Capítulo 9
La invasión
La gente pugnaba, gritaba y arremetía contra sus pares para acceder a las naves, pero los S-PARK, integrantes del cuerpo de Guardianes Espaciales, encargados de controlar el tráfico en las terminales con vuelos destinados al espacio sideral, impedían el paso.
—¡Aléjense de las compuertas! —gritó uno de ellos, e irritado empujó a los más aventurados.
Una de las naves espaciales comenzó a gravitar y las personas reunidas alrededor fueron disparadas a metros de distancia.
—Está despegando —anunció Denuvio cuando vio a la nave llegar a un punto de inflexión desde el cual emprendería vuelo directo fuera de la atmósfera artificial.
—Si la atmósfera está rota, ¿cómo es capaz de reconocer a una nave espacial que abandonará la Tierra? —preguntó Álmira.
—Tal vez no esté rota del todo y aún obedezca las órdenes —supuso Debra.
Álmira negó.
—No… La han abierto desde afuera —aseguró.
Sus ojos azules se abrieron gradualmente, expresando verdadero temor por algo que ocurría únicamente dentro de su imaginación.
—¿A qué te refieres, Ál? —preguntó Debra.
—Sí, tal vez los marcianos la abrieron para que nuestras naves logren despegar —agregó Judit—. Considéralo un favor.
Álmira volvió a negar, esta vez con mayor convencimiento.
—No… Algo extraño está sucediendo aquí —dijo alterado—. ¿Cómo puede la atmósfera tener un agujero de ese tamaño? ¿Quién lo ha hecho?
—¡Los guardianes! Para que despeguen las naves —insistió Debra irritada.
—No, la atmósfera artificial es indestructible, nada puede causarle daño y se autorrepara en microsegundos. —Su voz se volvió temblorosa y su postura, rígida.
—Salvo por el virus —dijo Debra volviendo a contrariarlo—. Álmira, ¿qué te pasa? —preguntó, ya cansada de su actitud demencial. Otras cosas eran importantes ahora: debían hallar la manera de rehuir la fila de soldados tozudos que impedían la entrada a las naves—. Hay que irnos.
—Aguarden todos aquí —dijo Patrick—. Iré a inspeccionar por qué aún nadie ha entrado en las naves.
Patrick llegó a dar un único paso antes de tener que elevar la vista. Un estruendo continuo en lo alto del cielo fue seguido por el desprendimiento de varios segmentos de un metal liviano, que todos reconocieron como partes de la atmósfera artificial.
—La atmósfera… ¡se está desmoronando! —gritó Judit, temiendo que el oxígeno que respiraban fuera a desvanecerse y sufrieran asfixia.
La atmósfera se había separado en dos mitades. La nave espacial que acababa de despegar se aproximó al orificio en lo alto del cielo; sin embargo, algo logró detenerla. Una asquerosa alimaña ingresó en la Tierra. Era una bestia de tamaño prominente con incisivos afilados e inmensas garras. Tenía una coronilla de membrana que rodeaba su cabeza, y una cola larga como un látigo. Detrás de él ingresaron otros diez animales de la misma especie, luego fueron cien, y así hasta que millones de alienígenas reptilianos se deslizaron habilidosamente a través de la superficie celestial terrícola.
La gente comenzó a correr escandalizada. Álmira estaba en shock; los conocía por los medios de comunicación, pero jamás había visto uno en su vida. Eran relics, animales pertenecientes a la fauna jupitariana, respetados por su terrible reputación de carroñeros y comedores de humanos.
—¡Jupitarianos! ¡Corran!
Los relics, montados por soldados jupitarianos, comenzaron una carrera veloz hacia la conglomeración de terrícolas. La atmósfera artificial trepidó y el planeta entero se estremeció ante el acecho del ejército jupitariano, que arribó con sus soldados protegidos por resistentes armaduras.
Las alarmas de auxilio sonaron en cada recodo del planeta Marte luego del avistamiento de miles de naves espaciales jupitarianas con sospechoso destino a la Tierra.
