Esta historia está basada en un sueño que tuve acerca de estos personajes en este contexto. Como suele suceder, o al menos como a mí me sucede, los sueños no siguen una estructura lógica, por lo que he decidido ignorar o adaptar ciertas partes para que tenga más sentido narrativo. De todas formas, la historia en sí se mantiene muy fiel a aquello que soñé.

Mis tendencias y estilo me llevan a querer alargar y sobre-desarrollar lo que escribo, pero esta vez trataré de mantenerme lo más acotado posible. Espero que les guste.

El nombre es sólo una referencia a James Bond.


—Oh, vaya, ¡qué elegantes se ven!

Los dos jóvenes sonrieron. Él llevó una mano hacia su nuca, desviando la mirada, mientras que ella pareció encontrar el suelo sumamente interesante al tiempo que sus dedos comenzaron a jugar con mechón de su lavado y elegante cabello, para deleite de la recepcionista.

El objetivo ha decidido cambiar de mesa. Fumadores junto a ellos. Demoren la conversación hasta conocer la posición final.

—Muchas gracias —dijo él, continuando con naturalidad—. Es mi primera vez usando una corbata.

La mujer llevó una mano sobre su pecho. Lo estudió con una rápida mirada: zapatos Oxford lisos color negro brillante, traje de corte ejecutivo negro mate, pañuelo cuadrado naranja en el bolsillo izquierdo, camisa blanca con lengüeta en el cuello, una corbata de seda naranja con una barra de sujeción plateada, y un reloj plateado con detalles en dorado. El chico parecía preparado para ser el anfitrión de una gala de premios.

—Aw, no te preocupes, hiciste un excelente trabajo con ella. Y usted, señorita, se ve hermosa. El rojo es definitivamente tu color.

—Mi mamá me ayudó a elegirlo —explicó con una gran sonrisa—. Yo le dije que me parecía demasiado llamativo. Pero usted sabe más que yo sobre vestidos, ¿cree que hice bien?

Para ayudar a la recepcionista, la chica dio una elegante vuelta, lo suficientemente rápido como para que los bordes se eleven en el aire, acompañando el fluido movimiento de su demostración. En reposo, el vestido se abrazaba a su figura, acentuando cada curva sin revelar nada. Una única tira se elevaba desde el busto hacia el hombro derecho, rodeándolo para sostener la prenda y dejar el otro hombro libre. Una pequeña faja en la cintura acentuaba su delgadez, permitiendo que la cola del vestido cayera suavemente hasta las rodillas y dejara al descubierto unas largas y tonificadas piernas que reposaban sobre unos zapatos blancos de tacón alto. Como accesorios, tan sólo llevaba una pulsera de perlas blancas y una coleta roja que recogía su cabello en una cola de caballo.

La mujer (Charlotte Evans, 35, graduada de la Academia Oak Grove, madre de dos) dio un par de rápidos pero silenciosos aplausos.

—Te ves bellísima. Tu mamá eligió muy bien.

—Muchas gracias.

Actualización: el objetivo continúa en la terraza abierta de la derecha. Hay una mesa libre junto a él.

—Queríamos una mesa para dos —dijo él—. ¿Podría ser quizás al aire libre? Es una hermosa noche.

—Por supuesto, déjenme revisar.

Consultó una tableta, tocando la pantalla un par de veces antes de asentir y dirigirse hacia la izquierda.

—Muy bien, tengo una mesa para dos en aquella terraza. Déjenme acompañarlos.

El objetivo no se encuentra en la izquierda.

— ¿Podría ser en aquella otra? —Preguntó la chica, señalando hacia la derecha.

—Oh, ese es el sector de fumadores. No creo que quieran estar allí. Las familias con niños suelen elegir la otra.

Los jóvenes se miraron.

—Es que, verá… Ese es el problema —dijo él, pensando rápido—. Hay muchos niños de nuestra edad, y preferiríamos no estar allí.

— ¿Por qué no?

—Porque estamos en una cita —respondió, entrelazando sus dedos con los de la mano derecha de la chica, quien inmediatamente volteó a verlo—. Y no queremos que ningún chico de nuestra escuela nos vea y se rían de nosotros.

Giró para que sus ojos se encontrasen con los de ella. La recepcionista dejó escapar un chillido de emoción al ver la calidez con la que ambos se miraban, desconociendo por completo la intensa conversación que tenían de manera no-verbal.

—De acuerdo, no se preocupen. También hay mesas libres en la otra terraza. Por aquí, tortolitos.

Los tres se dirigieron hacia la derecha.

Buen trabajo, agente Cero-Cero-Seis. Todo está en sus manos ahora. Terminando la conexión para evitar interferencias.

Los dos continuaron caminando tomados de la mano, sin dar señal alguna de que contaban con auriculares invisibles en sus oídos con línea directa a la agente 010.

Para el resto del mundo, tan sólo eran dos niños. ¿En la realidad?

Eran dos de los agentes secretos más peligrosos del mundo.


Nacidos en una familia de espías, ni Lynn ni Lincoln tuvieron elección: su destino estaba decidido. Criados con el único objetivo de convertirse en agentes secretos capaces de destruir los planes de los enemigos de su país, sus infancias carecieron de cualquier tipo de normalidad. Mientras otros jugaban con videojuegos, ellos realizaban pruebas de puntería con armas de fuego; mientras otros practicaban deportes, ellos entrenaban cómo cavar un túnel con sus propias manos; mientras otros leían cómics, ellos estudiaban archivos de inteligencia confidenciales.

No se definirían como los mejores espías del mundo, pero definitivamente estaban en la discusión para ello. Toda su familia lo estaba, por lo cual, prácticamente, nunca se veían los unos a los otros. Los agentes Loud se movían a todo lo largo y ancho del país, siguiendo misión tras misión con poco tiempo para interactuar. Era común que se refirieran entre ellos a través de sus nombres clave. Números que sencillamente denotaban su órden genealógico. Sus relaciones familiares estaban, en mayor parte, eclipsadas por su relación profesional.

Con la notable excepción de Lynn y Lincoln. Los agentes 005 y 006 no eran como el resto de la familia. Eran un dúo de la misma forma que lo eran las agentes 008 y 009, incluso sin ser gemelos. A decir verdad, más que hermanos eran mejores amigos. Vivían juntos en los cuarteles de Royal Woods, entrenando, estudiando, preparándose, y divirtiéndose con nada más que el uno y el otro como compañía. Se conocían a la perfección, permitiéndoles anticiparse a los movimientos y decisiones que pudieran realizar en medio de una misión, rara vez encontrándose sorprendidos.

