Prólogo

No recuerdo demasiado. Las imágenes son confusas, se repiten en mi cabeza día y noche, no me dejan dormir.

Todavía siento la tensión con la que sujetaba mi mano cuando, aterrados, corríamos sin aliento ni dirección mientras intentábamos escapar de un túnel donde la gente gritaba, lloraba, las luces se entrecortaban y yo sentía que me asfixiaba. Era desesperante.

El estallido de una bomba hizo tambalear los cimientos, creí que se nos caerían encima. Eran ellos: los soldados. Intenté gritar, pero él cubrió mi boca con su mano y me sujetó fuerte contra su pecho. Me susurró algo al oído, algo que me mantuvo inmóvil. Nunca tuve tanto miedo en mi vida ni escuché a mi corazón palpitar de esa manera… como si fuera a reventarse.

Entonces, abrieron fuego. El bombardeo desmoronó el lugar hasta las cenizas. Las personas, exaltadas, corrían como animales hacia la salida. Yo fui arrastrado por la corriente hacia afuera y fue allí que vi suceder frente a mí una matanza voraz. Las bombas caían una tras otra, las explosiones me ensordecían.

Él me arrastró en una carrera contra el tiempo, en la cual las piernas me traicionaron. Caí al suelo, inhalando tierra y polvo. Intentó sujetarme, pero me jalaron por detrás y por más que insistió en mantener el agarre, el soldado era mucho más fuerte.

No recuerdo su rostro, pero sí su llanto. Es lo único que recuerdo y he pensado en eso desde entonces. Jamás escuché un llanto como ese. Y jamás lo olvidaré.