discreta recriminación. Para no hacer obvia su agitación, Snape opta por mirar al suelo, cuando recapitula:
-Me pedía indagar dónde se encuentra el alumno Naumov.
-¿Y…?
Snape parpadea lento, rozando peligrosamente el exabrupto. Por primera vez en su vida está al borde de gritar a Dumbledore. Snape se siente un poco acelerado. Granger. Es Granger. No es culpa de ella. Es de él. Snape intenta no pensar en Granger, trata de apartarla de sus pensamientos, desterrarla, pero no lo logra. Su imagen sigue en su corazón, en hierro al rojo vivo. Se repite que está en lo cierto al decir que el amor es una maldición, porque es la marca de una Dama Tenebrosa. Y ahora esto. El alumno Stefan Naumov desapareció al término del baile. No es sólo la tensión entre ambos colegios, pues Poliakov está frenético y amenaza con destruir el mermado prestigio de Hogwarts, sino es la tensión de Hogwarts mismo. Muchos vieron la ira y los celos de Weasley porque su novia fue pareja de Naumov. El tono de voz de McGonagall con Snape es significativo, de indirecta acusación.
También están las tensiones ocultas. Los acontecimientos subterráneos. El mes vivido con Hermione es lo más caótico y extraordinario que pudo suceder a Snape, pero no pasa desapercibido, así sea por mínimos testigos. Minerva todavía lo amenaza con denunciarlo al Ministerio. Astoria Greengrass, hasta entonces secretamente enamorada de Snape, los descubrió y después se le declaró intransigente, argumentando ser afines por pertenecer a la misma Casa, por lo que ella, Astoria, no una sucia Gryffindor, merecía la oportunidad. Snape la rechazó y a partir de ese día tiene una enemiga que lo odia y lo desea.
-¿Escuchaste algo de lo que dije, Severus? –insiste Albus, presionado al máximo-¿Qué te informaba?
-¿Va a pedirme la lección? –desaira Snape; tiene varios problemas novedosos en más de un sentido- Le recuerdo que hace años no soy estudiante. Dígame qué desea, sin más.
Albus capta la ira soterrada en la voz de su muy cercanamente futuro reemplazo en la dirección de Hogwarts. Otro se ofendería, pero a Dumbledore más que no gustarle, le desasosiega. Snape está tenso, pero es inédito que se le note. Al tanto de la situación de Snape con Granger, el director atisba cuánto afecta al profesor.
Dumbledore pone la barrera del trato para no involucrarse con los problemas personales de Snape.
-Por lo tanto, profesor, le ordeno indagar la ubicación del estudiante Stefan Naumov. El torneo ha empezado en clima de tensión. Aunque la noticia no ha trascendido, de no localizarlo en dos días más deberemos cancelar.
Snape lo mira a los ojos.
-Minerva no querrá colaborar conmigo. Le sugiero ponerle un bozal.
Dumbledore se pone de pie, sin dar crédito a lo que oye.
-¡Profesor Snape…!
Éste sale sin añadir, en parte porque quiere largarse haciendo patente su detestar a McGonagall y por otra, porque ha recibido otro llamado del Amo.
En el corredor, una figura le sale al paso, obligándolo a detenerse.
Es Hermione.
Tiene surcos oscuros bajo los ojos. Está preocupada pues conoce la situación de Naumov. Ella se siente extrañamente culpable. No sólo eso. Como Snape, tampoco está muy tranquila desde su separación. El paso de las horas le pesa.
-Necesitaba verte –afirma ella-. Me duele no verte. ¿Tú estás bien, mi amor?
Snape mira hacia la puerta del despacho. Nadie afuera, comprueba.
-No use esas palabras -exige.
-¿Te asusta?
-A mí, no. Es por usted.
Ella asiente.
-¿Recuerdas qué prometí hacer, si no valorabas mi amor?
-Que me matarías.
-Y lo hiciste, Severus, lo hiciste, no me valoraste.
-Le expliqué, señorita….
Ella lo interrumpe.
