Capítulo 1
Labo
Año 3005 d. C.
Plataforma terrícola del sur de Argentina.
Ushuaia, Tierra del Fuego.
En sus diecisiete años de vida había visto el aerocircuito de su ciudad tan atestado de gente como en aquel día. Los package-bots, mejor conocidos como los robots encargados de transportar los bienes de sus amos de un lado a otro, se desplazaban difícilmente entre la multitud. Llevaban con dificultad el equipaje, las mascotas y hasta los niños de sus amos sobre sus hombros.
Como todos los años en Ushuaia, el aerocircuito principal de la ciudad se volvía imposible de transitar durante la época navideña. La gente, enfadada, empujaba e insultaba para abrirse paso. Los niños estallaban en rabietas incontrolables para sus padres, salpicaban saliva y arrojaban sus golosinas al suelo. No era de extrañar que alguien, robot o humano, terminara con una fractura luego de pisar el engrudo.
En el caso de que fuera un humano el accidentado, asistía de urgencia a un médico del emplazamiento. Diferente era cuando le sucedía a un robot. Todos preferían que un miembro de su familia se accidentara y no su robot, no contar con sus servicios domésticos para esas fechas podía resultar en un verdadero caos.
Álmira y su hermano menor Denuvio esperaban sentados en un rincón del aerocircuito con todo su equipaje desparramado en el suelo. Habían estado esperando por horas que se desocupara un asiento, pero el lugar estaba colmado y la gente, impaciente y acalorada, no hacía otra cosa que ser tan descortés como podía. Y ni bien un lugar se desocupaba, otra persona se desesperaba por ocuparlo con rapidez; y ellos eran demasiado amables para discutir que estaban primeros en la fila, así que se conformaron con el suelo.
Denuvio no esperó para sacar su videojuego favorito de su bolso. Álmira, por otra parte, intentó acabar la lectura que había dejado a medias hacía semanas, y eso a causa de su proyecto de ciencias, el cual venía consumiendo todo su tiempo libre.
—¡Bah! Andar haciendo tarea en vacaciones… —exclamó Denuvio con fastidio—. Solo a ti se te ocurre.
Álmira no reparó en su comentario. No dejaba de pensar que el año entrante le tocaría una vez más contra Judit, y no podía quitarse de la cabeza lo que se traería en mente para cuando comenzaran las clases. No había un solo año que ella no le ganara, y era gracias a ella que la secundaria Standford había llegado a competir en la Liga Internacional de Ciencias. Era el orgullo de la directora y, prácticamente, de toda la escuela.
Esperaba con anhelo que el año próximo, el último antes de graduarse, pudiera ganarle finalmente a Judit; pero para eso debía trabajar más duro en su proyecto.
―¡Hurra! ―gritó Denuvio, alzando los brazos y dando un aplauso.
Álmira adivinó que había pasado al siguiente nivel. Denuvio inmediatamente volvió a establecer contacto con el teclado del móvil, moviendo los dedos a tal velocidad que Álmira creyó que el aparato se encendería en llamas.
Pasó un buen rato y su padre aún no había llegado. Le extrañaba porque era un hombre muy puntual. Le había asegurado que estaría ahí para las ocho de la mañana y ya se había atrasado una hora. Probablemente su vuelo había sufrido demoras por contratiempos.
No fue sino hasta que Denuvio dio un brinco que Álmira notó su presencia en medio de la multitud.
―¡Papá! ―gritó Denuvio y se arrojó al gentío, abriéndose paso a galope.
Álmira lo imitó, aunque con un poco más de consideración hacia las personas que sufrieron el arrebato de su hermano. No se detendría por el equipaje, dado que los robots de seguridad del aerocircuito merodeaban por el lugar cada tres minutos. Por ello, a pesar de no contar con un package-bot propio, no había de qué preocuparse.
Aunque caminara sereno, no podía disimular lo entusiasmado que estaba. En menos de media hora despegarían rumbo a Chicago, a casa de su tía Disy en Estados Unidos, para pasar la Navidad en familia luego de todo un año sin verse. Ni bien arribaran, Álmira se encargaría de poner bajo el inmenso árbol de Navidad las tarjetas con las dedicatorias y los regalos que llevaba en las maletas.
Abrazaron a su padre con vigor.
―¿Qué tal han estado? —preguntó Peltry de muy buen humor.
―Mal ―dijo Denuvio al instante―. ¡Tomb olvidó empacar mi chaqueta favorita! ―renegó, izando los brazos y bufando―. La busqué durante media hora, hasta que me di cuenta de que no estaba.
―Bueno, esas cosas se solucionan cuando uno hace sus propias maletas y no deja que el robot doméstico se encargue de todo. ―Denuvio miró a su padre con aborrecimiento. Este pasó un brazo por encima de sus hombros―. Además, estoy seguro de que tu tía tendrá una chaqueta nueva para ti este año.
Álmira y Denuvio se miraron por el rabillo del ojo.
―Como todos los años ―dijeron a coro y estallaron en risas.
―¡Siempre nos regala lo mismo! ―exclamó Denuvio rodando los ojos―. ¿Qué nos daría si no?
―Quizá se compadezca y te regale una motocicleta acuática último modelo. De esas que tienen una cubierta de oxígeno para conducir bajo el agua ―dijo Álmira.
