Capítulo 5

La rebelión


Los platos sucios comenzaron a amontonarse en el fregadero, ya que por órdenes de su padre tenían prohibido encender a Sinforoso, que fue guardado en su envoltorio original, listo para ser devuelto.

Había pasado un día desde el suceso y la falta de costumbre había hecho que Álmira y Denuvio cooperaran superficialmente con la limpieza del hogar.

Álmira había pasado lo que restó del sábado y el domingo encerrado en el sótano, como hacía siempre que tenía un problema. Intentó concentrarse en recrear los planos de su antiguo proyecto de ciencias, pero le fue imposible. En cambio, se abstrajo contemplando una y otra vez los pasos que había seguido al configurar a Sinforoso.

El lunes por la mañana tomó el autobús para evitar viajar con su padre, a pesar de saber que llegaría al instituto quince minutos tarde. Sin embargo, al llegar, notó que algo extraño sucedía, porque todos los estudiantes del colegio estaban fuera de sus respectivas aulas.

—Álmira —lo llamó Juno, sentada en una esquina del hall junto al resto de los miembros del decatlón. Su voz se perdía en el bullicio.

—¿Qué está pasando? —preguntó Álmira uniéndoseles.

—Es terrible —prosiguió Maron—. Se trata de la profesora Meredit… —Álmira aguardó, comenzando a asustarse—. Ha muerto.

La noticia logró petrificarlo.

—¿Cómo? —Le costó varios segundos articular la pregunta, aún no salía del trance.

—Fue anoche —explicó Maron—. Su propio robot doméstico la apuñaló mientras dormía.

Álmira le echó un vistazo a Judit, quien parecía más afectada que los otros; sus ojos azules estaban enrojecidos de tanto llorar.

—¿Te sientes bien? —le preguntó Juno, notando que Álmira palidecía gradualmente—. El rector nos citó a todos en el estadio de básquetbol a las ocho treinta. Dijo que tiene un comunicado muy importante que darnos.

Álmira se dejó caer en el suelo junto a los demás. Tanto él como Judit guardaron silencio hasta que se hizo la hora y debieron ir al estadio. Caminó aturdido por los pasillos angostos y conglomerados. Fue guiado por Juno y Maron, quienes estaban menos afectados por el hecho y más lúcidos.

El rector salió de la parte trasera de los telones y caminó hacia el centro del estadio con un micrófono en la mano.

—Buen día a todos. —El saludo que recibió de regreso fue débil—. Hoy es un día muy triste para nosotros porque hemos perdido a alguien muy importante de nuestro equipo, alguien a quien queríamos demasiado y quien dejó diez años de su vida en esta institución. Lamentaremos por siempre su partida. Enviamos nuestro más sentido pésame a su familia. Meredit era un ejemplo a seguir de bondad y determinación —notificó.

»Aunque no es el único caso, ha habido más muertes a causa de robots en los días precedentes: tres casos en Europa y dos en Norteamérica —prosiguió. Hubo un tumulto en las tribunas por parte de los estudiantes, quienes no estaban al tanto de esa información.

»Nadie entiende cómo sucedió, pero están investigándolo. Los robots, de repente, han enloquecido. Les recomiendo a todos que tomen las medidas pertinentes, aquellas que dictaminará el cónsul terrícola esta tarde en un decreto a nivel mundial —dijo, e hizo una pausa. Ante la euforia del alumnado, el rector pidió silencio—. Por ahora, lo que puedo adelantarles es que no deben usar a sus robots por nada del mundo. Manténganlos apagados, ¡y no vayan a encenderlos! —insistió—. Tendrán el resto del día libre. Vayan con sus familias y, por favor, tengan cuidado.

El viaje de regreso a casa le pareció tétrico a Álmira. En Internet no solo abundaban los portales acerca de las muertes ya mencionadas, sino que también se especulaba sobre dos muertes nuevas a manos de robots.

Álmira hacía lo imposible por evitar que cundiera el pánico; después de todo, luego de lo ocurrido en la fiesta de cumpleaños de su hermano, Sinforoso había quedado en desuso, y podía estar seguro de que Hook estaba apagado desde la noche anterior.

Un mensaje llegó a su móvil luego de que bajara en la parada de autobús más cercana a su casa:

Denuvio me pidió que fuera por él debido al comunicado mundial que dará el cónsul. Llamé a tu escuela y me dijeron que tampoco tendrán clases, ¿quieres que vaya por ti?