Malcolm Bric, ingeniero maquinista del equipamiento marciano, exigió a la infantería que todos los soldados entraran en Orión, la nave espacial magna. Malcolm recorrió los enmarañados pasadizos de Orión bajo el resplandecimiento continuo de las luces de peligro y la voz andrógina de la computadora principal de la nave que repetía una y otra vez:
Emergencia, destrucción de la atmósfera terrícola.
Emergencia, destrucción de la atmósfera terrícola.
Emergencia, destrucción de la atmósfera terrícola.
—¡Rápido, todos suban a las naves! —ordenó Malcolm. El sargento del ejército marciano acató la orden de inmediato y exigió a las tropas entrar en Orión y en el resto de las naves espaciales.
El sargento, a pesar de contar con el pleno conocimiento acerca de la desventaja cuantitativa del ejército marciano frente al ejército jupitariano —que era cien veces más grande que el marciano y el terrícola juntos—, estaría dispuesto a pelear por sus hermanos, los terrícolas. Los marcianos sustituían la falta de soldados con soldier-bots, robots militares.
—¡Arriba! ¡Arriba! —gritó.
Los soldados subieron en tropel por medio de las escotillas de acceso, acompañados por dos soldier-bots cada uno. El despegar fue más estridente de lo normal, porque la velocidad había sido autorregulada por la nave misma antes de toparse con una interminable cantidad de monstruosas naves espaciales jupitarianas.
—Demonios —blasfemaron.
La expresión del sargento, y la de todos los que lo acompañaban en el compartimiento de conducción de Orión, era de incredulidad. Se limitaron a observar lo que acontecía frente a ellos, como si se tratara de una pesadilla de la que esperaban despertar pronto.
—¡Abran fuego ya! —anunció el sargento a los tripulantes, pero los explosivos llegaron primero de las naves contrarias, dejándoles poco tiempo para pensar en un contraataque.
El bombardeo de los jupitarianos golpeó con fuerza la bodega de carga de una de las naves menores que rodeaba a Orión, haciéndola girar sobre su propio eje. El impacto elevó a los soldados a metros del suelo. Algunos perdieron la conciencia mucho antes de caer precipitadamente.
—Nave 244 a comandante —se comunicaron de una nave contigua a la que había recibido el ataque.
—¡Redoblen fuego! —insistió el suboficial a cargo. Su orden llegó a cada una de las mil naves marcianas que rodeaban a Orión. Mientras tanto, Malcolm intentaba concentrarse en el llamado.
—Aquí Orión a 244. Te oigo —respondió.
—Señor… —vaciló un soldado, e inmediatamente su voz se quebró—. Los robots están actuando de manera extraña. Uno de ellos… —se precipitó.
El silencio que se había formado fue interrumpido únicamente por los acelerados hipidos del soldado y por los gritos del suboficial en el trasfondo de la cabina de Orión.
—¿Qué…? —preguntó Malcolm con su pulso elevándose a niveles inimaginables.
—Un soldier-bot le arrancó la cabeza al capataz.
Malcolm quedó pasmado. La noticia lo había sacado tanto de sí que era incapaz de articular palabra.
—Eso es imposible —dijo finalmente—. Los soldier-bots jamás se atreverían a desafiar a un humano y nunca cometerían semejante atrocidad.
—Señor, debo retirarme. Acaban de anunciarme que un soldier-bot asesinó a otro soldado. ¡Envíen refuerzos!
—¡Aguarda! —exigió, pero no obtuvo respuesta—. Clark, detente —le pidió al piloto de Orión—. Redirige la nave en dirección a la número 244.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —preguntó Clark apesadumbrado.
—¡Solo haz lo que te digo! —gritó Malcolm, y Clark no se atrevió a discutir.
Rotó la nave mientras Malcolm contactaba con otras naves en las que los tripulantes aseguraban, al igual que en la 244, estar siendo víctimas de un ataque interno iniciado por sus propios soldier-bots.
—Esto no está pasando —susurró Malcolm, y se tomó la cabeza con desesperación—. Esto no puede estar pasando.
