Capítulo 6

La base


Estaba amaneciendo y Álmira no paraba de sudar. Hacía un calor infernal que apenas le permitía pensar. Denuvio, sentado en cuclillas en el fondo del establo y con Labo en su regazo, lo miraba con una mezcla de tristeza e incertidumbre. También sudaba, podía sentir que la ropa se le pegaba al cuerpo.

Álmira volvió su atención al motor a hidrólisis de un automóvil que hasta ahora le había planteado un verdadero desafío. Estaban completamente a oscuras, y cada tanto tocaba la superficie filosa de algunos conductos que le cortaban la piel, pero se negaba a darse por vencido.

No tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde que comenzó la tarea, ni mucho menos desde que entraron en ese establo; tal vez tres horas, tal vez muchas más. Había perdido la noción de los días y las horas, y no había manera de tener información acerca de nada, ya que todo instrumento tecnológico había perecido ante el virus. Y así, desamparados y en medio de la nada, Álmira intentaba refaccionar ese automóvil para llegar adonde fuere que hubiere personas con vida.

El capó se desprendió de repente y salió disparado a toda velocidad hacia la pared del fondo, a escasos centímetros del rostro de su hermano. Denuvio se quedó con la boca semiabierta, en estado de trance.

—Lo siento —susurró Álmira, casi inaudible.

Comenzaron con una risilla nerviosa que acabó en fuertes carcajadas. Se le hubiera desfigurado la cara a Denuvio si hubiera estado sentado un peldaño más a la derecha, y eso sí hubiera sido una emergencia, pero que se riera libraba a Álmira de toda culpa.

Cuando el chiste perdió la gracia, las risas se apagaron y Álmira volvió a concentrase, pero ni el correr de los minutos hacía de la tarea algo más llevadero. Se estaba volviendo más difícil de lo que había pensado, y si bien estaba acostumbrado a armar y desarmar robots diariamente, la mecánica de ese viejo automóvil le estaba agotando la paciencia. Denuvio lo miraba escéptico. No quería desanimarlo, pero a medida que el tiempo pasaba su pesimismo aumentaba.

—Déjalo, ya encontraremos otra manera.

Álmira arrugó el entrecejo. Dudaba que pudieran salir con vida de ahí sin la ayuda de un automóvil. No le hizo caso, continuó intentándolo mientras su mente vagaba en recuerdos lejanos de un pasado mejor. La imagen de su padre iba y venía en su cabeza, causándole revuelos de emociones. Se distrajo de inmediato e intentó no pensar ni por un segundo en él. No podía permitírselo o se quebraría, y debía ser fuerte, por Denuvio.

—Tengo sueño —dijo el menor, trayendo a su hermano de regreso al presente.

—Entonces duerme —respondió Álmira irónico.

Denuvio agachó la mirada, dubitativo.

—No puedo —confesó temeroso. Miraba fijamente hacia la entrada del establo—. No lo haré.

No quería mentirle asegurándole que pronto saldrían ilesos de ahí. No obstante, si de algo estaba seguro Álmira era de que los robots tendrían que matarlo a él primero antes de intentarlo con su hermano.

—Hazlo —instó. Lo miró con una profunda condescendencia—. Duerme. Te protegeré. Lo juro.

Denuvio fracasó al intentar sonreír. La crudeza de la situación acabó robándole del rostro la expresión de felicidad y nomás pudo esbozar una dudosa mueca de alivio. Se acomodó en posición fetal sobre los fardos de paja apilados en el fondo del establo. Se durmió al instante.

Álmira volvió su atención al motor, esta vez con determinación, no se detendría hasta que encendiera. No quería pasar un segundo más en ese lugar, hacía más de cinco días que ninguno de los dos dormía para no arriesgarse a un ataque sorpresa en plena oscuridad, dado que había ocurrido lo que todos los científicos hasta ese entonces creyeron imposible: la atmósfera artificial, por primera vez desde su creación, había dejado de funcionar, al igual que el resto de los aparatos electrónicos. Nunca un virus tecnológico había azotado a tal grado un planeta entero, y a pesar de guardar un ápice de esperanza en su corazón, Álmira daba por seguro que estaba viviendo en carne propia el apocalipsis.

