Capítulo 4

El cumpleaños


El viaje en coche de regreso a casa había sido silencioso e incómodo. Denuvio permaneció en el asiento trasero callado y con Labo descansando en su regazo. Hacía un gran esfuerzo por evitar las miradas fulminantes que su padre le dedicaba por el espejo retrovisor.

Ninguno imaginó que los periodistas los demorarían por más de dos horas, preguntando cada detalle del suceso. Ni tampoco que Luandro delataría a su hermano en transmisión directa, finalizando todo con la fuerte declaración de sus padres de enviar a Serggi al correccional de menores.

Al llegar a la casa, y luego de bajar del coche con abatimiento, Peltry tomó a Denuvio de un brazo y lo sentó en el sofá.

—¿Qué pasa contigo? —Su mirada era intensa; sin embargo, a Denuvio no le causaba temor, porque en sus ojos azules no había cólera, sino una profunda decepción.

—¡Nada! —respondió el menor alzando la voz.

—¡Denuvio, pudiste haber muerto hoy! —gritó Peltry. El eco zumbó por cada rincón—. A veces no entiendo qué te pasa por la cabeza o, siquiera, si te pasa algo.

Denuvio suspiró, se dejó caer abatido sobre el sofá cruzado de brazos. Tenía los ojos rojos de haber llorado tanto mientras pedía auxilio. Mantenía la mirada gacha.

Álmira vio que su padre buscaba el control remoto para encender el televisor. Peltry tomó asiento en el sofá. Denuvio se apartó quisquillosamente de su lado. La noticia de los cuatro niños que habían estado a punto de morir ahogados en la base marina abandonada se repartía como pan caliente. Todos lo sabrían en la escuela mañana.

—¿Por qué intentas humillarme?

—¡Fue culpa de Serggi, yo no hice nada! —objetó.

—¿Y no podías haber dicho que no? —insistió. Lo hostigó con una mirada inquisitiva—. ¿De dónde sacaste esa motocicleta? Según el relato de tus amigos, era tuya.

Álmira tragó saliva. Había estado de pie contra la pared de la sala esperando esa pregunta. Denuvio tardó un microsegundo en mirarlo de reojo, mentiría por su hermano de la misma manera que Álmira había mentido por él con respecto al «accidente» de Labo. Pero esta vez se trataba de algo grave.

—La tomé prestada…

—No, Dev —interrumpió Álmira. Peltry miró consternado a su hijo mayor—. Yo la hice papá, y luego se la di.

Álmira nunca había visto a su padre mirarlo de esa manera, como si un pedazo dentro de él se hubiera roto en ese instante.

—Siempre confié en ti —reveló Peltry con la voz cargada de decepción. Se puso de pie con intención de dirigirse hacia la cocina, pero se detuvo a mitad de camino—. Me sorprende terriblemente, Álmira —suspiró y aguardó—. No los quiero ver por lo que resta de la noche, vayan a sus habitaciones.

Denuvio subió las escaleras con lentitud y abatimiento. Álmira, molesto, pasó de él a las atropelladas.

—Ál… —llamó Denuvio.

Álmira se volvió hacia él.

—Tomaste la motocicleta a pesar de que te advertí lo que podía ocurrir. ¡Ahora mira lo que conseguiste! —dijo con expresión severa—. Ya no me tomaré el tiempo de hacer nada más por ti —concluyó. Se metió en su cuarto y dio un portazo.

Denuvio resopló. Por obligación debía irse a la cama temprano, pero tenía en claro que le sería imposible dormir. Le costaba encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Aun así, apareció en el umbral de la cocina mientras su padre buscaba molesto el café en la alacena. Ahora que no tenían a Tomb, y con el nuevo robot doméstico sin configurar, debían arreglárselas solos.

Peltry dio un brinco del susto al notar su inesperada presencia, y se apresuró a adquirir un semblante reacio.

—Te dije que te fueras a tu cuarto.

