Capítulo 7

Wagon-lit


Los soldados Ian, Patrick, Switch, Pascar y Nímedes regresaron de la expedición sin suerte. Habían recorrido a medias la ciudad de Tohulmin debido a los impenetrables barrancos, resultado del atentado robótico. Según Heber, el desenlace de la expedición había sido predecible por lo poco que tardaron.

No hubo un solo soldado que no ingresara en el aerocircuito apesadumbrado y con paso aplomado. Fue en ese momento que Álmira y Denuvio tuvieron la posibilidad de conocer a la tan nombrada Debra. Era la primera vez que bajaba a la base y se presentaba abiertamente ante los refugiados. Era una mujer con pocos años más que Álmira, de tez morena, cabello negro y lacio hasta las caderas y rostro redondo. Sus ojos eran de un color verde oliva.

Debra saludó con un movimiento de cabeza a los recién llegados menos a Ian, a quien besó en los labios. Ian era rubio, de ojos verdes, musculoso y alto. Era el tercer hombre más fornido del grupo de soldados, superado únicamente por Patrick y Pascar, dos hermanos gemelos de piel oscura que medían dos metros de altura.

Debra intercambió breves oraciones con Ian, Patrick y Pascar e inmediatamente se volvió hacia el resto.

—Escuchen todos —exigió Debra. Algunos, como Nicasi, Oriana y Heber, la miraron con atención. Otros, como Lohan y Habib, mostraron desinterés y escepticismo—. Se acerca el gran día y creo que ha llegado el momento de que oigan el plan que llevaremos a cabo para largarnos de aquí. El wagon-lit Fin del Mundo va directo al norte y solo tarda cuatro días —dijo, y ante el desconcierto de todos aclaró—: Sé lo que estarán pensado, pero el escuadrón lo ha visto trasladarse por su trayecto habitual.

—¿Cuántas veces y con qué frecuencia? —preguntó Álmira, llamando la atención.

—Los avistamientos fueron hace aproximadamente una semana —aclaró Pascar, intimidándolo con su voz.

—No funcionará —sentenció Álmira—. Nada por tierra lo hará, es el medio más poblado de robots. Ni tampoco estamos seguros de que el wagon-lit se dirija hacia el norte, son solo especulaciones. —Se encogió de hombros.

Debra se fijó especialmente en él. Lo analizó de arriba abajo, percibiéndolo como a un niño desdeñoso.

—Es lo único que tenemos hasta ahora, a no ser que se te haya ocurrido una mejor idea —preguntó con dureza. De repente, su expresión cambió a una confundida—. ¿Eres el que se contactó conmigo a través de una radio?

—Ese soy: Álmira —respondió, sin abandonar su postura rígida—. Y, de hecho, creo saber una forma de salir de aquí mucho más viable y segura —aventuró—. Atravesando el océano Atlántico.

Todos se voltearon a verlo en medio de un halo silencioso y tenso.

—Eso es imposible, no contamos con la maquinaria necesaria ni siquiera para remontar vuelo. Mucho menos podríamos hacerlo por agua —objetó Ian.

—Podríamos crearla —dijo Álmira.

—¿De qué se trata? —preguntó Debra, apresurándolo con molestia.

—Es una máquina subacuática que cuenta con la misma velocidad que una airbest, es similar al sub-aquatrón. —Lohan y Habib se miraron entre ellos. Heber se rascaba la cabeza—. Sé que puede sonarles extraño, pero es muy sencillo en verdad. Hay que crear una pared que recubra a una airbest para que funcione como un tanque de lastre, y llenarlo con agua. De esa manera, la máquina descendería y podríamos trasladarnos bajo el agua, un medio poco poblado por los robots.

—¿Y cómo haríamos que funcione? —preguntó Ian.

—Encenderíamos la airbest como en un vuelo corriente.

—¿Planeas hacer todo eso con las airbest que están varadas aquí, en el aerocircuito? —inquirió Debra irónica—. Lamento desilusionarte, Álmira, pero sus motores están oxidados, dudo que sirvan para algo.

—Puedo repararlos —dijo inmediatamente Álmira, y todos guardaron silencio.

—¿En tres semanas? —preguntó Patrick—. Imposible —sentenció.

—Si todos cooperamos, lo tendríamos listo en una semana. Lo juro.

Debra se acercó a él.

—Álmira, no contamos con una airbest en el estado que requiere tu idea, ni tampoco contamos con el tiempo suficiente —dijo, lo más amable posible—. Ten en cuenta que en estas tres semanas debemos continuar con los rescates.