El sol apenas llegaba a iluminar la atmósfera con un leve manto anaranjado que duraba unos pocos minutos; lo que restaba del día no era más que oscuridad. En ese mismo instante, Álmira se estaba dejando guiar por sus conocimientos previos sobre mecánica y recordando en qué lugar iba cada cosa, ya que apenas podía ver en dónde apoyaba las manos.

El sueño comenzaba a tumbarlo, no podía mantenerse en pie. Sin embargo, sabía muy bien que lo que menos podía hacer ahora era echarse a dormir, los robots podían atacar en cualquier momento.

Álmira era conocedor de los sistemas de rastreo incorporados en sus microordenadores, lo que les permitía a los robots ubicar a sus dueños donde sea y cuando fuere. Una herramienta que una vez les resultó maravillosamente útil ahora era la perdición de todo ser humano. Por ello, permanecer más de un día en un mismo lugar era impensable si querían sobrevivir.

Era demasiado, su cuerpo estaba dando espasmos a causa del cansancio, tenía que dormir. Se incorporó con la intención de sacudir la cabeza para desperezarse, pero lo atacó una sensación de vértigo que lo ensordeció. Cayó rendido al suelo.

Despertó con el corazón en la garganta, preguntándose cuándo fue que se había quedado dormido. Corrió velozmente hacia el automóvil y continuó trabajando hasta que el sonido del motor en marcha fue lo suficientemente fuerte como para despertar a Denuvio. El menor se incorporó con dificultad y caminó zigzagueando hacia él. Abstraído, se detuvo en medio del establo, escuchando con asombro.

—¡Pudiste! —expresó con ardiente júbilo.

—Te dije que iba a sacarte de aquí, ¿o no? —sonrió—. Ahora nomás hay que conseguir suficiente agua para cargar el tanque.

El automóvil a hidrólisis había sido un modelo revolucionario dos siglos atrás. Su motor se abastecía únicamente de agua, lo cual no requería de grandes esfuerzos financieros, y eso causó furor allá por el 2800. Álmira creía haber reparado un coche de colección, porque fue pura suerte encontrarlo ahí. Como la propagación del virus acabó por derrumbar el circuito magnético automovilístico, no quedaba otra salida que conducir viejos coches que no requirieran de energía magnética para movilizarse.

—¿Qué tal allá? —preguntó Denuvio mientras señalaba fuera del establo. Había un gran caserón a lo lejos, en lo alto de una colina.

Álmira pensó con detenimiento.

—Tal vez tengamos suerte y haya más que agua potable.

Denuvio se emocionó.

—¡Comida! —gritó—. Yo iré. —Salió corriendo.

—¡Espera! —advirtió Álmira.

—No te preocupes, yo lo hago. Intenta reparar a Labo.

Eso sería imposible. Si el virus se hallaba en el almacenamiento de datos, lo más lógico sería extirparle la memoria. Podría hacerlo manualmente, pero eso no implicaba que Labo volviera a funcionar. Nada podía hacer al respecto sin las herramientas tecnológicas necesarias.

Denuvio atravesó un largo descampado y para cuando llegó al porche, ya respiraba tan agitado que debió detenerse para mojarse los labios resecos. Subió los escalones del porche hasta la puerta principal de la casa.

Aunque veía poco, sabía que la sala de estar era un desastre. Había muebles volcados y varios de los muros que alguna vez sostuvieron el segundo piso habían sido reducidos a escombros. Los ventanales habían estallado, seguramente a causa de tiroteos; sus cristales yacían esparcidos por el suelo y crujían con cada paso.

Luego de explorar la cocina pudo dar fe de que los dueños habían huido con vida, llevándoselo todo con ellos. La alacena estaba completamente vacía, no quedaron ni migajas.

