El teléfono de candelabro en su escritorio no dejaba de sonar.

Para cuando abrió los ojos la claridad del día daba una bofetada a su rostro, bañado en pegajosos rastros de sudor. Su cuerpo adolorido, maquillaje corrido y ropas maltrechas. El insistente dolor de cabeza no la dejaba retomar funciones.

Un hilo de recuerdos vagos regresaba ráfagas vergonzosas. El pánico en sus manos, el ruido del arma, un hombre jadeando sobre ella sometiéndola en silencio, el olor a metal impregnado en su boca y en el espejo, los ojos del hombre al que asesinó.

Se levantó tambaleándose alterada. Miró a su alrededor completamente a la defensiva. Sin comprender como habría llegado a su apartamento o la razón de su incesante malestar. ¿Fue real? ¿Fue una resaca? El temor de ser observada giraba en sus incesantes pulsaciones. Bajó su vestido arruinado, caminando con cautela alrededor. Se acercó hasta la bocina levantando la pequeña campana en su oído.

—Señorita, tiene una llamada del periódico El Informante— La operadora anunció —¿Quiere recibirla por cobro?

—Si — Soltó a secas, tallando su rostro deshaciéndose de los infantiles temores para enfrentar el verdadero problema en el que estaba metida. Había faltado al nombramiento por el que esa desdichada celebración habría acontecido. Ya conocía la razón y el confabulador de esa llamada.

—¿¡Bulma estas loca!? — Su viejo amigo actuaba como un total energúmeno — ¡Todos están esperándote! — Gritoneó transmitiendo su nerviosismo a la joven —¡Creí que te habrías ido temprano para estar aquí a tiempo!

—¡Tuve problemas! ¿De acuerdo? — Contestó encolerizada —¡Voy para allá! ¡Dile a Kame que voy para allá!.

Colgó, poniéndose encima el primer vestido a la mano en su siempre desordenada habitación. Lavó su rostro tomando sus llaves y un elegante bonete gris. Segundos después estaba en camino a recibir la reprimenda de su vida.

…..

El vestíbulo del diario estaba abarrotado. Sombreros y abrigos diversos cargados de cámaras fotográficas deambulando en todas direcciones mientras el evento finalizaba. Al centro del área de conferencias, el podio de participantes se erguía bajo el enorme mural representativo de la familia millonaria de la que el complejo de beneficiaba: El abstracto de una manada de imponentes lobos. Los Wolfang, magnates mundiales consolidados de la industria tecnológica y accionistas mayoritarios de cientos de empresas de calidad mundial, validaban el sueño de todo humano de prosperar en la llamada tierra de los sueños.

—…Por su generosa contribución a nuestros prominentes diseñadores— Dio el jefe de la chica, una reverencia al aclamado socialité de poca estatura. La estructura de su rostro no negaba sus raíces asiáticas, lo que le daba un aura mística ante los admiradores de sus hazañas económicas.

A su lado estaba su hijo, Joven empresario iniciando la labor de entender los negocios de la familia. La cicatriz en su rostro le hacía un hombre atractivo para las chicas que le observaban en revistas. Más de un corazón había sido roto cuando su compromiso con la millonaria Condesa de Ox fue anunciado. Sin embargo, era de conocimiento público que ese matrimonio era un arreglo únicamente beneficioso para sus padres.

—¿Dónde estabas? — Le gruñó su amigo a la recién llegada, sin querer ésta voltear a ver al director ejecutivo de la empresa en el podio. Empresa de la que pensaba corría un gran riesgo en ser despedida esa mañana.

—Tuve una mala noche Krillin —Contestó a dientes cerrados, evitando a toda costa pensar en lo vivido. Necesitaba un trago de inmediato para silenciar su casi inexistente conciencia.

La multitud de reporteros empezó el curso de preguntas. Para fortuna de los principales implicados, los medios estaban más interesados en escuchar el último escándalo de la familia de la que recibían el galardón económico por su descubrimiento.

—Señor Tsuru— Uno de los reporteros inició —¿Qué nos puede decir de su visita al Canciller Black? ¿La familia Wolfang tomará parte de las decisiones diplomáticas?

—¿Está a favor del bloqueo financiero de las potencias de oeste? —Una de las reporteras insistió.

La avalancha de cuestionamientos llegó en medio de una horda de guardaespaldas, dispuestos a resguardar a sus jefes de la vista pública.

—Nuestro interés está en mantener relaciones cordiales con todas las partes— El viejo lobo aseguró con temple de hierro — Nuestras empresas en el extranjero han sufrido un grave golpe — Continuó, recordando su ensayado discurso listo para calmar las opiniones que esperaba recibir —Esperamos que sean nuestros gobiernos quienes definan un mejor futuro para nuestros intereses en común, nuestro compromiso está con las familias que dependen de nosotros— Finalizó.