Los ojos azules de Denuvio se abrieron desmesuradamente.
―Nunca había escuchado hablar de ellas ―admitió Denuvio confundido―. ¿Cómo funcionan?
―No has oído hablar de ellas porque aún no llegan a la Tierra. Se fabrican en Marte ―explicó Álmira―. Esta motocicleta sirve para navegar bajo el océano.
Denuvio enarcó una ceja.
―Mentira. No te creo ―soltó suspicaz.
―Créeme. Tiene un tubo de oxígeno debajo del motor y, al encenderla, un casco cubre al conductor para resguardarlo del agua ―explicó. Sonrió victorioso ante la expresión estupefacta de su hermano―. Con eso es suficiente para que puedas navegar bajo el agua durante un buen tiempo, hasta que se acabe el aire.
Denuvio giró rápidamente hacia su padre.
—¡Quiero una de esas motocicletas, papá!
―¡Denuvio, no existe tal cosa en este planeta! —regañó Peltry—. Y tú, Álmira, deja ya de ilusionar a tu hermano.
―Yo puedo crearla ―dijo Álmira ante la mirada desaprobatoria de su padre―. En serio.
―¿Me creas una para mí, Ál? ¡Porfa! ―suplicó Denuvio.
―Está bien. Serás el primero en mi lista, pero vas a tener que esperar a que empiece el otoño.
―¡No! ―renegó Peltry elevando el tono de voz―. Denuvio, te he dicho mil veces que te alejes de las orillas de la plataforma y del cerco eléctrico. Y tú, Álmira, deja de darle ideas a tu hermano. No quiero verlos intentándolo, ¿quedó claro?
Ambos guardaron silencio; sin embargo, Denuvio había quedado tan absorto con la idea que no pudo evitar imaginarse a sí mismo conduciendo una de esas motocicletas mientras navegaba las profundas aguas del océano Atlántico. Por cierto, nada de lo que había dicho su padre le quedó en la cabeza.
―¿Están listos? ―preguntó Peltry con un cambio de humor repentino. Los muchachos asintieron―. Sobre todo tú. ―Señaló con el dedo a Álmira, quien se encogió de hombros.
―¿Yo? ―preguntó Álmira extrañado.
―Ya lo verás ―dijo Peltry sonriendo―. Anden, traigan sus cosas. Despegamos en media hora.
Caminaron por los iluminados e inmensos pasillos internos del aerocircuito con los package-bots del lugar transportando su equipaje. A medida que avanzaban, los pasadizos se volvían más angostos, vacíos y oscuros. Finalmente, llegaron a la alineación donde descansaba la aeronave número cinco que despegaría en vuelo hacia Chicago, y de la cual su padre era uno de los pilotos.
Denuvio se detuvo unos minutos detrás del cristal que separaba el pasillo de la pista de aterrizaje, para contemplar la inmensidad de la airbest.
Airbest era una compleja línea de aeronaves pertenecientes a Airnest S.A Company, una de las compañías aeronáuticas más reconocidas en la Tierra. Y si bien la inmensidad de las airbest no les ganaba a las monstruosas aeronaves marcianas, eran toda una celebridad en su planeta. Tenían una capacidad de hasta tres mil pasajeros y una dimensión que se asemejaba a la de las colosales naves espaciales jupitarianas. Aunque las airbest, al contrario de aquellas, no habían sido fabricadas para explorar el espacio sideral.
―¿Qué te parece si vamos entrando? ―La sugerencia de su padre sacó a Denuvio de su abstracción. Se había quedado absorto en su imaginación mientras los demás subían a la nave. Se echó a andar.
Mientras se acomodaban plácidamente en los mejores asientos, los pasajeros atravesaban las aburridas inspecciones de seguridad. Era una de las ventajas de ser los hijos del piloto.
Todas las airbest contaban con dos pilotos de cabecera y dos copilotos por seguridad. Eran naves tan grandes que su tripulación entera triplicaba a la de siglos anteriores, cuando aún se utilizaban los aviones y viajar en ellos era prácticamente exclusivo.
Las airbest contaban con espacios para la recreación de sus pasajeros durante las horas de vuelo, sobre todo cuando este se extendía más de lo estipulado. Los sitios más concurridos eran el restaurante y la sala de cine.
Faltaban tan solo minutos para que los pasajeros se les unieran. Denuvio ya se había acomodado en su asiento predilecto con sus auriculares puestos. Álmira tenía todas las intenciones de unírsele hasta que fue llamado por Peltry desde la cabina. Al entrar, notó que Ernest, el copiloto de su padre, se encontraba algo nervioso, lo cual era muy extraño en él.
Mientras Álmira hacía conjeturas en su cabeza acerca del motivo por el cual debía estar «especialmente listo» para ese viaje, Ernest y su padre se dedicaban miradas cómplices que comenzaban a alterarlo.
Una vez que los pasajeros subieron en su totalidad a la aeronave, Ernest se rehusó a sentarse donde le correspondía y, en vez de eso, prefirió permanecer de pie en la retaguardia de la cabina, a pesar de estar infringiendo terriblemente las normas de vuelo.
―¿Qué está pasando? ―preguntó Álmira, sonando inocente y perturbado.