Sintió intensas ganas de llorar cuando abrió el grifo y ni una mísera gota cayó por la rejilla, pero no se dio por vencido. Corrió hacia el baño. Abrió la canilla del lavabo y la tina, pero nada. Se le ocurrió quitarle la tapa al tanque del retrete y, para su sorpresa, había una gran cantidad de agua almacenada ahí. Sus vellos se erizaron de la emoción.

Bebió con desesperación. Bebió hasta que su estómago quedó hinchado. Su cerebro le pidió que se detuviera o no quedaría nada para Álmira.

Corrió hacia la cocina en busca de un barril vacío o algún recipiente similar y tuvo la bendita suerte de hallar tres bidones. Volvió al baño a toda prisa. El agua alcanzó para cargar solo dos. Esperaba que con eso fuera suficiente para que el automóvil anduviera un par de kilómetros.

Continuó explorando la casa. Subió las escaleras, atravesó un largo y desolado pasillo que lo condujo a una recámara con sanitario propio. Corrió hacia el retrete y repitió la hazaña. Alcanzó a llenar el último bidón, y hasta sobró gran cantidad de agua que Denuvio no estaba dispuesto a abandonar, así que continuó buscando recipientes vacíos en las habitaciones.

Ingresó en una que, en comparación con el resto de la casa, estaba intacta. No debió esforzarse demasiado, ni cinco segundos le tomó ubicar una botella vacía en un rincón. Corrió hacia ella, la sujetó y salió corriendo, pero cayó al suelo al tropezar con algo punzante. Se volteó a ver antes de incorporarse y, si bien la oscuridad nublaba el panorama, descifró perfectamente de lo que se trataba.

No cayó en la cuenta de si estuvo un segundo, un minuto o una hora en trance. Su cerebro tardó en procesar que lo había hecho caer un pie humano. El cuerpo de Denuvio convulsionó por el impacto al ver los cadáveres de una familia completa debajo de la cama. Quedó estático. Comenzó a arrastrarse por inercia hacia la puerta. Sentía que le faltaba el aire. Intentó ponerse de pie, pero más de una vez fue vencido por las náuseas. Utilizó sus brazos para alejarse todo lo posible… y gritó. Preso del espanto, gritó hasta que se le acabó el oxígeno en los pulmones.

Álmira no tardó en escucharlo, dejó todo lo que estaba haciendo con el automóvil y corrió hacia la casa. Subió las escaleras llamándolo por su nombre. Encontró a Denuvio llorando en el umbral de una habitación en la planta alta. Lo abrazó con fuerza.

―Están muertos ―tartamudeó Denuvio, y seguidamente rompió en llanto, desahogándose sobre el pecho de su hermano.

―Tranquilo. ―Inhaló y exhaló tantas veces como Álmira le pidió. Eso logró apaciguarlo―. ¿Estás mejor?

El niño asintió, aún temblando.

―Ahí está el agua ―hipó. Con la cabeza señaló los bidones—. Hay más en el retrete del sanitario.

—Con esto es suficiente —aseguró Álmira—. Gracias.

Le acarició afectuosamente el cabello.

Álmira se incorporó y caminó hacia la habitación, pero Denuvio le advirtió gritando que no lo hiciera. Álmira se volteó.

―Tú tranquilo ―le dijo, y retomó el andar.

Ingresó con cautela, Denuvio esperó sentado en el suelo del pasillo. Álmira recogió los bidones del suelo y, al hacerlo, pudo ver con claridad la escena que había dejado aterrado a su hermano. Tenía enfrente las caras demacradas de cinco cadáveres, un matrimonio y tres niños.

Se esforzó demasiado en pasar por alto esa aberración y concentrarse en su objetivo. Fue aproximándose cada vez más a uno de los cadáveres. Se agachó y estiró la mano derecha.

—Ál, ¡¿qué demonios estás haciendo?! —gimió Denuvio.

—¡Silencio! —ordenó.

Contó los segundos que le tomó agarrar el arma que descansaba en la mano del sujeto. Cerró los ojos, arrebatándosela con prisa.

