Escaflowne no es de mi propiedad.

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Notas de Introducción:
En este espacio de "Causalidades" (no "casualidades") planeo compartir one-shots y algunas otras cosas que vayan cruzando por mi mente y mi block de notas sobre Escaflowne.
¿Por qué 'causalidad'? La causalidad filosófica denota que todos los fenómenos están conectados entre sí, uno siendo la "causa" que condiciona a otro, un "efecto". No existe nada que no posea al menos una causa. Podríamos llamarle "destino" a la serie de efectos engendrados por diversas causas, y dependiendo de la raíz del pensamiento (esotérico, divino, etc.) este puede incluso negar el concepto de causa-efecto al adjudicar toda responsabilidad en un ser superior que ya había predispuesto el camino. Pero ese no nos interesa. Durante la serie, es muy claro que el destino no es algo labrado en piedra, sino que son una serie de acontecimientos que mutan continuamente por las decisiones tomadas.

En resumen, "Causalidades" será una serie de one-shots medio extraños de Escaflowne con un título muy presuntuoso :P

Si alguien quiere ofrecerse como beta-reader, lo agradecería, y si tienen inglés avanzado, mucho mejor porque está en mis planes traducir todo al inglés.

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Primera Luna

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CASTILLOS DE ARENA

(Oneshot)

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Cabalgaban uno tras otro a paso prudente. Los dos hombres parecían ser uno solo iluminado por el dorado deslavado del sol de media mañana, desplegando una marcada sombra sobre el sendero rocoso y ancho de la montaña. Gigantes de piedra marrón se erguían a su alrededor acariciando las nubes de la cima; desde su altura se avistaban vivos valles y profundos bosques serpenteados y embebidos por el azul inquieto de los ríos y manantiales. Protuberancias más pequeñas y encadenadas como las escamas de un dragón se extendían hasta perderse a la distancia. Uno de los hombres volteó a su derecha. Un coloso inhóspito de piedras oscuras que dormía entre su velo de azufre se encontraba a poca distancia de ellos.

—Si mal no recuerdo, aquella es la ruta hacia una aldea del Clan Lobo.

—¿General?

—Estoy seguro. Arzas. Al otro lado de la Garganta de Fuego. ¿No es así, Gaddes?

—Ehh... sí. Debe haber un camino que atraviesa el terreno volcánico. Si el volcán no ha hecho erupción recientemente debería estar libre.

—Bien. Vamos.

—¿Qué?

—Vamos. Según tus cálculos llevamos dos lunas de ventaja, así que tenemos tiempo para hacer este rodeo antes de llegar a la capital de Fanelia.

—¿Estás seguro, Allen? Este es el camino más corto pero también menos transitado. Fanelia es bastante seguro pero no podemos descartar el peligro.

—Descuida. No por nada éramos el Abaharaki.

—¡Pero en ese entonces éramos jóvenes y bellos!

Sin esperar réplica, el general Allen Schezar dirigió su caballo hacia el camino que llevaba a las rocas negruzcas. Su largo cabello ondeó como una capa de oro con bordados plata. Con los ojos clavados en la espalda del general que se alejaba, Gaddes Arbekin metió una mano dentro del bolso de su túnica verde y extrajo un gastado papel amarillento. El mapa mostró que ese era el punto donde fueron asaltados por Dilandau años atrás, cuando se dirigían a Torushina con la Diosa del Viento. Guardó el papel y cabalgó tras Allen para darle alcance.

Parecían también un Lord aventurero andando en su caballo en medio de una crisis de mediana edad con su leal y viejo paje. Y la verdad no se encontraba lejos de eso: La juventud ya les había abandonado, su empresa no parecía tener sentido y los polvorientos caminos no merecían vestimentas mejores. Túnicas sin bordados propias de aldeanos, pantalones de montar de negro deslavado y roídas botas cobrizas combinaban a la perfección con los destellos blancos de sus cabellos y el polvo adherido a sus cuerpos como aceite en el fogón. La indumentaria formal que usarían para entrar en la capital de Fanelia la llevaban entre su equipaje amarrado a los costados de sus caballos junto con las provisiones para el largo viaje.