Se apresuró a responder:

Ya estoy en casa, papá.

Al entrar, se deshizo de la mochila y bajó a toda prisa hacia el sótano. Sinforoso estaba donde lo había dejado dos días atrás: en su envoltorio. Comenzó a pensar en que cualquiera de las personas fallecidas podría haber sido uno de sus seres queridos o, inclusive, el niño al cual el robot doméstico había estrangulado en el cumpleaños de Denuvio.

Las notificaciones en su móvil aumentaban. Surgían más noticias sobre casos de robots homicidas alrededor del mundo. No descartaba que algunas fueran falsas; sin embargo, ya se hablaba en Internet de una epidemia global. Los expertos creían que un desconocido virus cibernético de inmediata propagación ingresaba directamente en el microprocesador de los robots y les impedía reconocer a sus propios amos, recreando en sus programas una alerta de amenaza a la cual debían afrontar.

No supo cuánto tiempo se abstrajo leyendo el testimonio de los allegados a las víctimas, pero salió de su trance ni bien oyó el automóvil de su padre entrando a la cochera. Su hermano ingresó en la casa corriendo y gritando su nombre.

—¡Ál! —llamó—. Ál, ¿en dónde estás?

—Aquí abajo —respondió, y subió las escaleras del sótano hacia la sala.

—El cónsul dará un comunicado mundial esta tarde, a las cinco —dijo Denuvio todo apresurado.

—Lo sé, salí de la escuela por el mismo motivo.

—¡Los robots se volvieron locos! —Arrojó la mochila al suelo y se sentó en el sofá.

Álmira tomó asiento con calma a su lado y encendió el televisor. Todos hablaban de lo mismo:

¿Es correcto hablar de una epidemia?

No es aconsejable tomar cartas en el asunto hasta no oír lo que tenga que decir el cónsul.

Lo único que podemos advertirles es que bajo ningún punto de vista enciendan a sus robots.

El canal internacional ya especulaba acerca de una invasión robótica, no solo por la gran cantidad de nuevos homicidios que habían salido a la luz en las últimas horas sino por los métodos utilizados por los robots para cometer los delitos, que iban desde puñaladas y estrangulaciones hasta las formas más maquiavélicas y retorcidas.

Al caer la tarde, el revuelo fue tal que el cónsul decidió atender a los medios mucho antes de la hora acordada.

Masas de personas rodearon la sede terrícola de la RAU (Residencia Aristocrática Universal), habitada por la familia gubernamental de cada planeta. En este caso, por la familia Skit.

El cónsul, William Skit, se detuvo frente a la comunidad y miró a la población que se amontonaba hasta más allá de la línea del horizonte. Preparó los micrófonos, listo para dar el comunicado en el idioma universal.

—Desde el viernes 17 de mayo, estamos siendo testigos de un genocidio causado por nuestros propios robots. —Guardó silencio al percibir el espasmo que estas palabras ocasionaban en los presentes—. Nuestros mejores ingenieros están trabajando en ello y también nuestros aliados, los marcianos, nos han prestado sus servicios como herramienta de auxilio —exhaló con disgusto.

»Tras días de intenso trabajo, hemos obtenido una respuesta… —Álmira se removió en su asiento, el mundo entero se detuvo. Las cámaras filmaron al cónsul pestañeando con pesadez—. No encontraron ningún virus en ninguno de los especímenes supuestamente infectados. —La multitud se exasperó y un abucheo se expandió. Comenzaron a insultarlo abiertamente—. El ingeniero Missuri les explicará mejor. —Abandonó el podio para darle paso a un hombre de edad mediana con rasgos asiáticos.

—Buenas tardes —saludó Missuri, e hizo una pausa breve—. Primero que nada, déjenme explicarles que, hasta ahora, nadie sabe en dónde se aloja el virus. El virus existe, de eso podemos estar seguros. Hicimos la autopsia de un robot doméstico acusado de asesinar a una familia entera y descubrimos que todas las partes de su software se mantenían intactas. El problema surgió cuando conectamos el robot a una computadora… —dijo y, ante la expresión perpleja de todos, concluyó—: Destruyó la máquina. Es un virus capaz de atacar más allá de los robots. Cualquier dispositivo electrónico corre peligro: televisores, computadoras, teléfonos celulares y hasta electrodomésticos. —La gente enfureció; sin embargo, y por órdenes gubernamentales, Missuri debió continuar con el discurso.

