No le gustaba, la idea de que la tripulación se dividiera no le gustaba, pero eran las órdenes del capitán y debía confiar en la fuerza de sus nakama, así como ellos confiaban en la de él. Debía confiar, aunque no le gustara.
Veneno.
Miró por la escotilla de su camarote y observó la inmensa oscuridad del exterior. La oscuridad del mar profundo en el que se habían adentrado "estratégicamente" para poder desembarcar en un puerto seguro. Llevaban casi un mes ahí, en el fondo, que estaba comenzando a sentir claustrofobia.
El submarino de los "Heart" era enorme y estaba muy bien provisto de cualquier menester, no obstante, comenzaba a extrañar la luz del sol y el tacto de la brisa. Bufó molesto y salió del camarote a toda prisa, rumbo al gimnasio que amablemente le prestaban los piratas de su aliado para que pudiera continuar entrenándose. Eran muy amables, pero detestaba lo concurrido que estaba durante los días, de manera que esperaba hasta que la noche cayera (según el reloj, porque en aquel fondo marino era imposible saber cuándo el sol realmente se ocultaba) y era entonces cuando iba a hacer un poco de ejercicio para no perder la condición.
Se quitó la gabardina y las espadas al entrar y se dirigió a donde las mancuernas para comenzar con algo ligero y calentar un poco.
Law era un hombre llenó de una seriedad que difícilmente se veía afectada, salvo cuando su aliado estaba cerca, y aunque estaba bastante agradecido con Luffy por todo lo que lo había ayudado durante su enfrentamiento con Doflamingo, realmente le alegraba haberse separado de él por una temporada. Era tarde, lo sabía por el reloj más que por el ambiente, sin embargo, el no acostumbraba dormir más de tres o cuatro horas en sus mejores noches, así que aún no tenía sueño ni ganas de irse a acostar.
Anduvo por los pasillos del submarino en silencio hasta que sus pasos terminaron llevándolo al mismo lugar donde terminaba parado desde hacía varias noches: el gimnasio.
Y ahí se quedó, junto a la puerta observando al hombre que entrenaba con tanto ahínco y dedicación hasta desfallecer. No podía evitar preguntarse a qué sabría su sudor o su piel, si el tacto de sus manos seria suave o áspero, si disfrutaría de la compañía de su capitán como se rumoreaba que lo hacía, y si acaso él podría ocupar ese lugar ahora que mugiwara-ya no estaba cerca.
Suspiró mientras intentaba hacer a un lado esos pensamientos que lo calentaban y lo deprimían al mismo tiempo. Roronoa Zoro le gustaba desde hacía ya bastante tiempo, sin embargo, esa alianza que tenía con mugiwara-ya le impedía hacer un movimiento al respecto. Pese a lo mucho que el hombre le gustaba no tenía planeado arruinar su alianza por una calentura. En algún momento se planteó las sutilezas para con el guerrero, así, si la atracción era mutua no sería él quien diera aquel paso y su aliado no tendría nada que reprocharle, pero cada vez que insinuó alguna cosa, el espadachín lo había ignorado de forma exponencial. Estaba claro que aquello no podía ser mutuo. Se alejó sin percatarse que su presencia nunca pasaba desapercibida, sin importar lo que él pensara.
Luego de un tiempo que le pareció prudente al capitán, y pese a que ocasionalmente salían a flote para que tomaran un poco de aire fresco y sol, decidieron desembarcar en la isla más cercana y que se alejaba menos de su rumbo. Aquel lugar era un paraíso a los ojos de cualquiera. El clima era perfecto y el paisaje lo era aún más. Arena blanca, altas y hermosas palmeras repletas de deliciosos y refrescantes cocos y una vasta y profunda vegetación de la que seguramente lograrían sacar no sólo frutas exóticas sino también unas buenas piezas de carne para darse un gran festín.
Los más infantiles jugaban con Usopp, los más curiosos admiraban las creaciones de Franky y los más lujuriosos se deleitaban con la bella morena en bañador.
Todos se ocupaban de manera ociosa y pasaban la tarde en calma, bueno, casi todos—. Se necesita un grupo grande de exploración para esta tarea —le regañaba Bepo mientras lo seguía por la quilla—. No conocemos ni la isla ni su vegetación y puede ser peligroso.
El espadachín bufó—. Siempre están presumiendo las grandes habilidades médicas de su capitán —le recordó. Estaba fastidiado de aquel viaje y él únicamente seguía órdenes de Luffy, así que ni ese oso, ni nadie iban a decirle lo que podía o no podía hacer—, así que si algo me pasa seguramente él se hará cargo con facilidad.
El navegante de los Heart no toleraba que ese hombre le hablara así—. En primer lugar, nosotros no presumimos, decimos las cosas tal cual son —Zoro puso los ojos en blanco, lo que ocasionó que el enfado de aquel oso fuera aún más evidente—. Además, el que el capitán sea el mejor cirujano no significa que debamos andar por ahí arriesgando nuestras vidas inútilmente.
Usopp iba corriendo cerca junto a Penguin y Shachi cazando una extraña especie de cangrejo que no había visto antes cuando escucharon a los primeros oficiales de sus respectivas tripulaciones levantando la voz—. No os lo toméis personal, Bepo —intervino el tirador del mugiwara—, Zoro siempre es un cabezota.
Una vena se saltó en la frente del aludido.
—Pero Bepo sólo está tratando de ser razonable —intervino Shachi, sujetándose el mentón cómo quien está analizando las cosas.
—Por eso les digo que es un cabezota —se alzó de hombros Usopp.
—Siendo así, no puedes esperar que siga las indicaciones de Bepo —aseveró Penguin.
—No lo hago —confirmó el tirador—. Alguien como Zoro nunca escucharía las advertencias de Bepo.
—¿Estás diciendo que no va a escucharlo por ser un oso?
—Zoro no sería tan gilipollas cómo para ignorar a Bepo sólo por ser un oso —negó—, el tío simplemente es cabeza hueca.
Law bajó por la quilla y paso junto a un trio de piratas inconscientes y apaleados. No quiso saber nada al respecto y continuó su camino para encontrarse con Bepo, habían discutido sobre si era prudente desembarcar en aquella isla o no hacerlo y al final las circunstancias los habían orillado a tocar tierra. El encierro era tal que temía por la cordura de sus hombres, pues bien sabía que a algunos ya les faltaba uno que otro tornillo. Normalmente no tendría problemas con un relajado desembarco que le permitiera a su tripulación descansar, pero estaban en un archipiélago conocido como "Veneno" por sus múltiples y desconocidas toxinas, lo que menos necesitaba era liar con alguna intoxicación difícil de manejar.
Llegó hasta su navegante, quien estaba planeando la ruta más segura para el submarino entre aquel conjunto de islas—. ¿Ya salió el equipo de exploración?
El oso bufó de mal humor, desconcertando por completo a su capitán—. Sí —respondió con sequedad—. Uni, Robin, Ikkaku y Franky fueron juntos —explicó sin apartar su atención del mapa—, el cyborg construyo un "cangrejo móvil" para que los cuatro fueran seguros y que pudiera identificar las plantas que el chef y usted les pidieron.
—Pensé que Jean Bart dirigiría la misión...
Bepo señaló un rincón sombrío junto al submarino—. Iba a hacerlo, pero el cangrejo móvil no era lo suficientemente grande para que él entrara ahí.
Law rascó su sien mientras observaba al deprimido gigante—. Bueno, mientras nadie se exponga a los peligros de esta isla no hay problema —el navegante bufó de nuevo, interrumpiendo a su capitán, y comenzó a refunfuñar palabras ininteligibles—. Bepo —un tic nervioso asalto la ceja izquierda del ex shishibukai—, nadie se está exponiendo a los peligros de la isla, ¿verdad?
El oso refunfuñó—. Le dije un montón de veces que usted no lo aprobaría —explicó llenó de frustración—, pero es cómo si su cabeza estuviera completamente vacía.
Law apretó la mandíbula, intentando mantener la compostura—. Bepo.
—Él se fue, aunque le dije que no lo hiciera...
—Bepo.
—Traté de detenerlo, capitán, pero...
La frustración del ojigris llegó a su límite—. ¡Bepo! —no pudo evitar elevar los decibeles de su voz, pero al menos logro que su navegante le prestara atención—. ¿Quién carajos se fue por su cuenta?
—Roronoa Zoro.
El capitán de los piratas heart no necesito escuchar más, tomó su nodashi y empezó a correr hacia la selva, pero antes de adentrarse en las peligrosas profundidades de aquella vasta vegetación una voz conocida y arrogante frenó su marcha—. No hay nada interesante que ver allá.
El ojigris parpadeó un par de veces—. Zoro-ya... —observó al espadachín de pies a cabeza, pero no parecía tener ni un solo rasguño—, ¿estás bien?
El peliverde frunció el ceño—. Por qué no lo estaría —se mofó un poco—, no me digas qué estabas preocupado por mí.
El cirujano carraspeó un par de veces cómo si se ahogara—. Bueno, si llegases a morir por tus descuidos inapropiados, mugiwara-ya seguro me culparía.
La sonrisa de Zoro desapareció por completo, y fue reemplazada por una expresión de absoluto fastidio—. Luffy no te culparía por algo tan estúpido —sentenció—, además yo no voy a morir así cómo así —dicho eso se adentró en el submarino sin cruzar con nadie más que miradas fulminantes de odio.
Law se permitió un suspiro de alivio en cuanto el peliverde se perdió en el interior de su nave.
—A veces es un cabezota —explicó Usopp, de pie junto al ojigris—, y si no es Luffy quien le da las órdenes suele ignorarlas por completo.
—Espero que eso no nos cause más problema.
—¡Este vehículo es increíble! —la mujer de cabello ondulado estaba observando por la ventana con los ojos iluminados cuál estrellas.
El cyborg sonrió, pero no aparto la vista del camino—. Creo que la palabra que quisiste usar fue: S-U-P-E-R.
La mujer sonrió aún más maravillada.
—Deja de jugar y ayúdanos a clasificar las plantas que veas —le cortó el rollo Uni.
La alegre sonrisa de la chica se borró—. Eso estoy haciendo, cabeza hueca, o creías que sólo iba mirando por la ventana cómo idiota.
—Tú lo dijiste...
Los piratas heart comenzaron a discutir de manera diplomática.
Robin estaba observando las plantas señaladas en el libro que les había dado Bepo—. Es una suerte que construyeras esto —le señaló a Franky mientras contemplaba unos arbustos rotos al pie de un desnivel de al menos un par de metros—, o seguramente todos estaríamos muertos.
Un incómodo silencio invadió el interior del auto por unos breves segundos—. ¿Esas plantas son muy peligrosas? —inquirió el cyborg, observando de reojo hacía donde la chica miraba.
—¿Quién sabe? —se alzó de hombros y le sonrió.
Franky rio con fuerza—. Tú sentido del humor es una pasada —los piratas de la otra tripulación los miraron de forma suspicaz—, seguro querrás llevarte un poco para estudiarla.
La morena le sonrió—. Sería interesante.
El cyborg usó una de las tenazas de cangrejo del auto y cortó un pequeño ramo de flores de aquel exótico arbusto y las aisló en un compartimiento espacial, apartadas de la comida y las medicinas.
Zoro se pasó las manos por la cara y la cabeza. Había entrado a su camarote con intenciones de dormir un rato, pero tenía demasiado calor así que se sentó en la orilla de la cama un rato antes de decidirse si meterse o no a la ducha para refrescarse un poco.
Suspiró pensando en Law, particularmente en como pensaba adentrarse en la densa vegetación de la isla, pese a ser él quien les advirtiera de "los riesgos", con tal de buscarlo. Pensó en él. No le había dado importancia hasta aquel momento, pero era consciente de como se le quedaba mirando mientras entrenaba. Aquellas miradas no eran algo nuevo, sabía que le había puesto el ojo desde hacía un tiempo, pero estaban demasiado ocupados con la invasión de Dress Rosa y su enfrentamiento contra uno de los siete señores del mar como para pensar en distraerse.
Ahora mismo también tenían demasiadas cosas encima, pero por alguna razón la idea de "distraerse" no le parecía tan descabellada. Sacudió la cabeza y se levantó. Finalmente, y luego de meditarlo algunos minutos se desvistió y se metió a la regadera.
