Capítulo 3

La Bahía


El día había empezado de malas para Denuvio. Logró esquivar el castigo por haberse deshecho de Labo y, en cambio, obtuvo un castigo totalmente injusto. Y, por si fuera poco, desde hacía diez minutos que Selene intentaba decirle algo que no llegara a oídos de la profesora.

—¡Ey! —Denuvio fingía no escucharla. No estaba de humor—. ¡Ey! —insistió Selene, dándole un pellizco en el brazo que le fue imposible evitar.

Apretó los dientes para aplacar el dolor. Contuvo las ganas de darle una tunda; uno, porque era niña, y dos, porque era su amiga.

No podían hablar, la profesora estaba mirándolos y no iba a darse el lujo de ganarse otro castigo, suficiente con el que ya tenía. Además, tenía que hacer buena letra, se aproximaba su cumpleaños y si quería festejarlo con todos sus amigos, debía portarse bien.

—¿Vienes? —preguntó Selene en un intento de susurro que no salió nada bien.

La profesora les echó una mirada fulminante y continuó con la clase. Ambos la miraron con detenimiento, simulando prestar atención. Sin embargo, no pudieron aguantar y con sus manos empezaron a comunicarse con su «dialecto sensorial ultrasecreto»:

Un pellizco: ¿Haremos lo planeado?

Un jalón de ropa: Sí.

Dos jalones de ropa: No.

Un puntapié: Tengo permiso, pero no me dieron dinero.

Dos puntapiés: Yo te presto.

Un toque en la rodilla: Estoy castigado.

Dos toques en la rodilla: Yo también.

Selene le pellizcó el brazo izquierdo a Denuvio y él le respondió con dos jalones a la camisa de su uniforme. Ella lo miró consternada, a lo que él respondió con un toque en la rodilla. Para no levantar sospechas, volvieron a mirar a la profesora.

Niquél, el pelirrojo regordete que se sentaba un banco detrás de Selene y Denuvio, pellizcó a ambos en la espalda. Selene respondió con un jalón de ropa muy disimulado por debajo del pupitre, mientras que Denuvio respondió con dos jalones. Luandro, sentado junto a Niquél, les dio un pellizco a Denuvio y a Niquél al mismo tiempo.

Denuvio volvió a responder con dos jalones de ropa, mientras Niquél le jalaba a Luandro una única vez la manga del uniforme. Luandro le respondió a Niquél con un puntapié y Niquél le respondió con dos.

Mientras, Selene intentaba comunicarse con Luandro pellizcándole la rodilla, pero él lo malinterpretó como un toque de rodilla, así que acabó confundido. Luandro miró a Niquél con el entrecejo fruncido mientras jalaba del uniforme a Selene, quien respondió con un puntapié tan fuerte que hizo que Luandro gritara de dolor.

—¿En qué quedamos? —explotó Niquél—. ¿Quién viene al final?

—¿Quién demonios es el castigado? —preguntó Luandro.

—¡Yo! —gritó Denuvio a todo pulmón.

Selene se cubrió la cara con la mano mientras la profesora se detenía frente a ellos.

Luego de pasar toda la tarde en detención, finalmente vieron la luz del día.

—Bueno, ahora que estamos todos y podemos hablar, ¿vamos a ir o no? ―preguntó Luandro.

—Yo no puedo, papá me castigó esta mañana ―respondió Denuvio.

—¿Por qué? —preguntó Selene agitando los brazos, como si se tratara de lo más injusto del mundo.

—Porque Tomb le puso arena a su café y papá cree que yo cambié el contenido de los frascos.

—¿Y no le explicaste? —preguntó Niquél, metiendo las manos en los bolsillos delanteros de sus pantalones.

—No me cree.

Guardaron silencio, pensativos.

—Qué extraño. Mis robots también están haciendo mal sus tareas —dijo Luandro rascándose el mentón—. Anoche le di la orden a mi nuevo megatrón de darle una paliza al robot de mi vecino, ¡y el muy tonto se echó al suelo! No entiendo cómo es posible, debería andar perfectamente. ¡Es nuevo!

—En casa está pasando lo mismo. Nuestro robot doméstico ya va quemando tres camisas de papá —dijo Selene—. ¿Será que en Marte los estarán fabricando mal?

—No lo creo, ellos andan por la vida jactándose de lo «perfeccionistas» que son —dijo Niquél con sorna—. Y ahora que lo dicen, recuerdo que para Navidad mi tía se retrasó porque su package-bot le había arrojado una de sus maletas al río.

Denuvio abrió los ojos de par en par, un recuerdo se le había venido a la cabeza.

—Acaban de hacerme acordar de algo —dijo—. En Navidad, volamos a Chicago con mi hermano y mi papá. Mi primo Arlock tiene un megatrón llamado Mittam. La cuestión es que entramos en el invernadero de mi tía y Arlock le ordenó al robot que extrajera un fruto de una planta, y el robot comenzó a golpear el árbol hasta partirlo a la mitad.

