Disclaimer: La obra "One Piece" no me pertenece es propiedad del mangaka Eiichiro Oda.

Algunas veces los eventos se mezclan creando circunstancias desfavorables de las que nadie puede zafarse; otras, simplemente se tratan de sucesos casi cómicos que con el pasar de los años pueden ser descritos en un sin par de anécdotas curiosas. Sin embargo, a menudo tales circunstancias no son agradables para aquellos que son obligados a sufrirlas, en especial para Zoro.

Aquel día Sanji había amanecido antes que de costumbre para poder acatar un inusual pedido de Chopper. Se levantó al lavabo con intenciones de volver a dormir, pero un gemido de alarma que ahogó su compañero le hizo acercarse hasta él para saber cuál era el suceso que le había perturbado. Y es que, debido a las idas y venidas del barco parte de su equipo de refrigeración se había visto dañado y muchos de los productos que había obtenido en la última salida corrían peligro de perderse. Con timidez y algo de miedo se acercó hasta el cocinero para pedirle permiso y ocupar alguna de las baldas de la nevera a fin de preservarlos mientras Ussop realizaba la reparación y el rubio no le puso ninguna objeción. Se desperezó con tranquilidad y se dirigió a la cocina para adecuar un lugar para sus utensilios.

Dejó la balda de abajo libre para ello, aquella en la que solían almacenarse las botellas de licor que con tanta frecuencia reclamaba el espadachín, y que, sin embargo, en su distracción había olvidado rellenar, a pesar de que se lo habían pedido varias veces. El reno llegó unos minutos después de él y colocó sus cosas con presteza para continuar con sus labores. Y cuando unos minutos después la puerta volvió a abrirse a Sanji no le hizo falta girarse para saber de quien se trataba en aquella ocasión.

- Tienes que traer las bebidas. – Le indicó sin apartar la vista de las tostadas, mientras el otro se llevaba una mano a la cara y suspiraba.

En un acto inconsciente, el espadachín, abrió el frigorífico y miró en su interior esperando que el rubio no hubiese cumplido la terrible amenaza que le lanzó la noche anterior. Y es que, ya le había advertido con anterioridad, si él no se ocupaba de reabastecer sus vicios el otro tampoco lo haría, bastante trabajo tenía cocinando para todos ellos, con sus caprichos y preferencias como para estar pendiente además de aquellas cosas no esenciales. Pero una sonrisa escapó de sus labios al darse cuenta de que su balda estaba llena de bebidas. Tomo una de color claro, que confundió con sake y bebió la mitad de un trago.

- Bodega. – Suspiró Sanji señalando la trampilla con la espátula mientras se movía de un lado a otro preparando los desayunos.

- Voy, voy. – Apurado, y en el fondo muy agradecido por el detalle que su compañero había tenido con él, se encaminó al lugar donde le habían mandado tras dejar la botella medio llena sobre la mesa dispuesto a acabársela al volver. - ¿Traigo algo más?

- Si, sube un saco de arroz y unas cuantas cebollas. – Sonrió sorprendido por la amabilidad del otro y ahogando una risa le advirtió. – Ten cuidado al saludar hoy a Luffy, me faltan seis cebollas. – Y el otro le acompañó en las risas.

"Así deberían ser todas las mañanas" pensó Sanji mientras encendía un cigarro y miraba el trabajo realizado. Que todos a excepción del capitán estuviesen despiertos le había dado la oportunidad para trabajar sin agobios, ni escándalos y que el espadachín fuese tan bien mandado le había producido un pequeño placer culpable, al parecer el muchacho no era tan malo, solo un poco despistado. Contento por cómo se desarrollaba la mañana decidió que aquel día, Zoro se merecía una tostada de tomate más que el resto, a fin de cuentas, eran sus favoritas. Pero su buen humor se disipó en una nube de nicotina cuando le volvió a ver aparecer.

- Escúchame y no digas nada. – Le pidió nada más dejarle apoyar las cosas sobre la mesa. – Necesito que me digas sí o no, pero con la cabeza. Es importante. – La seriedad del cocinero hizo que el otro callase prudentemente. - ¿Has bebido algo de la nevera? – Hubo un asentimiento a modo de respuesta. - ¿Agua? – Y esta vez negó con una pequeña sonrisa tirando de la comisura del labio. – Te lo tienes merecido.

