Capítulo 8
Sub-aquatrón
Se reunieron en grupos responsables de distintas tareas. Álmira mojaba sus dedos con aceite de motor y dibujaba en el suelo para explicarles mejor a Judit y a Debra el proceso y el acabado de la gran máquina. Ian, Pascar, Nímedes, Switch y Patrick ensamblaban cada pieza mientras Heber, Habib, Nicasi, Oriana y los demás se encargaban de recubrir la pared externa de una de las airbest con aquella coraza ya ensamblada, dejando un espacio en medio que funcionaría, según Álmira, como tanque de inmersión.
La elección de la airbest no había sido al azar. Álmira y Judit se encargaron de inspeccionar cada una de las cuatro naves exhaustivamente, y llegaron a la conclusión de que la número dos era la que se encontraba en mejores condiciones.
Pasaron los días y el progreso era indiscutible. Al cuarto día, luego de una agotadora jornada de trabajo contrarreloj, fue el momento de detenerse a admirar el resultado de tanto esfuerzo. El monstruoso artefacto contaba con seis motores extraídos de las otras aeronaves. Seis motores que Álmira procuró encender durante veinte minutos para examinar su correcta función.
—Bien hecho —le dijo Debra, acercándose a él y palmeándole el hombro.
—¿Cómo funcionan los motores sin electricidad ni combustible? —Quiso saber Ian, que nada entendía de aeronaves ni de motores.
—Ya lo verás.
Condujeron la airbest hacia la pista de despegue e hicieron un par de kilómetros más hasta llegar a las playas artificiales del otro lado del aerocircuito, único lugar en toda la plataforma donde se interrumpía la continuidad del cerco eléctrico.
—¿Y ahora qué? —preguntó Patrick—. ¿Cómo haremos para que se deslice por la arena hacia la orilla?
—Vamos a tener que empujar —asumió Álmira, mientras abandonaba la nave y bajaba a tierra firme—. Somos setenta personas, podremos con ella.
Cansados, sudados y a punto de desplomarse debido al insoportable calor desértico que emitía la atrofiada atmósfera en esos instantes, impulsaron en conjunto la airbest hacia la costa.
Una vez que sumergió las alas en el agua, Álmira volvió a subir a la aeronave.
—Recomiendo que todos estén dentro para cuando encienda los motores. —Los demás lo miraron extrañados, pero obedecieron. Álmira ocupó la cabina del piloto junto a Judit como segundo piloto, y Heber y Debra como copilotos. Denuvio, de pie a espaldas de su hermano, miraba con detenimiento.
»Aquí va —dijo Álmira, y el agua del mar comenzó a entrar en la turbina de inmersión, con lo cual la máquina fue ganando peso y descendiendo gradualmente. Una vez ganada la profundidad que Álmira creyó conveniente, encendió los motores y el agua alrededor de estos comenzó a bullir hasta alcanzar la temperatura que les permitiría propulsarse.
»Los motores son a vapor, aléjense de la popa o podrían derretirse. Generan un calor de más de siete mil grados Celsius cada uno —dijo, y fue su última advertencia antes de emprender un viaje rápido, pero estable. Todo indicaba que habían hecho un excelente trabajo, y si continuaban con ese ritmo estarían en Estados Unidos en menos de tres días.
—Fue una grandiosa idea, después de todo —alegó Debra. Además, creía que Álmira maniobraba tan bien como un piloto de verdad.
—No hubiera funcionado sin la ayuda de todos ustedes —dijo Álmira—. Gracias por confiar en mí.
Nunca un viaje había tardado tanto para Denuvio, comenzaba a impacientarse por tener que caminar de un lado a otro para perder el tiempo. Molestaba, en gran medida, a Ian y a Debra, quienes dormían abrazados muy melosamente. Cuando se aburría de burlarse de ellos volvía con su hermano, quien la mayor parte del tiempo se encontraba solo en la cabina.
—A que no puedes contar hasta diez más rápido que yo —desafió.
—A que sí —dijo Álmira sosteniendo la mirada al frente.
—Vas a perder —fanfarroneó Denuvio.
—Lo dudo. —Se miraron con fingida prepotencia.
Denuvio estalló en carcajadas, le hacía mucha gracia cuando Álmira levantaba la ceja de esa manera.
—¡Ya! —gritó inesperadamente el menor—. No, no. Espera —rogó, y aclaró—: No se vale dejarme ganar, ¿oíste?
—Lo prometo.
Se miraron por el rabillo del ojo en completo silencio.
—¡Ahora sí, ya!
Comenzaron una carrera verbal que duró lo que un parpadeo.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡Bueno, ya! ¡Sí cuentas más rápido que yo! —exclamó Denuvio. Se cruzó de brazos enfadado y dio una patada al frente.
—¡Ey! Vas a romper algo —regañó Álmira, y tan pronto como pudo se jactó—: Te dije que ganaría.
—Me da igual —rezongó Denuvio encogiéndose de hombros—. Después de todo, es el juego más estúpido del mundo, ni me afecta haber perdido.
—Bien por ti —respondió Álmira volviendo la vista al frente.
Denuvio desvió la mirada hacia los peces que nadaban frente al cristal de la cabina.
