Capítulo 2
Tomb
Denuvio permaneció callado todo el vuelo de regreso a casa. En ningún momento cambió la expresión apática. Álmira podía leer sus pensamientos casi como si los tuviera escritos en la frente: «Arlock tiene dos megatrones y yo ninguno». Pensó que, al fin y al cabo, su regalo había acabado empeorando las cosas, pero no fue sino hasta recibir un comunicado privado de Juno, su compañera del decatlón científico, que las cosas se volvieron realmente desagradables.
Álmira, ¿recuerdas que me platicaste, al acabar el año, acerca de tu nuevo proyecto para la competencia: la cápsula de fertilización? Pues lamento decirte esto, pero en la mañana leí que una empresa europea acaba de lanzar al mercado una exactamente igual. Checa el hipervínculo.
Juno había adjuntado un archivo que lo direccionaba a la fuente de la noticia. Álmira leyó con cautela, sintiendo más amargura a medida que pasaba de párrafo en párrafo. Al finalizar el artículo se desplomó en el asiento.
Llegar a casa acompañado de semejantes humores había sido todo un desafío para Peltry. Era la una de la madrugada y Tomb, el robot doméstico de la familia, se había encargado de lavar, planchar y asear las habitaciones de los niños durante su ausencia. Lo cual agradecían, porque estaban los dos demasiado exhaustos como para, siquiera, plegar las sábanas de las camas.
A pesar de la hora, Peltry le ordenó a Tomb que preparara la cena, aunque le rogó que fuera algo simple para que los muchachos se acostaran cuanto antes. Desgraciadamente, tenía otro vuelo a las cuatro de la madrugada.
Denuvio estaba tan molesto que solo quería encerrarse en su habitación. Sin embargo, creyó que la amargura no lo dejaría conciliar el sueño en toda la noche, así que se echó en el sofá de la sala a ver dibujos animados. Tardó un cuarto de hora en quedarse profundamente dormido, sin haber probado bocado.
―Tu tía te amará por siempre con lo que hiciste por ella ―le dijo Peltry a Álmira mientras acababan su comida.
Álmira se dejó caer sobre el respaldo de la silla.
―Mejor ni hablemos de eso ―exhaló con pesadez.
―¿Qué ocurre?
―Ya la han fabricado en Europa ―dijo, y desvió la mirada―. Se me adelantaron, y por mucho.
Su padre resopló.
―Tal vez tengas suerte y no sea igual.
―¡Papá, es idéntica! ―gruñó apático.
Peltry chasqueó la lengua.
―Déjame verla.
Álmira parpadeó confundido.
―¿Ahora?
―Sí, ¿cuándo si no? Tienes otra cápsula aquí en casa, ¿no es así? ―Álmira asintió―. Entonces quiero verla.
Bajaron juntos las escaleras del sótano, sitio que acostumbraba usar Álmira para realizar sus proyectos. Era silencioso y espacioso, un tanto oscuro y claustrofóbico para algunos, pero con un toque muy particular que le daba la apariencia de un laboratorio científico. Álmira contaba con tres armarios repletos de herramientas que había ido coleccionando desde niño.
Apoyado contra la pared del fondo estaba su escritorio, y sobre este, el acelerador de cloroplastos, o como Álmira solía llamarle: la cápsula de fertilización.
Peltry se acercó curioso a examinarla.
―¿Puedo tocarla?
―Adelante.
Álmira se mantenía de brazos cruzados y con el rostro apático, apoyado contra la pared.
Su padre cogió el aparato que hasta entonces solo había inspeccionado Disy.
―Es perfecta ―susurró. Echó un vistazo a la maceta que se hallaba debajo del escritorio y, en efecto, la semilla de aguacate había expulsado una densa y larga raíz en tan solo dieciséis horas, gracias a la radiación que emanaba de la cápsula―. ¡Está enorme!
―Sí, la mala noticia es que ya se ha inventado ―repitió Álmira, y tomó asiento en una silla. Hubo un silencio amargo que Peltry estuvo a punto de interrumpir con un halago que ayudase a su hijo a sentirse mejor, pero ya era hora de coger el siguiente vuelo y, para variar, Álmira no era tonto, odiaba los consuelos sin fundamento―. No entiendo por qué debes pilotear justo ahora, papá ―dijo molesto mientras subían las escaleras de regreso a la sala―. Nunca trabajaste por la madrugada.
―Lo siento, es que con lo que le ha ocurrido a Joe no me queda otra alternativa que cubrir sus vuelos. ―Álmira se giró para mostrar su desconcierto al recordar el accidente que su padre había mencionado semanas atrás―. Nadie más podía, así que…
Denuvio estaba profundamente dormido. Peltry lo cargó en brazos y lo llevó hasta su habitación para arroparlo con cuidado en la cama. Al llegar al umbral de la puerta principal, Álmira lo miró con deseos infantiles de que no partiera.
―Tranquilo, hijo ―lo apaciguó, acariciándole el brazo―. Ya se te ocurrirá algo mejor, solo debes despejar tu mente. Recuerda que las mejores ideas llegan cuando no piensas en ellas. ―Se dieron un abrazo de despedida demasiado breve, según Álmira.
Tras quedar solo, el silencio lo invadió. Podía oír cómo el agua se vertía por las cañerías del fregadero; Tomb estaría lavando los platos en la cocina. Se sentó en el sofá con el agua del grifo recordándole el accidente de Joe. Según había oído, los motores de la airbest se habían fundido en pleno vuelo y la aeronave había caído en picada a un río, gracias a Dios. Cientos de pasajeros quedaron atrapados por horas hasta que la nave fue captada por los nautic-bots, robots de seguridad naval.
Eso le recordó la motocicleta acuática que le había prometido a su hermano. Y ahora que no tenía proyecto de ciencias en el cual focalizar su atención por el resto de las vacaciones, asumiendo una clara derrota ante Judit, ¿qué más podía hacer para distraerse?
―Tomb ―llamó―. ¡Tomb!