—¡Señor, cuidado! —advirtió Clark, quien abandonó la conducción de la nave para abalanzarse sobre Malcolm, esquivando el ataque de un robot.
Cayeron al suelo y se arrastraron hacia un compartimiento alejado de la cabina. Un soldier-bot ensañado continuó disparándoles mientras ellos, apretujados en un pequeño recoveco, eran aturdidos por el tiroteo.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Clark, siendo esa la primera vez que veía a Malcolm, el ingeniero de la nave más colosal de todo Marte, sin saber qué hacer.
Una vez que los disparos cesaron, fueron capaces de oír sus aceleradas respiraciones.
—Hay que regresar a Marte. No podemos hacer nada.
—¿Y qué hay de los terrícolas?
Malcolm cerró los párpados y tragó saliva. Las palabras sobraban en un momento como ese. Clark asintió.
Los soldados jupitarianos arribaron montados en sus bestias, los relics. Los terrícolas se desesperaron por entrar en las naves espaciales, y lo hicieron en medio de un embotellamiento, hiriendo de gravedad a los S-PARK. Pero ni dentro ni fuera de las naves espaciales se estaba a salvo. Los jupitarianos atacaron las astronaves terrícolas con poderosas bombas nucleares, y asesinaron a todos los reclutados.
Álmira vio trozos de metal volando por los aires. Cubrió a su hermano, apiñándolo contra su pecho, pero ambos cayeron al suelo cuando una bomba estalló a su lado, haciéndolos volar a metros de distancia. Su corazón sufrió un vuelco, su cerebro procesó las imágenes como si se tratara de una película muda con escenas faltantes.
Había fuego por doquier, personas sufrientes con extremidades amputadas y cadáveres en el suelo, uno sobre otro, como hormigas. Los relics, inmensas bestias reptilianas con afiladas garras, largos colmillos y una lengua que despedía saliva continuamente, abrían y cerraban sus diminutos ojos negros y emitían un rugido tan espantoso como Álmira no había oído en su vida. Olfateaban los cadáveres y los devoraban en un segundo.
Álmira, recostado en el suelo, se quedó de piedra cuando una de esas bestias se acercó a olfatearlo. Cubrió la boca de Denuvio con fuerza y, mentalmente, comenzó a rezar. El relic volcó saliva sobre su cabeza, empapándolo. No obstante, un disparo directo al estómago del animal lo atravesó. La inmensa bestia se volcó de lado, agonizante y con las vísceras hacia afuera.
Álmira se incorporó rápidamente y con él, Denuvio. Se giraron para ver al monstruo moribundo en el suelo. Era una aberrante clonación jupitariana que tenía la finalidad de devolver a la vida al tricerátops, uniendo los genes de tantos animales como humanos en el mundo y dando por resultado una mutación grotesca.
Patrick los llamó desde algún lugar entre todo el gentío, pero Álmira no logró identificarlo. Había demasiado humo, fuego y cenizas en el aire, y la oscuridad era espesa y no le dejaba ver.
Tomó a Denuvio del brazo y lo arrastró con él hacia un túnel. No se podía respirar ahí abajo. Se abrazaron fuertemente, escuchando el corazón del otro y oyendo el desgarrador llanto de toda esa gente. Su cuerpo le ordenaba que resistiera, que salvara a su hermano, pero su mente le decía que ya no había escapatoria.
Los jupitarianos soltaron bombas que destruyeron el túnel hasta hacerlo añicos. Los escombros cayeron uno tras otro. Las personas se arrebataron buscando la salida. Álmira y Denuvio corrieron tomados de la mano, corrieron como nunca antes, corrieron desesperados y enceguecidos, olvidando completamente a los demás. Álmira sentía que sus piernas se movían más rápido que sus pensamientos, cuando de repente un abrupto movimiento de Denuvio lo detuvo, inmovilizándolo.
Poco a poco, el agarre de Denuvio cedió. Álmira se volteó y vio frente a él a un soldado jupitariano en su armadura espacial. Nunca había tenido contacto alguno con ninguno de ellos. Era la primera vez que veía a uno en persona: era tres veces más alto que cualquier terrícola y tenía musculatura fornida. Su cabeza era una morra gigante, y bien sabía Álmira que debajo de su máscara se escondía un rostro con rasgos alterados y espeluznantes.