―Siéntate ―propuso su padre.
Se desencadenó en él un estremecimiento violento.
―¿Qué? ¡Papá, no! ―exclamó con sus ojos azules desbordando pánico―. ¡No lo haré!
―Sé muy bien cuánto quieres esto. Lo has anhelado durante diez años. No tengas miedo.
No lo tenía, era solo que no lo esperaba, ¡no ese día! Nunca creyó que algo con lo que había soñado tanto llegaría una mañana de verano donde todo parecía marchar de lo más trivial.
Su padre lo miraba con mezcla de gozo y súplica, y él, muy en el fondo, admitía no estar listo.
Sus mejores recuerdos estaban relacionados con la mecánica, cosa sabida por toda su familia. En su corta vida, su pasión por las máquinas no hizo más que potenciar su curiosidad por todo lo relacionado con la aviación y la robótica. Era obvio que su padre esperaría el momento oportuno para ampliar su potencial con una experiencia única e inolvidable. Y ese día, finalmente, la oportunidad había llegado servida en bandeja.
No se percató del tiempo que estuvo paralizado frente a la consola de control, con cuatro personas mirándolo como si esperaran que en cualquier momento se echara a correr.
―¿Por qué se tarda tanto Ál? ¡Quiero ir al cine! ―preguntó Denuvio, abriendo repentinamente la puerta de la cabina sin permiso, y sin despegar sus manos del bendito videojuego. Grande fue su sorpresa al ver que el asiento vacío de uno de los copilotos estaba tan próximo a su hermano como este de vomitar. Y todo fue tan obvio para Denuvio que no logró contener el estallido de la emoción―. ¿Ál va a pilotear? ¡Oh, por Dios! —Lanzó el aparato al aire y este cayó sobre la cabeza de Ernest. Le tomó un segundo correr hasta donde su padre y detenerse exaltado a su lado—. Papá, ¿cuándo será mi turno?
―En un par de años, hijo. Aunque si tu hermano no se atreve, tal vez hoy sea tu día ―bromeó y, ante los festejos de Denuvio, Álmira reaccionó. Se armó de valor y se sentó con ímpetu en el lugar del copiloto.
Denuvio preguntó si podía quedarse en la cabina para ver, pero suficientes reglas estaban transgrediendo al cambiar a un copiloto profesional por un adolescente inexperto. Por seguridad, y para no empeorar las cosas en caso de ser descubiertos, Peltry le insistió a su hijo menor para que fuera con el resto de los pasajeros. El pequeño acató la orden a regañadientes y salió bufando del staff en compañía de una azafata.
Eran las diez de la mañana en punto, hora exacta del despegue. Todos los pasajeros estaban a bordo, listos para emprender el vuelo.
―¿Empezamos? ―preguntó Peltry, mirando a su hijo por el rabillo del ojo. Esbozó una sonrisa que elevó a mil por segundo el pulso de Álmira, quien comenzó a sudar en frío y hasta sintió resecos los labios.
—Buen día, pasajeros de la airbest número cinco del aerocircuito ushuaiense. Los saluda su capitán mientras se da inicio al vuelo tres mil ciento noventa con destino al aerocircuito internacional de la ciudad de Chicago, perteneciente a la plataforma estadounidense de Illinois. El tiempo de vuelo será de dos horas veinte minutos, y volaremos a una altura de veinte mil cien metros.
»Pueden disponer de los entretenimientos que ofrece la aeronave. En caso de emergencia, por favor, regresen a sus asientos y permanezcan con el cinturón de seguridad ajustado hasta nuevo aviso.
»Gracias por escogernos, y disfruten del vuelo.
Era hora.
―Empecemos ―propuso Peltry, y Álmira palideció. No obstante, estaba dispuesto a no dejar que los nervios lo paralizaran.
―Bien, primero presionaré el tacómetro para darle las revoluciones iniciales a los motores ―dijo Álmira y tragó saliva.
Su padre asintió contento. Junto con el otro piloto se encargaron de supervisar que Álmira lo hiciera inmediatamente antes de dar el chispazo que encendiera los motores.
―¡Excelente! ―exclamó Peltry al ver la nave encendida―. ¿Y ahora?
―Iniciamos el ascenso ―respondió Álmira, y su padre volvió a asentir levemente con la cabeza.
Álmira presionó suavemente el interruptor de elevación, manteniéndolo a un ritmo constante para la adecuada estabilidad de la nave. Sin embargo, se le complicó debido a sus dedos resbaladizos y a sus manos sudorosas. Mal inicio.
―¡Ouch! ―exclamó Denuvio cuando sus auriculares casi salen disparando de sus oídos debido a una mala maniobra de su hermano, quien hizo tambalear la nave.
Los pasajeros, consternados, se miraron unos a otros. Álmira miró con pena a su padre, quien se apresuró a procurarle consuelo.
―Tranquilo, me has visto hacerlo cientos de veces y te he visto imitándome otras cien más en simulacros de vuelo. Solo hazlo como sabes hacerlo. ―Álmira respiró profundamente y suspiró. Se concentró plenamente en que estaba donde siempre había deseado. Y como por arte de magia, los nervios comenzaron a ceder―. ¿Y ahora? ―preguntó Peltry una vez que la aeronave se elevó hasta llegar al punto de despegue, a tan solo metros del cielorraso del aerocircuito.