Allen era fornido. La tez tostada del sol húmedo de Palas, la capital costera de Asturia, refulgía sus ojos azules en la pulcritud de su rostro, amenazado por diversas líneas labradas como surcos impropias aún para su edad. Mostraba su rango sólo por la empuñadura militar de su espada bastarda colgando de un grueso cinto marrón atado a su cadera, por encima de la túnica roja. Gaddes era moreno y largo. Su ancha boca y sus ojos marrones lucían cansados y fruncidos hacia abajo. Su rostro estaba casi cubierto por una tupida barba de noche estrellada y junto a su cabello salpicado, corto a los costados y más largo en la parte superior, hacían ver su cabeza más rectangular de lo que era. Iba armado con una burda espada de hoja ancha, muy común entre los campesinos de Asturias, y con un juego de seis cuchillos delgados en pequeños compartimentos de su cinto de cuero negro.

Rocas oscuras se atravesaban a su paso y el suelo despedía vapores grisáceos que ocultaban el horizonte en varios metros, volvían el recorrido incómodo. El calor era seco y las narices ardían.

—Este es el mismo camino que tomó el rey cuando Dilandau intentó llevarse a la Diosa del Viento —informó Allen cuando Gaddes se emparejó a su lado.

—No puse atención a lo que hacía Van —confesó, haciendo una mueca ante el penetrante olor a azufre liberado por las rocas—, estaba muy ocupado despachando a los caza-dragones.

Cabalgaron a un ritmo constante. Gaddes quería preguntar qué hacían desviándose y quemándose las narices para visitar un pueblo de hombres-bestia. Supuso que, al igual que el magma fluyendo bajo las piedras, el mutismo de Allen también significaba que una idea se había fundido en su mente y no eruptaría hasta que él quisiera. Y, al menos cuando eran mercenarios, Gaddes descifraba las fumarolas antes que el general decidiera informarlo. No importaba. Confiaba en él, sabía que lo que fuera que harían en la aldea era importante.

Llegaron al cañón que los sacaría a un camino que llevaba directamente a Arzas. Los vapores calientes de pesadilla se disiparon y en su lugar fría roca comenzó a rodearlos. Las imponentes paredes parecían extenderse hasta el cielo y suplantarlo. La intensa luz del mediodía no podía colarse en aquel sitio y sólo les dejaba una tenue luminosidad azulada reflejada en los peñascos. El cambio de temperatura y el aire ligero fueron un deleite.

—¿Hace cuánto fue? —la voz de Allen se duplicó en la soledad del corredor de piedra—. ¿20 ciclos?

Gaddes levantó una ceja, inquisitivo.

—¿Cuando la Diosa del Viento descendió? —preguntó dudoso.

—Sí.

—No lo sé —admitió—. A veces siento que eso pasó en otra vida.

—Es increíble.

—Lo es. Nunca imaginé que existiera la Luna Mística. Mucho menos que una chiquilla de ese lugar fuera quien iniciaría el fin de la guerra. Pensé que eso lo haría Van. Pero, ¿sabes qué más pensaba? Que él estaba tan perdido y tan lleno de furia que temía reemplazara a Folken y se convirtiera en el nuevo enemigo.

—Hmm —asintió Allen—. Coincido contigo. Honestamente, Gaddes, tuvimos suerte de que sólo la chica de la tribu felina supiera mis intenciones de hacer que el rey muriera en batalla. Era un dolor de cabeza.

—¡Hah! —la profunda carcajada de Gaddes resonó por todo el lugar—. ¡Claro que él lo sabía! Me daba la impresión de que Van quería morirse y no sabía cómo.

—Por suerte siempre sobrevivió —dijo Allen—. Sin él, la Diosa del Viento nunca hubiera descendido a Gaia, nunca habría invocado a Escaflowne y probablemente hubiéramos muerto todos a manos del Clan de los Dragones Negros.

—Pero General —se quejó Gaddes en tono de broma—, si a esas nos vamos, si nosotros no lo hubiéramos aceptado en el Abaharaki, Van habría llegado a viejo siendo virgen.

—No caigamos en esa espiral imposible, Gaddes... —siguió Allen con la broma, trazos de su sonrisa se escuchaban en sus palabras—. ¡En realidad todo fue obra del hombre topo!

