El Reino de las Hadas, llamado el País Dorado, estaba oculto entre las raíces del Gran Bosque, pasando desapercibido para los ojos mortales. Allí los diminutos seres utilizaban hojas, plantas, insectos y flores para adornar su pueblo y crear pequeñas casas que funcionaban naturalmente entre los hongos, troncos y hojas. En los límites del reino preferían hogares a mayor altura, mientras en lo profundo de este se hallaban las construcciones más grandes.

Entre las decenas de violetas, lirios y rosas que atiborraban el jardín del reino había una pequeña casita hecha en un tronco con enredaderas, ramitas e hilo de seda. Afuera de esta rondaban colibríes, canarios y tórtolas que jugueteaban alegremente e interactuaban con las hadas, y dentro habían dos hadas, un ratoncito con montura y un gnomo curandero.

Sin embargo, una de las hadas, la con cabello anaranjado, yacía postrada en una cama, inconsciente.

—Es todo lo que pude hacer, Yachi, hija de las cenizas. El corazón de Hinata ahora está estable, pero no sé cuánto podrá aguantar. —Decía el rechoncho gnomo, llamado Nutto, frotándose las manos con nerviosismo. Los gnomos jamás podían estar quietos, y aquellas situaciones los estresaban—. Debería estar muerto y en los brazos de la madre oscuridad, así que nada nos asegura que, cuando despierte, no lo invada una pena tan grande que acabe él mismo sellando su destino.

—No puede ser. —Murmuró Yachi, apesadumbrada. Hinata era como su hermano menor, su mayor consuelo en los días tristes—. ¿No hay nada que pueda hacer? ¿Algún remedio para el alma?

—Me temo que son las pociones más difíciles de conseguir. —Le explicó la criatura curandera, de piel verde, retirando las hojas del cuerpo del hada durmiente para untarle un líquido cremoso, probablemente savia sanadora—. ¡Sería un viaje largo y peligroso para un hada hogareña como tú! Quítate esa idea de la cabeza, niña. Aún hay otra alternativa.

—Ya no soy una niña, tomaré mis propias decisiones. —Le respondió, sin enojo—. ¿Cuál es la otra alternativa?

—"Lo que el dolor provoca, el dolor lo disolverá", es un dicho de nuestra aldea, de los duendes magos. Resolver aquello que le causó este estado es lo único que hará que se recupere, eventualmente.

Yachi no dijo nada, asintiendo.

Las dos posibilidades eran imposibles para ella, pues uno involucraba un viaje peligroso sin retorno y el otro hacer que el príncipe, de alguna forma, se enamore del hada de fuego.

Se despidió de Nutto, agradeciéndole por sus servicios y por el largo viaje que emprendió para ayudarla, ofreciéndole comida y brebajes para el camino. Una vez en su soledad fue reconfortada por el ratoncito de carga de su familia, que solía trasladarlos por tierra cuando era necesario. La rubia tenía grandes ojeras, se paseaba de un lado a otro y hacía diversas cosas para que despertara su mejor amigo: preparó su comida favorita —pensando que el buen olor sería una iniciativa—, recolectó lirios, encendió velas en su honor y recitó largos mantras sagrados pidiéndole ayuda al gran Árbol Dorado, fuente de su vida y magia. Finalmente, después de cambiar sus vendas y colocar nuevamente la savia curativa, se durmió.

Después de tres días inconsciente, Hinata despertó.

Su color era distinto, más apagado, pero se veía considerablemente mejor de lo que había estado antes. Yachi no podía creerlo y besó a su amigo por todo el rostro, abrazándolo hasta la muerte y preparándole las cosas mas deliciosas para cenar. Sin embargo, él no tenía hambre, ni sed, ni si quiera fuerzas.

—Así que han pasado tres días. —Murmuró el chico, después de que la hada rubia le contara sobre la situación. Su voz era tranquila pero fría, contraria a su infantil y despreocupada actitud—. Eso significa que hoy es el día de la boda del príncipe Kageyama, ¿verdad? Quiero verla.

—No creo que sea lo adecuado.

—Quiero verla. —Rogó—. Por favor.

. . .

Celebrar una boda en pleno Solsticio de Verano era una gran locura. En primer lugar, cualquier atisbo de pequeño evento desaparecía, convirtiéndose en un festival social que todo el reino esperaba y para el que se habían preparado, apresuradamente, tres días completos. No había persona en Land'erwon que no supiera sobre la gran boda de príncipe Kageyama con la princesa del País de Estrella, Alisa Haiba, por ende, el trabajo y ocio había quedado en segundo plano.

