¡Hola, chicos! Como siempre, aclaro que los personajes de CCS no me pertenecen, pero todo lo que verán en esta historia surgió de mi completa imaginación.

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Queda terminantemente prohibida la copia parcial o total, así como el uso de escenas o la trama sin mi consentimiento.

Bueno a comenzar :D

La dama de medianoche

Capítulo 29

En el momento que el cochero subió las maletas de Naoki en el carruaje, recordé cuanto odiaba las despedidas. Bien decían que el corazón no comprendía razones, porque aun cuando sabía que él debía volver a la universidad para continuar con sus estudios, que la lejanía sería temporal, la melancolía me invadió sin permiso.

Suspiré, todavía no se había ido y ya extrañaba sus fanfarronerías y provocaciones de hermano menor.

―¿Estás seguro de llevar todo?

―Madre, llegué aquí con un bolso en el hombro y ahora me voy con dos maletas ―contestó con esa sonrisa pícara tan propia de él.

―Es que a todo lo que te pregunté me dijiste que no tenías y eso es inaceptable ―respondió ella en ese tono que no daba lugar a réplicas, para luego tomar las manos de aquel que siempre sería su pequeño―. Oh, querido, cada vez que te marchas es lo mismo.

El rostro de mi hermano se suavizó y recibió de buen agrado el abrazo de nuestra madre.

―Lo sé, lo sé… Soy la chispa de esta familia y me hago extrañar.

―Pues a veces desearíamos que esa chispa fastidiosa estuviera tan lejos como el sol ―resopló la voz de Touya a mi lado.

―¿Es amor lo que detecto en tu tono?

―Mezclado con mis ganas ocultas de cometer fratricidio, sí ―sonrió con socarronería.

Café con café fingieron enfrentarse, aunque Touya no resistió mucho y brincó a sacudir la cabellera castaña de Naoki entre risas. En mi memoria reviví la imagen del muchacho que tantas veces se culpó de las travesuras para que su hermanito no fuera reprendido con tanta fuerza; y luego, el pequeño y desdentado Naoki, que le contrabandeaba los dulces quitados como castigo.

Los cómplices perfectos, solía decir mi madre y tuvo razón.

―Trata de volver en una pieza.

―Me ofendes ―resopló Naoki y alzó sus manos―. Estas, querido hermano, son muy valiosas y procuro no arriesgarlas en peleas sin sentido.

―Lo que te mete en problemas no son tus puños, sino las dagas que salen de tu boca. ―Esa vez fui yo quién removió su cabeza y le saqué un gruñido―. Ten cuidado, ¿sí?

Naoki bufó y asintió.

―Trataré que mi franqueza no sea tan letal para mantener seguras mis manos. Después de todo, debo hacer tu retrato.

―Eso está en veremos porque bajo ningún concepto aceptaré un cuadro mal hecho ―dije en tono austero.

―Oh, hermana mía, todo lo que yo hago es perfecto, así que no te preocupes.

Al ver que me guiñaba el ojo con pedantería, se ganó un golpe de mi parte en el hombro; sin embargo, yo conocía el verdadero trasfondo de esas palabras que eran pretenciosas solo en la superficie, porque era la forma de Naoki Kinomoto de decirme: "Te prometo practicar hasta quedarme sin dedos, porque tu retrato debe ser el mejor".

Al ver que Touya se acercó a Kaho, Naoki aprovechó para inclinarse hacia mí y en ese momento evidencié que aún reinaba en su mirada la intranquilidad provocada por mis acciones del día anterior. Así que lo pellizqué en sus mejillas para fastidiarlo como solía hacer cuando éramos niños.

―Estoy bien, chiquillo.

Se sobó la enrojecida piel cuando lo solté y me hizo saber que había logrado calmarlo al proferir esa risilla traviesa tan propia de él.

―Creo que olvidaste que la enana eres tú.

Una sonrisa cómplice se formó entre nosotros y las palabras ya no fueron necesarias, porque a través de ese gesto fueron dichos un profundo "gracias" y un "siempre estaré allí para ti" que nos colmó el pecho a ambos.