El agua fría en el rostro le sentó demasiado bien, así que estuvo un rato bajo la regadera disfrutando del caer del líquido. Había andado por la isla buscando algún animal grande que pudieran cocinar, pero la mayor parte de su búsqueda fue en vano; cuando posteriormente diviso un jabalí de buen tamaño no imaginó que la bestia pudiese ser tan rápida. En una división del sendero el jabalí desapareció de su vista, así que en un intento de alcanzarlo aceleró su marcha sin preocuparse por el terreno, de modo que terminó cayendo por un pequeño desnivel encima de un montón de arbustos que, aunque amortiguaron su caída, le habían raspado una pierna haciéndole una insignificante y molesta herida, además del molesto polen que se había levantado y casi lo asfixiaba por el penetrante y empalagoso aroma parecido a la vainilla y la lavanda mezcladas.
Law mojó su rostro por cuarta o quinta ocasión, la verdad, ya no estaba seguro, lo único que quería era deshacerse de esa sensación de desasosiego que lo invadió cuando pensó que la vida de Zoro-ya podría estar en peligro. No solamente se había sentido total y absolutamente perdido, sino que además se había comportado cómo un perfecto idiota. En lugar de hacer un Room que cubriera toda la isla, la cual no era muy grande, y de eso modo aparecer al peliverde cerca del submarino había estado a nada de echar a correr a quién sabe dónde y arriesgar su vida de manera estúpida sin medir las consecuencias.
Suspiró largo y tendido antes de mirarse en el espejo del baño de su camarote. Era increíble pensar que alguien tan meticuloso cómo era él hubiese estado a punto de actuar igual que un imbécil—. ¿Qué carajos me has hecho, Zoro-ya? —preguntó al aire, aunque sabía que nadie iba a responderle.
Tomó una toalla del estante y anduvo en círculos por la habitación mientras secaba su rostro y su cabello. Estaba dándole demasiadas vueltas al asunto en un vano intento de comprender lo que estaba sucediéndole, pero no era capaz de encontrar una sola razón que explicara en absoluto su comportamiento carente de sentido común. Si, el espadachín lo ponía caliente, pero eso no era excusa para comportarse igual que un gilipollas.
—¡La cena esta lista!
El anunció que dio el cocinero a través del megáfono, que podía escucharse en cada rincón del submarino, sacó al ojigris de su ensimismamiento. Dio un largo suspiro y anduvo a paso lento rumbo al comedor. No tenía ansias de llegar y realmente lo que menos deseaba en aquel momento era comer, sin embargo, había sólo una cosa que le impedía quedarse en su habitación con sus pensamientos: Bepo.
Su navegante y mejor amigo no iba a parar de cuestionarle por qué no comía, o porque no salía de su habitación, o qué era lo que le estaba sucediendo, y lo que menos necesitaba en aquel momento era que comenzara a cuestionarle cosas que él mismo no era capaz de explicarse solo.
Su tripulación era cien veces menos escandalosa que la de mugiwara-ya, pero la influencia de los miembros de la tripulación de su aliado ahí presentes era una especie de droga incontrolable. Pesé a las recomendaciones del navegante, todos habían convenido que una noche al aire libre no les caería mal. El equipo de exploración había regresado sano y salvo con todo lo que les habían pedido recolectar, de manera que aquella seria su última noche en tierra por un largo tiempo.
Law analizó la posibilidad de reprenderlos y obligarlos a entrar al submarino, sin embargo, no tuvo la suficiente sangre fría para hacerlo en cuanto los miró a todos disfrutar tan alegremente bajo la luz de la luna. Podía ser alguien meticuloso, pero ciertamente no era injusto o cruel. Una noche de relajación no les caería mal siempre y cuando se mantuvieran en un perímetro seguro. Así que no perdió la oportunidad de advertirles que se mantuvieran en el perímetro o los echaría a los reyes marinos. Las personas solían ser más sensatas si se les advertían las cosas amablemente. Meditó las posibilidades de no poder controlar a los piratas que no eran parte de su tripulación y opto por hacer un room del que no pudieran salir sin que él lo detectara. aquello lo mantendría alerta y seguramente no podría dormir para mantenerlo, pero prefiera eso a tener que preocuparse de nuevo como lo había hecho esa misma tarde.
Una silla se movió junto a Law—. Todo resulto bastante bien el día de hoy —le sonrió con dulzura a hermosa arqueóloga—, encontramos todo lo de las listas.
El ojeroso capitán le devolvió la sonrisa—. Eso es perfecto. Mientras menos tiempo pasemos en estas islas será mucho mejor.
—¿De verdad es un sitio tan peligroso? —inquirió Franky mientras se sentaba junto a la morena y tomaba una hamburguesa del centro de la mesa.
Law asintió con seriedad.
Robin se recargó en su nakama para estar más cómoda—. Los rumores que rodean este archipiélago son terribles —explicó mientras tomaba un pequeño sándwich y le daba una mordida—. Desde muertes rápidas y fulminantes hasta largas y desesperantes agonías que hacen al convaleciente desear la muerte que parece que no llegará nunca —todos los presentes se quedaron en un sepulcral silenció—. Algunos de los sobrevivientes lo describen como un espejismo salido del más oscuro rincón del averno.
Franky dio un tragó a su soda mientras la miraba de reojo—. Pareces estarlo disfrutando.
Ella le sonrió—. No todos los días puedes decir que estuviste en el infierno.
—Y que además saliste con vida —añadió Law mientras tomaba un poco de comida frita.
La hermosa mujer se acurruco en el cyborg—. Técnicamente aún no salimos de aquí.
Su nakama la miró, frunciendo el ceño, antes de echarse a reír con ganas—. ¡Que tétrica eres!
—También cabe la posibilidad de que salgamos y estemos infectados con un veneno incurable.
Law levantó una ceja y asintió—. Es por eso que tomamos las medidas pertinentes para la recolección.
La chica se alzó de hombros—. Uno nunca sabe.
Siguieron hablando un poco más, aunque de temas menos escalofriantes. La arqueóloga finalmente le habló de las extrañas plantas que habían recolectado y comenzaron a planear la mejor manera de estudiarlas en uno de los laboratorios del cirujano.
Zoro había escuchado el llamado a cenar por el megáfono, pero no había sido capaz de salir de la regadera, cada vez que cerraba la llave un calor insoportable se apoderaba de él. Tal vez había pasado demasiado tiempo navegando sin un verdadero descanso, y desafortunadamente en aquella isla desierta no conseguiría lo que su cuerpo necesitaba en aquel momento—. ¡Maldita sea! —refunfuñó mientras rodeaba su erección con una mano.
No se había masturbado desde que era adolecente. Generalmente gastaba sus energías en el entrenamiento y era algo en lo que no solía pensar hasta que tuviera la oportunidad de desfogar. Algo no andaba bien con él, pero en aquel momento no era capaz de pensar al respecto, lo único que quería era descargar toda aquella energía para poder ir a cenar y luego entrenar hasta desfallecer y dejar de pensar al respecto.
La media noche había pasado y los piratas se habían olvidado casi por completo de las tétricas y escalofriantes historias que la arqueóloga les había contado sobre el archipiélago.
Zoro había llegado algo tarde a cenar, pero eso no había significado que no comiera lo suficiente, el cocinero de los Heart siempre preparaba suficiente para todos. Luego de una abundante y buena comida el espadachín de los mugiwara había tomado una botella de sake y se había sentado en la quilla a observar el alboroto que Usopp y Franky eran capaces de armar, aún sin Luffy.
Law mantenía su atención en el peliverde, aun preocupado de que algo pudiera andar mal en él, pero todo parecía estar absolutamente en calma. Finalmente, y luego de un rato de observar al espadachín bebiendo se relajó y tomó una cerveza también.
Tras algunas horas de fiesta y alboroto Zoro se sentó junto a Law y le ofreció un tragó de su botella, lo que el ojigris declinó amablemente—. Ya he bebido demasiado por hoy, Zoro-ya —no podía darse el lujo de perder la conciencia en aquellas circunstancias.
El peliverde se alzó de hombros y bebió un largo sorbo—. Supongo que no lo toleras mucho.
Law le sonrió con picardía—. Prefiero no perder la cabeza. No sé dónde podría acabar.
Zoro creyó ver una insinuación en aquella sonrisa. No era la primera que escuchaba las insinuaciones del ojigris, pero era la primera vez que les daba más importancia de lo habitual. Estaba caliente y de verdad sentía que necesitaba desfogar. Sé relamió los labios cuando terminó aquel sorbo—. ¿Dónde quieres acabar?
El corazón del ojigris se disparó, al igual que sus hormonas. Tragó saliva mientras fijaba su mirada en los carnosos y sensuales labios del espadachín. Estaba seguro de que no había imaginado aquella respuesta. Sonrió con sensualidad mientras meditaba la pregunta del peliverde—. ¿De verdad quieres saberlo, Zoro-ya? —inquirió mientras lo recorría con la mirada, de pies a cabeza, fijando la vista en sus caderas.
Aquel gesto no pasó inadvertido para Zoro. Le sonrió de medio lado y se inclinó hacia él, para poder hablarle en el oído—. Necesitas más que una cara bonita para que te dejara acabar ahí.
Law estaba cada vez más excitado, así que no perdió el tiempo y comenzó a acariciar la pierna de Zoro más próxima a una de sus manos—. Te aseguró que serás tú quien me supliqué que lo haga —le dijo al oído de manera osada. Sabía lo orgulloso que era el espadachín y que no dejaría pasar por alto un desafío como ese... y no lo hizo.
—¿Es un reto?
El capitán de los Heart sonrió—. Claro que no, Zoro-ya —se relamió los labios cerca de él, cómo quien invita a que le besen—. Es una promesa.
La temperatura de Zoro estaba subiendo demasiado rápido ante la sensualidad de aquel hombre, podía sentir a su miembro cobrar vida con desesperación—. No hagas promesas que no puedes cumplir.
Law se levantó—. Quieres verme hacerlo.
El que Law y Zoro se adentraran en el submarino no fue algo que pasara desapercibido para todos—. ¡Vaya, Vaya!
Franky se sentó junto a la arqueóloga y le ofreció una cerveza. La bella mujer aceptó la bebida de buena gana—. ¿Qué sucede? —inquirió él, sentándose a su lado.
Ella se recargó en los grandes brazos de su nakama—. Es una noche muy bochornosa —respondió con una de esas enigmáticas sonrisas. Sus mejillas estaban ligeramente rosadas y agitó su mano libre echándose aire en el rostro.
El cyborg dio un sorbo a su soda antes de mirarla—. Eso es una insinuación.
Ella lo miró y le sonrió de nuevo—. Eso parece.
—Contigo, mujer, no estoy seguro de nada.
La mujer rio y se puso de pie—. Es una pena — le sonrió, acariciándole el rostro antes de alejarse rumbo al submarino.
Franky terminó su bebida y no perdió tiempo en ir detrás de aquella bellísima mujer.
En cuanto se había encontrado fuera de la vista del resto Law había jalado a Zoro con fuerza y lo había aprisionado contra una pared para besarlo con arrebatada pasión, cómo quién muere de hambre, cómo quién no puede aguantar más. Con la desesperación acumulada de meses deseando sentir aquel cuerpo debajo suyo, aquella piel en el tacto de sus yemas y aquellos labios entre los suyos.
Zoro estaba demasiado caliente cómo para pensar mucho aquello, así que se dejó hacer, dejó a la habilidosa lengua de Law introducirse en su boca y explorarla, la dejó danzar con la propia, conociéndola, disfrutándola... gozándola.
Las expertas manos de Law comenzaron a recorrerle el pecho, haciendo a un lado la poca ropa que le cubría, sintiendo todo el calor que emanaba de aquel cuerpo, anhelando lamer aquella piel morena y firme que lo ponía a tope para saborearla, para conocerla, para adueñarse de ella por completo—. Zoro-ya... —gimió con desesperación antes de comenzar a mordisquearle el cuello y bajarle lentamente la ropa, descubriendo sus hombros, dejando su tórax descubierto y deleitándose con la firmeza de sus pectorales.