Era una costumbre del País del Sol vestir los colores blanco y dorado para las grandes festividades. Se podía ver a mujeres, dríadas y ninfas utilizando vestidos con jazmines y margaritas blancas, o luciendo lujosos atuendos de crisantemos dorados, mientras los hombres, híbridos o faunos se habían coloreado un mechón dorado en el cabello, signo típico de la ciudad. La urbe era una orquesta: música por allí y por allá, colores abundantes, risas candentes y bailes floreados.

Nadie se esperaba que ese sería el último día con vida del reino.

Mientras tanto, en el castillo apodado el "Gran Escudo de Land'erwon", una joven de cabellos blancos se probaba vestidos en exceso para su boda. Era Alisa Haiba, una elfa a la cual le costaba hablar el lenguaje común así que se sentía ansiosa en una tierra extranjera, pero no podía revelar sus dudas ni imaginaciones o recibiría una reprimenda de sus padres, quienes habían programado aquella alianza de la nada, sin consultarle o importarle su voz.

—¡Te ves bonita! —Exclamó un chico a su lado, de igual aspecto blanquecino y extranjero, cuyas orejas puntiagudas eran ligeramente más grandes. Era Lev Haiba, su hermano.

—Oh, leoncito, ¡poco me importa ser la doncella más preciosa si tengo que casarme con un desconocido! —Agitó su vestido, haciendo que los numerosos pliegues blancos volaran con gracia—. ¡Es descabellado, irracional, absolutamente inconcebible! En nuestra capital, Stellyvath, jamás hubiera ocurrido un trato así hacia las mujeres. Escuché que aquí ni si quiera las dejan sentarse a la mesa a tratar temas polémicos, ¿puedes creerlo?

Lev hizo un puchero, acariciando la cabeza de su hermana.

—¡Piensa en que todo estará bien! —Sonrió positivamente. Lev era una criatura alegre, feliz y bastante más alta que el promedio—. Una vez se estabilicen los reinos podemos hacer una nueva alianza. Es una inversión temporal, ¡piénsalo así! Ya han ocurrido situaciones de reyes que se han separado.

—¿Y si… y si el príncipe se enamora de mí? Será incómodo. —Elevó el mentón, entrecerrando ligeramente los ojos en un gesto fingidamente orgulloso—. No me extrañaría, soy demasiado guapa.

Y ambos se rieron. Les gustaría haber seguido así, haciéndose bromas de hermanos y disfrutando tan solo de las risas. Lev quería seguir viendo a Alisa probarse vestidos costosos y modelarlos mientras fingía ser una gran doncella —cosa que sí era—. Y Alisa, por su parte, quería volver a sentir el frío invernal tan característico de su país que estaba en los huesos de su gente, su verdadera gente: no quería percibir el calor horroroso del País del Sol.

Hasta que tocaron la puerta y una voz se oyó a través de ella.

—Princesa Haiba, Príncipe Haiba, la ceremonia es en una hora. Por favor bajen, el personal está esperándolos.

Lev y Alisa intercambiaron miradas, confundidos.

"¿El tiempo había pasado tan rápido?", pensaron, con una sensación extraña en sus cuerpos.

. . .

—Hinata, déjame ver.

—No, tú déjame ver.

—¡Vamos, sé más generoso! —Lo reprendió.

El hada rubia y anaranjada estaban escondidas en el candelabro del techo de la Iglesia del Sol, construida hace cientos de años cuando los países eran meros poblados y villas. Allí se hallaban reunidas las personas más importantes del reino, desde duques, baronesas, capitanes, miembros de la realeza y personas influentes hasta sacerdotisas del templo del sol, quienes concedían bendiciones a solicitud de los dioses.

Y, bueno, también habían hadas, pero poquísimas, como el emperador Y'aku Morisuke y su escuadra real. Por eso era importantísimo para Yachi y Hinata permanecer ocultos, ya que no tenían el permiso para asistir y, de paso, el hada del fuego estaba terriblemente enferma, pero solo la noción de ver a Kageyama había alegrado algo en su corazón, así que la rubia simplemente no pudo resistirse después de unos cuantos lloriqueos de parte del menor.

¿Era irresponsable? Sí. Pero el color le estaba regresando, y si las medicinas normales no hacían efecto esta era le única forma de que su amigo se recuperase, aunque en su no tan humilde opinión debería estar descansando. ¿De dónde saca tanta energía esa revoltosa hada anaranjada?