—¿Los va a matar el agua caliente que disparan los motores?
—Tal vez.
Continuaron en silencio. Denuvio comenzó a jugar con sus dedos, removiéndose nervioso en el asiento del copiloto. Finalmente, se incorporó de un brinco.
—A ver, de nuevo. ¿Quién cuenta más rápido?
—Ya me aburrí de ese juego —confesó Álmira.
—¡Bah! —Denuvio se echó sobre el respaldo—. No quería jugar, de todas formas.
—Se me hace que alguien aquí está muerto de sueño —dijo Álmira al verlo bostezar.
—Sí. Te ves muy cansado, Ál —afirmó Denuvio mientras cabeceaba—. ¡Ya sé! ¿Por qué no jugamos a adivina qué color?
—No —dijo Álmira arrugando la nariz—. Lo jugué tanto de niño con papá que me mata del aburrimiento. Además, no hay muchos colores a esta profundidad. Yo veo todo azul.
Denuvio resopló.
—Bueno, entonces iré a ver qué hace el resto.
—Intenta no reventarles los tímpanos —sugirió.
Denuvio se giró para sacarle la lengua. Sabía que no podría hacer mucho, la mayoría aprovechaba para descansar. Luego de recorrer los mismos lugares de siempre y no encontrar nada interesante, no le quedó más opción que echarse a dormir.
El transcurso del viaje fue irremediablemente tranquilo. De vez en cuando, alguien entraba en la cabina y le preguntaba a Álmira si creía poder mantenerse despierto después de tres días sin dormir, como justamente hacía ahora Judit, quien se había sentado cómodamente donde el segundo piloto.
—Tranquila, creo poder unos cuantos kilómetros más —respondió lo de siempre.
Se expandió un silencio que duró lo que tardó Judit en formular la pregunta que rondaba por su cabeza.
—Necesito preguntarte algo. Espero no incomodarte.
—Adelante —dijo él.
El silencio fue arduo y expectante.
—¿Cómo perdiste a tu padre? —soltó, e inmediatamente agregó—: No tienes que responder si no quieres.
—Está bien —la detuvo Álmira. Tragó espeso—. Fue el primer día del ataque robótico en masa —continuó, y agachó la mirada—. Estábamos en casa y un repentino corte de luz en toda la ciudad hizo que papá mandara a Denuvio en busca de una linterna. Escuchamos disparos provenientes de la sala y cuando Denuvio subió las escaleras, lo hizo con un megatrón a sus espaldas —suspiró. Era la primera vez que lo contaba y, al hacerlo, los recuerdos cobraban tanta fuerza que todo parecía haber ocurrido ese mismo día.
»Saltamos por la ventana del dormitorio hacia el jardín y corrimos por las calles del barrio hasta que se agotaron nuestras fuerzas. Juro que jamás en mi vida me había sentido tan pequeño y frágil. Entonces, un robot jaló a mi padre lejos de nosotros y…
Álmira seguía con la mirada puesta en el frente. Gesticulaba; sin embargo, no era capaz de hallar las palabras adecuadas para continuar con su relato.
—Lo siento tanto —interrumpió Judit al verlo enmudecido y con la atención desenfocada.
—Está bien —dijo él sacudiendo la cabeza—. Todos nosotros hemos pasado por lo mismo —concluyó para autoconvencerse—. ¿Cómo perdiste tú a los tuyos?
—Al igual que tú, fuimos sorprendidos a mitad de la noche. Aunque yo recuerdo poco lo que pasó. Supongo que perdí la razón después de que un package-bot le disparara a mi padre en la cabeza. —Hizo una pausa. Álmira quedó petrificado de tan solo imaginar que Judit había presenciado semejante atrocidad.
»Lo siguiente que recuerdo es a un megatrón arrastrándome lejos de mi hermana y mi madre —lloró—. Juro que jamás disparé un arma, pero cuando el robot deshizo el agarre tomé su ametralladora, Álmira… ¡La tomé y le disparé tantas veces que logré arrancarle la cabeza del cuerpo! —gimió. Su voz se volvió temblorosa.
»Caminé buscándolas, pero jamás volví a verlas otra vez —aguardó—. Me oculté al este de Burlinton, en un edificio pulverizado por los bombardeos, y fue ahí que Ian y Patrick me encontraron. —Se limpió las lágrimas—. Lo único que lamento fue no haberlas buscado más intensamente. Sé que hubiera podido encontrarlas —suspiró—. ¿Crees que estén vivas?
—Somos los últimos sobrevivientes de toda Tierra del Fuego, y no están aquí. Tal vez hayan partido rumbo al norte antes que nosotros. Tal vez no —explicó con gran pesar. Judit tragó con dificultad—. Lo siento muchísimo, en verdad.
Se acompañaron en silencio durante un largo trecho, hasta que Judit vaciló casi en tono de susurro:
—Álmira… ¿en serio crees que nos salvemos?
Sus miradas se encontraron como nunca antes, desnudas y sinceras.
—Sí.
Había tenido varias visitas en lo que iba del trayecto, y esta vez era Patrick quien tomaba el lugar del copiloto.