―Un momento, por favor―solicitó el robot humanoide con su habitual voz cibernética. Vestía una camisa blanca y pantalones negros, como acostumbraban usar los robots domésticos. También llevaba puesto su habitual delantal blanco.
―Prepara café.
―Enseguida ―respondió Tomb y, sonriente, volvió a la cocina. Álmira paseó una y otra vez por la sala, pensando en el boceto perfecto para el diseño de la motocicleta acuática. Tomb regresó al cabo de un rato con una humeante taza de café que le entregó a Álmira―. ¿Desea algo más? ―Típica pregunta que acostumbraban hacer los robots domésticos cuando finalizaban una tarea.
―No ―respondió Álmira, y esperó a que Tomb terminara de hacer sus quehaceres diarios para ya desactivarlo.
Luego, bajó al sótano y se puso a trabajar hasta que la luz del día lo envolvió en una cargada somnolencia.
Tras pasar una semana conviviendo prácticamente solos él, su hermano y Tomb, Denuvio decidió aprovechar una calurosa tarde de verano en el parque con su mejor amigo. Sin embargo, al intentar salir de la casa se encontró con Álmira estorbándole el paso.
―No pensarás salir sin él ―dijo Álmira, y el robot esférico voló a un lado de la cabeza de Denuvio.
―¡Me estás jodiendo! ―gruñó irritado.
―No ―soltó Álmira con el rostro serio―. Si papá sabe dónde estás, se quedará más tranquilo. Lo asustaste mucho la última vez.
―¡Bah! No fue para tanto ―se excusó Denuvio y desvió la mirada.
―Sí lo fue, ¡tuvo un preinfarto!
―No fue culpa mía. Es Lua el apasionado por las cavernas, yo nomás lo acompañé. ¿Qué sabía que me rompería una pierna?
Álmira habló sereno, cruzado de brazos.
―Tómalo de esta manera: de ahora en más vas a tener un amigo que pueda salvarte el pescuezo cuando te metas en problemas.
Denuvio gruñó molesto.
―¿Dónde está el control?
―No tiene.
―¡No voy a andar con esta cosa detrás de mi cabeza por la calle! ¡Es vergonzoso! ―Intentó darle un puñetazo al robot, pero este lo esquivó.
―Tal vez si te portaras mejor...
Denuvio caminó molesto hacia la puerta, chirriando los dientes.
―¿A dónde vas?
―¿Qué caso tiene decirte si lo sabrás de todas formas? ―refunfuñó―. Voy a ver a Lua.
―Que te vaya bien ―dijo Álmira sentándose en el sofá―. Y no intentes deshacerte de él, no podrás, reconocería tu rostro entre millones de personas. Lo creé con una memoria ultrafina de reconocimiento facial. Es imposible que te pierda de vista.
Denuvio se volteó con extremada lentitud, dedicándole una mirada de puñal.
―Te mataré ―aseguró. Álmira rio―. ¡En serio! ¡Lo haré! ―suspiró, y en un intento de salirse con la suya dijo―: Ya veremos qué tanto puede conmigo este engendro.
―¡Apártense del cerco eléctrico, Denuvio, es en serio! ―advirtió Álmira.
―¡No vamos a ir al cerco, vamos a ir al parque! Dios... ―Rodó los ojos.
Salió dando un portazo. El robot salió gravitando por la ventana que Álmira había dejado abierta a propósito.
Denuvio caminó por la transitada ciudad. Los coches estacionados en la acera cobraban una velocidad impresionante una vez que se introducían en el circuito automovilístico, impulsados por la fuerza magnética de las rutas. Lejos había quedado la autopropulsión. En el presente, el arte de conducir obedecía a la necesidad de reducir al máximo los accidentes. Debajo de las calles se escondía una energía magnética conectada directamente a la atmósfera artificial, la cual lo controlaba todo. Así también sucedía en Marte y en Júpiter.
En ello concluyó que el modo de conducir tomara una forma muy diferente. No hacía falta contar con habilidades de conducción, solo era necesario contar con la capacidad básica de maniobra que cualquier humano podría tener, y la fuerza gravitatoria hacía el resto del recorrido.
Denuvio ingresó en el parque. Su amigo estaba allá a lo lejos, agitando la mano para que se uniera a él. A su lado había un inmenso robot que llamó por completo la atención de Denuvio.
Se dieron un apretón de manos. Los ojos inquisitivos de Luandro se posaron en algo detrás de la cabeza de su amigo.
―¿Qué es...?
―Un vergonzoso robot que construyó mi hermano para arruinarme la existencia ―bufó―. Tiene miedo de que me meta en problemas.
―¿Es por lo que pasó en las cavernas del Parque Biotecnológico? ―Denuvio asintió enojado―. Yo te dije que era mala idea.
Denuvio se giró molesto hacia él.
―¡Lua, fue tu idea!
―Ya sé, ya sé. Es solo que siempre supe que era una muy mala idea ―aclaró con una sonrisa a medias. Denuvio carraspeó―. Hagamos que te pierda de vista, que se maree.
Negó con la cabeza.
―Es imposible, ya lo intenté todo. Me metí entre miles de personas y logró encontrarme. Álmira tenía razón, es imposible que me pierda de vista. ―Se encogió de hombros, resignado―. Supongo que tendremos que lidiar con él.
―Sí, eso creo ―dijo Luandro rascándose la cabeza―. ¿Viste mi nuevo robot? ―Cambió de tema antes de que la situación les amargara el encuentro.
―¿Cómo no verlo? ¡Es impresionante! ―exclamó Denuvio sonriendo.
Por si el nuevo megatrón de su primo Arlock había sido un golpe bajo, ahora que veía al grandioso megatrón de Luandro se sentía con mayor desdicha que al principio. Se trataba de un Legator 303, uno de los más recientes sacados a la venta. Era alto y robusto.
―Me encantan sus grabados ―confesó Denuvio, acariciando los escritos en la placa del pecho del robot. Los rayos del sol hacían que las letras resplandecieran―. ¿Qué dice?
―Ni idea.
―Es altísimo.