En aquel momento, sin embargo, Lynn comenzó a dar golpecitos en el dorso de la mano de Lincoln con uno de sus dedos, comunicándose en código morse.

—Esto no era parte del plan. Debíamos ser amigos de la infancia que se encontraban después de mucho tiempo.

—Tuve que improvisar —respondió él a través de suaves apretones—. Quería llevarnos al sector de los menores de edad. Los adultos se fascinan fácilmente con historias de amor juvenil.

—Podrías haber dicho cualquier cosa. ¿Por qué una cita?

Lincoln volteó a verla. Cuando sus ojos se encontraron, volvieron a sonreír, mientras que ella se reclinó para apoyar su hombro contra el de él. Nadie en el restaurante podría dudar que fueran una auténtica pareja de niños enamorados.

— ¿Te molesta? —Le preguntó en código morse.

—No —respondió ella incluso antes de que él terminara.

La recepcionista los guió hacia su mesa. Lincoln y Lynn le agradecieron, y mientras pretendían ser tímidos ante sus deseos de que pasaran una agradable y romántica velada, aprovecharon para mirar hacia la mesa justo frente a ellos.

Para aquellos ciudadanos que creían conocerlo, se trataba de Rick Palmer. 48, técnico en informática, viudo, fanático de los Spurs. Unos pocos, entre ellos la organización secreta a la que Lincoln y Lynn pertenecían, sabían que en verdad se trataba de Iakov Dimitriev. Mafioso ruso, buscado internacionalmente por contrabando de animales. Radicado recientemente en Royal Woods, se encontraba en aquel momento reunido con Phillip LeBrun, 62, pensionado, aficionado del safari y coleccionista de pieles. Definitivamente un cliente. Era tarea de Lincoln y Lynn infiltrarse en aquel restaurante para obtener información de dónde se produciría el intercambio, permitiendo planificar sus capturas.

La misión estaba por sobre todo. Aún así, mientras utilizaban sus teléfonos para tomar selfies de los dos abrazados —como cualquier pareja de niños de doce y catorce años haría en aquella situación—, Lincoln aprovechó a susurrarle al oído a su hermana/compañera.

—Lo siento, debería haberte preguntado. Sólo quería asegurar nuestra posición en este sector.

—Lo sé.

Con su mano alrededor de la cintura de Lynn, notó lo tensa que ella estaba. Sacó su propio teléfono y comenzó a tomar fotografías mientras rodeaba los hombros de Lynn con su brazo y la acercaba contra su pecho, recostando su cabeza sobre la de ella.

—Estás nerviosa o enfadada. Si hay algo que pueda comprometer nuestra misión, dilo ahora.

—No es nada.

—No necesito leer tu lenguaje corporal para saber que es mentira. Te conozco.

Una vez que todos en la terraza los habían visto fotografiándose, los agentes fingieron estar publicando en redes sociales mientras, en verdad, se enviaban mensajes de texto en la red encriptada de sus teléfonos.

—No estaba preparada para fingir que estamos en una cita.

—Lo siento —repitió él, riendo en voz alta como si estuviera publicando un chiste—. No creí que fuera tan distinto a una cena entre amigos de la infancia.

—Hay un mundo de diferencia entre una cosa y la otra.

—Puedo ser el chico tímido que teme arruinar la cita con la chica hermosa. No es necesario que continuemos siendo tan demostrativos. ¿Quieres que hablemos de las últimas películas de superhéroes?

Cada instante era vital en una misión. Tras dos segundos sin respuesta, levantó los ojos de su teléfono y analizó a su compañera. Las mejillas de Lynn habían adquirido un tono semejante al de su radiante vestido. Ella tragó saliva y lo miró, también.

— ¿Crees que me veo hermosa? —Preguntó en voz alta.

Era una pregunta natural que una novia le haría a su pareja.

—Por supuesto —le aseguró con total honestidad, fingiendo tan sólo la timidez en su tono de voz—. Te ves increíble.

Ella guardó su teléfono. Él siguió su ejemplo.

—También te ves muy apuesto —admitió ella.

Él no prestaba mucha atención a su apariencia. Se vestía bien y se mantenía higienizado, pero más allá de tener una cara agradable para que los adultos no sospecharan de él, no tenía demasiado interés por ser atractivo. Su vida como agente secreto jamás sería compatible con una vida social y/o amorosa. Había aceptado tiempo atrás que nunca formaría una familia, ni llegaría siquiera a enamorarse. Le esperaba una vida solitaria y carente de cualquier tipo de sentimentalismo.

Excepto por Lynn. Ella siempre estaría a su lado. Y eso era más que suficiente.

Frunció el ceño. No podían distraerse. Tenían un objetivo claro.

Una de las habilidades que caracterizaban a Lincoln era su capacidad de realizar múltiples tareas al mismo tiempo de manera eficiente. Así, mientras él y Lynn mantenían una falsa conversación acerca de las últimas películas de cine destinado a un público infanto-juvenil (las cuales ninguno de los dos habían visto, sino que habían estudiado reseñas de cine para tener opiniones formadas en caso de que fueran interrogados sobre ellas), y mientras fingían escanear el código QR de la mesa para acceder a la carta (tenían sus platos definidos de antemano), él agudizó su oído.

Concentrándose, logró aplacar el sonido ambiente y las conversaciones a su alrededor, todos menos una: la de Iakov y Phillip. Conversaban sobre los últimos resultados de baloncesto en la liga nacional.

— ¿Ya saben qué van a pedir? —Preguntó una camarera, acercándose a ellos.

—Sí. Quisiera una soda y una hamburguesa con cheddar y doble tocino, por favor —pidió él. Según los informes de la agente 010, ese era el plato más pedido por niños de entre doce y diecisiete años.

—Y yo quisiera un agua saborizada de toronja, y para comer una pechuga de pollo con salsa mixta.

—Oh, lo siento, nos quedamos sin pollo —se excusó la camarera. Lynn fingió estar decepcionada y ejecutó el plan B.

—De acuerdo. Entonces, ¿qué tal unas costillas de cerdo?

—Perfecto, sí. ¿Alguna salsa en particular?

Lynn fingió considerarlo por unos instantes, pero Lincoln se le adelantó.

—Con salsa de miel y mostaza —dijo, sonriéndole a su "pareja"—. No es cierto, ¿Pecas?

