El País del Sol no estaba en su mejor momento. Los soldados izaban sus banderas, se colocaban sus yermos y hacían resonar sus armaduras de hierro a medida que avanzaban para la ofensiva contra las tropas demoniacas del País de Luna, el cual había enviado solo una pequeña parte de su ejército. El centro, una vez festivo, se llenó de ogros y goblins que saltaban por el mercado recogiendo objetos abandonados y destruyendo puestos a su paso, pisando las banderas doradas del sol.
La noticia había corrido más rápido que la luz. Los aldeanos, refugiados en los asilos comunitarios, susurraban entre ellos que el príncipe Kageyama había sido secuestrado por las tropas enemigas, que invadían la ciudad con el objetivo de pedir la rendición del pueblo. Algunos se oponían a ello, mientras otros solo querían que acabara el desastre y entregarse completamente. Las madres abrazaban a sus hijos, los padres vigilaban las entradas con armas, y los jóvenes protegían a ambos.
No había rastro de criaturas de la naturaleza, tanto dríadas como gnomos, hadas, duendes y faunos habían desaparecido completamente. Las sirenas se habían hundido tan pronto en las aguas como comenzó la pelea, dejándole la lucha a los seres mundanos, y las hadas estaban ocultas entre los rózales, sin saber qué hacer, pues su emperador, Y'aku, no estaba por ninguna parte.
—No les sirve de nada esconderse. —Murmuró un hombre.
Aquella persona estaba completamente vestida de rojo y negro. Sus botas eran de cuero, su chaqueta de terciopelo y su atuendo parecía finísimo. Pero lo que más destacaba de él eran sus penetrantes ojos amarillos, con una pupila alargada como línea, y el cabello más largo que la noche misma. Pocos lo reconocerían como el Rey Rojo, quien había salido de su tierra, Villemond, capital del País de Luna, solo para ver caer el reino del Sol. O, bueno, la mayoría pensaba eso: que disfrutaba viendo los cuerpos sin vida de las personas, el caos y la destrucción. Pero no era así.
Kuroo Tetsurou, como alguna vez fue conocido, en realidad era una persona triste que no podía olvidar, y todo su dolor lo transmitía a través de la ira y frialdad absoluta. Sus tropas sabían muy bien esto, así que lo obedecían sin chistar, incluso con miedo. El Rey Rojo fue y es el único humano con el poder y la capacidad de mando suficiente como para tomar el control tanto del ejército del Continente Perdido, como de su mano derecha, Bokuto Koutaro, y de su mano izquierda, Satori Tendou, lo cual no era menor. Se contaban historias aterradoras sobre la brutalidad y crueldad del diablillo de cabellos rojos, quien vagaba por el mundo con el único propósito de causar desastres, mientras que la lealtad absoluta de Bokuto Koutaro hacía que fuera una de las personas más poderosas del ejército del País de Luna: el General del Ejército Rojo.
El Rey Rojo odiaba con toda su alma al País del Sol, pues le habían arrebatado a la persona más importante para su vida, la única persona que lo completaba y que lo había sacado de una oscuridad profunda: el Príncipe Durmiente. Y hoy, por fin, había logrado obtener la oportunidad de liberarlo después de veinticinco años investigando sobre hechizos, pociones y realizando tratos con los demonios. Por fin, había conseguido su venganza.
Oh, pero aquello era solo el inicio; no terminaría hasta quemarlo todo. Hasta las cenizas. Uno por uno, todos en el reino caerían.
Después del ataque a la Iglesia se había reunido en el centro de la ciudad con su mano izquierda, dejándole a Bokuto lidiar con las tropas del Caballero Alado, Akaashi, heredero al trono de Land'erwon y próximo rey del País del Sol.
El centro se encontraba silencioso.
La comida recién preparada estaba botada por los suelos, los jarrones agrietados, las guirnaldas tiradas por los suelos y los pequeños puestos ambulantes completamente destruidos. Kuroo vio al diablillo, sentado encima de un pequeño local de paja. Lo miró fijamente, tenso.