Nos dimos un abrazo y después Naoki fue a enfrentar esa mirada tan similar a la suya. Solo bastó que mi padre sonriera para que mi hermano volviera a ser un niño y lo abrazara con fuerza. No importaba que el intercambio de palabras no fuera audible para nosotros, porque estábamos seguros de que no se trataba de una despedida eterna, sino de un hasta luego entre un padre y su hijo que partía para volverse un hombre mejor.

Con disimulo, mi hermanito se pasó las manos por el rostro para borrar los rastros salados, antes de montarse en el carruaje. Su cabeza apareció por la ventana cuando empezó a moverse y agitó la mano.

―¡No lloren, familia, que regresaré en menos de dos meses!

―¡Aliméntate bien, querido! ¡Y no te metas en líos! ―respondió mi madre, dando varios pasos al frente.

Así… nos quedamos en la calle mientras observábamos como el carruaje desaparecía de nuestra vista. Y ante la añoranza que hizo acto de presencia, preferí enfocar mis pensamientos en todo lo que compartiríamos cuando regresara a casa, porque estaba segura que ambos tendríamos muchas novedades que contarnos. Siempre era y sería así, sin importar lo que pasara.

―¡Oh! ―la exclamación de Kaho atrajo mi atención y me di cuenta que miraba al cielo―. Parece que va a llover.

―No, no, no. Esperemos que solo sean nubes de paso o se arruinará tu paseo con lord Wemberly ―dijo mi madre en mi dirección―. ¿A qué hora dijo que vendría por ti?

Mis ojos se alzaron al cielo encapotado y suspiré, porque en realidad la lluvia no arruinaría un paseo. Pensé entonces en ese recurso literario tan utilizado, que hacía mención a la capacidad del cielo de reflejar el estado anímico de una persona y, en definitiva, ese día compaginaba con lo que Shaoran debía sentir al prepararse para enfrentar su pasado cara a cara.

Traté de esbozar un gesto tranquilizador hacia mi madre, aunque por dentro la inquietud me estuviera removiendo hasta el alma.

―Me dijo que vendría a eso de las dos.

―Bueno, todavía faltan tres horas ―acotó mi padre y tembló cuando una ventisca fría nos rodeó―. Es mejor entrar.

No pude evitar dar una última mirada al cielo y rogué a la divina providencia para que dejara caer el aguacero, con toda la intención de retrasar el encuentro entre Shaoran y el duque de Chadwick… Aunque fuera tan solo por un día.

No había sido sencillo convencerlo de llevarme; incluso tuve que recurrir a tácticas poco honestas como el chantaje emocional, pues mi temor más grande era que el duque hiciera perder el control a Shaoran y que las cosas se complicaran mucho más. Negué con la cabeza y me dije que había hecho lo correcto, porque estaba segura que yo sería el punto ancla para él y también demostraría con mi presencia que las amenazas del noble no tenían ningún poder sobre nosotros.

Sin embargo, a medida que el tiempo fue pasando y las personas fueron desapareciendo de casa, las dudas inundaron mi cabeza y fue peor cuando la hora de encuentro pasó… y él no llegó. Mientras caminaba por el saloncito, no dejaba de preguntarme si habría ido sin mí y millones de escenarios se dibujaron en mi mente; todos nefastos e hicieron que el miedo cavara hondo en mi estómago. Pero se trataba de Shaoran y él nunca rompía una promesa; eso era lo que me repetía para sosegarme, y no pude evitar pensar que había sido acertada mi decisión de no contarle que me habían estado siguiendo también.

No había que ser muy listo para deducirlo, después de todo, esa sensación de ser observada que me acompañaba cuando salía de casa, coincidía con el inicio de los rumores: ellos me habían marcado como presa desde que se supo que Shaoran y yo estábamos en algo.

―Sí, definitivamente fue acertado no decirle.

―¿Dijiste algo, querida? ―La voz de mi madre me hizo dar un respingo.

―N-no… solo estoy un poco preocupada por el conde.