La agente 005 miró al agente 006 por unos instantes, antes de reír y confirmar su pedido. La camarera se alejó, dejándolos solos.

— ¿Pecas? ¿En serio?

—Es un lindo apodo. ¿Qué no puedo decirle así a mi novia?

Lynn miró hacia otro lado, impresionando a Lincoln con su perfecta actuación de una chica enamorada y avergonzada. Podría darle a la agente 009 una dura competencia por la mejor actriz.

—Por supuesto que puedes. Es lindo —respondió, antes de sonreír—. Pero tú también las tienes, y eres más pequeño, así que te diré Pequitas.

Él rió. Estaban haciendo un gran trabajo vendiendo su dinámica como pareja falsa.

— ¿Cómo sabías que iba a pedir esa salsa? —Le preguntó entonces Lynn, sonando curiosa.

Él comprendió que era una pregunta honesta, fuera del papel que actuaban. Una de las primeras lecciones que habían aprendido era el no inventar mentiras cuando la realidad es suficiente. Podían mantener una conversación honesta mientras no revelasen ninguna información que pudiera comprometer su misión.

Mientras tanto, el objetivo continuaba hablando de los fichajes de inicio de temporada. Nada de utilidad todavía.

—Es tu salsa favorita — respondió—. Vamos, ¿crees que no sé eso? Te conozco como a la palma de mi mano.

— ¿Tú crees? —Lo desafió con un tono jocoso— ¿Cuál es mi canción favorita?

Lover, de Taylor Swift —respondió de inmediato.

Incluso una agente secreta tiene momentos de debilidad. Retrocedió contra el respaldo de su silla, mirándolo como si acabara de batear un home run. Prácticamente nunca escuchaban música, a menos que una misión lo requiriera.

— ¿Cómo…? ¿Cómo lo sabes?

Iakov estalló en carcajadas. Phillip había hecho un comentario muy políticamente incorrecto acerca de un jugador de los Golden States. Lincoln gruñó para sus adentros por lo poco útil que su objetivo estaba siendo a la hora de brindar información crítica para su misión.

—Es la música que sonaba cuando fuimos a esquiar a Colorado —respondió finalmente.

Los dos recordaban Colorado. Se habían infiltrado en una fiesta privada de un resort en medio de las montañas nevadas para asesinar a un empresario corrupto que había mandado a secuestrar y torturar a la sobrina de un senador a cambio de favores. La terminación de su vida no había sido demasiado problema. Una píldora diluída en su bebida fue más que suficiente. Lo más complicado había sido entrar a la fiesta, donde lograron pasar desapercibidos al bailar junto a todos los demás.

Lynn todavía recordaba la genuina diversión que habían pasado mientras bailaban, esperando que el objetivo llegase. Lincoln aún se reprochaba el haber tardado diez minutos en detectar a su objetivo, estando distraído por el bello vestido de su compañera.

Aunque no era tan bello como el que ella llevaba en aquel momento, en el restaurante.

—Vaya. Me sorprendiste —reconoció ella—. ¿Y cuál es tu canción favorita?

—No tengo una canción favorita.

—Por supuesto que tienes. Tienes que tener una.

—No que yo sepa.

I'm a believer. La de Shrek. Es esa.

Por un momento, Lincoln dejó de oír a Iakov quejarse de la inflación y la recesión. Se quedó mirando a Lynn, quien parecía completamente segura de lo que decía.

—Estás bromeando —le dijo.

—Para nada. Es tu canción favorita.

—Ni siquiera vi esa película.

—La escuchamos en el avión, cuando viajamos de vacaciones a Wyoming con nuestros papás.

Él recordaba el viaje a Wyoming. Habían hecho estallar una fábrica de azúcar que escondía un laboratorio de drogas experimentales. El viaje en avión había sido muy relajante. Excepto por la herida de bala en su brazo. Eso había apestado. Por suerte, Lynn se mantuvo a su lado durante todo el viaje, animándolo y asegurándole que no había sido descuidado, que sencillamente había tenido mala suerte. Recordó cómo Lynn lo había ayudado a comer —ya que le era difícil utilizar los cubiertos con una sola mano—, e incluso cómo le había permitido que se recostara contra ella para descansar a la noche.

Y de repente recordó también a los niños delante de ellos, mirando una película animada.

—Oh, tienes razón —admitió.

— ¿Y bien? ¿Es tu canción favorita?

Lincoln trató de analizar sus sentimientos cuando pensaba en esa canción. Sus memorias al menos lo guiaban de regreso a ese asiento de avión, a compartir una frazada con Lynn, a la manera en la que ella le acariciaba el cabello para ayudar a relajarlo y que pudiera dormir a pesar del dolor en su brazo.

Su corazón palpitaba con alegría.

—Supongo que es una buena candidata —le dijo.

El contrabandista, mientras tanto, había comenzado a hablar de sus hobbies. Al parecer, tenía el récord de puntos en bowling en una cafetería cercana.

— ¿Qué más sabes de mí? —Preguntó Lynn, apoyando los codos sobre la mesa y descansando su mentón sobre una de sus palmas.

Lincoln sonrió. Tenía mucho para ofrecer.


Tras unos veinte minutos, las dos conversaciones en las mesas críticas continuaban a la perfección. La camarera había regresado con sus platos, y los dos agentes se permitieron deleitar una agradable comida, de gran sabor en relación al precio que pagaban. Lynn había continuado guiando la conversación mientras Lincoln prestaba atención a lo que ocurría en la otra mesa. Ella había hecho que hablaran de sus animales favoritos, qué lugares les gustaría visitar algún día, qué profesión querrían ser una vez fueran adultos, qué deportes practicarían si pudieran elegir uno, y mucho, mucho más. Los dos se sorprendieron de lo mucho que podían adivinar de la otra persona, aunque a fin de cuentas no era realmente una sorpresa. Habían pasado toda su vida juntos. Se conocían el uno al otro a la perfección, hasta el más mínimo detalle.

Por ello, cerca del final de la conversación y cuando el contrabandista comenzaba a hablar de sus animales favoritos, Lincoln se llevó una verdadera sorpresa.

— ¿Y cuál es tu color favorito? —Le preguntó Lynn.

—El blanco —admitió, señalando a su cabello—. Es lo que me hace especial.

Ella rió.

— ¿Y cuál crees que es el mío?

—Rojo, obviamente —respondió de inmediato.

—Sí… Suena bien.

Incluso con su atención dividida en dos conversaciones, pudo notar cierta dubitación en Lynn.

—Espera, ¿qué? ¿No es rojo?

