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Kagome había disfrutado del día como hacía años que no disfrutaba. Había vuelto a ver a Hōjō, quien se había convertido en un hombre apuesto, y a dos amigos suyos, Ichigo, un joven que también trabajaba en el hospital con Eri y Tarō, tan alto y fuerte como un armario que trabajaba profesionalmente en la liga de básquet japonesa. Éste había congeniado muchísimo con ella, notando incluso, que el joven le lanzaba pequeñas coqueterías y que la miraba de reojo.

No estaba bien, pero se sentía feliz.

Que un hombre le demostrara que seguía estando en el mercado le encantó. Aunque no fuera Inuyasha quien le dedicaba aquellos susurros atrevidos o aquellas miradas candentes, recibir aquellos estímulos la calentó por dentro, contestando con sonrisas coquetas y sonrojos notables.

No estaba bien, estaba casada y con una hija pequeña. Pero por primera vez en meses, volvía a sentirse mujer.

El grupo, después de haberse mojado en el santuario con el agua sagrada de la festividad, volvían al hotel, comentando a carcajadas la experiencia. Había notado como Tarō se había acercado más a ella, rozándole las manos y sonriéndole con aquel gesto coqueto, sintiéndose nerviosa y algo culpable de sentirse poderosa como mujer, aun y con su cuerpo desperfecto producto de la vida en el sengoku con su marido.

-¿Quieres que vayamos a la habitación después? Podemos seguir hablando – le comentó Tarō muy cerca de su oreja, en un susurro suave a la vez que veía a Ayumi llegar con ellos, cerca de la entrada del hotel y hablar con Hōjō. El pelo de la nuca se le erizó e inevitablemente sintió un escalofrío a su espalda. Algo que hacía meses que no sentía, desde el último acercamiento con Inuyasha.

Inuyasha… su estúpido marido quien siempre conseguía encender su cuerpo con una mirada, el mismo con el que se sentía en el cielo, el mismo que ahora la hacía sufrir.

Alzó la mirada y observó como él deportista la miraba esperanzado, como si realmente creyera que había hecho un gran trabajo aquella noche, como si realmente aquella noche conseguiría su premio, pasar la noche con ella sin responsabilidades del mañana. Y ella podría perfectamente aceptarlo, sentirse sexualmente activa y acallar las voces que le recriminaban que había sido su culpa y su cuerpo quien había hecho fracasar su matrimonio y que su marido había buscado lo que necesitaba en otro lado.

Suspiró y le sonrió con una sonrisa afable. Era una estúpida.

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Estar nervioso era un eufemismo de lo que realmente sentía en aquel momento. Había hecho caso a la amiga de su mujer y se había cambiado, quedándose con aquel pantalón corto de color anaranjado en aquella balsa de agua fría que olía a químico. Movía el pie ansioso mientras esperaba que su mujer entrara por la puerta, esperando no haber llegado demasiado tarde.

No podía evitar pensar que la había cagado con ella de la peor forma posible. Llevaba meses viendo como Kagome se tapaba cuando él aparecía por la puerta, suspiraba entristecida cuando la cazaba mirándose a sí misma y lloraba algunas noches cuando creía que él dormía. No sabía que podía hacer, pensó que aquello era porque el cuerpo de su mujer se había alterado después del parto, pero no parecía mejorar a medida que pasaban los días.

Por lo que decidió dejarle espacio.

Pensó que quería estar sola, que quería tener tiempo para ella, para reponerse y no quería agobiarla. Se inventó mil y una mentiras para poner tierra de por medio y no abalanzarse sobre ella cuando la veía con algo menos de ropa. Tenía que aguantar, por ella.

Pero nada parecía mejorar. Por ello, y comprobando que Kaede no podía ayudar mucho, decidió hablar con Sonomi, quien le explicó que era una depresión post-parto y le dejó claro, que su comportamiento solo agravaba más la situación. Fue ella quien le aconsejó visitar diferentes tiendas que hacían que las mujeres se sintieran femeninas, desde perfumes agobiantes a ropa exuberante. No estaba muy convencido, pero la joven de la tienda le aconsejó que eligiera la ropa interior negra antes de cualquier perfume, ya que a él también tenía que gustarle.

Aquello era una gilipollez, aunque Kagome oliera a excremento y vistiera de esparto seguiría siendo hermosa para él. Simplemente tenía que hacérselo entender en aquella cabeza de mollera que tenía. Suspiró enfadado, él era un imbécil por no saber leer las señales, pero ella no se quedaba corta al no explicarle sus miedos. ¿Es que no confiaba en él?

