«Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.»

—Martin Luther King.

[...]

Una asfixiante y fuerte bruma lo mantenía cautivo en su prisión. El aire era pesado y tóxico, contaminando su ser. Jadeaba, trataba de mantener la cordura pero resultaba muy difícil en ese estado.

Su mirada estaba perdida en la nada misma, bloqueando todo tipo de contacto externo.

La oscuridad había formado parte de él, dominándolo en cuestión de segundos.

En ese lapso, Mikey se cuestionó cuándo había empezado todo. Desde cuándo la ira se transformó en un rasgo inherente de su ser: ¿en su infancia? ¿En su adolescencia? ¿Cuándo?

No lo sabía con exactitud.

O tal vez no quería recordarlo o reconocerlo.

La cólera recorrió su sangre y el torrente alcanzó su corazón con rapidez. Sus puños ardían y sólo alcanzaban la calma al golpear a quienes se interpusieran en su camino. Aliados y enemigos cayeron uno tras otro hasta que ninguno de ellos quedó en pie.

En cada elección, utilizaba un movimiento aprendido en el dōjō Sano. Puñetazos, patadas, combinaciones entre ambas... De a uno, de a dos. Ya nadie tenía salvación en esa tormenta que se desató en el campo de batalla.

Miró a su alrededor, gruñó y se sumergió en esa bruma que tanto lo persiguió. Inhaló profundo, su pecho punzó y los recuerdos comenzaron a llegar uno por uno: su infancia olvidada, en donde apenas recordaba a su padre; la que tanto disfrutó, ya que su madre formaba parte de él. Su sonrisa, sus anécdotas y palabras que habían forjado su pensamiento; su preadolescencia, el inicio del caos. La creación de la ToMan, la muerte de Shinichiro, el arresto de Baji y Kazutora... Un sinfín de problemas que se acumulaban uno tras otro, resolviéndolo de la única manera que podía: a los golpes.

Sus amigos, su familia y sus ideales. Todo formaba parte de su alma y cada uno de ellos fueron destruidos sin más con tal de acabar con su existencia.

Mikey asumía la teoría de que él era fuerte. No necesitaba ayuda de nadie, pues podía derribar a una pandilla entera él solo. No requería carga extra, ni débiles que lo exasperaran. No deseaba ver hombres llorando, pues denotaba su extrema debilidad y por esa razón su demonio interior despertaba, aquel que le exigía quitar del camino a ese ser que no serviría dentro de su mundo ideal.

Sí, porque así se lo había prometido inicialmente: tomaría todo en sus manos. Se exigió al máximo, dejando de lado sus propios sentimientos para apropiarse de los de sus amigos.

¿A qué costo?

Ante la primer muestra de debilidad, Mikey se encargaría de acabar con ellos. De esa forma, desquitaría el odio que tenía por sí mismo al considerarse fuerte ante los demás, mas débil a escondidas. Un pequeño niño atrapado dentro de un cuerpo que debía cumplir un rol que nunca anheló; un personaje que ocupó para enorgullecer a Shinichiro y a su madre.

Sin embargo, tras un largo y extenuante viaje a través de sus recuerdos, la imagen de Takemichi se instaló en su mente: recordó cuando se enfrentó a Kiyomasa, sabiendo que jamás podría ganarle en una pelea. Aún así, con lágrimas en los ojos, él se mantuvo firme en la batalla.

¿Cómo eso podría ser posible? Él era débil, no sabía pelear y apenas resistía más que cualquier persona ordinaria.

«¡¡¡No puedo rendirme porque tengo una razón para no rendirme!!!»

Aquella frase había desconcertado a Mikey, pues no entendía cómo sus palabras adquirían un peso completamente diferente a lo que su cuerpo mostraba. Las magulladuras de su rostro, la sangre de su nariz y su equilibrio al borde del colapso no iban al compás de su diálogo.

«Si de verdad me quieres ganar, ¡¡vas a tener que matarme!!

Porque no tengo pensado perder...»

Aún sabiendo que la balanza no lo favorecía, Takemichi no mostraba un ápice de derrota en su alma. Mikey estaba confundido, no lo comprendía. ¿Es que acaso no podía dar un paso al costado y dar por perdida la batalla?

Su concepto de hombre fuerte se volvió impredecible al conocerlo. Takemichi le enseñó un tipo de fuerza que era completamente opuesta a la suya, una que jamás logró adquirir ni podría obtener bajo ninguna circunstancia.