»Por nada del mundo vayan a encender un robot, y mucho menos conectarlo a una computadora o quemará todos sus archivos, y sufrirá un apagón irreparable. Es altamente destructivo. —Dejó el podio al cónsul ante los gritos desesperados de la población.

—Pido calma —suplicó William Skit—. No entendemos el mecanismo del virus, solo sabemos que, al ser infectados, los robots se vuelven contra sus propios amos; es una conducta inexplicable.

»Lo único que nos queda es un reclutamiento total de robots. Se ha pactado una fecha precisa para que cada municipio organice una inspección, en la cual serán reclutados todos los robots de cada ciudad. Estimamos que el plazo en el cual debe cumplirse este mandato no puede ser extensivo, así que tendrán tiempo hasta las doce de la noche del día de hoy para determinar en qué día y a qué hora comenzará el reclutamiento. Es imprescindible que absolutamente todos los robots sean entregados a las autoridades. No puede quedar ni uno solo en ningún hogar —ordenó, y de esa manera, el cónsul dio por finalizado el comunicado.

Denuvio se volteó a ver a su hermano y a su padre. Estaban ambos de brazos cruzados, absolutamente perplejos.

—Va a ser mejor que vayamos sacando a los tres —dijo Álmira y Peltry asintió, incorporándose.

—Hagámoslo —dijo Peltry.

Denuvio brincó del sofá.

—Esperen, ¿qué significa a los tres? —preguntó temeroso.

Álmira y Peltry se miraron por el rabillo del ojo.

—Dev... Labo debe irse también.

—¡No! —gritó el pequeño, y corrió escaleras arriba. Entró a su habitación y dio un portazo. Peltry amagó con subir, pero Álmira le pidió que le dejara a él hacerlo.

Tocó a la puerta, pero nada. La abrió con timidez luego de oír un furioso adelante.

—Escucha, Dev...

—¡No quiero! —gritó, abrazando a la esfera—. Él salvó mi vida, ¡no puedo hacerle esto! ¡No me desharé de él!

Álmira entrecerró los ojos y suspiró, pensando una solución.

—No hagas las cosas más difíciles, Dev —rogó—. Puedo crearte otro igual luego de que todo esto pase.

—¡No! —gritó empecinado—. Él fue quién me salvó, ¡no otro! Además, es imposible que Labo mate a nadie: no tiene brazos ni piernas. Es completamente inofensivo. —Se encogió de hombros—. ¿Cómo lo haría…? ¿Golpeándote en la cabeza hasta morir? —rio, la sola idea era ridícula.

—Dev, vas a tener que entregarlo —pidió Álmira—. Ya oíste al cónsul.

—¡Está exagerando!

Peltry entró en la habitación sin poder evitar sentirse culpable al ver los gigantescos ojos azules de Denuvio llenos de lágrimas; estaba a punto de quebrarse.

—Permíteme hablar con él —pidió. Álmira salió del cuarto. Peltry se sentó a los pies de la cama—. Escucha, Dev, es una orden mundial. ¿Y si alguien del Estado entra en la casa a revisar que no haya ningún robot y se encuentra con Labo? ¿Qué haríamos entonces? —Le limpió las lágrimas con el pulgar.

—Papá, Labo es un héroe, salió en las noticias. Sería incapaz de matar a alguien por más virus que lo infecte. Déjame conservarlo, por favor.

Peltry se rascó la sien, pensativo. Verlo así le generaba ternura, porque no se trataba de un capricho.

—Bueno. —Le dio unas palmaditas en el hombro, resignado—. Puedes quedártelo. —Denuvio estuvo a punto de estallar de alegría—. Pero debemos ocultarlo muy bien. Estoy seguro de que van a revisar hasta el lugar más recóndito de la casa para cerciorarse de que todo esté en orden.

Se dieron un abrazo. Al salir del cuarto, se encontró con Álmira cruzado de brazos y con expresión inquisitiva, pero no obstante, divertida.

—Te llora un poco y allá vas tú —rio, negando con la cabeza—. Eres el padre más permisivo del mundo.

—A estas alturas no estoy seguro de cuál de nosotros tres infringe más las reglas —sonrió de lado, pero su expresión cambió a una más seria al recordar el incidente ocurrido con Sinforoso, y dijo con gran pesar—: Ál, fui muy duro contigo el otro día y…

—Ya, papá —lo interrumpió Álmira—. Descuida, sé que no piensas eso de mí.