Es producto de esa depresión, querido - Escuchó la voz de su suegra, recordando la primera noche que fue en busca de ayuda - a mí también me pasó. Es algo que todas pasamos y que nos afecta más o menos, dependiendo de la situación. Respiró hondo, no podía enfadarse.

Pero aquella determinación desapareció en cuanto olió la esencia de su mujer mezclada con la de un humano al que no conocía. Inuyasha se levantó y se dirigió a la puerta del jardín tronando los dedos, iracundo. Podía ser comprensivo con ella, pero si alguien se había atrevido a acercarse a su mujer no sería tan amable. Gruñó cuando el olor mezclado de ambos se acercó y estuvo a punto de saltar encima de aquel humano cuando vio que alguien aparecía por la puerta.

Paró de golpe al ver, estupefacto, qué tenía delante.

Kagome entró sola en aquel jardín, vestida, si podía decir eso, con una ropa interior vistosa de color rojiza que le resaltaba todas sus curvas bien formadas y con una chaqueta a los hombros. La joven, al verlo allí parado, abrió los ojos y se tapó instintivamente, como si temiera que le reprochara por su vestimenta.

Aquello le encogió el corazón.

-Inuyasha ¿qué haces...? – no le dio tiempo a decir nada más, cuando él se abalanzó hacia ella y la besó hambriento. No pudo evitar soltar un gruñido de satisfacción al sentir su cuerpo cerca otra vez. Ella correspondió deseosa, para luego separarse enfadada – ¿qué te crees que estás haciendo? – le vio las lágrimas acumularse en sus ojos a la vez que se apartaba – ¡Después de tanto tiempo, te acuerdas ahora!

-Kagome…

-No utilices ese tono conmigo – le amenazó ella, sacando un poco de carácter que hacía meses que no veía – si crees que puedes irte por ahí con cualquiera y luego volver cuando se te antoje, estás muy equivocado – observó como ella avanzaba, iracunda hacia él, haciéndolo retroceder instintivamente - ¿Sabes que yo podría haber hecho lo mismo que tu esta noche? – él alzó una ceja – pero en vez de pensar con mi sentido más primitivo, he pensado en ti, en que te quiero y que no sería capaz de hacerte eso, aunque te lo merecieras – las lágrimas cayeron salvajes por sus mejillas – sé que ya no soy la misma, que mi cuerpo ya no es el mismo. ¡Yo soy la primera que me odio a mí misma! Pero eso no te da derecho a – nuevamente, Inuyasha obvió su enfado y se acercó a ella arrancándole de un tiró el dichoso abrigo que sabía que no era de ella y que olía a aquel asqueroso hombre - ¿Quieres dejar de ser un bruto? – él observó su cuerpo, ahora sin nada que tapara sus curvas y agradeció que el pantalón corto que llevaba no fuera muy apretado de la entrepierna – Las estrías son lo peor ¿verdad? – otra vez, la voz de ella se había apagado, como si volviera a la Kagome de los últimos meses.

-Que tonta eres – ella lo miró con una ceja alzada, parecía que su carácter seguía ahí, aunque escondido - ¿eso son marcas? Yo tengo heridas por todo el cuerpo que son el doble de eso – y para reforzar el argumento, señaló su torso desnudo una cicatriz que Sesshomaru le había regalado años atrás – esas marquitas son hasta graciosas en tu piel, nada comparado al sufrimiento de una herida como esta.

-No es una competición. No seas crío.

-No seas tú la cría – estaba tan cerca de ella que podía sentir su aliento en su piel, marcándolo a fuego - ¿en qué momento se te ocurre que algo en ti puede repelerme? Conozco cada rincón de tu cuerpo y cada rincón me vuelve loco.

-Hipócrita – le recriminó - ¿dónde estaban esas palabras hace seis meses cuando estaba hinchada, dolorida y hormonada hasta las cejas?

-Guardadas en un cajón en lo más profundo de mi mente – cerró los ojos suspirando – Kaede me dejó terminantemente prohibido acercarme a ti físicamente – Kagome abrió los ojos sorprendida – me dijo que habías sufrido mucho durante el parto y que debíamos respetar los cuarenta días.

-Y ¿después?

-Eso debería preguntártelo yo – contestó con el mismo tono condescendiente – te escondías de mí, te tapabas, no querías acercarte, llorabas por las noches. No sabía qué hacer, no sabía a qué se debía y… - no pudo evitar acercar sus manos a sus hombros, acariciándolos suavemente

-¿Y te fuiste con otra? - preguntó abrupta, apunto de llorar nuevamente.