El aludido gimió con desespero, dejando a sus manos comenzar a buscar sentir la piel de su contrario, rasgándole la ropa. Necesitaba sentirlo.
Law le mordió el hombro haciéndolo suspirar de placer, con aquella ronca y varonil voz que tenía y que lo volvía loco. No iba a aguantar más. Le dio la vuelta y le bajo los pantalones.
Zoro sabía que aquello iba muy rápido y que debía mostrar más resistencia, demostrarle que lo que le dijo no habían sido sólo palabras, pero estaba tan caliente que no pensaba con claridad.
El ojigris acerco su miembro al trasero del otro, restregándolo con descaro, dejando que los jugos pre seminales lo lubricaran un poco. Aquello era una locura, ni siquiera habían llegado a una habitación, se encontraban en los pasillos del submarino donde cualquiera podría atraparlos, pero esa morbosa idea sólo lo ponía más y más caliente. Lentamente se inclinó hasta el oído del espadachín—. Zoro-ya... —jadeó con desesperación. No entendía cómo era capaz de contenerse—. ¿Quieres que te lo meta?
El espadachín apretó la mandíbula. Si quería, pero... —. Púdrete —respondió con cinismo, pero no hizo esfuerzo por apartarse o apartarlo.
Law colocó la punta en su entrada sólo para escucharlo lloriquear de placer—. ¿No quieres? —insistió con una sonrisa de suficiencia en el rostro.
Zoro tragó saliva y jadeó con desesperación mientras sentía que su propio cuerpo lo traicionaba—. Yo... —pero el sonido de unas pisadas aproximándose hacía ellos los volvió un poco a la realidad. El peliverde se irguió y se dio la vuelta, quedando de frente a Law. Ambos estaban a medio desvestir y sus miembros se rozaron haciéndolos gemir de placer.
Cada uno cubrió la boca del otro y los pasos cesaron por un momento, quien fuera los había oído—. Creo que es hora de irnos —anunció el ex shichibukai.
Robin iba caminando por los pasillos del submarino con curiosidad. Sabía que había escuchado ruidos y estaba completamente segura de saber qué clase de ruidos eran aquellos.
—¡Oye! —Franky la alcanzó—. No deberías recorrer el submarino cómo si fuera un laberinto, podrías perderte.
La mujer se agachó para recoger un objeto del suelo.
Franky frunció el ceño de manera suspicaz—. ¿Qué es eso?
Ella se giró a verlo y le mostro lo que traía en las manos mientras sonreía de una manera indescifrable—. Una almohada.
Cayeron en la cama, uno encima del otro y el peliverde no pudo evitar sonreír—. Te tengo donde te quería.
Law se dejó besar de aquella forma salvaje en la que el espadachín lo hacía, quien sin separar sus labios lo desvestía y se desvestía con desesperación hasta que los dos quedaran completamente desnudos. El ojigris estaba tan caliente por los besos y las caricias del otro que no le importó ser él quien se quedara abajo, ya tendría tiempo de someterlo y tomarlo en otra ocasión. Sintió la mano del peliverde masajear su miembro y se retorció de placer mientras sentía como sus propios líquidos comenzaban a mojarlo.
Zoro se apartó un poco para poder masturbarlo y acumular líquido pre seminal entre sus dedos. Se relamió los labios mientras lentamente comenzaba a bajar, acariciando los testículos de su contrario en el proceso, disfrutándolo de verlo retorcerse, de sentirlo desesperado. Comenzó a acariciarle la entrada con brusca desesperación, impregnándola de aquel lubricante natural e introduciendo su dedo medio en el interior de aquel cuerpo que tanto deseaba.
Law se arqueó de placer mientras jadeaba cada vez más enloquecido. Necesitaba sentirlo de una buena vez. Levantó una pierna para pasarla por enfrente del espadachín, pero este lo frenó—. ¿Qué se supone que haces? —inquirió el peliverde, sacando sus dedos del interior del ojigris.
El pelinegro lamió sus labios—. Busco una posición más cómoda —respondió con simpleza.
Zoro se inclinó lentamente sobre él para besarle el cuello y lamerle un oído—. No —le dijo con firmeza—. Quieres escapar de esto, pero no te dejaré —Law quiso espetar, decirle que no intentaba escapar, pero los sensuales labios del espadachín atraparon los suyos impidiéndole hablar. Estaba disfrutando aquello hasta que sintió cómo Zoro levantaba sus caderas, fue entonces cuando su cuerpo se tensó. El espadachín se separó de él lo suficiente para mirarlo a la cara—. Quieres evadirte, cómo si no sucediera en realidad —le dijo entre susurros mientras colocaba su miembro en la entrada del otro—, pero no te dejaré...
Law sintió desesperación, el aire comenzó a faltarle y empezó a retorcerse cómo quien trata de huir—. Esto no es divertido, Zoro-ya...
El aludido lo sujeto con tanta firmeza que nada pudo hacer para liberarse—. Quiero ver tu cara cuando te penetre —le susurró mientras comenzaba a empujarse dentro—, y quiero que tú me veas.
—No me gusta así —lloriqueó mientras sentía como el otro empezaba abrirse paso dentro de su cuerpo. Se retorció tratando de huir. No le importaba que lo tomara, simplemente no quería hacerlo de aquella manera.
Zoro se inclinó sobre él, dejando de lado toda la brusquedad y desesperación que o había estado dominando minutos atrás. De manera suave tomó sus mejillas y lo beso con suavidad y dulzura, de una manera que Law no pensó que un hombre como él sería capaz de hacerlo—. Los fantasmas ya no están —le dijo—, y yo no voy a hacerte daño —el cuerpo de Law se relajó de repente, toda la ansiedad y desesperación que sentía se esfumo. la presión que el primer oficial de su aliado ejercía sobre él desapareció por completo—. Quiero hacértelo —dijo contra sus labios—, no te imaginas cuanto —se apartó lo suficiente para verlo—, pero nada va a pasar en esta habitación sin que ambos estemos de acuerdo.
Law tragó saliva e instintivamente enredó las piernas en las caderas del peliverde para que no saliera de él, sino ayudándolo a entrar un poco más en su interior. Enredó los brazos en su cuello y lo beso profundamente, asintiendo con la cabeza—. Me parece una excelente premisa.
Zoro le sonrió, no con arrogancia o suficiencia, sino de una manera cálida, llenándolo de paz y calma, entonces lo penetró, mirándolo a los ojos, entrando suavemente, poco a poco, dejándose llevar eventualmente por sus deseos, aunque eso solo paso cuando estuvo seguro de que aquel cirujano estaba disfrutando por completo aquello.
El ojigris despertó aun de madrugada. Se encontraba sólo en su habitación, de manera que se sentó en la orilla de la cama mientras sujetaba su cabeza con frustración. ¿Qué diablos acababa de pasar?
Se había acostado con Zoro de una manera que nunca había hecho. Se había entregado a él, a sus caprichos, a su dulzura, a su merced... Había dejado que lo viera vulnerable y descubriera que ocultaba un oscuro secreto que le impedía disfrutar realmente del sexo que tanto le gustaba. Zoro lo había desnudado en cuerpo y alma, había encontrado una de sus heridas más profundas y sin cuestionar su razón de ser se había esmerado por remendarla, con una dulzura insospechada, con una pasión desenfrenada...
Cada beso, cada caricia, cada respiración... todo seguía impregnado en su cuerpo, erizándole la piel, hirviéndole la sangre, hinchándole el corazón.
Miró su cama vacía y no pudo evitar sentirse usado. Rio para sus adentros, siempre era él quien se desaparecía antes del amanecer y sin dar explicaciones, probablemente al fin le había tocado pagar una de las que debía...
—Te desperté.
Law levantó la mirada para encontrarse con un recién duchado Zoro en el umbral del baño—. No —respondió sin apartar la vista de él, no porque no quisiera, más bien se había quedado hipnotizado con el atractivo cuerpo del espadachín cubierto aun de perlas de agua y cubierto sólo con una toalla en la cintura. Se puso de pie y caminó hasta él a paso rápido, cómo quien ve una visión que no quiere que se desvanezca delante suyo, pero Zoro no desapareció, ni cuando se acercó hasta rozarlo con su aliento, ni cuando le atrapo el rostro entre las manos, ni siquiera cuando se fundió con él en un beso inesperado.
No, Zoro no se desvaneció, sólo abrió muy grandes sus ojos a causa de la sorpresa, sólo sintió como la sangre comenzaba a hervirle desde las entrañas, sólo sintió cómo cada vello de su cuerpo se erizaba, y se dejó besar por esos labios expertos, por ese hombre perfecto, dejándose arrastrar en un vórtice del que sabía que no iba a poder salir.
Law se separó de él lentamente, cómo quien no quiere terminar, pero sabe que debe hacerlo—. Creí que te habías ido —confesó aun sujetándole el rostro, acariciando sus mejillas.
El peliverde le sonrió antes de acariciar su rostro también—. No te desharás de mí tan fácilmente.
El ojigris rio con una suavidad y sinceridad que no recordaba haber sentido—. Quién dijo que esa era mi intención —susurró con voz sensual—, aún tengo mucho que enseñarte.
El espadachín levantó el mentón con suficiencia y le sujetó la barbilla—. A menos que sea cómo usas esa boquita impertinente —le sonrió relamiéndose los labios—, no creo que haya nada más que puedas mostrarme.
Law se lamió los labios de forma seductora, aquella sugerencia no le desagradaba en absoluto. Lentamente acarició su rostro, su mentón y sus labios, bajando de a poco por su cuello hasta su pecho desnudo, rozando cada centímetro de piel a penas con las yemas de sus dedos, seduciéndolo con sutileza, calentándolo con lentitud.
Llegó hasta su cintura, disfrutando de la respiración entrecortada y los jadeos candentes de su compañero. Recorrió aquella circunferencia con lentitud, por el borde de la tela que lo cubría atrayéndolo más cerca de su piel—. Oh, Zoro-ya —la voz le salió cadenciosa—, no tienes ni idea de todo lo que puedo mostrarte —respiró sobre su boca, dejando salir su aliento sobre la piel del espadachín lentamente, el rostro, hasta su cintura. Tenía aún las manos sobre las caderas del más joven y besó su abdomen al tiempo que retiraba la toalla que cubría su virilidad. Su firme, palpitante y caliente virilidad.
Se permitió una grata sonrisa al saber lo fácil que lo ponía así. Lamió la punta, degustando el líquido que ya había comenzado a escurrir, disfrutando su salado sabor. Miró las piernas del otro flaquear y una sonrisa maliciosa se dibujó en su cara. Volvió a lamer, en esta ocasión el extenso pedazo de carne, desde la base hasta la punta, donde se esmeró en ensañar la lengua para deleitarse con los gemidos incontrolables que comenzaba a emitir el otro con su ronca, sensual y varonil voz. Sujetó sus genitales con una mano, disfrutando de su suave laxitud mientras veía como sus rodillas flaqueaban, mientras lo escuchaba gemir su nombre una y otra vez entre jadeos.
Zoro se sujetó del marco de la puerta, aferrándose a la pared con una sola mano, para no caerse, al tiempo que mordía el dorso de su otra extremidad para que sus gemidos no se escucharan más allá de la habitación. Ese hombre disfrutaba volviéndolo loco—. Para... —gimoteó con desespero. Nunca había sentido que iba a perder el control, al menos no de la manera en la que lo sentía en aquel momento, pero su suplica llegó tarde, porque fue justo en ese momento cuando el astuto cirujano engulló completo su falo, obligándolo a usar ambas manos para sostenerse del umbral y no irse de espaldas al suelo. Un ronco jadeo se le escapó, haciendo eco en toda la habitación de manera bochornosa.
Law sonrió, en medio de la felación cuando escuchó su nombre. Aumentó el ritmo, succionando de vez en cuando la punta del falo de manera erótica y perversa, enloqueciendo a su amante, quien no dejaba de jadear su nombre junto con un montón de cosas incomprensibles. Acarició los testículos y con la saliva que se le escapaba comenzó a tantear la anhelada entrada de su opuesto.
Zoro no podía más con tanto placer. Aquel hombre lo había llevado hasta el cielo y le estaba haciendo tocar las estrellas, ya ni siquiera le importaba que pudieran escucharlo los demás, si el paraíso existía, Law lo estaba llevando ahí.
