Los amores de verano son tan especiales porque no duran para siempre, la gracia es precisamente que tienen una fecha de caducidad tan clara que inconscientemente sabes que tienen que acabar bien, no hay tiempo para las peleas, para las grandes decisiones, para las desavenencias, para presentarle a tus padres y que no se lleven bien. Solo hay tiempo para las miradas que despiertan las más rebeldes de las mariposas, para las risas, para descubrirse y para las primeras veces. Así, cuando creces y echas la vista atrás puedes descubrirte recordando esas tres semanas como si fueran las mejores de tu vida, el único amor que vale de verdad. Tu vida, la que has elegido, la que has luchado palidece en comparación porque todo pierde sentido cuando recuerdas aquella historia que juraste no olvidar, pero que el Otoño barrió como barre las hojas de los árboles.

Draco sabía muy bien que en la costa sur de Francia los veranos son cálidos pero agradables, con una ligera brisa por las noches que hace los paseos agradables a los viandantes pues allí veraneaba desde siempre, en la casa de campo de sus abuelos. Cuando tenía 8 años la costa sur de Francia le parecía lo más aburrido sobre la faz de la Tierra. Allí no estaban sus amigos para jugar al escondite por los vastos terrenos de la casa, ni tampoco los elfos que le cuidaban y mimaban en su casa y le hacían sus comidas favoritas, y durante semanas y semanas ni tan siquiera sus padres. Recordaba pasar 5 de las 8 semanas de verano solo, con dos señores mayores a los que apenas conocía y que intentaban hacer de las vacaciones una prolongación del colegio, con sus lecturas obligatorias para "engrandecer el alma". Y sin embargo aquel verano fue diferente.

Podría decirse que esta historia empezó el verano del 86. Llevaba una semana y media en aquel infierno cuando decidió que ya no podía más y, a la hora de la siesta, cuando sus abuelos se quedaban dormidos en la terraza, disfrutando de la poca brisa que entraba, él decidió escaparse.

Al principio solo daba un par de vueltas alrededor los terrenos del chateau. Dos semanas después se aventuró a ir hasta el camino que daba al resort de muggles a unos pocos kilómetros de distancia. Por supuesto él tenía más que prohibido ir hasta allí y acercarse a esa gente, pero la verdad es que él estaba demasiado harto de sus abuelos como para que eso le importara y él había sido siempre curioso por naturaleza, y nunca había visto a un Muggle de cerca, ¿qué era lo peor que podía pasarle?

Se entretenía simplemente mirando la extraña colección de gente que entraba y salía del hotel o que iba y venía de la playa colindante haciendo notas mentales de cuán diferentes eran de la gente como él y buscando señales evidentes de su inferioridad. A la semana siguiente también comenzó a aburrirle esa rutina así que llegó la playa. Recorría la orilla en busca de conchas que luego soltaba para no dejar pistas de sus escarceos. Fue un miércoles cuando la vio.

Durante su semana de observación se había dado cuenta de que el resort estaba repleto de gente de lo más variopinta; señoras de mediana edad que llevaban en cola a su marido y sus hijos cargados de cosas, jóvenes sin apenas ropa que jugaban a mirarse sin acercarse, familias jóvenes de padres sobreprotectores que embadurnaban a sus hijos de crema para evitar quemaduras en la piel. Gente ruidosa, gente que hablaba en otros idiomas, gente que pasaba desapercibida. Y ella. Estaba sentada a mitad de camino entre el resort y el un sombrero horroroso sobre su cabeza y un pareo a juego. Su madre, una mujer bajita aunque delgada que llevaba el pelo alborotado por el viento le instaba a darse un baño. Ella dejó el libro que estaba leyendo a un lado e hizo un mohín antes de quitarse el sombrero y el pareo e ir hacia el agua, donde la esperaba su padre.

Lo primero que pensó es que ese pelo no era normal, esa maraña de rizos que se peleaban por ver cuál era el primero en salir del nido se le antojaba irreal. En el agua la vio reír y jugar con el hombre alto y rubio que tenía en el pelo los mismos rizos desbocados que su hija, aún con el pelo corto. Cuando salió del agua, se dio cuenta de qué era eso que le había llamado la atención sobre esa niña. Había a su alrededor una estela mágica, estaba seguro, ya la había visto antes. Y aunque le habían enseñado a ni pensar en eso, no pudo evitarlo: era muy poderoso, demasiado bello.

