Con motivo de las calores (no sé como estaréis por ahí pero aquí es para derretirse) me ha venido la inspiración veraniega para unirme a la nueva dinámica de la página de Facebook Mundo_Fanfic_Inuyasha_y_Ranma. ¡Espero que sea de vuestro agrado!
Sin nada más que decir... ¡empecemos!
Rojo Pasión
Aquello le parecía una auténtica locura. Se miraba en el espejo con ojo clínico, nerviosa por el atuendo que llevaba. Las dos piezas se adaptaban bien a su cuerpo poco abrasado por el sol, aunque para su gusto eran demasiado pequeñas. La parte de arriba, de un color rojizo con tintes anaranjados, rodeaba su pecho por completo, casi pareciendo que su busto había aumentado. Aun así, ella veía las estrías provocadas por el embarazo y el busto algo caído por dar el pecho. La parte de abajo no dejaba nada a la imaginación y tapaba lo justo, sintiéndose incómoda de mostrar los glúteos algo fofos y la barriga que poco a poco había empezado a disminuir después de dar a luz. ¿Cómo no estarlo? ¿Cuándo le había salido aquella piel de mandarina en los glúteos y los muslos? Llevaba años viviendo en el mundo feudal donde, como mucho, mostraba los tobillos cuando intentaba remojarse los pies, por lo que verse en un espejo nuevamente con poca ropa, casi la deprimió más.
-Guau – escuchó la voz detrás suyo – si te pones eso vas a conseguir que toda la fauna masculina de la aldea muera de un paro al corazón.
-O que las mujeres los maten por mirarte – contrapuso la otra – por favor, no enseñes esto delante de Miroku – imploró.
-¡No tengo intención de ponérmelo aquí! – exclamó avergonzada – pero mi madre me ha invitado para el Obōn y mis excompañeras de instituto han insistido en vernos en el hotel de una de ellas – suspiró hastiada – este ha sido un conjunto que me ha comprado mi madre y es de los más modestos – se tapó la cara y se encogió en sí misma – Ya no tengo cuerpo para llevar esto.
¿Cómo les podía haber dicho que sí? Era cierto que estaba contenta de volver a tomar contacto con ellas, pero aquello le parecía apresurado. Después de la última visita a casa de su madre, Ayumi había aparecido en el templo para hacer unas ofrendas y agradecer su buena fortuna. Quisiera la suerte que ambas coincidieran y se pusieran al día, descubriendo que su amiga había amasado una pequeña fortuna con una pequeña cadena de hoteles ambientados en la era Edo. La joven le había comentado que antes del Obon, las chicas habían quedado en uno de los hoteles cerca de Santuario de Koto, el Tomioka Hachiman-gū, uno de los más majestuosos de Tokio, y como si fuera una idea poco planeada, la invitó para revivir los viejos tiempos.
Nunca supo decirle que no a Ayumi.
-¡No seas estúpida! – por poco Kagura le avienta una colleja – Hasta a mi marido se le caería la baba al verte – dijo con picardía - ¿tu madre no tendrá alguno para mi?
-Tengo muchísimas marcas del embarazo– suspiró rozándose las estrías con los dedos – ellas son jóvenes con un cuerpo de espanto, no pinto nada allí.
-Eres una exagerada – quitó hierro al asunto Sango – te hace falta salir de aquí, la mente cuadrada del sengoku te está absorbiendo, querida.
-Además, en cuanto tu marido te vea morirá – rió Kagura – Si lleva días distante, con esto te aseguro que se acabará.
Kagome sonrió entristecida. Ellas eran las únicas que sabían sus miedos, que sabían que temía que Inuyasha ya no la viera de la misma manera que antes de tener a su pequeña hija. Y es que, después de esperar la cuarentena detrás del parto, el comportamiento del hanyō verse a ella se había tornado como en los inicios de su viaje juntos, no había besos furtivos, no había abrazos en el lecho… en definitiva, no tenían ningún tipo de relación física.
Ella pensó en un primer momento que el estrés de tener a alguien más que cuidar podía llevar a ambos de cabeza, pero después de los primeros meses, la joven observaba que no había ningún acercamiento por parte del hanyō, más, sin embargo, la frialdad entre los dos se hacía cada vez más extensa, separándolos casi por completo. Aquella pared invisible había llegado incluso a que él durmiera sentado y apoyado en la pared de la habitación, dejando el futon para ella y su bebé.
-O se aparte más – suspiró derrotada.
-No digas eso – intentó animarla Sango – sabes que Inuyasha es idiota, pero te ama con locura. Estoy más que segura que su propia inseguridad de padre primerizo lo hace actuar así.