La instancia era una cúpula grande, con vidrios coloridos y estatuas de bronce, decorada con largas banderas del País del Sol y del Dios del Sol, con brillantes luces caídas como enredaderas desde el techo, simulando un cielo estrellado. La sacerdotisa principal, la Madre, ya había empezado la ceremonia frente a los novios: Kageyama, quien vestía un simple pero elegante traje de terciopelo blanco; y Alisa, quien arrastraba un vestido dorado con una larga cola de flores. Ambos se veían incómodos, sin mirarse si quiera.

—Kageyama se ve realmente lindo. —Comentó Yachi, sacudiendo sus alas.

—Sí. —Hinata infló las mejillas, observando—. Su mala cara es lo único que lo arruina. ¡Casi siempre está enfadado!

—Contigo es bastante amable. —La chica le sonrió al contrario, feliz de poder tener una conversación normal con él después de lo preocupada que estaba. El color ya le había vuelto casi completamente. Al parecer, lo que decía el gnomo estaba en lo cierto, pero tenía que ser cuidadosa de no herir los sentimientos de Hinata en ningún momento. Lo observó con sus grandes ojos chocolatosos y brillantes—. Eso demuestra lo especial que eres.

El contrario se sonrojó y murmuró algo en respuesta, pero no se entendió bien. La ceremonia, por su parte, había avanzado demasiado. A Hinata se le estrujó el corazón de solo escuchar las siguientes palabras, pero sentía que si no veía aquello jamás podría superar al príncipe. La única forma de reponerse a su desamor era, irónicamente, quebrar la imagen de Kageyama completamente de su mente y aceptar que era un simple flechazo de un hada a un humano.

No es el primero, ni será el último. Puede manejarlo, ¿verdad?

—…Princesa Alisa Haiba, ¿quieres recibir a Kageyama Tobio como esposo, y prometes serle fiel, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

—Acepto. —Dijo la chica tranquilamente, sin perder la gracia.

—…Príncipe Kageyama Tobio, ¿quieres recibir a Alisa Haiba como esposa, y prometes serle fiel, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

"Di que no, di que no, di que no", pensaba, internamente, la pobre hada de fuego.

—Acepto. —Dijo el chico, sin vacilación.

Afuera de la Iglesia se escuchó un alboroto sin mayor escándalo, pues todos pensaron que eran los ciudadanos reunidos que festejaban y celebraban la boda, que había sido oficialmente concluida. Sin embargo, cuando el alboroto pasó de risas, cantos y fiesta a gritos de genuino terror es que la armada real se levantó, protegiendo con sus cuerpos a los invitados mientras esperaban lo peor.

Entonces entró un chico. Sus hebras eran rojizas como el comienzo de un atardecer o como la rosa en su estado más puro y sus ojos del mismo color. Eran intensos y desprovistos de cordura. Hinata lo reconoció en cuánto lo vio, llevándose las manos a la boca para ahogar su grito.

—No puede… no puede ser. —Su voz tembló—. ¿Por qué está Satori Tendou aquí?

—¿Satori qué? —Yachi preguntó, alarmada—. ¿Quién es?

Satori Tendou era uno de los capitanes más fuertes de la escuadra del Rey Rojo, del País de Luna, siendo apodado como El Monstruo Adivinador por su habilidad mágica para predecir los movimientos del enemigo. Además, decían que tenía terribles conjuros por los tratos oscuros que había hecho con los demonios del Continente Perdido. Había arrasado con pueblos y ciudades enteras por mera diversión, y se entretenía torturando a sus victimas. Era, con diferencia, una persona que definitivamente no estaría invitada ni en miles de años a una boda.

Y ahora estaba allí, de pie, inmóvil, observando con sus ojos de halcón todo lo que sucedía.

Y ya no estaba. En un parpadeo simplemente desapareció, ¿o tal vez nunca estuvo allí? Las hadas, quienes tenían mayor resistencia a la magia de engaño, rápidamente lograron identificar la ilusión y ubicar el verdadero cuerpo del monstruo junto a los novios. Al parecer Kageyama fue capaz de hacer lo mismo, pues sacó su espada justo cuando el pelirrojo iba a asestar un golpe mortal contra el cuello de Alisa.

Entonces todo fue caos.

En el País del Sol, donde la felicidad y las fiestas siempre estaban a la orden del día, era la primera vez que se veían a figuras como orcos y trolls entrar a toda velocidad a la ciudad, saqueando, quebrando y persiguiendo víctimas: todos traídos por el chico del infierno, Satori Tendou. En la Iglesia del Sol ocurrió lo mismo, siendo atestada por las desagradables criaturas desatando el combate.

—¡Hinata! ¡Tenemos que irnos! —Gritó Yachi, protegiéndose en el candelabro, el cual empezaba a agitarse con la batalla—. ¡Ahora!