Su hermano pataleaba en el aire, el jupitariano lo sujetaba del cuello apretando cada vez más fuerte. Denuvio comenzó a suplicar ayuda, lloraba y con su boca pronunciaba su nombre.
El jupitariano elevó un arma nuclear que sostenía con su brazo izquierdo y apuntó hacia Álmira, quien fue lo suficientemente ágil para esquivarlo a tiempo. El bombardeo fue a parar a un lado de donde estaba. Si bien no lo había matado, lo había hecho volar a kilómetros de distancia. Su cabeza chocó fuertemente contra una nave espacial terrícola. Cayó al suelo, invadido por sensaciones de vértigo y mareo, mientras las bombas explotaban a su alrededor.
—¡Patrick! ¡Ian! —gritó Debra en una desesperada búsqueda. El humo en el aire estaba ahogándola y sus ojos, inyectados en sangre, lagrimeaban.
Avistó una nave espacial que ingresaba en la atmósfera terrestre. Por su tamaño deducía que se trataba de la astronave magna jupitariana, que descendía muy lentamente hasta detenerse en un punto intermedio, a elevados kilómetros de la superficie oceánica.
Debra apretó los párpados. Vio muchos más soldados jupitarianos abandonar la nave para aterrizar donde estaban ella y los demás terrícolas.
Se impulsaban con sus propias armas y disparaban hacia el aire mismo con el fin de que el envión de la explosión los deslizara por los cielos hacia la zona de despegue de la NASA.
Uno de los soldados surgió de la nave magna luciendo muy diferente a los demás. Su traje espacial, al contrario de los otros, no era de color metálico sino negro, y lucía mucho más sofisticado. Debra sabía muy bien que se trataba de él, el jupitariano que había llevado a todo un ejército de mutantes a una prodigiosa victoria sobre la raza jupitariana privilegiada. Él, quien había marcado el final de una guerra civil en su planeta que había durado desde los inicios de Júpiter hasta hacía meses atrás.
El Sansón, el soldado jupitariano más temido de la galaxia.
Pestañeó reiteradas veces, siendo testigo del grandioso poder del que hablaban las lenguas. El Sansón caminó sobre la superficie de la astronave con distinguida elegancia y, segundos después, señaló con un movimiento de manos la base terrícola. Su tropa de soldados bombardeó en la dirección que él indicaba.
La NASA fue arrasada por un interminable tiroteo. Mientras, otros monstruos de una raza diferente a los relics saltaban desde las naves jupiterianas hacia el mar y nadaban en dirección a los terrícolas.
Debra vio emerger de la plataforma una especie animal que jamás había visto en su vida. Eran altos y estirados alienígenas de piel blanca, arrugada y viscosa, con inmensos cráneos achatados, cuerpos flácidos y manos y pies largos y huesudos. Sus rostros eran cadavéricos y horripilantes. Eran los temidos oblufoxis, una especie mitad animal mitad humana que vivía en las húmedas y profundas cavernas jupitarianas.
El Sansón montó un relic y con él cabalgó la atmósfera de punta a punta. Se detuvo a un lado del orificio, con su cuerpo y el del animal invertidos. Una nave espacial terrícola estuvo a punto de cruzar al otro lado, pero el Sansón, con sus armas, logró desviarla de su objetivo y hacerla estallar contra la atmósfera, abriendo otro agujero de mayor magnitud.
Algunos terrícolas lograron zafarse de las garras de los oblufoxis. Otros, sin embargo, fueron envenenados por el solo contacto con su saliva, y subsecuentemente devorados.
—¡Debra! —la llamó Ian, pero su voz se perdía entre el bombardeo—. ¡Debra! —Ella sintió que Ian jalaba de su mano, conduciéndola a través de la bruma hacia una nave espacial.
—Él las detendrá, Ian —sollozó Debra una vez dentro de la nave—. El Sansón destruirá las naves antes de que lleguen al espacio exterior.