—¡¡Manjiro!! —escuchó que lo llamaron a escasos metros.

El aludido volteó lentamente y su visión recuperaba lentamente el enfoque. Takemichi se había incorporado tras el fuerte golpe recibido y apenas podía mantenerse en pie. Estaba agitado, con su rostro tan magullado como el primer día que lo conoció y con una expresión gloriosa que lo exasperaba.

¿Cómo era posible que pudiera verlo de ese modo? Ya había caído ante él, ¿por qué tenía la necesidad de ir hacia su oponente nuevamente?

—¿¡Acaso no piensas rendirte de una maldita vez!? —reclamó señalando a cada integrante de la segunda generación de ToMan. —¡¡Tus compañeros fueron derrotados!! ¿De qué sirve que una persona tan débil como tú quiera intentar quedar en ridículo ante mi fuerza?

Takemichi caminaba con dificultad. Una de sus manos estaba sobre su vientre y la otra sujetaba su pecho. Apretaba su mandíbula con fuerza y mostraba una sonrisa diferente a la que siempre tenía.

—No p-puedo... —espetó entre quejidos mientras mantenía el equilibrio. Se detuvo y respiró profundo. —¡¡No puedo rendirme porque tengo una razón para no rendirme!!

Manjiro estaba obnubilado. Evocó ese momento en el que oyó la misma frase y se sintió abatido. La bruma oscura continuaba de su lado y el impulso por querer acabar con esa virtud que admiraba y odiaba al mismo tiempo lo dominaba. Su cordura pendía de un hilo, su ira lo consumía cada vez más.

»—E-ellos me lo pidieron... —murmuró mientras iba acercándose lentamente a Mikey. —Baji, Draken, Emma... Ellos querían y anhelaban salvarte del dolor. Y-yo...

La rabia provocaba un descontrol en su corazón. Estaba frente al gran espejo que le decía aquellas verdades que intentaba ignorar por su bienestar. Canalizó parte de su desacuerdo en un fuerte puñetazo en el rostro de aquel joven que intentaba convencerlo de sus más grandes errores al nombrar a las personas más importantes de su vida.

El primero tomó desprevenido a Takemichi al golpear directamente en su mejilla izquierda. El siguiente, dirigido a su lado derecho, le arrebató el equilibrio. Sin embargo, Hanagaki se incorporó de inmediato. Mikey estaba más agitado que de costumbre y al ver cómo Takemichi no terminaba de caer, procedió a darle una de sus mortales patadas. En un movimiento bien calculado, preciso hacia el punto para nockearlo, ésta resultó en una decisión errónea.

El brazo de Hanagaki detuvo el impacto y, aunque el dolor fuera tan insoportable como la vez en la que él lo había quebrado, seguía insistiendo en acercarse a Sano.

—¿¡Y qué con eso!? ¡¡Todos han muerto!! —gritó con todas sus fuerzas. Sus manos formaron puños y su garganta se cerraba cada vez más al contener el llanto. —De una forma u otra, tú estuviste ahí... —Esto último lo dijo en un tono quebrado, dejando una brecha donde su vulnerabilidad rogaba salir de él. —¡¡No debiste haber vuelto!!

Después de algunos minutos en completo silencio, de arrepentimientos y rabia a flor de piel, Takemichi intentó volver a acercarse hasta Mikey. Una brisa violenta daba cuenta de que aquella calma era temporal, pues la tormenta estaba a punto de desatarse. Las nubes habían cubierto el cielo por completo y los truenos sonaban tan lejanos como la fe de un nuevo despertar en Sano.

El viento susurró con furia, trayendo consigo un silbido tétrico que se complementaba a la perfección con Mikey.

—¡¡No podía dejarte solo!! Ya te había dicho que tu yo del futuro me lo pidió. Tus lágrimas me dieron las fuerzas para regresar —Estiró su mano y trató de regular su respiración. Su pecho dolía demasiado. —. Déjalo salir, Manjiro... —musitó Takemichi y esbozó una sutil sonrisa.

Su mano se encontraba hinchada tras las anteriores batallas, con rastros de sangre que borboteaba lentamente. Con un temblor que daba cuenta del temor que tenía por su próxima reacción, Hanagaki intentó rozar la mejilla del líder de Kanto Manji. Automáticamente, éste lo golpeó con el dorso de su mano, alejándolo de él.