Tomado al otro totalmente desprevenido se acercó hasta la puerta y la abrió llamando a voz en grito al médico de la tripulación.

- Lo que te has bebido era de Chopper, su nevera se ha estropeado y ha usado tu balda vacía, la cual te pedí que rellenases, para dejar las cosas. Por eso te he dicho que bajases. – Antes de darle tiempo a replicar alzó un dedo pidiéndole silencio.

Suspiro con cansancio y en un gesto poco habitual en él, apagó el cigarrillo mientras sacaba un pañuelo del bolsillo y se limpiaba la sangre que comenzaba a caer desde la nariz.

- Oye Chopper. – Le apremió. – El marimo se ha tomado una de tus botellas, creo que una de color transparente y sabor a sake. – Y el aludido le enseñó extendido el dedo del medio de su mano derecha. – Si, he acertado.

- Bueno, si es esa simplemente tendrá que pasar por la peluquería, es un crecepelo que conseguí en Arabasta. Mira a ver si tiene el tapón de color dorado. – Obedientemente Zoro se acercó hasta la mesa y elevó la botella que había bebido, mostrando como ésta, efectivamente, tenía el color referido en su tapa.

- Si, esa parece, pero me temo que ha habido … – Y la voz del cocinero fue descendiendo en decibelios mientras las pisadas de Chopper se hacían más fuertes. – Algún que otro efecto secundario.

Al abrir la puerta el médico lo vio, a Sanji ahogando una burla mientras que frente a él un joven de largo cabello verde le hacía gestos obscenos, sin pronunciar una sola palabra. Pero al fijarse más atentamente, ese joven al que había reconocido como Zoro debido a su ropa parecía completamente distinto.

- ¡¿Pero qué demonios?! - Rugió aterrado y corrió a tomarle el pulso la temperatura y a apretarle de diferentes partes del cuerpo hasta que el otro bajó la mirada para pedirle que parase.

Fue entonces cuando el portador de las tres espadas se topó con un reno que escuchaba su respiración, apoyado en sus pechos, sus grandes y turgentes pechos.

- ¡Qué! - Gritó, pero su voz sonó demasiado dulce y aflautada. Aún con el médico agarrado a él, salió corriendo de la cocina y se encaminó al baño para mirarse en el único espejo que había en el barco.

Una mujer de ojos verdes y cara de sorpresa le devolvió la mirada. Sus mejillas se encendieron de pronto y él se sintió desfallecer. En su mente las palabras "Chopper-medicina-efectos secundarios" se hacían una y se sucedían en bucle. Aún agarrado a él el pequeño reno le daba instrucciones para que se concentrase en su respiración y evitar el mareo que estaba seguro le acabaría por hacerles caer al suelo.

- Tranquilo, es un efecto transitorio, creo. – Aseguro con una sonrisa tímida. – mira, en un par de horas Nami ha dicho que llegaremos a una isla, me acercaré a llamar a Vivi y la pediré que me comunique con el doctor que me entregó esto. Seguro que él conocerá sus efectos y que me dirá cuántos días va a durar.

- ¿Días? – Gimió nervioso.

- En el peor de los casos, pero seguro que en un par de horas estará todo arreglado. ¡Tómatelo como un entrenamiento! - Exclamó. – Tu siempre dices que se pelea diferente dependiendo del adversario. Ahora que eres mujer conocerás mejor sus debilidades y sus fortalezas. – Amagando una sonrisa de confianza en su doctor lo le revolvió el pelo de la cabeza y lo achucho antes de dejarle en el suelo.

- Bueno, no hay nada que pueda hacer de momento. Supongo que lo mejor será que ponga el sake a enfriar y entrene un rato.