Los dos hombres rieron estrepitosos, animados y con las mejillas sonrosadas, ante lo gracioso y aterrador de aquello. Los vestigios de sus risas fueron rodeados lentamente por inútiles pensamientos hasta dejarles varados en un enclave: pertenecían al pasado, y las reflexiones de esa naturaleza tienden a ser las menos flexibles en el presente. Los "hubiera" eran espinas clavadas dolorosamente en los sitios más tiernos de su carne. ¿Qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes? Todas las posibilidades se quedaban cortas ante la muerte segura que les deparaba el futuro. En batalla, muy probablemente. Sin lograr nada, casi seguro. Gaddes ignoraba a consciencia su propio rol en los eventos, no consideraba importantes sus acciones en el gran esquema de las cosas: los que serían recordados por la historia serían el Rey Van Fanel y la Diosa del Viento Hitomi Kanzaki. Y él, Gaddes, sólo pertenecía a un colectivo muerto, vago y sin individualismo llamado Abaharaki. Y después, sólo serían recordados el Rey y la Diosa, ya sin nombres ni apellidos ni reinos ni aliados. Y mucho después, ya sus menciones habrían sido erosionadas por las olas del tiempo.

A lo lejos, al final del túnel, la luz verde de las colinas resplandecía como una estrella. Gaddes desdeñó su propio patetismo. ¿Qué le importaba a él si era recordado o no? Lo que importaba era disfrutar lo que quedaba de vida. El pasado no era mas que una sombra provocada por la luminosidad del presente.

Gaddes desató una bolsa a su costado y procuró dos pedazos de carne seca. Extendió uno a Allen pero este levantó una mano en señal negativa.

—Un par de horas más y estaremos ahí, esperaré hasta entonces —dijo el general. Gaddes se encogió de hombros y rumió la dura carne como un yak salvaje.

—Ya estoy cansado de las raciones de carne seca —explicó sin dejar de masticar—, un estofado recién hecho es lo que necesitamos.

—Yo también. Sé que el Clan Lobo es de los más hospitalarios entre los hombres-bestia, así que no desesperemos.

Conforme avanzaron, el cañón se convirtió progresivamente en una cueva. Las altas paredes de roca se superpusieron disminuyendo su altura hasta casi rozar sus cabezas. Al salir, los caballos relincharon de gusto. El cañón dio paso a una cálida pradera con algunos altos árboles pincelados por aquí y allá. Al fondo las montañas en cuyas faldas se encontraba Arzas se elevaban hasta fundirse con las nubes. Gaddes levantó la mano derecha para crear una sombra sobre sus ojos y buscó ubicar la hora del día en el cielo.

—General, tal vez debamos pasar la noche en Arzas. Cuando lleguemos a la aldea los caballos necesitarán descansar.

—Tienes razón —dijo Allen—. Tendremos que abusar de su hospitalidad.

El sol fue inmisericorde y el sudor les refrescaba la piel con desesperación ante la mínima brisa. El verano estaba en su apogeo. Siguieron su camino con pocas interrupciones salvo para dejar beber a los animales en riachuelos cercanos, envueltos de un mutismo que acrecentaba los sonidos de la vida que los rodeaba. Los silbidos de los pájaros, el suelo moteado de sombra entre las ramas de los árboles, el viento acariciando el pasto y jugando con sus cabellos como un niño, el rítmico murmullo de las acequias y los veneros.

—¿Cómo estará Van? —murmuró Gaddes, casi para sí mismo tan pronto el pensamiento le pasó por la mente.

—Lo sabremos cuando lleguemos a la capital de Fanelia —respondió Allen al lograr escucharle—. A decir verdad, yo también tengo curiosidad. A pesar de mi posición, ya no he vuelto a verlo y sólo he escuchado palabras de otros sobre él.

—Yo me quedé un tiempo más con él erradicando a los bandidos y recuperando tierras de Adom antes de ir a Asturia con mi familia. La idea de fundar Fanelia apenas era una semilla seca en su bolsillo. Increíble, ¿no? Van se convirtió en un Rey de verdad —Gaddes extendió una mano al frente e hizo un ademán de presentar algo ante un público invisible—. ¡Bienvenidos sean todos ustedes al Nuevo Reino de Fanelia!, ¡El único reino en Gaia donde los humanos y los hombres-bestia conviven en armonía!

Allen rió sonoramente y Gaddes hizo una leve inclinación de gracias sobre su caballo con una sonrisa burlona en los labios.

—Si este fuera un camino real, ya nos habrían detenido por insultar al rey.

