Cometas en el cielo
Cometas en el cielo
En la conmemoración de un año cumplido de la Batalla de Hogwarts, el colegio tenía la mitad de su población habitual.
Luego de la muerte de Dumbledore, de Snape y de tantos otros, el colegio no había recibido nuevos ingresos. El dolor de la guerra era muy reciente, el Tribunal no se daba abasto, se desconocía si los mortífagos más peligrosos estaban muertos. Todo eso provocaba que muchos padres de familia desearan que las aguas se calmaran.
También se esperaba a que el castillo terminara de ser reconstruido, lo que no era fácil. Los restos de Artes Oscuras eran eliminados con grandes esfuerzos, porque lo que muros y secciones completas se desplomaban o tenían equilibrio precario. Y estaba la merma del nivel educativo. Haber tomado lecciones de información falsa invalidó muchas materias, por lo que principalmente quienes deseaban graduarse estaban recursando clases de grados anteriores. El primer año colegial de la postguerra era de poner orden.
Sentada en una banca del cuarto piso, dañado en algunos tramos a lo lejos, frente a un vitral intacto que traslucía la tarde, Hermione pensaba.
Harry y Ron no se habían reinscrito como ella, dedicados a trabajar como aurores. De Gryffindor, no estaba Luna, ni Neville, que volverían al año siguiente, y se gozaba de relativa tranquilidad porque los Slytherin destacados por su lealtad a la Sangre, estaban en arresto domiciliario y en espera de ser juzgados.
Luego estaba su rompimiento con Ron. A Hermione le mordía un poco el orgullo que hubiera sido él quien terminó su relación. A la castaña le parecía que más bien Ron había huido por incapaz de estar a la altura y optó por ese plan para hacerse el importante. Como fuera, ella presentía que Ron deseaba conocer la libertad cuando por fin tuvo un mundo sin guerra, ya que en realidad no amaba a Hermione, sino que estaba en busca de una madre para él. Ron se había ido con gesto de alivio y la castaña experimentaba gratitud, aclarando sus sentimientos.
Se levantó de la banca y echó a andar, pasando entre muros derrumbados en largos trechos, que mostraban la luz del día; entre vitrales intactos, pero recargados en paredes porque ya no tenían lugar cuando el castillo se reconstruía, y fue a una escalera evitando boquetes en el suelo que mostraban los pisos inferiores.
Pasó frente al aula de DCAO, temporalmente sin uso... El silencio del lugar y la ausencia de Snape le pesaron. Ya había bajado a la Mazmorra para pensar en el contradictorio profesor, y por hallarse en el sitio, quieto, entre libros y marmitas...
Hermione había llorado frente a la mesa de Snape, donde seguía abierto un libro con anotaciones a mano de él. ¡Nunca había creído llorar por Snape! Pero conocer la verdad que reveló Harry cambió todo.
Snape había dejado aquel libro, el último día que dio clases. Un escenario, pensó Hermione frente a las páginas abiertas donde se leía en tinta: Asteraceae, secar a la luz de la Luna. Snape mismo no supo que era su escrito final como pocionista... Hermione suspiró, pensando: La vida es un escenario donde creemos que deseamos y creemos que tenemos. Lamentaba dolorosamente no poder decirle a Snape que ella entendía quién fue él realmente.
La Gryffindor bajó por unas escaleras poco usadas, hacia el Gran Salón, donde se conmemoraría la victoria y se honraría a los caídos. Y también tomó esas escaleras de caracol para pensar en la carta que encontró aquella vez que estuvo en el que fuera despacho de Snape.
No fue que hurgara. La hoja estaba frente a ella cuando llegó a la mesa. Algunos objetos quedaron fuera de su lugar, porque antes de acudir al llamado de Voldemort, Snape debió pasar al despacho a buscar algo, y salió rápido sabiendo que ya no regresaría.
Hermione había tomado aquella hoja, porque al alzarla a la media luz de su Lumos, mostró al través del papel doblado, un nombre.
Leyó la hoja, porque le incumbía. La letra manuscrita de Snape saliendo de las sombras del olvido, componía un mensaje increíble. Por la fecha, él la había escrito el año pasado:
¿Puedo decirte algo?
Me fascinas... ¡No tengo palabras para decirte cuánto me gustas! Muero por ti, lo juro, eres un sueño, tu voz, tu sonrisa, tu manera de hablar, tus bellos ojos profundos, tus labios, ¡ah, tus labios de encanto!, doy mi palabra, la vida, eres un sueño.
De ti me gusta hasta tu nombre, tu nombre es perfecto, eres hermosa, Hermione, estás divina, Hermione, no dejo de pensarte, Hermione.
