Habían pasado casi dos días desde que aquella joven misteriosa dormía en la habitación de Nami para recuperarse de sus heridas, todo gracias a los cuidados de Chopper; sin embargo, aún no había despertado del sueño profundo en el que cayó tras su conversación con Luffy en la cubierta del barco: rota por el llanto y el cansancio, la chica perdió todas sus fuerzas abrazada al capitán, quien, desde entonces, apenas se separaba del cuarto donde descansaba, durmiendo a los pies de la cama. Poco le importaba lo que pensaran el resto de sus nakamas, sobre todo de Nami, con quien compartía estancia, pues sólo le quería estar a su lado; era totalmente consciente de que, dado la falta de información que tenían, el resto del grupo tenían sus dudas y habían comenzado a hacer conjeturas, pero ya habría tiempo para las explicaciones.
Al día siguiente, los nakamas se sorprendieron al ver que, a la hora del desayuno, Luffy se hallaba en el comedor con una actitud completamente normal, como si lo que había ocurrido días atrás jamás sucedió. Sanji, que preparaba tortitas por petición expresa del capitán, saludó animadamente a Nami, como siempre, y todos pudieron disfrutar del aroma a chocolate caliente que vagaba por toda la estancia.
-No cierres –ordenó Luffy a Usopp, último en entrar- Deja abierta la puerta…
Todos se miraron sorprendidos, una vez más impresionados por el comportamiento de su capitán, pero el silencio quedó roto por el golpe de Nami sobre la mesa.
-Bueno, ya está bien. Estoy harta.
Luffy, quien aún sostenía su cabeza en su mano, la miró de reojo y retomó su mirada hacia el infinito, lo que terminó por sacar de sus casillas a la navegante, que se acercó hacia él y lo agarró por la camisa.
-¿Quién te has creído que somos? Nos debes explicaciones.
-Eh… ¿y por qué tengo que darlas? –contestó con pasotismo
-La merecemos porque somos un grupo.
-Y yo soy el capitán.
-¿Y crees que eso te da derecho a hacer y deshacer como te plazca?
Luffy se encogió de hombros y le sonrió con picardía, lo que provocó que Nami lo golpeara fuertemente en la cabeza y lo dejara caer al suelo antes ser agarrada por Chopper y Sanji para evitar que siguiera golpeándole, pero sin dejar de blasfemar sobre él.
-Idiota, inconsciente, egoísta, imbécil –le gritaba zarandeándole mientras sus nakamas la sujetaban.
Sin embargo, los gritos fueron silenciados por unos pequeños golpes en la puerta, provocando que la banda dirigiera las miradas hacia allí y quedaron enmudecidos al ver ante sus ojos a aquella misteriosa muchacha, aún en camisón y ligeramente sonrojada por la estupefacción de los presentes. No obstante, Luffy se zafó de Nami y, levantándose del suelo, se dirigió hasta donde estaba ella, aumentando con cada paso su sonrisa. Tiró de su mano, la cogió entre sus brazos y la levantó, girando con ella.
-¡Por fin despertaste! –gritaba una y otra vez.
-Con cuidado –ahogó en un grito Chopper- que la vas a poner enferma de nuevo.
-No sabes cuánto me alegro de tenerte aquí –le dijo Luffy a la chica, sosteniendo su rostro entre sus manos.
Aquel momento tan especial quedó roto por el carraspeo de Nami y Luffy, tras un largo suspiro, supo que debía dar explicaciones que tanto esperaban.
-Bueno… -se giró hacia la chica y, señalando uno a uno, le dijo- él es Usopp, el artillero del barco; Chopper, el médico; Zoro, nuestro espadachín y vigilante nocturno; Sanji, el cocinero; y Nami, la navegante.
La chica los miró uno a uno a medida que los iba nombrando y asentía con la cabeza para saludarlos.
-Chicos, ella es Eirea –dijo sin quitarle ojo de encima a la chica y le acariciaba la cabeza- Mi hermanita.
Ante aquella afirmación, sólo el sonido de las olas del mar rompiendo sobre el casco del barco podía ser escuchado en el lugar, pues los Mugiwaras miraban pálidos y boquiabiertos a su capitán.