—Bueno, eso es algo obvio, ¿no? —objetó Niquél—. Los megatrones solo saben de boxeo.

Denuvio negó con la cabeza.

—A lo que voy es a que, luego, Arlock le ordenó a Mittam repetidas veces que se detuviera, pero el robot no le hizo caso —insistió.

Se había formado un silencio de intriga entre los cuatro.

—Qué extraño —exclamó Luandro, pero inmediatamente rompió el silencio volviendo al tema—. A mí me dejaron ir, pero no tengo dinero.

—Te dije que yo te prestaba —aseguró Niquél—. A mí me dejaron ir con todas las de la ley. Por cierto, Denuvio, ¿dónde está tu inseparable amigo?

Denuvio le sonrió pícaramente.

—Me las arreglé con eso. No va a seguirme por un largo tiempo.

—Ah… ¿No habrá sido ese el verdadero motivo del castigo? —inquirió el pelirrojo con tono sobrador. Denuvio se apresuró a negar con la cabeza.

—Hubiera tenido sentido, pero, como ya les dije, fue culpa de Tomb —rezongó—. ¡Estúpido robot!

—Entonces vamos todos menos Denuvio —dijo Selene encogiéndose de hombros.

Denuvio se sintió berenjena de otra huerta, ya eran dos los encuentros que cancelaba con ellos. Estuvo a punto de saludarlos para marcharse directo a casa cuando un mensaje de su padre le llegó al móvil:

Álmira me contó lo de Tomb; tenías razón, dejó de funcionar. Vamos al centro comercial a comprar uno nuevo, ¿vienes o prefieres quedarte con tus amigos?

La emoción de Denuvio no se hizo esperar.

Me quedo con mis amigos, respondió eufórico. No pensaba decirle nada acerca de la penitencia en clase. Más valía no tentar a la suerte.

De acuerdo, solo recuerda estar en casa para las siete,aclaró Peltry y, con ello, le alegró el día.

Les contó a sus amigos, quienes brincaron de la emoción.

—Entonces, ahora que estamos los cuatro… ¿jugamos a Gravity? —preguntó Luandro.

Niquél y Denuvio estuvieron de acuerdo, sin embargo Selene tenía otros planes.

—¿Qué les parece si mejor vamos a La Bahía? Ya jugamos mucho a Gravity.

Los demás dudaron.

Denuvio no ocultó su morboso entusiasmo, el plan de Selene era tentador y hacía rato que venían postergándolo. Sin embargo, su padre y su hermano ya le habían advertido más de una vez que se mantuviera lejos del límite de la plataforma. Si llegaba a oídos de cualquiera de los dos que había estado merodeando por el lugar, se metería en serios, muy graves, problemas.

Aun así, el plan había rondado la mente de los cuatro por tanto tiempo, que la sola idea de pararse frente al cerco eléctrico les hacía agua la boca.

—Si papá llega a enterarse, me castiga de por vida —confesó Denuvio.

—Será solo por un rato y después vamos a la casa de los juegos virtuales a jugar Gravity, lo juro —rogó Selene.

Denuvio dudó. Realmente quería, pero la situación era complicada. Aunque más complicado era negarse luego de que los tres se pusieran inmediatamente de acuerdo.

Denuvio expulsó un largo suspiro. Finalmente aceptó, no sin que antes se le ocurriera una mejor idea: ya que iba a La Bahía, y con conocimiento previo del río que desembocaba entre las cumbres del monte, no logró resistirse al fuerte deseo de conducir, aunque fuera por unos minutos, su motocicleta subacuática. Y, aprovechando que ni su padre ni su hermano estaban en casa, podría sacarla con total libertad.

Sus amigos se mostraron tan entusiasmados con la idea de montar una motocicleta subacuática, que le ayudaron a concretar la picardía. La emoción fue tal, que ni siquiera se quejaron de tener que cargar con el peso de la motocicleta mientras ascendían diez metros por las laderas rocosas del monte Croes, hasta alcanzar la llanura. Poco a poco, iban adentrándose en la zona prohibida.

Veían el predio a la distancia. El monte era un lugar tenebroso para merodear, pero, al mismo tiempo, increíblemente bello. El sol penetraba las copas de los árboles y dibujaba múltiples formas en el suelo. La flora era conservada regularmente por los ambientalistas. Su aspecto lucía como el de los grandes bosques naturales que habitaron alguna vez el planeta Tierra.

Sus pasos iban dejando un sendero de huellas marcadas. Continuaron caminando hasta llegar al cerco prohibido que marcaba el final de la plataforma terrafoguense. Y, más abajo, se extendía el mar.

Habían merodeado por la zona anteriormente, pero nunca tan de cerca.

—Por allá —dijo Selene señalando el cerco, pero los cuatro aguardaron en su sitio.