Peltry lo miró con afecto y le dio un fuerte abrazo.


Tal como había advertido el cónsul, a medianoche se divulgó el día y el horario en que sucedería el reclutamiento en cada distrito. La armada usaría el miércoles 22 de mayo para recorrer cada hogar, construcción u oficina donde pudieran hallarse robots. La inspección tendría lugar entre las siete de la mañana y las ocho de la noche, siendo indispensable un toque de queda que durara todo el día.

Aburridos, Álmira y Denuvio aguardaron la mañana del día 22 en la sala, viendo televisión. Llegado el mediodía, Peltry les aconsejó que buscaran algo con qué distraerse, ¿y qué mejor que asear la casa ahora que prescindían de los servicios de Sinforoso? Pasaron las horas limpiando sus cuartos, lustrando los adornos y podando el césped del jardín.

Habían olvidado que, de vez en cuando, realizar esa clase de tareas causaba relajación. Continuaron así hasta las seis de la tarde, y la milicia aún no llegaba. Álmira, extrañado, les preguntó a sus amigos al respecto y todos respondieron que a ellos ya les habían hecho la inspección.

Se hicieron las siete y recién entonces tocaron a la puerta. Ingresaron en la casa dos hombres y una mujer que se presentaron como Ian, Patrick y Debra, soldados de infantería. Llevaban ropas oscuras con la insignia del ejército terrícola en el pecho. Además, contaban con cascos y antiparras, por lo que era imposible saber sus verdaderas identidades. Álmira no dejaba de preguntarse cuán desamparados estarían ahora los soldados sin los robots de las Fuerzas Armadas.

—Estos son todos los robots que tenemos —dijo Peltry señalando a Sinforoso y a Hook, que habían sido acomodados contra la pared de la sala.

Intentaron no demostrar sus nervios cuando la soldado exclamó:

—Manténganse aquí mientras revisamos la casa. —Luego, se dividieron. Ella subió las escaleras hacia el segundo piso mientras Ian, el más bajo de los dos hombres, inspeccionaba la planta baja, y Patrick, el jardín.

Denuvio se impacientó al ver a través de los cristales del ventanal a ese sujeto merodeando por la zona del parque donde habían enterrado a Labo. Miró por el rabillo del ojo a su hermano, quien le indicó con una mirada que se mantuviera callado. Si llegaban a descubrir que les habían ocultado un robot, tendrían serios problemas.

—Todo en orden aquí arriba —declaró Debra bajando las escaleras.

Los tres se miraron con júbilo cuando Patrick ingresó en la casa manifestando lo mismo; sin embargo, se exaltaron al oír gritar a Ian desde el sótano:

—Oigan, ¿qué es esto?

Álmira fue el primero en bajar, después de todo, el sótano era casi un simulacro de su laboratorio personal. Estuvo a punto de entrar en pánico; sin embargo, sus niveles de ansiedad descendieron al ver al soldado con su fallido proyecto de ciencias, con expresión de total incomprensión.

—Eso es una cápsula de fertilización —respondió, ya más calmado. Ian lo miró confundido, así que Álmira se vio en la obligación de explicarle—: Significa que puede irradiar la energía molecular suficiente para acelerar el crecimiento de una planta en tan solo días.

El soldado guardó silencio.

—Y… ¿es un robot o no? —Esa pregunta, sumada a la desorientación en sus ojos detrás de las antiparras, logró que Álmira contuviera una carcajada.

—No técnicamente hablando.

—Ya, niño listo… —soltó Patrick, el grandulón del grupo—. Órdenes son órdenes y no pienso arriesgarme —dijo, y le arrebató la cápsula al otro soldado para llevarla junto con los demás robots. Finalmente, salieron de la casa.

Denuvio pataleó de la alegría luego de que su plan funcionara a la perfección.

—Te dije que lo lograríamos —festejó.

—Ya… Hace un rato estabas muerto de miedo —recordó Álmira con ironía.

Denuvio comenzó a darle patadas que apenas le hicieron cosquillas, e inmediatamente salió corriendo hacia el parque para desenterrar a Labo.


A medianoche les fue revelado a todos los ciudadanos del mundo que los robots reclutados eran tantos como personas en el planeta Tierra. La encarcelación de los robots duraría lo que se tardara en hallar y eliminar al virus. Una vez que se solucionara el problema, los robots serían devueltos a sus amos, sanos y salvos.