—Por suerte no lo es y dudo que Van nos condene a muerte. ¡Oh! Pero mi esposa diría algo como: "¡Merece que le corten la cabeza por burlarse del Rey de Fanelia!" Me da escalofríos recordar que cuando la conocí ni siquiera respiraba cada vez que lo veía atravesar el campamento.

Cuando la pradera se convirtió en un bosque, Gaddes comenzó a sospechar de qué se trataba ese rodeo. Allen estaba reviviendo los muertos de una época que veía con añoranza. Los tiempos en el Abaharaki fueron lo más cercano de tener una familia. Allen fue como su hermano, y ahora sólo eran dos hombres maduros que compartieron un pasado en común. Habían perdido toda comunicación por años. Gaddes se sorprendió cuando vio al gran Allen Schezar de pie en el cobertizo de su casa, cubierto por el uniforme azul marino con blanco exclusivo de un general de Asturia, invitándolo a acompañarlo hacia la capital de Fanelia en una situación urgente y a todas vistas secreta. ¿Qué situación? No lo sabía todavía. ¿Porqué a caballo? Su trasero exigía una respuesta. ¿Por qué Allen pidió que lo acompañara en lugar de elegir soldados bajo su mando? No tenía ni idea. Gaddes se había retirado hacía mucho tiempo del frente de batalla y disfrutaba el día a día con su familia entre la fragancia de los surcos púrpura de su cultivo de lavanda, el olor dulzón de sus viñedos y el verde cálido de sus olivares. Allen lucía fuera de lugar en el cálido pórtico, extendiéndole la mano. Esa imagen pertenecía a los recuerdos de su juventud cuando su yo más joven aceptó aquella otra invitación de pertenecer a un grupo de mercenarios. Había pasado ya mucho tiempo desde el fin de la guerra. La última vez que se vieron a los ojos, había sido durante los últimos años del Abaharaki.

Cuando Folken fue derrotado en Torushina y los Dragones Negros perdieron su cabeza principal, el Abaharaki también empezó a desmoronarse como una estructura de arena alcanzada por el oleaje de un mar tranquilo y sin prisa. El primero en marcharse fue Van, quien se llevó consigo a la Diosa Hitomi y a la felina Merle. Y aunque el chico nunca convivió mucho con nadie, el significado de su ausencia pesó fuerte en todos. El siguiente fue el hombre-topo. Desapareció sin dejar rastro junto con parte del tesoro que les quedaba. Después fue "la princesa" Millerna. Gaddes hubiera jurado que ella nunca dejaría a Allen, había percibido la atracción entre ambos desde el primer momento que ella se unió al grupo, pero se equivocó: Millerna regresó a Torushina con Dryden. Sin Millerna y sin guerra, el Abaharaki se quedó sin respaldo monetario y entonces se centró en ofrecer sus servicios contra lo que quedaba de los Dragones. Sin embargo, conforme las victorias aumentaban alrededor de Gaia, más hombres y antiguas líneas de reyes formaron nuevos ejércitos para restablecer lo que pudieran de las glorias pasadas. Y así, progresivamente, dejaron de ser contratados. Orto y Teo abandonaron cuando Basram logró formar un gobierno medianamente estable. Kio y Pyle regresaron a Daedalus, ahora llamado Daelia, a ayudar a reconstruir su ciudad natal. Los demás decidieron seguir como mercenarios y recorrer los caminos del continente en espera de conseguir clientes. Gaddes se encontró perdido. ¿Qué haría cuando todos se fueran? Él no tenía un lugar al que regresar, aunque Zaibach fuera su lugar de origen, era una región muy pobre al que la guerra no sorprendió en nada. Su familia había perecido mucho antes de que los Dragones Negros fueran a quemar los palos y piedras que tenían por país. La sanguinaria injusticia sobre su pueblo fue lo que lo llevó a conocer a Allen y aceptar su mano para formar el Abaharaki. Cuando Van contactó a los restos del grupo buscando ayuda contra los bandidos de Dilandau y con la intención de recuperar los territorios del sur de Adom tomados por Cesario, Allen ya había partido hacia Asturia. Gaddes y lo que quedaba del grupo acompañaron al joven Rey. Fueron años intensos. Van ya no era el chico asocial que conocían, sus modales violentos y rudimentarios fueron reemplazados por una elegante capa de calculada carisma. Un dragón letal en sonriente piel de humano. Después de la última victoria contra Cesario, Gaddes aceptó que el Abaharaki ya no existía: Kattu había muerto; Riden se encontraba en otra división del ejército y no sabía nada de él; Van y Merle cada vez eran más inaccesibles; y el propio Gaddes ya había formado una familia con Rutt, una chica morena que servía las guarniciones en los campamentos.

