Por fin reinaba el silencio en aquella vieja casona que se alzaba orgullosa sobre el lindero del Bosque de la Muerte.
Todo lo contrario a la cacofonía de gritos agónicos, discusiones preocupadas y pisadas ansiosas que dominaron la residencia hace menos de una hora.
Ahora, bajo el gentil resplandor de la luna llena en su cénit, el único sonido en toda aquella mole arquitectónica era el de las casi inaudibles respiraciones de la mujer tendida en la estrecha cama bajo el ventanal.
Hatake Kakashi observa a su esposa en silencio, incapaz de despegar la mirada de su figura inconsciente.
Lo aterraba que el más mínimo descuido de su parte resultase en la irreparablemente trágica paralización del trabajoso subir y bajar del pecho de Obito.
El parto estuvo a punto de matarla.
Ambos tenían apenas 33 años.
Demasiado jóvenes para que el nacimiento de sus retoños lo que lograse aquello en lo que Madara y Kaguya fracasaron – arrebatarle la vida a la hija pródiga de los Uchiha, aquella que, tras ser arrastrada al infierno en la tierra a manos de su psicótico ancestro, finalmente, en el último segundo, se las arregló para zafarse de la influencia de su enloquecido mentor y lo dio todo de si para enmendar cuanto pudiese de sus errores –.
Por supuesto, Obito no había esperado verdaderamente sobrevivir a su cambio de bando.
Ella era más que consciente de todo el daño que causó mientras se dejó manipular por Madara y Zetsu.
Lo que la kunoichi Uchiha había deseado era morir con el más mínimo resquicio que pudiese recuperar de su honor.
No contó con que, tras diecisiete años para procesar sus sentimientos, Kakashi ya no era – no había sido en un largo tiempo – el mismo mocoso emocionalmente atontado que ella dejó en la misión que la arrebató de los brazos de su equipo.
Nadie, ni siquiera Madara, se imaginó que Kakashi fuese a mantener viva aquella frágil chispa naciente de la primera ilusión que despertaron en él las acciones y el credo de Obito durante la misión del Puente Kannabi, mucho menos que esta perdurase tercamente a través de los años, fortaleciéndose y afianzándose en el corazón y la memoria del último Hatake.
[Bueno, eso no era del todo cierto: Guy, su único verdadero viejo amigo, fue el único que no tuvo que levantar manualmente su quijada del suelo cuando Kakashi no tuvo mejor idea que celebrar la improbable supervivencia de sus estudiantes y su ya-no-perdida-"amiga" que plantándole un beso de película a la impactada pelinegra]
Los demás, especialmente aquellos que habían conocido bien al Yondaime Hokage, lo tachaban de loco cuando lo mencionaba, pero Kakashi estaba listo y dispuesto a jurar con una mano sobre la constitución de Konoha que la última acción de Namikaze Minato en su segunda existencia fue ahogar sus histéricas carcajadas al ver el espectáculo que se estaba montando el par de desastres andantes que eran sus dos estudiantes sobrevivientes.
Incluso si tanto Obito como Kakashi ya habían pasado a la historia como personas de destrucción masiva antes de que el polvo de la Cuarta Guerra se asentase, a ojos de su sensei aún eran ese dúo de mocosos despistados que personificaban a la perfección ese viejo dicho de: "Los que se pelean, se desean".
[Con todo y todo, Minato no había estado tan desencaminado en su observación: Kakashi ciertamente había pensado que la niña llorona que insistía en que entrene con ella cada día, y que volvía a levantarse sonriente tras cada derrota, había sido bendecida con rasgos delicados y armoniosos, así como con una larga y lustrosa cabellera, y una formación ósea que prometía el desarrollo de una figura... generosa en el futuro – todo lo que habría interesado a un adolescente promedio en plena revolución hormonal, pero que a un completamente indiferente Kakashi solo lo llevaba a cuestionar las elecciones de la chica]
En retrospectiva, quizá sus constantes críticas contribuyeron a generarle a la pobre Obito un complejo con su imagen...
¿Cómo iba a saber el Kakashi adolescente que cuando le ejemplificó burlonamente a su compañera de equipo lo fácil que sería para un enemigo tironearla de su espesa trenza la reacción de la chica sería aparecer en el entrenamiento del día siguiente con el cabello hasta la barbilla?
¿Qué cuando, tras oír ciertos comentarios poco respetuosos de otros Genins sobre el evidente desarrollo físico de la Uchiha, le increpó el repentino desajuste en su balance producto del crecimiento de su busto, la muchacha escogería empezar a improvisar compresas para su pecho que terminarían por enviarla al hospital tras desmayarse por la falta de aire?