Bajaron las escaleras rápidamente, con desesperación por salir de ahí. Pero Denuvio, que había captado movimiento fuera de la casa, advirtió rápidamente a Álmira y ambos se pegaron de espaldas a la pared de la sala, inmovilizados. El sonido de escombros siendo removidos en el jardín les advertía que alguien merodeaba en las afueras.

Cruzaron miradas e inmediatamente los invadió una sensación de peligro, sabían que se trataba de un robot.

Aguardaron en silencio un buen tiempo. Álmira inspeccionó silenciosamente el arma: tenía tres balas, las cuales debía utilizar inteligentemente. Por otro lado, las manos sudorosas de Denuvio hicieron que perdiera el control de los bidones hasta que no logró retenerlos. Cayeron al suelo provocando un ruido que alarmó al robot.

El robot pateó la puerta hasta desplomarla y abrió fuego. Álmira y Denuvio se echaron al suelo, ocultándose bajo los escombros. Cuando se detuvo, permanecieron callados mientras el package-bot inspeccionaba la casa. El mecanismo de rastreo incorporado en su microprocesador le indicaba que había dos humanos con vida en ese lugar, y su misión era exterminarlos.

Denuvio, con lágrimas en los ojos, miró de soslayo a Álmira, quien le advirtió que se mantuviera en silencio. El robot caminó escaleras arriba hasta perderse de vista por unos minutos; fue entonces el momento oportuno para correr fuera a toda velocidad.

—¡Ahora! —susurró Álmira. Salieron hacia el porche y se ocultaron debajo de las escaleras que daban al parque.

Denuvio había pensado que sería mejor idea correr a todo lo que les diera el cuerpo hasta llegar al automóvil, pero creyó que Álmira sabía lo que hacía. Además, no hubieran tenido mucho tiempo para escapar hasta que el radar le indicara al robot que los humanos habían salido de la casa. Hubieran sido blanco seguro.

El robot se asomó al porche segundos después que ellos, lo que reafirmó el plan de Álmira. Comenzó a descender por las escaleras hacia el jardín y, aprovechando la oportunidad, Álmira apuntó con el rifle directamente a la zona baja de su dorso, donde se hallaba la batería. Disparó sin advertencia, dejando a Denuvio boquiabierto. El robot se desplomó.

Denuvio recogió los bidones con rapidez, dado que sabía de antemano que un simple disparo no sería suficiente para destruir a un robot. Seguramente recobraría la conciencia en pocos segundos, así que no perdieron tiempo para atravesar el descampado hasta llegar al establo.

Álmira llenó el tanque del automóvil con el agua de dos bidones, y al tercero lo dejó para provisión. Encendió el motor, pero una vez listos para arrancar, y con Denuvio sosteniendo a Labo en brazos, Álmira quedó petrificado.

—¿Qué pasa? —preguntó Denuvio al ver que se estaba tardando demasiado—. ¿Temes que nos siga? —dijo, haciendo alusión al robot.

—No. —Echó un vistazo a la radio que portaba el automóvil. Denuvio se impacientó—. Me temo que tendremos que recoger al robot.

—¡¿Qué?! —gritó Denuvio horrorizado—. ¡¿Por qué?!

—Escucha, la radio de este automóvil podría captar la ubicación de personas con vida si la combináramos con el microprocesador del robot. —Denuvio, espantado, negaba con la cabeza—. Es eso o conducir sin sentido hasta que se acabe el agua. Estoy consciente del peligro que correríamos, Dev, pero si logro captar alguna onda radial que nos comunique, estaríamos salvados.

Denuvio no respondió, abrazó a Labo con mayor fuerza. Tenía miedo de que el robot fuera a revivir y los matara, pero no se le ocurría una mejor idea para salir de ahí, ni creía poder convencer a Álmira de lo contrario.

—Bueno —desistió, entregándose a la intuición que le decía que no se salvarían si primero no se arriesgaban.

Álmira, que había nacido en una época donde los automóviles eran prácticamente autónomos y el conductor solo debía indicar a dónde quería dirigirse para ser trasladado por el circuito automovilístico, se sintió mareado al ver un volante.