―Papá me dijo que este robot tiene un diseño tan sofisticado que sería capaz de luchar en el Tritón de Danes. ¡Es importado de Marte! ―Al igual que Arlock y Denuvio, Luandro soñaba con competir en el torneo de robots más grande del universo, el cual sucedía en el estadio del Tritón, situado en Danes, la capital marciana.
―Ojalá yo tuviera uno ―dijo Denuvio cabizbajo.
Luandro no le dio tiempo a reaccionar, le dio la orden al robot de agarrar a Denuvio del cuello de la playera y cargarlo en su hombro izquierdo. El megatrón caminó por el parque con los chicos montados sobre sus hombros.
―Ya te comprará uno tu papá, se viene tu cumpleaños.
Denuvio negó con la cabeza.
―No, Lua, no lo hará ―dijo abatido―. Dice que «no me lo merezco».
―¡Puras patrañas! Solo debes esforzarte en subir tus calificaciones el año entrante y comportarte. ¡Y ya, tema resuelto!
Pasaron una tarde muy divertida.
El verano transcurrió tan rápido que a Álmira le pareció que el tiempo se había esfumado. Finalmente, había llegado el día en que la secundaria Standford abría nuevamente sus puertas a los alumnos de la ciudad de Ushuaia, en una mañana calurosa y soleada.
Peltry les exigió levantarse lo más temprano posible porque, al ser el siguiente el primer día de clases, suponía que Denuvio acabaría echado en la cama hasta cinco minutos antes de la hora de salir. Pero ese día algo marchaba diferente, Álmira creía tener un buen motivo para que su hermano se levantara a toda prisa.
―Quiero que veas algo ―le susurró al oído―. Algo que está en el sótano.
―¿Qué? ―preguntó Denuvio entredormido y con la cara aplastada en la almohada.
―Es el regalo que te prometí la vez que fuimos a lo de tía Disy, ¿recuerdas?
Un microsegundo fue lo que tardó Denuvio en incorporarse de la cama y correr escaleras abajo, atropellando a Tomb, que estaba sirviendo el desayuno. Álmira lo siguió hacia el sótano.
―¡Date prisa, Ál! ¿Dónde está? ―lo escuchó decir. Su voz infantil se propagó por cada rincón del sótano, causando un interminable eco.
―Creí que me esperarías ―gruñó Álmira, bajando las escaleras con lentitud.
―¡La quiero ver! ¿Dónde está? ¿Dónde está?
―Bájale a la euforia ―dijo Álmira rodando los ojos. Pero tan pronto como lo hizo, se acercó a él con una sonrisa pícara y le señaló un bulto cubierto por una manta blanca debajo de las escaleras―. Ahí está.
Denuvio corrió hacia este con frenesí. Esperó sentir por unos segundos más la agradable adrenalina que le generaba la expectativa, hasta que no aguantó más y despojó al bulto de la manta.
―¡Oh, Dios! ―Si había pasado un verano entre cálido y melancólico debido a que su primo y su mejor amigo tenían megatrones y él no, en ese mismo instante ya nada de eso le importaba.
Estaba tan maravillado, que podría jurar que hasta Álmira oía los latidos de su corazón a la distancia. La motocicleta parecía una común y corriente, a no ser por la cúpula que la rodeaba para proteger al conductor del agua.
―No puedes utilizarla ―se apresuró a decir Álmira, suponiendo lo que su hermano estaría pensando.
Denuvio, que se había imaginado a sí mismo navegando por el extenso océano con su nueva motocicleta subacuática, pasó de un rostro maravillado a uno decepcionado.
―¿Por qué no? ―protestó.
―Escucha ―dijo Álmira, arrodillándose para quedar a su altura―: Papá no puede saber que acabo de hacer una para ti. Quiere que te mantengas lejos de las orillas de la plataforma, y ni qué hablar del cerco eléctrico. La usarás cuando seas mayor o, en el mejor de los casos, cuando papá se apiade de ti.
―Primero me hago mayor ―dijo Denuvio y soltó una carcajada seca―. ¿Y qué se supone que voy a hacer con ella hasta entonces? ¿Mirarla?
Álmira se encogió de hombros.
―Por ahora va a tener que quedarse escondida aquí.
—Eres cruel —murmuró Denuvio agachando la mirada.
Si bien estaba enfadado, no lo estaba tanto como antes de saber acerca de su nueva motocicleta. Un leve atisbo de esperanza se albergó en él, y cuando su padre los llamó a gritos para avisarles que el desayuno estaba listo, Denuvio subió las escaleras sonriente.
A eso de las ocho de la mañana se había levantado una fresca y reconfortante brisa que solo parecía molestar a Denuvio, porque enmarañaba sus cabellos rubios.
Habiendo llegado a la secundaria Standford, Álmira notó que nada había cambiado en el edificio. Todo lucía tal y como siempre: el prado era vasto y de un vivo color verde. El aroma a césped recién cortado era un aliciente que lo bien recibía. Dentro, los pisos resplandecían.
Volver a ver las caras de todos sus compañeros lo llenaba de regocijo, y aún más entusiasmado estaba por que luego del discurso del rector tendría su materia favorita: Ciencias. No creía que existiera mejor manera de comenzar la semana.
Los miembros de la escuela les ordenaron a los alumnos formarse en filas mirando al escenario. El rector, un hombre serio y de color, apareció con un micrófono en la mano.
Hicieron silencio.
―Bienvenidos, todos. Les quiero agradecer por elegirnos una vez más para la formación de su futuro. Como todos los años, antes de comenzar con las clases regulares, platicaremos acerca del currículo que les espera. Pero en primera instancia, nombraremos a los sobresalientes de cada departamento del año anterior, aquellos que lo dieron todo por sacar adelante a nuestra escuela en las competencias, promulgando la capacidad, el esfuerzo y el empeño. ―Se aclaró la garganta. Luego, leyó la hoja de papel que tenía en la mano.
»Aquí van los premiados… Del departamento de deportes: Christine Jun. ―Aplaudieron―. Del departamento de música: Agata L. Fancy. Del departamento de ciencias: Judit Branson. Del departamento de arte y entretenimiento: Eric Burston...