El castillo de arena había sido disuelto por la marea de lo inevitable.

Allen y Gaddes dejaron el bosque y pasaron de nuevo a una pradera. A los pies de sus caballos se distinguía un sendero escurridizo entre los verdes pastos, tres gruesas líneas lo indicaban, mostrando que por ese lugar solían pasar carretas y mensajeros.

—Gaddes —El tono solemne y la mirada apagada de Allen sorprendieron al aludido—, ¿crees que tendremos otra guerra igual de sanguinaria que la de los Dragones Negros?

Esas palabras le inundaron el pecho de un temor oscuro.

—¿De qué hablas, Allen? —preguntó con voz hundida.

El General elevó la vista al cielo donde flotaban las nubes blancas, se lograba ver la luna con su gran ojo labrado, observando imparcial sus innumerables tragedias. Gaddes lo imitó.

—Desde hace unos años se logra distinguir la silueta de la Luna Mística.

—¿Qué? —bramó incrédulo—. ¡No es posible! —aguzó la vista—. Yo no veo nada.

—Mira con atención.

Gaddes observó los alrededores de la luna hasta que le dolieron los ojos. Y fue cuando lo vio. Una silueta que fácilmente se perdía con las níveas nubes del verano. Casi transparente. Suspendida ahí, como la sombra de la muerte sobre un animal herido. La Luna Mística.

—No es posible... Hitomi regresó a la Luna Mística poco después de derrotado Folken... —dijo por fin.

—Sabemos que la Diosa del Viento sólo desciende ante un Draconiano, con el único objetivo de invocar a Escaflowne —explicó Allen, condescendiente. Le dirigió una mirada dura que hizo a Gaddes bajar la vista al sentir su escrutinio. Continuó con voz pausada—. Van es el único draconiano que podría operarlo. Ha construido un imperio de las cenizas. Levantó cada piedra de Adom y las renombró como Fanelia. Expandió su territorio al doble de lo que era antes de que fuera destruido. Se apoderó de Zaibach, tomó la mitad de Cesario, aprovechó la pobreza de Freid para hacerse de sus territorios del norte y ahora ha entrado a Tasmantis. Pasó de ser el protector de un puñado de aldeas de hombres-bestia a formar uno de los imperios más poderosos en pocos años.

—Entiendo lo que dices Allen, y tiene sentido que lo pienses, pero... no es lo que crees —refutó Gaddes.

—Sé que lo tienes en estima, luchaste junto a él por varios años.

—No, no entiendes... Lo de Cesario pasó porqu—

—¿No lo entiendo? —interrumpió Allen, indignado. Cortó el paso a Gaddes, obligándolo a detener su caballo de golpe—. ¿De verdad crees eso?

—¡No, no lo haces! —rugió Gaddes—. Cesario tuvo la oportunidad de entregar los territorios que fueron de Adom, eran sagrados para las tribus de hombres-bestia que fueron desplazados por bandidos y ejércitos. Cesario se negó e incluso se atrevió a destruir algunos templos y asesinar a sus esclavos... ¡Los habitantes fueron quienes lucharon para ser parte de Fanelia!

—Eso es ridículo. Dime, ¿porqué habría el rey Tagousu de entregar el territorio que Van y los hombres bestia descuidaron durante años?

—¡Fueron saqueados por él cuando cayó Adom! El mundo está harto de la guerra, General, lo sabemos. Las personas sólo quieren vivir en paz, y Van ofreció la oportunidad de regresar la dignidad a su pueblo —con voz más calmada, añadió—. Agradezco que haya indexado a Zaibach, no tienes idea de la pobreza de ese territorio. No puedo opinar en cuanto a Freid y Tasmantis, yo ya no estaba ahí, pero sé que debió ser como Cesario.

—No existe la caridad en la política —respondió Allen secamente, apretando las riendas del caballo entre sus puños—. Zaibach es una tierra con grandes recursos naturales, sobretodo rico en minerales. Los Dragones Negros se cercioraron de extraer todo lo posible, ¿acaso Van no ha hecho lo mismo? Un gran ejército necesita todos los recursos posibles. Estás cegado, Gaddes.