-Anoche salió de la cabaña alegando que había escuchado un ruido fuera – las lágrimas amenazaron con salir, pero se las limpió con primicia – no volvió hasta entrada la madrugada y olía a perfume de mujer – aquella declaración no pensaba hacerla, pensaba quedárselo para ella, pero estaba especialmente vulnerable – Mūn cumplirá los seis meses en semanas y ya huele a otras mujeres.
-Voy a matarlo – Kagura sacó el abanico dispuesta a buscarlo. Kagome la detuvo entristecida- ¿qué? ¿vas a llorar pensando que el imbécil te engaña y recreándote en tu desgracia? Esa no es al Kagome que conocemos.
-Cierto, la Kagome que conocemos se pondría la ropa más espectacular y le recordaría al imbécil lo que se va a perder por hacer tonterías – corroboró Sango cargándose disimuladamente el bumerang en su espalda – con más razón debes ir con tus amigas al futuro y pasártelo bien.
-Coge a tu pequeña y llévatela unos días al futuro. Olvídate de ese imbécil y de agradarle y quiérete un poco tu – la domadora de los vientos le tocó el hombro desnudo – y si tienes tiempo, quiero uno de esos. Quiero asustar a Sesshomaru – su comentario tan improvisado despertó una carcajada tanto en ella como en Sango - ¿Lo harás?
-Yo… - observó a ambas mujeres, que le lanzaban miradas de valentía y aventura, deseosas de que ella dijera que sí. Suspiró, podría ser muchas cosas, pero Kagome nunca se había considerado una cobarde - ¿Te lo compro verde? – preguntó burlona.
-Lo más pequeño posible – contestó la domadora de los vientos con una sonrisa pícara.
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Llegó temprano al templo. Como la noche anterior, el hanyō había escuchado un ruido procedente del exterior, desapareciendo por la puerta sin siquiera decir nada más. Pero esta vez, en vez de llorar hasta caer exhausta, Kagome se levantó decidida y cogió su roída y vieja mochila amarilla para llevarse todo lo necesario. No tenía mucha cosa, sobretodo cosas de su pequeña, como el muñeco que Inuyasha le había hecho antes de que naciera o el sonajero que le había regalado Shippō. Cuando estuvo preparada, ni siquiera esperó a que él volviera, salió rauda de la cabaña dirección al pozo con su hija en brazos. Llevaba pocos pasos cuando Sango y Kagura se presentaron ante ella con una sonrisa compungida para acompañarla al pozo, pues, como ambas habían sospechado, aquella noche el hanyō también había dejado su hogar.
Ambas mujeres le hicieron el camino hacia el pozo más ameno, no pensando en las consecuencias de salir de hurtadillas con su hija y desaparecer sin decir nada; solo escuchando las sugerencias picantes de Kagura y los remilgos puristas de Sango. Kagome daba gracias porque ambas fueran las personas tan cercanas a ella y la cuidaran de aquella manera, y se lo hizo saber cuándo las abrazó con lágrimas en los ojos antes de pasar al futuro.
-Parece que no nos volveremos a ver – objetó juguetona Sango.
-Ni lo sueñes, quiero mi conjunto verde esmeralda – argumentó Kagura.
Pero al verla saltar en el pozo, Kagome supo que ambas podían descifrar sus pensamientos. Si las cosas no se arreglaban con Inuyasha, muy probablemente no volvería a aquel tiempo.
Estaba decidido.
-Cariño ¿qué haces tan temprano? – la voz de su madre la distrajo y de repente, le asaltaron las lágrimas - ¿Qué ha ocurrido?
Entró en casa de su madre apoyándose en ella, expresando todos los miedos y angustias que tenía de su relación con su marido. Su madre le apretaba la mano en señal de apoyo mientras mecía a la pequeña en aquel balancín que Sōta había comprado cuando se enteró que su hermana estaba embarazada. Sintió que pudo expresar todo el sufrimiento con ella, quien solo asentía con una sonrisa triste y nerviosa a la vez que pasó desapercibido por la joven sacerdotisa.
Suficiente tenía con gestionar sus sentimientos en aquel momento.
-Sube y cámbiate, Ayumi vendrá por ti en breve – Kagome la miró nerviosa – ponte el conjunto rojo que te regalé, hoy habrá luna llena – la joven miró a su madre extrañada, pero en ese momento no tenía la cabeza para pensar en esas cosas.
-Por favor, si Inuyasha viene, no dejes que lleve lejos a Mōn, sino puede esperar que venga a buscarme, pero que no se atreva a alejarme de mi hija.
