Los ojos del destino
Por Luz de luna82
Capítulo 3
¿Es un ángel el que me acaricia el rostro?, tal vez morí y estoy en el cielo! ¿Esos ojos verdes, donde los he visto? Pensó Albert al abrir un ojo, se tocó la cabeza y le dolía tremendamente, se sintió una venda, miro a su alrededor y se vio en una habitación con varias camas, - ¿Dónde me encuentro? ¡Estaba teniendo un sueño tan vivido!
Candy entro de espaldas tratando de abrir la puerta de un empujón con la cadera, traía las manos ocupadas con toda clase de elementos de curación y algunos analgésicos, Albert seguía aturdido, pensó en que de verdad seguía soñando, la tenía a ella en frente, Candice, la chica que había querido ver de nuevo desde el día anterior.
- ¿Cómo es que…? Pregunto Albert bastante confundido.
-Señor Ardlay me parece que, si no es por Georges, usted estaría en el hospital, sepa que la mecánica es cosa muy seria. Le decía ella mientras le daba de beber agua, sentada ella en la orilla de la cama, -aun de cerca es todavía más atractivo- pensó la muchacha e inmediatamente se sonrojo por sus pensamientos, pero sabía que había sido aún más audaz con la nota que le había dejado.
-Ya lo veo señorita White, solo que no entiendo ¿cómo es que usted está aquí?, ¿Georges? Preguntaba el mientras ella le daba agua de beber, se sentía como un niño al verse mimado por esa hermosa criatura, con la vista maravillosa de los labios de aquella mujer que cada vez lo tenía más fascinado, de pronto delineo sus rasgos físico, pequeñas pecas salpicadas en el rostro, unos labios delgados de un color cereza, el característico olor a fresa, un cuello delgado, su inspección se detuvo de golpe en el collar que llevaba encima, era un dije de color verde, no podía ser, ¿será que ese dije fue el que le regalo a aquella pequeña? de sus labios salió su nombre, desde hacía muchos años no lo decía en voz alta, siempre se preguntó que sería de ella, Georges solo le decía que estaba bien y que había sido adoptada, solo le importaba que fuera feliz y no pregunto nada más.
- ¿Candy? Dijo con los recuerdos revoloteándole por la cabeza, -¿eres tú?
La chica confundida se levantó de golpe de la cama, - ¿Cómo sabe el nombre por el que me llama solo mi nana y la señorita Ponny señor Ardlay?
Un Albert adolorido tratando de incorporarse sentía que le estallaba la cabeza, pero era Candy, era su pequeña amiga. ¿Como no se había dado cuenta?
-Candy soy Albert, ¿es que no lo ves? Decía el con una emoción en la voz que jamás se había escuchado antes.
- ¿Albert?, Ella lo recordaba perfectamente, claro que lo recordaba, era su príncipe, era su mejor amigo, era el chico que había cuidado de ella cuando era una pequeña, pero ella estaba furiosa con él, desde hacía años, no lo había olvidado, él la abandono. Cambiando su mirada hacia el rubio, con unos ojos que la habían dejado más que hechizada, dio un paso hacia atrás, no quería comportarse como una chiquilla, pero estaba molesta con él, lo había estañado como a nadie cuando la dejo en el orfanato, lo había buscado por todas partes, la hermana María y la señorita Ponny le habían dicho en más de una forma que él había sido adoptado y que se iría a un país muy lejano, lloro por semanas, y ahora lo tenía ahí en frente, era ridículo, ahora era una mujer y entendía que él se tenía que ir, pero porque no se lo explico o la llevo con él, hubo tantas preguntas en su cabeza, salió corriendo de la habitación, del orfanato, necesitaba pensar, que le diera el aire, respirar, corrió y corrió, pero eso no importaba, necesitaba alejarse, para poder comportarse como lo que era ahora, una mujer independiente.