—Papá, por favor, no castigues a Álmira —rogó Denuvio con la cabeza gacha—. La motocicleta era mi regalo de Navidad, le prometí que no la tomaría sin su permiso y lo hice. Fue todo culpa mía.

Peltry guardó silencio y, al final, hizo una mueca de escepticismo.

—Te dio una motocicleta sin mi permiso, algo de culpa tiene. Sin embargo, de no haber sido por él no estarías con vida ahora mismo. —Ablandó gradualmente la dureza de sus facciones—. Decidiré mañana qué será de ustedes dos. A dormir.

El pequeño dio media vuelta con resignación.


Álmira despertó en la mañana con el peor de los humores. Cuando entró en la cocina, y para su sorpresa, Denuvio ya estaba sentado en la mesa desayunando, pulcramente vestido y con la camisa del uniforme lavada y planchada por él mismo.

—No estoy seguro de que vayas a lograrlo tan fácilmente —dijo Álmira mientras buscaba leche en la nevera—. Solo faltan tres semanas —agregó, haciendo alusión a su cumpleaños.

—No lo hago por eso —dijo Denuvio arrugando el entrecejo—. Solo quiero hacer sentir bien a papá. No quiero volver a escucharlo decir que lo humillo.

—No lo haces, solo estaba enojado —suspiró—. Pero realmente dudo que vayas a lograr cambiar algo con una buena actitud. Esta vez sí te pasaste.

Y como bien supuso Álmira, su padre no les dedicó ni un «buen día» al entrar en la cocina. Desayunaron en medio de un silencio mortuorio, y el viaje a la escuela no fue mejor. Luego de dejar a Denuvio en primaria, continuaron hacia la secundaria Standford en completo silencio.

—Adiós, papá —saludó Álmira antes de salir. No obstante, Peltry hizo una mueca de despedida sin voltearse a mirarlo. Álmira se arrepintió de haberlo saludado y, tras dar un portazo, se alejó bufando y trotando con la mochila bailándole a cuestas.

Sus compañeros del decatlón académico no mostraron interés en él sino hasta que estuvieron dentro del aula.

—Vi las noticias —susurró Juno, aproximando su pupitre al de Álmira—. ¿Cómo se encuentra tu hermano?

Álmira echó un jadeo antes de responder, tenía nulas ganas de hablar al respecto.

—Bien.

—Los padres de Serggi lo mandarán al correccional —intervino Maron, un muchacho de color que se sentaba detrás de Álmira.

Álmira permaneció callado. Sentía como si acabara de caerse de la cama. Todos los acontecimientos de la noche anterior habían pasado tan rápido que apenas podía procesarlos, y no creía estar listo para escuchar a sus compañeros de clase hablando al respecto durante toda la jornada.

—¿Qué piensas tú de eso, Ál? Supermerecido, ¿no? —insistió Juno—. No puedo creer que planeara una broma así.

—No fue una broma, intentó matarlos. ¡Y a su propio hermano! —acusó Pann, una pelirroja bastante nerviosa que se sentaba junto a Maron—. Ojalá que lo encierren de por vida. —Sus ojos chispeaban con un profundo sentimiento de rencor.

Todos ellos habían sido víctimas de las bromas pesadas de Serggi durante años. Esperaban que el tiempo y el karma hicieran lo suyo, y se mostraron agradecidos de que el día finalmente hubiera llegado.

—Hablando de otra cosa —continuó Juno, aprovechando que la profesora aún no llegaba—. ¡Tu robot está causando furor, Ál! —Álmira se giró rápidamente hacia ella, extrañado—. La directora está asombrada —insistió.

—¿Y cómo no estarlo? —intervino Pann—. Su robot salvó a cuatro personas de una muerte segura.

—¡Es el proyecto perfecto! —aseguró Maron con marcado entusiasmo, y las muchachas asintieron.

Judit, que se había mostrado indiferente a la conversación hasta el momento, ni bien oyó lo último, tomó sus pertenencias y fue a sentarse a un lugar apartado.

Al entrar la profesora, le dedicó una sonrisa más que gratificante a Álmira.