—No, no lo estoy.

—Van no es muy diferente de Folken. ¿No temías que tomara su lugar? ¡Lo ha estado haciendo sin que nadie más mueva ni un dedo!

—¡Su lugar de destrucción y muerte! ¡No como reunificador! —Gaddes levantó la voz—. ¿Qué Asturia no tomó territorios que antes no eran parte de su mapa a punta de espada? ¡Asturia ya tenía años destruido al igual que Adom y nunca logró hacer lo mismo que Fanelia!

—No llegaremos a ninguna parte —dijo Allen meneando la cabeza—. Te confesaré algo —movió las riendas para quedar lo más próximo hacia Gaddes y bajó la voz como si confesara algo de vida o muerte—. El Rey Grava está preocupado ante la reciente expansión de Fanelia, y a decir verdad a mí también me inquieta. Su alianza matrimonial con el antiguo reino de Ramsar le ha dado acceso directo a Tasmantis, el continente del oeste. Fanelia ya tenía años sin participar en ningún conflicto y desde la boda real su ejército ha estado ocupando varias ciudades de Freid, además de que nuestros espías han informado de que está construyendo una flota enorme de navíos de guerra... ¡La Luna Mística se ha visto en el cielo desde entonces!

—Estoy seguro de que las cosas no son como parecen —respondió Gaddes débilmente.

—Tal vez...

Fueron envueltos de nuevo por el silencio, uno temible que guardaba los cuchillos en la oscuridad, esperando el momento de atacar o defenderse. Allen suspiró y como tregua, dijo:

—Sigamos. Con un estómago satisfecho podremos pensar más claramente —y puso a andar al caballo sin esperar a recibir respuesta.

—Sí, General —murmuró Gaddes.

La discusión dejó una brecha palpable entre los hombres, cabalgaron con más distancia uno de otro sin bajar la velocidad.

Las montañas eran colosos enormes de roca y nieve, el camino se ensanchó y el pasto que lo cubría se tornó ralo. Decenas de construcciones rústicas de madera, paja y telas de colores vivos se divisaban a la distancia, desperdigadas como flores salvajes a las faldas de la montaña, rodeadas a los costados por un intenso bosque. Algunos aldeanos estaban fuera de sus casas haciendo diferentes actividades de tejido y artesanías; los más pequeños corrían de un lado a otro. Sus risas fueron llevadas por el viento hacia ellos, pero la paz que transpiraba la pequeña aldea no logró entrar a sus corazones.

Gaddes nunca había puesto un pie en Arzas, pero había escuchado tanto del lugar que sentía que ya había estado ahí. La Diosa Hitomi le había contado que en esa aldea Van estuvo recuperándose de su encuentro con Dilandau. Van también le había contado algunas cosas durante las campañas contra Cesario: fue su refugio en la infancia y sus planes de reunificar Adom nacieron ahí. Y tiempo atrás, en el Abaharaki, Merle mencionó que en esa aldea había conocido a Van. Entre otras cosas. Un lugar tan ordinario y recluido parecía ser en realidad una encrucijada del destino.

Los aldeanos dejaron sus actividades al escucharlos acercarse. Los niños detuvieron sus juegos y observaron con escrutinio las motas de tierra que levantaban sus caballos. Los hombres-bestia los juzgaron rápidamente y continuaron su faena, robándoles una mirada de vez en cuando. Excepto una mujer de pelaje gris con una túnica blanca, ajustada en la cintura con una faja morada, que se levantó de su telar y se perdió entre las casas.

Al llegar a la entrada de la aldea, delimitada por dos grandes columnas de madera clavadas en la tierra y adornadas con tejidos de diversos colores y bordados, desmontaron y amarraron sus caballos en una cerca baja de la que colgaban unas cubetas de madera con heno y agua, que servían para alimentar a los animales de viaje. Se quedaron de pie un momento sin saber muy bien que hacer, esperando a ser recibidos. La parvada de niños-bestia pasó frente a ellos corriendo y jugando a algo desconocido cuando la más pequeña fue empujada y cayó al suelo de rostro justo frente a Gaddes. Los demás siguieron su camino sin darse cuenta que les faltaba un miembro. Gaddes sonrió y recordó a sus propios hijos cuando eran un torbellino destructor que no dejaba rincón alguno de la casa sin voltear de cabeza.