—¡Otra vez con esa estupidez, Debra! —gritó Lohan, y se incorporó con brusquedad—. ¡Jamás llegaremos a tiempo si seguimos recorriendo cada ciudad de esta maldita plataforma!

Debra se giró hacia él, ofendida.

—¿Qué harías tú si estuvieras con vida en una ciudad azotada por la destrucción, rogándole a Dios que envíe ayuda, y al final esa ayuda nunca llegase? —gimió—. Fuiste uno de los rescatados y te niegas a rescatar a otras personas. Eres tan egoísta, Lohan…

—También tú lo eres —señaló Lohan—. Ya van tres ciudades en las que no encontramos sobrevivientes. ¡Una semana entera tirada a la basura! ¡Estamos perdiendo tiempo valioso!

—De acuerdo, ya basta —intervino Heber antes de que la discusión se tornara violenta. Debra se alejó del punto de inflexión, y se acomodó a un lado de Ian—. Hay que continuar con los rescates —ordenó Heber a los soldados.

Estos le obedecieron, salieron del aerocircuito mientras Debra volvía a la oficina de comando.

Denuvio miró de soslayo a su hermano.

—¿Estás bien, Ál? —le preguntó Denuvio, pero no obtuvo respuesta.

Luego de un minuto en completo silencio, Álmira reflexionó:

—Sé exactamente cómo hallar sobrevivientes en menos tiempo. —Y sin previo aviso, se dirigió hacia Lohan—. Necesito tu brújula —dijo con firmeza. Lohan lo escudriñó con la mirada.

—¿Qué?

—Lo que oíste. Necesito tu brújula.

—Es mía, gánate la tuya.

—No es una cuestión de ganar o perder —puntualizó—. La necesito porque es la única manera de que podamos avanzar más rápido con la búsqueda de sobrevivientes. Ningún miembro activo del escuadrón va a darme la suya, y tú eres el único soldado que no la usa. Puedes prestármela.

El rostro de Lohan enrojeció de repente. De sus ojos emanaba una expresión de rabia.

—¿Qué dices, crío? —Reaccionó ofendido.

Se incorporó y le dio un empujón a Álmira que lo hizo retroceder un metro. Heber se interpuso.

—Ya todos lo oímos —continuó Álmira, enfadado por el empujón—: Al parecer nadie te quiere en las expediciones, no habrás de ser muy competente. Así que supuse que ya no necesitarías tu brújula —provocó.

—¡Imbécil! —gritó Lohan, e inmediatamente reaccionó haciendo a un lado a Heber y dándole un golpe a puño cerrado en la cara a Álmira, quien logró esquivarlo a tiempo. Lohan era dos cabezas más alto que él. Un solo movimiento en falso y Álmira estaría en problemas.

—¡Deténganse los dos! —gritaron Nicasi y Oriana, pero esta vez los absurdos intentos de Álmira por escabullirse de una golpiza segura no surtieron efecto.

Lohan logró pegarle tan fuerte en la cara, que Álmira cayó de espaldas al suelo con serias dudas sobre si estaba padeciendo o no una fractura nasal. Sentía la sangre caliente escurriéndose por su mentón. Y no fue golpeado más veces solo porque Heber volvió a interponerse.

—Cobarde, todavía y te defiende un anciano —dijo Lohan, y antes de marcharse junto a Habib lo escupió como condecoración.

Luego de que Lohan se fuera, Heber se volvió hacia Álmira, quien sonreía con el mentón y la playera manchados con sangre.

—¿Estás demente o qué? —le preguntó Heber. Álmira simplemente le mostró la brújula que sostenía en la mano—. Vendrá por ella cuando se dé cuenta y te dará otra tunda —afirmó.

Álmira rio.


Álmira pasó horas encerrado en una habitación aparte. Denuvio tenía permitido acompañarlo si quería, pero no podía hablar o hacer ningún ruido que interrumpiera su labor. Los soldados volvieron de una nueva expedición sin mayor suerte que en la anterior. Tenían planeado tomarse unos minutos para descansar antes de emprender otra búsqueda. No obstante, no contaron con que Álmira les pidiera su atención por unos breves minutos.

—Déjame ver si puedo arreglar eso —dijo Ian, corrigiéndole la fractura de la nariz con brusquedad.

A pesar de que los ojos de Álmira se habían amoratado, así como el contorno de su tabique, Ian tenía la leve sospecha de que su nariz no quedaría tan mal después de todo.

Álmira, pese al dolor que le causaba la fractura, insistió en hablar con Debra y el resto de los soldados. Su petición fue mal acogida, sobre todo por Debra, quien luego de la discusión con Lohan estaba decidida a exprimir cada segundo de su tiempo. No fue de extrañar que le exigiera a Álmira que fuese breve.