—Satori. —Exclamó el Rey, en un tono para nada amigable—. ¿Conseguiste lo que te pedí?
—Claaaro, claro. ¿Cómo no? ¿Acaso no soy la persona más confiable de su alteza? —El pelirrojo sonrió burlesco, pero no fue la botella con el príncipe y el hada lo que sacó de su bolsillo, no, fue la daga con la que le había cortado anteriormente. El frasco estaba escondido entre sus sortilegios, lejos—. Te traje la maravillosa sangre del príncipe Kageyama, bendecida con la unión del Dios del Sol, como me ordenaste. ¿No soy genial? —Se relamió los labios—. Incluso dejé que esos idiotas dijeran sus votos antes de atacar, ¡es que me encanta el romance!
—A veces hablas más de lo que me gustaría. —Comentó, con una sonrisa sarcástica, y luego le hizo un gesto con los dedos, llamándolo. Su voz sonó profunda—. Sa-to-ri, baja de allí y entrégamela.
—¡Claro! Pero, dime, ¿qué harás con ella?
Kuroo lo observó un par de segundos, como si fuera un ser insignificante, y luego comenzó a reír.
—Creo que estás cometiendo un pequeño error, diablillo. —Entrecerró los ojos, sin parecer molesto. Más bien, había un extraño brillo caótico en sus ojos, y Kuroo pensó en lo mucho que le gustaría destrozar el cuerpo de aquel molesto demonio. Pero, lamentablemente, lo necesitaba—. Yo no soy tu amigo, soy tu rey. —Sonrió tranquilamente—. Así que agradecería que mantuvieras cerrada esa boquita que tienes antes de que… ¡ups!, se me ocurra pensar que ya no necesitas la lengua.
Tendou elevó sus cejas, mirándolo complacido. Le gustaba molestar mortales, había sido su trabajo desde pequeño, y jamás se perdía la oportunidad de jugar con sus mentes hasta cansarse, sin importar si era un maldito rey. Sin embargo, solo por esta vez, obedeció y, tal vez con una expresión demasiado amable, le lanzó la daga ensangrentada a Kuroo. Este la atrapó, sin si quiera observarla.
—Ups, ups, se me había olvidado ese lado de ti. —Bromeó—. Eres taaaan malo. ¡Qué aburrido!
Kuroo lo ignoró, pues no tenía tiempo para lidiar con él, concentrándose en lo que realmente le importaba: El Príncipe Durmiente, o, como él lo había conocido en otra época, otro lugar y otros sueños: Kenma.
Kenma era la persona más bella del mundo, compitiendo contra los mismísimos dioses. Su rostro tenía finas características de la porcelana recién pulida, siendo suave al tacto y de un color blanquecino como la nieve, mientras su nariz era respingada pero pequeña, curvada perfectamente. Sus ojos eran de un brillante color dorado, iluminados por el sol, y su cabello del mismo tono era oscuro desde la raíz, castaño, hasta aclararse en las puntas. Era de contextura mediana, aunque normalmente se veía más pequeño, y tenía algunos lunares en el cuello.
Y, aún con todas esas características, Kenma no era para nada como la gente pensaba. Era un chico retraído, al que no le gustaba que la gente observara mucho tiempo su rostro, todo el día estaba con la cabeza gacha y en otras partes, ya sea sus libros o dibujos. Pero, sobre todo, era la persona más amable y atenta que había conocido, con todas sus rarezas incluidas. Jamás dejaba al pueblo de lado, ni si quiera en los mayores tiempos de necesidad.
Había sido el favorito del reino y el pequeño diamante de sus padres. Entonces, ¿por qué…?
¿Por qué la gente lo había olvidado?
Reunirse en el centro de la ciudad no había sido casualidad. Kuroo caminó por los adoquines y subió las escaleras, siendo perseguido por el diablillo, y medida que iba subiendo el sagrado lugar veía como los árboles se volvían de un color más brillante, resplandecientes. Empero, bajo el estado de guerra en el que estaba la ciudad, el lugar yacía solitario y silencioso, como un sitio abandonado en las manos de la naturaleza. Por fin, llegó a la sima del centro de la urbe.