—Tengo mucho que decirte —expuso abiertamente frente a toda la clase—, pero la directora quiere verte a solas primero. —Indicó con un gesto que tenía permiso para salir cuando quisiera.

Álmira se incorporó algo apesadumbrado, golpeando la mochila de los demás con torpeza al dirigirse hacia la puerta. Caminó lentamente por los pasillos, concentrándose en lucir poco nervioso. Al llegar, tocó la puerta del despacho de la directora y un robot lo atendió amablemente.

—Hola, Álmira. Por favor, toma asiento —invitó la mujer—. No me sorprendería que luego de lo ocurrido alguien se interesase en patentar a Labo para su venta.

En la mirada perspicaz de la directora había deleite al mencionar a Labo. Tal vez quisiera que su secundaria compitiera en la Feria de Ciencias con Labo a la cabeza, pero eso iba contra las reglas porque había sido creado únicamente por él, sin la más mínima intervención del resto del decatlón. Pensándolo bien, no era ni un poco justo.

Mientras tanto, el robot de oficina se encargaba de servirles humeantes tazas de té.

Álmira sonrió.

—¿Qué es lo gracioso? —preguntó la mujer bebiendo un sorbo.

—Es que nunca escuché a un adulto llamarlo por su nombre —confesó—. Era otro el invento que tenía pensado para la Feria de Ciencias.

—Lo sé. Meredit me contó al respecto. —Álmira intuyó que había adivinado sus pensamientos, porque inmediatamente aclaró—: Tal vez creas que no sería justo hacer participar a Labo porque has hecho tú solo todo el trabajo, pero te aseguro que luego de ganar la competencia, porque estoy segura de que así será, tu nombre llegará a los grandes comerciantes. Piensa en quienes componen el jurado de la Feria de Ciencias. —Bebió otro sorbo, sonriéndole cortésmente. Álmira, si bien se mostró complacido, no acabó convencido; así que la mujer prosiguió—: También podríamos permitirnos hacer una excepción con tu otro proyecto —dijo, guiñándole un ojo.

Esta vez Álmira sí sonrió. Eso le había agradado un poco más.


Al regresar a casa por la tarde, Álmira encontró a su padre en una actitud sospechosa.

—Papá, ¿qué haces aquí?

—Se ha cancelado el vuelo de las cinco, así que decidí volver hasta que lo reprogramen, y faltan dos horas para eso. —Intentaba introducir una inmensa caja dentro del guardarropa que estaba debajo de las escaleras de la sala.

—¿Qué hay en esa caja? —Mediría cuatro metros de alto y uno de ancho. Y si los cálculos no le fallaban, Álmira creía saber exactamente qué era. Su expresión inmediata fue de total perplejidad—. ¡Un megatrón!

—¡No le vayas a decir a tu hermano! —suplicó—. Sé que lo de la motocicleta fue un simple consuelo por no haberle dado un megatrón para Navidad, así que esta vez espero que no tenga excusas para meterse en problemas —dijo, ocultando la llave del armario en su bolsillo.

Álmira estaba impresionado. No hubiera creído ese desenlace ni en un millón de años. Esta vez su padre había tenido una consideración de oro. Aunque en el fondo creía que, más bien, tenía que ver con su incapacidad para sostener en el tiempo el rol de «padre reprendedor».

—Se pondrá muy contento, papá.

—Lo único que te pido, Ál, es que tengas listo al nuevo robot doméstico para antes de su cumpleaños. Te encargo esa tarea porque hasta ahora lo has hecho mucho mejor que cualquier programador profesional.

Álmira sonrió.

—Me complace que me lo encargues a mí, papá —confesó. Peltry se volvió hacia él y apoyó una mano sobre su hombro.

—Todos en el aerocircuito me felicitaron por ti esta mañana —dijo orgulloso—. De no haber sido por Labo…

—Papá —dijo Álmira adelantándose—, despreocúpate. Nunca dejaré que nada malo le pase a Denuvio, lo prometo.