-Sí, me explicaste, pero no fueron razones. Fueron tus ideas absurdas.
-Con su permiso –Snape intenta seguir su camino.
Ella lo intercepta y añade:
-"Amar es odiar", ¿no es así? Oh, sí, recuerdo otra: Si no existiera, no sufriría por desearla. Me lo decías. ¿Cuál era tu mensaje? ¿Tu deseo de muerte?
-Eso es un absurdo.
-Y sin embargo son tus pensamientos. ¿Quién dice que tú no desapareciste a Stefan?
Snape ríe con un bufido:
-O tu novio lo despareció.
Hermione le da un puñetazo en un brazo, que Snape ignora. Aunque de enojo, es un contacto.
-¡No te atrevas a sugerirlo siquiera! –gruñe ella- ¡Él sería incapaz!
-Oh, sí –sonríe Snape-. Eso lo recuerdo yo. Dijiste que no terminarías con él. Y no es que me interese, sino que me llama la atención tu acuerdo contigo misma.
Hermione perdía la paciencia.
-¡Iba a hacerlo, pero te alejaste! ¡Y no me lo perdono, fue indigno de mí! –se pasó una mano por la frente- Deberé decírselo, no puedo con el cargo de conciencia.
Snape sonríe de desprecio.
-A mí, no me importa. Maldito imbécil, tu amor.
No se aleja, sino que da pasos adelante hasta acorralarla en una esquina. Si Dumbledore sale de la oficina, los verá. Dice mucho de Snape que asuma esta actitud. Significa que pese a su convicción de estar lejos, le duele. Y que el deseo lo oprime.
-¡Me alegro que sucediera mientras él creía que eras suya!
Hermione se sorprende por esas palabras.
-¿Ser suya? Severus, eso es mucho decir…
Los pasos que da ella hacia atrás, hacen a Snape consciente de algo que en su vida previa a la Gryffindor se la habría ocurrido: El sonido de las pisadas de Hermione le hacen pensar en sus piernas. Sus piernas separadas. No porque esté en alguna posición, es sólo por estar de pie. Al detenerse en la esquina, piensa en las piernas de Hermione, separadas, muy cerca de él.
Snape la toma por la espalda, posa la mano en la base de la columna de Hermione y la atrae hacia él. La adhiere a su cuerpo.
Ella no se aparta. Jadea en su boca:
-Te prometí todo. Todo, Severus. Todo. ¿Lo olvidaste?
Snape vibra. Sonriendo, ella lo observa de un ojo a otro. Se diría que la invade una oscura alegría. Se diría que tiene la certeza que Snape va a sucumbir. Que no podrá vivir sin el amor de ella. Que no podrá estar lejos de su cuerpo.
Ella se muerde el labio de abajo:
-¿Lo olvidaste? –lo reta.
La calidez de sus labios presiona a Snape. De su boca de fresa escapa una acusación.
-No, no lo olvidaste… Ya te siento. Siento cuánto me esperas, Severus.
-¡Nunca dije que no fuera así! -masculla.
-¡Oh, no, claro! –ríe ella- ¡Posiblemente se te pueda retener con lo mismo que a todos!
Él susurra en la boca de Hermione, con gesto de fiera lujuria:
-De ser por eso, no me habría ido. Me habría quedado, y vivido contigo, y hacértelo vivir una, y otra, y otra vez.
Ella hace la pelvis hacia delante, apretándose más contra él. Las ojeras de desvelo por no poder olvidar dan un aire tétrico a su sonrisa. Ella no actúa por ligereza, sino por un grado de desesperación.
Gritería y aplausos por un resultado del torneo llega a ellos cuando Snape no puede contenerse y abrazándola, besa a Hermione en la boca con tal necesidad que ella gime al recibir la caricia. Él no olvida sus pensamientos fúnebres sobre el amor. Esto es para él una herida más. Una herida placentera.
Se besan casi chocando. No necesitan más para gozarse, que apretarse entre sí. Más que amor, es un vicio.
Llegan al final, abrazados, jadeando y gimiendo al besarse con frenesí, a unos metros del despacho de Dumbledore.