Álmira sintió a alguien acercándose sigilosamente a su oído.
―¿Envidioso, Wilstron? ―le preguntó con esa voz chillona cargada de cinismo, y aprovechó los aplausos para echar una carcajada endiablada que nadie más oiría.
Álmira resopló, no podía creer que el apestoso de Serggi Dión compartiera la misma fila con él. Eso significaba que había pasado de grado, con lo cual tendría que soportar sus gansadas otro año. Decidió no darle importancia.
Una vez que el rector finalizó su discurso, dijo unas palabras más en agradecimiento a todo el equipo de docentes y no docentes que había ayudado a que la escuela volviera a abrir sus puertas y, rápidamente, envió a los alumnos a sus respectivas clases.
El aula que le había tocado ese año era más espaciosa que la del año anterior. La escuela mejoraba cada año, eso no era ninguna novedad. Había crecido mucho en la última década, convirtiéndose en una de las escuelas que mejor educación impartía en toda la plataforma terrafoguense. Y no era para menos, ya que el reconocimiento venía dado por el ensanchamiento de la estantería de premios ganados en competiciones y ferias.
Era de esperarse que a los padres les llamara la atención y quisieran enviar a sus hijos a estudiar ahí. El decatlón científico tenía un total de seis premios internacionales hasta el momento, era el mejor de la zona.
Acababan de acomodarse en los pupitres cuando la profesora Meredit ingresó en el aula con su típico atuendo reservado, sus anteojos rectangulares y su bolso lleno de papeles, los cuales no tardó en acomodar en perfectas hileras sobre su escritorio.
Comenzó hablándoles de los planes para el proyecto científico de todos los años. Y claro, ningún proyecto vería la luz sin la aprobación de su compañera de clases y eterna rival, Judit, quien rápidamente comenzó a entablar conversación con la profesora, como si no hubiera nadie más en la clase.
Judit era una muchacha de aspecto elegante. Rubia, delgada y esbelta. Lucía atractiva y, al mismo tiempo, fría y distante. Sus ojos eran grises y su mirada, severa. Tenía predilección por la botánica, lo cual era admirable. Comúnmente Álmira le seguía la corriente por lo grandiosos que resultaban sus proyectos, pero esta vez los planes eran otros.
―¿Por qué no pasas al frente y nos lo explicas a todos, como debe ser? ―le preguntó la profesora a Judit.
Judit se incorporó rápidamente de su asiento y caminó hacia el frente de la clase, parándose ante la pizarra con confianza. Pestañeó repetidas veces, se volteó con tal agilidad que su larga cabellera dorada pareció golpear al aire. Comenzó a escribir y, al terminar el boceto, esbozó una sonrisa triunfante.
―Este es mi invento. ―Apuntó con ambas manos a la pizarra. Los demás miraron un tanto confundidos, entonces Judit se apresuró a explicar―: Es un pacificador.
―¿Qué significa eso, exactamente? ―preguntó escéptica Juno, miembro del decatlón.
―En los tiempos que corren, es normal que en las casas haya una energía sobreestimulada proveniente de todos los aparatos que funcionan con energía eléctrica sin descanso. Está demostrado científicamente que la radiación que consume el ser humano a diario activa las células cancerígenas… Por eso creé esto. ―Caminó hacia su pupitre y extrajo de su mochila un rollo de papel que desplegó apresuradamente. En el dibujo se podía apreciar una caja térmica de alto voltaje.
»Su función es reducir la radiación causada por la electricidad. ―La profesora no se mostró maravillada, más bien parecía desilusionada―. Lo probé en mi casa durante las vacaciones, lo que hice fue meter plantas en la sala de estar. En un principio noté que las plantas se marchitaban en cuestión de días, aun con todos los cuidados necesarios. ―Nadie hablaba. Judit comenzó a estremecerse―. La cuestión es que, luego de una semana, ya pude ver el cambio en el estado de las plantas. ¡Y funcionó!
―Eh ―balbuceó la profesora―, no tenemos cómo comprobar que detiene el crecimiento de las células cancerígenas en humanos, ¡se necesitarían décadas para eso! Y solo contamos con doce meses para presentar el proyecto en la Feria de Ciencias, y… ¿cómo decirlo? ―titubeó, buscando las palabras exactas―. Creo que hasta ahora es el invento menos ambicioso que has presentado, Judit. Esperaba algo más grandioso de ti en el último año.
La rubia enrojeció de pies a cabeza y, prácticamente, voló hacia su asiento. Se sentó con brusquedad, se cruzó de brazos y no pronunció palabra por lo que restó de la clase.
―¿Algún otro que desee exponer en lo que ha estado trabajando? ―preguntó la profesora mirando por el rabillo del ojo a la siempre segunda opción―. ¿Álmira?
Álmira se incorporó con seguridad y fue hacia la pizarra. Muy pocas veces le había tocado secundar a Judit, así que aprovecharía el momento. La rubia lo miró despectivamente cuando pasó a su lado.
―Sé que al finalizar el año pasado hablé de un proyecto diferente, pero este otro me ha golpeado con fuerza en el verano.
―¿Y dolió? ―preguntó Serggi desde el fondo, con su grupo de chimpancés riéndose de sus monadas. Álmira ni se inmutó.
―Lo creé por asimilación a las motocicletas acuáticas marcianas que acaban de salir al mercado. Es una atracción turística que explora las profundidades del océano ―dijo, y mostró el boceto de su plano a toda la clase.
―Es como un sub-aquatrón ―apreció Juno.
Desde hacía años que los submarinos utilizados para las guerras terrícolas del siglo XX habían sido refaccionados de manera que fueran utilizables únicamente con fines de exploración científica. Se los había acondicionado para que sirvieran a las personas para investigar el fondo del mar.
―Es, en efecto, tan resistente como el sub-aquatrón ―aclaró Álmira―. Pero igual de veloz que una airbest. Es el medio perfecto para que grandes conglomeraciones de personas naveguen las profundidades y puedan conocer más acerca de las culturas pasadas, visitando sus ruinas.