—Creo haber encontrado la respuesta a sus inquietudes —dijo Álmira. Y mostró el aparato que descansaba en la palma de su mano—. Por eso creé esto. Tomé prestada la brújula de Lohan. —Debra chasqueó la lengua, comprendiendo la causa de su fractura de nariz—. Los robots nos localizan porque tienen identificación sensorial aplicada a los humanos, la cual aumenta gradualmente si se trata de su amo —explicó.

»Lo que hice fue poner el microprocesador de un robot en la brújula. Es el mismo microprocesador que le inserté a la radio del automóvil para poder comunicarme contigo, Debra —dijo, escandalizando a todos—. Fue buena idea haberlo conservado.

—¿El microprocesador de un robot, dices? —preguntó Switch, una soldado de cabello corto y rubio.

—Sí, de esa manera la brújula funcionará para algo más que para orientarlos geográficamente. Podrán rastrear personas vivas de la misma manera que hacen los robots.

Patrick se rascó el mentón, confundido.

—Pero eso con una sola brújula. ¿Y las demás? —preguntó.

—Ya pensé en eso y me temo que estos aparatos que usan son demasiado baratos para interconectarlos entre sí —aclaró Álmira—. Lo mejor será que Debra se quede con esta brújula y todos ustedes atiendan a sus directivas desde la radio del tanque de guerra.

Guardaron silencio.

—Es muy bueno, de hecho —expresó Debra—. Intentémoslo.

Debra creyó conveniente que Álmira fuera a la base junto con ella y tomara asiento a su lado para explicarle el mecanismo de la nueva brújula, mientras los soldados emprendían una nueva excursión, esta vez, a la ciudad de Burlinton.

Ian condujo el tanque hacia el este luego de que Álmira le advirtiera, por la radio del aerocircuito, acerca de un avistamiento sensorial de la brújula en la entrada de la ciudad, y otro más un par de kilómetros al norte.

—¿Cuántos humanos percibes en total? —preguntó Patrick.

Dos en la entrada de Burlinton y uno a dos kilómetros de ahí —contestó Álmira.

—Escuchen —habló Patrick al escuadrón—. Vamos a separarnos. Dejaremos el tanque en un punto intermedio. Switch, Nímedes y Pascar irán al este por esas dos personas. Ian y yo iremos al norte.

—Aguarden, ¿y si un robot nos ataca sin la protección del tanque? —preguntó Nímedes, el más joven y temeroso de los soldados, a quien Álmira apenas daba poco más de veinte años.

—Pues tendremos que correr el riesgo para que las cosas marchen más rápido —afirmó Patrick, y dejó caer violentamente una ametralladora sobre el regazo de Nímedes.

Bajaron del tanque de guerra y se separaron en dos bandos, cubriéndose las espaldas en caso de que un robot los atacara de modo imprevisto.

Ian y Patrick llegaron a los cimientos de un edificio que había logrado mantenerse en pie durante el ataque de los robots. Álmira les había advertido que la persona habría de estar dentro, pero que mantuvieran la calma para no llamar la atención de ningún robot.

Entraron en el edificio en ruinas mirando en todas direcciones. Oyeron un sonido extraño que atrajo su atención e inmediatamente se pegaron de espaldas y encañonaron las metralletas. Respiraron ruidosamente por la nariz, intentando calmarse. Había dos robots merodeando a unos metros, ellos también percibían la presencia del humano que se escondía bajo los escombros.

Patrick vio de soslayo a una muchacha rubia contorsionada en el interior de un diminuto recoveco. Cruzaron miradas con ella. Sus ojos claros, llorosos e hinchados destellaron esperanza al verlos. Patrick le sostuvo la mirada para indicarle que se mantuviera callada. Ian siguió la mirada de su compañero hasta percibir a la muchacha.

Ella exhaló con desespero y, en ese mismo momento, un trozo de escombro fue a desprenderse, llamando la atención de los robots. Inmediatamente, los robots abrieron fuego contra los soldados. Ellos esquivaron las balas hábilmente, pero se vieron envueltos en un tiroteo que por poco hiere a Ian.

Debieron ocultarse detrás de una pared de concreto que los robots no tardaron en derrumbar. Patrick no esperó mucho, corrió en dirección a la muchacha y la cargó sobre su hombro derecho. De las penumbras de un corredor surgió un megatrón.

—¡Aguarda! —advirtió Ian mientras Patrick corría hacia la puerta de salida con la muchacha al hombro.