―Damos el envión ―respondió Álmira con mayor confianza.
―¿Y qué usamos para eso?
―Primero debemos corroborar que la nave esté direccionada hacia donde marca la brújula. ―Su padre levantó el pulgar―. Luego, solo queda iniciar el despegue. ―Peltry asintió y esperó a que lo hiciera―. ¿Ahora? ―preguntó Álmira temeroso.
Peltry estalló en carcajadas.
―Cuando te lo pida, jalarás la columna de control para subir el frente de la nave ―ordenó, cambiando el gesto por uno mucho más serio. Tal vez fuera porque estaba cediéndole la seguridad de tres mil pasajeros, lo cual no era poca cosa. Una pizca de adrenalina incentivó a Álmira―. Cuando te dé la señal, darás el envión. —Álmira asintió. Un silencio tenso los envolvió entonces y, antes de que pudiera pensar en el siguiente movimiento, su desesperación lo obligó a acatar la orden―. ¡Ahora!
Lo hizo tan rápido como pudo. Liberó el control hasta que la nave emprendió vuelo.
―¡Bien hecho, hermano! ―celebró Denuvio desde la cabina de pasajeros. Los que rodeaban al niño brincaron sobresaltados por sus festejos.
Álmira sabía que en mucho tiempo no volvería a presentársele una oportunidad como esa. Era un momento único e irrepetible: no volvería a tener diecisiete años, ni volvería a volar en un cielo tan azul. Por eso, lo disfrutaría hasta donde su padre y las normas de aviación lo permitieran.
Atravesar la esponjosidad de las nubes le dio una sensación de inocencia que solo podía relacionar con recuerdos de su infancia.
Peltry dejó que Álmira sintiera durante media hora más la adrenalina de un despegue impecable y un vuelo perfecto.
―Has hecho un excelente trabajo ―dijo Peltry al fin. Ernest, quien todo ese tiempo había estado de pie detrás de Álmira, apoyó sus manos sobre los hombros de este para hacerle saber que ya era hora de dejarle el lugar―. Ve con tu hermano. Otro día me acompañarás en un vuelo completo, pero por hoy es suficiente. No da tanto miedo ahora que ya lo has superado, ¿verdad?
Álmira salió de la cabina con cara de haber pasado los mejores minutos de su vida. Fue hacia los asientos, pero no encontró a Denuvio ahí; inmediatamente supuso que estaría en la sala de cine. Al ir allá, y a pesar de haber empezado la película tarde, pudo disfrutar de veinte minutos de una comedia desbocada.
Al aterrizar, Enmet estaba esperándolos en las afueras del aerocircuito con su package-bot de refuerzo. El robot fue inmediatamente a donde Peltry y sus hijos, y los ayudó a cargar las valijas hasta el coche. Denuvio saludó a Enmet con una gran sonrisa fingida luego de que su padre lo mirara de reojo como advertencia. Tenía terminantemente prohibido ser descortés con el nuevo novio de tía Disy, aunque Denuvio no entendía por qué, siendo que su primo Arlock era especialmente cruel con él y no perdía oportunidad de ridiculizarlo.
A Álmira le generaba cierta lástima su desesperación por pertenecer al seno familiar, y aunque era cierto que Enmet solía ser insoportablemente atento, por lo menos se esforzaba.
El único que lo bien toleraba era Peltry, a pesar del poco tiempo de la relación.
Durante el rato que les tocó viajar juntos en coche, y oponiéndose a participar de la aburrida conversación entre Enmet y su padre sobre la creciente conglomeración en la ciudad, Denuvio no pudo dejar de pensar en lo que le esperaba al llegar a casa de su tía. Seguramente habría horneado un pastel de bienvenida, y se la imaginó esperándolos con chocolatada caliente y galletas navideñas.
Al cruzar el sendero hacia la morada, Álmira comprobó que todo seguía igual que siempre. Pasar las navidades ahí era un placer. Tía Disy tenía una casa inmensa y veraniega a las afueras de la ciudad; el jardín estaba repleto de árboles de todos los tamaños y formas que su tía adornaba con luces multicolores para esas fechas. La casa era tan fresca que se plagaba de hiedras trepadoras que obstruían los ventanales y enmohecían las paredes. A menudo eran cercadas por Enmet o por alguno de los robots domésticos.
Denuvio elevó la vista y vio a su primo Arlock y a su tía Disy en el porche, agitando con brío los brazos mientras el automóvil se acercaba a ellos. No pudo esperar a bajar para chocar los puños con él.
Arlock vestía holgado y de negro, como de costumbre. Su ropa parecía haber sido comprada para un sujeto cinco talles más grande que él. Lo único que le iba al cuerpo era el gorro. Claramente había adquirido la predilección de tía Disy por las camisas largas y los pantalones arremangados a tres cuartos de pierna.
—Mi pequeño Dev… Cada año más guapo —dijo su tía abrazándolo.
—Hola tía —saludó Álmira de lejos, acercándose lentamente a ella.
—¿Cómo está el geniecito de la familia? —Le dio un fuerte y caluroso abrazo bien recibido.
—Más genio que nunca —dijo Peltry, e inmediatamente Álmira le echó una mirada reprobatoria.