Ella lo suelta, se aparta el cabello de la cara; todavía jadeando, con una sonrisa baja las escaleras corriendo y da vuelta en un pasillo. Snape se apoya en la pared, también respirando aceleradamente.
Pese a sus problemas, su misión no se detiene. Horas más tarde sale de Malfoy Manor. Es de noche. Una reunión larga de acuerdos graves.
Dos voces conocidas tras unos arbustos llaman su atención. Una en particular. Se acerca discretamente sin que lo descubran.
-¡No lo entienden! –afirma Lucius Malfoy- ¡Jamás lo entenderán!
Aunque Snape la oye, no lo puede creer:
-Hay días –sonríe Hermione, cansina-, cuando tampoco yo lo entiendo.
-¡No me pidas que dé marcha atrás! –dice Lucius, intransigente- ¡No me pidas que me arrepienta de amarte!
-¡No te lo pido! –lo calma Hermione.
Entre los arbustos se alcanza a ver cómo Lucius toma una mano de ella, que baja la mirada, sonriendo un poco tímida, dejando sus dedos en los de él y añade:
-Ya nada nos separa, aproveché que él quiso irse. Y confía en mí, no te engañaré.
Una brillante puñalada atraviesa a Snape con el dolor de un rayo. Es una cuchillada de quemante sol en el tórax, de rayos estrechando su cuello.
¿Hermione… habla de amor con Lucius Malfoy? ¿El mismo día de sus caricias en el castillo?
Atravesado de dolor por la conversación se da cuenta que esto tiene tiempo. Desde que ella estuvo con él.
Se aleja sin ser notado. Camina por el bosque, estremecido.
Sabía que Hermione hallaría a alguien más temprano que tarde, pero… Me engañó, me engañó, eso fue lo que hizo.
Le faltan fuerzas, el aire, se toma de las sienes y se apoya en un árbol seco.
Troncos y ramas de los árboles son líneas quebradas y negras, garras que dejan pasar un poco del cielo gris oscuro y sus estrellas gélidas, entre nubes rotas. Angustiado, Snape respira entrecortado.
La ansiedad poco a poco se reduce, hasta permitirle ver al cielo, dominado por la enorme y carcomida moneda de plata que compra el infierno.
La Luna. Sí. La Luna tiene la culpa.
La Luna le ha mentido. La Luna animó las palabras de Hermione. La Luna la convirtió en una sirena de seductoras risas, para envolverlo con sus cabellos de muerte. Tapizó el suelo de cielo para hacerlo desplomarse en sus estrellas.
Fue una lección, mi estimado Snape, podría decirle Dumbledore. Usted, que habla del amor como la solución civilizada del odio natural. El odio estuvo al inicio de su relación con Granger y está al final. El odio es su verdad más consistente. Y usted ve ahora que ella nunca lo amó. Es la demostración de su tesis. Ella lo odia. Y Snape llega a la conclusión.
Él puede soportar todo, esta pérdida, pero no el engaño.
El amor tiene la culpa. Hay que asesinar al amor.
En sus ojos llenándose de ira, lo asalta la imagen de Hermione… Snape los ve en una habitación. A ella, más hermosa al moverse sobre el recostado Lucius… Su ira crece. Hermione y Lucius besándose. Hermione y Lucius acariciándose. Hermione agitada en la oscuridad abrazada por Lucius. La ira de Snape asciende dentro el tórax hasta las sienes, dolorosa, pero casi placentera, una ira en medusa de brazos fríos.
A la tarde siguiente, un desesperado Dumbledore le informa que Ron Weasley no está por ningún lado, que tampoco Minerva McGonagall aparece, ni Hermione Granger, le confirma que el Torneo se suspende y la alarma franca suena en Hogwarts, cuando recibe otro llamado de Voldemort.
-Granger está en Malfoy Manor –notifica a Dumbledore. Afuera se oye el correr de los alumnos, obedeciendo la orden de permanecer en sus áreas. Vendrán aurores a protegerlos. Potter es el primer obligado a protegerse y a ser vigilado para que no vaya tras sus amigos.
