«Perdí la cuenta ¿Hace cuántas lunas te extraño?»
—Camila Esguerra.
Mei no había podido dormir aquella noche.
Por mucho que intentaba dar vueltas en su cama no conseguía conciliar el sueño, había intentado caminar por su casa e incluso por su jardín y los alrededores, pero sencillamente cada vez que volvía a su casa y posaba su cabeza en la almohada cualquier cansancio que le hubiese dado se desvanecía de un momento a otro. Como si su propio cuerpo se negase a descansar, sentía una especie de ansiedad, se sentía casi asfixiada en su propia casa por muy exagerado que resultase para cualquiera, sentía que podía ir a donde fuera, hacer lo que fuera excepto quedarse en aquella habitación luchando por conciliar el sueño... Sola. Precisamente esa noche no quería estar sola.
Inicialmente ella pensó en visitar a alguna de sus amigas; pero descartó esa idea debido a que a estas horas tan altas de la noche casi todas deberían estar durmiendo —se le pasó por la cabeza que Johari podría estar en algún turno nocturno en la veterinaria pero ir a verla significaría incordiarla en su trabajo y eso era algo que no quería—. Era en momentos como estos en los que Mei más solía sentir la ausencia de sus hermanos, pues en noches de insomnio como estas ellos solían despertarse junto a ella y quedarse a su lado hasta que los tres se dormían, juntos, relajados y abrazados. Pero ahora ella se había acostumbrado a vivir sola, a ser la única habitante de aquella casa de decoración delicada y a tener que lidiar por su propia cuenta con aquellas molestas noches en las que no era capaz de conciliar el sueño.
Sólo le quedaba una opción que, la verdad era igual de improbable que el hecho de que sus amigas estuviesen dispuestas a recibirla y tolerarla en medio de su falta de sueño, pero aún con todo Mei quería creer que, existía una mínima posibilidad de que ellos estuviesen despiertos. No era la primera vez que los habría pillado haciendo alguna actividad importándoles un bledo —a veces ignorando por completo— la hora que era. Si tenía suerte, tal vez esta sería una de esas ocasiones y no se sentiría tan mal por presentarse en una casa ajena a una hora inapropiada.
Con esa inocente expectativa y con la misma ansiedad de salir rumiándole dentro Mei se quitó su pijama y la reemplazó con un vestido oscuro, se abrigó y se dirigió a las doce casas. Deseando que Aioros, o Seiya, cualquiera de ellos estuviese despierto.
Vaya decepción la que se llevó cuando tras haber cruzado como una sombra las ocho casas que la llevarían a su destino —no sabía si era porque su habilidad de infiltración era tan buena o si se trataba del hecho de que todos esos "guardianes" tenían el sueño excepcionalmente pesado— se encontró sin mayor luz en el templo que indicase actividad, salvo unas pocas lámparas de gas que aún permanecían parpadeando —igual que en el caso de los templos anteriores—. Aún así, Mei había decidido entrar por mera inercia, porque esa sensación de urgencia que no la dejaba en paz le instaba a hacerlo... Le instaba a verlos aunque estos estuviesen dormidos.
«Cielo santo, parezco una acosadora» pensó la Kunoichi en un lamento, pero por más que la prudencia —o mejor dicho el sentido común— le pedían que se marchara y los viese en la mañana, sencillamente no podía obligar a su cuerpo a darse la vuelta y salir de allí. Casi como si estuviese clavada en el suelo, como una niña asustada que en medio de una tormenta desea ver a sus padres en su habitación pero al mismo tiempo no encuentra manera de salir de su propia habitación.
No quería irse, y estar sola en casa de nuevo.
Sabiendo que no encontraría nada en la amplia zona del centro y ni en el salón principal Mei se giró y se dirigió a donde estaban los aposentos, asegurándose todo ese tiempo de que sus pasos fuesen todavía menos imperceptibles —para evitar despertar a los moradores en el muy probable caso de que estuviesen dormidos como personas normales o en el caso contrario para no sobresaltarlos—, los inmensos pasillos estaban de la misma manera que la zona principal, completamente vacíos y la mayoría de las habitaciones estaban cerradas. Pero mientras recorría con lentitud observando las puertas se encontró con que sí había una abierta.