—Sabes cómo es esto, ¿no es así?

Álmira titubeó.

—No realmente, pero tú tranquilo. He visto un video en Internet una vez. —Sonrió de lado.

—Eso no me tranquiliza.

Con el motor encendido, movió la palanca de cambios y pisó el acelerador. El auto salió disparado abruptamente hacia la derecha y agarró un bache que hizo brincar a Denuvio, quien se golpeó la cabeza contra el techo.

—¡Nos vamos a matar! Déjame a mí intentarlo —exigió.

—¿Estás loco? Solo tienes once años, y recién cumplidos —recordó Álmira—. Puedo hacerlo, en serio. —Volvió a pisar el acelerador y esta vez intentó mantener el coche en dirección estable hacia adelante, y lo logró en su mayor medida.

Álmira cargó al robot en el asiento trasero. Denuvio se pasó el viaje entero volteándose cada cinco segundos para cerciorarse de que el robot continuara inconsciente.

Siguieron la carretera hacia el este, atravesando un páramo desértico hasta llegar a una ciudad abandonada.

—¿Lo harás? —preguntó Denuvio, indicando con la mirada a la radioemisora.

—Primero busquemos comida. Tal vez tengamos suerte.

A Denuvio no se le ocurrió protestar, tenía hambre de hacía días y el tanque del arma aún guardaba dos balas por si acaso.

Recorrieron más de cinco tiendas sin hallar nada. Creyeron que en el último mercado de la ciudad no encontrarían mucho más que en los comercios anteriores; sin embargo, en el depósito había dos cajas ocultas de mercadería, rodeadas por un grupo de ratas que se amontonaban sobre la leche y el refresco derramados.

Denuvio corrió a través de los roedores, ahuyentándolos, y abrió con desesperación las cajas encintadas. Por poco llora al ver bolsas de frituras, botellas de refresco y galletas. Tenía tanta hambre que llegó a tragarse la comida junto con parte del envoltorio.

Trasladaron las cajas a la parte trasera del automóvil, y siguieron comiendo y bebiendo hasta saciarse. Cuando los niveles de azúcar en sangre comenzaron a hacer efecto, Álmira extirpó la radio y bajó del coche.

Tendió al robot boca abajo en el suelo. Le despedazó la nuca con sus propias manos hasta hallar la caja metálica que buscaba y la separó bruscamente del resto del cuerpo. Mientras tanto, desarmaba la radio.

Verlo tan concentrado le causaba gracia a Denuvio, los ojos azules de su hermano iban y venían con tanta rapidez que era como si armara el artefacto en su mente primero.

—Una vez, estando en primaria, usé un sintonizador radial que creé con el microprocesador de un robot, y con él escuché las conversaciones de la directora con el rector —susurró Álmira. El recuerdo le hizo gracia.

Denuvio lo miraba escéptico desde el asiento del acompañante. Álmira ingresó en el automóvil y colocó la radio en su lugar. La encendió, presionó el altavoz y comenzó a sintonizar en busca de ondas radiales.

—¿Oyes algo?

—Nada por ahora.

Aguardaron en silencio hasta que Álmira dio un brinco que le dejó a Denuvio el corazón en la garganta.

—¡Creo que oigo a alguien!

Armada. Cambio, oyó decir a una voz femenina.

¿Sobrevivientes?, la señal era mala y la transmisión se entrecortaba.

Negativo. Retorno a base. Cambio, respondió un hombre.

—¡Hola… hola! ¿Alguien me escucha? —gritó Álmira.

Hola. Te escucho.

—¡Gracias a Dios! —gimió—. Mi nombre es Álmira y estoy con mi hermano, Denuvio.

¿En dónde están, Álmira?

Giró sobre sí mismo para buscar alguna referencia, pero la ciudad había sido destruida hasta sus restos y no podía reconocer nada.

Suspiró lamentándose.