Un aspecto mucho más interesante le dejó perpleja.

La atención absoluta del joven en el podio estaba vertida en ella. Recibiendo del chico una sutil sonrisa únicamente captada por Bulma. No podía culparlo, tenía buen gusto. Ciertamente la idea de llamar la atención de uno de los hombres más poderosos del planeta era un logro del que se regodearía. Correspondió al gesto, bajando los ojos de forma seductora, consiente de su efecto.

Pero al levantar la vista otra figura escondida entre sus guardias la entretuvo. Caminó ese hombre sigiloso detrás de ellos. La viva imagen del perturbador amigo de los mafiosos que la observó la noche anterior. Elegante y altivo, una nariz afilada en altos pómulos de piel bronceada.

Y la forma en la que él la observaba era todo menos apacible.

Salió, dando pasos seguros sin que nadie le estorbara el rumbo. Su sola estampa imponía respeto. En medio del caos orquestado, descendió del palco caminando directamente hacia ella.

Sin entender el motivo de su tribulación ella se dio vuelta de forma indiferente, pretendiendo poner espacio entre el motivo de su nerviosismo y alguna salida milagrosa. Al final del vestíbulo una pequeña cafetería. No le caería nada mal un poco de cafeína para despertar de esa pesadilla.

—Café, cargado por favor — Solicitó a la tendera. Al dar vuelta saltó sobrecogida, ese par de ojos intensos estaban justo detrás de ella.

Lo miró estudiarla con una minúscula sonrisa maliciosa.

—¿Buscabas algo? —Preguntó, sacando del bolso un cigarrillo para disimular su ansiedad.

Pero el otro no contestó, cruzándose de brazos al frente, entretenido en esa particular escena.

—Su cambio, señorita—La muchacha regresó el dinero al mostrador junto con la bebida solicitada.

Dio otro largo vistazo, sintiéndose absurda por sostener aun el cigarrillo en la boca sin poder encontrar su encendedor en ningún lado. Un chasquido sonó, brotando de la punta de esos dedos una minúscula flama. Parpadeó ella sin entender lo que veía para de inmediato reconocer un pequeño encendedor entre los dedos del joven. ¿Qué estaba sucediéndole con tantas alucinaciones?

—Gracias— Susurró en una tímida voz que apenas reconocía. El mutismo de su misterioso acompañante empezaba a desesperarla, pero ciertamente era un ejemplar atractivo.

—Lo sé— Habló, su voz era tan masculina como imaginó.

Arqueó ella una ceja sin comprender la razón por la que asentía. ¿Lo había dicho en voz alta?

—Tiendo a causar ese efecto— Contestó entretenido del súbito cambio de humor de la chica.

—Tenemos al ganador del concurso Mr. Vanidad— Replicó, dando una bocanada de humo.

Lo que el otro simplemente respondió con otra sonrisa altiva.

—¿Puedes acusarme de mentir? — Preguntó, causando un leve rubor en la fémina. Actitud poco usual para las emociones que la caracterizaban.

—Definitivamente no — Retomó su seguridad a la altura del reto al frente, regalándole un seductor vistazo de sus lindas piernas torneadas al sentarse en la mesa —Pero conozco también ese efecto— Le sonrió batiendo sus largas pestañas para poner su cigarrillo de nuevo en sus húmedos labios hipnóticos.

—Bulma Blue —Le nombró —¿No es así?

—La misma, cariño — Apagó su cigarrillo en el cenicero, tomando un sorbo del café tan malo que siempre servían en el complejo —¿Con quién tengo el privilegio de hablar?

—No puedo decirte — Dio una suave risilla, deslizándose de modo impecable sobre la silla. Levantó la curiosidad de la chica. Era evidente que venía de un estatus social alto. Podía jurar que sus mancuernillas eran de oro, el traje confeccionado a medida no denotaba arruga alguna y su aura segura engañaría al más incauto de que se encontraba frente a frente con el dueño del mundo.

—Es una descortesía que sepas quien soy — Pasó el sedoso mechón de cabello detrás de su oreja —y me niegues el gusto de saber quién eres — Ofreció un cigarrillo con otra sonrisa.

—Tú sabes quién soy — Soltó, congelando de inmediato la sangre en el rostro de la joven.

Esa voz, la misma voz. Era esa voz la que atormentaba su subconsciente. Bajó la mano insegura de demostrar el temor que sentía crecer en la boca de su estómago, no podía ser posible.