La clase quedó en silencio. Todos lucían igual de desconcertados. Ni la profesora se atrevió a hacer alguna aclaración.
―¿Qué sería lo novedoso, entonces? —preguntó Juno.
—La velocidad —respondió Álmira.
—¿Cómo una máquina como esa podría navegar a la misma velocidad que una airbest? Estamos hablando de medios completamente diferentes ―sugirió Hádala, otro miembro del decatlón.
―Triplicando la cantidad de motores —dijo Álmira.
―No entiendo el motivo de alcanzar tanta velocidad si la función primaria es el entretenimiento visual ―preguntó Judit con tono áspero.
Sus compañeros no demostraban estar más entusiasmados que con el experimento de Judit.
—Una cosa es una expedición científica y otra muy diferente es una turística, Judit —objetó Álmira como si fuese obvio—. Las científicas necesitan tiempo, pero la gente común se aburre rápido: ven un escenario y enseguida quieren pasar al siguiente.
—A eso ya lo sé —dijo la rubia rodando los ojos.
La profesora decidió interrumpir.
―Bueno, Álmira ―balbuceó, acomodándose los anteojos―. Al contrario del experimento de Judit, el tuyo es demasiado ambicioso. ―Álmira palideció―. Nos tomaría mucho tiempo y el triple de esfuerzo ―resopló―. A decir verdad, esperaba otra cosa de ustedes dos. Y debo admitir que, a estas alturas, no sé cuál es peor.
Tanto Álmira como Judit se sintieron profundamente insultados. Álmira no esperó a que la profesora le diera permiso para tomar asiento. Luego de notar que estaba frente a todos haciendo el ridículo, lo hizo de inmediato y con una lucha interna entre la ira y la decepción.
―Tengan en cuenta el factor tiempo. Necesitamos un objeto sencillo, ingenioso y práctico. Vamos a tener que ponernos a trabajar muy duro entre todos si queremos ganar el primer premio este año. ¡Es el último año! ―enfatizó―. Lo haremos desde cero y entre todos. Es una lástima porque será la primera vez que nos veremos desprovistos de bocetos ―agregó.
Comenzó a escribir en la pizarra. Sin embargo, al estar el ánimo de sus mejores estudiantes por los suelos, nadie participó; y con ello, la clase se tornó aburrida y tediosa.
La mañana de Denuvio había transcurrido como una más de las vacaciones. A la hora del recreo, él y sus amigos, Luandro, Niquél y Selene, se tomaron un tiempo para recostarse en el prado de la escuela. Denuvio siempre había creído que ese era el césped más suave y verde de todos.
Las clases fueron introductorias y así seguirían por el resto de la semana.
Al salir del instituto al atardecer, a Niquél se le ocurrió ir en grupo a la casa de los juegos virtuales. A todos les pareció una idea genial, aunque la emoción duró lo que tardó el robot esférico en detenerse a un lado de Denuvio.
―¿Qué haces tú aquí, Labo? ―gruñó Denuvio. Selene y Niquél se miraron extrañados y le preguntaron qué era esa cosa tan horrenda―. ¡Un robot! ¿Qué si no? ―ironizó.
―¿Te está siguiendo o algo así? ―preguntó Niquél.
―Lo creó mi hermano para arruinarme la vida ―dijo, y dio un manotazo al aire para apartarlo sin éxito.
―¿Tendrá algo que ver con lo de las cavernas? ―preguntó Selene con el índice en el mentón.
―Aguarda, ¿acabas de llamarlo «Labo»? ―rio Niquél.
―Sí ―respondió Denuvio rodando los ojos―. Después de seguirme a todas partes, y de que cientos de personas me preguntaran por él, es obvio que algún día le tocaría tener un nombre. ―Todos asintieron―. Aunque hay algo que no termino de entender ―dijo, rascándose la barbilla―: Si mi hermano sale de clases a las seis, ¿por qué está Labo aquí? Dijo que se pondría al día con el decatlón científico después de la escuela.
―Tal vez lo dejó encendido ―dijo Selene encogiéndose de hombros.
La niña intentó agarrar a Labo, pero el escurridizo robot se escabulló una y otra vez.
Luandro, que había conocido a Labo en el verano, estaba más familiarizado con el tema e indujo una teoría:
―Bueno, si me lo permites, creo saber qué está ocurriendo aquí. Anteriormente, me habías dicho que tu hermano le instaló identificación facial, ¿no es así? ―Denuvio asintió―. Tal vez, también le haya programado tus horarios.
―¡Claro! ―exclamó Selene―. Debe tener incorporado un itinerario de todo lo que haces.
Niquél escudriñó al robot con la mirada y luego exclamó:
―¡Es horrendo! Pareciera que te mirara con ese único ojo rojo que tiene…, como un cíclope.
Denuvio negó con la cabeza.
―No tiene ni un poco de sentido lo que dicen. ¿Qué pasa si falto a clases? Labo no podría rastrearme porque creería que estoy en la escuela, ¿o no?
―Dos cosas, amigo mío ―dijo Luandro, acercándose a Denuvio y pasando un brazo sobre sus hombros―. Fugarte no te va a durar mucho hasta que te descubran y te castiguen hasta los veinte. Y si tu hermano le dio a Labo identificación facial y temporal, también debe haberle dado sentido de la orientación. Créeme, me atrevo a decir que no vino una hora atrás porque sabía que estabas en la escuela.
Denuvio exhaló con pesadez.
―Vayan ustedes entonces, no voy a poder sacármelo de encima nunca ―resopló―. No sé hasta cuándo va a durar esto.
Los demás se miraron abatidos.
―¿Y si buscamos a tu hermano y le pedimos que te lo quite de encima? Aunque sea para ir al parque ―propuso Selene, pero Denuvio se negó.
―¡Esperen! ¡Se me ocurrió algo! ―gritó Niquél―. Hay que hacer que le sea imposible reconocerte. ¿Recuerdan esa película donde un soldado se empapa de barro para no ser descubierto por un alienígena?