Mikey apretaba su mandíbula con fuerza. Respiraba con una gran dificultad y gruñía por lo bajo. Con que sólo mencionara a sus seres queridos, Takemichi logró que los cimientos de Mikey tambalearan.

»—No serás menos fuerte si lloras, Manjiro. Los hombres podemos hacerlo y seguiremos siendo muy fuertes por eso... —El poder de persuasión de Takemichi estaba logrando abrir el cielo encapotado para dejar entrar un rayo de luz solar que impactó en su rostro. —Déjalo salir, llora por él y dejemos esto atrás. Sé que te duele, a mí también y me siento muy culpable por eso... —En ese momento, Takemichi rompió en llanto. Una a una, cada lágrima barría con los rastros de sangre de su rostro. —¡¡É-él no debía morir!! ¡¡Draken jamás debió morir!!

El peso de los brazos de Hanagaki mostraba su afán por no alargar una pelea física con Mikey. Él era consciente de que jamás podría ganarle en batalla, pero sí estaba seguro de que lograría vencerlo en una pelea contra ellos mismos. Takemichi recordaba que Sano había reconocido su fuerza mental y espiritual respecto a la suya, confesando entre líneas una de los pocos defectos que tenía.

Mikey le entregó su punto débil en bandeja de plata como símbolo del respeto y admiración que tenía por él.

—¿¡Qué mierda sabes tú sobre mí!? ¡¡Y no te atrevas a nombrarlo!! —farfulló. Se acercó hasta Takemichi y lo sujetó del uniforme que alguna vez utilizó.

Hanagaki ya no mostraba resistencia, su cuerpo era demasiado ligero como para oponerse a un golpe mortal que acabaría con toda su existencia. Sin embargo, algo lo detenía.

—¿¡Por qué sigues llorando!? ¿No te das cuenta que estás acabado? Todo fue en vano, esta es una farsa que debía terminarse tarde o temprano. Eres débil, me asquea la gente débil. El llanto es debilidad en un hombre y yo soy fuerte, siempre lo seré. ¿Te queda claro? —sentenció al ver cómo las lágrimas de Takemichi humedecían sus manos.

—Manjiro —espetó entre hipidos. Sonrió mientras intentaba controlar su tristeza pero su expresión era aún más dolorosa que sus palabras. —, no eres fuerte sólo por no llorar.

Después de tantas amenazas, truenos y rayos, la lluvia se desató. La cortina de agua no impidió continuar la conversación y mucho menos que Mikey desbloqueara uno de sus más dolorosos recuerdos. En su mano sostenía a Takemichi pero segundos después su rostro evocó la última sonrisa de Sakurako.

«Manjiro, no eres fuerte sólo por no llorar. Incluso tú también eras un bebé llorón cuando eras más pequeño.»

¿Cómo era posible recordarla a ella en ese momento? ¿Por qué su madre tenía que interceder en sus decisiones?

Sus labios temblaron sin control, sus ojos ardían como jamás lo habían hecho. Un sinfín de imágenes donde su madre sonreía aparecieron en su memoria una a una.

«Te la pasabas llorando con toda tu cara contorsionada... Mi ángel... »

Esa última frase provocó una punzada muy fuerte en su cabeza. Soltó lentamente a Takemichi y éste cayó al suelo. Su mirada estaba enfocada en el pequeño charco que fue formándose frente a él. Hanagaki se levantó lentamente, apoyándose en sus rodillas para impulsarse e incorporarse. Sujetó a Mikey por los hombros y lo abrazó. El cuerpo del líder de Kanto Manji se mantuvo inerte.

De pronto, el dique que había fortalecido a lo largo de sus años comenzó a deteriorarse, al punto de romperse. De esa manera, el fuerte caudal de lágrimas contenidas en su cuerpo salieron sin más, impidiendo controlarlo como siempre.

Takemichi sonrió y soltó a Mikey para mirarlo a los ojos. Pese a que las lágrimas se camuflaban con la lluvia, era imposible disimular toda la angustia contenida en su alma.

Su espíritu vagó en la oscuridad por miedo a encender fuego y quemarse. El dolor era su temor más grande y no se sentía listo para enfrentarlo. Hasta que, a lo lejos, vio un rayo de luz cálido que lo atraía y le ofreció su palma para guardarla dentro de ella.

