Un invento que se me ocurrió inspirado en historias que nunca terminaron.
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El ritmo siempre ajetreado de la ciudad, repleto de transeúntes diversos, conductores agobiados sonando desesperadas bocinas, pretendiendo con ello cambiar mágicamente el estado del tráfico.
Los grandes rascacielos imponiendo el paisaje entre frías sombras, como lo habrían hecho desde hace más de una veintena de años atrás.
Era un día usual en la vida citadina cotidiana.
—¿Qué sucede?
Caminando entre el gentío disperso, el hombre habló en dirección del pequeño ceño inquisitivo que acompañaba su camino. Hacia un par de cuadras que su actitud traviesa se habría nublado con un indescifrable dilema interior.
—No quiero ir hoy a la escuela— Declaró la vocecita, dejando salir sin mucho esfuerzo un puchero con la solución a sus problemas.
—¿Otra vez ese niño Leiv? — Le interrogó bajando hasta estar frente a frente con la pequeña.
—No…— Volteó sin intención de enfrentarlo —Bueno, si— Se cruzó de brazos cansada de mentir —¿Por qué tengo que ir? Los otros niños son muy groseros.
—No puedes huir de todo problema que se presente, hija— Arregló la solapa de su uniforme desgastado — A veces la mejor forma de arreglar las cosas, es enfrentándolas. La belleza de sus facciones masculinas siempre llamaba miradas furtivas de damas curiosas.
—Se burlan de mí— La infante prosiguió desaprobando los rostros que les veían —Dicen que soy muy extraña.
Entendía bien él, ese sentimiento. Habiendo sido esa la constante diaria de toda su vida.
—Escucha…—Inició, ausente de las quejas de los transeúntes detenidos por su causa, ausente de los pasos que les esquivaban y ausente de auto que viraba desbocado en su dirección.
El grito de una multitud a punto de ser embestida le alertó, levantándose para interponerse como escudo, una reacción instintiva fijada en su cuerpo por causa del pánico. Su mano extendida deteniendo el capó del auto de hierro sólido, doblándolo al impacto como si se tratara de una endeble hoja de papel. El conductor habría salido disparado, los restos de los cristales regados y el joven sosteniendo el auto estaba ileso.
Todo ser que presenciara quedó boquiabierto.
Levantó a su hija en brazos, saliendo de la escena con velocidad inhumana.
—Después de todo no irás a la escuela Eschalotte.
….
Huir de la vista publica y autoridades no había sido difícil. Otra noche en la que padre e hija descansaban en un hotel de paso, a medio camino de mudarse una vez más de domicilio. Más, las consecuencias de viajar con una mejor de tan particulares señas le hacían entender que probablemente era una jugada que no podía ganar esta vez.
Una presencia en la habitación le hizo entender que estaba en lo correcto.
—Rompiste las reglas Trunks— Juvenil voz que era bien conocida por el otro joven.
Sentado el aludido en la orilla de la cama, observaba dormir a la razón de su existencia.
—Puedo decir lo mismo de ti— Objetó sin voltear a verlo. Cubriendo el pequeño cuerpecito con una manta suave para proseguir el encuentro afuera.
El joven salió de la oscuridad, reflejando sus facciones en la claridad de la luna filtrada. Ojos azules y contrastante cabello negro, la misma silueta musculada que su oyente.
—Tu sabes a lo que me refiero — Contestó, entendiendo a la perfección la salida minúscula por la que su congénere pretendía inculparlo, el uso de poderes en el plano terrestre estaba siempre prohibido. No obstante, una mayor ofensa justificaba el uso de ofensas menores para intervenir —No puedo permitir que continúen su camino.
—¿Cómo piensas hacerte cargo de mis errores? —Se le acercó, flameando su propia aura amedrentadora, brillo rojizo en los ojos dispuestos a revelarse en contra de su bien conocido rival —Hipócrita cobarde.
—No me agrada esto mas de lo que a ti— Confesó, observando en el fondo de la habitación el cuerpecito de escasos cuatro años descansar, ignorante de la disputa al frente.