-Y ahora –le dijo Luffy a Eirea- ¡A desayunar! Le dije a Sanji que te encantaban las tortitas con chocolate, sabía que eso te haría despertar.
-¡¿QUÉ TIENES UNA HERMANA?! –gritaron todos al unísono ante la pasividad de su capitán.
-Hermana melliza –matizó la chica mientras pinchaba un buen trozo de su desayuno, lo metía en la boca y tragaba en un abrir y cerrar de ojos. Levantó la cabeza y carcajeó al ver la cara de los presentes, cuya sonrisa era idéntica a la de su capitán.
-Entonces… -dijo Nami, tratando de ordenar los papeles de su cabeza- ¿Ace…?
-También nuestro hermano –contestó Eirea, mostrando su voz dulce y tranquila, todo lo contrario que su hermano- Nuestro abuelo se hizo cargo de él desde que era un bebe… Y, apenas un par de años después, nacimos nosotros. Nos criamos juntos hasta que él tuvo 17 años y se convirtió en pirata.
-Su voz es tan angelical… -canturreaba Sanji, girando alrededor de ella- que podría estar escuchándola todo el día…
Tras el desayuno, todos volvieron a sus quehaceres, pero en esta ocasión el capitán cambió sus acostumbradas cabezadas matutinas por una larga e intensa charla con su hermana para ponerse al día mientras le mostraba las estancias del barco. Ya por la tarde, Nami estaba trabajando en la habitación cuando Eirea entró y comenzó a recoger un poco la habitación.
-Nami…
-Sí –respondió la joven
-¿Luffy es buen capitán?- preguntó sentándose en la cama.
-Bueno… a ratos… la verdad es que es un alocado…
-Pero, ¿os trata bien?
-Claro que sí… la verdad es que estoy en deuda con él más que el resto… él me salvó cuando ni creía en mí.
-Entiendo… -susurró mientras seguía recogiendo.
-Oye –le dijo Nami, sobresaltándola- He estado haciendo cálculos y creo que no tardaremos poco en llegar a la siguiente isla. Puedes apañarte mientras con mi ropa, y, cuando lleguemos, podríamos ir juntas de compras… - añadió al ver a la chica con ojos asustadizos y bastante sonrojada- si quieres claro.
-Claro que quiero –exclamó rápidamente.
Aquella noche, cenaron todos juntos y, poco a poco, Eirea empezó a conocerlos mejor, a sentirse cada vez más presente en aquella familia que su hermano había formado y, tras muchos días, semanas, casi meses, volvió a reír hasta quedar sin fuerzas. Pronto todos marcharon a la cama y, como siempre, Zoro se hacía cargo de las guardias nocturnas entre sueño y sueño; sin embargo, tras un rato largo, sintió algo moverse en el barco. Sin pensarlo dos veces, abrió uno de sus ojos y colocó su mano sobre sus espadas, siempre en guardia, pero quedó sorprendido al ver que se trataba de Eirea, quien caminaba en dirección a la proa. Suspiró y volvió a cerrar los ojos, dispuesto a dormir, aunque se sobresaltó al oír el sonido de la madera crujir y, al abrirlos de nuevo, dispuesto a decirle que dejara de molestarlo, la descubrió subida al pasamano del barco.
-Eh… ¡Eh! –le gritó aún más fuerte al ver que la chica no hacía caso a sus advertencias- No deberías hacer eso.
"Ella tiene un Akuma no Mi" pensó sin dejar de observarla "Es igual de imprudente que su hermano" Apenas le había dado tiempo a pestañear cuando que su cuerpo comenzó a precipitarse hacia el mar; corrió hacia ella, la sujetó por la cintura y la trajo de nuevo al navío, salvándola de caer al océano. Aquel brusco movimiento hizo que el barco se tambaleara ligeramente y que el agua salpicara en la cara de la chica, que salió de su ensimismamiento: pestañeó varias veces, sintió sus pies descalzos en la húmeda madera de la cubierta y las pequeñas gotas de aguas que habían salpicado su piel deslizándose por ella, su pelo suelto se movió por la brisa de la noche, miró aquellos brazos fuertes y robustos que la agarraban y giró su cabeza para encontrarse con aquella persona. Durante varios segundos, ambos mantuvieron la mirada, tratando de comprender como dos personas que apenas habían mediado palabra estaban en aquella situación tan embarazosa, escudriñándose con sus ojos la mirada ajena, pero, en apenas un segundo, su femenino gesto se torció, ya que se soltó de sus brazos con un manotazo, abofeteando su cara.