—Luces cansado, deja que yo lo haga —ofreció, pero Álmira se negó.
—En serio, puedo con esto.
—Cuando lleguemos a tierra firme, vas a ser el único que no podrá mantenerse en pie —rio—. Yo no pienso cargarte en mis brazos —bromeó y guardó silencio.
—¿Cómo siguen Switch y Nímedes? —preguntó Álmira cambiando de tema.
—Switch, excelente. Nímedes… recuperándose. Gracias a Dios las balas atravesaron su hombro, si hubieran quedado dentro ya hubiéramos tenido que amputarle el brazo.
—¿Y Habib?
—Bueno, sigue con los traumas de cualquier persona luego de la muerte de un ser querido —opinó—. No hay mucho por hacer más que consolarlo.
—Lohan fue el único en morir de todos los rescatados.
—Sí —interrumpió Patrick—. Y por su culpa —suspiró intensamente mientras meditaba—. Irónico.
—De todas formas, no te agradaba. Bueno, no le agradaba a nadie, pero en particular a Ian y a ti. —Patrick no respondió, así que Álmira lo presionó—. ¿Qué ocurrió entre ustedes?
El hombre se tomó su tiempo para responder.
—Rompió con el estatuto de la Armada, con todo lo que se supone que un soldado debe representar. —Álmira lo escuchó con detenimiento—. Fue durante una de las expediciones, la segunda si mal no recuerdo. Entramos en un edificio en ruinas para el rescate de Cinti, Nicasi y Oriana, sin percatarnos de que durante todo el trayecto desde el tanque habíamos sido perseguidos por una docena de robots.
»Por ese entonces nunca nos habíamos enfrentado a tanta cantidad, así que el desempeño no fue nada bueno. Pascar, Debra y yo defendimos a Nicasi y a Oriana mientras Ian y Lohan se encargaban de la niña —suspiró—. De repente, uno de los robots empujó a Ian contra un muro y cientos de escombros cayeron sobre él. Juro que lo creí muerto.
—¿Cómo fue que salió de ahí? —preguntó Álmira con impaciencia.
—Yo intentaba alejar a dos robots que habían acorralado a Oriana, mientras le gritaba a Lohan que lo sacara antes de que Ian muriera aplastado por los escombros. —Apartó la mirada—. Huyó… Lohan salió corriendo de regreso al tanque, dejándonos a Pascar, a Debra y a mí solos con las tres sobrevivientes contra todos esos robots, y con Ian a punto de morir. —Sacudió la cabeza.
»Creo que entonces perdí la noción del tiempo y del espacio. No sé si alguna vez te ha pasado algo así. Apenas recuerdo cómo hice para sacar a mi amigo de ahí abajo, pero Debra me contó que lo hice con una sola mano, mientras ella revolvía la montaña de escombros.
»Logramos vencer a los robots y salir todos con vida. Arrastramos a Ian hacia el tanque y lo dejamos reposar en el suelo, tenía malherida una pierna. Tardó varias semanas en recuperarse.
Esa anécdota le hubiera servido a Álmira para odiar aún más a Lohan, pero ya estaba muerto y solo sentía deseos de que descansara en paz.
—¿Y qué piensas?
Patrick suspiró apesadumbrado.
—Nunca olvidaré su desidia, además de su terrible temperamento y falta de palabra —concluyó—. Pero mentiría si te dijera que no lamento su partida —admitió. Continuaron en silencio hasta que Patrick creyó que se habían alejado demasiado del punto inicial de la conversación—. Sigo sin saber cómo haremos para salir de aquí. Así que, ¿cuál es el plan? —preguntó, volviéndose hacia Álmira.
—No hay plan —dijo él, esbozando una sonrisa que confundió a Patrick.
—¿Cómo que no hay plan? —preguntó desconcertado el soldado.
—No he creado uno —confesó Álmira, extrañamente divertido—. Y no creo que alguien lo haya hecho. Después de todo, solo hay una manera de subir hacia la plataforma.
Patrick se dejó caer en el asiento, arrugando el entrecejo.
—¿Te refieres a escalar los pilares de la plataforma?
—Exacto. Ustedes han sido entrenados durante años para eso.
—Por supuesto, lo haríamos con naturalidad —anunció, pensando en él y en el resto de los soldados—. Sin embargo, tú, Heber, Nicasi, la niña y todos los demás…
—Podremos hacerlo con ayuda de ustedes —aseguró—. No falta tanto.
Frente a ellos estaba la inmensa y colosal Estatua de la Libertad, tragada por las inundaciones consecuentes del deshielo que había tenido lugar entre los años 2100 y 2300 d. C. Álmira piloteó la nave en ascenso hasta alcanzar la superficie. Sabía a ciencia cierta que se encontraban debajo de la plataforma neoyorquina.
—Llegamos —anunció Álmira.
La nave arribó tras un estruendo que despertó a todos.
—¿Qué fue eso? —preguntó Patrick agitado.
—Creo que fue uno de los motores —respondió Álmira. Otro estallido provino de la popa. Cruzaron miradas en silencio—. Hay que salir de aquí.