Sintió un dedo ajeno abrirse paso entre los pliegues de su intimidad y todo dentro de él estalló. Terminó tanto y con tanta fuerza que ya no fue capaz de sostenerse del umbral. Se fue de espaldas al suelo al tiempo que su semilla llenaba a su contrario, junto alguno que otro mueble. Golpeó la cabeza con el lavamanos mientras buscaba algo de que sostenerse. Se apoyó con uno de sus antebrazos mientras sujetaba su cabeza con la otra mano. Tenía la respiración hecha un lio, el corazón desbocado y el cuerpo temblándole por completo.
—¿Estas bien? —inquirió Law mientras limpiaba su rostro. Sonrió en cuanto el otro chico asintió con la cabeza. Lo miró en el suelo hecho un desastre de excitación, entre jadeos, respiraciones entrecortadas y el carmín de sus mejillas. Levantó una ceja de manera picara antes de chupar cada uno de sus dedos de forma seductora, degustando el blanco líquido que le había cubierto hasta el cabello. Zoro estaba rojo como un tomate—. ¿Aún crees que no hay nada que pueda enseñarte, Zoro-ya? —le preguntó mientras gateaba de manera cautivante hacía él.
El espadachín tragó saliva. Ahora sabía cómo se sentía una presa delante de un lobo... uno muy sensual—. Pues enséñame, entonces... —le respondió con una sonrisa retadora un semblante totalmente recompuesto, salvó por su agitada respiración.
El cirujano utilizo su habilidad para aparecerlos a ambos en la cama, esta vez sí se cercioró de ser él quien quedase arriba—. ¿Estás listo para esto?
Zoro le sonrió de medio lado, levantando el mentón—. Parloteas mucho —se burló—, y actúas poco.
Law le acarició el miembro erecto, que parecía nunca cansarse, haciendo que todo él se estremeciera de placer—. Oh, Zoro-ya... muero por cogerte... —el espadachín le miró de manera apremiante, pero el cirujano negó con la cabeza lentamente—. Tienes que pedírmelo —sentenció con una sonrisa burlona—, a mí y a mi "cara bonita".
El peliverde se mordió el labio inferior y apartó la mirada. Casi se había olvidado por completo de aquella conversación de no hacía más que un par de horas... casi—. Oblígame —le reto.
Law sonrió, cómo quien obtiene lo que quiere—. Haberlo dicho antes.
Zoro se estremeció al verlo bajar lentamente hacia su miembro, le dio un lengüetazo que lo hizo echar la cabeza atrás, pero no se detuvo ahí, no señor. Law quería más, Law lo quería todo. El ex shichibukai tomó las caderas del moreno, echándose las piernas a los hombros y se abrió paso con las manos, hundiendo el rostro entre sus carnes y acariciando con la lengua aquella zona tan erógena que tanto añoraba conocer.
El peliverde se retorció de placer, pero contrarió a lo que Law pensó no intento apartarse, más bien se ayudó de sus piernas para levantar aquella zona mejor, dejándole más maniobrabilidad. Zoro no parecía de los que se dejaban hacer aquello sin oponer resistencia... o al menos eso había supuesto Law en cada una de las fantasías que había elucubrado al respecto, pero realmente aquella falta de resistencia no le importaba mucho en esos momentos, lo único que quería era oírlo gemir su nombre con más y más fuerza, cómo lo había hecho gemir a él horas antes.
Zoro sentía aquel musculo juguetear con su entrada y no podía evitar desear más. Recordó la sensación de la punta de Law presionándolo y un espasmo lo hizo enloquecer—. Law... —lloriqueó con desesperación—, para ya... por favor...
Law sonrió, apartándose un momento—. ¿De verdad quieres que pare? —inquirió antes de recorrer aquella entrada con la punta de la lengua.
Zoro se retorció, desesperado—. Yo... —su cuerpo había dejado de temblar, se estaba tensando hasta el último musculo de su estructura.
La falta de respuesta afirmativa animo al ojigris a continuar. Usó ambas manos para abrirse paso en aquel ansiado recoveco de su intimidad, introduciendo las puntas de ambos dedos medios en su interior y hundiendo con más ahincó la lengua en su interior.
—Joder... Law...
Libero una de sus manos y rodeo sus caderas para envolver su firme, palpitante y suculento miembro que momentos atrás había tenido en la boca, masturbándolo.
Zoro llegó al límite de la cordura se retorció con desesperación mientras alcanzaba el orgasmo y gemía el nombre de su acompañante con fuerza y arrebato. Sí, realmente ya no le interesaba si acaso alguien pudiera orlo o no.
Law se apartó de él lentamente, recostándolo en la cama y observándolo atravesado por el placer. Estaba muy satisfecho con lo que había logrado, su compañero estaba cubierto con su propia semilla, jadeante, sonrojado y caliente. Gateó sobre él y se inclinó para lamer el semen de su rostro y morderle la oreja al tiempo que le susurraba de manera seductora—. ¿Quieres que termine la lección?
Zoro respingó en un jadeo y él bajo su mano hasta su virilidad, su gorda, dura y caliente virilidad. Se sentía hinchado de ego por ser capaz de tenerlo así, pero una parte de él no podía evitar ponerse alerta. «Esto no es normal.» Pero antes de que pudiera adentrarse mucho a sus pensamientos racionales el espadachín lo rodeó por el cuello en un posesivo abrazo que terminó en un beso apasionado.
Zoro aun jadeaba por el orgasmo, pero no podía aguantarlo más, lo necesitaba—. Law —gimió contra sus labios—. Law... follame...
El corazón del cirujano se disparó y sus ojos se abrieron incapaces de creer que realmente hubiese entendido bien aquello. Zanjó el beso y miró al desesperado espadachín con incredulidad—. Zoro-ya —tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para impedirle que lo besara otra vez—, algo no está bien...
Zoro levantó las caderas para que sus miembros se encontraran, haciendo gemir al ojigris, quien no había desfogado ni una vez aquella mañana y cuyo miembro estaba comenzando a doler—. ¿De verdad quieres oírme suplicar? —o soltó solo para llevar sus manos hasta las caderas de su amante y rodear su excitado falo con firmeza—. Quiero que me metas el pene —suplicó levantando las caderas y guiándolo el mismo hacía su entrada—. Follame.
En ese momento Law fue incapaz de seguir razonando nada. Tragó duro, inhaló hondo y comenzó a jadear ante el abrazo que las manos del peliverde le estaban propinando a su miembro, el cual llevaba bastante rato erguido y sin atención—. Pídelo otra vez —aquellas caricias habían bastado para quitarle la cordura.
Sus labios volvieron a encontrarse con fervor mientras el cirujano tomaba las piernas de Zoro y las echaba sobre sus hombros para poder levantarle las caderas con más facilidad.
El peliverde apartó las manos, echándolas a un costado, buscando de donde sujetarse—. Métemelo ya.
Su miembro se paseó un par de veces por entre aquellas nalgas antes de que la punta se acomodara en la entrada. Ver la desesperación en su contrario lo ponía a mil, estaba moviendo las caderas para ayudarlo a entrar, pero lo único que hacía era dificultarle la labor—. Deja de moverte —le ordenó, y para su sorpresa se quedó completamente quieto.
Empujó la punta, para asegurarse de no lastimarlo, y una vez que estuvo seguro lo penetró de una sola vez con una facilidad que lo desconcertó un poco. Zoro gimió con fuerza, echando la cabeza atrás. Aquello era incomodo y doloroso, arqueó la espalda y apretó los puños, aferrándose a las sábanas.
Law lo tomó de las caderas y comenzó a embestirlo con fuerza, haciendo que la penetración fuera más sencilla y profunda. Tragó saliva ante la erótica visión de Zoro retorciéndose debajo suyo, desesperado de placer. Mordió sus labios olvidándose de todas sus dudas y empujó toda su longitud al interior de su amante mientras lo escuchaba clamando su nombre con vehemencia y desesperación. Gemía una y otra vez por más... ¿más qué?... ¿más fuerte?... ¿más adentro? Law hizo ambas, embistiendo con vigor y entusiasmo, adentrándose hasta que sus testículos le recordaban que no podía ir más allá.
Zoro rodeó su propio miembro cuando sintió que su cuerpo estaba llegando al límite, si no terminaba iba a volverse loco. Comenzó a jalar... a masturbarse, mientras repetía una y otra vez el nombre Law...
"—Así Law, así..."
"—Métemelo más..."
"—No te detengas..."
El aludido apretó la mandíbula en un último intento por contenerse un poco más, y no fue hasta que escucho a Zoro gritar su nombre y sintió como la contracción de sus músculos lo presionaba de manera exquisita hasta que él mismo se dejó llevar por su propio orgasmo con un gemido ronco y gutural.
Entre jadeos incontenibles por sus agitadas respiraciones, Law se apartó para echarse junto él en la cama. Aquello había sido tan intenso que estaba quedándose dormido, pero esa parte de él que no podía evitar pensar lo obligó a mirar el miembro del espadachín una vez más. Observó aquel rendido aparato y se percató de que su compañero ya se había dormido. Sonrió satisfecho. Sus preocupaciones habían estado de más. Finalmente se abandonó sobre la almohada y se dejó abrazar por el dulce manto de los sueños.
Temprano en la mañana Bepo había despertado a toda la tripulación, propia e invitada, y los obligó a entrar al submarino para poder zarpar. La mayoría aun iban bostezando, pero luego de las tétricas historias de la arqueóloga de los mugiwara, les daba gusto saber que al fin se irían y dejarían aquellas aterradoras islas atrás.
Usopp estiró los brazos mientras bostezaba—. Es agradable poder dejar esto atrás.
Shachi y Pengüin lo alcanzaron, también bostezando—. Vaya que si —dijo el primero con alegría—, espero que no tengamos que volver jamás.
El otro sacudió el cuello hasta hacerlo tronar—. Ni a esta ni a sus islas vecinas.
Aquel trio se abrazó en un vitoreo mientras se adentraban en el submarino con la puerta cerrándose tras de sí.
Franky se frotó los ojos mientras atravesaba aquel umbral—. ¿Qué haces despierta, mujer?
La arqueóloga se volvió a mirarlo y le dedicó una dulce sonrisa antes de concentrarse en lo que hacía—. Recogí un par de animales de la isla —le informó mientras llevaba un pequeño conejo entre sus manos y lo colocaba en una jaula común junto a otro, donde le dio a comer un poco de lechuga que seguramente había sacado de la despensa.
El cyborg rascó su nuca sin entender muy bien nada—. ¿Extrañas a Chopper?
La mujer rio ante la peculiar pregunta—. Si —confesó—, pero nada tiene que ver.
Franky enarcó una ceja mientras la arqueóloga le hacía una seña para que la siguiera al otro lado de la habitación, donde tenía a otro conejo en una jaula especial con un manojo de lechuga sin tocar en un lado de la jaula y las curiosas flores que había recogido del otro lado de esta, aunque separadas por unos pequeños barrotes era seguro que el aroma de las flores impregnaba la jaula—. Llevas mucho tiempo despierta, ¿verdad?
Ella rio—. Un poco.
—¿Por qué este conejo no ha comido? —inquirió al fin, preguntando lo que sabía que ella esperaba que preguntara.
—No estoy segura —respondió, no muy feliz—. Desde que está ahí no hace otro caso más que acicalarse y no entiendo por qué.
Franky se sujetó el mentón mientras observaba al animal con curiosidad—. Más bien parece que se estuviera masturbando.
La arqueóloga se inclinó para observarlo a detalle—. Tienes razón —corroboró sorprendida—. Esa planta parece tener una especie de efecto afrodisiaco.
Franky resopló, irguiéndose—. Qué súper haberla encontrado —miró a la mujer de reojo—, ¿no crees?
Pero la mujer permaneció con un semblante serio—. No digas tonterías —le regañó—, no tenemos idea de los efectos colaterales que pueda provocar —el hombre resopló decepcionado y ella le dio un codazo y le sonrió de manera picara—. No me digas que ya necesitas ayuda.