—Te recuerdo, que alguna vez fuimos amigos— Se cruzó de brazos interponiéndose entre el joven y su objetivo —Querido hermano —Agregó despreciando la última palabra cual si fuese repulsiva —Si lo intentas, no tendré consideración para destruirte — Le amenazó sin un gramo de mentira. Conociendo a la perfección la superioridad que poseía entre ambos.
—Ya comienzas a hablar como tu padre— Juzgó con desdén, dando un paso atrás para alistarse.
—Es una lástima que tu no llegues ni a los talones del tuyo— Declaró altivo, disfrutando el enojo proporcionado a su oponente.
—No puedes quedártela— Insistió el más joven— Fuiste advertido al concebirla —Intentó razonar sin querer él mismo enfrentarle —No debíamos romper el orden natural de los inmortales.
—¡Es mi hija! —Gruñó, sin pie a mas explicaciones de ambas partes. Listo para luchar por su bienestar de así ser requerido.
—¡Es tu falta de criterio! —Igualó la intensidad de su enojo —Si tu padre llega a encontrarla…
—¡NO LO HARÁ! —Interrumpió dando un empujón a su rival, impactándolo en las paredes del corredor mientras sostenía su garganta con rabia —Así como nunca pudo tentarme a caer —Resquebrajó el material en el que lo sostenía —¡No soy como el resto de ustedes!
—Es.. lo mismo…que mamá pensó— Le acusó consiguiendo un instante de titubeo para darle un golpe y liberarse —Tu sabes bien como terminó todo—Talló el daño en su cuello, regulando su respiración, ese periodo había servido al mayor para hacerse más fuerte.
—No te atrevas a manchar su memoria —Se levantó amenazándole una vez más, aura calorífica emanaba de su piel dando la apariencia de estar quemándose por dentro, los ojos azules destellando tonos rojos —¡Escoria rastrera! traicionas a tu propia sangre por los amos.
—No conoces la historia completa, hermano —Contestó sumergido en la tristeza de lo observado, su historia entera intentando corregir los motivos equivocados de sus existencias, de ser posible ellos mismos se habrían borrado de la faz de la tierra. Incapaces de aceptar completar su destino profetizado para ser usados como viles herramientas serviles del caos —Yo te hablaré de quien fue tu madre…
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Eran tiempos de grandes crisis, la depresión económica mundial se vivía en cada hogar sin importar su condición social. Pero pocos afortunados vivían al margen de los terribles augurios.
La suave música de moda en el fondo arrullaba a la ocupante de la vasta habitación. Una radio vieja, sábanas satinadas y la esbelta joven dormitaba apenas envuelta en un delicado fondo transparente. Lentamente fue llevada en un lejano trance hipnótico.
Sé lo que deseas.
La voz en su subconsciente. Un olor metálico pungente penetró su garganta. No podía moverse. Ninguna figura distinguible entre la densa noche. No había un solo sonido afuera más que la sensación nauseabunda de desesperación le ordenaba despertar de su letargo.
Se quién eres
Se sentía flotar sofocada por dicha sentencia. La misma voz que se repetía en un bucle de falsa tersura y unas palmas frías robando de pronto el calor sobre sus muslos desnudos.
Tú sabes, quien soy.
El despertador en el tocador anunciaba el penoso retraso en su reunión. Maldita siesta vespertina que habría costado más de lo debido. Recompuso su respiración olvidándose de la pesadilla. Era tarde. Sacudió la cabeza, apresurándose a alistarse de inmediato, seguía cansada pues el sueño era difícil de conciliar esos días.
Observó su departamento. Las luces anunciaban el despertar de la vida nocturna a través de los pulcros ventanales elegantes. Sin duda vivía el sueño de cualquier mujer de su época.
Se sabía única. Aclamada por la crítica y los medios, fabulosa revolucionaria de una época naciente en que los viejos atuendos de amas de casa empezaban a transformarse en vestidos sedosos, lenguas subversivas con cuentas relucientes y un sofisticado trago de jazz en la mano enguantada.