Todo el entusiasmo se volvió humo al ver a Serggi, el hermano mayor de Luandro. Lo detestaban, ¡toda la jodida escuela lo aborrecía! Hasta los profesores.

Estaba merodeando por las orillas del río junto a un pelinegro de tez blanca con la cara llena de granos. Serían amigos, porque los dos se veían igual de insípidos y torpes.

No tardaron en notar que no estaban solos. Niquél bufó y Selene arrugó la expresión. ¿Por qué justo ese día?

—¡Hola! —saludó Serggi con falso entusiasmo, zarandeando la mano exageradamente—. No pongan esas caras. ¡Wow, Dev, qué motocicleta! ¿Dónde la conseguiste? ¿Es una Bikernot? Aún no llegan de Marte.

Mientras Serggi sonreía bobamente mostrando sus puntiagudos dientes amarillos, su amigo ponía cara de perro y esquivaba la mirada.

Serggi era, definitivamente, la última persona en la que Denuvio confiaría. Lo había visto robarle a un niño a la salida de la escuela, y una vez le había metido la cabeza en el excusado. No le gustaban los bravucones y, ahora mismo, su rostro de engendro denotaba que algo malo planeaba hacer. Denuvio le dedicó su peor mirada de odio mientras el par se acercaba a él.

—¿Qué te pasó, te quedaste mudo?

—¡Déjalo en paz! —advirtió Luandro.

—Tú cállate. —Se agachó para quedar a la altura de Denuvio, sosteniéndose con las manos en las rodillas. Lo miró penetrantemente—. ¿De dónde la sacaste? —preguntó con extremada persuasión.

—La construyó mi hermano para mí. Es mi regalo de Navidad.

Serggi se incorporó con lentitud.

—Con que el cerebrito de Ál la hizo… Y tú que decías que solo era un pobre nerd —le dijo a su amigo, y rieron a coro. Denuvio les dedicó una puñalada imaginaria—. Sí que es bueno plagiando, hasta tiene los cambios de velocidad de la Bikernot. ¡Es idéntica!

—¡Deja de hablar así de mi hermano! ¡Él no es ningún plagiador! —gruñó, estrujando los puños.

—Plagiador o no, quiero conducir la motocicleta —dijo Serggi—. Anda, hazte a un lado. —Y lo empujó para quitársela.

—¡No lo harás, es mía!

—Tu hermano y yo somos amigos, seguramente no tendrá problemas en prestármela.

—¡Mentira, mi hermano no te soporta! —gritó—. ¿Quién sería tan estúpido como para querer ser amigo de un retardado como tú? —dijo Denuvio, e inmediatamente reparó en la presencia del otro sujeto—. Oh, lo siento.

Mi hermano no te soporta —imitó Serggi con voz de niña—. Bien, ya, entonces condúcela tú —dijo, indicándole el sendero que iba directo al cauce del río.

Denuvio miró de reojo a sus amigos.

—No… —titubeó.

—¿Y por qué no?

—No puedo. —Hizo señas a Luandro para que se acercara y le susurró al oído—: No sé cómo hacerlo.

Serggi, que había escuchado, no dejó pasar la oportunidad.

—Permíteme enseñarte, Dev —dijo muy cordialmente—. ¿Por qué me miras así? Es en serio. No te haré nada malo, lo juro. —Alzó las manos en lo alto. Denuvio vaciló con la mirada gacha—. Ven conmigo.

Lo tomó de un brazo y lo arrastró hacia la motocicleta.

—¡No, espera! —gritó Denuvio e intentó deshacer el agarre, pero Serggi lo forzó violentamente. Se subió a la motocicleta y lo sentó con brusquedad detrás de él—. ¿Has conducido alguna vez una de estas?

—Por supuesto que no, imbécil, aún no llegan a la Tierra. Aunque no ha de ser muy difícil, supongo. —Denuvio cerró los ojos con temor cuando Serggi la encendió. Para ser inexperto, se había familiarizado con ella al instante. Hizo rugir el motor y probó las distintas velocidades—. ¿Y dónde cornetas hay que apretar para que aparezca la cápsula? —preguntó, ya con los tobillos sumergidos bajo el agua del río.

Denuvio miró por encima del hombro del adolescente y señaló un pequeño interruptor a la izquierda de una extensa hilera de pulsadores. Había estado durante meses en contacto con los planos que Álmira había dejado sobre su escritorio en el sótano. Cada vez que bajaba, aprovechaba para dar un vistazo al avance de los trazos; eso lo había mantenido informado acerca de su funcionamiento.

Serggi presionó el interruptor y la cápsula se extendió de un lado a otro de la motocicleta, cubriendo por completo a ambos. Se adentraron con tanta fuerza en el río, que la sensación de estar nadando intactos bajo el agua era surrealista. En menos de tres minutos, ya habían atravesado el fondo. Denuvio estaba tan impresionado que no despegaba la mirada del trayecto.