-¿Cómo has hecho tu? – preguntó audaz, Sonomi.
-Yo no lo he alejado, él se ha apartado – contestó dolida. No esperó a que su madre digera nada y subió para cambiarse.
-Le dije que tendría problemas si no hablaba con ella – le dijo a la pequeña que jugaba con aquel sonajero del pasado – tus padres son unos tontos ¿los sabías mi vida? – la niña verbalizó algo que no llegó a ser más que un montón de burbujas en su boca, arrancándole una carcajada a la abuela – opino lo mismo.
Sonomi se levantó para poner un incienso en el altar que tenía montado con motivo del Obōn y luego, con la pequeña en la hamaca, dio unas palmadas y rezó en silencio.
-¿Crees que podrás ayudarlos? Es una aventura durísima y tu hija y tu yerno son grandes cabezotas – miró la foto de su difunto esposo y escuchó a Mōn balbucear nuevamente – ojalá tengas razón y los ayude.
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Llegó cerca del mediodía a su hogar, sorprendiéndose a encontrarse allí a Kagura y Sango en vez de su mujer y a su hija. Por un momento, el pánico le inundó pensado que algo podía haberles pasado y con urgencia observó la estancia esperando encontrarlas o al menos una pista de su paradero.
-¿Dónde están? – preguntó angustiado - ¿están bien? – Kagura se acercó a él seria y peligrosa, casi como antaño - ¿qué ocurre?
-¿Dónde narices has estado? – preguntó intransigente.
-¿Perdón?
-A ella no es quien tienes que pedir perdón, adúltero – Inuyasha se mostró más que sorprendido cuando Sango lo despreció de esa manera - ¿A qué maldito burdel vas? ¿Te ha llevado mi marido?
-¿Pero qué mierdas dices, Sango? – Kagura se acercó a él y lo olisqueó sin reparo alguno - ¿Qué narices os pasa?
-No huele a mujer, ni a perfume ni a esencia – le comentó a Sango obviando sus preguntas.
-Es posible que se diera cuenta y se cambiara antes de volver para que Kagome no sospechara – alegó la otra con un dedo en el mentón.
-Muy rebuscado, pero he escuchado cosas peores – corroboró la otra.
-¿Me queréis decir que mierdas está pasando y dónde narices está mi mujer? – gritó exasperado y fuera de sí. Ambas mujeres se giraron a él y lo miraron despectivamente - ¿Qué?
-¿Cómo puedes ser tan cínico? – preguntó la exterminadora – primero te alejas de Kagome, la engañas con otra y ahora exiges su presencia. ¿Desde cuándo te has vuelto tan déspota?
-¿Engañarla?
-No seas condescendiente – atacó violentamente Kagura – sabemos que te has alejado de ella desde que tuvo a la niña, niña que tu ayudaste a concebir, por cierto – le señaló con el dedo índice – sabemos que ni siquiera la miras más de lo necesario, que no duermes con ella y que vuelves con el olor a perfume de otra mujer. Ese comportamiento dice muy poco de ti.
Inuyasha se apartó de ellas intentando asimilar la información que ambas mujeres le habían soltado de golpe. Ellas pensaban que él le era infiel a Kagome, cosa que le haría reír a carcajadas sino pensara que su vida corriera peligro, ya que ambas estaban realmente cabreadas. Pero entonces, otro pensamiento llegó a su cerebro y sin prestarles mucha atención, se dirigió a la habitación para rebuscar algo desesperadamente. Salió velozmente de allí al no encontrarlo.
-Se ha llevado su mochila amarilla y las cosas de la niña – se acercó a ellas - ¿Kagome me ha dejado? – preguntó con un hilo de voz - ¿Ambas se han ido?
-¿Creías que te esperaría llorando a que le entregaras un poco de amor? – preguntó irónica la domadora de vientos – hemos perdido a una gran amiga por tu culpa – Inuyasha se sentó en el suelo y ante la mirada sorprendida de ambas, el hanyō se echó a llorar desconsoladamente.
-¿Inuyasha? – preguntó Sango impactada. Nunca lo había visto así de afligido y abatido - ¿Qué está pasando?
-¡Ahora te arrepientes! – Kagura estuvo a punto de abofetearle, pero Sango lo detuvo - ¡Sango!
-No es normal, Kagura – la domadora de los vientos se apartó a regañadientes – Inuyasha ¿has engañado a Kagome?
-¿Cómo narices se te ocurre esa estupidez? – preguntó entre lágrimas – maldita sea, tengo que encontrarla, tengo que arreglarlo.