Ian lloró en silencio. La miró fijamente, dándole a entender que era su última oportunidad o morirían ahí mismo, sin haberlo intentado. Debra parpadeó y, comprendiéndolo, asintió. Se dejó arrastrar hacia el compartimiento principal. Vio a Nímedes, Pascar, Patrick y Switch reunidos, cubriéndose las espaldas entre ellos de cualquier posible ataque.
—¡Larguémonos! —gritó Switch.
Vio, gracias a Dios, las caras de todos los que la habían acompañado: Judit, Nicasi, Cinti, Oriana, Heber, Habib, Fabio…
—Aguarden —exclamó Debra—. Faltan Denuvio y Álmira. —Las compuertas comenzaron a cerrarse—. ¿Qué no oyeron? ¡Faltan Denuvio y Álmira!
—Debra, ya no hay tiempo —gritó Switch.
—No dejaré que mueran —soltó. Tomó rápidamente el arma nuclear que Ian le había extirpado a un soldado jupitariano y se contorsionó con dificultad para atravesar la angosta ranura de las compuertas a punto de sellarse.
—¡Debra! —gritó Ian, y corrió tras ella.
Debra cruzó un sendero nebuloso repleto de cadáveres. Su corazón bombeaba irregularmente cada vez que oía el rugido de los oblufoxis alrededor.
—¡Álmira! —lo llamó a gritos, pero no obtuvo respuesta—. ¡Álmira! —lloró, sin importarle a esas alturas llamar la atención de sus adversarios, solo quería encontrarlos—. ¡Álmira! —gritó hasta quedar afónica.
—Debra, detente —rogó Ian.
No esperaba que ella obedeciera; sin embargo Debra se detuvo de modo imprevisto, chocando de espaldas con Ian. Ella le indicó con un movimiento de cabeza una pila de escombros que se encontraba a medio kilómetro, rodeada por cientos de relics.
La mitad del cuerpo de Álmira había sido cubierto por trozos desprendidos de naves bombardeadas.
—Aguarda aquí —dijo, y se echó a correr.
—¡Debra! —gritó Ian e intentó seguirle el rastro, pero la polvareda le impedía ver y hasta reconocer a dónde se dirigía—. ¡Debra!
Desprovisto de su propia arma, Ian se encontraba completamente desprotegido. Debió, contra su voluntad, regresar a la nave.
Los relics se abalanzaron sobre Debra. Ella disparó todo el trayecto sin detenerse ni un segundo a pensar en nada. Sujetó a un moribundo Álmira del cuello de la playera y lo arrastró hacia la nave.
—No podemos dejarla sola —gritó Nímedes. El resto del escuadrón no esperó a que fuera demasiado tarde. Dispararon en dirección a los relics que se amontonaban sobre la carne putrefacta de los caídos.
Debra surgió de las tinieblas con Álmira a las rastras y dos oblufoxis intentando obstaculizarla.
—¡Rápido! —gritaron los hermanos Patrick y Pascar, e inmediatamente secundaron a Debra, cubriéndole las espaldas todo el trayecto hacia la nave.
Una vez cerradas las compuertas, Patrick cargó a un Álmira débil y moribundo. Se lo llevó en brazos a un sitio seguro. Ian, consternado, se giró hacia Debra.
—¿Y Denuvio? —preguntó Ian. Sus ojos claros brillaron padecientes.
Debra sintió el silencio como un puñal en el pecho. Esquivó rápidamente la mirada y titubeó:
—No… no estaba con él. —Se aclaró la garganta—. No pude encontrarlo.
Ian suspiró con pesadez. Se agarró la cabeza con las manos sintiendo un fuerte dolor en la sien, a punto de un colapso nervioso. Switch intervino.
—¿Qué están haciendo aquí todavía, imbéciles? —gritó—. Están todos en la base esperándolos para despegar. Ya no hay tiempo, los jupitarianos acabarán haciendo trizas la atmósfera. ¡Anden de una vez! —dijo, y se fue de regreso dándoles la espalda.