-¿Estarán ahí los demás desaparecidos? –Albus se esperanza, estrujándose las manos.
-Espere noticias mías –indica Snape y sale.
Pasando entre otros alumnos que corren, una sonriente Astoria trata de detenerlo, pero Snape sigue su camino, ignorándola. Aun así, ella lo ve alejarse, feliz. Ha hecho lo necesario.
En la entrada de Malfoy Manor, Greyback le sonríe:
-¡Snape! Tenemos a uno de ellos –anuncia-, el Señor cree que es mejor atraparlos por separado... ¡Já! ¿Sabes dónde están el torpe de Weasley y su perro Potter? Porque la zorra de Gran…
Snape voltea hacia él y le clava un cuchillo de plata en el cuello. Greyback gorgotea y cae al suelo, desangrándose.
La puerta principal de Malfoy Manor se abre de par en par. Snape se detiene en el umbral, oscuro contra el fondo claro del día.
Bellatrix corre con risas de demente, arrancando ecos a la vasta sala:
-¡Él vendrá pronto, Severus! –señala a Hermione, en el suelo de mármol, soltando una carcajada- ¡Debes trabajar rápido! ¡Lucius torturó a la perra Granger, pero nada sale bien si no lo hace uno en persona!
En tromba de capa agitada Snape cruza Malfoy Manor sin apartar la vista de Lucius.
Los pasos de Snape levantan ecos del suelo, sin perder un ápice de la idea que lo lleva. La mirada de Snape está inflamada de ira, de rabia. Es con Lucius. Solamente con Lucius Malfoy,
Al lado de Hermione, Lucius se pone de pie, pero queda de una pieza cuando Snape lo toma de las solapas, lo levanta y dando un giro, lo lanza sobre el suelo de mármol.
Lucius se desploma. Se limpia los labios y estudia a Snape. Frío. El gesto de Snape es frío. Como nunca lo ha visto. Desprecio. Odio. Un gesto sin vuelta de hoja, silencioso de puro estruendo. Un frío de odio. Es la gélida muerte. La muerte de él, de Lucius Malfoy.
La muerte de Lucius Malfoy a manos de un Snape loco de celos.
Hermione hace intento de huir. La furia de Snape se eleva y tomándola de los brazos, la levanta. Una aterrada Hermione lo observa inmovilizada desde arriba. No hay ápice de amor en la mirada de Snape.
-¿Por qué tenías qué engañarme? –masculla- ¡Observa qué hago con tu maldito amante!
Abre los brazos, soltándola con desdén. Snape tiene como una daga en llamas la imagen de Hermione permitiendo a Lucius tocándola. Espantada, Hermione cae de pie, pero trastabilla y se desploma. Ella no puede apartar su mirada de él, aunque sentada en el piso se empuja con los pies y manos para alejarse. Merlín, está celoso, está celoso, está loco de celos.
Snape ve rojo. Hermione, la Hermione que él adora, entendiéndose con otro, besada por otro, es una llaga abierta que no lo deja vivir. La ira es tanta que siente estallarle las sienes, la cara, cuando voltea hacia Lucius nuevamente de pie.
-¡Por fin te veo tomando cartas en el asunto! –ríe Bellatrix- ¡Castiga la incompetencia del estúpido de Malfoy, vamos!
Lucius duda sobre defenderse con magia. Snape tiene mayor poder. En esos segundos ha pensado y toma un arma de bellaco, un estilete colgado de un muro. Corre hacia Snape y éste camina hacia él. Cuando Lucius suelta la puñalada, Snape lo toma de la muñeca con ambas manos y la hace girar, clavando el estilete en el hombro de Malfoy. Lucius grita. Snape lo patea, tirándolo al piso. En dos pasos está cerca y con el pie empuja la varita hacia Lucius.
Con gesto de odio, Lucius se arranca el estilete ensangrentado y toma la varita.
Snape blande la suya y el intercambio de encantamientos ilumina a Hermione y a una divertida Bellatrix, cargando el ambiente de electricidad.