—Eso es... –En un tono dulce, Takemichi consoló a Mikey hasta que él también rompió en llanto. —¡¡Déjalo ir!! No te contengas más, eso t-

Y cuando creyó que ese haz de luz era su salvación, se percató de que la oscuridad amaba jugar con su corazón herido. La tentación hacia ese estado de ira descontrolado era demasiado grande para ignorarlo.

Mikey estaba impactado. Takemichi tosió con dificultad y escupió tanta sangre que apenas podía soportarlo.

—¡¡Tus viajes acaban aquí!! —La voz ronca de Sanzu se hizo presente entre ellos y el sonido sutil del filo de su katana irrumpió con el silencio que sólo podía ser interrumpido por la tormenta. —¡¡Muérete de una vez y deja a Mikey en paz, Hanagaki!!

Toda la secuencia se desarrolló en cámara lenta ante sus ojos. Podía ver a detalle cada gota de lluvia juntándose bajo sus pies; el cuerpo demacrado de Takemichi intentando soportar la hemorragia producida por la katana de Sanzu sobre su abdomen; el arma de su mano derecha, manchada de un rojo carmesí que se contaminaba en el aire...

La sonrisa de Haruchiyo al lograr su cometido y el descarte de la katana para correr hacia Mikey. Sus brazos extendidos para abrazarlo y su mirada colmada de una esperanza maldita, teñida de un resentimiento que lo asfixiaba.

La bruma, una vez más la bruma... Esa bruma que aparecía cuando todo se descontrolaba. El llanto y la oscuridad no eran los mejores compañeros.

Con su mirada nublada, pensamientos negativos que lo obligaron a actuar por impulso, Mikey derribó a Haruchiyo de una potente patada que lo alejó varios metros del sitio. Envuelto en cólera, corrió hasta donde cayó y se sentó sobre él para golpear su rostro una, otra y otra vez... Cada golpe representaba los momentos vividos con Takemichi, los instantes en los cuales sintió su corazón latiendo en paz.

No recordaba cuántos puñetazos le dio, pero volvió en sí cuando escuchó su voz quebrada.

—¡¡Y-ya déjalo, M-Mikey!! —exclamó y volvió a toser.

Sano detuvo su puño en el aire y volteó en su dirección. Allí vio la creciente palidez de su piel y cómo sus ojos se iban cerrando lentamente, perdiendo la chispa de vida que tanto lo caracterizaba. Los espasmos de su sollozo eran demasiado dolorosos.

La angustia, una residente habitual, estaba manifestándose con mayor fuerza. Se había adueñado de su corazón, estrujándolo con suma crueldad al punto de sentirse en un estado de agonía.

Se incorporó y caminó tan rápido como su cuerpo se lo permitía. Cada paso era una apuñalada más, una herida imposible de sanar. Cayó de rodillas al lado de Takemichi y tomó su rostro con delicadeza. Lo ubicó en sus piernas y trató de acariciar su piel con torpeza. Sus manos no paraban de temblar y peor era cuando veía la profunda herida provocada por Sanzu.

—Y-ya no t-te preocupes, Mikey... —susurró y cerró sus ojos. Las lágrimas mojaban la punta de los dedos de Manjiro y éste no podía evitar sentirse más miserable al verlo.

—¡¡E-esto no...!!

De pronto, sus palabras fueron interrumpidas por la mano de Takemichi. Sujetó la suya y esbozó una amplia sonrisa.

—T-toda tu vida has estado s-sufriend- —Un quejido tras moverse le impidió terminar la frase. —sufriendo.

Cada segundo era un puñal que se incrustaba en su corazón.

—¡¡N-no me dejes!! Te lo s-suplico... —Miraba hacia su abdomen y apretaba sus ojos para negar la realidad. —¡¡Haré lo posible para cambiarlo, pero no me dejes!! ¡¡Perdóname, Takemicchi!! Sé que no es suficiente, pero-

Hanagaki soltó una carcajada sutil y seguidamente volvió a quejarse. Su tiempo se acortaba más rápido de lo que pensaba. Sin embargo, sentía una profunda nostalgia al recordar ese momento en Manila donde ambos habían abierto sus corazones. No quería irse, no deseaba dejarlo atrás.

No quería ser uno más en su lista de dolor.

—G-gracias, Mikey. Tus palabras me tranquilizan—Se aferró a su mano. —. I-incluso si me estas d-diciendo mentiras, e-estoy feliz.

—¡¡T-tú...!! Eres tan idiota, tan débil...— Intentaba bromear con la situación pero resultaba imposible. Se lamentaba tanto por lo que estaba pasando.