Se miró al espejo, acomodando el fondo de su negro vestido seductor. Mucho debía a su público conocedor de la importancia en una imagen impecable. Esa noche celebraba su esperado debut en la esfera más prometedora de la sociedad de su gremio. ¿Quién no amaba a la ilustre Bulma Blue? Promesa de la ingeniería moderna, nueva incursora de las letras vanguardistas atrevidas. En los encabezados se leía ¿hay algo que esta mujer no pueda hacer?
Mas en su interior, sabía que lo había.
Puso sus largos aretes, reacomodando el maquillaje de sus ojos. Un último vistazo para complacer a su perfeccionista manía. Finalmente cargó su abrigo y salió taconeando por la puerta.
Horas mas tarde una contagiosa canción resonaba en las cuerdas de la banda, el público bailaba y tornaba alrededor del pretencioso salón repleto de todas las personalidades que esperaba conocer, pero la reunión no acontecía del modo esperado para la invitada estrella.
—¿Quieres bailar? — La mano amiga extendió la invitación, encontrándose con una cara de pálidos tonos aburridos, no así su vibrante mirada por la que obtuvo su afamado sobrenombre.
—Llegas tarde — Observó, dejando la postura encorvada detrás y dando un sorbo al whisky en la reluciente barra donde esperaba.
—Vamos— El chico insistió — la noche es joven.
— Tan joven, cuan viejos son todos estos hombres —Declaró prestando ojos despectivos a aquellos que habrían intentado cortejarla durante la velada. Siempre la misma historia, no había rivales dignos de escuchar sus vívidos ideales, dejando muy en claro estar fascinados en su persona por las razones incorrectas.
—Tu insististe en citar a los mas "renombrados" — Su oyente tomó el trago hace tiempo abandonado en la mesa, no distinguía rastro alguno de los hielos que alguna vez tuvo —De todos modos tu premio debe celebrarse— Tomó el liquido hasta el fondo, ofreciendo la mano otra vez.
—De acuerdo Krillin— Ella sonrió de vuelta —Lo haré si ésta semana publicas mi nota—Jugueteó coqueta el collar en su escote.
—Vas a meterme en muchos problemas ¿Sabes? — Le ayudó a levantarse, iniciando el pequeño desplante divertido entre ambos, a pesar de su menor estatura, siempre se caracterizó por ser un gran bailarín y aún más importante, era el único hombre que la respetaba por su intelecto. Razón por la que se habría convertido en su editor predilecto.
El humo de los cigarrillos ennegrecía la atmósfera, dando un aspecto místico a los comensales que disfrutaban del evento. Plumas, perlas y habanos costosos. Una botella cayó al suelo junto con un hombre lesionado, llamando de inmediato la atención del resto. Todos entendían de quienes se trataban. Hicieron caso omiso del hecho, a cambio de no inmiscuirse en ciertos problemas.
—¿Qué no es…? — Volteó ella en dirección al palco principal del club, donde un par de guardaespaldas levantaban un hombre estorbando el camino de su jefe.
—Si— El joven contestó dispuesto a retirarse de la pista. La música continuó entreteniendo sin dar mayor importancia.
—¿Quién invitaría a ese malnacido a mi fiesta? — Resopló, prestando atención al gesto pomposo con que se desenvolvía, totalmente consiente del efecto amedrentador de su presencia.
—No es buena idea expresarse en voz alta de los Cold— Susurró intentando persuadirla a acompañarle — Aunque se trate solo de la ventisca de la familia.
Ambos rieron comprendiendo la razón. A pesar de su reputación, ese hombre de facciones afiladas no era uno de los peces gordos del tanque. Su apodo era un remedo de la verdadera naturaleza aspirasionista, tibia en sus acciones.
—Ninguna fiesta es demasiado pequeña para el señor Frost, según entiendo — Sonrió ella buscando de nuevo su asiento. Pero al subir el vaso a sus labios, otra presencia en esa dirección llamó su atención. Un misterioso sujeto, sentado en arrogante desdén acartonado.
La observaba. Pomposa estampa de fieros ojos curtidos en todo lo malo que ese mundo tenía para ofrecer, engalanado en un costoso traje italiano negro. No pudo ella sostenerle la vista, demasiado intimidante para el brío del poco alcohol que habría consumido.