Encogiéndose de hombros llegó hasta la cocina donde Sanji le recibió con una sonora carcajada mientras que el resto de sus nakamas le observaban sorprendidos. El más preocupado fue Ussop quien insistió en acelerar la marcha para llegar cuanto antes a tierra y poder ponerse en contacto con la princesa del desierto, esperando, al igual que el médico, que alguien pudiese solucionar el problema. Por su parte, Luffy se encogió de hombros haciéndole saber que le parecía bien cualquiera de sus apariencias, mientras Nami se llevaba una mano al rostro resignada ante las desgracias que parecían caer una tras otra sobre aquella tripulación de descerebrados y Robin le dedicaba una de sus enigmáticas sonrisas.

- En fin, ahora no hay nada que podamos hacer más que desayunar. – Aseguró Sanji y con la habilidad innata que le ayudaba a evitar que el capitán devorase los alimentos de los compañeros fue sirviendo a cada uno su plato, dejando al afectado en último lugar. – El espadachín le dedicó una mueca de disgusto a su persona, pero en seguida se relamió al comprobar que su plato contenía aquellas tostadas que tanto le gustaban y que tan pocas veces podía degustar. Su mano se movió a la misma velocidad de siempre y la saya de su katana golpeó la mano de su capitán dejándola atrapada hasta que acabó de comerse el delicioso alimento, solo después le liberó del castigo que, estaba seguro, aún no había aprendido.

- Al menos tus reflejos son los de siempre espadachín. – Le aseguró Robin.

- Supongo que debería probar la fuerza también. – Apretó los dedos varias veces y después sin previo aviso estampó su puño contra el rostro del cocinero que pasaba por su lado, quien cayó al suelo magullado.

Con una mueca traviesa Zoro le retó a devolverle el golpe; sin embargo, Sanji le dedicó una sonrisa queda y aún en el suelo, se encendió un cigarrillo. Con calma expulsó el humo y dejo su mano apoyada contra una rodilla. Después con la gracilidad de un bailarín se puso de pie y le besó los nudillos enrojecidos por el golpe, haciendo que su abusador sintiera un terrible escalofrío en su columna vertebral y se alejase como si hubiese visto un fantasma.

- Aunque quiera reventarte a patadas, mientras tengas esa apariencia, me temo que deberé de sufrir tus abusos.

- ¿De qué diablos hablas? Ven aquí y pelea cocinero de mierda. – Pidió asustado.

- Lo siento, pero ya lo sabes. Yo no peleo con mujeres Roro-chan. – Y con una sonrisa enorme vio como el cabello verde del aludido ondeaba a su espalda mientras abandonaba la habitación casi corriendo.

Al final, después de varias horas de ruta en el mar, fue Robin la encargada de subir a la cesta del vigía y pedirle que los acompañase a la ciudad, al menos para poder arreglarse el cabello, ya que suponía debía de ser imposible para él poder moverse con la misma facilidad que antes debido a la largura de su nueva melena. Zoro asintió de mal humor y se encaminó con las muchachas a la ciudad, seguida bien de cerca del cocinero que debía de encargarse de llenar la despensa, la cual el capitán asiduamente vaciaba.

Solo al llegar a la puerta del salón de belleza se despidieron de su compañero, quien aseguró que no tardaría demasiado en el mercado. Sonriendo con maldad Nami abrió la puerta del local y se acercó hasta una peluquera, a la que pidió que le dejase a Zoro el pelo a la altura de los pechos, recalcando varias veces la palabra y haciendo sonrojar a su compañero.

Después de un rato, que le parecieron horas, pudo levantarse de aquella mullida silla, renegando y preguntando porque no podía simplemente raparse la cabeza, sabiendo que eso sería más cómodo para él. Pero las muchachas parecían felices con el resultado y sobre todo con el poder tomarle el pelo un poco más. Por eso, Robin, aunque parecía más seria y sensata que la pelirroja fue quien le indicó que necesitaría un par de prendas más acordes a su situación actual. Zoro intentó por todos los medios evitar aquella nefasta situación, poniendo especial énfasis en el hecho de que todo aquello acabaría rápidamente, pero Robin insistió haciéndole notar que llevaba los pantalones atados a la cintura con un trozo de cuerda que le había prestado Ussop.