-Como si pudiera – ella lo miró más escéptica aun – Sango, Kagura, tu amiga del futuro e incluso tu madre me colgarían de las pelotas –impresionada, ella soltó una carcajada sin proponérselo, destensando un poco la situación – me aparté para dejarte espacio, pero viendo que no había mejora, busqué ayuda. Tu madre me dijo que tienes una desesperación post-parto o algo así y que debía hacerte entender que aquello que estabas pensando no era cierto – ella fue a hablar, pero él la interrumpió, abrazándola, oliendo su cabello– olías a perfume de mujer porque una vendedora de tu tiempo me roció con aquel olor asqueroso mientras buscaba un regalo para ti.

-¿Cómo? – se apartó con los ojos como platos.

-Entré en aquel centro comercial y me roció con eso, como si fuera un bicho – la segunda carcajada de ella le sacó una a él también – no me dio tiempo a explicarte nada y tampoco sabía cómo hacerlo. No quería que te sintieras más mal.

-Eres un idiota – sintió como ella por primera vez en meses tomaba la iniciativa y le acariciaba su pecho, recreándose en cada abdominal marcada – podrías conseguir a cualquiera yo ya no soy la de antes.

Inuyasha suspiró, ya le habían advertido que unas simples palabras no le harían cambiar de opinión y menos alguien tan cabezuda como ella, por ello entró en el agua con ella y se sentó en una de las escaleras sumergidas de aquella piscina. Debía de reconocer que, sino sintiera el olor a polución de la ciudad, Inuyasha pensaría que estaban en su hogar. La escuchó protestar cuando la obligó a sentarse a horcajadas sobre él, pero sus remilgos callaron cuando sintió su excitación chocar con ella.

-Esto es lo que me provocas. Tengas marcas, arrugas o imperfecciones me sigues provocando esto. Tener una hija no cambiará eso, si más, fomentará ese deseo que tengo por ti – apretó las caderas de ella hacia él escuchando un suspiro de satisfacción por parte de ambos – estás igual de hambrienta que yo – sonrió pícaro.

-Son más de seis meses que no tenemos… ya sabes – y reafirmando la palabra no dicha, movió las caderas sobre su erección arrancándole un gemido – claro que tengo ganas. Pero… - él la besó hambriento, intensificando las caricias por su espalda y sus glúteos.

-Pero nada – objetó – si tu quieres y yo también… ¿a qué estamos esperando?

Se acercó a su cuello y lo devoró a besos, escuchando sus suspiros placenteros ante sus caricias. Las manos, inquietas y juguetonas, se pasaron varias veces por su suave espalda despertando en ella más sensaciones placenteras. Bajó hasta los glúteos y se deleitó con ellos, ciertamente desde que se había casado y había podido tocar libremente aquella parte de la anatomía de su mujer, no podía recriminarle nada a Miroku, él mismo era adicto a aquella parte de ella.

Notó como ella no se quedaba atrás y movía las caderas, creando una fricción placentera entre ambos cuerpos deseosos de arrancarse las ropas y sentirse completamente. Sus besos bajaron del cuello al nacimiento de sus pechos, deleitándose en la zona, besando, lamiendo y masajeando aquellas dos partes de ella que, junto a los glúteos, lo volvían loco.

Algo debía estar haciendo bien, porque su mujer se desató la parte de arriba de aquel traje para que pudiera disfrutar de ellos libremente. Escuchó la risa de ella, seguramente provocada por el siseo que lanzó él al sentir nuevamente aquella suave y tersa piel sobre sus labios. ¿Cuántas veces había tenido que huir de la cabaña cuando veía que amamantaba a su pequeña niña? ¿se podía tener envidia de un bebé?

-Te sobra ropa – escuchó la voz gutural de ella, entrecortada por los suspiros y los gemidos placenteros.

Como si fuera una orden, bajó aquel pantalón extraño hasta quitárselo de en medio, sin bajar a Kagome de su regazo. Las sensaciones de tenerla encima y el suave vaivén del agua eran increíbles, pero antes de poder volver a su tarea de estimularla, su mujer había empezado a estimular su excitado miembro en el agua.

-Kago… - ahogó un gemido sin poder acabar de decir su nombre. Ella sonrió a la vez que movía los dedos diestramente – te sobra… - no pudo acabar la frase, pero ella solo sonrió y siguió a lo suyo.