—M-Mikey... —susurró en un hilo de voz. —T-tu mano es tan c-cálida...

Y tan pronto como dijo esto, sus ojos se cerraron por completo. Mikey estaba devastado, pues Takemichi lo había soltado. Tras un fuerte rayo que se escuchó en un radio cercano al suyo, Sano comprendió que el cielo estaba castigándolo por sus malas decisiones. Sin poder procesar lo sucedido, sujetó el rostro de Hanagaki y lo acunó en su pecho. Sin pensarlo un segundo más, un fuerte grito acompañado de un llanto desgarrador salieron de su alma.

—¡¡Quiero volver!! —Se balanceaba junto con el cuerpo de Takemichi. —¡¡Tú no debías morir!! ¡¡Nadie debía hacerlo!! ¡¡Quiero regresar el tiempo atrás y arreglar todo!! T-tú... —Acariciaba su cabello con delicadeza. —T-todo es mi culpa...

Cerró sus ojos y enlazó sus dedos con los de Hanagaki. Las lágrimas no paraban de salir y su pecho ardía de aflicción. Su desconsuelo era tal que había perdido toda su esperanza en ser salvado. Su orgullo le impidió recibir ese apoyo incondicional que Takemichi le estaba ofreciendo y él rechazó vilmente.

»—¡¡Q-quiero volver el tiempo atrás...!! —exclamó y apretó su mano en la de Takemichi. —N-necesito qu-

La caída de un rayo produjo un resplandor acompañado de un fuerte temblor. Sus oídos zumbaron, su alma se separó de su cuerpo para contemplar la desgarradora escena donde Mikey decidía regresar el tiempo atrás. Y fue entonces cuando el último reflejo de Takemichi activó el viaje que definiría su vida.

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.

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Una armoniosa melodía matutina lo despertó. Abrió sus ojos y se percató de que se encontraba en una banca de parque. Se sentó y secó sus labios tras haber babeado.

Miró a su alrededor y vio cómo un grupo de niños jugaban a la pelota. Sintió nostalgia y un hormigueo en sus pies que lo incitaban a querer unirse al equipo. Mas prefirió retroceder y alejarse en dirección a su hogar.

Iba pateando latas vacías en el camino y de pronto sintió una comezón en su mano izquierda. Con la otra intentó calmarla pero fue inútil. Volvió a guardarlas en los bolsillos y cuando levantó la vista se percató de que unos niños corrían hacia él a toda velocidad. No tuvo tiempo de reaccionar, pues ellos se habían caído encima suyo, dándole un fuerte rodillazo en su rostro y, seguidamente, huyeron de inmediato.

Mikey se sentó en el suelo y sobó su mejilla izquierda. Volteó hacia donde se habían ido los pequeños y gruñó al recordar que ni siquiera se habían disculpado con él.

—¡Ey! ¿Te encuentras bien? —Una dulce voz captó su atención. —Ven, te ayudaré a levantarte.

Al girar su cabeza y mirar al niño que estaba hablándole, una brisa cálida ascendió de la punta de sus pies hasta su cabeza. Sus ojos se encontraron con las orbes más hermosas jamás vistas: brillantes, rebosantes de inocencia y esperanza. Pudo percibir cómo se detuvo el tiempo al contemplar su sonrisa y su esplendorosa capa roja que flameaba en calma. Era un pequeño súper héroe, un espíritu justiciero que emanaba felicidad con sólo pasar.

Mikey sostuvo su mano para incorporarse y de inmediato, su mente evocó una serie de imágenes que —creía— nunca había visto en su vida: sus viajes en bicicleta, paseos bajo la nieve, risas, bromas y peleas; muchas de ellas en distintos escenarios. Adolescentes, adultos, con diferentes estilos en su cabellera... Promesas, dolor y pesares.

Pero lo que más recordó fue ese último suspiro que el viento le arrebató bajo la lluvia. Una sonrisa manchada de aflicción tras una ardua lucha en la que acabó perdiendo por azares de una persona obsesionada con la oscuridad. Sus palabras, su corazón... Sus manos aferradas a una nueva oportunidad que le daría el destino para enmendar sus pecados.

—G-gracias... —musitó sin quitar su mirada de su rostro.