Ella suspiró y miró el reloj de pie que estaba al otro lado del saloncito de té.

―Ya pasó casi una hora… ―musitó y cuando volvió la mirada a mí, delineó una sonrisa alentadora―. No te preocupes, si hubiera pasado algo habría enviado una nota para cancelar, así que debe ser un pequeño retraso.

―Tiene razón ―pretendí sonreír y regresé a la poltrona.

―¿Qué te parece si hablamos de tu ajuar? ¡Debemos ponernos en eso para que todo salga perfecto! ¡Incluso podemos decirle a la señorita Akizuki que se encargue de ello!

―No sé si esté disponible.

―Tonterías ―desestimó con un gesto de su mano―. Estoy segura de que está deseando que la visitemos, después de todo, tu boda es una de las más esperadas de la temporada.

Con ello, mi madre se sumergió en un monólogo de telas y colores con el que buscó distraerme en vano, ya que no pude evitar que mis ojos fueran al minutero para atestiguar su cruel avance.

Veinte minutos más tarde, detecté movimiento afuera de nuestra casa. Me levanté y mi alma se regocijó al divisar por la ventana la figura de Shaoran descender de su carruaje. Él no se dio cuenta de que estaba allí, así que me di la oportunidad de verlo avanzar con ese paso tan seguro, como si el mundo le perteneciera y se rindiera ante él, aunque… Fruncí el ceño, había algo diferente.

En el corto trayecto del carruaje a la puerta, se pasó la mano por el cabello tres veces y los hombros parecían demasiado rectos, algo que en definitiva no iba con la personalidad relajada que siempre trataba de proyectar.

―Te dije que todo estaba bien. ―La mano de mi madre se posó en mi hombro, lo cual agradecí porque me ayudó a apaciguar las ganas de correr a la entrada principal, para recibirlo allí mismo y preguntarle qué había ocurrido.

Un pequeño jalón me hizo abandonar la ventana; pronto me vi en el centro del salón y conté mentalmente los treinta y dos segundos que tardó en llenar la salita con su presencia y suspiré.

―Lord Wemberly ha llegado ―anunció Inoue y entonces Shaoran inclinó su cabeza ante nosotras.

―¡Qué bueno verlo llegar, milord! ―saludó mi madre.

―Lamento mucho el retraso ―dibujó un intento de sonrisa que no me agradó.

Así que, sin importar que mi madre estuviera allí, me acerqué a él y posé la mano en su mejilla.

―¿Sucedió algo malo?

Esa vez, su boca mostró una curvatura más pequeña y sincera.

―No puedo ocultarle nada, señorita Kinomoto. ―Mostré el mismo gesto al negar―. En realidad no es algo malo, pero las preocupaciones no se pueden controlar.

―¿Me dirá entonces?

Poco a poco, Shaoran estiró sus labios hasta mostrar felicidad pura.

―Esta mañana recibimos una nota de la casa de mi hermana: el parto se le ha adelantado.

―¡Oh, que excelente noticia! ―dijo mi madre con genuina alegría―. ¿Ha nacido ya el pequeño?

Shaoran negó con su cabeza.

―Todavía no se ha aliviado a pesar de que los dolores iniciaron en la mañana… Es lo que nos tiene a su marido y a mí con la cabeza hecha un lío ―contó, apenado.

―Tranquilo, tranquilo. Las primerizas siempre tardan horas en dar a luz. Le aseguro que todo estará bien ―le expresó y palmeó su brazo con cariño.

Mi prometido aceptó el gesto, agradecido, y después se giró hacia mí.

―Hemos estado allí todo este tiempo y pensé en enviarle una nota para cancelar nuestro compromiso de hoy, pero… preferí venir en persona a disculparme, porque sé que nuestra salida era muy importante.

En sus ojos no hallé la sombra del pasado ni la animadversión que le daba la idea de encontrarse con el duque; solo la profunda angustia y los nervios que solo un hermano amoroso podía sentir. Las comisuras de mi boca se alzaron en respuesta a la ternura que se instaló en mi pecho, porque aun cuando no lo había dicho, su disculpa si bien fue sincera, solo había sido una excusa para venir a mí en busca de conforte.