—Hey —le llamó y se agachó al ver que no se levantaba—. ¿Estás bien?

—No, estoy en el suelo —respondió solemne, volteando la cabeza hacia el lado contrario.

—Eso puedo verlo. Vamos, levántate —insistió Gaddes. La chiquilla no hizo ademán de despegarse de su lugar.

—No puedoo, tienen que desencantarme.

Gaddes se rascó una mejilla, los juegos rurales de los niños-bestia eran extraños para él. Pero decidió participar, y dijo:

—Aah... bien, ¡yo te desencanto!

—¡Nooo! —la niña movió los brazos en el suelo como obviando la información— ¡Tienes que tocarme y decir "desencantada"!

Allen suspiró sonoramente ante la ridícula infantilidad. ¿El gran Allen Schezar teniendo descendientes y jugando con ellos? Nunca podría imaginárselo. Gaddes revolvió con su mano el corto cabello oscuro de la chiquilla y en un tono alegre exclamó:

—¡Desencan—

—¡Viane, no molestes a los viajeros!

El grito de una mujer irrumpió en el aire y rápidamente apartó la mano de la pequeña, quien se puso de pie de un salto. Su cabello desaliñado hasta los hombros se mecía sobre su cabeza como una vid asalvajada con el viento, dejando entrever unos extraños ojos de fruto inmaduro que pasaban de ver los rostros de los forasteros a sus ropas y se detuvieron en la espada que Allen llevaba a la cadera. Su larga túnica púrpura sin mangas estaba manchada de lodo, tierra y otras cosas desconocidas que sólo un niño podría saber; hacían resaltar la claridad de su piel. A la cintura llevaba atada una faja roja cuyo extremo colgaba hasta sus rodillas del lado derecho. Calzaba unas botas castañas más grandes que sus pies y le hacían ver como una versión infantilizada y femenina de un adulto más tenaz y poderoso que ella. Gaddes intercambió una mirada con Allen.

La mujer llegó corriendo a ellos y se acuclilló frente a la pequeña, meneando su cola atigrada en gesto fastidiado.

—¡Cómo es que estás tan sucia!... —y se dirigió a ellos sin voltear a verles, toda su atención en sacudir las ropas de la pequeña, levantando leves nubes de polvo—. Una disculpa, los modales de esta niña no son los mejores.

Gaddes reconoció a la mujer. Era la felina que acompañaba a Van a todas partes: Merle. La última vez que la vio fue en una celebración en el campamento después de derrotar finalmente a Dilandau y a su banda de cretinos. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, y aún entonces pudo percibir la grácilidad de la tribu felina en ella, muy diferente de cuando era todavía una niña. Esa sensualidad era resaltada por su sencillo vestido blanco, suficientemente holgado para denotar el tamaño y la forma de sus senos y lo suficientemente corto para dejar libres sus carnosos muslos marrones con líneas negras. Su cabello rosado, corto hasta los hombros, se rizaba hacia dentro de su cuerpo y le enmarcaba con un toque exótico, dándole vida a sus facciones ya maduras y a sus ojos más azules que el cielo. Merle intuyó que alguien la observaba indebidamente porque dirigió una mirada furibunda hacia ellos y si no hubiesen sido antiguos conocidos, les habría arrancado la cara a jirones con sus garras.

—Pero qué... ¿Allen?, ¿Gaddes?, ¿son ustedes?, ¿qué hacen aquí? —preguntó impresionada. Su voz sonó grave, pero no menos femenina.

—¿Merle? Es un placer volver a verte —dijo Allen de forma galante—. No esperaba ver un rostro familiar aquí, has cambiado mucho. Estamos en camino a la capital de Fanelia y decidimos llegar a la aldea a descansar antes de seguir nuestro camino.

—Wow. ¡Cuánto han cambiado! —Merle tomó a la niña de la mano y se puso de pie. La chiquilla todavía intentaba quitarse la tierra del rostro sin ningún éxito, pero continuó hasta quedar satisfecha y se limpió las manos con la ropa, ensuciándose todavía más—. Allen, juraría que sigues siendo el mismo si no fuera por tantas arrugas en tu rostro —el general sonrió sorprendido ante sus palabras. Después, Merle se dirigió hacia su acompañante—. Gaddes, ¡qué le pasó a tu cabello!, ¿y esa barba?—el hombre se llevó una mano a la cabeza, consciente de como quedaban cada vez menos cabellos negros que presumir. Al menos, todavía tenía cabello. Al menos, Merle seguía siendo la misma mujer irrespetuosa de siempre.