En el día a día, la situación pareció serenarse. Sin embargo, el recuerdo de los fallecidos continuó muy presente en las redes sociales.

Por otra parte, la situación trajo aparejada una serie de consecuencias hasta ahora mencionadas únicamente por los economistas: las personas desacostumbradas a atender las tareas del hogar gracias a los robots domésticos se vieron en la difícil situación de enfrentar un trabajo que hacía siglos la raza humana había dejado de practicar. Hubo un auge de empleos que hasta ahora habían sido ocupados únicamente por robots, y en todos los establecimientos: escuadrones de policía, restaurantes, comercios, hospitales, industrias y un sinfín de etcéteras.

No obstante, ya habían pasado dos semanas desde el hecho y aún no conseguían respuestas. La población entera comenzaba a desesperar, nunca una situación así se había extendido tanto en el tiempo. Tan así era que el panorama pintaba desolador, y si bien el cónsul emitía un dictamen luego de cada día trabajado en el caso, no lograban comprender nada acerca del virus.

Era viernes por la tarde y el frío de junio le había traído aparejadas unas intensas ganas de ponerse a trabajar en el proyecto que había dejado de lado luego de que se desencadenara la serie de acontecimientos recientes. Así que Álmira, como acostumbraba luego de regresar de la escuela, estaba en el sótano intentando desentrañar el nudo de ideas que tenía en la cabeza, pero le estaba costando más de lo normal y eso lo frustraba.

Un nuevo profesor de ciencias, egresado de la Universidad de Otaho en la plataforma argentina bonaerense, se había mudado recientemente a Tierra del Fuego, y fue contactado por la directora de la secundaria Standford para suplantar a la profesora Meredit. Esperaba tener más suerte con él, pero para eso debía trabajar más duro en la verosimilitud de su presentación.

Había guardado una copia de los planos en el ordenador, la cual modificaba cada vez que una idea más clara se le venía a la mente. Sentía satisfacción de ver que la máquina iba tomando forma, pero justo en medio de la inspiración, y sin haber guardado los cambios recientes, la computadora sufrió un apagón.

Álmira se sintió al borde de un colapso nervioso. Quedó tieso mirando la pantalla ennegrecida.

—¡No! —gritó incorporándose de la silla, y se abalanzó sobre la computadora con los ojos desorbitados—. Joder, ¡no puede ser! —Golpeó la superficie del escritorio con rabia.

—¡Ál! —llamó Denuvio desde la sala.

—¿Qué quieres? —respondió molesto.

—Mi videojuego se descompuso, se fue la señal de Internet.

—No puedo arreglarlo ahora, estoy con otra cosa. Ponte a ver televisión.

—Tampoco enciende —gimió.

Álmira subió las escaleras y se dirigió hacia la terminal de energía eléctrica de la manzana, pensando que un cortocircuito podía haber afectado a la cuadra entera, porque oyó a sus vecinos quejarse por lo mismo. Sin embargo, no encontró nada fuera de lo normal y la luz dentro de las casas funcionaba como siempre, así que no entendía el súbito apagón de su computadora o del televisor.

Tuvo un mal presentimiento.


Peltry acababa de pilotear un vuelo hacia Massachussets y en menos de una hora tendría otro de regreso a Ushuaia, pero tendría tiempo de sobra para un breve descanso intermedio.

Merodear por el aerocircuito le hizo comprender lo mucho que se habían malacostumbrado los humanos a los robots. Sin ellos, era como retroceder siglos de avance tecnológico. La gente, molesta, se quejaba de tener que lidiar con sus propias maletas. Pasó cuarenta divertidos minutos viendo a las personas comportarse como una jauría.

Al llegar el momento, subió a la airbest media hora antes que los pasajeros, aquejado por una fuerte y extraña sensación de malestar que lo invadió de forma imprevista. Su copiloto lo contempló por varios segundos.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Peltry sacudió la cabeza, saliendo del trance. Simplemente lo miró y asintió esbozando una sonrisa, aunque esa extraña sensación era cada vez más latente.

Ya con el resto de los pasajeros y copilotos a bordo, encendieron los motores de la aeronave. Tuvieron un rodaje normal de despegue que aplacó brevemente esa extraña sensación de peligro. Al gravitar contrarios a la fuerza magnética repelente que ejercía el suelo del aerocircuito, lograron elevarse a la altura suficiente para dar inicio al vuelo.