—¡No puedo! El príncipe… el príncipe… no me iré sin Kageyama. —Exclamó, asustado de su propia revelación—. No puedo irme sin Kageyama.

—¡No puedes estar hablando en serio!

—¡Estoy hablando muy en serio, mírame! —Agitó sus alas, pálido, con la preocupación anidándose en sus ojos—. Si lo dejo siento que verdaderamente moriré. Tengo que ir. Tengo que ayudarlo, tengo que…

—¡No! ¡Espera, Hinata!

Pero el hada ya había volado.

Era un enjambre de manos, piernas, espadas y dagas en la Iglesia, por lo que el hada de fuego tuvo que volar esquivando objetos pesados, manotazos y demás acciones de tantos orcos y diablillos como humanos. Vio a Kageyama con expresión seria, luchando codo a codo contra Satori, quien reía sin parar y a cada golpe parecía que se burlaba más y más del talentoso príncipe, que hasta el momento solo se había enfrentado a personas inferiores a él con la espada. El pelirrojo era hábil, veloz y fuerte, mientras Tobio era constante, estable y perfecto a cada golpe y toque. Uno, dos, tres, cuatro estocadas sin parar, y continuaban.

—¡Princesa Alisa, corra! —Exclamó Kageyama, entre el bullicio—. ¡Entre el confesionario hay una rejilla, escape por allí! ¡Haremos tiempo!

—¡Pero…!

—¡Ahora, Alisa! ¡Lev, llévatela! —Gritó más fuerte.

—¿Realmente tienes tiempo para salvar a los demás, príncipe? Qué adorable, nuestro héroe. —Satori sonrió ampliamente, una sonrisa que casi le llegó hasta los ojos. Su voz era juguetona y amigable, pero en el mal sentido, y parecía que la guerra le daba un éxtasis como nada en el mundo—. ¡Mejor cuida tu cuello!

Y Satori vio una abertura en la posición de Kageyama: el príncipe estaba acabado. Sin embargo, un destello de luz fue más rápido y lo cegó por unos segundos suficientes para que el pelinegro reforzara su postura y lo pateara en las costillas. El príncipe notó que el destello de luz era el hada de fuego que siempre lo acompañaba, y no pudo evitar darle una pequeña sonrisa de suficiencia.

Pero era demasiado tarde. El monstruo ya le había sacado sangre con sus dagas al azabache: eso era todo lo que necesitaba. Las palabras mágicas brotaron de la boca del pelirrojo como un peligroso veneno:

—Osollu org sáte edtu arutlha et ríacost vet atunimid aguro. —Conjuró.

Entonces, el príncipe desapareció.

No, no es que haya desparecido, notó Hinata, sorprendido.

Más bien, fue completamente encogido.

El príncipe había disminuido de porte junto a sus harapos y objetos. Hinata, por su tamaño, logró notarlo enseguida. Y en cuanto el villano sacó de sus bolsillos un frasco cubierto con una tapa pinchada supo lo que iba a hacer, pues su pueblo hace mucho tiempo también fue cazado y perseguido por criaturas corruptas que querían atraparlos utilizando aquellos métodos. Recordaba cómo colocaban un poco de miel en botellas y las hadas, ingenuas, se acercaban a la trampa.

Pero no tenía que distraerse. Lo importante era lo que estaba sucediendo y su cabeza lograba analizar rápidamente: Satori Tendou había vuelto a Tobio Kageyama de su mismo tamaño mediante un conjuro, y ahora iba a atraparlo en una botella con el propósito de secuestrarlo. Ese había sido el plan desde el inicio. Y solo él lo sabía, pero no podía comunicárselo a los humanos por su tamaño. ¿Qué debía hacer? Piensa, Hinata, piensa.

En realidad… siempre había sido más impulsivo que analítico.

Entonces, sus alas se movieron por sí solas.

Ni si quiera lo pensó.

El viento contra sus orejas, en sus manos, en sus ropajes y piernas. Todo era perfecto, silencioso y rápido, el tiempo pasaba muy rápido para la adrenalina de un hada en pleno vuelo. Su corazón latía fuertemente, sintiendo sus extremidades acalambradas por el cansancio y su enfermedad, pero siguió, esquivando, veloz, siempre veloz, moviéndose antes. Escuchó a alguien gritar, pero no se detuvo.

Y se lanzó contra Kageyama en el momento exacto en el cual los atrapaban en la botella.

Ahora eran prisioneros del monstruo del Rey Rojo.

Pues se viene, el niño humano,
A las aguas y a lo silvestre
Con un hada, de la mano,
Desde un mundo con más llanto del que puede entender.

—W.B. Yeats (1865-1939)