Jean Bart se había aburrido de estar deprimido afuera, así que para animarse un poco se dirigió al gimnasio del submarino para hacer algo de ejercicio y concentrarse en otras cosas. Acababa de entrar a la nave y el sol apenas había despuntado, aquella no era una hora en la que hubiera alguien más ahí, de manera que le sorprendió bastanteaste encontrarse con el espadachín de los mugiwara—. Es muy temprano para estar haciendo ejercicio, ¿no te parece?
Zoro no se molestó en desviar la mirada—. Yo podría decirte lo mismo.
El gigante rio fuerte mientras se sujetaba la nuca—. Tienes razón —luego de eso caminó hacia donde estaban Zoro y las pesas gigantes. Se sentó en un enorme taburete cerca del peliverde y comenzó a hacer series con las enormes pesas como si fueran mancuernillas.
Zoro se quedó quieto para observarlo, le fue imposible que alguien de semejante volumen pasara desapercibido junto a él.
Jean se percató, luego de un rato, que el muchacho se había quedado ensimismado de manera extraña, dejó una de las pesas en el suelo y le empujó un hombro con el dedo índice—. Oye muchacho, ¿estás bien? —El peliverde dio un salto atrás y sujeto su hombro como si aquel contacto le hubiera quemado, desconcertando aún más al gigante—. Chico... —trató de tocarlo de nuevo, pero este lo evadió con una expresión completamente desconcertada en el rostro y antes de que nada más pasara echo a correr fuera del gimnasio.
El desconcertado gigante se alzó de hombros sin evitar pensar que aquellos piratas del mugiwara eran sumamente extraños.
Zoro entró a su habitación a gran velocidad y cerró la puerta de golpe, atrancándola también con una silla. Poco le importo saber cómo es que no se había perdido ni una sola vez en aquel trayecto. Corrió con tanta fuerza que estaba hiperventilando demasiado... eso y el pánico que lo había invadido al descubrir sus propios pensamientos.
Por alguna razón que no comprendía se había quedado mirando al gigante comenzar sus ejercicios, al principio simplemente le había dado curiosidad la facilidad con la usaba las pesas de aquel modo, pero lentamente comenzó a observar cómo apoyaba sus antebrazos en sus rodillas, y no pudo evitar preguntarse cómo podía mantenerlas en tan buen estado físico. Todo parecía normal en ese punto, hasta que su mirada había comenzado a recorrer aquellas piernas hasta la ingle, dónde el enorme bulto lo había hecho lamerse los labios, dónde sus morbosos pensamientos se habían preguntado si erguido seria del mismo tamaño de él y se había imaginado a si mismo abrazado a aquel enorme falo, lamiendo la cabeza y degustando los trasparentes líquidos que salieran de él—. ¿¡Que mierda está pasándome!? —renegó con frustración mientras se sentaba en cuclillas contra la pared, consiente de la potente erección que tenía y de la descabellada idea que atravesaba su mente preguntándole si un falo de ese volumen lo partiría en dos o no.
"Temprano en la mañana lo había despertado el ruido de su acompañante buscando su ropa—. No puedo creer que ya te hayas levantado, Zoro-ya.
El aludido lo miró de reojo, luego se sentó para poder ajustarse las botas—. Quiero ir al gimnasio.
Law apoyó la cabeza en un brazo sentándose de lado—. Te tomas eso de ser el mejor demasiado en serio.
—Le hice una promesa a alguien —se limitó en responder al ponerse de pie.
Law le sujeto una mano, deteniéndolo y haciéndolo mirarle—. Pensé que habrías acabado agotado.
El arrogante espadachín le sonrió—. Quieres ver cuanta energía me queda..."
Pero todo había acabado en eso. El peliverde había sacudido la cabeza para espabilar y se había marchado con la promesa de continuar aquello esa noche, promesa que tenía al capitán de los Heart con una enorme sonrisa dibujada en el rostro, una sonrisa que no pasó inadvertida para nadie en aquella nave, especialmente cuando entró en el comedor.
Bepo se hizo a un lado para que se sentara, pero el ojigris recorría las mesas con la mirada, buscando algo—. ¿Está todo bien, capitán?
El aludido sonrió a su amigo antes de sentarse junto a él—. De maravilla, Bepo —«Zoro-ya no está.»
El oso le miró fijamente lo suficiente para obtener su atención. Law enarcó una ceja—. Se le ve diferente —comentó el polar antes de engullir un par de pescados fritos.
La ceja de Law se enarcó otro poco—. ¿Diferente?
Bepo tragó antes de hablar—. Feliz —aclaró con obviedad.
El capitán enarcó una ceja con suspicacia—. ¿Me estás diciendo amargado?
—Más bien serio —confirmó el navegante.
Law resopló sorprendido. No sabía si reírse o molestarse—. Gracias por lo que me toca —soltó al cabo de unos minutos.
—No lo tome a mal capitán —Jean se unió a la charla, después de todo se encontraban en la misma mesa—, pero no es normal mirarle... —no supo cómo concluir aquello.
—¿Mirarme qué? —al ojigris estaba empezando a írsele el buen humor por el caño.
—¡Una sonrisa tan radiante! —enfatizó Shachi casi de un salto.
Law iba a enfadarse, incluso lo pensó, pensó en levantarse indignado y armarles una buena bronca por estarse burlando de él aquella mañana, pero simplemente no pudo. La idea de tener una radiante sonrisa lo hizo pensar en la causa, y la causa lo hizo volver a sonreír, así, de repente, delante de todos, cómo idiota. Una carcajada general acompañó aquella sonrisa, a lo que el ojiris respondió con una "amable" seña utilizando el dedo medio.
Le habría gustado enfadarse con todos, pero no recordaba haber estado tan feliz antes. La sola idea de volver a revivir una apasionada noche junto a Zoro disipaba cualquier sentimiento negativo de su cuerpo...
—Sera amor...
La voz del cyborg de los mugiwara lo sobresalto, sin embargo, recuperó la calma al darse cuenta que no hablaba con él, sino con la arqueóloga, con quien iba entrando al comedor.
—No creo que sea eso —sentenció la mujer—, más bien parece un desequilibrio hormonal —estaban demasiado absortos en su conversación cómo para darse cuenta de lo que el resto hacia—. Incluso si propiciara el "enamoramiento", la reacción no sería la misma.
—¡Hey! —Usopp les saludó mientras se sentaban a desayunar—. ¿A dónde se fueron anoche? —Cuestionó con un acento pícaro—, se desaparecieron de repente.
—No fuimos los únicos —respondió la morena con una dulce sonrisa—, ¿Verdad, Law?
El ojigris carraspeó, fingiendo demencia pese a que todos en aquella mesa habían puesto su atención en él—. ¿Quién tiene un desequilibrio hormonal? —cambió el tema.
—Un pobre conejo con el que Robin decidió experimentar —respondió el cyborg mientras se sentaban uno junto al otro.
—Es algo inocente —se defendió ella.
Law frunció el ceño, preocupado—. Con la fama de esta isla, lo dudo.
Franky negó con la cabeza, desaprobando la sonrisa de la morena—. Esto será muy divertido hasta que a alguno le explote la cabeza.
—¿De qué están hablando? —inquirió Pengüin con curiosidad y preocupación.
—Cuando recolectamos animales me quede con tres pequeños conejos para mí —respondió ella.
—¿Y eso para qué?
—¿Tiene que ver con la muestra que tomaste?
La mujer se entusiasmó de que alguien recordara aquello y les explicó su experimento llena de emoción, explicándole desde el estado de aquel arbusto hasta el extraño comportamiento que estaba teniendo el pequeño animal. Todos comían y escuchaban con mucha atención. Algunos sugirieron usar aquella hierba como afrodisiaco, pero la morena descarto aquella idea al explicarle que la pequeña criatura únicamente había sido expuesta a su aroma y que desconocía lo efectos que aquello pudiera tener si se adentraba en el torrente sanguíneo—. Podría incluso provocar locura.
Usopp se estremeció—. Siento pena por el pobre animal que cayó sobre ella.
—¿De qué hablas? —inquirió el capitán de los Heart.
—El arbusto estaba destrozado, cómo si algún animal hubiese caído encima suyo por accidente.
—Sea lo que haya sido, seguramente ya está muerto —sentenció el ojeroso cirujano, bebiendo de su café.
—Eso lo veremos pronto —sonrió la arqueóloga con una malicia aterradora.
Franky suspiro—. Lo hiciste —obvio.
Ella se alzó de hombros como quien ha hecho una insignificante travesura.
Usopp tragó saliva—. ¿Qué hizo?
—Rasguño a uno de los pobres animales con las ramas.
Law se levantó de la mesa en silencio. Aunque le daba un poco de curiosidad médica aquello estaba más preocupado por el hecho de que Zoro no había llegado a desayunar.
—¿Pasa algo Law?
Él negó con la cabeza a la morena, haciéndole señas para que no se preocupara y continuara con su tétrica conversación. Caminó en silencio por los pasillos del submarino hasta la habitación en la que el peliverde solía dormir con el resto de su tripulación. Estaba vacía. Fue al gimnasio esperando encontrarlo ahí, pero tampoco estaba.
Cansado de merodear sin éxito hizo un enorme Room que rodeo todo el barco para detectar al peliverde. Una vez ubicado se intercambió a si mismo con un mueble.
Miró a su alrededor completamente intrigado. Estaba en su camarote. En el piso de la habitación estaba la ropa de Zoro echa un lio, pero el recordaba que Zoro se había puesto toda su ropa antes de irse rumbo al gimnasio. Al mirar a su derredor se dio cuenta que la puerta estaba atracada con varios muebles, impidiendo de este modo que alguien pudiera entrar en ella—. Zoro-ya... ¿estás aquí? —no hubo respuesta, pero si un ruido proveniente de su baño—. Zoro-ya... —volvió a llamarlo mientras abría la puerta y sujetaba su espada con la otra mano.
Por un segundo temió que algún polizonte se hubiera infiltrado en su submarino y que el peliverde estuviera en peligro, o peor aún, a Zoro en alguna situación peligrosa, pero contrario a eso se encontró con el peliverde sumergido en la bañera, repleta de agua fría.
El primer oficial del mugiwara salió del agua para poder inhalar un poco de aire, y fue en aquel momento que se percató de la presencia de Law. Aquello lo enfado, estaba tan mal que su capacidad de reconocer la presencia ajena se estaba viendo mermado, sin embargo, mirar al ojigris ahí no le desagradaba en absoluto—. Law... —gimoteó aquel nombre al ponerse de pie. Estaba completamente desnudo, con su bronceada y húmeda piel repleta de gotas de agua que invitaban a cualquiera a recorrerle con la lengua.
El capitán de los Heart se relamió los labios al mirarlo, especialmente al contemplar la firme erección que tenía entre las piernas—. Pensé que esperaríamos hasta esta noche —se burló un poco. Quería llevar aquello con calma, pues por alguna razón estaba esperando que 'eso' que tenía con Zoro no fuera algo simplemente sexual.
Zoro caminó hasta él con paso firme, sujetándole de los hombros y llevándolo contra la pared—. No puedo esperar —respondió en un jadeo antes de besarlo con fiereza.
Law se dejó atrapar por aquellos brazos y entreabrió los labios para que la desesperada lengua de su contrario pudiera fundirse con la suya. Podía sentir su desesperación, de manera que su propio cuerpo comenzó a ponerse a punto. Las manos de su opuesto lo recorrían vehementemente, desasiéndose de forma ágil de las prendas de ropa que iban estorbándole en el camino, accediendo a su piel, calentando su cuerpo, haciéndolo gemir descontrolado. Pronto se encontró desnudo de la cintura para arriba mientras el hombre sobre él besaba, mordía y marcaba cada musculo desde su cuello hasta su cintura, haciéndolo estremecerse—. Oh... Zoro-ya... —gimió cuando sintió como desabrochaba su pantalón.
El peliverde bajó de un jalón toda su ropa, dejándolo completamente desnudo delante de sus narices, quedándole el rostro a la altura del pene erecto y palpitante de su amante. Lamió sus labios al verlo, salivando con deseo ante lo que venía a continuación. Abrió la boca en un jadeo y estiró la lengua, rozando la punta y contemplando al otro estremecerse. Sonrió. Bajó un poco más, quedando a la altura de los testículos, los cuales lamió y metió en su boca jugueteando con ellos con ayuda de su lengua. Solo libero aquellas excitantes nueces para recorrer el miembro de su amante desde la base hasta la punta, una y otra vez hasta que el líquido preseminal comenzó a salir. Saboreó aquel néctar y jugueteó con la cabeza el tiempo suficiente para sentir como el ojigris se apoyaba contra la pared para no resbalar.