—El tiempo pasa y no pasa en balde, pequeña Merle. Aunque ya no tan pequeña... —respondió él, con una sonrisa ladina que hizo a la chica fruncir el ceño—. Y... —continuó—. ¿Quién es esta guerrera valiente? —se agachó de nuevo para estar a la altura de la niña, quien se escondió detrás de Merle, asomando sólo los ojos claros y su melena despeinada.

—Ella es... Viane —la chica respondió con cautela—. Es uno de los miembros más jóvenes de la tribu.

—Hola Viane —Gaddes saludó a la niña con un movimiento de mano—. Yo soy Gaddes, pero puedes decirme tío Gaddes. Él es Allen —señaló hacia el silencioso general que no desprendió su vista de ellos—, pero no sé si le puedas decir tío. ¿Quieres preguntarle?

Viane no dijo ni una palabra y escondió más su rostro detrás de las piernas de la chica.

—Conque tímida, ¿eh?

—Es una farsa —Merle rodó los ojos—, esta chica es demasiado traviesa. ¡Siempre está ideando formas de sacarme de mis casillas!

—Es sólo un niña, no puede ser tan malo —intercedió Allen. Gaddes notó el ligero fruncimiento en sus cejas y la mirada encendida. El estómago se le convirtió en un nudo.

—¿Qué edad tiene? —preguntó entonces intentando quitarle ligereza a sus sospechas.

—Serán cinco ciclos inicie el invierno.

—¿Qué hace Viane en una aldea del Clan de los Lobos? —cuestionó Allen sin despegar la vista de la pequeña.

—¿Lo mismo que ustedes, tal vez? —respondió Merle, poniendo los brazos en jarras y clavó sus ojos en Allen, sus pupilas convertidas en la oscuridad de un desfiladero. El general dirigió una mirada indiferente a la mujer antes de cerrar los ojos y bajar la cabeza en ademán de disculpa.

—Discúlpame —respondió él—, estuve fuera de lugar. No intento excusarme, pero el viaje ha sido largo y estamos cansados, ¿podemos ser recibidos en la aldea para dejar descansar a nuestros caballos, pasar la noche y cenar? Seguiremos nuestro camino al amanecer. No los molestaremos.

El general no había vuelto a levantar el rostro. Merle se mordió los labios, arrugó el entrecejo y pareció perdida en sus pensamientos, hasta que repentinamente su rostro sonrió completo.

—No veo porque no, pero la última palabra la tiene Ruhm, él es el líder del Clan. Sé que alguien ya debió darle aviso de su llegada, pero será mejor que vaya y le explique quienes son —tomó a la niña entre sus brazos hábilmente y la cargó—. Diles "hasta luego" a tus nuevos amigos.

Viane los observó con curiosidad y pronunció un rápido "Adiós" antes de enterrar el rostro en el hombro de Merle y de rodearle el cuello con sus brazos. Gaddes y ella rieron ante la acción de la niña, Allen mostró una ligera sonrisa. Merle se disculpó por hacerles esperar fuera y se marchó adentrándose en la aldea.

—Nunca estuvimos en Arzas —dijo Allen con voz baja cuando Merle estuvo a una distancia prudente donde ya no podía alcanzar a oirles—. ¿Entendido, Gaddes?

—No sé de qué me habla, general —respondió Gaddes con una sonrisa inocente en el rostro y un alivio en el pecho—, claramente, estamos recorriendo el camino real de Fanelia, que es muy largo y tedioso. ¡Y aún nos faltan 7 lunas más para llegar a la capital!

Merle avanzaba a la distancia por el camino principal de la aldea. Viane asomó la cabeza por encima del hombro de la mujer y no apartó su mirada de ellos hasta desaparecer entre los laberintos de las chozas de madera y paja.

Gaddes no pudo reprimir el imaginarse esas manos pequeñitas y llenas de tierra jugar en un castillo de arena en las orillas de alguna playa, lejos de las olas y la marea, lejos de otras personas construyendo sus propios castillos cerca del agua. Lejos, lejos de todos, para que no lo pudieran destruir nunca.

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Gracias por leer!
Espero haya sido entretenido.
Acepto tomatazos, que está muy dura la inflación como para comprarse salsas para pasta.

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