Escaflowne no es de mi propiedad.
Advertencia: Prosa púrpura.
· ·
· · ·
· ·
Segunda Luna
·
NUESTRO REY
(Oneshot)
·
El Rey Van Slanzar de Fanel ha muerto. Fanelia se ha cubierto de flores. Los grandes valles del reino son un festival de colores. En la capital, las familias adornan sus alféizares con flores vibrantes; el suave aroma nos abraza con sus pétalos y la ciudad opaca hasta la más bella primavera.
Las calles se han llenado de baladas. Hermosas voces de sirena, de tenor, de niñez; todas con palabras de valor, de muerte, esperanza, guerra y amor; cantan desde la profundidad de su espíritu en sus pórticos y ventanas; desde los senderos pedregosos entonan los pueblos de lobos, felinos y bestias en su peregrinaje a la ciudad; desde lo alto mercaderes y realeza tararean desde sus naves en el cielo. El coro es llevado por las aves y los dragones hasta los confines de Gaia y en un murmullo es recitado por la Luna Fantasma.
Los libros se han inundado de historias. Las plumas de los escribanos labran hazañas que se han convertido en leyenda; nuestro rey de Fanelia vivirá para siempre entre sus trazos. Su sabiduría traspasará los límites del tiempo y será recordado por miles aun después de que nuestro reino desaparezca. Las ruinas seguirán narrando la historia de su valentía durante las guerras, orgullosas de haber sido levantadas por sus manos después de la destrucción.
Los templos han recitado oraciones. Varillas de incienso levantan susurros desprendidos de los corazones de los feligreses, deseando al Dios Escaflowne que reciba entre sus alas a Su Majestad. El sumo sacerdote declama sobre la divinidad de su linaje y la luminosidad del destino sobre el camino de su vida llena de gloria. El altar levantado a su figura junto al de nuestra reina refulgirá entre los muros del santuario más allá de este día y las plegarias se elevarán también hacia él.
El castillo se ha envuelto en silencio. Con un brillo impoluto resplandece a lo alto de la ciudad como si fuera parte del cielo; el reflejo de la piedra en las montañas parecen unas alas a punto de levantar el vuelo. El bosque milenario contrasta como una esmeralda de ojo de dragón. Mis ojos escuecen, y aparto la vista. Si están lastimados por el deceso o por lo abrumador del ambiente, no sabría decirlo. Ambas razones son válidas, escasas, y se atoran en mi garganta.
Los pasillos del palacio se han perdido en la oscuridad. La tenue luz rosada de las piedras de energía no es suficiente contra las tinieblas que se abalanzan al eco hueco de mis botas sobre la madera. Avanzo a tientas entre grandes retratos de antiguos soberanos, todos con su atención eternamente fija hacia el frente, blandiendo orgullosos haber sido capaces de gobernar esta antigua tierra de dragones.
Las habitaciones han derramado lágrimas. Tristes murmullos se ocultan detrás de cada puerta corrediza, por debajo de estas la luz se filtra junto con todas las palabras que no se pudieron decir y las acciones que no se lograron concretar. Hablan de añoranza juvenil y de arrepentimiento tardío. Las lágrimas de agradecimiento no se encuentran tras estas paredes.
El jardín se ha impregnado de ceniza. Una gran hoguera consumió el cuerpo de Su Majestad bajo un cielo nocturno. Largas llamaradas reflejaron sobre los sombríos testigos su pasión sangrante. Decenas de miradas convirtieron en hollín sus recuerdos mientras nuestro Rey regresaba a Gaia, donde nació, y se levantaba su alma al cielo, hacia nuestro Dios Alado. Las flamas equiparaban su valentía. Las chispas de la pira funeraria nos fulminaban con su orgullo. La calidez nos abrazaba, como él hizo en vida. La más oscura noche se iluminó en un amanecer.
En la Catedral, Escaflowne se ha quedado sin pacto. Quien le daba la vida ha abandonado la propia. El Guymelef permanece elevándose en el centro la nave principal, rodeado casi por completo de una armadura de rocas flotantes; el casco con su falsa mirada expuesto, como si en cualquier momento el Rey apareciera y le diera la orden de defender lo suyo. Nunca más escuchará sus comandos. Nunca más sus voluntades serán una. Las grandes gemas superiores se muestran opacas, sin vida, en testimonio de la paz que existe.
El Monumento de la Familia Real ha recibido el nombre de otro de los suyos. Al fin, el Rey Guerrero acompaña a su familia. Ya no más luchas e intrigas. Ya no más decepciones y esperanzas. Ya no más risas y lágrimas. El amor que entregó en vida nunca se extinguirá: se iluminará eternamente en cada persona a la que amó, se multiplicará en cada árbol que ayudó a crecer, se expandirá en cada sonrisa que ofreció, se conservará en cada papel que escribió. Vivirá y existirá en cada descendiente, hasta que ya no quede nadie.
El Lago del Rey se ha iluminado con una luz rojiza. Resplandece sereno rodeado del verdor oliva del Bosque de Fanelia. Las aguas cristalinas reflejan en su centro las lunas gemelas que adornan nuestro cielo; los pétalos de los árboles crean ondas y parecen abrazar las figuras reflejadas. Envuelven la imagen de la urna reposando entre mis manos, anticipando su bienvenida.
El viento ha tomado su último aliento. Sostengo la cubierta de madera de la urna en una mano, el polvo oscuro se dispersa ascendente como un dragón de aire retomando su lugar en los cielos. Se levanta hacia la Luna Fantasma, brilla junto a las estrellas en la oscuridad infinita, haciéndose uno con el universo. Algunos pequeños fragmentos caen sobre el lago. Y lo veo. Veo al rey. Su rostro se enciende como un atardecer por la luz rosácea irradiando del pendiente que cuelga de su cuello. Su cabello negro se mece, como una hoja flotando en el agua, sobre mi frente. La dura mirada. La lealtad en su piel. El orgullo de su porte. Y sus ojos. Sus ojos nostálgicos... son los míos. En mi rostro todos le han visto. Mías son las lágrimas de agradecimiento. La urna vacía resbala de mis manos y es atrapada por las pequeñas rocas mecidas por el agua.
El sendero que he seguido hasta este lugar fue empedrado por su sudor. La era de paz que inunda al reino fue alcanzada con su sangre. Cada paso que he dado y cada eco que ha resonado no hubieran existido si no hubiera vencido al destino. El esplendor de Fanelia, la esperanza en el futuro... sus regalos más grandes serán ahora sostenidos por mis manos.
Haré hasta lo imposible por conservar todo lo que has logrado.
Padre, desde tu lugar junto a Escaflowne de los Cielos, ¿seguirás estando orgulloso de mí?
·
· ·
· · ·
Gracias por leer!
Zw