—Con algo que mostrarte —continuó Álmira, volviéndose hacia ella y esbozando una sonrisa que acompañaba un semblante misterioso.
—¿Es mi regalo de Navidad, acaso? —Álmira asintió—. Pues no puedo esperar a verlo —admitió Disy alegremente.
Finalmente, fue su turno de abrazar a Peltry, quien más sufría la distancia con su hermana. Una vez dentro, y luego de desempacar y acomodar los regalos debajo del árbol navideño de la sala, tía Disy les ofreció una grata merienda antes de comenzar con los preparativos de Nochebuena. La mesa estaba, como bien había imaginado Denuvio, repleta de deliciosos bizcochos con termos llenos de café y chocolatada para los más chicos.
—¡A no comer tanto, que no habrá lugar para la cena! —dijo Enmet al ver a Denuvio y a Arlock sentándose a la mesa y tragando pastel como si no hubiera un mañana.
Álmira, con la misma sensación de relajación que siempre le daba visitar la posada de su tía paterna, tomó asiento con serenidad a un lado de la mesa. Adoraba el olor a limpio y el orden en esa casa. Su sección favorita era la sala de estar, donde recordaba haber pasado los mejores inviernos, todos juntos contando anécdotas frente al hogar o simplemente leyendo cuentos hasta que Denuvio y él se quedaran dormidos.
Se sintió pequeño al agarrar una taza celeste con la imagen de un reno, de niño había sido su favorita.
—Anda ya, Disy. Deja eso —rogó Peltry.
—Ya, es que la quiero a punto —se excusó Disy, y volvió a abrir la cubierta del horno para cerciorarse de que no se pasara la cocción de la tarta.
Tía Disy era una excelente cocinera, aunque obsesiva por la perfección. En sus años jóvenes había sido parte del staff de los mejores botánicos del continente, pero su sentimentalismo a la hora de trabajar contrariaba las estrictas normas lucrativas de su profesión. Ahora, luego de cinco años de su retiro, tenía su propio invernadero en su jardín y se dedicaba a la venta de comida sana, en lo cual no le iba nada mal.
—¿Qué tal ha ido el vuelo…? ¿Aburrido? —preguntó Disy, sirviendo más galletas en el plato que compartían Denuvio y su hijo.
—Normal —dijo Peltry esbozando una sonrisa ambigua.
Denuvio y Arlock se dedicaron una mirada cómplice mientras cuchicheaban y reían por lo bajo. Álmira, con rostro desentendido, vertía más café del termo en su taza.
—Bueno, bueno. Han comenzado las vacaciones y apenas me han contado qué tal han acabado el colegio —continuó Disy, tomando asiento y bebiendo un poco de café.
—Pues… Álmira sobresaliente, como siempre —dijo Peltry—. Dev tuvo inconvenientes, pero al final logró salir adelante.
—¡Espectacular! —exclamó Enmet sonriendo gratamente y con sus ojos apretados como dos ranuras. Mientras tanto, acababa las últimas decoraciones a una bota navideña que luego colgaría en la sala junto al árbol.
Los niños continuaban cuchicheando.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó Disy con curiosidad.
Denuvio se preparó para soltar la bomba.
—¡Ál piloteó una airbest, tía! —dijo a los gritos, y por poco hizo que Álmira se atorara con una galleta. Disy miró por el rabillo del ojo a Peltry, confundida.
—¿Cómo? ¿Cuándo? Sin pasajeros, me imagino.
—¡Claro que no! Había tres mil personas en la nave —soltó Denuvio, y los ojos de su tía se abrieron gradualmente hasta que pareció que saldrían disparando de sus cuencas—. Claro que ellos no sabían que estaban siendo piloteados por mi hermano —agregó. Después, notó que había metido la pata con esa aclaración.
—¡¿Qué?! —exclamaron Disy y Enmet al unísono.
Peltry esquivó la mirada reprobatoria de su hermana, aunque le costaba mucho no echarse a reír de su expresión.
Disy expulsó monosílabos al aire, dubitativa, no sabía qué opinión tener al respecto. Claro que consideraba a Álmira un muchacho muy inteligente y hábil, pero creía que Peltry se había excedido esta vez, y por mucho.
Denuvio pensó que sería mejor idea subir las escaleras y encerrarse en el cuarto de Arlock, porque cuando tía Disy comenzaba a exponer sus largos sermones, no había quien la parase. Además, Arlock tenía una surtida colección de robots que Denuvio no podía esperar a ver.
Álmira abandonó la cocina sigilosamente con la excusa de tener que ir sí o sí al baño, dejando a los tres adultos a solas. Fue entonces que Disy enfrentó a su hermano.
—Peltry, ¿en serio lo dejaste pilotear una aeronave con tres mil pasajeros a bordo? —susurró.
—Sí —respondió aquel sonriendo pícaramente—. Y no te imaginas lo bien que lo hizo —agregó.
Disy rodó los ojos.
—Con tantas cosas que pudieron haber salido mal…
—Pero no fue así. Lo hizo espectacularmente —aseguró—. ¡Vamos, Di! Hablas como si nunca hubieras hecho una travesura.