-Pero, ¿qué haces? –preguntó Zoro, indignado, sin comprender nada.
-¿Quién te crees que eres para agarrarme así? ¡Si aún no me he aprendido ni tu nombre! –contestó Eirea y se giró para gritar aún más fuerte- Luffy… ¡LUFFY!
No tardaron en oírse pasos corriendo por el interior del barco y, tras abrirse de golpe, Sanji apareció como un torbellino a acudir a la llamada de la chica; tras él, Nami, Chopper, Ussop y, por último, Luffy rascándose los ojos y arrastrando los pies.
-¿Qué ocurre? –dijo Luffy en un gran bostezo
-¿Te ha hecho algo este imbécil? –acusó Sanji, agarrándose con Zoro.
-Luffy, este idiota me ha sacado de la cama y me estaba abrazando.
-No –rió Nami- tienes que estar de broma, ¿Zoro? ¿En serio?
-Sólo trataba de evitar que saltara del barco –se justificó el chico, soltándose de Sanji de un empujón- Estaba ahí subida y la sujeté. ¡Estaba a punto de tirarse al agua!
-¡Pero serás mentiroso! –contestó Eirea.
-¿Cómo?
-¿Por qué iba a querer yo saltar al agua cuando, obviamente, puedo morir?
-¡Y a mí que me cuentas! Al menos podría ser un poco más agradecida, te he salvado la vida…
-¿Agradecida? Lo que debería es haberte golpeado más fuerte…
-Bueno, bueno, dejad de discutir –trató de poner paz Luffy, tras otro gran bostezo
-¿Es que no le vas a decir nada, hermano? –preguntó la chica, con una mirada asesina.
-Zoro, no vuelvas a hacer eso nunca más –le dijo mientras abrazaba a su hermana y le hacía un gesto a su nakama a sus espaldas para indicarle que después hablarían- Seguro que, después de un gran sueño, habrás olvidado esto. Venga, todos a la cama.
-Pues vaya vigilante nocturno que tienes –opinó Eirea en voz alta a su hermano caminando a su habitación- ¿qué seguridad puede dar un tipo que se queda dormido mientras hace su trabajo?
Al escuchar ese comentario, Usopp y Chooper tuvieron que volver a sujetar a Zoro, quien ardió en cólera y se dirigía hacia ella, pero Sanji le dio una patada en el pecho y cayó hacia atrás.
-Es poco caballeroso ir por las espaldas, gilipollas.
Zoro se levantó y desenvainó su espada, apuntando a su nakama, quien paralizó su ataque con la suela de su zapato en alto.
-Parad –se oyó en el silencio de la noche.
Luffy llegó de nuevo hasta donde estaban ellos y se dirigió directamente hacia el espadachín, estirando su mano y esperando a que este le devolviera el gesto.
-Siento mucho lo ocurrido.
El joven se quedó un poco desconcertado por aquel gesto del capitán, pero le contestó agarrando su mano. Luffy esbozó una gran sonrisa y se giró hacia el resto del grupo.
-Bueno… a decir verdad… la culpa es mía… se me olvidó deciros que algunas veces suele caminar por las noches… Ace pensaba que era sonámbula, por eso cerrábamos la puerta de su habitación con llave después de que la encontráramos en la plaza del pueblo –contó mientras reía.
-¡¿Y POR QUÉ NO LO HAS DICHO HASTA AHORA?! –gritaron todos enfadados.