—Te dije que sí.

—Pero no estás convencida.

—Claro que lo estoy. Siempre uso cosas rojas.

—Sí, por eso creí que era obvio que ese sería tu color favorito. Pero pareciste dudar.

Lynn mordió su labio y comenzó a rebotar la pierna. Aprovechó a beber lentamente lo que quedaba en su copa para ganar tiempo, todo ante la atenta y analítica mirada de Lincoln.

—Supongo… Supongo que hay otro color que me gusta bastante.

— ¿Cuál? —Preguntó, ansioso por aprender.

—Naranja.

Casi se perdió cuando Iakov mencionó estar estudiando sobre monos últimamente, y el despertado interés que Phillip mostró ante aquella sugerencia. Casi.

— ¿Naranja? ¿En serio? —Dejó escapar una pequeña risita— Oye, ese es mi color.

—Precisamente —explicó ella en voz baja—. Cada vez que veo algo naranja… pienso en ti. Sólo verlo me relaja. Me hace sentir segura, como el resplandor de una fogata.

Phillip le preguntó a Iakov qué clase de monos había estudiado.

—Vaya —dijo Lincoln, luchando por concentrarse en su misión y no en el calor de su pecho—. Cuando lo pones así, el rojo es definitivamente mi color favorito. Me haces sentir culpable por decir blanco.

Ella sonrió.

—No te preocupes. Sé que yo te quiero más de lo que tú me quieres.

Iakov comenzó a explicar la diferencia entre los distintos tipos de simios que había observado en su último "viaje de estudios", lo cual claramente era un eufemismo para cacería ilegal. Phillip le preguntó por el espécimen más exótico que había "visto".

Lincoln supo de inmediato que aquel era el momento que habían estado esperando. La información que necesitaban estaba a punto de ser revelada. Con su foco puesto allí al cien por ciento, dejó que su cerebro y cuerpo continuaran con la conversación en piloto automático.

—Por supuesto que no —dijo, sonando afligido—. Sé que no soy el mejor expresándome, o demostrando lo que verdaderamente siento, pero eres la persona más importante en mi vida.

—Pequitas…

El contrabandista mencionó un mono capuchino con pelaje casi amarillo, lo cual fascinó al comprador. El criminal mencionó tener "fotos" en su "estudio". Para Lincoln, el mundo se redujo a aquella conversación.

—Tú también lo eres para mí —dijo Lynn, su voz quebrándose cerca del final—. Lo dejaría todo por ti. En verdad lo haría.

Su mano buscó la de él sobre la mesa, y la tomó con una suavidad y cariño inesperado de unas manos que habían matado decenas de personas.

—Ojalá hubiéramos confesado nuestros sentimientos mucho antes —se lamentó—. Me hubiera ahorrado demasiadas noches de insomnio, preocupada, aterrada, con miedo a perderte.

La gran actuación y emotividad de Lynn casi logra distraer a Lincoln, pero él era un agente de primer nivel, por lo que no se perdió cuando Phillip dijo que estaba interesado en ver las "fotografías".

—No te preocupes—le aseguró a su falsa novia—. Ahora que estamos juntos, no tendrás que pasar ninguna noche desvelada. Siempre estaré para ti cuando me necesites. No importa el día, el lugar, la hora, el clima. Jamás dejaré que te sientas sola.

Iakov sugirió que lo acompañara a su estudio. Phillip preguntó cuándo.

En un acto de inspiración que surgió de lo más profundo de su ser, Lincoln decidió continuar la conversación con munición pesada.

—Te amo, Pecas.

Lynn jadeó. Su sonrisa comenzó a temblar, y sus ojos a brillar con el reflejo de las luces en sus incipientes lágrimas. Él sintió cómo ella apretaba su mano.

—Yo también te amo.

Ella inició el movimiento. Se reclinó hacia delante, girando su cabeza. Lincoln no dudó: imitó su gesto, acercándose hasta el punto medio de la distancia entre ambos. Él levantó su mano libre y rodeó la mejilla de Lynn, acomodando un mechón de cabello detrás de la oreja con la punta de sus dedos. Los dos cerraron los ojos y abrieron sutilmente sus labios, llenando sus pulmones con un último bocado de aire.

Iakov dijo que podían pagar la cuenta y dirigirse hacia allí. Phillip aceptó, llamando a la camarera.

En el último instante, cuando el contacto en los labios parecía inevitable, Lincoln desvió su trayectoria. Con la punta de su dedo, activó sutilmente el auricular de Lynn y susurró contra su mejilla.

—Aquí agente Cero-Cero-Seis; el objetivo procederá a retirarse del establecimiento y guiará al comprador al galpón de exhibición.

La voz de la agente 010 sonó en los oídos de ambos.

Copiado, Cero-Cero-Seis. Seguiremos su vehículo con un dron y notificaremos al FBI para atraparlos junto con la evidencia. Misión cumplida. Cambio y fuera.

Lincoln suspiró satisfecho y retrocedió hasta su posición original en la silla, separándose del contacto con Lynn. Cerró los ojos para felicitarse a sí mismo por un nuevo éxito.

—Bien, creo que ya estoy lleno —dijo en voz alta antes de abrir los ojos y de hacerle un gesto a la misma camarera que acababa de revisar la mesa de Iakov y su cliente, pidiendo también la cuenta—. Deberíamos volver a casa, nuestros padres se preocuparán si nos demoramos mucho.

Volteó entonces la mirada hacia Lynn. Ella le sonreía, pero de inmediato notó que algo andaba mal. La sonrisa se veía muy forzada. Sus ojos ya no brillaban con calor y sentimiento, sino que se veían apagados, fríos. Asintió sin decir nada, con movimientos rápidos y cortos. Los entrenados ojos de Lincoln detectaron la fuerza con la que ella cerraba sus puños, la tensión en sus hombros, y la manera en la que sus labios se retorcían casi imperceptiblemente, como si estuviera haciendo un esfuerzo por mantenerse callada.

Lincoln no comprendió cuál era el punto de mostrarse así. Las señales eran demasiado sutiles para que una persona común y corriente las interpretara. ¿Por qué actuaba de esa forma?

Su cuenta llegó primero, antes que la de su objetivo. Sin preocuparse, dejó sobre la mesa el dinero para pagar su cuenta más una generosa propina. Tenía pensado acercarse a ayudar a Lynn a levantarse de su silla como un buen novio haría, pero ella se adelantó. Entrelazó su brazo con el de él y comenzó a llevarlo hacia la salida, un poco más rápido de lo que él pretendía moverse. Aún así, lograron despedirse de la recepcionista sin que ella dudara nada. Al salir, la agente 001 los esperaba dentro de la camioneta.