Todos los días desde aquel miércoles se escapaba y la observaba un rato, y casi siempre se repetía la misma escena aunque, de vez en cuando, ella se salía con la suya y podía quedarse leyendo en vez de ir a la playa. Pasó una semana hasta que se atrevió a acercarse a ella. En principio solo quería decirle que lo sabía, que sabía lo de su magia. Pero cuando la vio ordenando conchas marinas por tamaño no le dijo nada. Se sentó a su lado y le dijo que si quería también sus conchas. Ella le miró extrañada, pero las aceptó y luego le dio la mano de una forma demasiado formal para una niña que debía de tener su edad y se fue otra vez a la toalla con la nariz queriendo tocar el cielo, se sentó y abrió su libro.

Dos días después consiguió decirle lo que quería decirle y por eso se llevó una regañina de su abuela por escaparse. Estaba bañándose a solas, era su momento. Si lo hubiera pensado un segundo más no lo hubiera hecho. Pero lo hizo. Se quitó la camiseta y se metió en el agua.

— Sé que eres mágica, no te preocupes, yo también lo soy. — Fue lo que le dijo cuando la alcanzó nadando.

Ella lo miró asustada, claramente creía que el niño paliducho que estaba a su lado estaba riéndose de ella.

— Te debes de creer muy gracioso pero la verdad es que no lo eres y aunque esté leyendo Matilda sé perfectamente que la magia no existe.

Así que salió del agua después de echarle una mirada de reproche. Él salió también del agua y decidió que lo mejor era irse. Su padre tenía razón: eran todos igual de asquerosos.

Cuando llegó al chateau, supo inmediatamente que sus aventuras ese verano podían darse por terminadas. Su abuela estaba esperándolo en la entrada y le castigó sin salir de su cuarto durante lo que quedaba de vacaciones hasta que llegaran sus padres por llegar empapado. Pero siguió pensando en la niña mágica y cada vez que lo pensaba más se enfadaba con ella. ¿Cómo podía haber sido tan tonto? Sabía muy bien que las niñas como ella no tenían nada que ver con los niños como él, que eran diferentes. Pero le había parecido tan bonito ver su magia, como si fuera un secreto que solo había compartido con él.

Tuvieron que pasar dos años hasta que volvió a verla. Él pensaba que se había olvidado de la niña, pero, no había duda, era ella. Cuando entró con su pelo hecho un desastre y su nariz hacia el cielo en su compartimento del tren, lo supo de inmediato: era ella. Ella no se dio cuenta de quién era él, por supuesto, y les preguntó por un sapo de un niño que lo había perdido. Todos negaron haber visto al sapo y se fue por donde había venido, no sin antes recordarles que estaban llegando al colegio y que tenían que ponerse las túnicas, ella ya llevaba la suya puesta. Desde ese momento, Draco supo que aquella sangre sucia sería, sin lugar a duda, la que peor le iba a caer de todo Hogwarts.

Con los años las rivalidades colegiales dieron paso a rivalidades de ideales, que son más difíciles de solventar y cuando la guerra estalló Draco había olvidado lo que era la felicidad en el sur de Francia en el verano del 86. Cuando tienes 16 años te crees que tienes el mundo a tus pies pero Draco no tardó en darse cuenta de que la marca no era un regalo sino un castigo. Tener que matar a Dumbledore le había llenado de orgullo y satisfacción pero pronto se dio cuenta de que no podía. Cuando el viejo director le ofreció la seguridad que le garantizaba estar bajo la protección de la orden, Draco respiró profundamente, y si su tía no hubiera hecho su entrada triunfal en la torre de astronomía, Draco habría cambiado de bando. Pero Draco nunca tuvo opción. La guerra se había desatado y él, como muchos otros, luchó y perdió. Aunque él perdió mucho más que la guerra por unos ideales en los que no creía. Draco perdió a su padre aunque Lucius seguía vivo, perdió su hogar aunque la casa estuviera casi intacta pero sobretodo perdió la inocencia de una forma cruel y amarga. Vió morir ante sus ojos a tanta gente que perdió la cuenta y los gritos de cientos de personas torturadas en la sala de estar de su propia casa seguían torturando sus pesadillas.

Cuando le dieron la opción de volver a Hogwarts no se lo pensó y aceptó. No porque quisiera acabar sus estudios o porque en el colegio le esperara una segunda oportunidad sino porque no quería estar en su casa. No podía poner un pie en la mansión sin ver la muerte y sentir la tortura y no podía con ello. Los nueve meses del último curso en Hogwarts no fueron fáciles ni para él ni para nadie. No fue el año más feliz de su vida pero al menos no estaba rodeado de muerte y destrucción. Al graduarse le concedieron la oportunidad de dejar el país por unos meses como premio de buen comportamiento ya que ayudó a la reconstrucción del castillo durante el curso y Draco aceptó. Seguía sin querer ir a su casa y decidió alejarse de todo. Fue al sitio en el que todo le había resultado más fácil y sencillo: la casa de sus abuelos en el sur de Francia.