Con aquella noche para el recuerdo, el día apareció con una nueva isla por descubrir; aquel islote era la una fortaleza en la que se erguía un pequeño pueblo en el que podrían repostar suministros y, tal y como lo habían planeado, para que las chicas pudieran tener su "día de compras". Así, Nami y Eirea pasearon por las distintas tiendas y compraron hasta apenas quedarse sin dinero, renovando la mayoría de su vestuario y adquiriendo algunos caprichos como pergaminos y libros. Sin embargo, cuando se disponían a tomar algo, esperando a reunirse con el resto del grupo, las chicas recayeron en que estaban siendo observadas por casi una treintena de marines, quienes las reconocieron al instante y estaban preparados para atraparlas.
-Nami… -dijo Eirea- tenemos que buscar a los demás… creo que deberíamos separarnos, así será más fácil.
-No estoy segura…
-Hazme caso. Sé lo que me digo. ¡Corre!
Mientras Eirea se dirigía por la calle principal, perseguida por la mayoría de los soldados, Nami salió a correr en dirección contraria, buscando desesperadamente por las calles a sus compañeros. Oteaba por todas las esquinas posibles, desesperada, apenas sin aliento, hasta que, cuando creía que sus fuerzas iban a desfallecer, encontró a Luffy saliendo de un restaurante junto con Ussopp. Tras contarle lo ocurrido, el chico, colocándose bien su sombrero, agarró a sus compañeros y, lanzándose hacia los tejados de los edificios, salieron en su busca.
No tardaron en unirse Sanji y Chopper, que venían de descargar las compras en el barco, y, tras varios minutos corriendo, alcanzaron la torre de un reloj que coronaba una plaza central. La gente del pueblo había desaparecido al ver cómo tal cantidad de marines salían de las calles que desembocaban en aquella plaza y cómo, en el centro de esta, una joven trataba de coger aliento sin dejar de mirar a su alrededor.
-¡Eirea! –gritó Luffy, haciendo que la chica se girara hacia él- ¡Ya estoy aquí!
"Menos mal" pensó la chica, sin saber que aquel alivio le duraría poco tiempo.
-Pero, ¿qué haces?–preguntó a gritos su hermano- Imaginé que ya les habrías pateado el culo a estos imbéciles.
-¿Qué? ¿Es que no ves cuantos son? – le vociferó la chica
-¿Y desde cuando ha sido eso un problema? –le replicó a voces.
-¿Por qué tienen que hablar a gritos? –suspiró Nami al resto de nakamas- No quiero ni imaginar si tuvieran que contarse una estrategia secreta.
-¡Escúchame! –volvió a decirle Luffy, sentándose en el tejado de aquella torre- No pienso mover un dedo por ti.
-¡¿QUEEEE?! –gritaron sorprendidos sus compañeros.
-Sabes que puedes hacerlo –reiteró Luffy, sonriendo- No es la primera vez que te enfrentas a marines, ¿no? y si no puedes con ellos, yo seré tu plan b, ¡pero no haré nada por ti si no luchas hasta el final!
Con cada palabra que pronunciaba su hermano, Eirea se sentía más y más enfadada con él, pero, a la vez, más protegida y respaldada; hacía tiempo que no se esforzaba por luchar, su situación previa a la llegada al barco de su hermano le había demostrado que servía de poco defenderse, pero aquella vez tenía que hacerlo, por ella y por la confianza que le había mostrado Luffy.
Los soldados se acercaban más y más a ella, pero la chica comenzó a defenderse en un recital de patadas y puñetazos, quebraduras y sangre, y cuando quiso darse cuenta, ya había acabado con casi la mitad de sus contrincantes; aun así, le quedaba lo más complicado, pues un amplio grupo de ellos llevaban armas consigo y, por muy escurridiza que se había mostrado, sabía que era imposible luchar contra ellos.
Así, cerró sus ojos y suspiró profundamente mientras cruzaba sus brazos. El cielo empezó a tornarse oscuro, y, lejos de asustarse, como el resto de sus nakamas, Luffy carcajeó eufórico:
-¡Ahora es cuando esto se pone interesante!
Alrededor de los soldados comenzaron a surgir grandes aros de viento hasta que, finalmente, se convirtió en un pequeño huracán cuyo ojo era la joven.
-¿Cómo… Cómo lo ha hecho? –preguntó Nami.