Ambos se echaron a correr hacia la cabina de conducción, que seguramente estaría ocupando un piloto de la GET (Guardia Espacial Terrícola). Mientras atravesaban los angostos y oscuros pasillos de la nave, Debra era aquejada por un inmenso malestar: estaban despegando de la NASA y ella, una honorable soldado de la armada terrícola que jamás había faltado a su palabra de honor, había sido incapaz de encontrar a un sobreviviente. El sentimiento de culpa era tan grande que estaba a punto de desmoronarse.
—Debra, ¿qué tienes? —le preguntó Ian, preocupado al ver que las piernas de su novia flaqueaban y apenas podía seguir la marcha. La apoyó de espaldas contra una pared y le colocó ambas manos a los costados del rostro. Ella tiritaba y sollozaba—. Debra, óyeme… Hiciste todo lo que pudiste.
—¡No es cierto! —lloró—. Denuvio… —balbuceó. Su labio inferior temblaba.
—Debra…
Los ojos de Ian se desviaron hacia lo que estaba del otro lado del cristal, y lo que vio fue tan impactante que lo paralizó. Debra se volteó para ver con sus propios ojos, y quedó igual de absorta.
Miles de trozos de atmósfera comenzaron a caer sobre las naves terrícolas que intentaban avanzar en una suerte de marea, esquivando pedazos de un metal tan resistente como el acero.
La atmósfera artificial terrícola había sido, finalmente, destruida en su totalidad.
La nave espacial se convirtió en un completo caos, siendo Switch la única que continuaba en pie a un lado del piloto manteniendo su compostura, dictándole las órdenes necesarias para evadir los inmensos trozos de atmósfera que les caían encima.
Debra acabó ensordecida por el impacto de los golpes y el vaivén continuo de la nave. Llegó a ver la retirada de las naves jupitarianas luego de destruir por completo al planeta Tierra, incapacitándolo para acunar cualquier tipo de vida. Segundos después, se desmayó.
Sus párpados se separaron con lentitud y, de a poco, fue recobrando la vista. Ni bien recuperó la memoria, se incorporó súbitamente. Estaba en una camilla, envuelto con sábanas blancas y varios conductos prendidos a su brazo derecho por medio de una gruesa aguja, que acabó arrancándose con su otra mano.
—¡No! Deja eso como está —dijo una voz femenina, y poco tardó Álmira en voltearse para ver a su lado, sentada en una silla, a Judit. Estaba tiesa y en una posición que la hacía parecer encorvada y menuda. Sus ojos grises estaban hinchados y su habitual mirada gélida había sido reemplazada por una mirada derrotada—. Iré por ayuda —dijo al ver la sangre manchando las sábanas, pero Álmira la sujetó del antebrazo con fuerza.
—¡¿Dónde está Denuvio?! —preguntó estrepitosamente. El recuerdo de un soldado jupitariano jalando a su hermano lejos de él se había repetido tanto en su cabeza que acabó causándole terribles pesadillas, acompañadas de taquicardia y sudoraciones frías—. Judit, ¿dónde está mi hermano? —insistió ante el abrupto silencio de la muchacha, que se extendía más de la cuenta, advirtiéndole que pudo tratarse de algo más que de una simple pesadilla.
—Álmira… —suspiró Judit. El matiz de un par de sombras provenientes del pasillo se acercó a la habitación. Eran Ian y Debra, que se detuvieron firmes bajo el umbral de la puerta. Judit cerró los párpados, luchando consigo misma para no quebrarse—. Lo siento tanto…
Álmira se sintió confundido al principio. Al cabo de un rato, su pulso se había acelerado hasta salirse de control. Todas las imágenes que vagaban por su cabeza fueron cobrando sentido.
Lloró a gritos, retorciéndose en la cama.
—¡Ayúdenme! —les suplicó Judit a Ian y a Debra, quienes se apresuraron a socorrer a Álmira.
Los tres intentaron inmovilizarlo, pero no hubo caso, se movía demasiado rápido y sacudía los brazos en un intento desesperado por apartarlos y huir. Una acelerada arritmia cardiaca lo ensordeció y apenas notó que alguien ajeno al escuadrón había entrado en la habitación y le había inyectado una gran dosis de anestésicos.