- ¡Georges! ¡Georges! Gritaba Albert mientras que trataba de sostenerse de una silla, estaba sumamente marido, pero tenía que buscar a Candy, quería hablar con ella, la mirada que le había dado no le gustó nada, nunca pensó en encontrarla de nuevo, quería contarle todo, quería saber de ella, ¿Por qué salió corriendo?
Georges llego agitado, Albert le explico lo que había sucedido, no imaginaba que se encontrarían los dos, le pidió un calmante, quería salir personalmente a buscar a Candy con urgencia.
- ¡Calma William!, no tengo idea que rumbo tomo la chica, pero te prometo que la encontrare, ahora recuéstate, ya la encontraremos, le dio un fuerte analgésico y salió a buscar a la chica, le pidió a la hermana María que estuviera al pendiente de su muchacho, sospechaba que por lo sucedido había olvidado a la señorita Ponny.
Claro que Albert se levantó en cuanto Georges salió, encontrándose a las dos mujeres que le educaron a temprana edad, le dio un beso a ambas, contándoles brevemente lo que había sucedido y desesperado quiso salir a buscarla, la hermana María le pidió sentarse y tranquilizarse un poco, le conto todo lo que sufrió Candy cuando él se fue, las burlas constantes de los otros niños porque su príncipe se había ido y la había abandonado, 6 meses después, la madre de Candy llego al orfanato y en cuanto la vio se enamoró de ella, la adoptaron y se la llevaron a Londres, desde entonces iba a visitarlas una vez al año con su madre, sin embargo desde que ella había muerto su padre no le permitió regresar, a él le avergonzaba que alguien pudiera enterarse de su secreto, nadie imaginaba que era una chica adoptada, sería una vergüenza para él.
De pronto Georges entro corriendo a la sala donde estaban todos hablando.
-No la encuentro por ningún lado William. Decía el hombre mientras trataba de recobrar el aliento.
Albert no lo pensó más y se levantó, tal vez si buscaba en… esperaba que siguiera conociéndola como antes.
Camino un largo trecho y subió la colina, los últimos rayos de sol se veían en el horizonte, entonces volteo hacia arriba y la vio sentada en la rama más alta del padre árbol, donde la encontró hacia tantos años.
-Ay pequeña, ¿Por qué siempre hasta arriba? Se preguntaba mientras comenzaba a subir.
- ¡No quiero hablar contigo, ya te puedes ir por donde llegaste Albert, o ¿debo de llamarte William ahora?
-Candy no seas niña, ¡anda baja ya! Le decía reprendiéndola, -necesitamos hablar, anda baja conmigo.
Vio que Albert se acercaba más y decidió bajar por el otro lado, no quería hablar con él, ahora no, tal vez se comportaba como una cría, pero necesitaba aclarase antes de decir alguna estupidez, sus ojos le habían encantado su aroma varonil le había llevado a pensar cosas nada decentes para una señorita.
Albert veía como bajaba con aquella agilidad, entonces dio un mal paso como a tres metros del suelo y ella cayó, Albert de dos zancadas estaba junto a ella queriendo hacerla reaccionar, perdió el conocimiento y olvidándose de su propio dolor la llevo al interior de la casa, gritándole a George para que le ayudara, cayendo desmayado también por el esfuerzo, la hermana María los ubicaban en una de las habitaciones con varias camas, ese par de cabezas duras no se quedarían en paz hasta que se lastimaran o hablaran, asi que los dos en la misma habitación, el doctor del pueblo los reviso y solo restaba descanso, afortunadamente el pasto amortiguo la caída y no hubo huesos rotos, los dos estarían bien, afortunadamente la hermana María era una estupenda enfermera, pero tenía que ocuparse de la señorita Ponny, Georges también ayudaría, desafortunadamente la nana Dorotie se había ido a ver a su familia en el siguiente pueblo, se llevaría una gran sorpresa al saber que Albert estaba ahí.
Muy temprano de madrugada Albert despertó, la vio dormida, Georges le dio el parte médico y lo envió a dormir, él la cuidaría.