―Por lo que usted me ha contado, ha heredado el temple y el valor de su hermano mayor: ella estará bien y pronto podrá tener en brazos a su sobrino.

La imagen que sembré en su cabeza, hizo que el orgullo y el placer se bosquejaran en su rostro.

―Usted, mi querida Sakura, tiene un don para calmar corazones. ―Dejó un beso en mis nudillos con la mirada fija en la mía, para después otorgarle a su rostro ese aire de niño travieso con una sonrisa ladeada―. ¿Sabe? Sería bueno que viniera conmigo. Mi cuñado está que se trepa por las paredes y le haría bien hablar con alguien que es capaz de transmitir sosiego. ¿Qué me dice?

Mi corazón aleteó de alegría y enseguida busqué la mirada de mi madre. Desplegó su maternal risita antes de dar su consentimiento.

―Será tu familia dentro de poco, así que es tu deber estar allí.

Mi alegre exaltación me hizo dejar un beso rápido en su mejilla y tras darle una mirada a mi prometido, que él contestó con un furtivo guiño, prácticamente salí corriendo en busca de Rika. No transcurrieron ni diez minutos cuando me vi subiendo en el carruaje, asistida por un Shaoran satisfecho por haberse salido con la suya.

Sin embargo, a medida que nos acercábamos a la casona de los barones Brassington, su pierna aumentó su impaciente movimiento y su mente voló muy lejos de allí. Me incliné hacia adelante y le di un pequeño apretón en la mano que pareció despertarlo de su angustioso letargo. Volvió los ojos a mí y expresó a través de ellos y una caricia furtiva en mi palma, su muda gratitud.

Cuando el carruaje se detuvo, Shaoran bajó y me ofreció su mano para ayudarme a bajar. Arrugué la nariz al sentir que caía en ella una gota; alcé la mirada y noté que el cielo se había oscurecido mucho más. Otra gota cayó, esa vez en mi mejilla, así que apresuramos el paso hacia el sencillo hogar de la hermana de Shaoran: una casa amarilla de dos pisos con un pequeño jardín frontal y columnas lisas que custodiaban la puerta de madera oscura. Al traspasar el umbral, nos dimos de lleno con un cálido y agitado ambiente que demostraba que la llegada de ese bebé era un evento más que esperado.

Un hombre de estatura media se acercó a nosotros justo cuando el mayordomo nos ayudaba a despojarnos de los abrigos a Rika y a mí. Profundas ojeras custodiaban sus ojos cerúleos y su cabello negro parecía haber librado batallas continuas con sus manos: debía ser el futuro padre.

―¿Ha cambiado la situación? ―preguntó Shaoran.

―La comadrona bajó hace unos minutos para buscar a Ieran ―respondió con la figura encorvada―. Según, las contracciones son más seguidas y Fanren desea contar con la compañía de su madre.

En eso, un alarido femenino llenó toda la casa y encrespó a ambos caballeros que miraron hacia el tope de la escalinata. Por un momento creí que los vería subir entre trompicones, pero lo único que hicieron fue soltar un suspiro pesado que me hizo sonreír, enternecida.

―Rogué tanto por este niño… ―continuó él―. Casi tres años esperando la bendición que… tratar de explicar cómo nos sentimos cuando el médico nos dio la noticia resultaría insulso… Y ahora no sé… Ella…

Di un paso adelante y posé mi mano en su hombro; su mirada se posó en mí entre curiosa e interrogante.

―Quizás ahora está asustado, pero cuando le den permiso de subir y se encuentre con su mujer, la verá rodeada de un aura diferente: el amor de madre. Allí su miedo se diluirá y solo quedarán en usted las ganas de abrazarla a ella, arrullar a su pequeño y contar deditos. Se lo garantizo.

La expresión masculina pasó lentamente de la aprensión a la ilusión.

―Lamento mis modales, entenderá que hoy no soy del todo una persona sino nervios andantes ―se rio―. Soy el barón Brassington, pero puede llamarme Daiki, después de todo seremos familia dentro de poco.