-¿Cómo piensas explicar tu comportamiento, hanyō? – preguntó agresiva Kagura. Inuyasha se levantó y la encaró – estoy esperando.
-Solo de debo explicaciones a ella ¿por qué debería hablar con vosotras? Es a ella a quien le tengo que suplicar que me escuche y rezar para que no saque malditas suposiciones precipitadas – la domadora de vientos alzó una ceja sorprendida y miró a su amiga, no esperaba aquella respuesta.
-Porque si tus explicaciones son lo suficientemente convincentes, te diremos dónde está – Inuyasha observó a su amiga esperanzado.
-Habla rápido cuñado – Kagura tomó la palabra – sino nos convences a lo mejor otro se te adelanta.
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-Esto va a ser genial – le dijo Ayumi al meter su pequeña maleta en el maletero - ¿seguro que no quieres llevarte a la pequeña? Las otras se enamorarán de esos ojos tanto como yo – agregó con una sonrisa.
-No, tranquila, no quiero agobiarla – aseguró con una sonrisa.
Pero la realidad era que le había costado horrores separarse de su pequeña. Mōn había sido el centro de su mundo durante esos seis meses y el hecho de separarse de ella le parecía una falta de madurez y una falla como madre importante, aunque la suya propia le había quitado hierro al asunto.
Además, estaba el asunto de Inuyasha. Sabía que él tarde o temprano llegaría a la cabaña y no las encontraría, por lo que llegaría a la conclusión de una manera o de otra que había viajado a su antiguo hogar y, por tanto, podría fácilmente encontrarlas.
No es que quisiera esconderse de él, pero tampoco quería verlo. En realidad, ya no sabía que quería.
-Te va a encantar – Ayumi inició nuevamente la conversación – el hotel es una casa apartada en las afueras de Koto, y las habitaciones que tenemos cada una son hermosas. Las remodelamos al estilo del Sengoku – dijo con una sonrisa.
-¿A sí? – sonrió nerviosa – Que bien – intentó alegrarse, sin mucho éxito.
-Me he podido permitir cerrar para el público. Ya verás, parece una casa de un señor feudal – Kagome sonrió y apoyó la cabeza en la ventana - ¿Seguro que no quieres que volvamos por Mōn? Nos podemos adaptar a ella – la joven sacerdotisa la miró sorprendida, pero negó con la cabeza – está bien. Una cosa más.
-Dime.
-Eri quiso que cada una tuviéramos una habitación individual, porque quiere conocer chicos – Kagome rio al ver la rojez en la cara de su amiga – para evitarme problemas, he invitado a Hojo, llevamos años saliendo.
-Me alegro – sonrió genuinamente por primera vez ese día – pero ¿qué tiene que ver conmigo?
-Quería avisarte para que llamaras a Inuyasha – Ayumi la miró disimuladamente – por si querías traerlo, pero tu madre me dijo que mejor no. ¿estáis bien? – y por primera vez, Kagome se dio cuenta de cómo su amiga intentaba buscar las maneras para que ella se desahogara. Inspiró y nuevamente sonrió - ¿demasiado brusco? – preguntó apenada.
-Para nada – contestó – simplemente no tenemos la mejor racha. Es posible que yo también quiera conocer gente nueva – dijo mirando por la ventana. Un silencio incómodo se instaló en el coche, ya que ninguna de las dos volvió a emitir palabra alguna, perdidas en sus propios pensamientos.
Cuando llegaron a la ciudad de Koto todo parecía estar arreglado para una gran fiesta. La gente había decorado la ciudad con adornos y farolillos alegres que se encenderían por la noche. Mientras Ayumi se dirigía al aparcamiento de su hotel, Kagome observó diferentes personas por la calle vestidos con kimonos y cargando algunos santuarios móviles. La joven sacerdotisa se encandiló, disfrutando alegre por primera vez en tiempo.
-Es el Fukagawa Matsuri – agregó Ayumi – una de las escusas por la que hemos quedado hoy. Esta noche, después de pasarnos un rato en la piscina del hotel, nos pasaremos por el festival – sonrió afable. -Eso sería estupendo – comentó con una sonrisa. Llegaron al aparcamiento y sacaron sus cosas para entrar en aquella casa que bien podía ser cualquiera de las casas señoriales de la etapa Edo. La joven quedó fascinada con la fachada, sorprendiéndole lo bien ambientado que estaba el lugar. El jardín tenía un pequeño lago de truchas con un sistema de fuentes cristalina que humedecía el ambiente, estaba lleno de árboles frescos y una brisa extraña en aquel ambiente tan caluroso de Tokio. Casi parecía que no hubiera traspasado el pozo. El reencuentro con sus otras dos compañas fue emotivo. Yuka se había convertido en una excelente contable, quien entre otras cosas llevaba la parte administrativa de los hoteles de Ayumi. Por su parte, Eri se había sacado su título de enfermería y ahora trabajaba en el Hospital Universitario de Tokio. Estando con ellas y aunque no tenía mucho que explicar sin quedar en evidencia, parecía que el tiempo no había pasado. Comieron juntas y se pusieron al día, explicándoles ella su nueva vida como madre, como su hija había cambiado su mundo y como no se arrepentía de ser madre tan pronto. Las horas pasaron volando, olvidándose por primera vez de su marido y su decepción con él.