El inmenso robot disparó una bomba eléctrica que azotó la base de los cimientos. El edificio comenzó a desmoronarse. La joven se agarrotó por los nervios y gritó todo el tramo hacia la salida. Patrick esquivó los cascotazos con ella a cuestas.

—¡Rápido! —gimió Ian, brincando las montañas de escombros y atravesando las inmensas nubes de polvo que le impedían ver.

Patrick arrojó a la histérica muchacha a los brazos de Ian, le cubrió la espalda y disparó en sentido contrario hasta destruir a los robots.


Álmira y Denuvio avistaron el tanque que ingresaba en el aerocircuito. De él comenzaron a salir varias personas, una vez aparcado. Álmira contó seis, de las cuales tres habían sido halladas poco después de los dos primeros rescates.

Álmira quedó perplejo al verla.

—¡Judit! —gritó, y corrió hacia ella con Denuvio siguiéndole.

Estaba pálida, delgadísima, sudada y ojerosa.

—¡Álmira! —gritó ella y, ni bien se encontraron, se abrazaron con ímpetu.

Denuvio no esperó a que deshicieran el abrazo. Preguntó indignado:

—¿Y Selene?

Judit se apartó lentamente de Álmira; cruzaron miradas silenciosas con tanta crudeza que Denuvio se quebró en un llanto desgarrador e insostenible. Álmira se lo llevó consigo a la playa del aerocircuito, donde estuvo horas intentando consolarlo sin éxito.

Denuvio acabó durmiéndose sobre los ligamentos de un andador en mal estado. Por su parte, Álmira estuvo horas mirando las airbest varadas. Eran cuatro en total, destartaladas y sin posibilidad de reparación, según Heber, pero Álmira no dejaba de construir arquetipos en su cabeza.

—¿Qué hay? —lo saludó Judit al cabo de un rato, tomándolo por sorpresa—. ¿En qué piensas? —preguntó, sentándose a su lado en la pista de despegue.

—En una forma viable de salir de aquí.

—Ya han encontrado una —dijo extrañada—. O al menos eso oí.

—No funcionará, Judit —aseguró con rabia.

Ella arrugó el entrecejo.

—¿Por qué? —titubeó.

—Hay cosas de las que no tenemos seguridad. —Judit lo miró consternada ante la firmeza en su voz—. El estado del wagon-lit y su dirección al norte, por ejemplo. En realidad no lo sabemos, ni podemos asegurar que esté libre de robots. Es todo lo que tengo para decir.

El Fin del Mundo sí va al norte, Ál.

—Lo sé, pero piensa en los puentes que conectan las plataformas, Judit —insistió, haciéndola entrar en razón—. No sabemos nada acerca de ellos. ¿Continuarán ahí? Quién sabe. Tal vez los robots los hayan destruido para que no podamos salir de la plataforma.

—¿Se te ocurre un mejor plan?

Álmira desvió la mirada hacia las aeronaves.

—¿Recuerdas el proyecto de ciencias del que te hablé? —Judit se tomó unos segundos para recapitular. Asintió—. Lo haría con los materiales de los que dispongo aquí.

—¿Cómo lo harás en tan poco tiempo? —preguntó sobresaltada.

—¿Haré? ¡Haremos! ¡Entre todos podremos! —Se incorporó luego de que Denuvio comenzara a desperezarse—. Ya lo verás.


Habían pasado siete días desde el invento de Álmira con la brújula, el cual había funcionado a la perfección. Los soldados fueron capaces de reclutar treinta personas en una semana, un récord imbatible.

Habiendo pasado una semana más, y con veinticinco nuevos sobrevivientes, se dieron por concluidas las expediciones, con un total de sesenta personas reclutadas.

Era un día en el que de la atmósfera artificial emanaba un calor que partía la tierra, ofreciendo más oscuridad que la de costumbre. Se reunieron todos, sobrevivientes y soldados, en la base, para oír el comunicado de Debra.

—Escuchen todos, hemos estado anhelando esto por mucho tiempo. —Lohan miró a Habib y meneó la cabeza, riendo con burla—. ¡Vamos a largarnos de aquí de una vez por todas! Emprenderemos una larga caminata hacia la estación principal del wagon-lit que va directo al norte. Según avistamientos, continúa en funcionamiento. —Se tomó unos segundos para apreciar el sentimiento de esperanza que reflejaban algunos rostros, en contraste con el escepticismo de otros—. Debemos idear un plan para subir todos al wagon-lit al mismo tiempo.

—Con un tren que viaja a la velocidad de un rayo y siendo sesenta personas, no veo cómo subiremos todos al mismo tiempo —expresó Judit, quien habiendo sido una de las últimas en llegar se había perdido de mucha información.