―Sakura Kinomoto, un gusto.

―Por favor, vengan conmigo ―dijo y tomó dirección al interior―. Le había dicho a Shaoran que lo único que me ha mantenido cuerdo en estos momentos es la compañía, así que el que la haya traído es una bendición.

―Te lo dije ―musitó mi prometido al ofrecerme su brazo y seguimos los pasos del futuro padre.

Entre conversaciones y anécdotas de una vieja amistad entre el barón y mi novio, el tiempo siguió su avance, aunque con cada grito lejano que llegaba al pequeño salón, ambos miraban hacia la puerta y la decepción los embargaba cuando nadie aparecía con noticias. Sin poder evitarlo, la imagen de Shaoran caminando de un lado a otro mientras esperaba por el llanto de un bebé propio, se bosquejó en mi mente… y sonreír me resultó inevitable.

―Pediré que nos traigan té ―anunció el barón y se levantó, momento que Shaoran aprovechó para sentarse a mi lado, ignorando totalmente la presencia de mi carabina.

―¿Puedo saber que ha provocado tan hermosa sonrisa, señorita Kinomoto?

Mis mejillas se calentaron ante su pregunta y por un breve momento consideré mentir para desviar su atención y evitar el bochorno, pero ¿por qué tendría que avergonzarme el soñar un futuro… nuestro futuro? Así que mi expresión se amplió más al contestar:

―Recordé lo que me dijiste del nacimiento de Fanren y, viendo al pobre barón, no pude evitar preguntarme cómo serás cuando nos toque a nosotros.

―Oh. ―Shaoran se cruzó de brazos y pareció pensarlo. Su entrecejo se arrugó un poco e hizo una mueca graciosa―. No tengo una respuesta definida, pero de lo que puedes estar segura es que nadie me sacará de la habitación.

Inútilmente, tapé mi boca para evitar que la carcajada que emergió estridente y hasta un poco chillona, pero no importó, más cuando él no dudó en unirse a mí. Eso relajó sus hombros que hasta ese momento habían estado rígidos. De esa forma, comprobé que en verdad no había mejor remedio para las angustias que la risa.

―Me imaginaste… sentado al lado de la cama con los brazos cruzados, ¿cierto? ―habló mientras limpiaba las esquinas de sus ojos.

―Y con una mohína digna de ti, por supuesto ―contribuí a la burla a sí mismo.

De repente, la figura de la condesa viuda apareció en el salón y el silencio se impuso de inmediato. Shaoran se levantó y fue a su encuentro; sin embargo, no hicieron falta las palabras porque su júbilo era tal que no podía ocultarse y hablaba por ella: la lluvia que arreciaba afuera le otorgaba su bendición a esa nueva vida que había llegado para darle felicidad a los Li.

―¿Ella…?

―Está perfecta con su pequeña.

―Una niña… ―Shaoran se tapó el rostro por un momento y después mostró la sonrisa más radiante que le había visto hasta ese momento.

―Le dije a Daiki que subiera, así que tendrás que esperar un… ¡Oh! ¡Sakura! ¡No sabía que vendrías! ―dijo cuándo reparó en mi presencia.

―Lamento la intrusión, su señoría.

―Niña mía ―sonrió y me dio un abrazo que si bien fue sorpresivo, me resultó agradable―: Tu lugar está aquí con nosotros.

Sus amables palabras conmovieron mi corazón y solo pude musitar un "gracias" que no englobaba mi sentir, porque después de conocer la historia no podía hacer más que admirarla por ser una dama en todo el sentido de la palabra.

Así que me esmeré en escucharla hablar de la infancia de Shaoran y Fanren, porque eran los preciosos recuerdos que la habían convertido en quien era en ese momento: la mujer valiente y cálida que sonreía orgullosa de su familia.