Lincoln abrió la puerta trasera, pero Lynn se subió a la delantera, dejándolo solo atrás. Decidió no darle importancia; nadie sospecharía nada.

— ¿Qué tal les fue? —Preguntó la agente, vistiendo una simple blusa celeste y unos shorts de cargo marrones.

—Fue increíble —respondió Lincoln, manteniendo la farsa hasta que llegaran a la base de operaciones.

—La noche más maravillosa de mi vida —dijo Lynn, mirando por la ventana.

La agente 001 le dedicó una rápida mirada, pero comenzó a conducir.

—Me alegro. Espero que hayan comido bien. No hay literalmente nada para comer en casa.

El resto del viaje transcurrió en silencio.


—Encriptación total lograda. La reunión puede comenzar.

Lincoln asintió. Estaba de pie frente a una pantalla gigante, con la agente 001 (Lori) a su lado. En el monitor, el resto de las agentes de la familia lo miraban desde sus respectivas bases de operaciones. Leni, Luna, Luan, Lucy, las gemelas, y Lisa.

— ¿Dónde está la agente Cero-Cero-Cinco? —Inquirió la agente 007 con su voz sonando tan monótona y baja que los micrófonos casi no la captaron.

Lincoln se aseguró de no mostrar la ligera preocupación que sentía por dentro. Sabía que Lynn estaba bien, que él se preocupaba por nada.

—Cero-Cero-Cinco pidió que me hiciera cargo del informe. Argumentó que necesitaba entrenar tras una, y cito verbatim, aburrida misión sin golpes ni disparos.

Todas las agentes pusieron los ojos en blanco. Típico de Lynn.

—Muy bien, Cero-Cero-Seis. Proceda con su informe.

Lincoln se encargó de narrar, palabra por palabra, todo lo que había ocurrido en la misión, desde su llegada al establecimiento hasta el momento en el que se subieron al vehículo junto con Lori. Era fundamental no escamitar en detalles a la hora de presentar sus informes, puesto que debían asegurarse de que no hubiera ningún cabo suelto. Narró todo lo que sus sentidos fueron capaces de percibir, enfocándose principalmente en todo lo dicho por el objetivo, y en la conversación falsa que Lynn y él habían mantenido. Palabra por palabra.

A mitad del relato notó cómo sus hermanas comenzaban a intercambiar extrañas miradas entre ellas. Se preocupó al pensar que quizás había cometido un error que podría comprometer la misión, pero continuó sin detenerse. Ya se encargarían de hacerle saber qué había hecho mal.

Cuando finalizó su informe, se mantuvo firme y en silencio, esperando la devolución de sus hermanas y agentes.

—Entonces, sólo para que quede claro —comenzó la agente 003—, ¿cómo fue que te comunicaste con Cero-Diez para informar los planes del objetivo?

—Aproveché la ilusión de que Cero-Cero-Cinco y yo estábamos a punto de besarnos para activar su comunicador y susurrar la información a Cero-Diez —respondió de inmediato, asintiendo para sí mismo, satisfecho con su trabajo—. Puedo asegurar que la acción pasó desapercibida para todos los comensales del restaurante.

— ¿Entonces no hubo contacto entre tú y Cero-Cero-Cinco?

—Negativo, utilicé el movimiento para ocultar mi comunicación y luego finiquitamos la misión de inmediato.

—Linky, te quiero, pero eres un idiota —dijo llanamente la agente 009, frotando sus ojos con una expresión de fastidio.

—Uh… ¿Solicito que elabore? —Dijo él, sorprendido porque Lola lo llamara por su apodo— Como dije, la misión no fue comprometida, el objetivo no pudo haberme escuchado.

—De todas las personas… Pobre Cinco —dijo 004, negando con la cabeza.

— ¿Deberíamos decirle? —Preguntó 002, confundida.

—Negativo —respondió 007.

—Agente Cero-Cero-Seis —dijo Lori, mirando a su hermano menor—, hemos tomado la decisión unánime de asignarle una nueva misión con carácter de urgente.

Lincoln parpadeó rápidamente.

— ¿Cuál es la misión? —Preguntó sin siquiera molestarse en cuestionar cómo es que habían tomado una decisión unánime sin siquiera discutirlo. Por algún motivo, sabía que era cierto.

—Abandone el informe y verifique el estado de la agente Cero-Cero-Cinco de inmediato. Esperamos un reporte mañana por la mañana.

— ¿Qué? Pero…

—Carácter de urgente, agente. Urgente. Significa ya.

Todas las caras en la pantalla parecían estar disparándole dagas con las miradas. Asintió, inclinó la cabeza hacia ellas, y se alejó sin protestar.

En cuanto la puerta se cerró, todas gruñeron y se golpearon el rostro con las manos.

— ¿Cómo puede ser tan inteligente y tan estúpido al mismo tiempo? —Dijo Lola.

—Es un chico. No entiende de estas cosas —trató de justificarlo Luna, sonando molesta de todas formas.

—Oye Lori, ¿por qué le pediste que lo informe mañana y no ahora? —Preguntó Leni.

—Porque si todo sale bien, su misión va a llevarle el resto de la noche.


Pocas cosas podían preocupar o poner nervioso a un agente secreto del calibre de Lincoln. Había acabado con asesinos sin sudar ni una gota. Había pasado interrogatorios donde su vida estaba en juego y su pulso no había superado los ochenta latidos por minuto. Había sido apuñalado en la pierna y su única reacción había sido romper una tira de tela de su camisa y detener la hemorragia. Se consideraba a sí mismo el Hombre con el Plan, siempre listo para encontrar la salida óptima a cualquier situación, nunca cayendo en la desesperación o el miedo.

¿Qué podía ser, entonces, esa opresiva sensación en su pecho mientras recorría las pulcras, ultra-modernas instalaciones de su base de operaciones?

—Lynn —comprendió mientras se acercaba a los aposentos de su hermana—. Es porque Lynn está involucrada.

Su kryptonita. La única persona que podía derribar los muros que había construido a su alrededor. Si sus hermanas lo habían enviado a verificar en qué estado se encontraba Lynn debía ser porque asumían que algo andaba mal. ¿Qué podía andar mal? Sus ojos clínicamente entrenados no habían detectado ninguna patología en su apariencia o comportamiento. ¿Qué fue lo que no vio? ¿Qué había descuidado?