Hoja en mano, con la otra la castaña se cubrió la boca, cortándosele momentáneamente la respiración.
Ella había leído solo su nombre a trasluz, por lo que pensó que era un mensaje que él no le pudo hacer llegar. Pero esto, esto... Snape seguía:
¿Tal vez puedas perdonar mis palabras, porque son sinceras? Yo entré al castillo sin gran interés, pero entonces, saliste de entre tus compañeros, y todo cambió... Al mirarte, las estrellas en lo alto comenzaron a girar... Me deslumbraste como una revelación que me hechizó. ¡Es preciosa...! pensé, impresionado por ti.
¿Te digo algo? ¡Cuántas veces pensé que cautivarse por otra persona era cosa de cuento! Pero me sucedió, en un instante me sentí cautivado por ti, mis ojos sonaban en campanas al mirarte... Admiré tus ojos, tus cejas, tus labios... Y al escuchar tu voz, mi interior revoloteó sin lograrlo detener...
Desde entonces no dejo de pensarte. Cada vez que te he mirado es con idéntica conmoción, pues un segundo me atrapó y siguió ardiendo en suave fuego.
Pero si puedes perdonarme por ese atrevimiento, yo me pregunto, ¿alguien más me lo podría reprochar?
Y entonces me digo, ¿quién puede reprocharme que cuando la flecha de tu mirada se clavó en mi corazón, desde entonces yo sueñe con tus ojos?
Hermione se ruborizó, pero entendió: Snape no pensó darle esa carta. Le hablaba a ella, pero para él quizá era una forma de desahogar lo que sentía. Tal vez el día de la batalla bajó a buscar la hoja, pero en la premura, no la encontró. Y pensó que como tantas cosas en su vida, nadie la vería, ni sabría.
La castaña pudo asomar al corazón de Snape, que en vida se sintió animado por un sentimiento hacia ella:
Hermione Granger, ¿quién puede reprocharme si pienso que tus manos deben estar tejidas con la seda de los ensueños? ¿Quién puede reprocharme si tus labios son una noche de terciopelo?
Nadie, nadie puede reprocharme que cuando la noche me pregunta, yo únicamente sé decir que mis sentimientos fueron arrebatados por ti, que el viento sopló trayendo las estrellas de tus ojos, la Luna de tus labios, el nocturno mar de tus cabellos... Pues no habría astros más brillantes que tu mirada, ni Luna más hermosa que la plata de tus labios, ni mar con mayor misterio que el marco de tu rostro de ensueño.
Y si tu belleza no fuera suficiente para no olvidar, está el alma que presiento en ti. Me hechiza lo que intuyo de tu forma de ser, que eres una persona maravillosa y que se sugiere en las palabras que pronuncias, aunque sean coloquiales, por cómo las dices, en tus silencios, y en tu aura atrayente.
Yo lo sé, ¿lo sabes tú? ¿Sabes que puedes viajar en el viento? Si no lo sabes, yo te lo digo: viajas en el viento y el revoloteo de las hojas trae consigo tu mirada de cristal.
El viento de tu mirada... Sí, tus ojos son el viento que sopla bajo el sol tenue, entre la lluvia de la tarde, llenándose con el perfume de tu voz, y yo me pregunto si de reunir la lluvia con mis manos podría darle forma y verte aparecer... para decirte esto.
Y también para decirte que quizá no sé explicar el fondo de las cosas. No puedo explicar el misterio de que alguien se apodere de tus pensamientos solo porque una tarde te miró. El misterio de no olvidar que en su mirar viste profundidad y te preguntas cómo serán sus sueños. El misterio de que su sonrisa despierte ecos en el corazón como cometas en el cielo.
Y entre el viento y la lluvia solo hay instantes que se esfuman bajo el sol, para llevarme el aroma de tu voz, el sabor de tus ojos. Fingir que me importa el tema de clase, para me hables un poco más. Hacer como que me interesan las lecciones, cuando lo único que me interesa es ver si puedo tener una mirada de ti. Recibir los trabajos con deseos de tocarte y no hacerlo, y verte desde el escritorio, como si fueras la única persona en el mundo. Admirar tus pestañas en los segundos que miras tu libreta.
Un poco resignado me he dicho: "Esto solo es cosa mía y no saldrá de mí." Pero entonces quise que se convirtiera en un poco de verdad por medio de decírtelo.
Quiero decirte que, por ser tú, puedes despertar la admiración de quien se enamoró solo de verte y que, para mí, es ponerme bajo las estrellas de un cielo que tiene la forma de tu mirar.
Piensa en ti,
Severus Snape.