—¿Estarán bien? —preguntó Selene con voz temblorosa.

La motocicleta surgió del otro lado del río. La cápsula se esfumó y Denuvio los saludó con agitación.

—¿Y ahora? —preguntó Niquél, a lo que el amigo mudo de Serggi respondió encogiéndose de hombros—. ¡Ey, yo también quiero montarla!

Serggi volteó la motocicleta y, junto con Denuvio, volvieron a introducirse en el agua siguiendo el mismo recorrido inicial. Ascendieron completamente secos. Denuvio sonreía como si hubieran hecho la cosa más loca y arrebatada del universo.

—¡Yo quiero! —gritaron Niquél, Luandro y Selene al mismo tiempo. Los dos adolescentes se miraron y se echaron a reír.

—No pensarán hacerlo en este charco de agua, ¿o sí? —preguntó Serggi. Los niños no supieron qué decir—. Tontos, ¿no sería más interesante en el mar? Imagínense: podrían ver las ruinas de la antigua Ushuaia.

Los cuatro se miraron. Era una idea espectacular, aunque espeluznante. Estarían desobedeciendo a sus padres y quebrantando la ley máxima del cónsul terrícola.

—No seas estúpido, Serggi —exclamó Niquél rodando los ojos—. ¿Cómo cruzaríamos el cerco eléctrico? Nos carbonizaríamos vivos antes de que los nautic-bots nos pillen.

—Conozco un pasadizo secreto hacia la base marina abandonada —dijo Serggi esbozando una sonrisa malévola.

Denuvio sintió escalofríos.

—¿Qué? —preguntaron todos suspicaces. Sin embargo, Denuvio sabía que no mentía. Álmira le había contado mucho acerca de la base marina abandonada: el gobierno la había utilizado para fines de salvaguarda naviera hasta mediados del siglo XXIII. Pero cuando los robots náuticos se expandieron en el mercado terrícola, se la consideró inútil ante el avance tecnológico y fue abandonada. Su funcionamiento se remontaba a cientos de años en el pasado, habría de estar toda oxidada.

—No sé… No se supone que debamos cruzar el cerco —dijo Denuvio temeroso.

—¿Y perderte la oportunidad de ver no solo la base marina, sino también cómo vivían nuestros antepasados? —preguntó Serggi—. ¡Tú sí que estás demente!

—¿En serio pretendes que creamos tu repentina afición por la historia? —dijo Selene con marcada aversión—. Todos aquí sabemos que cursaste cuarto más veces que los granos que tienes en la cara.

—¡Tú cállate, renacuajo! —respondió Serggi con aires de superioridad—. Dev, eres el dueño de la motocicleta. Tú decides.

—¡Dev, no! —insistió Selene con reproche—. Piensa en lo que diría tu padre si llegara a saber.

Denuvio entrelazó los dedos con nerviosismo. Estaba dudando.

—Bueno, se los digo: la única manera que se me ocurre de llegar al mar sin pasar por el cerco eléctrico, es atravesando el faro —continuó Serggi. Roger, el amigo de Serggi, tomó una piedra del suelo y la arrojó al cerco. La electricidad despedida la pulverizó en segundos antes de llegar a la malla—. Los que quieran ir por el faro, solo síganme.

Niquél, Luandro y Denuvio levantaron una mano. Selene hizo ademán de hastío y respondió con un aborrecido:

—Ya qué.

Serggi y Roger emprendieron la marcha cargando la motocicleta porque, según Serggi, a los niños se les haría muy pesada durante el trayecto que les aguardaba.

—¿No se supone que es para el otro lado? —preguntó Niquél, viendo que se adentraban demasiado en el monte.

—¡Espera un poco, gordo! Ya vas a ver —respondió Serggi a lo lejos. Las mejillas de Niquél enrojecieron. Le echó una mirada fulminante a Luandro, quien se encogió de hombros.

—Espero que el tarado de tu hermano nos muestre algo que de verdad valga la pena o yo mismo lo empujaré al cerco —gruñó Niquél.

—¡Apúrense, ñoños! Sobre todo tú, gordo —gritó Serggi, explotando en una carcajada celebrada únicamente por Roger.

Niquél bufó.

—Lo odio —dijo, apretando fuertemente la quijada mientras seguía con dificultad el ritmo de los demás.

Luego de media hora de caminata, llegaron al imperante faro. Álmira le había contado a Denuvio que, en alguna época pasada, el faro había cumplido la misma función que la base marina abandonada. Aunque todo eso cambió con la llegada del cerco eléctrico.

Serggi los llamó a los gritos. Él y Roger habían logrado abrir la puerta principal del faro, que hasta ahora había permanecido sellada; se adentraron en él. Ellos los siguieron, ingresando de a uno.

La arquitectura interna era como la de los viejos faros de las fotografías: había un aroma rancio corroído por un ambiente húmedo. Las escaleras, como era de esperarse, estaban oxidadas, y las paredes, enmohecidas.