—Yo sí sé cómo hacerlo —dijo Debra con firmeza—. ¡Levántense! —ordenó con el ímpetu digno de una sargento de primera línea.

Los soldados obedecieron de inmediato y condujeron en el tanque de guerra, en varios viajes, a toda esa gente hacia el viaducto. Según los detallados estudios realizados por Debra durante semanas, todo indicaba que el wagon-lit transitaba el viaducto en intervalos de cuatro días. Ese día habría de estar recorriendo la plataforma terrafoguense.

—Tómense de las manos formando fila —ordenó Debra y, dado que el wagon-lit vendría por la izquierda, concluyó—: Patrick y Pascar, ustedes serán los primeros del lado derecho. —Los hermanos, que eran los más fuertes del escuadrón, acapararían todo el esfuerzo de elevar la fila entera a un metro del suelo. Y no parecían estar ni un poco nerviosos al respecto—. Mientras los soldados ocupen el extremo derecho, el resto puede acomodarse donde quiera.

Álmira y Denuvio fueron de los que ocuparon lugar a mitad de la fila y se mantuvieron, al igual que el resto, en esa misma posición durante horas. Álmira meditaba sobre el hecho de no contar con un plan B en caso de que un grupo de robots los atacara al mismo tiempo que el wagon-lit pasaba frente a ellos. De ser así, lo perderían por cuatro días más, y estaban cerca del 26 de junio. Se les agotaba el tiempo.

Ya no sabía qué posición tomar para que no se le acalambraran las piernas cuando, de repente, su corazón comenzó a embestirlo al oír al tren acercándose. No obstante, la máquina iba a tal velocidad que subirse a ella podría considerarse un milagro. Además, cualquier persona que por equis motivo se zafara del agarre sería absorbida por el magnetismo de los rieles y moriría triturada al instante, arrastrando consigo al resto. Sus piernas flaquearon de tan solo imaginarlo.

El wagon-lit estaba cada vez más cerca. Álmira apretó con su mano derecha la de Judit y con la izquierda, y más fuerte que nunca, la de Denuvio, que temblaba como una hoja al viento.

El tren pasó delante de sus narices.

—¡Ya! —gritó Debra.

Patrick brincó sobre la cabina de comando del wagon-lit. Jaló del brazo a Pascar, y con ello hizo que todos se elevaran del suelo y embistieran violentamente contra la máquina.

El viento en contra era tan potente que amasaba la piel de sus rostros y hacía que sus cuerpos se mantuvieran firmes contra los vagones. Patrick, Ian y Pascar hicieron fuerza sobrehumana para abrir las ventanas. Se introdujeron en el vagón principal y ayudaron a los demás a entrar.

Denuvio cayó con brusquedad en el interior del wagon-lit. El impacto había sido tal, que debió acunarse en el suelo por varios minutos. Se incorporó algo mareado y fue hacia donde su hermano. Álmira se había puesto de pie hacía rato y caminaba de un lado a otro del vagón.

—¿En dónde está Judit? —gritó con desespero.

Denuvio giró en todas direcciones, pero no logró ubicarla.

—¡Falta gente! —anunció Debra intranquila—. No veo a Heber ni a Oriana.

—Debieron haber salido disparando cuando saltamos —agregó Ian—. ¿Creen que hayan sido absorbidos por el magnetismo de los rieles?

—En ese caso, ya estarán muertos —dijo Lohan con total naturalidad. Debra, impactada, se giró hacia él.

—Hay que volver —ordenó. Lohan respondió con una carcajada macabra.

—¿Estás demente? Nadie va a volver. Esta es nuestra oportunidad de salir de aquí. Si hubo gente que no llegó a tomar el envión es porque no merecían vivir.

Debra frunció el entrecejo.

—¡Nos esforzamos demasiado buscándolos, no vamos a abandonarlos así como así! —gritó.

—Un soldado nunca haría algo tan egoísta —dijo Pascar—. ¿Entiendes por qué nunca vienes con nosotros?

Lohan rodó los ojos.

—Mírense nomás —rio—. ¡Despierten ya, manga de tontos! —dijo, volviéndose serio de repente—. ¡Estamos los que estamos y ya!

Su egoísmo comenzaba a impacientar a los refugiados, que eran tan solo la mitad de los que habían sido en la base.

—¡Yo no voy a dejar a Judit ni a Heber! —declaró Álmira.

Lohan esbozó una carcajada sin gracia.

—No me hagas reír, niño —dijo, y se volteó hacia Patrick—. Todo culpa de este pendejo. De no haber sido por él, hoy seríamos los trece de siempre.

