En el reino de Arcadia, se encontraba un carruaje atravesando un largo sendero que lo llevaría al reino de Ameliec. El transporte poseía ventanillas a los costados permitiendo que los pasajeros pudieran ver el paisaje repleto de vegetación. A su vez, tenía un espacio adecuado y asientos como para que dos pasajeros pudieran viajar. Uno de estos pasajeros lucía aburrido y poseía un traje que lo hacía ver como si fuese de la realeza. Ya que, sus hombreras doradas y probablemente de oro, sumado a su traje blanco con botones plateados y su corona lo delataba de forma inmediata. Era guapo a simple vista, pues esos ojos verdeazulados y ese cabello rubio sedoso lo hacían ver hermoso. Respondía al nombre de Chifuyu Matsuno. Pero no era el único rubio en ese carruaje. No. Había un chico con el cual se llevaba bien y conversaban de forma amistosa. Su color de cabello era rubio más platinado que el de Chifuyu, pero no por eso, era menos bello. Tenía una vestimenta similar pero no idéntica a la del otro rubio. Pues, la suyo era un traje grisáceo.
—Takemichi —Chifuyu lo miró.
—Dime —dijo Takemichi abriendo la ventana corrediza.
—No sabes como desearía que algo pasara para evitar casarme con esa mujer desconocida.
—Chifuyu, sabes muy bien que no puedes escapar de tu responsabilidad como príncipe de Arcadia —Takemichi lo miró de forma seria, luego cambió su solemnidad por una sonrisa y le dijo—. Pero siempre puedes rezarles a los dioses esperando a que algo pase ¿no crees?
Chifuyu iba a contestar, pero un movimiento brusco del carruaje se lo impidió. Vio por la ventanilla y notó que se habían detenido. Preocupado, iba a salir del carruaje, pero Takemichi intervino.
—No, yo bajaré. Quédate aquí.
Él bajó deprisa y esperó a que le dijera que pasaba afuera. Pero esa espera lucía eterna, y todo porque el atardecer ya se había ido y había llegado la noche. Junto a ella se veían las primeras estrellas y una luna imponente de sangre.
Aterrado y por la simple idea de que su compañero le hubiese pasado algo, bajó del transporte.
—¡¿Takemichi?! —gritó el rubio quedando expectante a lo que pudiese ocurrir.
Así mismo, retrocedió y apegó su espalda al carruaje porque había sentido una presencia cerca de él. Luego se dio una bofetada mental y se dijo a sí mismo en susurros.
—No, debo mostrar coraje. Porque soy el príncipe de Arcadia.
Con determinación gritó:
—¿Hay alguien ahí?
—Vaya, vaya, vaya —dijo una voz sospechosa que provenía de una persona que aparecía entre las sombras— pero ¿qué tenemos aquí?
—¿Quién eres? —dijo Chifuyu sin titubeos—. Acércate.
—¿Ah? ¿Acaso el secuestrado está dándole órdenes al secuestrador? —dijo el recién llegado soltando una risita entre medio y ladeando una sonrisa una vez que se mostró.
Porque cuando éste hizo acto de aparición, a Chifuyu le comenzó a latir rapidísimo el corazón debido a que, parecía uno de esos personajes místicos oscuros y tenebrosos, pero a su vez guapo como sólo él podía serlo. Él lo creía así, porque el chico que se acercaba frente a él tenía unos ojos almendrados hermosos y brillosos, algo poco común, y se podía decir que tenía un tinte rojo en sus orbes que lo hacía lucir peligroso. También, tenía una vestimenta que sólo le podía quedar bien a él. Era una camisa negra ajustada a sus pectorales y un pantalón blanco holgado. Él usaba una capa con un cuello alto de color rojo, que lo hacía parecer a un vampiro. Sumado a lo anterior, él tenía un cabello negro largo hasta los hombros.
Una vez que ambos chicos estuvieron frente a frente, Chifuyu soltó:
—Dime, ¿cómo te llamas?
—Eres bueno dando órdenes, corazón —dijo el pelinegro con una sonrisa ladeada mostrando sus colmillos.
—¿Por favor?
—Me llamo Keisuke Baji y …
Baji no pudo continuar su frase, porque fue interrumpido por un abrazo por parte del joven de la realeza.
—Muchas gracias, Kei —Chifuyu se alejó.
—¡Vaya! Parece que el secuestrado esta feliz —dijo Baji haciendo una pausa para observarlo—. Creo que algo estoy haciendo mal.
—¡Príncipe Chifuyu! —se escuchó a le lejos un par de voces que lo buscaban.
Baji acorraló con su brazo a Chifuyu tras el carruaje obligándolo a pegar su espalda a éste, mientras que con su mano libre le acariciaba su mejilla.
—Si vas a donde se encuentran ellos, nunca más verás a tu precioso secuestrador, corazón. Así que, decide rápido.
Chifuyu no lo pensó dos veces y con un "vamos" se fueron juntos hacia el escondite de Baji.