Hermione se había quedado con la carta, la llevaba en la alforja ahora al bajar por la escalera, y como se acercaba la conmemoración de la batalla donde se omitiría el nombre de Snape, éste volvió a resonar en su mente y entonces Hermione se cubrió suavemente los ojos, un poco inclinada por el dolor de una flecha inesperada.
Le había ocurrido al leer la carta, hacía cuatro meses.
Y ahora Hermione sollozó de nuevo, otra vez de silencio.
Lloró de nada, porque se pierde lo que se tuvo y ella no había tenido nada.
Lloró de aquella confesión a la luz del sol y de no tener nada qué decir, nadie que la oyera.
Y también lloró sin saber por qué lloraba. ¿Porque el amor aparece donde no se le espera? ¿Porque amar no significa estar juntos? ¿Porque se ama sin razón? ¿Por qué a veces amar no tiene sentido? Aires, días, calles, lluvias, todo son nada cuando se ama y no se tiene nada.
Astoria iba a bajar por esa escalera, pero vio a Hermione sentada en los peldaños, sollozando.
La Slytherin apartó la vista y se alejó. Ella también lloraba, por Draco, por lo perdido. Por aquellos días en Hogwarts había muchas lágrimas así.
En el Gran Salón, de pie como los demás alumnos que escuchaban las palabras de Minerva en la conmemoración solemne, Hermione estaba muy recta, seria, mirando bajo, de lado, con ojos húmedos, llevando invisible corona de magnolias, el amor secreto de un fantasma.
La chica amada por un mago atormentado que le escribió una carta pasional y no se la dio. La guardó porque Hermione lo veía como a un enemigo, porque no podía revelarle la verdad. Y seguramente por pensar que ella lo vería con horror.
Mayo no da rosas cuando las almas no se miran. La sombra de Snape entre las nubes emergía en las líneas de un secreto desde las sombras, dando la voz del mago a frases de sentires apasionados.
Hermione se cubrió los ojos, sollozando. Se daba cuenta que a raíz de ese descubrimiento la invadía una tristeza insinuada con vapores fríos, peligrosos, como si fuera demasiado difícil de soportar. ¿Qué habría sucedido, de saberlo?, se decía. ¿Lo habría rechazado? ¿Habría cambiado su vida?
Intentaba no pensar en eso, pero emociones inéditas que pudo tal vez vivir con Snape afloraban a su pecho, reales, y ausentes, verdaderas, y perdidas: Amar, amantes, tenerlo, tenerse, adorar, adorarse... ¿Por qué las cosas del amor suelen terminar mal?
El sepulcro de Snape en Cokeworth se cubriría de rocío a esta hora... Nadie preguntaría dónde duerme su último sueño el Príncipe Mestizo. Sólo algunos, los exiliados de siempre, lo sabrían. Hermione, Ron y ella habían visitado la tumba a finales de octubre pasado. No pudieron hacer nada, excepto llorar arrodillados al pie de la lápida, que únicamente mostraba el nombre del paladín de la magia. Harry se había abrazado a la losa de áspera roca. A mí, me amarán cuando haya muerto, habría dicho Snape.
Ni Minerva, ni el Ministro, dijeron nada de Snape en el Gran Salón. Harry no había empezado a rehabilitar la memoria del profesor, y cuando estaban por alzarse las varitas en Lumos para honrar la memoria de Dumbledore, Hermione sintió que no estaba bien, y salió.
En al Atrio, oyendo en ecos las voces que en el Salón repetían los nombres de los caídos, tomó su varita, la llevó un extremo a su tórax, desprendiendo una voluta lenta, de brillante azul, que tomó forma de fénix, y la dejó volar.
Desesperanzada, resignada de antemano. Hastiada de que no salgan bien las cosas. Pero lo intentó.
Decidió no volver a Hogwarts.
Iría en pos de esa ave.
Que el ave le mostrara un sitio del mundo donde pudiera hablar con el alma de Snape.
Recorrió el castillo silencioso detrás de aquella ave azul celeste.
Pero fue más allá, como si el ave supiera a dónde dirigirse.
Montada en una escoba, Hermione siguió al fénix mágico sobrevolando el Bosque, y por encima de las montañas bañadas de verdor, hasta que pasó sobre los tejados grises de Cokeworth, encima de la fábrica muda, y a lo lejos el río.
Descendió al amparo de unos árboles viejos, cerca del abandonado cementerio, con sus lápidas torcidas, entre hierba seca y cedros sin hojas.
El fénix de luz revoloteó en torno de una figura alta, de capa y de cabellos negros, que leía una lápida.
Cruzado de brazos, él alzó los ojos hacia el ave, pero antes de reaccionar, una mano suave lo tocó en un brazo.