Comparado con la elegante postura de Snape, Lucius pierde la vertical y ataca con más furia que eficacia. Al cabo de unos segundos, Malfoy sale despedido hacia atrás.
Snape avienta la varita con el pie, hasta la mano de Malfoy.
Al siguiente intercambio, Lucius lanza un alarido cuando el encantamiento de Snape la arranca la mano. Snape lo toma de las solapas y le susurra: "Ella… es… mía..."
No sigue un duelo, sino la tortura de Lucius a manos de Snape. Los alaridos de Malfoy añaden un ceño fruncido de extrañeza a la sonrisa de Bellatrix.
Surtidores de sangre brotan al compás de los alaridos. La fuente de sangre que brota de Lucius salpica el rostro de Snape.
Los alaridos de Hermione por el asco de ver destrozado al padre de Draco, revientan en ecos por la sala de Malfoy Manor.
La Gryffindor aprovecha el descuido de los demás y atraviesa corriendo el salón hacia la puerta. Bellatrix extiende la varita hacia ella para matarla, pero un destello lanza a la mortífaga atrás, con una cortada tremenda en el abdomen que amenaza con dejar salir el contenido. Se acercan carreras de otros mortífagos, atraídos por la gritería.
Snape gira. Un elegante salto de su cabellera y capa al plantarse en el suelo. No hace esto por salvar a Hermione. Los celos lo carcomen al punto de estar dispuesto a matarla.
Algunos movimientos con la varita, destellos y seis mortífagos caen muertos.
Entre los cuerpos, Snape pisa el cuello de la sangrante Bellatrix, caída en el mármol.
-Así que yo tenía razón, ¿eh? -sisea ella, irónica, con un carraspeo sanguinolento.
-Siempre tuviste razón al sospechar de mí –sonríe Snape, sarcástico-. Nunca estuve con ese imbécil asesino. Y él morirá. Pero tú primero.
Aunque ella lo suponía, al oírlo de Snape queda azorada, pero es lo último que sabe, pues Snape la mata de un Avada.
Snape cruza la sala tapizada de cadáveres, empezando por la masa sanguinolenta de Lucius Malfoy.
Fríamente decide que todo se incinere. Varias alas de la mansión súbitamente estallan en llamas. Sale caminando tras la Gryffindor.
Hermione corre por los terrenos de la incendiada Malfoy Manor. Cruza la reja y se interna en el bosque gris y quebrado.
No lo ve llegar. Snape aparece frente a ella, la toma de las muñecas y la empuja por el terreno de hierba seca y húmeda hasta colocarla de espaldas al tronco desgastado de un árbol.
Hermione está aterrada. Snape furioso le da más miedo que Voldemort.
-… no, no….
Snape sonríe, con odio.
-Todavía no acabo de entender –exclama Snape, con tanta curiosidad como gélida ira-¿Por Lucius?
-¿El señor Malfoy? –susurra Hermione, vencida en sus continuos esfuerzos por zafarse.
La aprieta de las muñecas, entrecerrando los ojos, sacudiéndola:
-Qué respetuosa… ¿Ya no es Lucius?
-¡No entiendo…!
Snape la toma del rostro con una mano, apretando la mandíbula de Hermione.
-Lucius, Lucius, tu Lucius… Al que dijiste amarlo….
La suelta, ella cae al piso de hojas, Snape no se mueve.
-¿Esto te sorprende? –pregunta él.
Se acerca a ella. Hermione rechaza con cara de miedo y en susurros:
-… no, no…
-No esperabas que los descubriera, ¿verdad?
-¿Cómo…? –solloza sin lágrimas, tratando de apartarse, trozando la hojarasca.
La explicación de Snape desorbita la mirada de Hermione:
-No iba a hacer nada, pero cuando te vi decir a Lucius que lo amabas… Decidí deshacerme de todos…
Hermione grita de pavor.
Los ecos del grito empujan lechuzas en vuelo por el cielo nublado.
Hermione no es la única empavorecida a esta hora. Los destinatarios de los mensajes también, al abrir las puertas indicadas en las misivas.