—Lo siento, pero no estoy seguro. Somos de Ushuaia y hace una semana salimos de nuestra ciudad. Estamos desorientados —confesó. Se rascó la cabeza, confundido—. Conducimos un auto unos cincuenta kilómetros, creo…

¿Condujeron un auto…? ¿Cómo es eso posible? ¿Con qué medio estás comunicándote ahora?

—Con la radio del coche. ¿Creen que puedan rastrearnos?

¿Han atravesado algún puente en el camino?

—No.

Entonces continúan en la plataforma veintitrés. Ahora mismo estoy recibiendo las coordenadas, estamos yendo en su rescate. Álmira, necesito que tú y tu hermano se queden en donde están. Por favor, ocúltense. Van a tener que ser pacientes; no puedo asegurarte en cuánto tiempo estaremos allí, pero nos mantendremos en contacto.

—De acuerdo. Aquí esperaremos.

Cambio. Fuera.

—¡Entonces, ya vienen por nosotros! —gritó Denuvio entusiasmado.

—Dev, cuidado, guarda silencio. Me quedan solo dos balas en caso de que se acerque un robot.

—Lo siento —se lamentó el pequeño, cubriéndose la boca con las manos—. ¡¿Qué haces?! —preguntó de repente, al ver a Álmira extirpando la radio de su lugar—. No podrán rastrearnos.

—Podrán. No voy a desarmarla —aseguró Álmira—. Quiero conservarla. Sé que me será de utilidad más tarde…


Perdieron la cuenta de cuántos minutos pasaron. Ocultaron el automóvil en un callejón.

—¿No crees que se están tardando mucho? —preguntó Denuvio.

—Lo normal.

—¿Crees que haya robots en la ciudad?

—Sí.

Guardó silencio. Jugó con sus dedos mientras comía dulces.

—Soñé con mis amigos —confesó Denuvio melancólico—, cuando me dormí en el establo.

Álmira tardó en responder.

—¿Sabes?, yo también tuve un sueño… —dijo, mirando al frente—. Soñé con papá. —Callaron, cada uno envuelto en sus propias cavilaciones—. Cuéntame tu sueño —pidió Álmira velozmente para distraer su mente de los recuerdos de su padre, que lo atravesaban tan dolorosamente como puñaladas.

—Soñé con el día que fuimos con los chicos a La Bahía, ¿recuerdas?

Álmira rodó los ojos.

—¡Diablos, sí! —rio—. Nunca había visto a papá tan enojado.

—En el sueño transcurrió todo como lo recuerdo —continuó—: atravesamos el faro, Serggi nos transportó en la motocicleta hacia la base marina abandonada, y con los chicos aguardamos horas hasta el anochecer. —Su respiración se volvió lenta—. Pero tú y Labo nunca llegaron, y yo acabé ahogándome. —Aprovechó para acariciar a Labo, que descansaba en su regazo. Denuvio se volvió hacia su hermano—. Gracias por salvarme ese día. —Su voz se quebró, y estiró los brazos para entrelazarlos con los de Álmira.

—Se lo prometí a papá en tu cumpleaños —confesó mientras lo abrazaba.

—¿Qué cosa?

—Que jamás dejaría que nada malo te pase. No mientras yo esté con vida —acabó diciendo, e inmediatamente volvieron a sus posiciones habituales. Álmira se fijó en los jadeos de su hermano.

—Tengo mucho frío —dijo Denuvio con los dientes castañeando.

—Lo sé. También yo —tiritó—. Y lo más probable es que mañana vuelva a hacer calor. La atmósfera se ha acabado de chiflar por completo. —Denuvio soltó una risa estrepitosa—. No será tan gracioso cuando nos asemos vivos, o cuando nos congelemos. Lo que sea que pase primero.

Denuvio cortó la carcajada abruptamente. Una pequeña luz en la entrada del callejón fue expandiéndose hasta enceguecerlos.

No estaban seguros de que las fuerzas armadas anduvieran por ahí con luces que delataran su presencia. Y si se trataba de un robot, los había acorralado.