Aquella sonrisa pícara, aquella determinación en su mirada y los rayos de luna iluminándola lo volvieron loco. Ella no era consciente de lo hermosa que era y de todas las sensaciones que le provocaba con solo sonreírle, mirarle o acariciarle. Necesitó con urgencia acariciar su centro, despertarle las mismas sensaciones que ella estaba despertando en él, la necesidad de complacerla. Por lo que, sin muchos remilgos, se acercó a la parte inferior de ella y se la arrancó lanzándola hacia el centro de la piscina.

-¡Ey! ¿qué…? – no pudo acabar la frase porque él se encargó de ello. Con la maestría de los años, movió sus dedos sobre sus labios internos y los masajeó, despertando en ella un gemido satisfactorio agarrando su miembro fuertemente de la impresión.

Se apoyó en él y empezó a mover las caderas erráticamente, disfrutando de las sensaciones que él le provocaba. La sentía caliente, sentía el líquido de su interior, pero sabía que no era suficiente, tenía ganas de sentirse dentro de ella y, por la desesperación de sus gemidos y movimientos, dedujo que ella también.

No le dio tiempo a moverse pues ella nuevamente había tomado la iniciativa y se sentó sobre él, introduciendo su erecto miembro dentro de ella limpiamente. Ambos se quedaron unos segundos quietos, disfrutando de aquella sensación tan placentera como conocida, arrancando gemidos de placer en ambos. No estuvo preparado para lo siguiente, todo su cuerpo se estremeció y se agarró a los bordes de aquel lago cuando ella empezó a mecerse encima suyo.

Intentaba hablar, intentaba decir cuando la quería, pero solo atinaba a disfrutar de sus movimientos sensuales, de los sonidos excitantes de ella y de sus propios gemidos descontrolados. Ella acercó el cuerpo hacia él para acomodarse mejor a los nuevos movimientos y el aprovechó para engancharse nuevamente a sus pechos, deleitándose con ellos. No supo en qué momento los movimientos de ella eran muchos más rápidos, apretándolo más, sintiendo que su interior iba a explotar al ser rodeado por completo.

No sabía cuándo más podría aguantar, aquello simplemente lo estaba matando.

Entonces ella lanzó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gutural gemido a la vez que sentía que las paredes internas lo rodeaban y apretaban su miembro mientras aún se balanceaba. Su orgasmo le llegó seguido del de ella, sintiéndose liberado, extasiado y feliz, cayendo en un abismo de absoluta nada y con todos los sentimientos a flor de piel. Cuando recuperó un poco su consciencia, observó los estragos del orgasmo en ella, pero también leyó la sombra de la duda en sus ojos. Sin pensar mucho, ya que estaba visto que pensar las cosas no funcionaba con ellos, se estiró lo suficiente como para besar los labios de ella, ahora sí, con todo el deleite y el amor que podía expresar.

Notó las lágrimas de ella mojarle las mejillas y, al romper el beso, un pequeño gemido. Suspiró y la abrazó, sabiendo que cualquier cosa que le dijera no serviría de nada. Kagome se había cerrado otra vez y solo los pequeños gestos que él pudiera brindarle, la traería de vuelta. Le besó las mejillas y eliminó el rastro de las lágrimas saladas, odiaba verla llorar, pero con el tiempo había aprendido lo suficiente de empatía para no demostrarle su nerviosismo.

-Gracias – aquello lo tomó por sorpresa y se separó lo suficiente para mirarle a los ojos – no te merezco.

-No digas tonterías, mujer – ahuecó ambas manos en sus mejillas y le besó nuevamente en los labios – claro que soy un ser superior a los humanos, pero tú tampoco estás tan mal – ella sonrió y le golpeó el hombro sonriendo. Suspiró, aquella risa sí que le daba la vida – no me apartes, Kagome – pidió algo más serio – te necesito a mi lado y yo quiero estar en el tuyo. En lo bueno y en lo malo – ella sonrió otra vez - ¿qué?

-Ha sonado a película barata de domingo por la tarde – él alzó una ceja ¿a qué se refería? – tengo miedo, yo ya no soy la misma. Estoy obsesionada con que nuestra hija esté bien, tengo miedo de no ser lo suficientemente buena para ella o para ti – soltó de sopetón con los ojos cerrados, temerosa de mirarlo.