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Las luces azuladas de su alrededor desaparecieron paulatinamente junto al leve cosquilleo que le provocaba pasar al otro lado del pozo. Ansioso, después de hablar con Sango y Kagura, Inuyasha salió veloz hacia el pozo, maldiciendo que era cerca de la media tarde. Salió de la caseta apresurado y corrió hacia la estancia, siguiendo el olor de su hija, con suerte, ambas estarían aun allí.
Su decepción fue palpable en su rostro.
Su pequeña niña se encontraba dormida en una especie de balancín, tapada con una pequeña sábana mientras un ventilador refrescaba la estancia. A su lado, Sonomi observaba la entrada con una cara indescriptible, entre enfadada y aburrida.
-Te has tardado – le recriminó con voz severa – se ha ido con sus amigas. Hasta mañana no volverá.
-¿Dónde está, Sonomi? – la mujer suspiró hastiada – tu sabes porque me he ausentado todo este tiempo – su suegra asintió – sí, es cierto que tenía que haber hablado con ella, pero no sabía cómo decírselo.
-¿Tan difícil era decirle que estabas buscando algo para que su ánimo no decayera? – alzó la voz más de lo debido provocando que la niña se moviera inquieta – ¿eres consciente de lo que tus actos han provocado? – preguntó en susurros – se siente insegura, fea y al borde de una depresión fomentada por el postparto – el hanyō bajó la mirada y apretó los puños – ¿encontraste el regalo, al menos?
-En una de las tiendas que me recomendaste me hablaron de esa dispersión provocada por el parto – Sonomi sonrió sin contradecirlo, parecía hacer un gran esfuerzo para acostumbrarse a ese nuevo vocabulario – me dijeron que le comprara algo… -se sonrojó – espero que con ello se sienta mejor.
-Eres mi debilidad, niño – dijo tras un suspiro al ver su cara entristecida – ha ido con sus amigas a Koto, a un hotel. Te diré como llegar, pero por favor, trátala con cuidado – él asintió – la bolsa que dejaste esta mañana se encuentra en mi habitación, encima de la cama.
-Gracias Sonomi.
-No me las des aún – respondió altiva – aún no la has conquistado.
Llegó al hotel cerca de las ocho de la noche, al final, la polución y toda la aglomeración de gente había provocado que el hanyō anduviera dando vueltas por la ciudad de Koto sin encontrar el maldito lugar. Había pasado por el templo, donde había visto una comparsa de diferentes santuarios móviles a la vez que los sacerdotes que los portaban tiraban agua para purificar al gentío. Aunque no estuvo mucho, estuvo lo suficiente como para algunas gotas le mojaran la cara y el pelo. Hastiado de dar vueltas, cuando llegó al hotel se encontró a una joven que recordaba de antaño, una de las amigas de Kagome, con un extraño ropaje en sus manos de colores rogizos.
-He hablado con tu suegra y me ha explicado a grandes rasgos lo imbécil que llegas a ser – Inuyasha suspiró, no podía enfadarse cuando aquella joven tenía toda la razón – pero también he visto tan decaída a mi amiga que, si tu puedes ayudarla, te daré todas las ventajas.
-Gracias.
-Ponte esto y espérala en el manantial que hay en la parte de atrás, no la cagues – le amenazó con el dedo – aprovecha que estamos en luna llena – y se giró para irse. Él suspiró, cansado de tanto rapapolvo femenino y miró la prenda de ropa roja con curiosidad. ¿Eran unos pantalones rotos? ¿dónde quedaba lo demás?
…Continuará
¡Hola! Encantada de volver a estar por aquí con este nuevo evento. A decir verdad, creo que se me ha ido un poco la cabeza porque, para variar, no he podido quedarme solo con un One-shot cortito. Así que, he decidido, como el anterior, partirlo en dos partes.
Espero que sea de vuestro agrado y, Spoiler Alert, va a haber lemon.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