—Es por acá —gritó Serggi.

Los seis rodearon la embocadura de un gran hoyo en el suelo. Había una escalera de metal en dudoso estado que Serggi estaba tanteando para bajar. Denuvio frunció las cejas, miró de reojo a sus amigos para comprobar que todos estuviesen pensando lo mismo. Comenzaba a dudar que fuese buena idea.

—Dejen los celulares —ordenó Serggi.

—¿Por qué?

—Porque en el túnel hay agua. Yo ya he estado ahí.

—¿Y cómo alumbraremos el camino? —preguntó Luandro—. Está oscuro allá abajo.

—Ustedes solo tienen que seguir mi voz. Nosotros iremos en la motocicleta, ya que seremos los primeros. Ustedes irán a pie. —Se metió en el túnel seguido por Roger y fueron descendiendo por la escalerilla con la motocicleta a cuestas—. ¿Qué esperan, gallinas? —preguntó y comenzó a cacarear. Su voz hacía eco, escuchándose cada vez menos nítida a medida que descendía.

—Vamos a tener que ir —dijo Luandro con resignación.

Niquél y Selene se miraron dubitativos.

—No sé, Lua. ¿Y si es una trampa? Conociendo a tu hermano...

Luandro rio.

—No —negó sonriendo—. No creo. Si no, no se hubiera metido él primero.

—¡Apúrense o perderán el rastro! —La voz de Serggi se oía como si estuviera a metros de profundidad.

Acordaron dejar los celulares sobre una pequeña repisa. Luandro fue el primero en bajar, luego fue el turno de Denuvio, seguido por Selene.

—Ni, vamos —dijo la muchacha, tendiéndole una mano a su asustadizo amigo.

—No sé, ese lugar me da miedo. Además, dijo que había agua. No me gustan los lugares oscuros y mucho menos con agua —dijo Niquél temblequeando.

—Tranquilo, no pasa nada —apaciguó Selene con voz calmada—. Tampoco tengo ganas de ir, pero es solo para divertirnos. Después volvemos —sonrió y esperó paciente a que le tomara la mano.

El tiempo que tardó Niquél en sujetarla fue casi una eternidad. Selene bajó muy lentamente por la diminuta y oxidada escalera que crujía con cada pisada, era como si todo el tiempo estuviese a punto de desmoronarse.

Selene notó que su amigo temblaba, y sintió que estaba siendo cruel al obligarlo, pero sería peor dejarlo solo en el faro. Sin ellos se aburriría y luego, probablemente, se lamentaría por no haber ido.

Acabaron en un túnel circunferencial subterráneo. El agua que les llegaba a los tobillos, a pesar de lucir estancada, no olía mal. Eso significaba que más adelante, seguramente, el volumen del agua aumentaría. Y no se equivocaron: tras caminar unos cuantos metros, el agua ya les daba en la cintura. Se hacía difícil seguir con tanta densidad en contra. Estaban completamente a oscuras.

La respiración de Niquél se agitaba a medida que se adentraban más en el túnel. Sus amigos intentaban calmarlo haciéndole bromas. Selene continuaba tomándolo de la mano aunque, a decir verdad, todos tenían miedo. Ya ninguno estaba seguro de lo que hacían ahí abajo.

Luego de casi veinte minutos de ardua caminata, el agua se había vuelto helada y les daba en el cuello. Daban zancadas para inhalar aire. La situación hubiera sido desesperante si una luz potente no los hubiera iluminado a lo lejos.

—¿En dónde estamos? ¡Quiero volver! —gritó Niquél con el agua al mentón.

—Ya casi. Tomen aire y aguanten la respiración —dijo Serggi—. Van a tener que nadar hasta llegar a una escalera de metal idéntica a la que usamos para bajar. Y por ahí suben. ¡Pero tomen mucho aire porque cuesta!

Niquél se giró.

—Yo me vuelvo.

—No te rindas ahora, Nick, ya casi llegamos —dijo Luandro, tomando suficiente aire y sumergiéndose bajo el agua. Minutos después, subió por la escalerilla. Llegó con rapidez a la superficie—. ¡Vengan rápido! ¡Este lugar es increíble! —gritó.

—A la cuenta de tres, tomamos aire y nadamos hasta allá —dijo Denuvio, sabiendo que si no lo hacían juntos, Niquél no se animaría a hacerlo solo. El primero que subiera las escaleras debía ser el más rápido para que los demás no contuvieran la respiración durante mucho tiempo—. Selene, tú vas primero; segundo, yo; y tercero, Nick. ¿Listos? —Todos asintieron—. A la cuenta de tres. Uno, dos... ¡tres!

Selene nadó tan rápido como un pez, la desesperación la obligó a tomar velocidad. Luandro la ayudó a salir.

—¡Vamos, Nick, nos toca! —dijo Denuvio preparándose para zambullirse.