Extendió su invitado la mano, atreviéndose a beber del café en custodia de la joven, los ojos negros repasando con complacencia cada signo de ese bello rostro atormentado.

Sacó de su bolsillo interno un periódico doblado. Extendiéndolo en la pequeña mesa donde estaban.

El encabezado proporcionado por la crítica de su propia autoría. "Lobos entre nosotros" La mordaz reseña del balance de impuestos actuales contra los pocos empresarios que mantenían el crecimiento económico. Medidas tributarias sobrevaloradas ante la carencia de empleos.

—Es peligroso dar ideas conspiracionistas al público… — Sacó del otro lado de su bolsillo una fina licorera, con la que arregló el contenido del pequeño vaso a medio tomar —Señorita Blue.

Exhaló ella, avergonzada de sus suposiciones infantiles previas. Por supuesto que debía tratarse de una de esas descaradas sanguijuelas que tarde o temprano presentarían una queja o amenaza.

—Le recuerdo mi derecho a la libertad de expresión, mi querido alto funcionario— Soltó con escondida sorna respecto a la estatura poco impresionante de su oyente —De todos modos, no es algo que sea mentira —Intentó arrebatar su vaso de manos del ladrón de su bebida y seguramente ladrón de la mitad de impuestos de la población nacional más influyente.

—Si yo fuera usted— Continuó él sin darle el gusto de recuperar su propiedad —Tendría precaución en dejar de llamar la atención de auditores—Se recargó dando un sutil vistazo de su irresistible físico debajo del traje —No tiene las mejores referencias… la evasión fiscal también es delito.

El tono pálido regresó a su cara. Si bien no tenía grandes sumas acumuladas, caer en la trampa de los detectives tributarios era muy fácil esos días. No se dejaría intimidar de ninguna forma.

—Puede revisar lo que guste— Agregó imitando su pose —No tengo nada que esconderle —Parpadeó lentamente, remojando sus propios labios aterciopelados con la lengua.

—No creo que sepa con quien está hablando, señorita — Emitió en suave tono pasivo, regresando a su bolsillo para poner en manos de su tentadora entrevistada una nota preocupante.

Un recibo desgastado de una compañía conocida por sus fraudulentas acciones. Uno de los principales nexos del contrabando específico del país. La evidencia de su nombre la silenció por un momento, negándose a tomar en su mano el papel, como si con eso negara su incriminación.

—Contrabando de peces pequeños — Agregó divertido—Pero contrabando al fin — Se encogió de hombros —Sus inventos son fabulosos, no le mentiré, pero no creo que la obtención de sustancias extranjeras ilegales valga la pena contra los cargos que enfrentaría.

—¿Qué es lo que quiere? — Replicó hastiada —Si no ha presentado una denuncia formal, es porque tiene un trato que ofrecer— Externó sin una pizca de humildad.

—Siempre me agradó su inigualable inteligencia— Dio una vil risilla, señalando la cigarrera dispuesta sobre la mesa. Ella la tomó de mala gana ofreciendo un cigarro al insoportable hombre — Le ofreceré una salida a cambio de su cooperación en mi área de trabajo —Declaró encendiendo el tabaco en su mano.

—No trabajo para el gobierno— Respondió altiva.

—No represento la sección de gobierno que usted cree— Se levantó de la mesa, ofreciéndole su tarjeta. Dos iniciales inscritas y un extraño número debajo. Acomodó su traje, dándose vuelta para despedirse —No me decepciones Blue, soy un gran admirador— Declaró con una sonrisa cargada de malicia, girando sus talones para alejarse.

Recargó ella ambos brazos en la mesa con una mueca bien instalada de desagrado ¿Quién era ese tal V.S. que se sentía tan importante para atreverse a tratarla de ese modo? ¿Cómo había obtenido esa información que estaba segura haber eliminado con especial presteza? Se sentía acorralada y herida en su propio orgullo ¿En qué momento un simple auditor la habría superado en juego? siendo ella una de las mentes más brillantes del siglo.

Debía tratarse de un ser excepcional si es que se codeaba con personajes de tanta influencia como los Cold y los Wolfang. Algo en el fondo le decía que aceptar sus condiciones no era para nada una buena decisión. No obstante, las complicaciones que enfrentaría eran peores que tener que soportar cualquiera que fueran las propuestas fiscales del insufrible tipo.

Ya lo buscaría después, seguramente podría llegar a un buen arreglo y por ahora su mayor temor era enfrentar las consecuencias por las que su jefe le haría pasar, gracias a su descuido.

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Muchas gracias Jenny, efectivamente es de temática sobrenatural.