Embistieron la puerta de la cabina hasta llegar al cuerpo de pasajeros. Denuvio, temblando de miedo, abrazó fuertemente a Álmira, quien creyó entender qué estaba ocurriendo al ver agua ingresando en la nave. La antorcha de la Estatua de la Libertad había raspado la parte baja de la airbest.
—Estamos de suerte, llegamos justo a tiempo —dijo Álmira, notando que los edificios de la ciudad inundada crecían en altura a medida que el agua ingresaba—. ¡Rápido, nos estamos hundiendo!
Desesperados, cogieron los chalecos salvavidas que, al contrario del estado inicial de la nave, se encontraban en condiciones propicias. Álmira le colocó el chaleco a Denuvio, sujetándolo con fuerza. Denuvio comenzó a jadear, aún no se recuperaba del trauma ocurrido en La Bahía y creía que esto era mil veces peor.
—Escucha, Dev, necesito que prestes atención. —El niño lloraba y apenas elevaba el mentón para mirarlo directamente—. Esto es una prueba, ¿sí? Si llegamos hasta aquí, nada tiene que salir mal. Yo te sujetaré, pero deberás nadar con todas tus fuerzas, ¿de acuerdo? —El niño asintió—. Vamos a tener que dejar a Labo.
—¡No! —gritó el pequeño, abriendo los ojos en par.
—¡Dev, Labo te hará peso y te costará más trabajo nadar! —gritó—. ¿Por qué eres tan obstinado? ¿Quieres morir? —El agua iba llegándoles a la cintura. Denuvio agitó la cabeza con desesperación.
—No puedo abandonarlo. —Rompió en llanto, agotándole la paciencia a Álmira.
Álmira agarró con las manos el rostro del pequeño y, ya fuera de sus cabales, le gritó en la cara:
—¡Denuvio, por Dios! Si no es más que un robot, un estúpido robot —dijo a todo pulmón—. Puedo crearte uno idéntico, pero para eso debemos salvarnos primero. Nuestra vida corre peligro. ¡Usa la cabeza!
Lo sacudió con brutalidad. Ian se interpuso.
—Ál, puedo ser yo quien cargue a Labo —propuso—. Lo amarraría a mi espalda, no me significaría peso alguno —aseguró. Miró a Denuvio con pena—. Por favor, deja que cargue con él —suplicó.
Álmira aceptó.
—¡Hay que irnos de aquí ya! —gritaron Switch y Debra cuando el agua les llegó a la cintura.
Ante la desesperación, Álmira se acercó a Debra y le habló rápidamente al oído para luego correr en dirección a la salida con Denuvio sujetado de un brazo.
—¡Escuchen! —gritó Debra—. Al llegar a la superficie, deberemos subir de la única manera posible. Y sí… es la que están pensando —dijo, luego de ver todas esas expresiones de mutismo y desconcierto—. Treparemos los muros que sostienen la plataforma. Lo haremos tomados de las manos, en círculos —agregó con una exagerada seguridad, que más le servía para convencerse a sí misma de que al final todo saldría bien—. Ahora, salgamos de aquí antes de que esto se hunda por completo.
Se formaron en filas después de las instrucciones de Debra. Esta vez, los más entrenados serían los últimos en salir, para formar una retaguardia fuerte y segura que ayudara a cualquiera que perdiera las fuerzas en el trayecto hacia la superficie.
—¡Tómense bien fuerte de las manos y no vayan a soltarse! —ordenó Debra— ¿Todos listos? —Guardaron silencio, lo que a esas alturas era un contundente «sí»—. ¡Vamos, andando! —dijo, y abrió la compuerta principal.
El agua entró con fuerza en la nave, azotándolos contra las paredes. Inhalaron todo el oxígeno que pudieron retener sus pulmones y nadaron fuera, hacia la superficie. Denuvio estuvo a punto de dejarse vencer por el cansancio de sus extremidades y por la opresión en el pecho tras tanto aguantar la respiración, cuando Álmira lo jaló hacia él con todas sus fuerzas. Espumó gran cantidad de burbujas y, finalmente, sacó la cabeza del agua, boqueando como un pez. Los últimos en llegar a la superficie fueron los soldados, quienes supervisaron que estuviera cada sobreviviente.
—¿Esos son los muros que hay que escalar? —preguntó Oriana atemorizada.
La circunferencia de los pilares encargados de sostener la plataforma era tal, que llevaría a más de veinte personas rodearlos. Para que no quedara nadie fuera, y teniendo en cuenta que eran aproximadamente setenta personas en total, formaron tres grupos.
Siguiendo órdenes de Debra, cada grupo se tomó de las manos, rodeando pilares diferentes. Debían sujetarse con la fuerza suficiente para escalar hasta la cima de la plataforma, la cual estaba a treinta metros del nivel del mar.
—Con esta prueba culminará todo el esfuerzo que hemos hecho hasta ahora —anunció Pascar con las olas golpeando su rostro—. Hemos llegado a tiempo luego de creer que no lo lograríamos. Estamos a treinta metros de ascenso de nuestra salvación. Si pasamos lo que pasamos hasta ahora, no cabe duda de que lo lograremos —aseguró.
Algunos estaban eufóricos y jubilosos. Otros, como Denuvio, lloraban asustados de tan solo imaginar la locura que debían cometer.