Peltry sonrió de lado y le revolvió el cabello con la mano.

Luego de tres semanas del incidente, los ánimos de Denuvio habían aumentado gradualmente, el tiempo se había encargado de erosionar el disgusto. Comenzó a llevarse increíblemente bien con Labo, sobre todo ahora que era famoso. No había quien no lo detuviera en el vecindario o en la ciudad para preguntarle acerca de él. Casi podía asegurar que comenzaba a sentir por Labo lo que sentiría cualquier niño por su mascota favorita.

Ese día llegó a casa cansado, como de costumbre. Hacía una semana que había abandonado el autobús y cuando sus amigos le preguntaron qué bicho le había picado ahora, él simplemente respondió que disfrutaba más del paisaje caminando a casa.

—¡Feliz cumpleaños! —gritaron su padre y Álmira ni bien atravesó la puerta.

Se abalanzaron sobre él, lo abrazaron y le revolvieron el cabello rubio hasta alborotárselo.

Antes de que pudiera pestañear, Álmira le entregó una caja azul envuelta con un listón blanco. Denuvio la miró suspicaz.

—Tranquilo, no es otro robot rastreador —bromeó ante el gesto de escepticismo de su hermano.

—De todas maneras, nadie podría jamás reemplazar a Labo —aseguró Denuvio con añoranza.

Rasgó el papel envoltorio y, al abrir la caja, se encontró con un anotador portátil.

—Se enciende así —explicó Álmira, presionando dos botones al mismo tiempo—. ¿Ves? Esto hará que evites olvidar tus tareas y sonará al ritmo de una pegadiza melodía cuando te estés salteando una.

Denuvio sonrió forzadamente. Se preguntaba si su padre se lo habría sugerido.

—¿Tú lo hiciste?

—No —dijo riendo—. Ya tuve demasiado con la cápsula de fertilización, la motocicleta, Labo y Tomb. ¡No soy Superman! —bromeó—. Lo compré.

Denuvio bufó, extrañamente desilusionado.

—¿También este va a llamarse Tomb?

—Todos nuestros robots domésticos fueron masculinos y se llamaron Tomb —dijo Álmira.

—¡Sí, pero ya me cansé de ese nombre apestoso!

—¿Y qué sugieres?

—Qué tal… —elevó la mirada recurriendo a su memoria—. ¡Sinforoso!

Álmira arrugó las cejas.

—Horrible, ¿de dónde lo sacaste?

—De la clase de Historia. La profesora mencionó algunos nombres griegos y entre ellos estaba Sinforoso, que significa «el que está lleno de desdichas». Y como el robot doméstico debe encargarse de los quehaceres de la casa, es como si estuviese lleno de desdichas.

—Qué elocuente, pero ya lo olvidé. Elige un nombre corto y memorable.

—Luego, ahora me toca ver el regalo de papá —dijo, brincando del entusiasmo.

Peltry se encorvó a su altura, posando una mano sobre su hombro.

—Mi regalo lo tendrás este sábado en tu fiesta de cumpleaños —aseguró, y le guiñó un ojo.

El tiempo se detuvo para Denuvio, quien tardó un poco en reaccionar.

—¿Tendré fiesta? —gritó—. Es decir, ¿puedo invitar a mis amigos?

—Claro. Como todos los años.

Denuvio se puso a brincar de la emoción. Le dio un caluroso abrazo a su padre, sintiendo que el poco rencor que había guardado hacia él se esfumaba en su totalidad con la noticia. Todo volvía a la normalidad.


Se pusieron a trabajar en los preparativos a partir de la tarde del viernes, y descubrieron que no había sido mucho lo que tuvieron que hacer gracias a la inmensa ayuda de Sinforoso, que había hecho prácticamente todo el trabajo duro. Peltry felicitó a Álmira por haber hecho, una vez más, un excelente trabajo configurando al robot doméstico.

Llegado el sábado, la casa se convirtió en un verdadero parque de diversiones para Denuvio y sus cincuenta invitados, y un caos para Peltry y Álmira. Aunque lo venían llevando bastante bien a pesar de estar a cada rato levantando niños malheridos del suelo.