—¿De qué hablas, Lohan? —intervino Switch—. Tú también fuiste un rescatado.

En medio de tanta furia y tensión, un grito desesperado de Ian desde la cabina de conducción hizo que todos corrieran en tropel hacia allá.

—¿Qué ocurre? —preguntó Patrick, el primero en entrar a la cabina.

—No hay conexión entre las plataformas —gritó Ian—. ¡Los robots rompieron el puente!

—¿Cómo que no hay puente? —preguntó Lohan sumamente nervioso—. ¡Vamos a caer al mar! —Se alborotó al mismo tiempo que sus gritos se mimetizaban con los gritos provenientes del segundo vagón.

—¡Robots!

Decenas de robots que habían estado ocultos en el wagon-lit se acercaron a ellos. Los soldados enviaron a los sobrevivientes a ocultarse en los primeros vagones y formaron una hilera para impedirles el paso a los robots.

Por primera vez, Debra creyó que eran demasiados como para que salieran del encuentro con vida.

El wagon-lit se aproximaba al barranco a toda velocidad. Los soldados abrieron fuego contra los robots mientras los demás se ocultaban bajo los asientos.

—¡Hay que salir de aquí! —gritó Lohan desquiciado.

La confrontación entre los soldados y los robots se volvió violenta, y el bando de Debra estaba perdiendo. Balearon gravemente a Nímedes y por poco matan a Switch. Debía ocurrírseles un plan de inmediato o morirían en esa riña. Fue entonces que, sin previo aviso, Ian avistó dos rieles: uno de ellos desembocaba en el acantilado de la plataforma y el otro giraba de regreso a Ushuaia.

—¡Ayuda! —gritó Ian. La palanca estaba atorada y ya no quedaban más que cien metros de vía.

Debra y Patrick eran los únicos que se mantenían firmes frente al batallón de robots, pero al oír los llamados desesperados de Ian, Debra se volteó rápidamente hacia Patrick.

—¡Ve! —le ordenó.

Patrick no le hizo caso, los robots eran demasiados.

—¡Ayuda! —insistió Ian—. ¡Vamos a morir!

Patrick entró en estado de shock. Arrojó el rifle al suelo en una situación límite donde tanto Debra como Nímedes, Switch o Pascar podrían ser baleados hasta la muerte. Corrió hacia la cabina principal y se encontró con Ian intentando, sin resultados, desviar la máquina del carril.

Las manos de ambos tomaron con fuerza la palanca direccional y la jalaron hacia la izquierda, pero el tren no se movió ni un ápice.

—¡Hay que largarnos de aquí! —insistió Lohan, mientras más personas iban en ayuda de Ian y Patrick. Y pronto, las cuatro manos se convirtieron en una docena. Pero el wagon-lit seguía avanzando hacia el barranco.

Lohan no logró soportarlo más y, al ver que el wagon-lit estaba peligrosamente cerca del límite de la plataforma, saltó por la ventanilla de un vagón.

—¡Lohan, no! —gritó Debra y lo sujetó del tobillo—. ¡Ayúdenme! —rogó con la mitad del cuerpo de Lohan suspendido fuera, mientras los robots que habían quedado desfallecidos luego del tiroteo con los soldados volvían a cobrar vida.

En medio de toda la nube de pólvora creada por el tiroteo, Álmira se dirigió en ayuda de Debra para rescatar a Lohan, pero este pateó a Debra en la cara antes de que pudieran hacer algo. Su cuerpo salió disparado del wagon-lit hacia tierra firme.

Tanto Álmira como Debra quedaron impactados por el rápido acontecer del suceso. Sin embargo, contaban con tan solo segundos antes de que la máquina cayera al vacío, así que fueron en auxilio de Ian y Patrick, quienes habían logrado reducir la velocidad; no obstante, el wagon-lit continuaba su rumbo hacia el precipicio.

Las olas que galopaban los acantilados rocosos debajo de la plataforma hicieron que más de uno entrara en pánico. Y sucedió: el wagon-lit obedeció súbitamente las órdenes de comando y cambió al carril izquierdo, bordeando la frontera y emprendiendo el viaje de regreso a Ushuaia a la velocidad de un rayo.

Ahora, con las energías renovadas, los soldados acudieron a los vagones dispuestos a hacerles frente a los pocos robots que habían quedado deambulando luego del fatal tiroteo, y consiguieron con éxito su total exterminio.


Por su parte, Lohan había aterrizado en mitad del desierto. Luego de que saltara del wagon-lit, el envión había sido tal que su cuerpo giró en círculos hasta perder gradualmente el impulso. Tosió la tierra que había tragado, mientras veía con sus propios ojos al wagon-lit retomando el camino por el cual había llegado. Algo, en lo más profundo de su ser, se había roto. Sintió un fuerte desconsuelo que se transformó en desesperación tan pronto como avistó sombras acercándose por detrás.