La parte racional de su analítica mente le dijo que estaba exagerando. Todo estaba bien con Lynn. No tenía por qué preocuparse.

Otra parte de su cuerpo lo llevó a acelerar el paso.

Cuando finalmente llegó a la habitación de Lynn, se encontró con la puerta abierta. Golpeando de todas formas antes de asomarse, encontró el vestido rojo sobre la cama, junto con algunas otras prendas. Tenía sentido si lo que quería era entrenar. Dejó atrás el ala de dormitorios y caminó por una larga galería vidriada que otorgaba vistas al bosque donde la pequeña mansión contemporánea se ubicaba. Su ojo no detectó ningún movimiento por fuera.

Llegó al gimnasio, pero lo encontró cerrado y con las luces apagadas, tal y como lo habían dejado antes de partir a su misión. Un poco menos tranquilo, revisó el campo de tiro subterráneo, pero tampoco había señales de Lynn.

—Todd —dijo Lincoln en voz alta, apretando sus puños—, ¿dónde está la agente Cero-Cero-Cinco?

Hubo unos segundos de silencio.

La agente Cero-Cero-Cinco no se encuentra dentro del complejo —dijo una voz robótica a través de los parlantes.

— ¡Rayos!

¿En qué había fallado? ¿Qué había pasado por alto? ¿Había accidentalmente revelado un dato comprometedor? ¿La habrían secuestrado? ¿La había ofendido? No podía dejar de culparse mentalmente por haber causado de alguna manera aquella situación, incluso sin entender qué es lo que ocurría realmente, o cómo es que sus hermanas lo habían previsto.

Respirando hondo para controlar sus emociones y no lo contrario, trazó un nuevo plan. Las condiciones que habían incitado la desaparición de Lynn eran irrelevantes. El objetivo era encontrarla y verificar su estado. Debía pensar en soluciones, no entender cómo había sucedido. No se encontraba ni en su habitación, ni en el gimnasio, ni en todo el complejo. ¿Dónde podría estar?

Sólo se le ocurrió un lugar. Una corazonada. Pero eso debía ser suficiente por ahora.

A paso apresurado, salió de la base secreta y se internó en el bosque, alejándose del pequeño camino que los vehículos seguían para entrar y salir de los terrenos. No le importó que los lujosos zapatos se mancharan de lodo, o que su inmaculado traje chocara contra las ramas y hojas de los árboles.

Caminó por la absoluta oscuridad de la noche, con sólo la Luna, los luceros, y la memoria como guías. Encontró el árbol con marcas en su corteza y dobló a la derecha. Llegó hasta la roca en forma de flecha y dobló a la izquierda. Llegó entonces a una pequeña gruta. Los recuerdos volvieron como una ráfaga, pero no era momento para distraerse en la nostalgia. Sin demasiado cuidado, comenzó a escalar el corto muro de piedra, hasta llegar a los cinco metros.

Se encontraba ahora en una pequeña colina que había resistido al avance de los árboles. Un claro en medio del bosque, con césped que llegaba casi hasta los tobillos. El verde bañado en la luz casi azulada de la noche. Y unos veinte metros más allá, sentada en medio de la naturaleza, se encontraba la agente 005.

La siguiente bocanada de aire que Lincoln tomó vino cargada con alivio y cierta satisfacción. Ya visiblemente más relajado, avanzó hacia ella. Se detuvo unos pasos por detrás, acercándose por la izquierda. Vestía tan solo unos tenis, shorts deportivos rojos y una camiseta sin mangas de color blanco. Sus brazos abrazaban sus rodillas contra su pecho, con la mirada perdida en el suelo frente a ella.

— ¿Cómo me encontraste? —Preguntó, sin siquiera voltear a verlo.

Lincoln dio los pasos que faltaban hasta quedar a su lado, sin sentarse aún.

—Cuando tenía ocho años me escondí aquí —respondió—. Estaba harto de ser un espía. Estaba considerando escapar, pero me encontraste antes de que pudiera tomar una decisión.

Los dos se tomaron un tiempo para recordar aquel incidente. Una de las tantas crisis de identidad que los espías jóvenes solían tener. De no haber sido por ella, él habría huído aquella misma tarde. Los dos lo sabían.

Esperó a que dijera algo, pero cansado del silencio, Lincoln decidió hablar primero.

—Lynn, ¿qué ocurre?

Entre agentes, solían llamarse por sus nombres en código. No era el caso entre ellos. La intimidad de su relación claramente rompía la distancia profesional que se suponía que debían mantener. Toda su familia lo notaba, por más que ellos trataran de disimularlo.

—Nada. Sólo quería despejarme un poco.

—Y alejarte de mí, ¿no?

Notó cómo ella apretaba sus rodillas con más fuerza.

—Claro que no, apestoso.

Tan necia como siempre. Lincoln suspiró, pateando inútilmente el césped junto a sus pies.

—En esta colina no somos espías —dijo, mirando al cielo despejado—. No tenemos misiones. Todd no nos vigila. Nadie puede ordenarnos qué hacer.

La mirada de Lynn continuaba fija en el suelo.

—No somos Cero-Cero-Cinco ni Cero-Cero-Seis. Somos tú y yo. Así que déjame preguntarte, de Lincoln a Lynn, de hermano preocupado a hermana triste, ¿qué te ocurre?

Ella dejó escapar el suspiro más largo que Lincoln jamás había oído, pero no dijo nada. Justo entonces, una brisa nocturna pasó entre ellos. Lynn tembló, sufriendo escalofríos a lo largo de sus piernas y brazos descubiertos. Actuando sin dudar, Lincoln se quito su traje negro y se agachó para colocarlo sobre los vulnerables hombros de su hermana. Se sentó, pegado contra ella, y con cierta timidez apoyó una mano sobre la espalda de Lynn.

—No sé qué hice —admitió—, pero lo siento. Sé que es mi culpa. Sólo quiero saber qué fue, para no hacerlo de nuevo.

Quizás fue el tono verdaderamente melancólico con el que las palabras escaparon de su boca, pero Lynn se permitió recostarse contra él, apoyando su cabeza sobre sus hombros. Él de inmediato la rodeó con sus brazos, conteniéndola, haciéndole saber que estaba allí para ella. Explicándole también que no tenía pensado dejarla ir. No hasta comprender. Ahora que podía ver su rostro de cerca, notó lo realmente afligida que se sentía. Su corazón tembló.