Era la habitación de Seiya.
Mei se asomó por la puerta y una vez sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la habitación —que esta vez sí era total— tuvo que llevarse una mano a la boca para reprimir la risa ante lo que veía. Seiya estaba durmiendo sobre su cama, pero en una posición demasiado extraña y que daba la impresión de que en cualquier momento se caería de esta, usaba apenas una camisa y su ropa interior. Parecía que había tenido un día especialmente pesado y se había quedado dormido apenas su cabeza tocó la almohada, sin siquiera molestarse en buscar una manta, ponerse pijama o al menos acomodarse de una manera menos precaria.
Mei se acercó al lecho del adolescente una vez pudo estar segura de que no resoplaría de risa: Con sus propias manos movió las manos y la pierna izquierda de Seiya que colgaban del borde de la cama y lo empujó para que este mismo se colocase más hacia el centro de la cama dándole la espalda, después, notando que la habitación estaba algo fría, buscó en el armario una densa cobija de color vino, la desdobló y cubrió con ella el cuerpo del chico japonés hasta el hombro. Luego de eso se quedó parada un momento, observando al chiquillo dormido.
Cualquiera que lo viese durmiendo de esa manera tan plácida y despreocupada se preguntaría si este niño era el mismo que junto a sus compañeros había escrito toda una leyenda, el mismo que consiguió sobrepasar sus límites y hacer milagros con su fuerza de voluntad. Era increíble pensar que ese adolescente torpe e infantil era el caballero de la esperanza... Se parecía tanto a su maestro en ese aspecto.
Al verlo dormir... Seiya llegó a recordarle a Jiang. Mei sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos y, sin molestarse en controlar su mano acarició con delicadeza la cabeza del Pegaso dormido, su cabello marrón se sentía suave como el de un niño... Es que Seiya era un niño, uno de los tantos en aquél lugar que se vieron obligados a olvidarse de la idea de tener una infancia normal para cargar un peso que para cualquiera —incluida ella— era demasiado grande. El peso del mundo entero.
A veces al mirarlo el corazón le dolía; si ella hubiese sido su madre jamás habría permitido que lo expusieran a esa clase de riesgo, no habría dejado que se lo llevaran a este lugar aunque hubiese tenido que patear, morder y arañar cual gato para que no se lo llevaran. Pero debía aceptar que no lo era.
Aunque saberlo no evitaba que ella sintiese ese peso de una responsabilidad materna hacia ese chiquillo que de un modo u otro, se terminaba ganando el cariño de cualquiera con sus principios tan firmes y chistes cutres.
Una risita silenciosa se le escapó a la fémina sin dejar de ver dormir al Pegaso, parecía un sereno angelito dormido. Nada que ver con el Seiya enérgico sin pelos en la lengua que gustaba gastarle bromas a todos y discutía con su maestro todo el tiempo.
El peso que tanto le molestaba en el pecho a Mei disminuyó un poco al mirar a Seiya, pero pensó que ya era momento de dejar solo al chico.
Mei apartó su mano del pelo del Pegaso y se alejó en silencio, cerrando la puerta detrás de ella para que la luz del pasillo no perturbase el sueño de Seiya. Los ojos le ardieron un poco al salir puesto que había pasado bastante tiempo en la oscuridad de la habitación, pero de nuevo, sentía esa urgencia que había bajado un poco con la presencia de Seiya, pero ahora renovada la empujaba con toda su fuerza.
Sus ojos se toparon con los de la puerta de Aioros, sólo que esta sí estaba cerrada.
Por un momento ella dudó, porque esta vez definitivamente estaría invadiendo un espacio que era del Santo de Sagitario, pero momentos después ella rodó los ojos burlándose de sí misma. Ya había irrumpido en su espacio y en el de Seiya al entrar en la casa de Sagitario mientras estos dormían, si iba a ser aterradora iba a hacerlo bien ¿Qué caso tenía arrepentirse de algo que ya había hecho?
Giró con cuidado el pomo de la puerta y abrió tratando de ser lo más silenciosa posible —si su suerte se acababa y Aioros se despertaba y la descubría ella seguro se desmayaría de vergüenza— asomó la cabeza con cierta timidez, al igual que con Seiya la recamara de Aioros estaba completamente a oscuras y tuvo que esperar a que sus ojos se habituasen a la penumbra. Pero una vez lo hicieron no fue la risa lo que sintió, sino que sus mejillas ardían y se enrojecían como si se hubiese expuesto a los rayos solares sin ninguna clase de protección.