-No tienes que ser sufriente para nadie, tú me has repetido reiteradas veces que debo ser como soy, no ser lo que quieren los demás. ¡Pues aplícatelo, mujer! – le espetó – yo elegí esperarte porque me gustan tus sonrisas y tus enfados. Me gusta tu forma de ser – pasó sus manos por aquel trasero que tanto le encantaba – y por supuesto me encanta tu cuerpo, por más transformaciones que sufra.

-Me cuesta creerlo – suspiró ella. Él le besó la nariz y la obligo a levantarse para así poder acercarse al regalo que tenía envuelto - ¿qué es eso?

-Tu madre me dijo que esto ayudaría. No tengo nada de gusto en estas cosas y todo me parecía que te quedaría como un guante, pero tanto ella como la vendedora me aconsejaron esto – ella alzó una ceja y cogió el paquete – pero quiero verlo solo para mí, nada de venirte al futuro y enseñárselos a otros – advirtió cómicamente.

Ella sonrió y sacó el envoltorio con cuidado, dejándolo fuera de la piscina. Se acercó al borde de la misma para abrir la caja y que el interior no se mojara, sorprendiéndose cuando vio aquello que había dentro. Sacó con cuidado un vestido de encaje que la vendedora le dijo que era un picardías, de color azul oscuro abierto. Inuyasha tragó como el día que lo vio en la tienda, imaginándosela con él puesto y casi salivando. Además, sacó una parte de arriba también de la misma tela y del mismo color que tenía la particularidad de abrocharse por delante, una parte de debajo que empezaba encima de la cintura y tapaba todo el centro de ella, del mismo color y misma textura, Inuyasha tuvo que carraspear para intentar bajar la sensación de excitación al volver a verlo. Fue un suplicio ir con su suegra a una tienda de aquellas para mirar ropa para su mujer, imaginándose todas aquellas prendas en ella y como debía controlarse para no asaltarla cuando volvía a su hogar.

Aunque si lo hubiera hecho, a lo mejor ella no estaría tan mal.

-¿Cómo has podido comprar…?

-Trabajé con tu abuelo en el templo durante los últimos meses y él me recompensó con lo suficiente para poder pagarte esto – ella lo miró soprendida – por eso desaparecía durante todo el día, tu abuelo es exigente.

-Pero ¿Por qué…?

-A mí no me hace falta ver lo sexy que eres – contestó abrazándola otra vez. Parecía que no podía apartarse de ella – pero parece que tú sí. Esa vendedora dijo que, con eso, te sentirías mejor – ella dejó la ropa doblada suavemente y se giró a él para besarle otra vez - ¿te gusta?

-¿Te parece si lo probamos? – Inuyasha gruñó de satisfacción – vamos a la habitación, tengo ganas de ver cómo me queda.

-No te durará mucho puesto – aseguró él levantándose completamente desnudo y llevándola a ella en brazos.

Cogió la ropa con premura y se dirigió dentro de aquella casa, siguiendo las directrices de su mujer para llegar a la habitación que esa noche compartiría con ella. Entre besos y caricias llegaron a aquella habitación ambientada como una cabaña del sengoku muy parecida a la suya y dieron rienda suelta a su amor durante todo lo que quedó de la noche.

Porque ellos habían nacido para conocerse y para viajar juntos por aquel camino que les había marcado el tiempo y el espacio. Y así será, con días tristes y días felices, hasta el fin de sus días.

Fin.

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*Bonus*

Después de una ducha para ambos, se asearon y desayunaron en el comedor, donde las demás chicas y Hōjō los esperaban con una sonrisa. Desayunaron con alegría, pero no se quedaron mucho, ya que ambos empezaban a sentir la necesidad de ver a su hija por la mañana, pues, aunque ella no se enterara de nada, ambos padres habían adquirido un vínculo con aquel pequeño ser, inexplicable, provocándoles la necesidad de tenerla cerca.

Siendo quince de agosto, las calles estaban preparadas para el Obōn, la festividad más importante del mes. Kagome se sintió nuevamente joven cuando se subió a la espalda de su marido y corrieron hacia el templo, donde su madre y su pequeña las esperaban con una sonrisa. Habían preparado el templo con motivo del penúltimo día de celebración, para que las familias pudieran venir a buscar sus amuletos y agradecer sus favores antes de celebrar la noche de los difuntos.

Una vez empezó a oscurecer, la familia Higurashi y los nuevos integrantes, se vistieron de galas y se encaminaron hacia el río Tama, donde ya había muchísimas personas con sus propios farolillos. Inuyasha llevaba a la niña en brazos a la vez que seguía a su mujer con la mirada, vestida con aquel kimono espectacular de color aguamarina. Su propia niña vestía con un kimono que la hacía parecer una muñeca, lleno de flores, recorriéndole una sensación de orgullo en el pecho.