Las voces comenzaron a oírse cada vez menos nítidas, hasta que ya no pudo identificar quién decía qué. Las imágenes se volvieron borrones indescifrables, hasta que la luz de la habitación lo encegueció segundos antes de que se desmayara.
Despertó horas más tarde. La habitación a oscuras era invadida por una luz blanca que entraba por la ranura bajo la puerta, permitiéndole ver que no había estado solo en ningún momento: Judit se había quedado dormida sentada en una silla a su lado y, a juzgar por su mala posición, estaría muy incómoda.
Se despojó de las sábanas y salió de la cama. Caminó a hurtadillas fuera de la habitación. Estaba demasiado atolondrado como para detenerse a pensar en las heridas sangrantes de su brazo. Después de todo, aún no sabía siquiera dónde estaba.
Caminó por la nave durante varias horas. Lo hizo arrastrando los pies como moribundo. A veces sentía mareos tan fuertes que debía detenerse, cerrar los ojos y respirar sin pensar en nada. Se sintió atraído por el sonido de un balón botando de un lado a otro en un compartimiento contiguo. Entró sin llamar y, en silencio, tomó asiento en la tribuna de la pista de baloncesto.
—Ey, campeón… Has despertado —dijo Ian advirtiendo su presencia, luego de encestar varias veces. Patrick y Pascar se giraron a verle—. Labo está a salvo. Está sobre una repisa en nuestra recámara.
—¿Cuánto tiempo estaremos encerrados en este lugar? —preguntó Álmira con voz de ultratumba. Era incapaz de levantar la mirada del suelo.
—Seis meses, aproximadamente —dijo Ian, y lanzó el balón hacia la canasta, encestando otra vez—. Se estima que llegaremos a Marte a principios de enero del año próximo.
No creía poder aguantar tanto tiempo vagando en los fríos pasadizos de esa nave espacial. Intentaba no pensar en la ausencia de Denuvio, pero era inevitable. Sentía que el alma se le había escapado del cuerpo. No quería andar, ni hablar, ni comer, ni respirar… solo dormir y no despertar jamás.
Pasaron siete días y su estado anímico empeoró. La mayor parte del tiempo pensaba en lo absurda que era la vida; de no haber sido por proteger a su hermano, no hubiera atravesado un continente entero, emprendiendo una carrera contra la muerte. Y ahora, su realidad y todo aquello por lo que había peleado acabó por convertirse en un castillo de naipes que se desmoronaba frente a sus ojos.
Ni Denuvio, ni su padre, ni Enmet, ni tía Disy, ni primo Arlock… Estaba solo, por primera vez en la vida, completamente solo. Y lo peor de todo era que había sido capaz de salvar a setenta personas ajenas a él, pero no a aquella por la cual había prometido arriesgarse.
Durante las comidas diarias no dejaba de ver a Judit. La comparaba consigo mismo y, a juzgar por la actitud de la joven, concluía que ella era mucho más fuerte que él. Judit también había perdido a su familia, pero jamás se había rendido ante el sentimiento. Ella quería vivir, él ya no.
—Me someteré al sueño criogénico —le confesó a Debra una de esas tantas veces en que ambos se detenían en silencio a ver sin mirar los astros que gravitaban frente a la vitrina de los corredores de la nave espacial.
Ella tardó varios segundos en responder. Tal vez pensaba que negárselo sería mala idea o que podría causar un estallido de furia en Álmira.
—De acuerdo.
Fue introducido por un miembro de la GET en una cámara apartada del resto de la nave. Había varias cubetas criogénicas en funcionamiento, muchas personas habían optado por inducirse a un sueño durante los seis meses que durara el viaje a Marte.
Le colocaron un tubo de oxígeno que le suministraría los anestésicos suficientes. La temperatura de su cuerpo fue descendiendo bruscamente hasta obstruir cualquier intento de movimiento. Al cabo de un par de segundos ya se encontraba profundamente dormido.