—Será mejor que me retire— Se levantó haciendo una señal al mesero para pagar su cuenta.
—Sería un deshonor— Su amigo inquirió sacando su propia cartera —Después de todo, es tu noche— Le guiñó un ojo, pasándole el tibio abrigo femenino de lana en el antebrazo.
La noche era fría, probable atisbo de la temporada de lluvias asomándose. Subía la solapa esperando encontrar un poco mas de calor para su largo cuello expuesto. No había un solo taxi a la redonda. Retiró uno de sus guantes dispuesta a perder el glamour para emitir el chiflido que le concediera llamar la atención de los indolentes conductores lejanos. La neblina comenzaba a invadir las calles apenas alumbradas con tonos naranjas y amarillos de las viejas luminarias de la ciudad.
En un parpadeo, la calle estaba desierta.
Miró a su alrededor, buscando la lógica ante la bizarra realidad que parecía haberla transportado de un momento a otro a una dimensión neurálgica. No había pasos o sonidos, simplemente ella en contra de la desconfianza del momento.
Se irguió desistiendo del miedo que comenzaba a germinar en sus adentros. Convenciéndose a sí misma de su hechura intrépida, su valor escondido en el bolso con forma de un pequeño revolver de contrabando, para ese tipo de ocasiones peligrosas. No dejaría que nada la amedrentase.
—No espero menos de ti
Escuchó la aterciopelada voz detrás, graves tonos encubiertos con una burla implícita.
En la esquina, la silueta recargada de un hombre, le hacía pensar que su mente estaba jugándole una mala pasada. Pues podía jurar que era el mismo sujeto que la observaba entre los indignos mafiosos sablistas de su fiesta.
Se frenó, indispuesta a ser humillada, acercándose envalentonada a terminar de una vez por todas con esa insoportable pantomima. Cuando estuvo en corta distancia, determinó el tamaño de su error, el peligro encarado sin más protección que la rapidez de su pensamiento.
—¿Perdiste algo gatita? — El sujeto que perseguía, eran en realidad dos hombres caminando hacia ella, con toda intención expuesta de malas noticias.
—¿Tienes una moneda? — El de menor estatura la rodeó, reconociendo la dama el juego previo al que todas las presas de los bajos mundos eran sometidas.
Pero ella no era cualquier mujer.
—Tengo algo más que eso — Les sonrió caminando segura, comprendiendo en su totalidad que huir sería inútil. Soportó el nauseabundo olor de las vestimentas cubiertas en licor barato y fluidos. Permitiéndose estar a corta distancia para sorprenderlos.
—¿Eres callejera amorcito? — Le sonrió con pocos dientes —Porque no pienso pagarte un centavo— La tomó violentamente del cabello disfrutando el olor del mismo. Pasando infame los dedos por su escote sin darse cuenta de que su víctima se transformaba lentamente en una victimaria. La sombría intención temblando escondida en su abrigo.
—Apuesto que es de las costosas— El de menor estatura se aproximó ansioso, sin notar a tiempo que la muerte le sonreía a través de un revolver contra su sien.
Disparó, la navaja en esa sucia mano secundó el ruido del cuerpo contra el pavimento. Antes de que pudiese reaccionar, el hombre que la sostenía recibió otro disparo en su centro. Bajó el incauto los ojos hasta la herida abierta vertiendo su vida. Corrió tan fuerte como su cuerpo logró.
La dejó en el suelo, temblorosa ante el cadáver de ojos abiertos, bloqueando sus sentidos de realidad. Soltó el aliento que hasta ese momento contenía. La respiración entrecortada tragaba los sollozos involuntarios, pues la policía a lo lejos alertaba que pronto estaría en problemas.
Se puso en pie, tanteando los dedos en busca de sus cosas en el suelo, dispuesta a desaparecer de inmediato en la complicidad proporcionada por la negrura de la noche. Corrió nerviosa al otro extremo de la calle, impidiéndose reflexionar en el acto homicida cometido, las sirenas detrás haciendo a su corazón exigir una salida del pecho, sin notar el obstáculo de frente que encandiló su visión turbada.
'Soy lo que deseas'
La voz de esos ojos terminó su aventura.