-Kuki-Kuki no mi –contestó Luffy, sin dejar de mirar a su hermana- Puede controlar el viento o hacerlo surgir de la nada.
Ese tornado fue recogiendo en su interior a todos y cada uno de los soldados que estaban en la plaza, siendo dirigidos por la chica con su mano. Una vez hubo acabado con todos, miró a su alrededor, exhausta, oteando lo que había conseguido con su lucha.
-¡Muy bien, hermanita! –le gritó aplaudiendo- ¡¿Ves cómo no era tan difícil?!
-¡Siiii! –contestó la chica, añadiendo con sarcasmo- Y lo he hecho yo sola… que si por ti fuera, so vago…
De repente, el rostro de la chica pasó de la alegría a la seriedad más absoluta: tras escuchar un sonido metálico, sintió como algo abrazaba su tobillo; Luffy, quien sabía que algo iba mal, se incorporó para acercarse a ella.
-Luffy… -dijo Eirea en un susurro que retumbó en los oídos de su hermano.
Ante sus ojos, la cadena comenzó a moverse en dirección a una de las calles en las que desembocaba la plaza y, con ella, Eirea, que se aferraba al suelo, tratando de agarrarse a cualquier cosa que encontraba a su paso y gritando el nombre de su hermano pidiéndole auxilio. Mientras Sanji y Chopper saltaban desde un edificio a otro, tratando de cortarles la salida a los soldados, Luffy estiró el brazo en dirección a la chica, pero cuando estaba a punto de alcanzarla, casi rozando sus dedos, los marines doblaron una esquina y, con aquel golpe contra la pared y oyendo a su hermana gritar su nombre, salió a correr tras sus nakamas. Debían ser rápidos para buscarla, pero aquel pueblo era prácticamente un laberinto en el que era más fácil esconderse de lo que pensaban
Eirea no podía recordar cuanto tiempo fue arrastrada, pero no dejaba de rezar para que no volviera al mismo lugar de donde Luffy la había rescatado. Por fin pararon y pudo mirar a la cara a sus secuestradores: sus caras no les era familiar, pero la mayoría de los marines eran muy parecidos.
-Vaya, vaya –dijo uno de ellos tirando de su pelo para verle bien la cara mientras otro la sujetaba por los brazos y la levantaba del suelo- Mira que eres escurridiza…
-No… no… -suplicaba entre sollozos Eirea. Sentía el frío del hierro agarrándose a su piel y, con él, la pérdida total de su cordura, haciendo que sus piernas le temblaran.
-No te preocupes –contestó el marine que la aprisionaba- No vamos a hacerte daño.
-No, claro que no. Te llevaremos al cuartel… -replicó el otro, y continuó con ironía mientras se acercaba a su oído- Allí hay alguien que te espera que está deseando verte… y nosotros, a cambio, recibiremos tu recompensa. Todos salimos ganando, ¿no crees?
Sólo el simple hecho de pensar que iba a volver al cuartel de la marina hizo que su corazón latiera precipitadamente; cerró sus ojos con fuerza, rezando en su interior porque algo la salvara de esa situación, y, como caído del cielo, escuchó un ruido sordo delante de ella. Eirea lo miró a los ojos, incrédula, pues de todas las personas que podían salvarla, él era el menos esperado.
-Será mejor que la soltéis –dijo Zoro, desenvainando sus espadas- antes de que venga nuestro capitán; creo que no le gustará nada lo que estáis haciendo con su hermana.
La chica pudo notar como el soldado que la tenía agarrada por los brazos tragaba saliva nervioso; sin embargo, a la señal de su compañero, la dejó caer al suelo y ambos sacaron sus espadas para luchar contra Zoro, quien, en apenas unos movimientos. Una vez hubo acabado con ellos, se acercó ella, rompió las cadenas con una de sus espadas y, al ver que la chica no se levantaba, la agarró por los brazos y la levantó para apreciar como su cuerpo aún temblaba y su mirada se mostraba ausente.
-Oye –la llamó, zarandeándola con suavidad- Eirea, mírame…
Al pronunciar su nombre, volvió en sí y lo miró, pudiendo notar como su interior se tranquilizaba al verlo frente a ella; se le notaba preocupado por ella, así que asintió para confirmarle que todo iba bien.