—Travesura, sí. Exponer la vida de tres mil personas… ¡Jamás! —exclamó. Quedó pensando por un largo rato. Peltry guardó silencio creyendo que estaba sumamente desilusionada con él, pero finalmente la vio sonreír—. Aunque admito que, a pesar de todo, me siento muy orgullosa de él. Pero sigo enfadada, creí que esperarías a que fuera mayor —insistió, y le dedicó una mirada fulminante.
—Falta un año para eso —objetó Peltry, y se encogió de hombros.
Álmira regresó en poco tiempo a la cocina y vio a su padre y a tío Enmet poniendo atención a los recados de tía Disy para que todo saliera perfecto en la cena. Ellos se encargarían de asar la carne en la parilla del jardín, mientras Álmira acompañaría a su tía al invernadero en busca de verduras y hortalizas para las ensaladas. Serían ayudados por los robots domésticos de su tía: Brett y Fred.
―¿Podemos ir también? ―preguntó Arlock desde el segundo piso, sentado sobre el hombro del megatrón que su madre le había regalado en su cumpleaños anterior. Denuvio lo acompañaba con una mueca de picardía, de pie a un lado del robot.
—Sí, pero sin Mittam. Él no puede acompañarnos —advirtió Disy. Arlock enseguida puso cara de desconcierto, ante lo que ella agregó—: ¡Es demasiado grande para caminar por los corredores del invernadero, hará trizas mis plantas!
—¡Mamá! —protestó Arlock rodando los ojos—. ¡No hará nada!
—Eso dijiste la última vez y así quedaron mis plátanos. He dicho que no, Arlock. —Se giró hacia la puerta acompañada por Álmira y los dos robots domésticos, que la seguían como soldados a su sargento.
Denuvio pidió silencio a su primo segundos antes de que este se preparara para hacer un berrinche.
—Pero tía, si Brett o Fred llegaran a descomponerse en medio del invernadero, ¿quién podría sacarlos sino un robot con la increíble fuerza de Mittam?
—Buen intento, Denuvio, pero llamaría a mi package-bot. Además, esa bestia mide cuatro metros de alto, ¡ni siquiera sé qué hace dentro de tu habitación, Arlock! Te dejé en claro que debías guardarlo en el garaje.
—¡Vamos, mamá, él solo quiere ayudar! Míralo, pobrecillo, parece un bebé grandulón —insistió.
Disy se fijó en la inmensa cabeza metálica del robot, le inspiraba temor más que ternura.
Al igual que todos los robots creados para competir en las ligas de boxeo, Mittam era alto, corpulento y terrorífico. Su rostro no era más que una franja roja en lugar de ojos, y una banda metálica cubría desde su tabique hasta su mentón. No había mucho que decir de él más que era sumamente vistoso para los niños, con sus colores llamativos y el acero de su cuerpo simulando macizos y fibrosos músculos.
—Bien, tráelo. Pero jueguen con él en el jardín. No lo quiero dentro del invernadero, ¿de acuerdo? —exigió—. De todas formas, serán solo veinte minutos —aclaró y salió fuera.
Los niños chocaron las manos e inmediatamente Denuvio trepó a Mittam. El robot caminó escaleras abajo con Arlock y Denuvio sentados uno en cada hombro.
Disy, Álmira, Brett, Fred, Mittam, Arlock y Denuvio cruzaron el sendero hacia el invernadero. Su tía se había esmerado mucho al crearlo una década atrás y continuaba haciéndolo. El lugar era inmenso y estaba protegido por una cubierta de vidrio traslúcida que retenía el calor de la mañana y de la tarde. Estaba repleto de plantas de todas las especies que trepaban los cristales.
Ni bien ingresaron, tía Disy pareció olvidarse de todo el malestar que le había causado el inconveniente con Mittam, a quien los chicos habían dejado en el jardín. Rápidamente, lanzó un suspiro que le advirtió a Álmira que estarían ahí por más de veinte minutos. Miraba a sus plantas con el mismo afecto que a su hijo, hasta sus retinas parecían brillar más de lo normal. Se acercó a la madreselva para acariciar las hojas de sus ramas.
—Este arbusto tiene propiedades diuréticas y puede sanarte de un resfrío y de inflamaciones bucales, pero no es lo que estamos buscando. —Se adentró un poco más en la floresta y volvió a detenerse—. ¡Vaya! Este de aquí es una maravilla: el ginseng. Lo planté hace seis meses. Contiene tantos minerales que alivia todo dolor proveniente del sistema óseo. Al igual que el incienso, el jugo de su tallo combate la artritis. Es ese que está allá, ¡mira! —indicó a lo lejos. Ya creía Álmira que estarían así un buen rato, y lo más gracioso era que le agradaba ver a su tía tan emocionada cuando estaba en contacto con sus plantas—. ¡Oh, mira, Ál, cómo ha florecido el hinojo! ¿No es hermoso? Sus semillas ayudan a producir leche durante la lactancia, ¿lo sabías?
—Obviamente no.
—¡Oh, mira esa de allá! Es una imperatoria. Es excelente contra las jaquecas. Enmet toma infusiones cada semana —dijo, y acarició los tallos con delicadeza—. De acuerdo, va a ser mejor que nos pongamos a recolectar o comeremos a la hora del brindis —rio jocosamente y apoyó la canasta en el suelo—. Bien. Necesitamos tomates, un tronco de apio, un ajo, limones, albahaca, cebollas y zanahorias. Y si encuentras romero me avisas, Ál, porque anda bien escondido y ya olvidé dónde. —Soltó otra carcajada estrepitosa.