Esos fueron apenas dos incidentes, pero eran más que suficiente para poner en contexto la ineptitud del Kakashi de trece años al lidiar con lo desconcertante que le resultaba Uchiha Obito.
[Al menos las casi dos décadas que pasé venerando su recuerdo me sirvieron para espabilarme...]
Diecisiete años después del día que creyó perderla, incontables cirugías e implantes para salvar su vida, una maraña de cicatrices bifurcando su otrora simétrico rostro, más de una década de estrés acumulado en las severas líneas de expresión que enmarcaban sus ojos y labios...
Kakashi nunca había visto a una mujer más hermosa.
Y si bien el medio del campo de batalla quizá no fue el mejor lugar para comunicarle tal opinión a la aludida, Kakashi no recordaba haber oído quejas de su improvisado público mientras hacía su mejor esfuerzo por mapearle las amígdalas con la lengua a la que fuese brevemente la Jinchūriki del Jūbi.
[En realidad, fue menos que no hubiesen quejas y más que... bueno, nadie tenía la más mínima idea de cómo empezar a abordar aquel intempestivo subidón de la libido del hasta entonces completamente apático Kakashi]
Un gimoteo apagado, casi como los maullidos de un gato dormitando, sacó al peliplateado de sus cavilaciones.
—Shhh... nada de llantos, papá está aquí...
Casi parecía una cruel broma cósmica, un dulce sueño que se haría añicos con el amanecer del nuevo día.
El perdón tentativo – camuflado bajo un auténtico aluvión de recursos y justificaciones legales – para la alumna de Madara...
La reconstrucción de las aldeas...
Los tratados de paz...
El fin de la era de los Jinchūriki...
Su propia ascensión a Hokage...
—¿Oh? ¿No quieren dormir? ¿Quieren estar con su madre?
Su boda
Aquella pequeña ceremonia privada que rompió con la tradición de convertir el "día más feliz" de la vida del Hokage en un evento de proporciones nacionales...
El primer vistazo que logró vislumbrar de su encantadora Novia, radiante en el delicado blanco de su kimono nupcial...
El instante en que el oficiante los declaró marido y mujer ante los ojos de la ley y los de los dioses...
El embarazo
La sorpresa que ambos se llevaron al descubrir que no era uno, sino dos los "bultos de alegría" a los que estaban por traer al mundo...
Las sentidas lágrimas de alegría de su esposa, quien había pasado una infinidad de noches en duermevela, torturándose a si misma con la posibilidad de que su destrozado y reconfigurado cuerpo fuese incapaz de concebir vida...
Todos y cada uno de los inconvenientes – menores y mayores – que marcaron el camino de la nueva normalidad en el hogar de los Hatake...
—Listo, ahí lo tienen: El mejor lugar de la casa...
Su llegada fue accidentada – por decir lo menos –, y lo que el futuro les deparase era incierto...
Por más que le doliese, Kakashi no podía prometer estar siempre a su lado.
La naturaleza misma de su trabajo lo ponía en la misma situación en la que se vio su sensei durante el nacimiento de su propio hijo.
Como Hokage, su primer deber y compromiso debía ser para con Konoha, el bienestar y la seguridad de su gente.
Viendo ahora como la luz de la luna bañaba a las tres figuras acurrucadas juntas en la cama, Kakashi no pudo evitar compararse nuevamente con Namikaze Minato – ¿De dónde sacó el hombre la fuerza para cumplir con su deber a sabiendas de que dejaba atrás a Naruto...?
Kakashi no lo entendía
Cada fibra de su ser se revolvía en protesta a tal elección
Afortunadamente para él, no debería enfrentarme a tales dilemas éticos por mucho más tiempo: El sombrero pasaría a su verdadero heredero apenas Naruto ganase la suficiente experiencia respecto a todo el peso que conllevaba el cargo de Hokage...
Y luego podré pasar el resto de mi vida con ellos...
Casi como si hubiese oído los pensamientos de su padre, y desease dar a conocer su aprobación ante la perspectiva de tenerlo presente en su vida sin necesidad de compartirlo con toda la aldea, el pequeño Toshirō – su hijo, su primogénito, su heredero – se removió en brazos de su aún agotada madre, quien, solo atinó a acercarlos instintivamente a él y a su hermana – Shizuka, mi pequeña, mi hijita – a su pecho, justo sobre los latidos de su corazón.
Mi familia...
Los reclamó para sus adentros un complacido Kakashi, depositando un delicado beso en la frente de su esposa y acariciando sus revueltos cabellos con cuidado de no despertarla.
Mi amada familia...