—¿Están listos? —prosiguió Ian con Labo amarrado a su espalda. Su grupo había rodeado el pilar número uno—. Subiremos caminando. ¡Sí, como oyeron! Lo haremos tomados de la mano en forma vertical.
«Con que a eso se referían con escalar», pensó Denuvio mientras accedía a la petición de Álmira de montarse en su espalda para respirar mejor, al tiempo que ambos rodeaban el pilar número dos.
—¡A la cuenta de tres! —gritó Ian. Denuvio le echó un vistazo a Labo para cerciorarse de que el golpeteo de las olas no hubiera desamarrado al robot de la espalda de Ian. Sujetó fuerte con la mano derecha a Álmira y con la izquierda a Judit.
«Uno… —Comenzaron a exhalar con nerviosismo y desesperación, sobre todo los más pequeños, Denuvio y Cinti—. Dos… —Tomaron el antebrazo de sus compañeros para reforzar el agarre. Mantenían los ojos cerrados, concentrándose en aplacar el miedo. Durante un segundo, el estruendo causado por el golpeteo de las olas pareció esfumarse. Tiritaban de frío y miedo… Un segundo.
»¡Tres!
Ian dio el primer paso y, con ello, el envión que elevó al resto del grupo.
—Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha —gritaba Patrick para alentarlos a continuar—. No vayan a soltarse por nada del mundo —exigió, y fue fácil para todos cumplir con esa orden en un principio, pero a medida que avanzaban, las manos y los antebrazos sudados se volvieron una tortuosa dificultad.
—¡No puedo! —gimió Oriana apretando la quijada—. ¡Me quema! —lloró.
—¡Sí puedes! —gritó Debra—. Falta muy poco, aguanta un tramo más.
—No, no puedo hacerlo. ¡No puedo! —Su cuerpo entero sudaba y apenas creía poder abrir los ojos. Un mal movimiento de su parte y caerían todos los miembros de su grupo al mar desde veinticinco metros de altura.
—¡Deténganse! —gritó Patrick, y todos frenaron abruptamente la marcha—. Heber y Nicasi, sostengan con todas sus fuerzas a Oriana —ordenó.
Los nombrados redoblaron el agarre en el antebrazo de la muchacha.
—¡Me quema!
—¡Vas a tener que aguantar! —gritó Debra, quien, al igual que todos, también sentía los músculos de los brazos tirantes, a punto de desgarrarse—. ¡Continuemos! Vamos, rápido. Falta poco. —Agitaron la marcha para subir más deprisa, antes de que alguien se sintiera demasiado débil para continuar.
El sol poniente atravesó levemente la atmósfera artificial, brindándoles un manto celestial rojizo. El llanto y los gemidos de más personas en el segundo grupo estremecieron a Patrick y a Debra, quienes intentaban calmarlos, asegurándoles que estaban a solo un metro del pie de la plataforma. Pero a mitad de camino ocurrió un imprevisto: la mano sudada de Denuvio causó que Álmira por poco perdiera el agarre. Su corazón lo embistió, a punto de brotar por su garganta.
—¡Resiste, Dev! —suplicó Álmira, pero el niño lloraba y su pequeño cuerpo sufría espasmos.
Álmira giró la cabeza para ver a Judit. Tenía la cara roja de tanto hacer fuerza y las lágrimas rodaban silenciosamente por su tersa y blanca piel.
Álmira sentía que todas sus fuerzas se habían agotado, lo único que lo mantenía en pie era la promesa que le había hecho a su padre de salvar a Denuvio a costa de lo que fuere.
Finalmente, se detuvieron. El sol había seguido su camino, yéndose tan pronto como vino y dejándolos otra vez sumidos en la oscuridad a la que ya se habían acostumbrado.
Patrick, sin advertir antes siquiera, ordenó:
—Debra, ve soltando lentamente mi brazo y agarra mi pierna. —Su mirada estaba puesta en los cientos de conductos que se extendían debajo de la plataforma—. Habib, también tú. ¿Listos? —Los dos asintieron rápido con tal de que toda esa locura acabase cuanto antes. Patrick cerró los ojos y respiró profundamente, concentrándose en imaginar el movimiento que estaba a punto de hacer, que debía ser tan preciso como si del último se tratase. Había llegado la hora—. ¡Ya!
Patrick soltó a Debra y a Habib, y se sujetó rápidamente de uno de los conductos de la plataforma. Sintió que ambos se agarraban fuertemente de sus tobillos, lo cual era parte del plan. Apretó la quijada y usó todas sus fuerzas para subir a la plataforma. Usó sus brazos para jalar su propio cuerpo hacia adelante, arrastrando consigo el peso de Debra y Habib, quienes consiguieron subir casi inmediatamente después de Patrick y ayudaron a quienes les seguían.
Subieron en fila hasta que el grupo número dos estuvo completo sobre la superficie de la plataforma neoyorquina, pero se rehusaron a tomarse el tiempo debido para recuperar fuerzas. Debían ayudar a los otros dos grupos a subir.
El primer grupo, comandado por Ian, estaba en apuros. Uno de sus integrantes aseguraba no soportar un segundo más el agarre.