-¡Hermanita!
El sonido de la voz de Luffy entrando en aquel callejón le hizo apartar la mirada de los ojos penetrantes del espadachín y que corriera hacia los brazos de su hermano, rompiendo a llorar. El capitán miró a su nakama mientras él envainaba su última espada y le dirigió un gesto con su cabeza a modo de agradecimiento. Sin más palabras, todos volvieron al barco y elevaron el ancla en busca del próximo destino.
Durante aquella noche, Zoro se dirigía a hacer sus recorridos para asegurarse que todos ya se habían marchado a la cama y todo quedaba tranquilo para dormir mientras vigilaba; al llegar al centro de la nave, se sorprendió al ver a Eirea en el mismo sitio donde la noche anterior tuvieron la trifulca.
-¿No pensarás volver a intentar tirarte, no? –le dijo a la vez que terminaba de hacer las últimas comprobaciones por aquella zona.
La chica se giró, algo asustada por su robusta voz en medio del silencio de la noche, y sonrió por sus palabras, apoyándose en el pasamano del barco.
-No, hoy estoy despierta.
Se hizo el silencio entre ellos, pero esta vez no era tan incómodo como en otras ocasiones. Zoro anduvo hasta colocarse a su lado y ambos se quedaron mirando al mar.
-Oye, Zoro… -comenzó a decir la chica.
-Uhm?
-Esto… -y tras varios segundos en silencio, continuó- Gracias…. Si tú no hubieras llegado, yo no sé qué…
-¿En serio? –le interrumpió con una carcajada irónica.
-¿Qué? ¿Qué pasa?
-Me… ¿me estás dando las gracias?
-¡Claro! ¿Qué tiene de extraño?
-No sé… pensaba…
-¿Creías que era el tipo de chica orgullosa que no da su brazo a torcer aunque una persona le ayude?
-No… para nada… –se apresuró a decir Zoro, algo avergonzado por la forma en la que tenía de dirigirse a él.
-Creo que comprenderás que con unas cadenas de Kairouseki poco más podía hacer…
-No lo eran –interrumpió tajante el joven.
-¿Qué?
-Que no eran cadenas de Kairouseki… -Y continuó sonriendo al ver el gesto contrariado de la chica- Si lo hubieran sido, no podría haberlas cortado.
Mientras la chica asimilaba la información que le había dado, Zoro volvió a mirar el oscuro horizonte de la noche y se atrevió a decir, rompiendo el silencio:
-¿Puedo preguntarte una cosa?
-Sí…
-¿En qué líos estás metidas?
Ante aquella pregunta, Eirea lo miró con los ojos muy abiertos y tragó saliva en varias ocasiones, sin saber muy bien qué contestarle. Desvió su mirada varias veces, incapaz de mantener el contacto visual con Zoro.
-Yo… Yo… Yo…
-No hace falta que lo digas, no si no quieres, pero quiero que comprendas ahora que tus problemas son los del resto del grupo, incluido tu hermano.
-Me ha quedado hoy claro al ver como habéis actuado con todo esto…
Sus palabras quedaron calladas por el enigma que guardaban esos ojos profundos que la hicieron enmudecer, escudriñando cada milímetro de ellos para intentar resolverlo. Zoro, sonrojado por verla mirándolo fijamente, se apresuró a decir:
-Creo que deberías volver a la cama... –al darse cuenta de que había sido muy cortante con sus palabras, añadió con sorna- antes de que vuelva a ocurrir algo por lo que tengamos que salir a rescatarte.
La chica, al escucharlo, sonrió disimuladamente y le hizo un gesto de aprobación a modo de burla, no sin antes despedirse al pasar a su lado.
-Que tengas buen sueño, vigilante nocturno.
Al principio no quiso seguirla con la mirada, pero pasados unos segundos se volvió para verla caminar y cerrar la puerta de la habitación; bajó hasta sentarse cerca del mástil, se recostó en él y cruzó sus brazos tras la cabeza. "Bonita sonrisa" pensó a la vez que cerraba sus ojos, sonriendo.