—Diablos, Dev. No sé —gimió Niquél a punto de largarse a llorar.

—Anda, ven. Si quieres te agarras de mis hombros y yo nado.

—¿Colgarme de ti...? ¡Te rompería la espalda!

—Pero estamos en el agua, vamos a flotar. Es solo hasta llegar a la escalerilla.

Denuvio se oía demasiado seguro para no confiar en él. Cuando quiso reparar en lo que hacía, Niquél ya estaba montado en su espalda simulando ser el caparazón de una tortuga. Al dar con la escalerilla, Denuvio dejó que Niquél subiera primero, a pesar de que lo hacía con tal lentitud que ya estaba descomponiéndose por la falta de aire.

Al llegar a la superficie, Selene y Luandro los ayudaron a subir. Serggi los miraba mientras recuperaban todo el aire que habían perdido.

—¿Esta es la base? —preguntó Denuvio consternado, agitado y empapado.

Estaban sobre un círculo de metal de no más de dos metros de diámetro. Cabían justo los seis junto a la motocicleta y, a su alrededor, se desplegaba la marea. Al alzar la vista, Denuvio vio que la ciudad estaba a metros de altura, se veían con claridad los muros que sostenían la plataforma.

—Por supuesto que no, chiquillo —dijo Serggi rodando los ojos. Se había vuelto a subir a la motocicleta sin permiso—. La base marina queda a unos metros de aquí. ¿Quién será el primero en ir? —preguntó pavoneándose. Al ver que nadie respondía, señaló a su hermano, quien parecía ser el menos asustado—. Tú, ven.

Luandro se montó a la motocicleta detrás de Serggi, este la encendió y se zambulló en el agua. Los demás vieron asombrados cómo resurgían a varios kilómetros de distancia. Luandro les zarandeaba la mano, se veía como un punto casi inexistente a la distancia.

Serggi regresó solo.

—¿Ahora a quién le toca?

Niquél ya no solo no tenía miedo, sino que había sido invadido por un gran entusiasmo. Se sentó en la motocicleta y fue el segundo en ser trasladado por debajo del mar hacia la base. Allí se encontraron él y Luandro. La tercera fue Selene y, por último, Denuvio.

—¡Por Dios, este lugar es impresionante! —gritó Niquél con el corazón en la garganta.

La construcción era, según Serggi, inmensa. Se extendía a kilómetros de profundidad, aunque era imposible recorrerla utilizando las escotillas debido a que el agua había cubierto tres cuartos de la instalación. Solo podían deambular sobre lo que alguna vez había sido el vértice. El suelo del área había sido carcomido por la sal del mar, y los pasamanos, que alguna vez se encargaron de impedir accidentes, ahora eran dudosos resguardos en los que era mejor no confiar.

—¿A cuántos kilómetros estaremos de la orilla? —preguntó Selene, percatándose de que apenas llegaban a ver tierra firme.

—Creo que a unos dos —respondió Serggi. Se asomó frente al pasamanos, dándoles la espalda—. ¿Saben para qué se usaba este lugar? —Nadie respondió, así que prosiguió—: Cuando salía mal alguna expedición arqueológica subacuática, los sobrevivientes nadaban hasta acá y esperaban que las fuerzas armadas vinieran a rescatarlos. ―Denuvio no recordaba que Álmira le hubiera contado acerca de eso, pero sonaba verosímil: muchas personas se habían interesado por ver con sus propios ojos las ciudades en las que sus antepasados habían vivido antes que el deshielo de los glaciares causara el aumento desmedido del nivel de los océanos.

»Aunque dejó de usarse cuando la marea comenzó a crecer más de la cuenta; entonces se consideró a esta superficie como un lugar poco seguro. En las noches se inunda —dijo, volteándose a mirarlos. Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro—. Bueno, me temo que tendré que ir por Roger.

—Pero no te tardes demasiado, falta poco para que anochezca y tenemos que volver a casa —recordó Selene.

—No me tardo nada. Lo juro.

Montó la motocicleta y aseguró volver con su amigo en no menos de treinta segundos, pero los segundos pasaron hasta convertirse en minutos y, para cuando el sol se escondió detrás de la línea del horizonte, ya no estuvieron seguros de cuánto tiempo había pasado desde la partida de Serggi.

—Espero que tu hermano no esté tardando a propósito —dijo Selene, parándose a un lado de Denuvio.

—Ya vendrá —aseguró Luandro—. A veces es malvado, pero no está loco. No sería capaz de dejarnos aquí.

—Más te vale, Luandro, porque si no… —Niquél, que había estado pensando en eso mismo desde la partida del adolescente, comenzó a estrujar sus puños.

—¿Si no qué, gordinflón? ¿Qué vas a hacer? —dijo Luandro toreándolo.

—Voy a romper todos tus huesos.

—Ya, no peleen —pidió Selene entrometiéndose. Logró separarlos.