A diferencia de Seiya, Aioros dormía en una postura normal, de lado en el costado izquierdo de su cama, al igual que su alumno estaba semi desnudo, sólo que en el caso del arquero tenía todo el torso expuesto —Mei llegaba a preguntarse si esos dos eran alérgicos a una pijama completa o algo así—, y para colmo la cobija la tenía amontonada hasta la cintura. Cosa que naturalmente, dejaba bastante piel y músculos del Santo de Oro a la vista de la fémina, quien aún desde ahí tuvo que tragar saliva antes de acercarse. De un momento a otro sentía la boca seca.
Sin embargo, el rubor fue reemplazado por un ceño fruncido cuando sintió que el aire en aquella inmensa habitación era más frío que en la habitación de Seiya; por lo que una vez estuvo al lado del Sagitariano dormido sujetó con su mano la cobija —reprimiendo ese calor y "aguijoneo" en el estómago provocado por el cuerpo desnudo del arquero— la joven cubrió a Aioros igualmente hasta los hombros. Por lo menos así le evitaría enfermarse o cuando menos un molesto rato con hipo.
Al posar sus ojos azules en el rostro dormido del hombre que dormía, estos se quedaron pegados a la expresión enteramente relajada que este tenía. Sin embargo este sentimiento que le inspiraba ver a Aioros dormir era muy diferente a lo que había sentido con Seiya: Cuando estaba con el Pegaso había sentido la ternura que se percibe cuando se ve a un encantador niño pequeño, en este caso la ternura seguía estando allí, pero era acompañada por su corazón comenzando a latir apresurado, emocionado al reconocer a la persona a la que estaba viendo, venía acompañado de esa clásica inquietud en su estómago y el calor en el pecho que sólo él provocaba, que sólo le pasa a una persona enamorada.
A veces se maldecía, porque este hombre la colocaba de los nervios en todos los sentidos.
De nuevo, su cuerpo actuó antes que su prudencia y terminó pasando el dorso de sus dedos por la mejilla masculina con toda timidez y lista para alejar su mano ante la más mínima agitación que expresase Aioros. Pero este no reaccionó.
Al igual que con Seiya Aioros dormido se veía tan inocente que sería difícil creer que era el mismo que fue, literal y metafóricamente, privado de su adolescencia. Pues él, siendo tan un quinceañero murió peleando por proteger a su diosa, y con ella todo en lo que creía, a su vez absteniéndose a que su reputación quedase manchada durante trece años hasta que todos los trapos sucios fueron aireados... Mei nunca terminaría de sorprenderse del hecho de que, aún con todo eso Aioros fuese incapaz de odiar a los que le quitaron todo y provocaron ese conflicto generacional que atormentaba al arquero cuando lo conoció.
La candidez adolescente no había abandonado el alma de Aioros aún con todo lo que sufrió y Mei se atrevería a asegurar que; aunque su desarrollo de niño a hombre hubiese pasado de manera ininterrumpida, ni siquiera así se habría borrado esa inocencia que Aioros aún conservaba en su mirada, una inocencia que sólo vio una vez en los ojos de sus hermanos y fue apagada de por vida, una inocencia que ella perdió hace tantísimo tiempo y que nunca dejaba de fascinarle, una que cada vez que la veía se sentía tan obligada a proteger.
«¿Será eso lo que me pasa contigo? ¿Es porque tienes algo que yo nunca he tenido?» pensó la híbrida, habiéndose colocado en cuclillas para quedar justo delante del rostro de Aioros, su mano no se separaba de la mejilla del castaño, acariciando el pómulo masculino con su pulgar con toda la delicadeza y mimo posibles. El aire frío al que había estado expuesto hasta que ella entró parecía no haberlo afectado, pues a su tacto la piel de él se seguía sintiendo tan cálido que la hacía no querer dejar de tocarlo.