Poco después, el doctor bajó las escaleras con la comadrona y tras dejar algunas recomendaciones a la nueva abuela, nos dio el visto bueno para conocer a la bebita. Shaoran ofreció su brazo y nos encaminamos a la parte superior de la vivienda donde solo un par de puertas estaban abiertas de par en par. Al atravesarlas, me encontré precisamente con la imagen que le había descrito al barón: una joven castaña que miraba embelesada a su marido arrullar un bultito pequeño. Y a pesar de parecer un poco torpe y temeroso, por la mirada humedecida y mimosa que le daba, estaba segura que no habría mejor refugio para la pequeña que los fornidos brazos de su padre.

―Ven, Suspiros ―musitó Shaoran y con un delicado jalón, me instó a caminar hacia la cama donde su hermana descansaba.

La mirada de Fanren, tan similar a la de su hermano, alternó entre los dos varias veces con curiosidad. Shaoran dio un ligero apretón en mi mano que descansaba en su antebrazo, y hasta ese momento fui consciente de que estaba temblando. Elevé la mirada hacia él y encontré en sus labios ese bálsamo que lograba apaciguar mis nervios y temores, porque sin palabras prometía que todo estaría bien.

―¿Qué tipo de adjetivo debería usar para describirte en este momento, hermanita? ―fingió preguntarse con los dedos en el mentón.

―¿Rozagante, preciosa, una diosa de infinita belleza, tal vez? ―contraatacó con voz cantarina y sacudió su largo cabello que era más claro que el de su hermano.

―Una diosa maternalmente agotada ―acotó en una risa, y me soltó para dejar un beso en la coronilla de Fanren―. Lo hiciste bien, cariño. Estoy muy orgulloso.

Un ser humano podía formar muchos tipos de vínculos a lo largo de su vida, pero el que se formaba entre hermanos era inmarcesible y ni el tiempo ni las vueltas de la vida eran capaces de romperlo. Porque aun cuando tomaran caminos distintos, podrían encontrar una mirada cariñosa, palabras de aliento y una mano dispuesta a limpiar las rodillas del otro cuando lo necesitara.

Lo sabía porque aun cuando mis hermanos no estaban todo el tiempo conmigo, sabía que podía contar con ellos sin importar lo que pasara; y mi espíritu entró en regocijo al atestiguar que la fuerza del hilo que unía a los Li era igual o incluso más poderosa.

Y aunque las circunstancias fueran poco habituales para una presentación, Shaoran hizo los honores y pronto se formó una nueva conexión que derivaba del amor que ambas sentíamos por él. Así nos sumergimos en una pequeña y agradable charla trivial a pedido de Fanren, aunque el cansancio era notorio en ella y sus ojos cerraban telón cada cierto tiempo.

―Después de haber estado recluida por casi tres meses, me parece humillante no poder mantener una conversación cuando hay tanto por saber.

―¿Qué le parece si la continuamos la próxima semana? Le prometo venir y podremos hablar de lo que usted quiera.

―¿De verdad? ―preguntó, llena de tanta ilusión que me hizo sonreír.

―También puedo traer a una gran amiga, la marquesa de Reever. Estoy segura que ella podrá aportar mucho más que yo sobre lo que acontece en la sociedad.

―Oh, la esposa de Eriol, una chica dulce me pareció en la boda.

―¿Asistió a su boda? ―Ella asintió―. Vaya, no recuerdo haberla visto.

Apareció en su rostro ese gesto ladeado que ya sabía venía de familia.

―No éramos punto focal de la otra en ese entonces, pero ahora todo cambia. ―Sus ojos se desviaron por encima de mi hombro y la sonrisa se transformó en una llena de afecto―. Mire eso, Sakura.

Cuando me giré, observé como el flamante tío había pasado de mero espectador a sostener entre sus brazos a la bebé Xiao Mei, nombrada así en honor al hombre que había dado tanto por esa familia. Una descarga me recorrió el cuerpo, se trataba de un anhelo tan poderoso y brillante como el sol que parecía acompañar siempre a mi prometido: la felicidad plena. Y lo mejor era que estaba allí, en esa sonrisa encantadora, en el amor que derrochaba su mirada unida a la de la pequeña que le había tomado un dedo, y en su risa que a veces adquiría un matiz infantil. Con la yema de mis dedos estaba rozando mi felicidad y dependía de mí que pudiera al fin hacerla mía porque, como había dicho mi madre, todo en la vida se trataba de decisiones.

