Disclaimer: La obra "Naruto" no me pertenece ni sus personajes tampoco son propiedad intelectual del mangaka Masashi Kishimoto.
Temari escuchó la advertencia antes que el mensaje. "No se lo digáis a mi mujer". La voz de su esposo retumbó con firmeza en su cabeza y ella supo que Ino no la había enlazado accidentalmente, pero que ante la crisis que estaba viviendo la aldea la rubia podría escudarse aduciendo que había enlazado a todos los ninjas de la aldea antes de percatarse del contenido del mensaje, por eso cuando escuchó que su hijo tenía una bomba atada al cuello utilizó todo su autocontrol para evitar ponerse a gritar como una histérica.
Criarse con un monstruo que podía asesinarla porque no le habían gustado sus palabras la había enseñado a controlar sus emociones mejor que cualquier terapia. Por eso, al oír que su pequeño estaba en peligro lo primero que hizo fue tomar aire profundamente y soltarlo poco a poco. Gritando y volviéndose loca no lograría nada. Entendía que Shikamaru no quisiera preocuparla, pero también era una crueldad no permitir que se despidiera de su vástago si algo iba mal.
Cuando la comunicación se cortó, tomó su decisión. Se levantó con una calma que estaba lejos de sentir y se dirigió al armario donde guardaba su equipación. Arregló su ropa para salir a la calle y tomó el abanico que tantas veces había usado en combate.
Llegar hasta donde se encontraba su hijo fue relativamente sencillo. Un par de golpes a los guardias que quisieron retenerla lejos del peligro, una mirada de desdén y dos advertencias después estaba frente a Shikadai, quien aguantaba sentado en el suelo con las piernas entrelazadas, probablemente analizando la situación y buscando posibles alternativas. Ella se acercó saludándolo con calma y con manos expertas revisó el aparato.
- Tengo miedo mamá. - Su voz había perdido el temple habitual y una lágrima cayó de los ojos cerrados del niño.
- Yo también. - Confesó ella. - Desde el día que supe que te hallabas en mi interior no he dejado de sentir miedo. - Sus dedos se movían despacio, aunque firmes. - Eres un shinobi y eso significa que tú vida estará en constante peligro. Pero espero que mueras de viejo en una cama, contándoles a tus nietos lo maravillosa que era tú madre. - Shikadai ahogó una risa y la miró de frente.
- Si algo va mal sal corriendo mamá. Soy un ninja de Konoha y de Suna, puedo aceptar esto solo. - Vociferó con la determinación grabada en la mirada.
- Lo sé. - Asintió. - Al igual que tú sabes que jamás me iré.
- Mamá … - Un clic se escuchó y el collar calló partido por la mitad. - ¿Cómo lo has conseguido? - Preguntó con inquietud y ella sonrió con altanería.
- Siempre la misma sorpresa. Para que lo sepas, soy mejor ninja que tú padre, pero como soy diplomática en una aldea aliada todo el mundo tiende a infravalorarme. Siempre soy la mujer de, la hermana de, la madre de… Aggg, en serio amor, cuando tengas problemas, pero problemas de verdad, llámame a mi primero.
Tras comprobar que no había peligro cogió con una mano el collar y la otra la enlazó con la de su vástago. Arrastrándolo con ternura hacia el lugar en el que sabía se hallaba el responsable de aquel espantoso susto.
- Voy a devolverle personalmente esto a su legítimo dueño. - Recalcó balanceando el collar mientras miraba a los ninjas que estaban frente a ellos, y la advertencia quedó clara y concisa, si alguien se entrometía, aliado o enemigo no saldría bien parado.
Shikadai miró con asombro a su madre. Durante años había escuchado historias en las que la llamaban la princesa de la arena. Había escuchado que de joven había sido una kunohichi cruel y despiadada, pero para él, aunque había momentos en los que había sentido miedo de desobedecerla, siempre había acabado viéndola como una mujer dulce que perdonaba todas sus travesuras con un beso al final del día. Sin embargo, ahora al tenerla a su lado todo se sentía diferente, como si en verdad fuese capaz de matar con aquellas manos que con ternura le solían abrazar. Y se dio cuenta de que era la primera vez que veía a su madre en su faceta de shinobi.
No tardaron ni cinco minutos en llegar al lugar donde el Hokage tenía encerrado al prisionero mientras le interrogaban. Fue Ino quien les recibió en la puerta y quién con un cabeceó afirmativo permitió su acceso al recinto. También fue ella quién le transmitió lo sucedido a Naruto, segundos antes de dejarla penetrar en la habitación. Temari dibujó una sonrisa irónica al ver como su superior y su marido tragaban saliva al verla entrar.
- Es falso. - Arrojó el collar sobre la mesa de interrogatorios para que todos lo vieran. - No contiene explosivos, venenos ni ninguna otra cosa que pudiese poner en peligro la vida de mi hijo. - Recalcó con una sonrisa altanera que hizo temblar al hombre que había amenazado la vida del muchacho.
- Sin gritos, ni histeria. Deberías aprender más de ella que de tu parte muchacho, es mejor ninja que él. - Dijo el hombre soltando una risa nerviosa, sabedor que ya no le quedaban medios para preservar su vida.
- Puede, pero él es mejor persona, por suerte para ti. - Siseo con desprecio, y de la misma manera que entró en la habitación salió de ella arrastrando a su hijo, quien apenas pudo despedirse adecuadamente de los ninjas que allí se encontraban.
Tragando saliva Shikamaru centró su mirada en la espalda de su esposa mientras la veía abandonar el recinto. Un escalofrío en su columna vertebral le hizo ser consciente de la tormenta que arrasaría aquella noche la tranquilidad de su dormitorio. Quizás, sería más seguro dormir en el trabajo que llegar a casa y tener que reconocerle a su mujer, que la razón por la que no la había avisado era porque creía que ella, la mujer que había crecido al de un jinchuriki, la mujer que había organizado un ejército durante la guerra ninja, la mujer que había arreglado un sin número de malentendidos y evitado nuevos conflictos entre las aldeas, no iba, como shinobi, tener el valor poder afrontar la posible muerte de su hijo. Y al final había sido él quien no había estado a la altura de esa gran mujer.