Law se retorció mientras apoyaba su cuerpo contra la pared para no terminar en el suelo como le había pasado a su compañero aquella mañana, especialmente cuando este engulló su miembro por completo, envolviéndolo con su boca y masajeándole con la lengua el frenillo haciendo que la cabeza comenzara a darle vueltas por el placer. Jamás había sentido algo así. Zoro estaba masajeando su escroto mientas se la mamaba como nunca nadie lo había hecho. Uno se los dedos del peliverde se acercó a su entrada, pero solo lo suficiente para hacerlo anhelar el contacto.
Cuando aquella felación lo hizo correrse, el placer se multiplico por mil al sentir como el otro hombre succionaba hasta la última gota de su esperma, tragándolo todo. Era una sensación extraña y placentera que nacía desde sus testículos hasta la punta de virilidad.
De alguna manera que no comprendía había conseguido mantenerse en pie durante toda la mamada, pero luego de aquello sus extremidades inferiores no podrían sostenerlo más. Sintió como se resbalaba hasta el suelo, pero Zoro se puso en pie, lo jalo del brazo derecho y lo tomo en sus brazos, besándolo.
El espadachín lo llevó a la cama, recostándolo con suavidad, inclinándose hasta su oído, besándolo, dejando escapar su aliento caliente muy cerca de su cuello y acarició su rostro con suavidad—. Sólo quiero hacerlo contigo —murmuró antes de besarlo una vez, con dulzura.
El medico lo abrazo del cuello al mismo tiempo que lo atrapaba entre sus piernas y las enredaba en su cintura, atrayéndolo cadenciosamente hasta sus más íntimos segmentos—. Y qué esperas... —gimió contra sus labios.
El peliverde no necesito nada más, se abrió paso entre los pliegues de su cuerpo de manera lenta, bastante contraria a la locura apremiante con la que aquel acto había comenzado. Suavemente se introdujo hasta el fondo de su amante y comenzó el acompasado vaivén de sus caderas, disfrutando cada cadencioso sonido que se escapa de los ardientes labios de su contrario.
Se levantó de la cama con él en brazos, sin abandonar su interior, profundizando su íntima invasión.
Law se aferró a él, cerró los ojos y se dejó hacer mientras su cuerpo se estremecía y su mente racional lo abandonaba. Estar con Zoro era suficiente para hacerle sentir que ya no necesitaba más nada.
Había pasado casi una semana desde que habían dejado aquella aterradora isla, y aunque nadie en el submarino dijera absolutamente nada, todos estaban enterados de los encuentros sexuales que su capitán y el primer oficial de los "mugiwara" tenían por todo el lugar... a toda hora.
Law andaba de tan buen humor que no parecía ser la misma persona. Sonreía con todos, se unía a sus bromas, y aunque no pasaba por alto los problemas, era mil veces más comprensivo y considerado que en otras circunstancias.
La gran mayoría estaban encantados con aquel cambio, algunos incluso se preguntaban porque no le habían buscado un novio antes para que tuviera con quien desfogar. ¿Quién pensaría que parte de su mal genio era la falta de sexo?
Por otro lado, no todos veían aquel intercambio sexual como algo bueno. Quizá era maravilloso para Law como la gran mayoría no paraban de pensar, pero quizá no lo era para todos.
—Oye, Law —el moreno de cabello rizado estaba sentado fuera del submarino, donde más de uno habían ido a tomar aire y un poco de sol. El capitán de los Heart lo observó de reojo—, ¿Zoro está enfermo?
—¿Enfermo? —repitió el ojigris confundido. Había pasado una noche demasiado vigorosa con él como para suponer que podría estar enfermo.
—También me lo preguntaba —se incorporó a la conversación la morena—, últimamente no sale mucho de la habitación.
Law no puedo evitar ruborizarse un poco—. Bueno, enfermo no está.
—Siempre fue huraño, pero ahora se está aislando totalmente —añadió Franky—. Hace dos días que no come con nosotros.
Law analizó aquella información en silencio. La verdad no se había detenido a pensar en aquello, pero ciertamente pasaban más tiempo en la habitación que fuera de ella, de hecho, el peliverde le había sugerido comer en la habitación los últimos días... le había pedido que llevara algunas pesas a la habitación para ejercitarse, y debido a que le encantaba lo sexy que se veía haciendo ejercicios no se había detenido a pensar en el hecho que estaba comenzando a aislarse de los demás—. Yo... —respondió con el ceño fruncido y un dejo de duda en su voz—, no lo había notado —intentó sonar seguro, pero desde que aquel romance con el peliverde comenzó había tenido la sensación de que algo estaba mal.
El tirador de los mugiwara suspiró y comenzó a hacer comentarios sugerentes acerca del tipo de relación que el ojigris y el peliverde tenían. La mayoría de los presentes reían, algunos bajito y otros con ganas, pero Law estaba absorto en sí mismo como para prestarle atención.
—Robin-ya... —la morena lo miró—, podemos hablar en privado —ella asintió, de modo que Law los desapareció a ambos de aquel lugar, dejando en su lugar un par de taburetes.
La tripulación de los Heart rió—. Ten cuidado Usopp —dijo Shachi entre carcajadas—, parece que el capitán piensa ligar con todos los mugis que trajo.
El aludido se estremeció con fuerte "Ew", logrando que todos rieran más fuerte; excepto Franky, claro, a quién aquel chiste no le hizo la menor gracia.
—Zoro-ya no está bien —soltó en cuanto estuvieron solos. Robin lo miró con seriedad, como si ya supiera a que se refería—. Siempre quiere estar haciéndolo —se mordió el labio inferior, pues se sentía culpable de no haberse querido dar cuenta de aquello antes.
—Igual que mis pequeños animales —asintió ella con demasiada obviedad.
—Cuando regreso de su expedición por la isla traía rasguños —explicó—. Era insignificantes así que no les di mayor importancia...
—Además esa noche tenías cosas mucho más interesantes en las cuales fijarte —sonrió ella de forma sugerente.
Law carraspeó un par de veces tratando de evitar el rubor y de concentrarse—. El punto es que creo que esta envenenado.
—Eso es algo muy grave —dijo ella mientras sujetaba su mentón y meditaba aquello.
—Lo sé. Necesito que me prestes al animal al que rasguñaste con las ramas de aquella planta para analizarlo y buscar algún antídoto para Zoro-ya...
—No puedo hacer eso.
—Robin-ya esto no es un juego tétrico, Zoro-ya es tu nakama...
—Lo entiendo perfectamente Law, pero no puedo ayudarte.
—Pero...
—El conejo murió.
Law era un hombre extremadamente metódico, serio y centrado... la mayor parte del tiempo claro está. Seguramente si su mente hubiera estado como siempre hubiera usado su chambles para aparecer en su camarote junto al espadachín de los mugiwara, no obstante, se encontraba corriendo a toda prisa por los pasillos del submarino.
Cuando llegó a su destino abrió la puerta de golpe, sobresaltando al espadachín, quien estaba tocándose—. ¿Por qué entras así? —gruño al tiempo que se subía los pantalones.
—Zoro-ya... —Law estaba demasiado agitado como para hilar una frase de manera coherente—, tú no... —se dio cuenta que estaba masturbándose—, esto no... —pero no era capaz de decirlo sin sentir que había estado aprovechándose de él.
El peliverde lo miró con suspicacia—. ¿Qué rayos te pasa?
—Estás enfermo —soltó finalmente con un suspiro.
— ¿Qué?
— Lo que está pasando entre nosotros no es normal —intentó explicar.
— ¿Normal?
El doctor se mordió el labio inferior—. El sexo —aclaró con pesar—. No es normal que quieras hacerlo conmigo todo el tiempo —su corazón latía con un peso que hacía que le doliera el pecho—. Estás enfermo.
— ¿Estoy enfermo? —repitió el espadachín.
— Lo lamento, Zoro-ya. — «Debí darme cuenta.» Pero esto último no lo pudo decir, la culpa no lo dejaba—. Voy a buscar una manera de curarte...
—Ahórratelo —el aludido había recogido sus katanas y estaba poniéndose las botas.
El ojigris lo miró confundido—. Zoro-ya no estás entendiendo... —sujetó su hombro para detenerlo cuando paso junto a él.
—Claro que estoy entendiendo Law —lo apartó de un golpe—. Crees que esto ha sido un error y estás portándote como un idiota.
—No Zoro-ya, no es así... —intentó sujetarlo de nuevo, al parecer el peliverde había entendido todo lo que le había dicho de una pésima manera.
— ¡No me toques! —lo empujó con fuerza tirándolo a la cama.
— ¡Debes escucharme! —Gritó al tiempo que se ponía de pie—. Me he estado aprovechando de ti —dijo finalmente, muy a su pesar, aunque sentía que se lo merecía, el puñetazo que Zoro le soltó en la cara le cayó completamente por sorpresa.
—Cierra la puta boca —le dijo entre dientes—. Si querías terminar con esto solo tenías que decirlo, no era necesario portarte como un imbécil.
Dicho aquello abandonó la habitación, cerrando de un portazo.
Law se sujetó la adolorida mandíbula—. Mierda —en ningún momento pensó que las cosas pudieran acabar de aquel modo, pero quizá lo mejor era dejar que Robin-ya le explicará lo que estaba sucediendo.
Zoro entró a la habitación que compartía con sus nakama y arrojó sus cosas contra en suelo mientras vociferaba maldiciones.
Usopp estaba armando uno de sus experimentos con ayuda de Franky, pero tras la llegada del espadachín continuar aquella tarea les resulto imposible.
— ¿Estás bien? —inquirió el cyborg, tratando de ir con tiento.
— ¡Law es un gran hijo de puta! —gruñó al tiempo que se dejaba caer en un pequeño sofá que estaba en uno de los rincones de la habitación.
Usopp resopló sorprendido dejando oír un leve silbido—. No pensé que Shachi estuviera hablando en serio.
—Hey, no bromees con eso —le reprendió el carpintero dándole un empujón.
—Bueno, no puedo evitar pensarlo ahora que llega Zoro molesto —el tirador continuó armando aquel aparato extraño que tenía entre manos.
El espadachín se incorporó—. ¿Pensar qué?
—No es nada —le aseguró el peliazul, intentando cambiar aquel molesto tema—, sólo una tontería.
—Tontería o no, es muy sospechoso —insistió el de la peculiar nariz.
— ¿Qué cosa? —insistió Zoro, a quien comenzaban a crispársele los nervios.
Franky se masajeó el hombro—. Law se desapareció con Robin esta mañana —le informó—, dijo que necesitaba hablar con ella.
Zoro enarcó una ceja sin comprender aquello.
—Luego Shachi dijo que quería ligarnos a todos y que tuviéramos cuidado.
El espadachín parpadeó varias veces mientras miraba a Franky, quien negó con la cabeza.
—Sólo son bromas entre camaradas —intentó sonar tranquilizador—, nada que deba preocuparnos.
El peliverde torció el gesto mientras analizaba lo que el ojigris le había dicho, "estás enfermo." Ciertamente, si buscaba tener algo con una mujer decir que había caído por lástima hacia alguien que consideraba enfermo seguro era más fácil de explicar que todo lo demás... aunque Robin era de mente bastante abierta... suspiró... «Bueno, nada dura para siempre, ¿cierto?» Llorar no era su estilo, y si las cosas debían acabar así no había más nada que hacer—. ¿Qué hacen? —preguntó finalmente, tratando de olvidarse de todo lo demás, aunque la verdad es que no podría hacer tal cosa tan fácilmente.
Usopp y Franky comenzaron a explicarle el funcionamiento de aquel aparato con alegría. Era para crear fuegos artificiales en lugares cerrados sin riesgo de incendios. El mecanismo principal era una pistola de bengala, pero Usopp era muy ingenioso y había logrado añadirle, gracias a franky, algunos accesorios a medida para poder controlar la potencia del disparo en base al tamaño de la habitación. Era algo bastante ingenioso, y sus nakama se lo explicaban con tanto entusiasmo que casi no desvió la atención a sus labios, músculos... o la peculiar nariz de Usopp que fácilmente podría... sacudió la cabeza y echó un salto hacia atrás, aterrorizado.