Las mesas habían sido acomodadas en el jardín. Eran largas y estaban cubiertas de deliciosos manjares que los niños no podían dejar de probar. Agarraban manojos de bocadillos y se los llevaban a escondidas para continuar comiendo mientras corrían.

—Bajen la velocidad, pequeños. Podrían lastimarse —advirtió un vecino, un tanto alterado por el alboroto.

Denuvio había pasado cerca de él junto a un grupo de niños y, a lo lejos, volando a toda velocidad, se acercaba Labo, que fue a estrellarse contra la cabeza del sujeto, dejándole una marca roja en la frente. Luego de eso, el robot esférico siguió su camino hacia Denuvio.

Peltry le pidió a Álmira que les echara un ojo a los chicos, quienes parecían estar escondiendo algo en el jardín. Álmira se quedó un rato observándolos, pero descubrió que solo jugaban al «lleva y trae». Se volteó hacia la reja al escuchar que llamaban por su hermano y vio a Selene en la entrada del jardín. Iba en compañía de su hermana mayor, Judit, lo cual puso a Álmira a la defensiva.

—¡Vaya, estás hecha una princesa! —le dijo Álmira a Selene, quien vestía un impecable atuendo blanco.

Le dio algo de pena que fuera junto a su hermano y los demás porque los muchachos estaban sucios y sudados, pero a ella pareció no importarle y corrió hacia el grupo llevando su regalo. Denuvio creyó que si la abrazaba la ensuciaría con lodo, así que se abstuvo de hacerlo. Niquél no tardó en darle un codazo y burlarse de él. Denuvio le dio un puñetazo en el brazo y se volvió hacia Selene.

—Feliz cumpleaños —le dijo ella sonriendo.

Denuvio se quitó el sudor de la cara y tomó su regalo.

—Lo más importante para mí es que hayas venido —confesó y, a pesar de todo, se dieron un abrazo.

Debieron quedarse un buen rato así, porque Niquél y Luandro empezaron a mofarse.

Álmira se había quedado de pie en la entrada creyendo que Judit se despediría, sin embargo la oyó decir:

—Luego de lo que pasó, mamá está paranoica, así que me pidió que me quedara con ella. —Rodó los ojos con expresión desinteresada—. Tal vez deba comprar un Labo —insinuó, y ambos rieron.

Álmira la invitó a pasar.

—En realidad, nunca pensé en negociar con él —confesó mientras cerraba las rejas y caminaban uno al lado del otro hacia donde estaba el gentío—, solo quería proteger a mi hermano.

—Ningún autor de verdad piensa en negociar sus creaciones, esas son cosas que se van dando cuando alguien más les pone interés. Deberías aprovecharlo —dijo—. ¿Cuándo se te ocurrió?

—Hace dos años.

—Wow —exclamó Judit—. Llevaba tiempo en tu cabeza, eso explica la perfección del resultado.

Era la primera vez que hablaban sin un proyecto escolar de por medio, y debía admitir que le sorprendía que Judit lo halagara. Hasta llegaba a asustarle pensar que ella pudiera ser como cualquier otra adolescente; siempre la había visto tan fría, formal e inteligente.

Se preguntaba si ella pensaba lo mismo de él.

—¿Qué tal te ha caído lo que dijo la profesora acerca de nuestros proyectos al inicio del año? A mí, fatal. Todavía no puedo olvidarlo —declaró, desviando su mirada azul—. Es decir, nuestros robots son mil veces mejores que lo que ella puede hacer, eso ya lo vimos todos cuando presentó a ese robot taladro, tan orgullosa. ¡Tremenda porquería! —Hasta ahora le había parecido extraña y hasta incómoda su extenuante amabilidad, pero con ese comentario ya podía estar seguro de que se trataba de Judit.

—Sí, recuerdo que debimos humedecer el suelo para que acabara el trabajo —dijo, más tranquilo.