—No fue tu culpa —le aseguró ella.

—Quisiera creerte, pero no puedo. Lynn, sé honesta.

—Estoy siendo honesta —dijo, enfadándose un poco—. No es tu culpa. Tú estabas cumpliendo con nuestra misión.

Lincoln supo que esta vez estaba diciendo la verdad. Desafortunadamente, seguía sin entender cuál era el problema.

—Pero lo que te afectó… Tiene que ver conmigo, ¿no es cierto?

—Sólo quería estar sola, y…

— ¿Y qué? —Insistió, quizás demasiado pronto.

—...y pensar.

Lynn no solía ser del tipo reflexivo. Era más del tipo "te parto la madre primero y hago preguntas luego".

—Lynn… Podemos seguir así, conmigo haciendo preguntas y tú dando respuestas breves y misteriosas, toda la noche si hace falta. Pero vas a resfriarte, y sé que odias eso. ¿Y si confías en mí? ¿Y si me cuentas qué te ocurre para que pueda ayudarte?

Ella pareció volverse más pequeña, apretando sus rodillas contra su pecho, recostándose contra Lincoln, tratando de desaparecer. Cuando él creyó que no habría avances, ella finalmente habló.

— ¿Cómo lo haces?

— ¿Qué cosa?

—Concentrarte en múltiples conversaciones al mismo tiempo. Escuchar a los villanos mientras actúas mentiras con otra persona. Yo puedo disparar mientras conduzco, descifrar una contraseña mientras lucho contra cinco guardias, abrir una cerradura mientras pretendo estar indefensa. Pero no como tú. Lis… Cero-Diez siempre dice que es imposible hacer multitareas. Creemos que lo hacemos bien, pero en verdad sólo estamos realmente concentradas en una actividad. ¿Cuál es tu secreto?

No había ninguna posibilidad de que aquello fuera realmente lo que molestaba a Lynn. Ella sabía de su particular capacidad para realizar varias tareas al mismo tiempo. Lo había sabido desde siempre. ¿Estaría quizás tratando de distraerlo?

—No es fácil. Y no creo saber cómo lo hago exactamente. Hoy fue un poco menos complicado. Las dos conversaciones eran fáciles de seguir.

— ¿Por qué? ¿Qué era fácil de ellas?

—La conversación en la otra mesa era muy casual, no tenía que ver con nuestro objetivo. Sólo debí prestar especial atención cuando comenzaron a hablar de los simios. No era muy exigente.

— ¿Y qué hay de nuestra mentira? —Preguntó Lynn, sus ojos brillando como un incendio forestal, taladrando el cráneo de Lincoln a la espera de una respuesta.

"Nuestra mentira". Era la segunda vez que se refería a su misión como una mentira. ¿Era por allí, entonces?

—Eso también fue fácil de mantener —respondió, sosteniéndole la mirada—, porque no fueron mentiras.

Ella tembló nuevamente, pero él no sintió ninguna brisa.

—Explícate.

—Es una de las reglas del engaño, ¿no? No mientas cuando la verdad es suficiente.

Girando el torso para poder verla de frente, él colocó su mano libre sobre las de ella.

—Lynn, todo lo que dije era cierto. Mi color favorito, la música. ¿Por qué mentiría con eso? Quiero entenderte, pero no puedo. ¿Qué fue lo que te molestó?

Ella no pudo sostener su mirada, volteando hacia el suelo. Lincoln, ahora con más información, comenzó a utilizar sus habilidades de resolver problemas para tratar de echar luz sobre el misterio al que se enfrentaba. Algo acerca de su misión la había molestado. Las mentiras, aparentemente. Pero no había habido mentiras, él realmente había respondido con total honestidad. Sólo le había mentido a los extraños, haciéndose pasar por…

El momento en el que finalmente comprendió la situación, la sorpresa lo impactó como un golpe. Tanto así que incluso se reclinó hacia atrás, como si lo hubieran empujado desde el pecho. Sus brazos se sintieron débiles, perdiendo el agarre sobre Lynn.

Ella notó la pérdida de contacto entre los dos y dejó escapar una pequeña, sarcástica, y triste risa.

—Ya te diste cuenta, ¿eh? —Preguntó, aún sabiendo la respuesta.

—Lynn… ¿Desde cuándo?

Ella sacudió la cabeza, con su cola de caballo oscilando cual péndulo.

—No lo sé. Lo acepté hace algunos años, pero supongo que desde siempre. Al menos así se siente.

Lincoln trató de comprender estas revelaciones, pero su mente no respondía. No era una conversación que jamás hubiera esperado tener. Creía haber aceptado desde pequeño que nunca se enamoraría, que nunca podría tener ningún tipo de relación amorosa con otra persona. ¿Cómo podría? Su trabajo era extremadamente peligroso, y la naturaleza del mismo implicaba un insostenible nivel de soledad y distancia del resto del mundo. No había persona en el planeta que pudiera llevar adelante una vida junto a él.

Encontraba consuelo únicamente en saber que Lynn permanecería a su lado hasta el fin de los tiempos. Nunca lo había dudado. Ella nunca lo dejaría, y él era incapaz de dejarla. Lo sabía, pues cuatro años antes, en aquella misma colina, él había tomado una decisión. Escapar. Huir. Iniciar una nueva vida como un niño normal, sin entrenamientos, sin espionajes, sin armas. Creyó que su decisión era final, pero no contaba con que Lynn lo encontrara. Cuando él explicó entre llantos lo harto que estaba de su vida y lo mucho que deseaba comenzar desde cero, ella no trató de detenerlo. Con lágrimas propias, le deseó suerte antes de voltear y regresar a la base.

Sólo en ese momento Lincoln comprendió que una vida desde cero era una vida sin Lynn. Y tras alejarse unos doscientos metros, aquella revelación lo instó a correr hasta internarse en la habitación de su hermana, pasando allí la noche entre lágrimas, abrazos y mutuos pedidos de disculpas.

¿Sentía Lynn lo mismo por él? ¿O algo más? ¿Había algo más intenso que lo que él sentía por ella? ¿Cómo diferenciar romance de fraternidad?

Su silenciosa reflexión se extendió lo suficiente para que Lynn sacase sus propias conclusiones.

—Soy una idiota —dijo, devolviéndolo a la realidad—. Soy una espía, ¿cómo pude permitirme enamorarme? Y con mi hermano de todas las personas. Es patético, lo sé. Y sin embargo…

Rió nuevamente, presionando el dorso de su mano contra sus ojos, como si hubiera realmente alguna posibilidad de no dejar escapar lágrimas.