-Allí está Nodoka – sonrió Sonomi señalando a una mujer muy parecida a ella.

-¿Nos encontrábamos con la tía hoy? – preguntó Sōta con una sonrisa.

-No solo con ella – comentó el abuelo con una media sonrisa. Nodoka se giró al ver a su hermana y sonrió alzando la mano.

-¡Al final nos hemos encontrado! – agradeció con una sonrisa. Abrazó a Sonomi y al abuelo afectivamente. La mujer se acercó al adolescente para adularlo y luego se giró hacia ellos, perdiendo el interés en cualquiera que no fuera Mōn - ¡Que niña más hermosa! – ésta, en respuesta, burbujeo una sonrisa – serás incluso más hermosa que tu madre y llevarás de cabeza a tu padre – sonrió la mujer guiñándole un ojo a él y abrazando a Kagome. Ver a su mujer carcajearse por el comentario y hasta sonrojarse lo alegró, poco a poco ella dejaba los estigmas atrás.

-¿Dónde tienes a tu muy masculino hijo? – preguntó sonriendo perversa – ¿otra vez ha huido como un cobarde al ver un gato? – Inuyasha la observó como si estuviera loca, pero ella le dijo con la mirada que luego se lo explicaría.

-Eso me gustaría saber a mi… llevamos rato esperándolos a él y a Akane, pero no aparecen.

-Ese hijo mío es un ingrato… no me ha dado dinero para comprarme unos takoyakis – se quejó un hombre vestido de blanco y un turbante en la cabeza.

-¡Como su hijo haya deshonrado a mi pequeña, tú pagarás las consecuencias, Genma! – gritó lo que parecía una cabeza fantasmagórica. Inuysaha maldijo no llevar su katana consigo… ¿de dónde había salido aquel demonio?

-¡Ah, papá! Tu pequeña ya tiene veinticuatro años. Si ha sido deshonrada ha sido porque ha querido – comentó una joven con el cabello corto provocando que el demonio desapareciera para dar paso a un hombre con el cabello largo, llorando a mares.

-No seas tan tosca, Nabiki – otra mujer algo más mayor se acercó al hombre que parecía llorar por una gran pérdida – ya papá ya… no es bueno para tu salud.

-¿Quiénes son esta gente Kagome? – preguntó disimuladamente a su mujer, obligando a que se apartara de aquella sarta de locos.

-La familia de mi primo – sonrió ella – son raros, pero buena gente – de repente su joven mujer alzó la vista y señaló al fondo - ¡Mira ahí viene Ranma!

Inuyasha siguió la dirección que le señalaba su mujer sorprendiéndose de ver una pareja algo despeinada y con una sonrisa tonta de oreja a oreja. No hacía falta tener una nariz como la suya para saber que ambos habían pasado también el día juntos tan o más enganchados que Kagome y él. Quiso hacerle un comentario mordaz a su mujer, cuando escuchó una conversación a su espalda, algo que seguramente no debía de escuchar.

-Parece que con Ranma ha funcionado a las mil maravillas – escuchó la voz de Sonomi – les cuesta poner otra cara que no sea de satisfacción.

-Con Kagome y si flamante marido también ha ido bien – él se sonrojó ante las palabras de Nodoka – parece que aquella vendedora no nos engañó.

-Inari estaba de nuestra parte hermana, gracias a los dioses y a nuestros muertos.

-Y a las prendas rojas en luna llena – ambas sonrieron y se alejaron.

Inari… prendas rojas… ¿Qué cojones?

Fin… (por ahora)


Cierto, lo sé, había dicho que era un One-shot largo, pero… ¡no me he podido resistir! He decidido hacer también un One-shot de Ranma y Akane y unirlo a éste… las pelis de Marvel me están afectando xD

En fí, la historia de Inuyasha y Kagome acaba aquí, pero ¿queréis saber que ocurre con Ranma y Akane? Os invito a pasaros por "Rojo Deseo". Podéis encontrarlo en la página de Ranma de Fanfiction o en mi perfil.

Gracias a todos por darle la oportunidad a una locura más y a Mundo_Fanfic_Inuyasha_y_Ranma por ayudarnos a dar rienda suelta a nuestra imaginación perversa.

Sin nada más que decir…

¡Nos vemos en los bares!