Al principio era una única luz, pero luego fueron dos, tres, cuatro, cinco, seis… Álmira llegó a contar diez luces que se aproximaban lentamente hacia el automóvil. Encendió el motor, pero no llegó a pisar el acelerador. Avistó un grupo de robots armados.

Debió echarse al suelo junto a Denuvio para salvarle la vida. Los disparos atravesaron el parabrisas hasta hacerlo estallar. Las balas agujerearon las ruedas y el automóvil cayó bruscamente.

Álmira le tomó la mano a Denuvio y no lo soltó sino hasta que los disparos cambiaron de dirección. Ninguno de los dos se atrevió a asomar la cabeza para ser testigo de un tiroteo a muerte en la embocadura del callejón.

Pronto, los disparos cesaron y una luz fluorescente alumbró el coche.

—Pueden salir —dijo una voz masculina de timbre grave—. Están a salvo.

Álmira asomó la cabeza: era un grupo de soldados que acababa de batirse a fuego contra los robots que habían intentando acercarse a ellos. Habían aparecido justo a tiempo, de lo contrario, ya estarían muertos.

Salieron lentamente del coche con las manos sostenidas en lo alto, como acto reflejo.

—¿Cómo se llaman? ¿Cuántos son? —preguntó una mujer.

—Dos: Álmira y Denuvio.

Gracias a la iluminación de sus propias linternas, Álmira llegó a contar cinco personas, todas ellas armadas.


Fueron transportados en completo silencio en un tanque de guerra. Álmira pasó la primera mitad del viaje intentando explicarles a los soldados que Labo no era un robot peligroso, y la otra mitad, durmió tanto como le fue permitido.

Arribaron al aerocircuito de su ciudad natal, el cual, en comparación con el resto de los edificios, estaba intacto. Los soldados les pidieron que bajasen cuanto antes porque debían cumplir una nueva expedición de rescate en otra cuidad.

Álmira interiorizó un sentimiento de rabia y desconcierto que apenas pudo disimular.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Denuvio.

—Nada —bufó—. Es solo que tardamos tantos días caminando sin rumbo para volver al mismo lugar.

Uno de los soldados fue lo suficientemente amable para conducirlos a lo que apodaban «la base», que no era más que el cuarto céntrico de todo el aerocircuito, donde una vez fueron monitorizados los vuelos mediante operadores.

Había siete personas dispersas dentro: una niña pequeña; dos mujeres de edad mediana, Nicasi y Oriana (que fueron las primeras en presentarse); y cuatro hombres cuyas edades, creía Álmira, rondaban entre los treinta y los cuarenta años.

—Soy Heber y él es Fabio —dijo el más viejo de ellos, acercándose a los recién llegados junto a su compañero.

—Yo soy Álmira y él es mi hermano, Denuvio.

Inmediatamente Nicasi y Oriana intervinieron.

—Ella es mi hija, Cinti —dijo Nicasi, presentando a la pequeña de ojos grises y cabellos rubios y rizados—. Y ellos son Habib y Lohan. —Señaló a dos sujetos que permanecían apartados. Álmira iba a saludarlos, sin embargo, tanto Habib como Lohan le dedicaron miradas amenazantes, marcando territorio.

Álmira, sin saber qué hacer, volvió su atención a la niña, quien le jalaba la ropa con desespero.

—¿Qué es eso que tiene él? —preguntaba una y otra vez, señalando a Labo en brazos de Denuvio—. ¡Es un robot! —gritó al caer en la cuenta y, atemorizada, se escondió tras las faldas de su madre.

—Tranquila, no te hará daño —se apresuró a decir Álmira—. Es inofensivo y, luego de ser atacado por el virus, solo sirve de estorbo. —Denuvio lo pulverizó con la mirada.

—¡Ál, cállate! No vuelvas a decir eso —regañó. Álmira se encogió de hombros.

—¿Y por qué lo traen si no sirve para nada? —preguntó Cinti.

—¿Y a ti qué te importa? —soltó Denuvio ofendido.

—Ya, no peleen —intervino Heber—. ¿Son oriundos de aquí? —Los muchachos asintieron.