Franky frunció el ceño, confundido—. ¿Estás bien? —Preguntó al tiempo que le sujetaba de un hombro—. Estás hirviendo...
El cuerpo del peliverde se estremeció mientras luchaba, inútilmente, para que no despertara su falo. Tragó saliva al imaginar como el cyborg lo tomaba con sus fuertes brazos mientras el tirador se colocaba entre sus piernas, acercándole aquella nariz a...
— ¡Maldita sea!
Zoro salió de la habitación como alma que lleva el diablo, dejando a sus nakama desconcertados y preocupados, preguntándose qué mierda acababa de pasar ahí.
Law suspiró con pesadez luego de ordenar su camarote, tras deshacerse de todas las cosas que había llevado ahí para el peliverde. Quizás si no se hubiera sentido culpable habría podido explicarle al espadachín todo de una manera menos confusa... seguramente pensaba lo peor de él en aquel momento...
La puerta se abrió de golpe sobresaltando al capitán de aquel submarino—. ¿Pero qué...? —contuvo sus palabras y su respiración al ver que la persona que acababa de encerrarse con él en su recamara era el espadachín—. Zoro-ya...
El aludido estaba respirando con dificultad, pero cuando logró tranquilizarse un poco atravesó la habitación, tomó al ojigris del cuello de la camisa y lo beso con vehemencia, para sorpresa y desconcierto del mayor.
Zoro comenzó a arrancarle la ropa, besándolo, tocándolo, erizándole la piel... sí aquello continuaba iba a perder la cordura—. Zoro-ya... esto no... —el roce de aquellas manos le quemaba, encendiéndole todos los sentidos... pero... «Zoro-ya está enfermo.»
—Te necesito Law... —susurró contra sus labios—, sólo quiero hacerlo contigo...
—Zoro-ya... —gimoteó cuando el peliverde le mordió la cadera mientras le bajaba los pantalones.
—Te necesito —volvió a decir, soltando su cálido aliento sobre el miembro erecto del doctor.
Law sabía que si dejaba que aquello continuara iba a perder la cabeza—. Zoro-ya... debes parar... —tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para sujetarlo de los hombros e impedirle que comenzará a chupársela—, esto no está bien...
—Law... —lloriqueó con desesperación—, no me hagas rogarte...
—Zoro-ya... —le dolía verlo así—, debes entender... —no quería herirlo, no quería aprovecharse de él. Tenía que curarlo.
—Sólo quiero hacerlo contigo... —volvió a decir, con desesperación.
—Zoro-ya...
—Law... —se mordió los labios. No quería rogarle, no después de que lo hubiera llamado enfermo, no después de que lo había tratado como apestado, no después de haberse ido con tanta dignidad tan solo un par de horas antes. No quería humillarse, pero... su cuerpo lo estaba matando...— por favor... —rogó con gran esfuerzo— cógeme tú si quieres, pero hazlo conmigo.
El ojigris cerró los ojos y se maldijo en silencio al verse incapaz de contenerse ante él, pero era simplemente que el espadachín de mugiwara lo desbarataba. Lo apartó despacio mientras se incorporaba, sentándose en la orilla de la cama.
El peliverde apartó la mirada, humillado, dispuesto a irse, abandonar aquella habitación y perderse a la suerte que su cuerpo le clamará, pero el mayor le sujeto de las muñecas haciendo que lo mirará. Sus ojos estaban cargados de una intensidad desconocida, y antes siquiera de pensar en que era aquella mirada, o que estaba sucediéndole en realidad, se dejó atraer por aquel tatuado cuerpo que lo envolvió en un abrazo antes de fundirse con él en un beso ávido que calmó por un instante todo el calor que lo quemaba.
Law acarició sus cortos cabellos, y luego palpó su frente con escrutinio y preocupación. Le había ayudado a correrse más de seis veces antes que la fatiga lo venciera y cayera rendido en su cama. No había querido aprovecharse de él. ¡No más! No después de haber sentido que algo no estaba bien con él durante las últimas semanas, y aun así no haber hecho absolutamente nada al respecto, nada además de disfrutar de su cuerpo, de aprovecharse de su estado. Apretó la mandíbula con frustración. Regresar a aquel archipiélago era la única forma de conseguir una cura real para aquello que lo afligía, pero cuánto tiempo les tomaría aquello.
Poner en riesgo la misión no parecía una salida viable en aquel momento, pero llegar a wano sin Zoro-ya no era una opción.
Suspiró.
Lo acarició una vez más y antes de seguir dándole vueltas al asunto se transportó, junto al espadachín, a su laboratorio. Puso a Zoro sobre una mesa de observaciones, así desnudo como se encontraba, y lo inmovilizo. Los grilletes eran de kauroseki, y aquel él no era un usuario, era un material lo suficientemente resistente para retenerlo por un tiempo.
Antes de dejar la habitación le cubrió la cintura.
—¿Qué vas a hacer?
Miró a la mujer, quien lo esperaba afuera de aquella habitación con los brazos cruzados—. Dijiste que tenías tres animales de prueba, pero solo mencionaste la muerte de uno de ellos —ella asintió con la cabeza—. Tráelos, los examinare para descartar causas congénitas.
—No es necesario —lo interrumpió—. Solo murió al que deje aislado.
Aquella tarde habían pasado solo un par de horas cuando Zoro finalmente había abierto los ojos, y evidentemente estalló al darse cuenta de su posición—. ¿¡Pero qué mierda...!?
Law suspiró mientras lo escuchaba retorcerse y jalar con fuerza de aquellos grilletes, haciendo temblar el submarino—. Tómatelo con calma, Zoro-ya.
El aludido volvió su mirada hacia él—. ¿¡Esto es una especie de juego pervertido!? —inquirió, y aunque quiso sonar molesto la verdad era que encontrarse en aquella desventajada posición lo ponía sumamente cachondo, y su erecta virilidad lo delataba.
El de los ojos grises no pudo evitar preguntarse qué podía ser lo que había cruzado la mente de Zoro al hacer aquella pregunta. Apretó la mandíbula y tragó, en un vano intento de mantener su propia compostura—. ¿Sufriste algún accidente mientras explorabas la isla? —cuestionó con toda la calma que pudo aparentar, mientras caminaba alrededor de aquella mesa, observando su viril desnudez.
Enarcó una ceja, confundido por aquella pregunta, pero recapitulo lo sucedido aquel día—. Caí sobre unos arbustos mientras cazaba un jabalí —explicó, no creyendo que aquello pudiera ser relevante, pero fuese lo fuera que Law estuviera planeando tenía pensado seguirle el juego hasta las últimas.
Suspiró—. Eres víctima de una severa intoxicación, Zoro-ya —se detuvo a la altura de su rostro y lo acarició con suavidad. Su mirada estaba apagada, casi melancólica—. Quisiera decirte que no me di cuenta antes, pero la verdad es que no quise hacerlo.
—¿De qué estas hablando? —pese a que el contacto del cirujano lo había hecho estremecer de pies a cabeza, mantuvo la compostura para seguir el hilo de aquella conversación.
—No estoy seguro de como funciona este veneno, pero ha provocado en ti un estado parecido al celo.
—¿Qué?
—Es por eso por lo que estas tan receptivo —añadió con un tono entre triste e irónico—, es por eso que me has estado buscando las últimas semanas.
—¿Qué se supone que soy entonces —inquirió con tono burlón—, tu perra?
Suspiró. «O yo la tuya»—. No dije eso —quiso sonreír, pero lo único que se formó en su cara fue una mueca indescifrable para el otro —. Aun no descifró qué es, pero hay algo en mí que te atrae, y quizás, si averiguo lo que es, pueda curarte.
Zoro apartó la mirada de él, sonrojado. Law supuso que debido a lo que acababa de explicarle, no se le ocurrió otra razón para que se sintiera avergonzado—. ¿Y me vas a tener aquí atado, mientras haces qué?
La mirada expectante del menor hizo que se sonrojara—. No pienso aprovecharme de ti, si es lo que crees —había tenido un par de horas para meditar su siguiente movimiento, así que estaba más que preparado en aquella ocasión—. Soy doctor, después de todo.
Aquella mañana Nico Robin le había entregado los especímenes que había estado observando. No le sorprendió que se trataran de una hembra y macho, tampoco le sorprendió mucho que fuera la hembra quien se encontrara infectada con aquella planta. También se llevó los restos de esta que la arqueóloga aún conservaba.
—Supongo que ya lo dedujiste —le dijo ella mientras salían del improvisado laboratorio que le habían prestado los piratas Heart—, pero por lo que entiendo provoca un estado permanente de celo.
Law observó los pequeños animales, los cuales estaban en una calma que la mujer señalo inusual—. Parece que el efecto de la planta terminó.
—Eso o, como cualquier celo, se detuvo en cuanto la hembra se preñó.
La insinuación de la mujer era lógica, pero poco alentadora para la situación de su nakama. Apretó los labios en una línea antes de suspirar—. Tendré que hacer pruebas, pero —mordió su labio inferior, presa de la desesperación y la frustración—, si ese es el caso, no es una solución para Zoro-ya.
—No —aceptó ella—, a menos que encuentres una fruta del diablo que le ponga un útero a Zoro.
Law se dio la vuelta con una jeringa cargada de una solución aquamarina.
—¿Qué es eso? —se retorció en la mesa, por alguna razón tenía el impulso inequívoco de huir.
—A pesar de que soy un prodigio —se acercó al peliverde de manera lenta, quería que se sintiera seguro, aunque no se daba cuenta que estaba teniendo el efecto contrario—, desarrollar un antídoto en menos de medio día esta fuera de mis limites, en especial si no he hecho las pruebas pertinentes.
—Desátame, gilipollas —gruñó mientras forzaba, infructuosamente, los grilletes.
—Esto me dará tiempo para encontrar una solución más permanente.
En menos de un segundo Zoro logró liberar uno de sus brazos, pero no fue lo suficientemente rápido para evitar que el cirujano de la muerte inyectara aquella solución en su cuerpo. Un súbito escalofrió lo recorrió. Se estremeció por completo y todo el calor que sentía se convirtió en frio—. ¿Qué mierda...? —sus dientes tiritaron, impidiéndole terminar aquella pregunta.
—Es un supresor —explicó el cirujano mientras revisaba su pulso y su temperatura—. Te mantendrá calmado mientras encuentro una cura.
Zoro comenzó a jadear y a retorcerse con desespero—. ¿Se supone que debe sentirse así? —estaba sudando frio, podía sentirlo, pero aun así podía sentir como si su interior quemara.
Law observó el miembro erecto de Zoro mientras media el tiempo—. ¡Mierda! —gruñó con frustración—. Debiste bajarte la erección primero.
Zoro se sacudió mientras sentía un orgasmo prolongado que no acababa de terminar—. Haberlo hecho primero —refunfuño entre dientes, jadeando, desesperado. Se estaba retorciendo, tratando de liberarse, quería masturbarse, pero todo su cuerpo estaba en una tensión ineludible.
Law apretó los puños con frustración. Se había prometido ya no aprovecharse de la situación de más joven, pero pareciera que lo estaba haciendo a propósito—. Perdóname por esto —pidió antes de acariciar la palpitante virilidad y observar como su dueño se tensaba aun más. La recorrió con un dedo de base a punta y observó con deleite como un líquido blanquecino salía a gotas. Se lamió los labios—. Te prometo que no lo hice a posta —susurró mientras se inclinaba, respirando sobre su cintura.
—Cállate y hazlo de una vez.
Law engulló aquel firme falo ante la apremiante orden de su amado. ¡Joder! Ya no podía negarlo. Lo degustó con desesperación, saboreando el líquido que emanaba de él y que parecía que no iba a acabarse jamás. Era un imbécil con letras mayúsculas. ¿Cuándo había pasado aquello? Su mente era un torbellino, una locura absoluta, pero no podía negarlo más... Zoro era su amado... Lo amaba y ya no había marcha atrás.