—¡Vamos, Thomas, puedes lograrlo! Solo un poco más —alentó Ian.
—¡No puedo! —lloró el escuálido muchacho.
Estaban a poco de la cima, así que Patrick animó a Ian a realizar lo mismo que él, con la salvedad de sujetar su mano y no las tuberías de la plataforma. Pero en el mismo instante en que Patrick se estiraba para sujetar a Ian, Thomas deshizo el agarre y el grupo entero cayó en fila, quedando suspendido como un péndulo. Ian se aferró a Patrick con todas sus fuerzas mientras el peso de veinte personas recaía completamente en él.
—¡Ayúdenme! —rogó Ian, y las veinte personas que estaban sobre la plataforma corrieron a auxiliarlo. Jalaron de él varios metros hasta lograr que, de a uno, subiera la fila entera. Inmediatamente fueron donde el tercer grupo, comandado por Pascar y Switch, con mayor suerte esta vez. Lograron elevarlos sin mayores problemas.
Fue como si las setenta personas se hubieran puesto de acuerdo en echarse al suelo al mismo tiempo, jadeando para recobrar el oxígeno perdido. Thomas, quien jamás creyó salir con vida, se incorporó repentinamente y comenzó a danzar, despertando las carcajadas de todos.
—¡Estamos en Estados Unidos! —gritó. Sus piernas se elevaron en graciosas piruetas—. ¡Lo logramos!
—Bien, ya… o llamaremos la atención de los robots —dijo Debra poniéndose de pie.
—La llamaremos de todas formas —objetó Heber, quien necesitó ayuda de Habib y Álmira para incorporarse.
Mientras tanto, Ian miraba confundido a su alrededor.
—No tengo idea de si estamos cerca o no de la NASA —expresó desconcertado—. Debra, tú te orientas mejor que yo. ¿Qué opinas?
La mujer pensó en silencio.
—La sede central de la NASA se encuentra en la plataforma de Maryland, en la nueva Washington DC —admitió, relamiéndose los labios y mirando hacia el frente con cautela y precisión—. Si estamos en la plataforma neoyorquina, significa que nos pasamos.
Todos abuchearon.
—¿Cómo es eso posible? —pensó Habib en voz alta, sentándose con brusquedad y pateando una piedra lejos de él.
—Traduce la distancia, Debra, por favor —pidió Pascar.
—Serían unas doscientas veinticinco millas —soltó, mordiéndose el labio inferior—. Eso equivaldría a una caminata de setenta y seis horas.
—¡Maldición! —gritó Habib a todo pulmón—. ¡No nos da el tiempo a llegar, solo nos queda un día! Mañana ya no habrá naves espaciales que despeguen hacia Marte.
—¡Silencio, Habib! —exigió Patrick—. Alertarás a los robots.
—¿Y qué caso tiene? —protestó enrabiado—. ¿Qué caso tiene haber llegado hasta aquí, si ya no nos queda tiempo? —Le dio un puñetazo al suelo y comenzó a llorar desconsoladamente.
Los demás lo miraron con amargura y aflicción, sobre todo porque sentían la misma indignación que él, pero no se atrevían a hablar para no desesperanzar a Denuvio y a Cinti.
—Lo siento —susurró Álmira ante el estruendoso desconsuelo de Habib—. En verdad que lo siento, fue mi culpa.
—No, Ál, no lo fue —se apresuró a decir Debra—. De no ser por ti, ninguno de nosotros estaría aquí hoy. No tenías más referencias que la Estatua de la Libertad, y por eso te detuviste en Nueva York. Está bien, lo entendemos.
—¿Y entonces qué? —preguntó Nicasi consternada—. ¿Qué se supone que haremos ahora?
Los ojos verdes de Debra se encandilaron al ocurrírsele una idea.
—Con otro wagon-lit —soltó, y los demás se voltearon a verla.
—¿Qué quieres decir?
—Que a un par de kilómetros, no demasiados, se encuentra el wagon-lit que atraviesa el estado. Y si mal no recuerdo, sigue su camino hacia Washington.
—Pero que el wagon-lit del sur haya funcionado no nos asegura que todos los del mundo lo hagan —exclamó Habib, y tan pronto como lo dijo las caras de grata sorpresa a su alrededor fueron reemplazadas por expresiones de desconsuelo—. Ni tampoco sabemos cuánto tiempo tendremos que esperarlo.
Patrick se acercó a él, lo sacudió violentamente para luego levantarlo por los hombros.
—¿Quieres vivir, sí o no? —le preguntó, sujetándolo con fuerza. Habib agitó las piernas en el aire, pero no consiguió hacer que Patrick lo soltara. La reprobatoria mirada del soldado logró que Habib suplicara—. Te hice una pregunta, ¡responde! —gritó—. ¿Quieres o no? —El muchacho acabó desistiendo, dejándose caer—. ¿Quieres… o no? —repitió Patrick entre dientes y muy lentamente, sonando peligroso.
Habib tragó una espesa bola de saliva.
—Sí —respondió con resignación.
—Entonces intentémoslo.
Cansados, con sueño y hambre, caminaron en dirección al sudeste.