—Tienes razón. Mejor hablemos de algo, Luandro, mientras Selene y Denuvio se besuquean como en el partido escolar. —Estallaron en risas. Denuvio se giró rápidamente. Selene había enrojecido hasta los pies—. Prometemos no mirar.

—¡Cállense! Eso nunca pasó —dijo la niña ofendida y avergonzada—. Dev encestó seis veces esa vez y me emocioné por eso, solo nos dimos un abrazo. Es todo.

—Se besaron en el corredor durante el descanso. ¡Yo los vi! —aseguró Niquél con sorna.

—Es que Dev es demasiado bueno en baloncesto, ¿comprendes, Nick? —soltó Luandro con una carcajada gamberra.

—Sí, Dev, ¿por qué eres tan bueno? —dijo Niquél aprovechando su turno para mofarse.

—¡Cierren la boca, tontos! —exigió Denuvio molesto.

—Está nervioso —soltó Luandro.

—Pues, sí. Estoy nervioso porque tu hermano no aparece, ¿hasta cuándo estaremos aquí? ¡Debo estar en casa para las siete o papá va a matarme!

—¿En dónde está Serggi, Lua? —insistieron Niquél y Selene a la vez.

—¡Yo qué sé! Él es un tanto extraño, a veces juega estas bromas —bufó, sentándose con pesadez.

—Pero jamás nos abandonaría aquí, ¿verdad? —preguntó Niquél sudando de los nervios—. Es decir, estamos en el medio del mar a kilómetros de la superficie y está anocheciendo. No sería tan tarado, ¿o sí? ―Un silencio sepulcral acompañó la mueca de desconcierto de Luandro. Denuvio, Selene y Niquél sintieron escalofríos en todo el cuerpo—. ¡No, no, no, no! —gritó Niquél—. ¡Estamos atrapados! ¿Quién nos va a ayudar ahora? —Miró en todas direcciones.

—Los nautic-bots.

—¡No seas tonta, Selene! No aparecen cuando está activado el cerco eléctrico —chilló Niquél desesperadamente.

—¿Qué hora es? —preguntó Denuvio—. ¡Dios, mi papá va a castigarme! Debe estar llamándome.

—Todos dejamos los celulares en el faro, Dev —dijo Selene, la única que conservaba la calma.

Niquél se acercó a Denuvio y lo zamarreó.

—Estamos a punto de morir ahogados, ¿y tú te preocupas por un castigo? —Lo soltó de improviso, haciéndolo caer con fuerza al suelo. Se volvió hacia Luandro—. ¡Todo culpa del retardado de tu hermano! —exclamó, dándole un empujón. Luandro cayó de espaldas contra los pasamanos.

—¡Basta, no peleen! Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí y solo lo haremos si usamos la cabeza —gritó Selene interponiéndose.

—¡¿Cómo?! —gritó el pelirrojo enrojecido por la cólera.

—Bueno… No sé. Ya se nos va a ocurrir algo.

—Sí, y hasta entonces sube la marea ¿y qué? ¡Nos comen los tiburones! —dijo, viendo cómo el agua se había elevado hasta cubrirles los tobillos—. ¿No escuchaste a Serggi? ¡En la noche esta cosa se inunda!

—Para mí que eso era mentira —aseguró Selene—, quiso asustarnos. Vamos a estar bien. —No sonó tan segura de sí misma como hubiera esperado, pero necesitaba calmarse para poder pensar.

Denuvio se agarró la cabeza. El nivel del agua subía lentamente. No creía que Serggi les hubiera mentido. Tenía que ocurrírsele una manera de salir de ahí cuanto antes.


Una vez colocada la placa metálica, Labo estaría igual o mejor que antes. Lo dejaría sobre la estantería el tiempo que tardara en cargarse la batería. Con dos horas sería más que suficiente para que durara una semana.

El aceite que había salido disparando de la batería reventada había formado un charco sobre el escritorio, manchando varias hojas de su fallido proyecto de ciencias.

Álmira sintió angustia y decepción al ver el dibujo de los planos. Abolló los papeles con ira y los arrojó al cesto de basura.

A un lado de su computadora estaba sentado el nuevo robot doméstico que había comprado con su padre hacía apenas unas horas en el centro comercial. Otra vez volvieron a elegir un espécimen masculino.

Álmira sabía el arduo trabajo que le esperaba: programar desde cero a un robot doméstico costaba, y mucho. Debía pasarse días frente a la computadora agregando información a la memoria del robot. Lo principal era dibujar un plano de la casa y los miembros del grupo familiar. Lo siguiente era armar un listado en el microprocesador de Tomb con cada pequeño artefacto, seguido de su ubicación y función. Por ejemplo, en el bajo mesada de la cocina se encontraba la vajilla, que debía estar sobre la mesa a la hora de la comida. Enseñarle a cocinar al robot era otra tarea complicada que Álmira no pensaba hacer, porque desconocía el tema.