Se miraron y estallaron en risas estruendosas, que fueron haciéndose leves a medida que el chiste perdía su gracia.

—Qué extraño —exclamó Álmira—. Creía que te llevabas bien con ella. Eres su favorita.

—Ni lo creas —exclamó, rodando los ojos. Sí, definitivamente, esa chica era Judit—. ¿Qué te ha parecido a ti mi invento? —preguntó con duda.

—¿Eso importa?

—Te considero mi igual. ¡Claro que me importa!

Álmira meditó antes de responder.

—Según mi padre, es muy bueno —dijo.

—¿Se lo contaste? —preguntó algo alarmada.

—Por supuesto. —Cogió dos de los pastelillos que Sinforoso estaba repartiendo en una bandeja y le entregó uno a Judit.

—¿Quieres mostrarme los planos del tuyo?

—No —dijo, sonando demasiado tajante para que Judit insistiera—. Los arrojé a la basura.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Te enfadaste? —Álmira asintió—. Pero he oído que la directora te dijo que hará una excepción, no debiste botarlos.

—Estoy rediseñándolos.

Judit insistió en verlos de todas formas, así que Álmira no tuvo más remedio que llevarla al sótano, algo apenado por las miradas injuriosas de los invitados. Le advirtió que tuviera cuidado al bajar las escaleras porque la luz era muy tenue.

Era la primera vez que alguien ajeno a la familia se adentraba en su mundo, así que era de esperarse que sus sentimientos fueran de recelo.

—¿Qué es eso? —Judit señaló un artefacto sobre una mesada.

—Ese es el experimento que iba a ser y no fue —rio él, buscando los planos en un archivo de la computadora mientras Judit inspeccionaba al robot.

—Es como un...

—Es una cápsula de fertilización botánica —interrumpió, imprimiendo el papel de los nuevos planos—. Introduces las semillas y una vez que se activan las células, las plantas alcanzan tamaños increíbles en tan solo horas —dijo y, antes de que Judit pudiera alegar algo, aclaró—: Claro que los europeos se me adelantaron.

—Eso iba a decir —rio.

—Estuve un buen tiempo para digerir la noticia. Para colmo, la de ellos tiene una potencia mil veces mayor —dijo, acercándose a ella con los planos físicos a medio hacer—. Nunca hubiera obtenido el primer premio, de todas formas.

Le entregó el papel. Judit le echó un vistazo.

—Eso ya no importa. Labo te ha dado muy buena fama —dijo, y se concentró en interpretar los trazos. Finalmente, declaró—: No termino de entender una cosa: ¿cómo harás para que esta máquina navegue a la misma velocidad que una airbest, siendo tan grande y pesada? Confieso que cuando oí lo de los motores, creí que estabas loco.

Álmira siseó.

—Mi idea es que se parezca a los buceadores marcianos.

Judit pestañeó repetidas veces. Álmira estaba hablando de maquinarias con funciones completamente diferentes.

—Nuestros océanos no son como los océanos marcianos, Álmira. La densidad es mucho menor allá. —Rodó los ojos—. Lamento desilusionarte si pensabas que podrías crear esta bestia en un año, en eso apoyo a la profesora. ¿Por qué no mejor te enfocas en esto cuando acabes la escuela? La universidad te ayudaría a limar desperfectos. Era robótica la carrera que querías, ¿no?

—Así es.

Judit desvió la mirada, contemplativa.

—He llegado a oír lo que te planteó la directora. Por mi parte, te diría que no aceptes; tú creaste a Labo por tu cuenta y mereces todo el crédito. La escuela no tuvo nada que ver en eso —aclaró—. ¿Sabes?, admito que cuando me enteré, me pareció sumamente indigno que te propusiera algo así. Yo la denunciaría.

Si bien la visión de Judit era algo extremista, no negaría que sus pensamientos se inclinaron, en un principio, hacia la misma dirección. Tal vez tuviera mucho más en común con ella de lo que creía.