—¡Ay! —gritó Denuvio levantando el pie derecho.
—¿Qué sucede?
—Ya no aguanto —gimió. Álmira le quitó la zapatilla con apuro. Se le había encarnado la uña del dedo mayor, secretaba pus y sangre. Denuvio había estado un buen rato rehuyendo al dolor, pero ahora, con el dedo morado e hinchado, ya no creía poder dar un paso más—. Me duele mucho —lloró.
—Aguarden —le pidió Pascar al resto. La mayoría bufó y se quejó, pero accedieron de mala gana a pesar de que algunos estaban descompuestos de tanto andar.
—Diablos… Se ve muy mal —sentenció Álmira al ver que el dedo había adquirido el doble de su tamaño.
—¡Lo lamento! —lloró Denuvio.
—Nadie puede culparte por esto, era obvio que algo así sucedería —afirmó Patrick—. ¿Debra, cuánto nos falta?
—No mucho, unos tres o cuatro kilómetros.
Álmira se volvió hacia Denuvio.
—¿Crees poder caminar un poco más?
Denuvio se incorporó e hizo el intento, pero el dolor lo obligó a resignarse.
—Yo lo cargo —dijo Patrick.
—¿Aguantarás?
—Por supuesto. No hay tiempo que perder —clamó, y sujetó al niño en brazos.
Continuaron viaje por un sendero desconocido que los llevó a la ciudad de Albany. A pesar de sus ruinas, no tardaron en encontrar la embocadura del viaducto subterráneo del wagon-lit, gracias al privilegiado sentido de la orientación de Debra.
—Por acá. Síganme —gritó la mujer.
Sobre la línea del horizonte, el sol volvía a dibujar un manto rojizo que les advertía la llegada de la noche. Hasta ese momento, no habían sido víctimas de un ataque robótico. Sin embargo, los soldados exigían entrar con cautela en el túnel subterráneo.
Lo único audible eran sus pasos sobre el desmoronamiento de la gruta. Las respiraciones comenzaban a volverse irregulares y aceleradas. Hacía mucho no merodeaban por los senderos de una ciudad y temían la aparición de robots.
Se detuvieron frente a los rieles y observaron que, por fortuna, el desmoronamiento no había afectado a la cavidad por donde se deslizaba el wagon-lit.
Sin mediar palabra, se tomaron de las manos en la misma posición que la vez anterior. Podía ocurrir que el wagon-lit nunca llegara, podía ocurrir que lo hiciera hasta mitad de camino por la explosión de algún puente que uniera las plataformas de Nueva York, Pensilvania y Maryland. Muchas cosas podían salir mal, sin embargo no existía otra manera de avanzar y esperaban con todo su corazón escuchar pronto la vibración de la pista magnética.
Sus piernas comenzaban a acalambrarse, por lo que aseguraron haber estado en pie más de tres horas. Aunque debido al cansancio, posiblemente estuvieran exagerando.
Algunos creyeron conveniente practicar un poco, otros pensaron que lo mejor era guardar silencio y estarse quietos para no llamar la atención de ningún robot que estuviere merodeando la zona. Pero en algo estaban de acuerdo: tenían prohibido sentarse o descansar las piernas, ya que la velocidad a la que se aproximaría el wagon-lit no les permitiría ni pestañear antes de dar el gran salto.
Un estruendo a sus espaldas interrumpió la tranquilidad del subterráneo. Todos se arrojaron al suelo, cubriéndose las cabezas en un intento desesperado por mantenerse con vida. Mientras, las balas agujereaban el revestimiento del túnel, salpicando rocas que estallaban contra el suelo creando una polvareda.
Los soldados arremetieron contra los robots que llegaban de a decenas. Exigieron a los sobrevivientes que rehuyeran de los disparos escondiéndose bajo la pista electromagnética que utilizaba el wagon-lit para deslizarse. Sin embargo, fue imposible seguir sus órdenes porque más de uno creyó haber sentido un temblor proveniente del interior del túnel.
—¡Es el wagon-lit! —gritó Oriana antes de que Pascar se interpusiera entre ella y un robot que estuvo a segundos de quitarle la vida.
—¡Demonios, no ahora! —gritó Patrick, mientras luchaba arduamente por escabullirse de dos megatrones que lo habían arrinconado.
El temblor sacudió los cimientos hasta lograr que parte del revestimiento del túnel se desprendiera. No obstante, ninguno de ellos estaba alineado y los soldados estaban ocupados enfrentándose a los robots.
—¡Ian, cuidado! —gritó Debra cuando un neo-bot (robot humanoide volador encargado de medir la densidad poblacional por vía aérea) lo atacó por sorpresa. Ian se giró sobre sí mismo tras sentir una salvaje opresión en el pecho. El robot se había enroscado en su cuerpo, y lo comprimió hasta sentir que todos sus huesos crujieron.
»¡Ian! —chilló Debra, esta vez con el corazón en la garganta—. ¡Pascar, Patrick! —los llamó. Y los soldados, que ya se habían librado de sus oponentes, corrieron en su rescate.
—¡Rápido, el wagon-lit! —gritó Álmira, viendo la cabina del tren aproximándose a toda velocidad.