También había que introducirle un texto explicativo sobre cómo cortar correctamente el césped, tender la ropa, limpiar los cuartos, cambiar el agua del florero, lustrar pisos y muebles, usar la cafetera, la tostadora, el horno de microondas y un sinfín de etcéteras.

Hacía tres años que Álmira no hacía esa reprogramación, era la peor parte de tener un nuevo robot doméstico en la casa.

Dejó el sótano para lavarse las manos repletas de aceite. Le había prometido a su padre que comenzaría con el robot doméstico luego de terminar con Labo, el cual tenía una abolladura fruto de un «descuido» de Denuvio.

Fue hasta la cocina por una bebida enlatada cuando vio a su padre sentado en el sofá de la sala, extremadamente molesto.

—¿Estás bien, papá? —Peltry negó con la cabeza.

—Ya pasaron de las siete y tu hermano aún no ha vuelto. —Álmira enarcó una ceja—. ¿Te ha llamado para avisarte que se retrasaría? —Él negó—. ¿Ves lo que digo? Hace lo que quiere.

Álmira pareció entrar en la cuenta de un detalle que había pasado por alto.

—Aguarda aquí —dijo, y bajó con disimulada tensión las escaleras del sótano. Casi se le va el aire en un suspiro al ver que la motocicleta subacuática no estaba donde la había dejado.

Eso fue suficiente para que tomara su móvil y llamara a Denuvio, pero no contestó. Lo intentó su padre, pero no había caso. Peltry estaba que echaba vapor por las orejas.

—Estará en graves problemas, a no ser que tenga una muy buena excusa. Y dudo que así sea —dijo y volvió a marcar, pero Denuvio continuaba sin contestar, así que llamó a otro número—. Hola, Halen. —Era la madre de Niquél—. ¿Está Denuvio por ahí?

Por su rostro apático, dedujo Álmira que no. Su padre agradeció a la mujer y luego llamó a los padres de Luandro, quienes tampoco sabían dónde estaban ni Denuvio ni su propio hijo. Los últimos fueron los padres de Selene y le dieron la misma respuesta.

Se hicieron las nueve de la noche. Peltry llamó a Denuvio por onceava vez, y volvió a sonar el contestador. Se incorporó de inmediato.

—Llamemos a la policía —ordenó irritado.

—Espera, papá, tengo una mejor idea —dijo Álmira y, luego de bajar nuevamente las escaleras del sótano, regresó con Labo en manos—. Tiene cargado un cuarto de su batería, pero servirá por media hora. Creo que es tiempo suficiente para rastrear a Denuvio.

Lo encendió. El robot esférico comenzó a gravitar a la altura de su cabeza y, en un abrir y cerrar de ojos, salió volando por una de las ventanas de la sala. Álmira fue tras él.

Luego de pasar agitadamente por la concurrida ciudad, Álmira comenzó a dudar de que Labo lo estuviere guiando en la dirección correcta. Hacía rato que habían pasado el lago que atravesaba el parque, donde creyó que estaría Denuvio usando la motocicleta. En cambio, el robot se dirigió agitado hacia el monte que estaba en las afueras de la ciudad.

Comenzó a subir cuesta arriba por el sendero montañoso repleto de arbustos. Álmira estaba cada vez más asustado. Esperaba, en serio, que Labo estuviera equivocándose.

A medida que ascendía, la tierra se volvía húmeda y lodosa, y con la poca luz que aportaba la luna era difícil saber por dónde estaba caminando. Labo continuó hasta que Álmira logró ver con claridad la cumbre del cerco eléctrico. Se quedó de piedra al oír gritos provenientes del mar:

—¡Auxilio! ¡Ayúdennos!

Juraba que una de esas voces era la de su hermano. Álmira corrió hasta estar a un metro de la malla del cerco, cuya electricidad provocaba que todos los vellos de su cuerpo se erizaran. No podía ver nada, pero estaba seguro de que los oía del otro lado. Su corazón palpitaba a redobles de tambor.

Labo no se detuvo, voló por encima del cerco continuando su sendero hacia mar abierto.

Estaban los cuatro con el agua al pecho cuando Denuvio avistó una esfera metálica que se acercaba a toda velocidad.

—¡Labo! —exclamó con lágrimas en los ojos y la voz afónica de tanto gritar—. ¡Amigo, has venido a salvarme! ¡Lamento haber tratado de destruirte, juro que nunca más lo volveré a hacer! —Sujetó al robot y lo abrazó con todas sus fuerzas. Allá a lo lejos, arriba de la plataforma, del otro lado del cerco, veía la figura de un hombre. Denuvio lo reconoció de inmediato porque era el único que podría estar en compañía de Labo—. ¡Ál, hermano, aquí estoy! —gritó Denuvio a todo pulmón. Su voz se perdía con el sonido de las olas y el viento, pero, para su suerte y la de sus amigos, el agua ya no representaba un peligro de muerte.