Faltaba media hora para cortar el pastel, así que Peltry decidió darle a su hijo el tan ansiado regalo. Con ayuda de Sinforoso, extrajo la enorme caja del cobertizo de debajo de las escaleras y la transportó hacia el jardín. Denuvio fue el primero en quedar atónito ante el tamaño de su regalo. Se echó a correr hacia él a toda velocidad.

—¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué es? —preguntó con impaciencia.

—Velo por ti mismo —le dijo Peltry apartándose.

Denuvio abrió la caja con desesperación mientras deseaba internamente que fuera lo que tanto había pedido. Entre la ronda de niños que lo habían rodeado, estaban Niquél y Luandro gritando a los cuatro vientos que creían que se trataba de un megatrón, lo cual generaba las mil y una revoluciones en él.

Los invitados comenzaron a sacar los móviles para filmar el gran momento. Finalmente, Denuvio separó las gualetas de la caja, dejando entrever un par de macizos pectorales metálicos laqueados con pintura negra de poliuretano, que se extendía desde la cabeza del robot hasta sus pies. Se trataba de un espectacular megatrón de cuatro metros de altura, al cual Denuvio le llegaba apenas a la cintura. Era grande y robusto y, al encenderlo, sus ojos oscuros se volvieron rojos. Emitió un sonido grave, como el de un motor que encendían por primera vez después de mucho tiempo.

Denuvio abrazó a su padre durante un largo rato.

—¡Juguemos a las luchas! —gritó Luandro sin poder contener la emoción.

A diferencia de los demás robots, los megatrones eran programados en fábrica, ya que su misión era la misma en cualquier sitio: combatir a otros megatrones.

Luandro y Niquél prepararon a Fill y a Peyton, sus megatrones, para librar una batalla turnada con el nuevo integrante del grupo, quien caminó hacia ellos con Denuvio a su lado, haciendo temblar el suelo a cada paso.

—¿Y cómo vas a llamarlo? —preguntó Niquél, atento a la reluciente pintura negra y al típico sello en la sien de todos los megatrones: Industria marciana.

—Déjame pensar… —Se detuvo y, al hacerlo, también su robot—. ¿Hook? Es lo único que se me ocurre ahora, aunque tal vez piense en algo mejor luego.

—Está bien por ahora —dijo Luandro—. Bueno, ¿listos para empezar? Primero que peleen los dos más entrenados, es decir Fill y Peyton. Y el ganador luchará contra Hook.

—Aguarden un momento —intervino Peltry—. Faltan veinte minutos para las seis, hay que cortar el pastel.

Denuvio miró a todos los invitados, sobre todo a los mayores, que esperaban pacientes en las mesas a que cortaran el pastel. Cayó en la cuenta de lo egoísta que había sido y fue corriendo hacia ellos. Aun así, quería que toda esa ceremonia tardara lo menos posible para poder jugar a las luchas con su megatrón.

—Once años ya, todo un hombrecito —le dijo Lily, su tía materna, y le plantó un beso en la mejilla.

—Aguarden, ¿en dónde está Álmira? —preguntó Peltry buscándolo con la mirada.

Comenzaron a llamarlo entre todos. Mientras tanto, uno de los compañeros de clase de Denuvio se había dirigido hacia el baño cuando se topó con Sinforoso guardando dulces en las bolsas de regalo, cada una con un nombre en la solapa. Aprovechó que estaban solos en la sala.

—¡Ey! —le gritó y le dio una patada en su pie metálico—. ¡Ey! Pedazo de hojalata, dame uno de esos —ordenó.


Álmira y Judit escucharon que los llamaban.

—Será mejor que vayamos —dijo la muchacha dejando los planos sobre el escritorio.

Subieron las escaleras rápidamente, y quedaron helados al atravesar la sala y ver a Sinforoso sosteniendo a un niño del cuello. Las piernas del pequeño estaban suspendidas en el aire y él las agitaba con desesperación. Sinforoso estaba estrangulándolo con todas sus fuerzas.