―¡Ay, Niquél, qué imbécil! ―exclamó Selene rodando los ojos―. No creo que dé resultado.
―¿Qué dices? ¡No lo has intentado! No le hagas caso a esta incrédula, Dev. Ven, acompáñame. —Lo condujo hasta los sanitarios de la escuela―. Espera aquí ―dijo, vertiendo agua en un recipiente que luego mezcló con tierra, formando un engrudo lodoso.
―No sé ―dijo Denuvio cuando vio al pelirrojo acercándose con la mezcla, con todas las intenciones de verterla en su cara.
―Probemos con esto.
―¡Ay! ¡Me estás echando demasiado, no puedo respirar! ―gritó, intentando quitárselo―. ¡Me ha entrado en un ojo!
―No seas bebé ―exigió Niquél mientras la mezcla chorreante salpicaba el uniforme del instituto de Denuvio―. Ahora corre, veamos si logra identificarte ―ordenó, y Denuvio comenzó a mover las piernas rápidamente en cualquier dirección―. ¡No hables, porque tal vez reconozca tu voz!
―¡Pero no sé por dónde voy! ―gritó Denuvio. Desgraciadamente, el robot continuaba gravitando a su lado.
―¿Deberíamos decirle que se está acercando a la acera? ―preguntó Luandro algo preocupado.
―¿Y perdernos eso? ¿Estás loco? ―dijo Niquél mientras lo filmaba con su móvil.
―¡Malvado, estas eran tus verdaderas intenciones! ―regañó Selene enfadada―. Dev, detente ya. El robot sigue a tu lado ―advirtió.
Denuvio, que había estado jadeando y respirando entrecortadamente, se detuvo. El sol había secado el barro, y comenzaba a descascararse.
―Bueno, supongo que no hay nada que podamos hacer —dijo Niquél—. No te va a dejar en paz ―aseguró y le dio una palmada en el hombro a Denuvio, quien bufó abatido.
―Vas a tener que irte a casa, no hay opción ―opinó Luandro. Era injusto, por supuesto, se perdería toda la diversión de una tarde con sus amigos―. Haz buena letra, aunque sea hasta el día de tu cumpleaños, no falta tanto. Así tu hermano y tu papá dejan de preocuparse.
―Supongo que eso voy a tener que hacer ―alegó desanimado.
Se despidieron. Luandro lo acompañó un par de cuadras mientras Niquél y Selene continuaban su camino. Fueron en silencio hasta que llegó el momento de despedirse.
―Sé más obediente.
―¡Lo soy! Pero ellos son unos pesados ―bufó Denuvio.
―Pesados o no, mira el lío en el que te has metido. No vas a librarte de Labo tan fácilmente.
―Este es el peor escarmiento, ¡no me lo merezco! ―Pateó con furia una piedra que fue a parar al otro lado de la avenida. Su amigo le dio unas palmadas en la espalda.
―Nos vemos mañana en clase.
―Nos vemos.
Caminó en soledad un par de cuadras, aún faltaba para llegar a casa. Aunque eso de la soledad se había vuelto una ilusión con la presencia constante de Labo.
Al llegar, arrojó la mochila al suelo y se echó en el sofá de la sala desajustándose la corbata. Miró a su derecha, ¡Labo continuaba ahí! No podía comprenderlo, ya estaba en casa, ¿cuándo iba a dejarlo en paz? No podía hacerse a la idea de una vida a su lado, ¿cómo iba a besar a las chicas con ese estúpido robot detrás de su cabeza, estorbándole todo el rato?
Caminó hacia la cocina para hacerse una malteada y, mientras tanto, reparó en el corredor que daba de la cocina a la sala: era lo suficientemente estrecho para que lo atravesara una persona…, pero no una persona con un robot.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.
Se detuvo frente al umbral del pasillo, tomó envión y, a la cuenta de tres, salió corriendo a toda velocidad. Labo, ineludiblemente, le siguió la carrera hasta llegar a la puerta, pero la cavidad le permitió solamente a Denuvio pasar al otro lado.
¡Crack!
Labo se había estrellado fuertemente contra la pared. Cayó al suelo con una abolladura que lo dejó cóncavo de un lado.
Álmira entendía perfectamente a su hermano: Labo lo avergonzaría en público, dado que todos sus amigos tenían un megatrón. Pero era difícil apiadarse de él luego de haberse metido en tantos problemas.
Cuando se cayó en las cavernas del Parque Biotecnológico por haber estado intentando tocar a los lumpabú (una especie animal jupitariana, fruto de la clonación entre la nutria terrícola y la suricata marciana), la jugarreta le costó una pierna rota y tres meses de castigo. Además, su padre había tenido que pagar una costosa multa al parque por interrumpir el descanso habitual de los animales.
Cuando, finalmente, se le pidió una explicación lo bastante razonable para no continuar con el castigo por lo que restaba del año, Denuvio le había dicho a su padre que él solo había querido acariciar al tierno animalito.
Ahora mismo, Álmira se encontraba en el sótano, como solía cada vez que algún aparato de la casa dejaba de funcionar. Tardó toda la noche en reparar la abolladura de Labo; el impacto le había roto el sensor de identificación facial, y le costó más de lo normal repararlo.
A la hora del desayuno, Álmira apenas podía centrar la vista. Con una pesada bruma, se incorporó y caminó lentamente escaleras arriba.
―¿Buen día? ―inquirió Peltry con una sonrisa a medias. Con la expresión que tenía Álmira, no sería de extrañar que le arrojase con la tostadora.
―Buen día ―respondió sin ganas y con la voz ronca.
―¿Estás bien, hijo?
Álmira logró despabilarse un poco con el aroma del café humeando bajo su nariz.
―No aceptaron mi nuevo proyecto, y ya no sé qué hacer. ―Bebió un sorbo de café.
―Lo lamento mucho, de veras ―dijo Peltry, untando mermelada en un trozo de tostada―. ¿Dijeron por qué?