Fue rodeado por una centena de robots armados. Quiso tomar su ametralladora, pero la había dejado caer dentro del vagón al saltar. Fueron segundos en los que vio pasar toda su vida frente a sus ojos y una lágrima escurridiza resbaló por su mejilla. Lo último que vio fue un sol evanescente atravesando la atmósfera artificial, dedicándole una oleada de calor que, por primera vez en la vida, sintió gélida.


Luego de salir herida por el aventón, Judit se había quedado junto a Habib, Oriana, Heber y muchos más rescatados que no habían logrado mantener el agarre de sus compañeros al saltar hacia el wagon-lit. Juntos, regresaron al aerocircuito pensando en volver a intentarlo luego de que pasaran los cuatro días que, según Debra, se tomaba la gran máquina en recorrer el continente americano.

—¿Y si nunca regresa? —le preguntó Judit a Heber, mirando con detenimiento las airbest varadas en el emplazamiento.

—No lo sé —confesó Heber derrotado.

Los ojos de Judit, cansados y enrojecidos de tanto llorar, miraban sin mirar. Miles de pensamientos atravesaban su cabeza, se tomaba la sien y exhalaba con profundidad.

—Sé de algo que podemos hacer —aseguró.

Sus ojos grises destellaron con una firmeza singular que Heber no había visto en ella desde que arribó al lugar.

—Te escucho.

—He oído hablar de un proyecto de ciencias. —Se aclaró la garganta—. Uno que ideó Álmira hace muchos meses ya. Se trata de un arquetipo de airbest fusionado con un sub-aquatrón. —Heber asintió con conocimiento.

—Nos lo ha contado —aseguró.

—Conozco el mecanismo de armado. Álmira me mostró los planos —dijo Judit, siendo interrumpida por la repentina presencia de Oriana—. Tal vez tardemos, pero es eso o esperar cuatro días al wagon-lit, que tal vez nunca llegue.

Heber suspiró.

—Solo tenemos una semana para llegar a Estados Unidos —recordó.

—Y llegaríamos si zarpamos en una nave que dependa por completo de nuestro control. —Judit aguardó mientras los dos mantenían las cabezas gachas, completamente desesperanzados—. Por favor… —suplicó, las lágrimas comenzaron a rodar por sus enrojecidas mejillas—. No quiero morir.

Heber guardó silencio, dudando en un principio. No obstante, con el correr de los minutos, asintió con convencimiento.

—De acuerdo, vamos a intentarlo.

Judit dio la orden de desarmar por completo una de las cuatro airbest abandonadas en el aerocircuito y nadie se atrevió a desobedecerla, por más que desconocieran el proceso tanto como el resultado. Pasaron horas con hambre y sueño, sufriendo el frío glacial que de repente despedía la atmósfera artificial. Por poco nevaba.

—¿Qué hacemos con toda esta chatarra? —preguntó Oriana, sosteniendo con las manos pedazos rectangulares de metal.

—Hay que unirlas entre sí para formar una placa resistente. Luego colocamos la placa sobre la pared externa de una de las airbest, dejando un espacio considerable que servirá como conducto de agua —explicó Judit. Oriana pestañeó confundida—. Tú solo sigue desmembrando la pared de esa airbest, yo le diré a Habib que me ayude a unir los trozos.

—¿Cómo, sin soldadura?

—A la antigua —respondió Judit sin más opción.

Oriana continuaba con muchas dudas al respecto, pero creyó conveniente esperar a acabar el trabajo para hacerle las preguntas pertinentes a Judit.

—¡Robots! —alertó repentinamente Heber, desencadenando una oleada de pánico entre los presentes.

Judit se giró rápidamente hacia la dirección del sonido externo. Dejó todo lo que estaba haciendo y ayudó a los demás a ocultarse en una habitación subterránea hacia la cual accedieron desde la base.

Todos se concentraron en dominar sus miedos y en hacer silencio. Judit, consternada, podía oír el llanto ahogado de Oriana, pero estaba demasiado lejos para consolarla y dirigirse hacia ella implicaría zigzaguear entre los escombros con la posibilidad de romper el silencio.

Los robots encontraron la puerta de la habitación donde se escondían y la destruyeron a balazos. Todos se cubrieron las cabezas de los pedazos de madera que atravesaron el aire. De repente, un tiroteo externo tomó lugar. Duró varios minutos, sin embargo, ninguno de ellos se vio implicado.