Poliakov cae de rodillas en la Torre Norte de Hogwarts, sin saber si ver la sangre chorreando de las paredes o el cuerpo cuidadosamente destazado de Stefan Naumov. Harry, pálido, llora en espasmos, chocando contra una silla y cayendo al piso, frente a los restos de Ron en el aula de DCAO. Dumbledore retrocede en el Ala Este, despavorido por los despojos torturados de McGonagall.
Hay una máscara de mortífago al lado de cada cuerpo.
-Los maté…. A todos…. -murmura Snape- A los que me hicieron enojar por causa tuya. A Lucius, por decirle que lo amas.
-¡No! ¡No es posible! –grita Hermione.
Ella retrocede hasta un árbol:
-¡Yo nunca he hablado así con ningún Malfoy!
Además del estremecimiento, del espasmo, en sus ojos hay otro mensaje.
Una ráfaga de certeza cruza a Snape: Por eso lee los pensamientos de Hermione: ¿Para qué hizo esto?, le dice ella. ¡Yo lo habría aceptado a usted! ¡Habría deseado que usted me dijera que me amaba! ¡Lo esperé, lo esperé mucho tiempo! ¡Esperaba que me dijera que me amaba, pero no lo hizo! ¡Pensé que me lo diría la noche del baile!
-¿De… de qué me hablas? –un atónito Snape da un paso atrás.
Hermione echa a correr, sin varita es lo único que puede hacer: Correr del asesino que todos tuvieron enfrente.
Snape, gira sobre sí hacia el rumbo de Hogwarts, en un destello de comprensión que hace huir por el cielo a las aullantes chotacabras.
Y entiende que la Hermione a la que ha visto, no es ella.
No es que no hubiera nadie.
Ni después del baile, ni afuera del despacho de Dumbledore, ha hablado con Hermione.
Astoria ríe, frotándose las manos. Pese al peligro, en la Sala Común de Slytherin está feliz. Snape le habló, la besó, la acarició. Fue sorpresivo, pero no le importa. Piensa que él recapacitó. No sabe que en todo momento Snape ha visto a Hermione en ella.
Lucius no estaba con Hermione. No había nadie.
¿Y Granger? Snape no sabe qué imaginó o vivió, pero ésta, la que en su huida entra al desolado cementerio Malfoy, sí es ella.
Snape camina hacia la silueta que detiene su carrera en un promontorio.
Hermione lo ama. Siempre lo amó. Pero Snape comenzó a tener ideas extrañas. O las tuvo toda la vida, pero se convirtieron en más frecuentes y graves desde que se enamoró de Hermione.
Y ahora, se pregunta Snape, ¿habrá ella dejado de amarlo? Está en el promontorio entre los signos mágicos que algunos llaman erróneamente cruces celtas. Hermione lo espera. Es para recibirlo y amarlo, o esperarlo y odiarlo, o -si el objeto en su mano es la varita o un arma levantada de alguna tumba-, para hacer justicia, pues entiende los crímenes que ha perpetrado.
Una parte de la mente de Snape le dice que ha cometido un pequeño error. Pero después de lo que ha hecho no hay medida, ni final. El error será su licencia. Snape piensa que en el escenario del amor, del perdón o de la furia, no permitirá que lo separen de Hermione. Si ella lo mata, él no se opondrá. Pero tampoco nadie más se verá reflejado en sus ojos marrones.
El horror de Snape es que por amor, detrás de sí ha dejado cadáveres y por delante, suicidios.
Se acerca al promontorio de lápidas rotas, oyendo las campanadas desde Hogwarts en el abrazo de la niebla estéril. Hermione aguarda, como si prometiera un beso a quien sepa llegar a ella. Snape sabe que en su caricia sabrá si el amor es verdad. Si el amor es luz o es el vuelo de cuervos de muerte, negros contra el cielo gris de la locura.
Al tocar a Hermione sabrá si el amor es verdad o es una horrenda mentira, para engañarnos con que no existe el profundo Abismo de la Nada.