Y allí, puro como un ángel, estaba Kenma, su Kenma, congelado.
Ahora Kuroo tenía que verlo tras un cristal, como si fuera una escultura famosa que jamás hubiera estado con vida, ¿qué clase de forma de homenaje era ese? Todo ese pueblo estaba enfermo, tan concentrados en su propia felicidad que dejaron de lado a la persona que los ayudó por volverse un inconveniente. Posó una mano en el diamante, justo al lado del rostro del que alguna vez, hace veinticinco años, fue su amado.
Podrían haber sido felices, podrían haber cumplido muchos sueños. Pero el pasado no podía cambiarse, y ahora ambos estaban condenados a la eternidad y no envejecer mientras el castaño siguiera tras el cristal.
El Rey Rojo sacó su propia espada: Cortante, era su nombre. Estaba hecha con acero lunerio, uno de los más fuertes y resistentes en su reino, y había sido forjada por los enanos en los tiempos donde Kuroo no existía y los dragones dominaban las tierras desiertas de fuego y arena. Empuñó a Cortante y lo enterró, con fuerza, en el suelo frente al cristal del príncipe, provocando grietas en el suelo.
—Te recuperaré. —Murmuró, para sí—. Juro por mi vida que te recuperaré, Kenma.
Satori miraba el accionar de su rey con ojos curiosos, pues el diablillo no entendía de sentimientos dolorosos, solo del hedonismo: la filosofía absoluta de guiarse por los placeres y manjares de la vida, por más corruptos y aberrantes que estos sean, y pensó en lo absurdo de los sentimientos mortales. Kuroo había, prácticamente, perdido su humanidad hace mucho, y aún así parecía desesperado por una simple criatura que ni si quiera estaba consciente.
Kuroo, por el rabillo del ojo, vio cómo el diablillo levantaba la mano, como pidiendo permiso para hablar.
—¡Pregunta! ¿Por qué quieres tanto a ese mocoso? —Bajó los hombros—. Si son mortales los que quieres yo puedo conseguirte muuuuchos, sí, sí, sí. Por un módico trato, ¡claro está! Pero, ¿por qué te empeñas tanto en él?
—Já. No lo entenderías. —Escondió su espada, levantándose—. Los sentimientos que tengo ni en mil años podrías comprenderlos.
—Te equivocas, mi rey. Comprendo tu odio, tu ira y tu deseo de venganza, incluso disfruto del placer de ver morir a nuestros enemigos. Pero, teniendo tanta placer de la destrucción, eliges el sufrimiento. —Ladeó el mentón, confundido—. ¡Los humanos son tan raros!
Aquel comentario dejó reflexionando al azabache, quien en silencio miraba la ciudad. De fondo la batalla continuaba, los gritos, los golpes. Nada de eso importaba. Cerró los ojos, sintiendo el caos que había logrado solo moviendo una pequeñas fichas de su mano, y, sin reprimir su placer, sonrió.
Kuroo miró a su alrededor, al caos que había logrado solo moviendo unas pequeñas fichas de su mano y, sin evitarlo, sonrió.
—¿Alguna vez has sentido una satisfacción tan grande que no puedes dormir sin recordar aquel sentimiento, rezando por volverlo a vivir otra vez? ¿Alguna vez has deseado tanto algo que incluso matarías por ello, y, sin pensártelo dos veces, te arrojarías al infierno a buscarlo? —Habló, subiendo el tono de volumen a medida que continuaba, mientras la sonrisa grotesca crecía en su rostro—. ¿O desafiarías a los mismos dioses para recuperarlo?
El diablillo se mantuvo en silencio. Jamás había sentido una presencia como la del Rey antes, y eso lo asustó. Su cuerpo se tensó, a la defensiva, preparado para salir corriendo en cualquier momento. Pocas veces había visto así a Kuroo: sereno como el mar a punto de explotar, con los ojos vacíos.