Y fue allí donde de nuevo le encontró el cocinero, atraído por sus gritos de auxilio. Nami era una agarrada de campeonato y adoraba el dinero, pero estaba más que dispuesta a gastarse ahorros en el nuevo vestuario del espadachín si con ello podía verle sonrojado un rato más, y es que, para alguien que era incapaz de mostrar sus emociones con libertad, aquel nuevo cambio era algo digno de recordar. Sanji agitó la cabeza y sujetó las bolsas con una sola mano mientras accedía a la tienda. En circunstancias normales ni siquiera se le hubiese ocurrido salvar al marimo de aquellas dos. Pero ahora que tenía el cuerpo de una fémina se sentía en la obligación de acudir a su rescate.

- Sois muy crueles señoritas. – Dijo atrayendo su atención y el espadachín ocultó aún más su rostro mirando hacía el suelo. – Aunque debo admitir que ese vestido de fiesta te sienta de maravilla Roro-chan. – Dijo con empalagosa dulzura.

- ¡Cállate cabronazo! – La asistenta de la tienda arrugó el morro ante la falta de modales de su clienta más sin embargo no dijo nada.

- Vaya vaya, qué desagradecida estás hoy Roro-chan, encima que vengo a salvarte. Vamos, vamos. Comportémonos como adultos, ustedes dos preciosas diablesas regresen a sus quehaceres que yo ayudare a nuestra problemática amiga a conseguir un atuendo apropiado para la ocasión que acontece.

Con la sonrisa aún en los labios las muchachas les dejaron a solas y Sanji se dedicó a caminar a través de la tienda hasta encontrar aquello que sabía que el otro estaría agradecido de llevar. Eran unos pantalones de color negro que, con su cuerpo actual le quedarían bien, pero que en el futuro próximo las otras muchachas podrían usar para aquellos momentos de limpieza del barco. Así mismo, también una camiseta de color verduzco llamando la atención del otro.

- Se que prefieres el blanco, pero también me supongo que aún andas sin sujetador por ahí. Y no creo que quieras que nadie se fije en tus pezones. – Zoro aún más sonrojado cogió la ropa y se cambió con rapidez para salir momentos después pareciendo más él mismo. – Perfecto. ¿Podría cobrarme señorita? Se lo llevará puesto. - Tomó las ropas que el otro había traído y las guardó en la bolsa que la mujer le ofreció, mirando de reojo a su compañero.

Al salir de aquel lugar el espadachín parecía menos incómodo en su nueva piel y más dispuesto a mantener una conversación cordial.

- Es raro verte así. – Dijo Zoro con un suspiro impropio de él. – ¿Sabes qué no soy una de tus chicas?, ¿no?

- Desde luego no eres como ninguna que haya conocido antes. – Rio. – Incluso los Okamas son bastante más femeninos que tú, aunque supongo que es porque ellos lo han elegido.

- Creía que aprovecharías para reírte más con la situación. Pero gracias por salvarme de Nami. – Y Sanji se sonrió.

- Bueno la situación es bastante cómica. Y aún no estoy seguro de si debería tratarte como un él o como una ella, pero...

- Él, este cuerpo u otro, yo sigo siendo yo y esto. – Señaló su físico con la palma de la mano. – Es solo una apariencia, no cambia como me siento en realidad. Pronto volveré a ser yo mismo. - Sanji asintió ante sus palabras rezando porque así fuera.

- Quizás deberías aprovechar mientras puedas ese cuerpo.

- Qué pasa cocinero, ¿me estás pidiendo una cita? - Ambos se carcajearon al mismo tiempo mientras pensaban en lo raro que parecía todo aquello y aún así agradecidos de poder disfrutar de la mutua compañía.

Aquella noche nadie en el barco entendió lo que había pasado, aunque Sanji les había dejado comida preparada la tripulación se encontraba escondida tras unos arbustos mientras observaban como su cocinero había salido a cenar con el segundo de abordo, quien había literalmente asaltado el armario de Robin y le había, tomado prestados unos zapatos de tacón altos y un vestido que poco dejaba a la imaginación, vestido que la propietaria no recordaba haber comprado en absoluto y que se parecía a horrores a aquel que la habían hecho probarse en la boutique.