Pascar luchaba para que el neo-bot soltara a Ian, pero el robot estaba empecinado en acabar con su vida. Patrick llegó a darle tres disparos en la cabeza y aun así seguía comprimiéndolo, hasta que el tono pálido de la piel de Ian se tornó violáceo.
—¡El wagon-lit! —gritó Nicasi mientras sostenía a su hija, tensa y aterrada, en brazos.
Patrick, Pascar y Debra siguieron a Ian, quien, luchando por su vida, iba acercándose cada vez más a la cinta electromagnética. El neo-bot lo estrujó hasta cortarle el aliento y nublarle la visión. Y fue en ese mismo instante que el wagon-lit atravesó a toda velocidad el túnel.
Ian logró arrojar al neo-bot hacia la cinta magnética, y el cuerpo del robot sirvió para detener abruptamente la velocidad del wagon-lit.
Mientras Ian recuperaba el oxígeno perdido, Debra, Pascar y Patrick cruzaban miradas, comprendiendo rápidamente lo que debían hacer. El wagon-lit había perdido velocidad hasta quedar detenido en su totalidad.
—El neo-bot repelió el magnetismo —susurró Álmira sorprendido.
—¡Arriba, ya! ¡No pierdan tiempo! —ordenó Debra al instante.
Las personas comenzaron a subir al wagon-lit de a montones, y a las atropelladas. El último en quedar fuera había sido Patrick, quien esperó a que todos estuvieran sobre la máquina para hacer a un lado al neo-bot que estorbaba la atracción magnética entre la pista y el wagon-lit.
—¡Patrick, sube ya! —clamó Debra, pero el soldado insistía en extirpar del paso al endemoniado robot atascado—. ¡Patrick!
Patrick logró sujetar un brazo del robot y jaló de él al tiempo que el wagon-lit cobraba velocidad.
—¡Patrick! —gritaron juntos Ian y Pascar, y una vez fuera el neo-bot, el wagon-lit salió disparado como bala hacia el norte.
Patrick se había sostenido hábilmente del último compartimiento, rezando para no desprenderse de él por lo que restaba del viaje.
Debra corrió desesperada hacia el final del wagon-lit, seguida por Switch, Nímedes, Ian y Pascar. Los tres sujetaron a Patrick de la mano y jalaron de él con todas sus fuerzas. El hombre, con la maldición del viento en contra, no hizo más que ablandar el cuerpo y dejarse llevar por el forcejeo de su hermano y sus amigos, y por el sentimiento cada vez más latente de que todo, al final, saldría bien.
Cuando Patrick abrió los ojos, se encontró recostado sobre el suelo del wagon-lit, con los demás observándolo de pie, como si acabara de despertar de un desmayo que había durado horas.
—¡Lo lograste! —le dijo Debra y se abalanzó sobre Patrick, abrazándolo con emoción.
—Aún no puedo creerlo —dijo Ian deslumbrado—. No puedo creer que esto esté sucediendo, que hayamos llegado hasta aquí… ¡Es increíble! —sonrió con ilusión.
Debra se incorporó y miró hacia afuera por la ventanilla. Lograron salir del túnel y el wagon-lit siguió su camino a través de la cinta magnética, en medio de un descampado.
Regresaron a los compartimientos donde se encontraba el resto, y se alegraron de contar a todos y cada uno de los sobrevivientes.
—Mientras vaya en línea recta, estaremos más cerca de nuestro objetivo —aseguró Debra. Le dio un sacudón al arma al oír un extraño sonido proveniente del otro lado del vagón—. Estén alertas por si un robot nos ataca por sorpresa.
Estuvieron sentados interminables horas en compartimientos individuales. Algunos pocos se rindieron ante el cansancio corporal y quedaron profundamente dormidos, como si se tratara de un extenso viaje en tren.
Por otra parte, quienes se habían sentado en el suelo eran sacudidos por el intenso vaivén del wagon-lit. Álmira ya no les veía mirar sostenidamente al vacío con desesperanza, como si esperaran el instante perfecto para morir en medio de un ataque robótico. Algo había cambiado en ellos, ahora un ápice de esperanza era perceptible hasta en el timbre de sus voces. En algunos el sentimiento era mucho más fuerte que en otros, pero no había uno solo que no ansiara llegar a la NASA.
El wagon-lit iba a tal velocidad que el paisaje en el horizonte era difícil de interpretar, solo se veían estampas de colores a una velocidad vertiginosa.
De repente, Debra, impetuosa y arrebatada, corrió a zancadas hacia la cabina de conducción.
—¡Personas! —gritó eufórica—. ¡Hemos llegado!
Sus compañeros se abalanzaron a sus espaldas, peleándose por ver.
—¡Debemos saltar ya! —instó Switch precipitada.
—Rápido —ordenó Patrick—. Salten todos. ¡Ya, ya, ya! —repitió.
La cara de Denuvio impactó con brusquedad contra la carretera árida. Le costó trabajo centrar la vista luego del incesante mareo causado por el golpe. Había personas, cientos de ellas, conglomeradas alrededor de un recinto portador de más de una docena de naves espaciales…, las últimas.