El soldado que los había conducido hasta ahí intervino sin más:

—Veo que se han integrado con facilidad —apreció—. Heber, por favor encárgate de mostrarles a Álmira y a Denuvio el compartimiento con todos los alimentos. Debo volver con el resto, con suerte encontraremos más sobrevivientes. Por cierto, yo soy Ian.

Álmira lo miró de reojo. Creía haberlo visto antes.

—En tres semanas no creo que pueda hacerse mucho, Ian —comentó Heber suspicaz—. Anda, ve, o no nos alcanzará el tiempo.

—¿Tiempo para qué? —preguntó Álmira desconcertado. Mientras tanto, Ian regresaba hacia el tanque de guerra—. ¿Tiempo para qué? —insistió.

—Para largarnos de aquí, ¿para qué si no? —gruñó Lohan desde el fondo de la morada—. ¡Ian, aguarda, voy contigo! —dijo, y corrió detrás del soldado, cargándose un arma al brazo.

—No, Lohan. No te necesitamos —le dijo Ian antes de salir.

—¿Cuándo podré ir? —protestó.

—Nunca —afirmó Ian ante la mirada consternada del sujeto—. Has demostrado no tener la habilidad militar suficiente, y eso atrasaría la búsqueda —reprendió—. Quédate aquí y ayuda a Debra a planear las rutas si quieres, pero ya no puedes acompañarnos a las expediciones.

La expresión de odio de Lohan duró segundos y fue intimidante.

—Ya veo. Sin embargo, el imbécil de Nímedes sí puede ir —soltó—. ¿Por qué son tan tontos todos ustedes? —gritó, pero Ian se mantuvo imperturbable en su decisión. Caminó fuera del aerocircuito sin darle mayor importancia—. Ojalá los robots los carbonicen vivos —ansió Lohan en un intento de susurro que fue audible para todos.

—¡Lohan! —exclamó Heber apenado por su comportamiento—. Es por esa actitud que no te permiten ir.

—¡Tú cállate, anciano bueno para nada! —soltó, sentándose en el fondo junto a Habib, quien aún no había pronunciado palabra.

Heber no pareció desilusionarse ante la falta de tacto de Lohan, debía ser pan de todos los días. Y era ahora que Álmira comprendía por qué le había caído mal Lohan con tan solo cruzar las miradas al entrar en la base.

—Lo siento —dijo Heber, como si tuviera que disculparse por algo que ni siquiera había sido su culpa—. Habías preguntado acerca del tiempo —dijo, retomando el hilo de la conversación con Álmira—. Nos llegó información de Estados Unidos. Bueno, en realidad a Debra, ella es quien se encarga de esas cosas. La NASA está despegando naves espaciales con destino a Marte, están evacuando la Tierra.

El corazón de Álmira comenzó a latir con fuerza.

—¿Cuándo? —se apresuró a preguntar.

—Está sucediendo ahora mismo —respondió Fabio—. Las últimas naves espaciales despegarán el veintiséis de junio. Tenemos tiempo hasta esa fecha para llegar a la plataforma estadounidense de Maryland.

Los ojos de Álmira se desorbitaron.

—¡Eso es en tres semanas! —gritó.

—¡Así es! —intervino Lohan—. Y la imbécil de Debra quiere seguir rescatando personas hasta cuatro días antes de esa fecha. ¡No nos dará el tiempo! —rezongó.

—¿Y cómo se supone que vamos a llegar a la NASA en tan solo cuatro días? —inquirió Álmira, enfadado por lo absurdo de la idea.

—Según ella, tiene un «plan fantástico» que nos comunicará hoy cuando acabe de trazar rutas, o algo por el estilo —dijo Lohan con tono burlesco—. Aunque si seguimos tardando lo que hasta ahora, nunca vamos a salir de aquí.

La información que Álmira acababa de oír había ayudado a crear un torbellino de emociones y expectativas en su cabeza. No estaba seguro de qué plan fantástico tendría Debra, a quien por cierto conocería en breve, pero sí estaba seguro de querer salir de ahí.