Durante las primeras horas de vuelo, Peltry se obsesionó con mirar a cada segundo la dirección, buscando la falla que su instinto le anunciaba que había, pero las conexiones radiales con el aerocircuito eran normales. La brújula mostraba que el rumbo era el sugerido por la estación en tierra y la posición de la aeronave respecto a la línea del horizonte era la adecuada. Pensó que, tal vez, el error estuviera solo en su mente.

Volaron tres horas con el radiante sol en lo alto, traspasando las nubes con sus rayos anaranjados. La estación en tierra leyó inmediatamente las indicaciones de la aeronave, la cual ya había entrado en el radio aéreo de la plataforma terrafoguense y estaba a pocos metros de la zona de aterrizaje.

Se sintió feliz de saber que el vuelo estaba llegando a su fin y que ese presentimiento no había sido más que obra de su imaginación, pero captó inmediatamente un ciclo anormal en las revoluciones por minuto a las que funcionaban los motores. Sus ojos se encontraron con los ojos aterrorizados de su copiloto; cruzó por su mente que, tal vez, la zona que atravesaban tendría una banda radial tan grande que estaría estropeando el correcto funcionamiento de la nave.

Los ordenadores en el aerocircuito sufrieron un apagón. Los cientos de empleados brincaron de sus asientos con expresión de espanto.

—¿Qué está pasando? —preguntaron exaltados.

Todos, en estado de shock, veían cómo perdían los rastros de las airbest en pleno vuelo. El pánico cundió entre los presentes mientras las naves, en lo más alto del cielo, iban perdiendo fuerza en los motores hasta quedar totalmente desprovistas de impulso, y descendían a tierra a toda velocidad.

Los gritos ensordecedores de los pasajeros se hacían tenues a medida que Peltry perdía contacto con la realidad. Su corazón latía hasta el punto de parecer que explotaría. Pidió tranquilidad a su equipo en medio de un ápice de conciencia, a medida que caían a más de dos mil kilómetros por hora. Al ser el más experimentado de los pilotos, recaía sobre él toda la responsabilidad.

Con un nudo en el estómago, dejó que la adrenalina tomara el control de su cuerpo. Sin poder en los motores y sin contacto con la base de comando, solo quedaba maniobrar la airbest de forma tal que descendiera lo menos violentamente posible sobre las aguas del mar argentino.

Con la dirección de Peltry, las alas comenzaron a ganar impulso hacia el frente. Entonces, Peltry se armó de valor para bajar la trompa de la nave y así mantener el rumbo inicial para concebir un aterrizaje estable.

La vida de tres mil personas, incluyéndose, dependía de su capacidad como piloto. Fue un instante en que cada segundo contaba. Las olas del mar ondeaban a un lado de la plataforma. Los edificios, diminutos desde esa altura, iban creciendo en tamaño a medida que descendían. Sería por iluminación divina si llegaban a sobrevolar la cima de los rascacielos hasta aterrizar en el agua.

Se entregó a Dios. Rezó en todo momento, y aún más cuando la parte baja de la airbest rozó levemente la malla del cerco eléctrico. Al aterrizar, lo hizo con la cabina primero para evitar que el golpe del agua causara la explosión de los motores e hiriera gravemente a los pasajeros.

Lo último que vio fueron las olas golpeando con fuerza la cabina, e inmediatamente después perdió el conocimiento.


Sintió al despertar un fuerte dolor en la cabeza, seguido de calambres en las piernas y la espalda.

—¿Wilstron? —lo llamó una voz lejana que iba haciéndose más audible a medida que retomaba el conocimiento—. ¿Peltry Wilstron? —insistió.

—Sí —respondió Peltry demasiado débil.

—¿Puede oírme con claridad? —El sujeto tenía un timbre de voz firme y altivo.

Peltry debió esforzarse para despegar los párpados y enfocar la vista. Estaba recostado, con un drenaje inyectado en su brazo izquierdo, en lo que parecía ser la habitación de un hospital. Delante, tenía a un hombre de color que vestía uniforme policial.

—Soy el oficial Victor Paltrow —se presentó. Debido al estado de Peltry, no le mostraría la credencial, dudaba que estuviera en condiciones de levantar la cabeza—. Lamento mucho lo que ha sucedido. Todas las naves en vuelo del mundo entero sufrieron un descenso abrupto a la misma hora que la suya. Usted fue uno de los sobrevivientes.