Desde que Sanji les había informado que cenaria fuera con el espadachín todo se había vuelto un silencioso caos. Nadie puso ninguna objeción, pero incluso su capitán se saltó la cena para seguirlos, hasta la puerta del restaurante donde pasarían la velada. Por recomendación de Ussop no entraron al local, si no que eligieron un escondite cercano y observaron cómo los dos armonizaba en aquel lugar en que se creían ajenos a ojos curiosos. Sanji, haciendo gala de su caballerosidad le separó la silla para que se sentase y le ofreció la carta, haciéndole unas recomendaciones en su calidad de chef. Zoro aceptó las ofertas con cierta gracia y le aseguró que tomaría lo que él decidiese, ya que estaba seguro de que dijese lo que dijese desentonaría en aquel lugar para gourmets.

- Supongo que es una cita. – Se sorprendió Nami desde la lejanía.

- ¿Crees que es algún tipo de juego retorcido? – Sugirió Ussop. - No me puedo creer que aún no se estén matando.

- No sé porque estáis tan alterados. En el fondo son muy buenos amigos. – Dijo Luffy con una sonrisa.

- Ya, pero …- Ussop se guardó aquellos funestos pensamientos recordando cómo a pesar de ayudarse en los momentos cruciales aquellos dos, en el día a día se dedicaban a destrozar el barco durante sus peleas.

Pero allí, sentados disfrutando de la velada, esos dos parecían una simple pareja que se dedicaba a gozar de una charla amena y divertida, y es que en el fondo era así. Un roce casual en la mejilla del peliverde al quitarle el cabello de la cara y acomodarlo tras su oreja. Una sonrisa dedicada, un juego de miradas no planeado y al llegar el postre allí estaban los dos, con Sanji colocando su chaqueta sobre los hombros del otro, quien lo miraba con una ceja levantada por el asombro. No se había quejado del frío, ni siquiera lo había sentido y eso hubiese hecho que en cualquier otro momento aquel fuese demasiado para él y hubiese tenido la necesidad de golpear a su compañero. Pero en aquella noche y con la prensa que desprendía el aroma del otro solo pudo sentirse agradecido y ciertamente amodorrado. Al final su instinto asesino cedió, dejando caer la cabeza con gesto coqueto. Estaba siendo una buena noche, una de esas donde podía olvidar el dolor que cada día lacerante su alma y encontrar un poco de paz. Sanji pareció notar su estado de ánimo y se atrevió a encender un cigarrillo con una mano mientras aprovechaba a colocar la otra tras él, buscando atraerlo más contra su cuerpo, profundizando el improvisado abrazo.

- Mañana pienso patearte. - Comentó mientras soltaba una bocanada de humo con olor a nicotina.

- Lo intentarás. Como siempre. Pero al final seré yo quien gane.

- Como tú digas marimo. - Sin saber porque dejo un suave beso en su frente, que el otro no rechazó, y le permitió seguir en la misma postura hasta que el camarero les pidió abandonar la mesa minutos antes de cerrar el local.

Adormilado Zoro tomó su mano y se dejó guiar de vuelta al barco, mientras dejaba escapar unas suaves sonrisas que no estaba seguro si eran producto del alcohol, del sueño o de los besos que de vez en cuando Sanji dejaba en sus manos y en su nariz. Sus compañeros los vieron partir antes de iniciar ellos mismos el regreso y no se sorprendieron al darse cuenta de que a pesar de ser un grupo más numeroso eran ellos quienes habían sido capaces de regresar en menos tiempo.

Por la mañana la cubierta del barco volvía a estar llena de alegría y energía. Con un Zoro vuelto a su cuerpo y con Ussop cortándole el pelo como a él le gustaba llevarlo, bien corto. Y no como aquella peluquera le había dejado, siguiendo las órdenes de las crueles muchachas. Como cada mañana Sanji les llamó para desayunar, solo que aquel día no hubo discusiones, golpes o frases hirientes, parecía que entre ambos se había impuesto cierta cordialidad derivada de un divertido secreto del que no querían hacer partícipe a nadie más.