―«Es muy ambicioso». ―Dibujó las comillas con las manos―. Eso me dijo la profesora Meredit. Y duda que pueda terminarlo en un año.
Su padre se tomó unos segundos para analizar mejor la situación.
―Bueno, ese sí es un buen punto ―sentenció.
Álmira quedó estático.
―Entonces estás de su lado.
―Si se trata del experimento del sub-aquatrón y la airbest fusionados, admito que el diseño es extraordinario ―explicó―, pero requiere de mucho tiempo y esfuerzo. Tu profesora no está errada en eso. Son dos grandes máquinas en una. Creo que deberías tener en cuenta algo más práctico y rápido, pero que, al mismo tiempo, sea útil. Algo que realmente sirva.
―¿Como un pacificador? ―preguntó Álmira.
Peltry, que se había despistado leyendo las noticias en su móvil, alzó la vista.
―¿Qué?
―Un pacificador es una caja térmica que puede reducir los niveles de radiación producidos por los electrodomésticos.
―¡Esa sí es una muy buena idea, Ál! ¿Ves que sí tienes buenas ideas, después de todo?
Álmira bufó, estuvo a punto de darle un golpe a la mesa cuando escuchó a Denuvio bajando las escaleras a toda velocidad.
―¡Buen día! ―saludó el menor entrando en la cocina con una sonrisa radiante. Álmira lo miró por el rabillo del ojo y alzó una ceja. Denuvio se hizo el desentendido.
―Hola, hijo ―dijo Peltry y le acarició el cabello. Denuvio se sentó a su lado en la mesa―. ¿Qué tal tu día, ayer?
―Bah, normal.
Mientras tanto, Álmira le echaba miradas fulminantes, por su culpa había pasado la madrugada entera en el sótano reparando a Labo. Denuvio lo miró desafiante: «No lo vayas a decir».
Por supuesto que no se le escaparía decirlo, pero había lanzado a la basura meses de esfuerzo. Esperaba que su mirada reprobatoria, por lo menos, sirviera de escarmiento.
Denuvio se había levantado tarde, así que tenía muy poco tiempo para deglutir todo lo que pudiera. Y si le sobraba un poco, jugaría a los videojuegos al mismo tiempo que se cepillaba los dientes.
De repente, Peltry se tensó. Comenzó a masticar con dificultad, degustando con especial cuidado lo que se había llevado a la boca. Su gesto fue de tal repulsión que sus dos hijos se quedaron callados observándolo.
De un momento a otro, Peltry se levantó estrepitosamente de la silla hacia el fregadero, donde escupió asqueado. Álmira inmediatamente lo socorrió.
―¿Estás bien, papá? ―preguntó preocupado.
―Sí ―respondió forzadamente con la voz entrecortada.
―¿Es el pecho? ―Lo había escuchado varias veces quejarse de eso.
Peltry negó con la cabeza.
―Es Tomb ―dijo repelido―. Le puso algo al café. No lo sé, tiene gusto a… arena. ―Se sintió más calmo luego de hacer gárgaras con bastante cantidad de agua―. Denuvio, ¿cambiaste el contenido de los frascos?
El pequeño alzó la mirada sorprendido por la acusación.
―¿Eh? Yo no hice nada.
Pero Peltry no le creyó.
―Bueno, pudo haber sido peor: pudo haberme dado veneno ―bromeó, sin embargo estaba muy molesto y ninguna broma haría que se olvidara de lo que acababa de ocurrir―. Estás castigado, Denuvio. ―Esta vez habló en serio.
―¡¿Qué?! ―inquirió Denuvio molesto―. ¿Con qué derecho? Ya dije que yo no fui. ―«No ahora, no a tres semanas de mi cumpleaños»,pensó.
Peltry volteó a verlo enfadado.
―Álmira no fue, tampoco yo. ¿Quién más vive en esta casa?
―Fue Tomb, él lo hizo.
―¿Ah, sí? ¿Ahora a Tomb le gusta andar jugando bromas? ―dijo, como si la sola idea fuese ridícula.
Denuvio miró a su hermano buscando que lo defendiera.
―No, Tomb no está bromeando ―dijo Denuvio.
―¿Entonces?
―Es que últimamente no está funcionando bien.
Peltry rodó los ojos.
―Tengo que ir a trabajar ―dijo, negando con la cabeza. Se puso el abrigo molesto―. Vamos ―ordenó. Denuvio tomó su mochila y salió de la casa protestando por lo bajo―. Tú también, Álmira. Apresúrate. ―Pero el mayor se negó, cruzado de brazos―. ¿No irás? Es el segundo día.
Álmira no emitió palabra. Su padre comprendió que habría de estar muy afectado por lo del proyecto de ciencias, entendía que era muy importante para él.
Se despidió prometiendo volver a hablar con él al respecto cuando regresara por la tarde, así que Álmira se quedó solo en casa.
―Tomb ―llamó al robot, quien hasta entonces había estado aseando las recámaras―. Haz más café.
―Enseguida ―dijo el robot con una amable sonrisa.
Los robots domésticos eran poseedores de una ingeniería muy compleja, estaban programados para realizar más de cinco tareas a la vez. Sin embargo, su vocabulario era muy reducido, se centraba en tres únicas frases: «enseguida», «un momento, por favor» y «¿desea algo más?».
Al principio, cuando recién lo compraron, su amabilidad extenuante hizo que a Denuvio le diera un ataque de risa. No obstante, a medida que fue pasando el tiempo, su trabajo y amabilidad se volvieron indispensables. Ahora, luego de tres años, ya consideraban a Tomb parte de la familia.
―¿Desea algo más?―preguntó, tendiéndole la taza de café. Álmira negó con la cabeza―. ¿Desea algo más? ―repitió el robot con su apacible voz.
Y es que a Álmira a veces se le olvidaba que Tomb no podía reconocer simples gestos humanos como negar o asentir con la cabeza. Había que darle respuestas orales.
―No, Tomb. Gracias.
Aún quedaba mucha ropa sucia por lavar y, seguramente, le llevaría a Tomb unas cuantas horas. Así que, ni bien abandonó la cocina, Tomb se fue al lavadero.