Álmira corrió de prisa hacia el robot para desactivarlo.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Peltry, entrando en la casa junto con todos los invitados.

—¡Lo está ahorcando! —gritó Judit.

El rostro del niño enrojeció, sus ojos se desorbitaron. Todos comenzaron a gritar pidiendo auxilio mientras Álmira hacía lo imposible por desactivar al robot. Denuvio rompió en llanto cuando el rostro del niño se tornó morado. Peltry llamó desesperadamente a emergencias.

De repente, tras un movimiento ágil, Álmira logró hacer que Sinforoso liberara al niño. Este cayó al suelo inconsciente. Su cabeza chocó contra las baldosas, causando un grave impacto.

Denuvio y el resto de los niños se acercaron a socorrerlo, pero un adulto intervino y practicó en él primeros auxilios. Se arrodilló a su lado y presionó con las palmas sobre el pecho del niño… pero nada.

Continuó intentándolo.

—¡Está muerto! —gritó Niquél llorando, pero no fue sino hasta el cuarto intento que el niño comenzó a toser, recobrando la conciencia. Se contoneó en el suelo buscando desesperadamente inhalar oxígeno.

Álmira estuvo a punto de desmayarse hasta que vio al niño respirando. Podía oír las sirenas de la ambulancia acercándose. Miró al robot doméstico a los ojos. Por primera vez, su expresión impávida, su mirada ida y su sonrisa dulce le parecieron macabras.


Denuvio se removía en su asiento. Pensaba que una maldición había caído sobre su familia ese año. Mientras tanto, miraba cómo su padre iba de un lado al otro de la sala con una preocupación que no le permitía apaciguar los nervios.

Peltry se tomaba la cabeza con las manos y respiraba agitado. Conversaba por móvil con la madre del niño agredido esa misma tarde durante la fiesta de cumpleaños.

—Jamás creí que haría algo así. Entiéndeme, por favor —suplicó.

¡Casi mata a mi hijo! Voy a demandarte —la oyeron gritar. Álmira, que había estado escuchándolo todo sentado en la parte alta de las escaleras, sintió que todo sentido de la realidad se le iba de las manos al ver que su padre lo fulminaba con la mirada. Después de todo, había sido él el encargado de formatear al robot nuevo—. No vas a salir libre de esta —amenazó la mujer—. Te denunciaré con la policía —gritó, y colgó la llamada.

Pasaron los minutos y la tensión fue en aumento. Peltry miró a su hijo mayor con decepción.

—Álmira, ¿qué hiciste? —preguntó apesadumbrado.

Álmira abrió los ojos de par en par.

—¡Papá, yo no hice nada! —respondió ofendido por la acusación.

—¿Por qué acaba de suceder esto? ¡Algo hiciste mal! —Elevó el tono de voz hasta acabar gritando. Denuvio se había echado a llorar.

—¡Lo formateé como a cualquier otro robot! —insistió Álmira con los gemidos de su hermano taladrándole los oídos—. No recuerdo haber hecho nada mal.

Peltry negó con la cabeza.

—Entonces, explícame por qué sucedió lo de hoy —insistió, y se giró hacia el menor—. ¡Denuvio, para ya de llorar! —Y Denuvio gimió con más fuerza.

—¡No lo sé! —gritó Álmira furioso—. No entiendo qué pasó por el sistema operativo del robot. —Una gota de sudor rodó en su sien.

Peltry exhaló con agotamiento.

—Tal vez tu profesora tenga razón y no seas tan bueno, después de todo.

El tiempo pareció detenerse luego de que su padre soltara esa frase lapidaria. Denuvio cortó el llanto repentinamente, podía estar seguro de que ese comentario había hecho mella en su hermano.

Álmira se incorporó con rapidez y se dirigió a su cuarto. No salió de ahí por el resto de la noche.

Peltry continuó tomándose la cabeza con las manos, aún sin poder creer el acelerado torbellino de sucesos.

—Este, definitivamente, no es nuestro año —dijo mientras iba escaleras arriba para encerrarse, también él, en su recámara.