Pese a que Mikey ya se encontraba de pie, ambos seguían tomados de la mano. El pequeño sintió sus ojos cargados de lágrimas que secó con el dorso de la que aún estaba libre. El silencio reinó entre ellos, creando una atmósfera pacífica donde nada ni nadie podía interrumpirlos.

—Oye... —El niño frunció apenas el entrecejo con curiosidad. —¿Nos conocemos de alguna parte?

«No eres fuerte sólo por no llorar...» las voces sincronizadas de Takemichi y su madre le recordaron una parte de él que negó por mucho tiempo.

Mikey derramó tantas lágrimas como su cuerpo pudo hacerlo. Estaba estremecido y agradecido. Apretó la mano del pequeño y esbozó una amplia sonrisa que daba cuenta de la felicidad que gozaba al percatarse del viaje en el tiempo. Él era pequeño...

—C-creo que no. —respondió Mikey entre hipidos y secó la humedad de su rostro con la manga de su campera.

—¡¡Qué bien!! —Ambos se soltaron y el pequeño realizó un nudo más fuerte a su capa antes de volver a hablar. —¡¡Soy el héroe que salvará tu vida de esos rufianes que te lanzaron al suelo y te hicieron llorar!! ¡¡Soy Takemichi Hanagaki, mucho gusto!! —Y volvió a estirar su pequeña e inocente mano.

Mikey no dudó un instante en estrecharla. Sus ojos no podían dejar de observar aquella maravillosa vista de un pasado olvidado, uno en el que podía volver a empezar.

Uno donde él estuviera siempre a su lado.

—M-Mikey... —respondió con timidez. No era propio de él pero aún no podía procesar todo lo que estaba pasando.

—Tu mano es... —El aludido abrió sus ojos, sorprendido.

—Cálida. —dijeron al unísono.

Takemichi estaba emocionado al darse cuenta de que Mikey pensó exactamente lo mismo que él.

—¿Cómo lo supiste? ¿Eres adivino o qué? —inquirió con inocencia. Soltó la mano de Mikey y cruzó sus brazos.

Manjiro no respondió y simplemente dirigió su mirada al cielo. Eso era real, todo lo era. El cielo azul, la brisa primaveral, las aves, Takemichi... No era un sueño, mucho menos una pesadilla.

Lo había logrado, un sueño hecho realidad.

»—Eso no importa —añadió segundos después y colocó sus manos sobre sus caderas, separando apenas sus piernas para imitar la pose de un súper héroe. —¿Te gustaría que fuéramos amigos, Mikey? ¡Prometo protegerte con mi vida!

Su corazón estaba atiborrado de alegría tras oírlo. Su espíritu estaba en paz y era la oportunidad perfecta para expiar sus pecados, arrepentirse del camino elegido en otras líneas temporales y volver a empezar.

—¡¡Me encantaría, Takemicchi!! —exclamó y sonrió.

Asombrado por el apodo, Takemichi rascó su nuca y rió.

«Esta mi oportunidad, tú estás vivo. Supliqué volver el tiempo atrás y la vida me lo otorgó. Tú no me recuerdas, yo si. Takemicchi, eres fuerte, mucho más fuerte que cualquiera. Incluso más que yo.» pensaba mientras corría junto al pequeño.

Todos los momentos vividos con su otro yo, el adolescente, le enseñaría cómo abordar ese último viaje.

«¿A esto le llamabas ser fuerte, mamá? ¿A poder ser capaz de controlar las emociones sin recaer en esa horrible oscuridad?»

Takemichi se adelantó unos pasos para golpear a un niño más grande que él y defender a una pequeña que lloraba sin cesar. Pese a los puñetazos recibidos, Hanagaki no se rendía y obtuvo la victoria al ver a Mikey. En ese momento, lo reconoció al recordar que asistía al dōjō Sano.

«¿Llorar y pelear por tus seres queridos? ¿Qué tan fuerte podría ser si mi corazón no se hubiera congelado en aquel entonces? ¿Aún tengo esperanzas?»

—¡¡Ven, Mikey!! ¡¡Conquistaremos el mundo y salvaremos a todos con nuestra fuerza!! —Formó un puño y lo extendió hacia el horizonte.

Le mostró una sonrisa dulce y benevolente, acompañada de una mirada profundamente cargada de inocencia y esperanza.

«Tú no has salvado al mundo aún, pero has salvado mi mundo. Te convertiste en esa luz que me guiará fuera de ese espantosa oscuridad.

Tú —definitivamente tú— eres mi héroe, Takemicchi. »

Fin.