Álmira tomó asiento en la sala, se detuvo a ver televisión por un momento, hacía mucho que no lo hacía. Estaban dando las noticias de la mañana, su padre acostumbraba verlas a menudo para mantenerse informado.
Continuaban con lo mismo de siempre, eran repeticiones de un suceso sobre el que se había especulado hasta el cansancio en el último año: «¿Cómo continuaría la vida en Júpiter luego de que la guerra civil llegara a su fin?». Cabía aclarar que Júpiter, durante las últimas instancias de su conflicto bélico interno, se había negado a cualquier tipo de trato comercial con Marte y la Tierra. ¿Era posible que haya alcanzado un nivel de producción óptimo como para autoabastecerse? Álmira lo dudaba.
La disputa interna jupitariana había estado presente desde que la atmósfera artificial le dio vida al planeta más grande de la galaxia. Sin embargo, desde hacía ya cuatrocientos años, lo que había surgido como una simple oleada de fanatismo y sectarismo entre dos bandos se había convertido en una de las persecuciones más sangrientas y despiadadas en la historia universal. Tan así, que la población jupitariana se redujo a la mitad.
En conclusión, había pocas chances de que hubieran logrado dar un gran salto en la producción de sus propios insumos con ese paradigma de por medio, aunque el resto del universo estaba de acuerdo en que Júpiter había logrado, finalmente, cierta independencia respecto de Marte y de la Tierra en el último período.
La cónsul marciana había salido a dar declaraciones; negaba las especulaciones y hasta se atrevió a decir que, tarde o temprano, los jupitarianos volverían a negociar con ellos porque jamás podrían alcanzar la calidad productiva de las industrias marcianas.
«Hay que verlos, nomás», pensó Álmira. Los más engreídos de la galaxia hablando otra vez de su «superioridad». Marte no solamente infamaba a Júpiter en ese aspecto, sino también a la Tierra, el planeta cúspide de la raza humana.
Álmira había visto cientos de veces por Internet videos y fotografías de Marte. Tenía que admitir que el planeta rojo era dueño de las ciudades más impresionantes: colosales monumentos a la infraestructura, aunque utilizados para dividir salvajemente a las personas según su estatus social. Porque si había algo que los marcianos destacaban, era la desigualdad social.
El Alto Marte era la parte más adinerada del planeta. Su capital, Danes, era, per se, la más lujosa, y contaba con las atracciones robóticas más destacadas del milenio. La sección era productora masiva de tecnología y la mayor exportadora de robots. También era poseedora de las mejores universidades y de los más capacitados profesionales.
En el Medio Marte, la clase media trabajaba en industrias de calidad promedio junto a sus robots. Sus habitantes podían hacerse de artefactos costosos en determinados periodos del año y, por lo general, gozaban de muy buena calidad de vida.
El Bajo Marte era otro cantar. Al contrario de los dos sectores anteriores, era uno de los lugares con peor reputación según las estadísticas del Ministerio Universal de Seguridad, con sede central en la Tierra. Sin embargo, en los últimos cien años, el planeta Júpiter se había llevado el premio al «peor lugar del universo donde vivir», dadas las atrocidades ocurridas durante la guerra civil.
Le crujieron las muelas al morder algo demasiado rígido. Tenía sabor metalizado. Se sacó lentamente un trozo de pan tostado de la boca y vio que en su interior había una tuerca.
―¡Tomb! ―gritó Álmira.
En cuestión de segundos, el robot estaba de regreso en la cocina.
―¿Desea algo más?―preguntó.
―Dame un tenedor ―ordenó Álmira, observando los movimientos del robot al abrir y cerrar el cajón de los cubiertos. Tomb extrajo un tenedor y se lo entregó―. Bien, ahora dame una cuchara.
El robot volvió su vista al cajón y extrajo un cuchillo. Se lo entregó con una sonrisa complaciente.
―¿Desea algo más?
―Dev tenía razón. No estás funcionando bien.
―¿Desea algo más? ―continuó preguntando el robot.
Álmira bajó las escaleras del sótano y encendió su computadora, decidido a inspeccionar qué le estaba ocurriendo a su amigo. Al regresar a la sala, se encontró con un extraño sonido proveniente del lavadero. Corrió hacia allá. Tomb estaba de pie frente al lavarropas, vaciando todos los cubiertos del cajón dentro. El lavarropas chirriaba como si estuviese gimiendo de dolor.
―¡No! ―gritó Álmira, y corrió hacia él.
―Un momento, por favor ―sugirió Tomb, pero Álmira ya se había encargado de desactivarlo.
Llevó el robot al sótano y lo sentó en una silla junto a su computadora. Lo conectó a ella y comenzó a husmear en el disco duro de Tomb, pero no había nada raro en su software que la computadora captara a simple vista, todo parecía normal. Un análisis exhaustivo que le llevó tres horas tampoco dio resultado… Nada fuera de lo común.
La única explicación lógica era esa que a Álmira le costaba reconocer: la vida útil de Tomb había llegado a su fin. Y tenía mucho sentido, ya que hacía tres largos años que prestaba sus servicios a la familia y los robots domésticos no duraban más de doce meses, por regla general, como ocurría con toda la tecnología importada de Marte.
Tal vez, el único motivo por el cual Tomb logró vivir más de lo esperado era por los cuidados intensivos que le daba Álmira: una limpieza general de información chatarra cada semana.
Debió darle la triste noticia a su padre por mensaje de texto.
Papá, Denuvio tenía razón, no lo castigues. Tomb dejó de funcionar. Ya lo revisé completamente y no hay fallas en el microprocesador. Al parecer, expiró. De todas formas, ya estaba viejo. Ah, por cierto, esta mañana lo encontré arrojando los cubiertos dentro del lavarropas. De no ser la primera vez, explicaría el chirrido del que me hablabas».
A los pocos segundos, su padre respondió:
Ok. Vamos a comprar un nuevo robot doméstico. ¡Y otro lavarropas!