—¿En dónde están mis compañeros? —preguntó conmocionado, recuperando la memoria.

—Algunos están aquí mismo, en el Hospital de Burlington —aclaró el oficial—. Toda la tripulación de su vuelo sobrevivió gracias a usted. Algunos sufrieron lesiones mayores, no obstante, ninguna de gravedad.

—¿Qué hora es? ¿Cuándo podré irme a casa? Mis hijos se encuentran solos.

—Eso se lo explicará mejor el médico designado, pero tengo entendido que algunos de sus compañeros que estaban en igual estado obtuvieron el alta esta misma tarde —informó—. Como dije anteriormente, quería agradecerle por su coraje durante el vuelo, tres mil personas sobrevivieron gracias a usted. Esperamos que se recupere cuanto antes —dijo, y salió de la habitación hacia el pasillo del hospital.

Luego de mantener una conversación con los médicos asignados a los supervivientes del insólito aterrizaje, Peltry fue liberado en buenas condiciones a las pocas horas de su internación.

Al regresar a casa al anochecer, Álmira y Denuvio se abalanzaron hacia la puerta para ayudarle a entrar.

—¡Cielo santo, papá! —exclamó Denuvio, quien hasta entonces había sido testigo de más de una docena de airbest piloteando el cielo de Ushuaia sin motores, con dirección al mar.

Peltry, que apenas podía caminar correctamente, agradeció a los asistentes hospitalarios por haberlo trasladado de vuelta a casa. Una vez a solas con sus hijos, pidió a estos que lo ayudaran a subir hasta el cuarto para recostarse.

—No sé qué ocurrió, pero según cuentan, todas las aeronaves en vuelo han sufrido el mismo desperfecto al mismo tiempo.

—Lo sabemos —dijo Álmira—. El señor Ciro nos contó que uno de sus parientes falleció hoy, cuando una airbest cayó sobre el edificio donde vivía. Asesinó a, por lo menos, cinco mil personas, contando los pasajeros —explicó, haciendo mención de la breve plática que habían tenido con su vecino esa misma mañana—. Se ha roto el circuito automovilístico también —agregó.

—Lo sé —suspiró Peltry—. Han debido utilizar un viejo automóvil con motor a propulsión para traerme hasta aquí. Por alguna razón, las calles y rutas no están generando el magnetismo suficiente para hacer gravitar a los automóviles. —Sus hijos lo miraban hambrientos de respuestas que él no podía darles. Una lágrima rodó su mejilla.

»No sé qué está ocurriendo. Solo recuerdo que estábamos a poca distancia de un aterrizaje común y corriente, cuando los motores dejaron de funcionar —sollozó—. Tuvimos suerte. Según los médicos, la guardia naviera identificó apenas unas cuantas aeronaves; se cree que el resto cayó a mitad del Atlántico… —Sus palabras fueron consumidas por una bola de nervios en su garganta.

Álmira tomó asiento a un lado de la cama y lo abrazó, desecho tras saber que podría haberlo perdido ese mismo día.

—El cónsul dará un comunicado esta tarde en Estados Unidos, según comentan los vecinos, aunque puede que sea mentira. No entiendo cómo pudieron enterarse —dijo Álmira apartándose un poco—. Papá, nada funciona. Mi móvil ha muerto, como el resto de las cosas. ¿Qué está pasando? —Los ojos de Álmira se llenaron de lágrimas y no había nada que Peltry pudiera decirle para sosegarlo.

Fue en medio de ese doloroso silencio que la luz en toda la casa sucumbió. Álmira apretó la quijada, controlando una ira profunda que emergía de su interior.

—¿Y ahora esto? —dijo palideciendo.

Sacó la cabeza por la ventana, y fue imitado por Denuvio. Ambos vieron que el barrio entero había sufrido un apagón.

—¿Qué diablos está ocurriendo? —gruñó Álmira.

—Dev, hazme un favor —pidió Peltry, gimiendo por el dolor que aún lo aquejaba—. En el bajo mesada de la cocina encontrarás una caja llena de herramientas. Está en el lado izquierdo, al fondo. Ahí dejé mi vieja linterna, creo que aún funciona. Tráemela, por favor.