—Lo peor de todo es que imaginé este momento muchísimas veces. Casi todas las noches cuando trato de dormir.

En otro contexto quizás habría entendido a qué se refería, pero la mente de Lincoln no funcionaba correctamente.

— ¿Qué momento?

—Cuando te enteraras de lo que siento por ti, apestoso —respondió ella, sonando enfadada—. Lo imaginé de mil maneras. Yendo a tu habitación en medio de la noche, despertándote para abrir mi corazón. O invitándote a la playa tras acabar una misión, y apreciar al atardecer. O esperar a que los dos estuviéramos en la piscina, lejos de las cámaras de Todd, sorprendiéndote con un beso.

El corazón de Lincoln latía más rápido de lo que jamás lo había hecho. ¿Podía un niño de doce años sufrir un paro cardíaco?

Lynn continuó con su descargo.

—Por supuesto, nunca me atreví a hacerlo. Tenía miedo de arruinarlo todo si es que no sentías lo mismo. Por eso aproveché esta noche. Dije todo lo que nunca me atreví a decir. No me importaba la misión, sólo quería disfrutar un rato contigo. Y luego… Creí que podría finalmente besarte, incluso si no era real, incluso si sabía que tú no lo sentías de esa forma. Que tal vez, por un momento, te habrías olvidado de la misión al igual que yo.

Su mirada estaba cargada de múltiples emociones que él no supo descifrar.

—Pero supongo que eres un mejor espía que yo. Y ahora estoy sufriendo por una tontería, y sabes lo que realmente siento, y es peor de lo que jamás pensé. Todo salió mal.

Apretando los ojos, se puso de pie con una impactante velocidad. Habría logrado escapar si Lincoln no fuera también un agente entrenado con extraordinarios reflejos. Su mano disparó hacia ella, cerrándose alrededor de su muñeca. Forcejearon durante unos instantes, hasta que la superioridad física de Lynn se impuso y logró liberarse.

— ¡Espera! —Rogó Lincoln, poniéndose de pie con desesperación.

Aún avergonzada y con cierto enfado (hacia él o hacia ella misma, Lincoln no sabría decir), Lynn hizo caso a su pedido, aguardando escuchar qué tenía para decir.

—No voy a mentirte: no estoy seguro de cómo me siento en este momento. Estoy confundido, sorprendido. No… no son cosas que haya pensado antes. Pero sí sé algo. Jamás, y lo digo en serio, jamás habrá nada que pueda arruinar nuestra relación.

Dio un paso hacia ella. Sin saber qué hacer con sus manos, comenzó por acomodar el traje negro que ahora rodeaba los hombros de Lynn, asegurándose de que la cubriera con comodidad.

—Nada de lo que dije en nuestra… —casi dijo "misión"—...cita fue mentira. En verdad eres la persona más importante en mi vida. Y nunca vas a estar sola, no mientras yo viva. Y también… Es decir, creo que es bastante obvio, pero Lynn, yo te amo.

Deslizó sus manos, con cuidado de no tocar nada sensible, hasta colocarlas alrededor de los brazos de Lynn, sosteniéndola, no queriendo dejarla ir. Le sostuvo la intensa mirada, sintiendo las chispas emocionales que estallaban entre ellos.

—Nunca creí que podría enamorarme, pero siempre me imaginé a tu lado. Creciendo juntos, tú y yo. No necesito a nadie más.

— ¿No crees que soy una rara?

Negó enérgicamente con la cabeza, rodeando una de sus mejillas con su mano.

—Por supuesto que no. No pienso menos de ti ni nada de eso. Lynn, yo… En serio te amo.

— ¿Como hermana? —Preguntó ella, casi desafiándolo— ¿O como algo más?

Él lo consideró.

—No lo sé aún. Quizás me lleve un tiempo entenderlo, pero…

No pudo encontrar las palabras exactas para expresar sus verdaderos sentimientos. En cambio, levantó la otra mano, ambas ahora acariciando las mejillas de Lynn, y pidió permiso con la mirada. Uno de los dos inició el movimiento, y pronto sus labios se encontraron en un cálido y tan esperado abrazo.

Dejaron de sentir la fría brisa nocturna, y la orquesta del césped y las copas de árboles danzando a su compás se detuvo, reemplazada por la frenética percusión de sus corazones y la melodía de los suaves gemidos que inevitablemente pasaron de una garganta a la otra. Las manos de Lincoln continuaron sosteniendo aquellas mejillas con delicadeza, y las de Lynn se posaron sobre la camisa blanca de él. Sentían sobre sus labios la cálida respiración de la otra persona, y fuegos artificiales estallaban en sus interiores, sacudiendo las fundaciones de sus seres.

Para Lynn, fue un sueño hecho realidad.

Para Lincoln, el inicio de uno nuevo.

El primer beso duró demasiado poco para ambos, por lo que de inmediato se unieron en uno nuevo, desesperados por volver a sentir aquel cosquilleo en lo más profundo de sus almas. El segundo dio lugar a un tercero, y a ese le siguieron demasiados como para contarlos, de variables duraciones. Ambos llenaban un vacío en sus interiores, rompiendo un ayuno sentimental que había durado demasiado tiempo.

Sus manos exploraron nuevos territorios en sus medias naranjas, sintiendo la textura de sus cabellos, la decreciente tensión de sus músculos, el familiar calor de sus cuerpos. Incluso cuando debieron tomar una pausa en su apasionado encuentro, sus frentes se presionaron una contra la otra mientras recuperaban el aliento.

—Lynn, te amo, te amo mucho, y no me molestaría descubrir hasta dónde llega ese sentimiento.

Ella sonrió. Ni el mejor de los sueños se comparaba con aquel momento.

—Puedo ayudarte con eso, Pequitas.

En un tácito acuerdo, los dos volvieron a la base tomados de la mano, dirigiéndose sin reparos a la habitación de Lincoln.

Ninguno pareció recordar que la agente 001 se encontraba en una de las habitaciones extras de los barracones. Su vuelo de regreso a la base de Great Lakes salía por la mañana. Lori escuchó los pasos, las risas, y el sonido de una única puerta cerrándose. Sonrió para sí misma antes de alzar la voz.

—Todd, desactiva la vigilancia en los barracones por ocho horas —ordenó, encendiendo sus auriculares y activando la lectura automática de unos archivos de inteligencia clasificados.

El agente 006 tendría un interesante informe que presentar durante la mañana.