Atónito, con gesto estremecido Snape volteó y tomó aquella mano, la atrapó al vuelo entrelazando los suaves dedos, sabiendo quién era ella antes de saberlo, porque lo sabían sus sueños.
Su mirada lo declaró: era amor, era emoción, era palabras agolpadas en sus ojos.
¿Qué podía decir Snape? ¿Qué podía callar?
Cada uno de sus laberintos desembocaba justamente aquí, bajo las estrellas que se daban a girar porque tomar su mano y ver sus ojos eran el conjuro que hacía amanecer la Luna de sus deseos.
Labios cálidos aparecieron en la oscuridad de la noche.
Hermione lo besó... Suave, casi tímidamente.
Snape la tomó de las manos... Y cerraron los ojos, dándose besos repetidos, de labios que al encontrarse despertaban suaves sonidos acariciantes. Toques amorosos, entregándose mutuamente sin palabras... brotando de la nada, para decirse que se amaban, donde no hay palabras para expresar lo que estalla en el alma.
Snape puso una rodilla en la hierba, tomándola del talle.
-¿Eres tú? -dijo, con asombro- ¿En verdad te tengo?
Ella asintió, acariciándole el cabello.
-Soy yo, mi amor. Soy yo. También te he extrañado. Te he buscado sin saber que era a ti.
-¡No podía encontrarte! -afirmó él, recorriéndola con amor, con la mirada.
-No recordaba -asintió ella, sonriéndole.
Hermione leyó la lápida que Snape había estado contemplando.
-Creí que vine con Harry y Ron, pero no -comentó ella-. Yo estaba aquí, desde hacía mucho. Yo lloraba por ti y ellos por mí.
-Y yo estaba aquí, pero nunca te vi -comprendió Snape-. Hasta que enviaste al Fénix de Luz.
El ave revoloteaba sobre ellos, y Hermione la contempló brevemente.
-Le di forma a mi amor, a mi deseo -afirmó ella-. Y envié al conjuro a buscarte aunque fuera al fin del mundo. Tu ausencia me dolía demasiado. No era como haberme enterado apenas que sentías algo por mí. Era un dolor de amante, de amarte y no tenerte.
-Y no estaba lejos, era dónde -entendió Snape-. Potter sabía que tú y yo nos amábamos y por eso nos colocó juntos aquí.
-Todo fue tan violento que olvidé por un tiempo -dijo ella-, pero tu carta me lo recordó.
Snape le besó las manos con anhelo:
-¡Yo preguntaba por Potter el día de la batalla, pero mi real propósito era saber de ti! Y cuando supe qué te había ocurrido, amor mío, dejé en mi despacho la carta con que te declaré mi amor. La dejé en la mesa para que la encontraras, por si olvidabas... pero después, ¿qué ocurrió?
Hermione hurgó en sus recuerdos:
-Estaba con Ron en la Cámara de los Secretos y cuando quiso besarme, yo iba a decirle que no podía, porque estaba enamorada de ti. Pero... algo llegó por la espalda, no sé qué. Nunca lo sabré.
Snape la abrazó, recargando una mejilla en el pecho de Hermione:
-¡Te he extrañado tanto...! –dijo él, ahora con alivio- ¡Te he buscado en todas partes!
Hermione le acarició el cabello, sonriendo.
-¡Y yo te he extañado! Pero... ya no necesitamos hacerlo, ahora podremos estar juntos.
Snape la tomó de las manos, levantándose.
-¡Yo estaré contigo hasta el final del tiempo! ¡Hermione, cuánto te amo!
Una luz blanca revoloteando de brillos y de fénix de colores se encendió frente a ellos.
-¡Llévame! –dijo ella, en un viento que soplaba– ¡Llévame a donde vayas! ¡Llévame a las estrellas!
Snape la besó y le acarició una mejilla.
-¡Llevarte... siempre te he tenido conmigo! -respondió él- No hay un solo lugar en el mundo donde yo no te vea, donde no te encuentre, que no me hable de ti. No hay un sitio en el mundo donde no respire tu perfume. Ningún reloj cuenta el final de mi amor por ti.
Ella le tendió una mano.
-¡Entonces, vamos! -le sonrió- ¡Vamos a la eternidad!
Tomados de la mano, fueron a la luz rodeados por los fénix en vuelo, y abrazándose, se besaron, hasta que la caricia y la luz borraron la nocturnidad.
Noche, día, sol y plenilunio. No hay horas cuando se trata del amor.
La carta la escribí de verdad para una chica encargada de una cafetería. Fue anónima, y después le dije que el autor era yo.