Denuvio, que lejos estaba de ser un niño temeroso, acató inmediatamente la orden y bajó a toda velocidad las escaleras. Ubicó la linterna sin mayor esfuerzo a pesar de encontrarse a oscuras, y se apresuró a cruzar el umbral de la cocina hacia la sala. Sin embargo, un sonido extraño llamó su atención lo suficiente como para obligarlo a detenerse. Al no disponer de ningún artefacto electrónico que pudiera causar ruido, el silencio dentro y fuera de la casa era intenso.

Encendió la linterna e iluminó en todas direcciones, oyendo únicamente sus propios pasos sobre el suelo de madera.

—¿Ál, eres tú? —preguntó en medio de la oscuridad, pero nadie respondió. Luego de mantenerse callado por un tiempo, volvió a escuchar una serie de pasos en derredor de la puerta que daba al sótano. Esta vez comenzó a caminar con mayor lentitud, asustado—. ¿Quién anda ahí? —gritó, temblando de miedo.

Con la luz de la linterna logró divisar la escalofriante sonrisa de Sinforoso, y a un lado de este se encontraban Tomb y Hook. Los tres robots estaban de pie, a tan solo metros de él. Lo miraron con la mayor y más macabra expresión de complacencia.

Denuvio se había quedado inmóvil, procesando mil pensamientos a la vez. El terror que sentía llegó a su punto máximo al ver que los robots sostenían armas de fuego. Dejó caer la linterna luego de que Hook apuntara hacia él con una ametralladora.

De ahí en más, todo sucedió demasiado rápido. Se ocultó detrás de la pared del corredor mientras Hook lanzaba en su dirección cuarenta disparos seguidos a quemarropa. Un ataque de pánico se apoderó de todo su cuerpo, impulsándolo a subir las escaleras con frenesí.

El ruido de los disparos alertó a Peltry y a Álmira. Denuvio se abalanzó sobre la puerta del cuarto y la cerró tras entrar, pero eso no frenaría a Hook. Con sus pasos de gigante, el megatrón se aproximaba a la habitación.

—¡Son los robots, papá! ¡Los robots! —gritó Denuvio desesperado.

—¡Agáchense! —ordenó Peltry, e inmediatamente después Hook abrió fuego. La puerta de la recámara fue baleada hasta las cenizas. Los chicos se echaron al suelo, cubriéndose los oídos. En medio del descontrol, Peltry tomó un arma de colección que hasta ahora había guardado en una caja dentro del armario, fuera del alcance de sus hijos, y la utilizó para hacerle frente al robot. Aunque poco podía hacer, logró balearlo hasta desorientarlo y con ello ganó tiempo para escapar—. ¡Vamos! ¡Vamos! —gritó, y los niños salieron por la ventana. Cruzaron el tejado tomados del canal del techo.

—¡Aguarden! ¡Labo!

—¡Denuvio, no! —suplicó Álmira, pero su hermano trepó el canal hasta introducirse por la ventana de su cuarto. Sujetó al robot esférico y lo expulsó por la ventana. Luego, saltaron desde el segundo piso hasta el jardín.

Corrieron hacia el jardín de los vecinos y se ocultaron en los arbustos. Podía oírse que también dentro de la casa de los Nazcan se libraba un sangriento tiroteo.

—¿Están todos bien? —preguntó Peltry, mirando sobre todo a su hijo menor. Asintieron, sin embargo poco les duró el escondite.

Álmira señaló al frente.

—¡Oh, no! —Tomb, Sinforoso y Hook se acercaban apuntando las armas en su dirección—. ¡Corran!

Huyeron en carrera hacia el frente de la casa. La acera estaba atestada de gente que intentaba escapar de sus propios robots. La oscuridad era su enemiga ante tantos robots que luchaban por quitarles la vida.

Álmira tropezó con una mujer en medio del tumulto de personas. Ella lanzó un grito desgarrador al ser ensartada por un robot con un artefacto punzante. Denuvio gritó al sentir la sangre salpicándole.

Su padre los tomó a ambos de un brazo y corrieron a oscuras, sin horizonte. La multitud los oprimía y sofocaba. Con la defunción del circuito automovilístico, solo podían utilizar sus piernas para salvarse, pero ya comenzaban a cansarse de correr sin un destino. Hasta que un megatrón salido de en medio del gentío logró tomarlos por sorpresa.

—¡Papá! —gritó Álmira al sentir que su padre era jalado por detrás. Intentó retenerlo, pero el robot era tan fuerte que disolvió el agarre en segundos. Los desgarradores gritos de Peltry en plena oscuridad hicieron que Álmira perdiera ahí mismo la conciencia.