—Oh, los dioses. Si tuviera que hablar de nuestros queridos dioses, aquellos a los que le rezan y piden favores, los que bendicen a recién nacidos todos los días y cuidan este bello y próspero reino. Esos dioses me abandonaron hace tiempo, nos abandonaron hace tiempo, a Kenma y a mí. —Sostuvo la daga ensangrentada firmemente, temblando, pues su furia escurría por su piel—. Y esta vez no será así, esta vez…
Kuroo se calló, mirando la daga ensangrentada. La levantó con cuidado, empuñándola.
—…¡yo seré el primer hombre que le declare la guerra a los Dioses!
Y la clavó en el cristal. La sangre escurrió y tomó forma de estrella invertida, formando pequeños símbolos alrededor del cristal. Kuroo la sujetaba con fuerza sobrehumana, pues la daga ardía como magma puro y la presión que el cristal ejercía sobre ella para sacarla era brutal. Aún así, se mantuvo firme, jadeando por el esfuerzo, mientras rezaba:
—Por esta sangre yo te invoco a ti, Asmodeus, y exijo el contrato de intercambio de almas, suspiro por suspiro, anhelo por anhelo y vida por vida. Te ofrezco a Kenma de Land'erwon, legítimo heredero al trono del País del sol y su hermano, Kageyama de Land'erwon, el Caballero Dorado. La sangre derramada en esta tierra lo implora y la obsequio como sacrificio a ti, demonio que todo lo ves y lo escuchas.
Satori abrió mucho los ojos, dándose cuenta de la calamidad que el Rey Rojo estaba invocando. Como diablillo su rango era menor entre los demonios, pero hasta él sabía que el contrato de intercambio era un tabú. Se intercambiaban dos vidas, unidas por sangre, y la que corría más riesgo paulatinamente reemplazaba la vida sana hasta hacerla desaparecer por completo.
Es decir, Kuroo planeaba utilizar la vida de Kageyama para despertar a Kenma. Y, mediante el paso del tiempo, Kageyama morirá al ser consumido completamente como fuente de vida del castaño.
Era una locura.
El monstruo se rió, fuertemente, sin parar. Su risa era grotesca y cruel, inundada de malos pensamientos e intenciones, sin vergüenza alguna. Pensó cómo los humanos eran realmente divertidos, sí, realmente, y ansío poder ver cómo terminaría aquella historia.
El cristal se hizo añicos.
Un brillo abrumador y totalmente inhumano se esparció por toda la ciudad, paralizando los corazones de todos. Los monstruos aullaron, los soldados cayeron, los animales huyeron y las personas fueron completamente aturdidas. Y con el brillo vinieron los sentimientos de tristeza y esperanza, cual caja de pandora abierta.
Pero el cielo tronó y los rayos cayeron.
Los dioses habían aceptado el desafío del Rey Rojo.
Del cristal, hecho pedazos, brotó una persona inconsciente, que se hubiera golpeado terriblemente de no ser por los brazos que lo sostuvieron con firmeza contra su pecho y lo envolvieron para no soltarlo jamás. Kuroo se aferró contra Kenma como si el chico se fuera a derretir allí mismo, sin querer observarlo por miedo a caer en un espejismo y verlo desaparecer, o descubrir que era demasiado tarde y su cuerpo ya no respondía. La respiración del azabache estaba agitada, su pecho le ardía y las manos le sudaban.
"Pero está aquí", pensó. "Está aquí conmigo".
Y jamás lo perdería de nuevo, incluso si tuviera que asesinar al mismísimo diablo.
Lo levantó con cuidado, llevándolo entre sus brazos mientras ordenaba a sus tropas que se retiraran por el momento, pues su prioridad era el castaño. Kenma tenía esa misma expresión tranquila. Satori observaba con curiosidad y malicia, como si se le hubiera presentado un nuevo juguete frente a sus ojos y estuviera ansioso por utilizarlo hasta que se rompa.
Sin embargo, ¿realmente el Príncipe Durmiente despertaría alguna vez? O, pero aún: ¿realmente sería la misma persona que recordaba el Rey Rojo?
Jamás hay que ignorar la crueldad de los Dioses.