Así era siempre; aquél Santo de Oro la hacía sentirse tan acogida y en paz que a veces sentía que en él y en su atolondrado sucesor había encontrado un hogar, si por ella fuera los abrazaría para siempre, lo besaría si pudiera y mataría a cualquiera que amenazase ese lugar seguro que ambos sagitarianos representaban para ella. Nunca antes encontró certezas o algo a lo que aferrarse para poder sobrevivir, y ahora que lo tenía lo sujetaría con uñas y dientes, sin importarle salir lastimada o incluso morir en el proceso. Jamás le tuvo miedo a la muerte y menos lo iba a tener si se trataba de proteger lo que era importante para ella.
Mei dejó aquellos pensamientos para volver a concentrarse en el rostro del de cabellos castaños y una débil sonrisa acompañada de un nuevo sonrojo se le salió al notar realmente lo angelical que se veía Aioros mientras dormía. La cinta roja que siempre solía llevar sobre la cabeza no estaba ahí, por lo que su flequillo rizado caía sobre su frente sin obstáculos y le daba al Santo de Oro una apariencia casi adorable. Recordaba una ocasión en la que Aioros había ido a su casa a hablar con ella, había terminado dejando salir todo lo que lo había acongojado durante esos días posteriores a que su diosa lo reviviera y seguido a esto se había quedado dormido justo en su regazo, emocionalmente agotado. Ese día si bien Mei había admitido para sí que se veía bello durmiendo, los sentimientos que albergaba hacia el arquero no eran ni la mitad de los que ahora tenía guardados, clamando por hallar una salida y tener a Aioros sólo para sí.
Cosa que debía aceptar que era imposible por más de una razón.
La mano que no permanecía acariciando la mejilla de Aioros se dirigió hacia su propio pecho, justo encima de su corazón. Esa sensación tan agobiante que la había empujado a salir de su casa en primer lugar, el que había aminorado un poco al ver a Seiya ahora sencillamente no estaba ahí. Había desaparecido y con todo eso Mei logró comprender la razón, era algo tan común que ahora que lo pensaba con la cabeza más "fría" por decirlo de alguna manera llegaba a dar risa.
Lo que había pasado, lo que la había prácticamente obligado a visitar la casa de Sagitario por más que esa fuese la peor hora del mundo era nada más el hecho de que se sentía sola, en esa noche de insomnio en la que la consciencia de que ya no tenía familia que le brindara compañía y la desesperación por huir de esos pensamientos la habían llevado a buscar cualquier persona que pudiese aliviar esa soledad, esos individuos habían sido Aioros y Seiya, quienes aún estando dormidos la hacían sentir tan segura y feliz como si estos la estuviesen abrazando. Más aún tratándose del arquero.
¿Qué le había hecho este hombre? Mei había crecido aceptando que nunca estaría a salvo en ningún lugar salvo con su propia familia, se había metido en la cabeza que no debía buscar calidez y consuelo en nadie ajeno a su madre y sus desaparecidos hermanitos y ahora... Quería morirse de tan sólo pensar en la posibilidad de que algo les pasara a Aioros o a Seiya, o a esas alocadas mujeres que habían sido sus primeras amigas. Lo peor era que, en lugar de sentirse limitada o débil como Yuki-onna siempre le había asegurado que pasaría si creaba lazos, se sentía más capaz que nunca, dispuesta hasta a arrojarse a un abismo tan sólo para defender esos lazos.
Ahora... Mei amaba tanto al Santo de Sagitario que perderlo a él sería perder la parte de sí misma que sin darse cuenta le había dejado. Y le tenía tanto cariño al Caballero de la esperanza que si algo le pasara el corazón se le partiría como cuando tuvo que despedirse de Wen y Jiang.
Hace rato que la fémina había perdido la noción del tiempo, ni siquiera le interesaba qué hora de la madrugada era, pero sintió que ya era el momento de marcharse. Al erguirse nuevamente su cuerpo tembló y dolió producto de tanto tiempo de estar en la misma incómoda posición, tras dejarle una caricia de despedida en el cabello a su amor ella salió de la habitación, cerrando la puerta como si ni siquiera hubiese estado allí.
Su insomnio le había obligado a ver a los dos hombres de su vida, pero incluso ella sabía cuando era momento de marcharse, aunque luego su corazón volviese a quejarse por la mera idea de permanecer lejos del arquero.