Cuando el silencio reinó, Judit subió las escaleras a toda prisa y asomó la mirada. El corazón le dio un vuelco al verlos de regreso.

—¡Ál! ¡Dev! —gritó, y corrió emocionada a su encuentro. Los demás no abandonaron el escondite, conscientes de que los robots podrían cobrar vida en cualquier momento.

—¡Rápido, ataquen! —gritó Debra, y los soldados balearon a los robots que yacían en el suelo para cerciorarse de que quedaran solo restos de metal fundido.

Los robots cayeron uno tras otro, consolidando la destreza del escuadrón. Sin embargo, la victoria tenía esta vez sabor agridulce. Estaban todos descorazonados por los acontecimientos recientes.

—¿Dónde está Lohan? —preguntó Habib exaltado.

Debra negó con la cabeza.

—No lo logró.

La noticia lo dejó estupefacto. Habib rompió en un llanto profundo y silencioso que se preocupó en contener. Había sido amigo de Lohan desde el primer momento. Debra sintió pena por él, dado que Lohan jamás mostró intenciones de regresar, ni siquiera por Habib, su amigo, quien sí lloraba su muerte.

—¡Lo que ocurrió fue predecible desde un principio y no quisieron escuchar! —gritó Álmira en un arrebato de ira—. Ahora estamos en el mismo lugar, pero con menos tiempo. Si quieren volver a intentarlo por tierra, conmigo no cuenten. —Les dio la espalda a todos—. Ya estoy harto.

Se sentó en una pila de escombros agarrándose la cabeza y pensando que contaba con tan solo siete días para atravesar nueve mil kilómetros, y sin ningún medio factible. Estaba con su hermano atrapado allí y simplemente sentía que no podía abandonarse a la idea de morir. No podía dejar que nada malo le pasara a Denuvio.

Recordó la promesa que le había hecho a su padre, la cual ahora se convertía en una frase llena de palabras huecas sin sentido, porque por más que diera su vida por su hermano, no bastaba.

Rompió en llanto, en uno desconsolado y desgarrador.

—Ál… —Judit se acercó a él y posó una mano sobre su hombro. Álmira la apartó con brusquedad—. Ál, ven. Tengo algo que mostrarte —insistió.

—¡Déjame! —gritó, pero inmediatamente se disculpó—. Lo siento, Judit. No quise… Perdóname —soltó afligido.

—Solo ven. —Lo arrastró de la mano hacia la playa del aeroparque.

Las partes de una de las airbest habían sido extraídas del cuerpo de la nave y dejadas sobre la pista. Álmira notó que habían intentado unirlas a otra aeronave. Le recordaba demasiado a su proyecto de ciencias. Sus neuronas hicieron sinapsis repentinamente.

—¡Es mi proyecto! —exclamó.

Los demás los habían seguido. Miraron en silencio la escena.

—¿Qué es esto? —preguntó Debra abriéndose paso entre la multitud.

—Un sub-aquatrón que intentamos recrear con las partes de una airbest —respondió Judit.

Debra comprendió a qué iban con todo aquello e inmediatamente rodó los ojos.

—¡Jamás lograríamos crear una máquina como esa en tan poco tiempo! —gritó.

—Lo lograríamos si todos cooperáramos —contradijo Judit—. Pero debemos trabajar juntos en esto, más que nunca. ¿Quién está conmigo? —Álmira, Denuvio, Heber, Oriana y todas las personas que habían salido expulsadas del wagon-lit levantaron las manos con ímpetu. El resto, sin embargo, se mostró dubitativo—. Bien, me da igual si los demás no quieren ayudar. Los que sí, continuaremos con esto. Ustedes hagan lo que quieran, y si quieren tomar nuevamente el wagon-lit, pueden hacerlo con libertad.

Un silencio atroz devoró las palabras que Debra tenía pensadas. Minutos después, varias palmas detrás de ella comenzaron a elevarse hasta que todos los presentes imitaron el acto.

Debra, Ian, Pascar y Patrick, los cuatro soldados más fuertes e influyentes del escuadrón, se miraron de soslayo y con duda cuando todos los que los rodeaban caminaron hacia Álmira.

—Ya hemos perdido demasiado tiempo —admitió Pascar—. Deberíamos intentarlo.

Estaban molestos por que no creían que fueran a lograrlo, pero no había nada que pudieran hacer si todos los rescatados estaban del lado de Álmira y Judit.

—¿Qué dicen, Ian, Debra, Patrick…? —preguntó Heber.

Ellos, cabizbajos, volvieron a cruzar miradas. Suspiraron.

—Bien, hagámoslo.