Se le veía tan serena, se había convertido en una hermosa mujer, inteligente e independiente, quería saber todo de ella, su corazón palpitaba como nunca antes, era una locura, él la veía como amiga, pero el destino quiso que se volvieran a encontrar, ¿sería una señal?
Poco a poco ella se desperezo, sintió que le dolía todo el cuerpo, no era para menos, había caído de espalda, comenzó a recordar todo lo que había sucedido ayer, él estaba ahí.
- ¡Candy! Dime ¿Cómo te sientes? Preguntaba mientras le tocaba la frente para tomar su temperatura, la electricidad que últimamente sentían mutuamente estaba ahí, era como un aura azul que los abrazaba, el de pronto le acariciaba el mentón, hipnotizado le comenzó a pasear el pulgar por los labios, esos labios color cereza, ella se dejaba hacer, no sabía lo que esa caricia le hacía sentir, pero escuchaba los galopes de su loco corazón, ¡Dios es tan atractivo! Pensaba para sus adentros.
Georges abrió de golpe la puerta cortando aquel momento, la señorita Ponny había muerto.
Albert abrazo a Candy, ella lloraba desconsolada, se abrazaban el uno al otro dándose consuelo ya que una de las mujeres a la cual consideraban madre acababa de morir.
El funeral no duro mucho, al siguiente día la llevaron al cementerio del pueblo, ahí decidió descansar la señorita Ponny, durante las horas ellos no se habían separado, no hablaron sobre ellos, todo era tratar de dar consuelo a los niños que habitaban en el orfanato, eran solo 4, la hermana María se podría arreglar ella sola perfectamente, ella quería se fuerte para honrar la memoria de su amiga y casi hermana. Después de regresar del cementerio la hermana María decidió darles lo que su amiga les había dejado, una carta, estando a solas en el despacho de la señorita Ponny, Albert leyó.
"Mis queridos hijos, sé que tenemos años sin vernos, pero los conozco perfectamente, han sido una luz para esta vieja, adore verlos crecer hasta que encontraron familias honorables para ustedes, Candy tus travesuras y ocurrencias me permitieron sentirme más joven, eres una chica divertida, fuerte y sé que ante la adversidad que puedas tener tu podrás salir adelante, tienes el carácter para enfrentar lo que venga, se valiente y siempre busca tu felicidad, aunque todo se vea en tu contra sé que encontraras el lado positivo a los problemas, Albert, tu tesón te ha convertido en el hombre de negocios, has bendecido la vida de muchas personas, entre ellas, la de este orfanato, no tienes idea de lo agradecida que me siento hijo, tienes un gran corazón, noble, pero aguerrido como pocos, sé que no te desanimas de primeras, lucha por lo que quieres y sea honorable, lucha hijo, los amo a los dos y me voy en paz, los quiero"
Se voltearon a ver y Candy camino hacia la ventana, veía hacia la nada, pero no lloraría de nuevo, ella no lo quisiera asi, seria fuerte por ella, y buscaría su camino, no regresaría con su padre, buscaría su destino costara lo que costara.
Albert camino hacia ella y la tomo por los hombros, se debían una plática.
-Albert yo lo siento, no debí huir de ti, pero estoy tan molesta contigo, a pesar de los años, sigo estando furiosa contigo, me abandonaste.
-Lamento que te hayas sentido asi pequeña, pero intente llevarte conmigo, sin embargo, creo que sabes ahora que eso no era tan sencillo, la hermana María me conto lo sucedido a mi partida, te prometo que jamás me imagine lo que pasaste, lo siento Candy, perdóname por favor.
-Albert, yo era una pequeña, pero nunca entendí porque no te despediste de mí, solo me abandonaste, yo, yo lamento comportarme de esta manera, perdóname, no ha sido culpa tuya.
De pronto solo la atrajo hacia él y la abrazo, era el abrazo que ella siempre había necesitado de su amigo, el consuelo, el amor, sintió que su enojo se esfumaba, cuando de repente tocaron la puerta, la hermana María entro como bólido, agitada y desconcertada.
-Candy tu prometido está aquí, Neal Leagan pregunta por ti.
Continuara…