Los robots obedecieron de inmediato y se pusieron a recolectar las verduras. Álmira se acercó relajado hacia su tía y, con distinguida desenvoltura, pasó un brazo sobre sus hombros.
—Estoy seguro de que te encantará mi regalo, tía —aseguró.
—¡No puedo esperar a que sea medianoche, entonces! —dijo ella con la mirada encandilada.
Luego de estar una hora ahí dentro, y habiendo recolectado dos veces más verduras de las que estimaron en un principio, su tía le dijo que iría a ver en qué punto de cocción se encontraba la tarta que había dejado en el horno.
Luego de que los niños comprobaran que la mujer se había perdido de vista, ingresaron con Mittam en el invernadero.
—Oigan, ¿qué les acaba de decir?
—Ya, Ál, no molestes —dijo Arlock brincando del hombro del robot. Denuvio lo imitó—. A que Mittam puede recolectar verduras más rápido que los bobos de Brett y Fred —fanfarroneó.
Álmira rodó los ojos.
—Mittam no sabe hacer eso, solo sabe dar puñetazos.
—Vamos a averiguarlo —propuso Arlock y corrió hacia el cacao junto a Denuvio, seguidos por el robot—. Mittam, toma una vaina con tu mano.
El robot estiró su mano hacia el fruto, pero llegado el momento de arrancarlo del árbol, no logró oponerse a su programación y le dio varios puñetazos al tronco hasta hacerlo tambalear. Cayeron diez vainas de cacao inmaduras al suelo.
—¡Detenlo! —gritó Denuvio. Más y más vainas fueron despedidas mientras Mittam arremetía violentamente contra el árbol—. ¡Lo partirá en dos!
Arlock intentó frenarlo con una orden, sin embargo el estado del robot era idéntico al que adoptaría en una encarnizada batalla.
—¡No puedo! —gritó Arlock, y sacó rápidamente el dispositivo de control de su bolsillo. Presionó una y otra vez el botón que debiera detenerlo, sin embargo no surtía efecto.
El golpe final logró quebrar el árbol a la mitad. Las ramas cayeron hacia donde se encontraba Brett recogiendo cabos de zanahoria. Álmira corrió a toda prisa hacia Mittam y le dio un toque ágil y preciso en la zona baja de la espalda. El robot se apagó, no obstante Brett había sido gravemente herido. El aplastamiento causó en él profundas abolladuras.
Los niños quedaron atónitos.
—¡Corre! —dijo Arlock, y salió fuera del invernadero seguido por Denuvio, quien estaba seguro de que les caería un castigo de aquí a Júpiter.
Evitaron el sendero común; en cambio, se ocultaron detrás de los frondosos setos del jardín en completo silencio. Disy ingresó en el invernadero con una sonrisa que pronto se transformó en expresión de espanto. Lo único que vio fue a Álmira detrás de Mittam y a su amado Brett tendido en el suelo con las ramas del árbol de cacao sobre su cuerpo.
—¡Cielo santo! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó horrorizada y corrió en auxilio de su robot. Se arrodilló a un lado de Brett e intentó quitarle el peso de las ramas de encima. Álmira le echó un vistazo a Brett e inmediatamente creyó que necesitaría una refacción completa—. ¡Mi árbol! —gimió Disy desconsolada—. ¡Esos dos diablillos...!
—Tranquila, tía —dijo Álmira, e intentó reconfortarla dándole palmadas en el hombro.
—No te das una idea de cuánto ha tardado en crecer, Ál —dijo a punto de llorar—. ¡Y mira a Brett! ¡Voy a matar a Arlock!
Álmira sujetó una vaina de cacao del suelo y ayudó a su tía a arrastrar a Brett fuera del invernadero. Fred los acompañó de regreso a la casa, cargando la canasta repleta de verduras. Habían abandonado a Mittam dentro del invernadero.
—Ven —le dijo Álmira a su tía una vez que cruzaron el umbral de la puerta. Disy insistió en atender a Brett primero, pero Álmira se rehusó y, en cambio, jaló de ella—. Te daré tu regalo ahora mismo. —Y con el cacao aún en mano, la llevó a la sala de estar.
Debajo del árbol de Navidad se encontraban todos los regalos. Álmira se dirigió a uno en particular. Dejó que su tía rompiera el papel envoltorio y que de una caja ordinaria extrajera un óvalo de aspecto liso y metálico.
—¿Qué es? —preguntó extrañada.
—Una cápsula de fertilización —respondió. Su tía puso una graciosa mueca de incomprensión—. Colocas las semillas de la planta que tú quieras en el interior de la cápsula, así —instruyó, abriendo la vaina y depositando los granos de cacao en un hueco de tierra húmeda dentro de la cápsula, para luego cubrirlos de vuelta—. Y dejas actuar.
Esperaron.
—¿Y…? No pasa nada —dijo Disy impaciente.
—Falta poco. —Aguardaron un momento más. De pronto, un pequeñísimo brote verde comenzó a emerger de la tierra—. ¡Ahí está!