Tal vez era cierta esa frase de alguien, que decía que quien era tus sueños se transformaba en sus insomnios.
—Seiya, arriba —ordenó el arquero ya vestido sacudiendo ligeramente el bulto en aquella cama, que gimió.
—En dos meses, papá —balbuceó perezosamente Seiya sin prestarle atención a su maestro, a la vez que se cubría la cabeza con una de sus almohadas, quería seguir durmiendo.
El hombre de ojos verdes dejó escapar un pesado suspiro, aquí venían de nuevo con la batalla de las madrugadas, no entendía cómo el Pegaso había logrado sobrevivir a los entrenamientos durante su juventud y menos aún a todas las batallas que había librado. Si sacarlo de la cama era tan difícil... Aunque él era igual en ese aspecto así que realmente no tenía mucho derecho a quejarse.
—Seiya, levántate que nos esperan en el Coliseo —volvió a decir Aioros y otro quejido fue su respuesta.
—Cinco minutos más —dijo el Pegaso removiéndose entre su la manta que lo cubría y apretando más la almohada contra su cabeza.
—Seiya —esta vez la voz del mayor era mucho más severa—. Te exijo que te levantes o yo mismo te arrastro hasta el baño —amenazó.
Sólo silencio, o más bien un insolente ronquido, mala elección.
—¡Maestro Aioros! —exclamó Seiya sobresaltado cuando de repente la cálida manta que lo cubría —que por cierto no sabía de dónde había salido— abandonó su cuerpo de una manera brusca como un azote, se incorporó tan de golpe que incluso se mareó, y medio dormido notó a su maestro con la cobija en la mano. Se la había arrebatado— ¡¿Qué pasa contigo?!
—Debiste levantarte cuando te lo pedí de buena manera —replicó Aioros.
—¡Estaba medio dormido!
—Sí sí, como digas, ahora párate y ve a arreglarte que como te dije, todos nos esperan en el Coliseo —contestó el arquero ignorando olímpicamente los reclamos de su alumno, se dio la vuelta y salió de la habitación con la manta aún en la mano.
—¡Oye pero no me ignores...! —muy tarde, ya el hombre había vuelto a cerrar la puerta dejando al adolescente con la palabra en la boca.
Seiya bufó irritado y aún con débiles rastros de sueño, pero incluso él sabía que era demasiado temprano para ponerse a discutir con su maestro. Resignado a no poder seguir durmiendo —si no quería que su maestro lo alzase y le quitase el sueño arrojándolo a la helada bañera, porque eso ya había pasado— se sentó en la cama frotándose los ojos, para luego incorporarse y dirigirse a su baño arrastrando un poco los pies.
Aunque aún estando tan cansado Seiya pudo notar algo, o más bien olerlo. Olerlo en el ambiente.
—Huele a mujer —dijo para sí mismo, ese perfume lo reconocía donde fuera, sólo lo tenía...—. Nah, no lo creo —el Pegaso sacudió la cabeza y retomó su camino al baño— ¿Quién visita este lugar en medio de la noche?
Aunque... Por un minuto el joven asesino de dioses recordó esa manta tan suave y cómoda que lo cubría hasta hace unos momentos. La noche anterior había estado tan molido y cansado que cayó en brazos de Morfeo apenas tocó la cama sin molestarse siquiera en taparse, pero rápidamente lo dejó asumiendo que su maestro lo había cubierto antes de irse a dormir él mismo.
Aunque eso no explicaba el perfume.
—Debe ser que estamos en primavera —se dijo a sí mismo Seiya y de una vez se metió a bañar, no tenía ganas de que Aioros comenzase a tocarle diciendo que tardaba demasiado por distraerse con cualquier cosa.
Y este Remake está completo... Apenas dos días después de que borré el fic original :). Los que lo extrañen —si es que hay alguien aquí que extraña esa wea— no se preocupen que aún está colgado en mi cuenta de .
Realmente no tengo mucho que decir; sólo que quería hacer esto con un nuevo estilo y esta vez tocando por primera vez el vínculo que Mei-Mei tiene con Seiya, ahora que la tengo mucho más clara y mejor estructurada. Estoy contenta con como ha quedado ¿Qué me dicen ustedes?
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