Se incorporó, sacándose la ropa con desesperación. Ya no podía pararlo. No lo podía cambiar. Le liberó las piernas y se colocó entre ellas, apuntando su propia hombría a aquel recoveco de su cuerpo que tanto añoraba tomar una vez más. Le embistió con una violencia casi brutal, con una furia que no podía contener, lleno de ira, de frustración y de pesar. Le embistió con fuerza una y otra y otra vez más, disfrutando del abrazo de sus pliegues, saboreando sus gemidos con deleite. Disfrutando cada arremetida, profunda, fuerte, lenta... prolongada...
No quería acabar. No quería parar. Pero la presión de aquel cuerpo estaba a punto de hacerlo estallar.
Quizá sería la última vez que lo tomara.
Quizá sería algo tan memorable que lo buscaría, aunque no sintiera nada. Nada más que placer, nada más que el vano y vacío regodeo carnal.
Ambas posibilidades le dejaban un hueco en el pecho y un nudo en la garganta.
Cerró los ojos, dejándose llevar por el orgasmo acompañado de la jadeante voz de su compañero, que decía su nombre y lo aferraba a su cuerpo con las piernas, alcanzando el éxtasis, segundos antes que él.
El placer era abrumados, aplastante, incomparable, y aun así no lograba disipar la sensación de soledad que envolvía su alma.
Entró al comedor, y toda la jerga que tenían armada se detuvo. Se irguió y levantó el mentón, viendo por encima de todos, buscando donde sentarse. Pronto encontró su lugar y caminó hasta él sin ver a nadie, ni mediar una palabra con nadie, aunque, sinceramente no había nada que decir. Todos aquellos piratas, a excepción de los tres con los que se sentó, no eran más que desconocidos, y con el único con el que había compartido tragos antes de todo aquel lio no podía mirarlo a la cara.
—Law es un doctor increíble —miró a Robin, quien le sonreía con familiaridad—. No pensé que sería capaz de salvarte.
Usopp negó con la cabeza y suspiró—. Hasta cuando dice que le alegra que estes bien, es demasiado tétrica.
El cyborg rió—. Es parte de su encanto.
Probablemente había sido el sonido de la risa, pero el bullicio en aquel comedor volvió luego de eso. Comió en silencio, no tenía ánimo de decir nada. Luego de lo que había pasado las últimas semanas, de las ideas que habían atravesado su mente y de lo mucho que se había humillado ante Law, lo menos que quería era mirar a nadie a la cara, especialmente al susodicho.
—¿Todo esta bien? —preguntó Franky.
Zoro lo miró y asintió con la cabeza.
—Últimamente no has pasado tiempo con Law.
Zoro se alzó de hombros y dio un tragó a un tarro de cerveza—. Supongo que eso ya termino.
—¿En serio? —Usopp enarcó una ceja con suspicacia, pero la mirada fulminante de su nakama lo intimido, así que no dijo ninguna otra de las cosas que cruzaban su mente en aquel momento, por suerte Robin no era fácil de intimidar.
—Parecía que lo suyo era especial.
Zoro ladeó una sonrisa sarcástica, después de todo revolcarse con alguien por estar demasiado drogado y desesperado era algo bastante especial—. Lo fue, pero no de la manera que piensas.
—Es una pena, hacen una excelente pareja.
El capitán de aquel submarino entró al comedor, como si hubiese sido invocado. Miró a su derredor, hasta que se topó con los ojos oscuros del espadachín, pero el orgulloso guerrero no le sostuvo la mirada, simplemente se levantó de la mesa y se fue.
Podía sentir las miradas de todos clavadas en su espalda cuando paso junto al ojigris y salió de aquella habitación, no entendía como se había humillado tanto ante él, cómo le había rogado, cómo se había entregado y se había dejado ir en sus manos, en su boca y dentro de él... no quería entenderlo, porque sabia qué si le daba el nombre que estaba pensando a la razón de aquel comportamiento, lo poco que le quedaba de dignidad se iba a ir por la coladera.
Law suspiró, pensó en detenerlo, pero no fue capaz de mover un solo musculo para hacerlo. Algo en su pecho se estrujó, pero qué podía decir luego de pasar semanas aprovechándose de su estado... de alguna manera sentía que lo había violado, aunque le hubiera suplicado mil veces, aunque se hubiera lanzado sobre él otras mil y aun las veces que él mismo había sido el pasivo. Zoro no había estado en condiciones de consentir una relación, ni la primera vez cuando había tomado el control y lo había hecho sentir seguro, ni la última vez, aunque le hubiera rogado que lo tomara.
Podría excusarse en la premisa de que no tenia idea de lo que le estaba pasando, pero desde el principio había sentido que algo estaba mal y había decido continuar. No tenía excusa.
Observó las mesas y caminó hasta los mugiwara, sentía la necesidad de disculparse ante alguien, aunque estaba seguro de que no tendría el valor de decirles una sola palabra.
—Gracias por ayudar a nuestro nakama —dijo el cyborg en cuanto llegó hasta ellos—, Robin nos explicó lo que paso.
Law miró a la mujer, quien le sonreía con amabilidad. Asintió y mantuvo la calma, y una parte de él agradeció que su aliado no estuviera con ellos en aquel momento. No habría tenido cara para mirar a Luffy en aquella situación.
—Sin Chopper aquí, nosotros no habríamos sabido que hacer —añadió Usopp.
—No ha sido nada —añadió con sinceridad.
— Claro que sabemos que lo hiciste con gusto —le palmeó la espalda Franky—, él y tú han sido super cercanos estas últimas semanas.
Law quiso tragar saliva, y casi se le atora en la garganta.
—Realmente pensamos que las cosas entre ustedes iban en serio —añadió el tirador de larga nariz—, pero Zoro ha sido claro al decir que no fue así.
— ¿Eso dijo?
—No con esas palabras...
Un carraspeo detrás suyo hizo que el grupo se sobresaltara—. Creo que ya debemos estar cerca de wano.
—Es correcto —respondió el capitán de aquel submarino al samurai—. Estaremos llegando en los siguientes cinco días.
—Kanjuro cree que debemos repasar el plan antes de llegar.
—Haré una reunión con mis hombres para explicárselos a fondo.
—Law... —el samurai titubeó. Esperó a que el aludido lo mirara para continuar—, tus asuntos pendientes con Zoro no serán un problema, ¿verdad? —todos miraron de uno a otro de manera alternada.
El ojigris reprimió un suspiro—. No —respondió de manera cortante.
Kinemon se talló debajo de la nariz, dubitativo—. Ese tipo de cosas pueden distraer al guerrero más entregado, intenta aclararlo con él antes de atracar —dicho aquello se alejo del grupo, rumbo a donde sus compañeros comían.
«Pero no hay nada que aclarar.»
Robin dio un largo suspiró—. Law —él la miró—, Zoro suele ser muy directo, pero también es muy poco intuitivo. Habla con él antes de llegar a ninguna conclusión.
Una parte de él pensaba que esa mujer podía leerle la mente, otra parte pensaba que cuando se trataba de Zoro era demasiado transparente—. De acuerdo.
El resto del día había pasado sin pena ni gloria.
Entró al enorme gimnasio del submarino y le alegro encontrar el lugar vacío y en silencio. Aun no era capaz de ir a aquel lugar cuando había más personas sin recordar las cosas que habían cruzado su mente la ultima vez que había estado allí.
Se quitó las katanas y se sacó la parte de arriba de la ropa para estar más cómodo, luego comenzó a calentar. Hizo aquellos ejercicios por unos cinco minutos antes de encaminarse por una pesa—. ¿Vas a quedarte ahí, toda la noche, mirándome?
El ojigris se masajeó el cuello. Estaba recargado en el marco de la puerta desde hacía un rato, mirando como se movía —. Si a ti no te importa, a mi menos.
Zoro apretó la mandíbula por un momento—. Me da igual, haz lo que quieras —luego tomo una de las pesas y comenzó a hacer levantamientos para ejercitar sus bíceps.
Law lo observó por un momento. Había ido a aquel lugar sin saber que iba a hacer exactamente, pero ahora que ya estaba ahí, hipnotizado con los movimientos del espadachín solo había dos palabras en su cabeza—. Me gustas —Zoro detuvo sus ejercicios y lo miró—. Sé que me aproveche de ti y entiendo que ya no quieres ni mirarme, pero en serio me gustas.
—¿Te aprovechaste de mí? —escudriñó, palabra por palabra.
Law asintió—. Estabas drogado y, claramente no controlabas tus acciones, pero yo si podía controlarme. Yo podía detenerme y decidí no hacerlo.
Zoro dejo la pesa a un costado suyo y soltó una carcajada—. ¿Estas diciendo que me violaste?
El capitán de los Heart pensó que aquella risa se debía a que estaba al limite de su cordura—. Lo lamento, de verdad.
Zoro dejo de reír—. ¿Lo estas diciendo en serio? —No podía creer que luego de haberse humillado delante de aquel hombre, de haberle suplicado más de una vez, él pensara genuinamente que lo había lastimado de aquel modo.
—Absolutamente.
—Law, tú no me violaste —le dijo con firmeza—. Yo te suplique que me tomaras...
—Fue por la droga —lo interrumpió—, no sabias lo que estabas haciendo.
—Tal vez la droga si tuvo que ver con que quisiera hacerlo tantas veces —dijo de manera lenta, pausada, pensando una a una las palabras que iba a pronunciar—, pero no fue la razón por la que te suplicara. La droga no fue la razón por la que siempre corriera hacia ti.
Law lo miró, confundido—. No entiendo.
—Yo... —su cara se puso completamente roja—, sentía deseo por todos, todo el tiempo —le explicó—. Eso era lo que la droga causaba en mí, deseo.
—¿Por todos...?
Zoro masajeó su cuello, avergonzado—. Tenía fantasías obscenas todo el tiempo, pero no me dejaba llevar por que yo... —lo miró—. Yo solo quería hacerlo contigo.
El ojigris camino hacia él, impulsado por una fuerza desconocida, se detuvo delante suyo y le sujeto la barbilla para que no dejara de mirarlo—. ¿Qué es lo que me estás diciendo?
—Esa planta puedo haberme drogado, pero tú eres mi verdadero veneno.
Law no lo soportó más, sujeto su rostro con ambas manos y lo beso, tan intensamente que ambos sentían como si el calor que corría dentro suyo los estuviera derritiendo.
Se separaron jadeantes, excitados y erectos—. Zoro-ya... —el sonido de voces cuchicheantes provenientes del pasillo los alerto—. Deberíamos terminar esta conversación en otro lado.
—Yo creo que la conversación ya terminó —negó el espadachín—, y es otra cosa la que hay que ir a terminar en otro lado.
El ojigris sonrió, y antes de que aquellas voces los alcanzaran uso su habilidad y los apareció dentro de su dormitorio, como lo había hecho tantas veces durante aquel viaje.
Lo empujó hasta la cama y se trepo encima de él para besarlo una vez más—. Quiero sentirte dentro mío justo ahora.
Zoro sonrió con suficiencia—. Por qué no me suplicas un par de veces, y vemos que pasa.
Law también sonrió—. Podría suplicarte todo lo que quieras, pero estoy seguro de que solo tendré que pedírtelo una vez más.
El espadachín coloco las manos bajo su nuca retándolo con la mirada.
Law se levantó, se quitó la ropa y le sacó los pantalones a su compañero. Luego se trepo encima de él una vez más, rozo sus miembros erectos un par de veces haciéndolo jadear y luego acerco la virilidad del peliverde hasta su entrada, haciendo que la punta caliente de aquel falo lo lubricara poco a poco. Zoro se arqueó y fue cuando el ojigris se inclino sobre su pecho, beso su cuello, jugo con sus pendientes y le susurro a oído—. Méteme la verga, por favor.
No hubo nada más que decir después de eso. La cordura en aquella habitación desapareció y fue reemplazada por el frenesí, por el deseo, por las ganas inmensas que tenían el uno y otro de tomarse mil veces, solo a ellos, solo entre ellos, solo para ellos... porque es lo que se siente cuando eres sobrepasado por el amor.
—Fin—
Franky se asomó con cautela al gimnasio—. Te dije que no había nadie —dijo luego de corroborar aquello.
Robin observó el sofá junto a las pesas y sonrió—. ¿Lo hacemos aquí, entonces?
Gracias a todos por leer.
Hasta la próxima.