—¡Oh! —exclamó Disy, acercándose más—. ¡Es un brote! ¡Está creciendo!
—Y a una velocidad impresionante. Para medianoche ya tendrá un metro de altura —dijo Álmira y la miró risueño—. Esta cápsula brinda la energía suficiente para que cualquier semilla plantada dentro o en un radio de hasta treinta metros crezca mil veces más rápido que una planta común y corriente en estado natural.
—Es como si las semillas hubiesen estado enterradas una semana —observó Disy sin poder salir de su estado de asombro. Acercaba la nariz a las diminutas hojas y olía su frescor—. Si una semana es igual a un minuto, entonces sesenta minutos equivalen a un año y cincuenta y cinco días.
Álmira asintió.
—Son las ocho. Para medianoche ya será un árbol de cuatro años y medio.
Su tía se estiró para abrazarlo.
—¡Ál, eres un genio!
Tía Disy retó duramente a Arlock con un discurso que duró más de una hora, y cuando llegó a oídos de Peltry que Denuvio había estado implicado, por poco lo deja sin regalo. Disy insistió en que Álmira esperara a que fuera el día siguiente para arreglar las abolladuras de Brett, o se perdería la cena de Nochebuena.
Por suerte, ninguno de los dos niños sufrió algo más que un interminable monólogo. A la hora de la cena permanecieron callados mientras los adultos conversaban.
—Es un invento increíble, Ál —aseguró Disy—. ¿Es el que utilizarás para la Feria de Ciencias del año entrante?
Álmira asintió orgulloso.
—Estaré todo el año ocupado en perfeccionarlo.
Denuvio se volteó hacia él con inmediatez.
—Pero recuerda que prometiste fabricar la moto de agua para mí.
—¡No, no! —interrumpió Arlock—. Primero fabricará el megatrón que hará que yo compita en el Tritón de Danes, ¿verdad, primo?
Disy rodó los ojos.
—Arlock, hijo. Vas a tener que esperar a ser mayor para competir en el Tritón, no aceptan niños. Además, ¿cómo harás para viajar a Marte tú solo?
—No iré solo, iré con Fred y con mi megatrón.
—No te permitirán entrar en una nave espacial con la sola compañía de robots, eso es inconcebible —dijo Enmet—. Un adulto humano debe ir contigo.
Arlock se dejó caer molesto sobre la silla y comió sin ganas.
—Bueno, entonces mamá me acompañará —acabó diciendo.
—Antes debes subir tus calificaciones.
Denuvio se echó a reír.
—¿De qué te burlas? —le preguntó Peltry con cara seria—. Tus calificaciones no fueron las mejores el año pasado.
—Pero no fueron tan malas como las de Arlock, por lo menos yo pasé el año —dijo, y continuó riendo hasta que su primo le dio una patada que lo hizo brincar de la silla—. ¡Ouch, bobo!
—Con lo que acabaron de hacer con Mittam, no estoy seguro de qué regalo merecen —dijo Peltry aparentando severidad—. Tal vez merezcan algo que los ayude a comportarse, ¿verdad, Dev?
Denuvio arrugó la expresión.
—Mamá, ¿podemos abrir los regalos ya? —suplicó Arlock.
—Falta media hora para las doce, ¿por qué no se distraen jugando?
—¡No! Ya no hay con qué jugar, ¡quiero abrir mi regalo! —insistió.
—También yo —imploró Denuvio.
Disy suspiró.
—Bien.
Los niños salieron corriendo como dos ráfagas hacia la sala, acompañados de las advertencias de Disy sobre no romper nada en el camino. Metieron las cabezas debajo del árbol navideño y cada uno abrió el regalo que llevaba su nombre. Dentro del regalo de Arlock había un pequeño trozo de papel donde su madre había escrito que su regalo se hallaba en el sótano. Arlock arrojó todo al suelo y corrió hacia el sótano, que había estado cerrado bajo llave desde hacía semanas, y recién ahora comprendía por qué.
—Brindemos por un año lleno de prosperidad. —Los adultos alzaron las copas mientras las caras de Arlock y Denuvio mostraban asombro.
—¡Sí! —gritó Arlock. Disy, Álmira, Peltry y Enmet se acercaron a ver—. ¡Otro megatrón!
—Pero prométenos que no volverás a repetir lo de hoy —exigió su madre mirando por el rabillo del ojo a Enmet, quien había estado de acuerdo en que, a pesar de todo, se le entregara el nuevo megatrón al niño.
Denuvio vio su regalo muy pequeño a diferencia del de su primo. Eso hizo que, en principio, rasgara el papel con más desilusión que impaciencia.
—¿Qué es esto? —preguntó Denuvio con el ceño fruncido.
―Esto, hermano, es un robot ―respondió Álmira, dándole una palmada en el hombro.
―¡Dah! ¡Eso ya lo sé! ―exclamó, rodando los ojos.
Era, a simple vista, una esfera plateada del tamaño de un balón de fútbol. Una luz roja en su centro imitaba a un único ojo.
―¿Y para qué sirve?
―Sirve para rastrearte donde sea que estés.
Denuvio lo miró con sus ojos azules sacando chispas, gesto que quedó inmortalizado en un video casero que estaba filmando Enmet.