Tiempo después, mientras observábamos la lluvia caer por la ventana de un solitario pasillo, tomé la mano de Shaoran y di el primer paso hacia esa felicidad que había decidido alcanzar.

―Creo que ir a ver al duque es una equivocación.

Cuando giró su rostro hacia mí, mostró el desconcierto en sus ojos, provocado quizás por mi sorpresiva declaración o por el ímpetu que le había imprimido; y esperé que fuera suplantado casi de inmediato por un ceño fruncido o unos labios tensos, pero en vez de eso lo que hallé fue… silencio. No había nada en esa expresión inescrutable ni en sus ojos que me dijeran lo que por su mente estaba pasando. Mi mandíbula tembló ante la barrera que él había interpuesto entre su alma y la mía, un momento corto de debilidad que me obligué a superar porque yo defendería mi decisión. Y si las cosas no salían como esperaba, al menos habría exteriorizado mis pensamientos y no me sentiría sofocada después por no haberlo intentado.

―¿Qué propones entonces? ―Su tono de voz, tranquilo y sin alteraciones, me asombró.

Y si bien no había sonrisa, algo en su rostro cambió y pude distinguir su disposición de escucharme. De esa manera me hizo recordar que se trataba de Shaoran, que si bien su pasado era un tema que lo alteraba, él siempre había declarado su intención de respetar mis ideas y opiniones, las compartiera o no.

―Yo… ―Aclaré mi garganta al sentirla temblorosa. Debía proyectar mi seguridad si quería hacerme entender. Enderecé los hombros y proseguí―: Mi propuesta es que construyamos nuestro camino con cada día que vivamos, y mantengamos nuestra vista en ese futuro que ambos deseamos tener. ―Apreté su mano un poco más y sin dejar de verlo a los ojos, di un paso adelante―. La felicidad, Shaoran, es vivir a plenitud. Por eso yo… yo…

Su mano le otorgó una caricia a mi mejilla.

―¿Tú qué?

―Deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que seas libre de los fantasmas de tu pasado. ―Incliné la cabeza para profundizar su toque―. Deseo que aceptes lo bueno que ocurrió en tu vida y que agradezcas por las enseñanzas que obtuviste, porque aun cuando viviste tantos años en las penumbras del odio y el resentimiento, surgiste. ―Sonreí y esa vez fui yo quién lo acarició y le saqué un suspiro profundo―. Mírate hoy, Shaoran Li, mira en quién te convertiste: un hombre competente que no sucumbió a las adversidades. Levantaste a una familia que parecía perdida y te convertiste en… luz. Eres un sol maravilloso que nos ilumina a todos con su candor y devoción. Así que… ¿vale la pena buscar ese pasado que velará tu albor?, ¿realmente cambiará en algo nuestra situación? ―Contesté yo misma al negar con la cabeza―. No, porque una persona miserable siempre intentará hacer sentir miserable a la estrella que envidia. Así que no le demos ese placer. ―Mi derecha se unió a su hermana en las caricias que prodigaba a su piel―. Neguémosle nuestra luz, mi rey sol. Y sigamos hacia nuestro futuro.

Una risilla suave reverberó en su pecho y después, en un giro sorpresivo, me hallé entre su pecho y la pared.

―Tu habilidad para crear frases de la nada es maravillosa.

―Shaoran… a-alguien puede…

―Nueva enseñanza sobre el erotismo, mi Ama de los Suspiros: lo indecoroso y el riesgo que contrae, siempre tienta y… excita.

La danza dorada de las velas le otorgó un resplandor depredador a sus ojos, y su energía casi volcánica encendió la mía al punto de sentir arder la piel. No había cohibición ni timidez, todo lo contrario, mi respiración se tornó irregular y, hechizada por su ferviente mirada, hice la cabeza a un lado para darle permiso. Su cabello hizo cosquillas en mis mejillas cuando descendió y entonces sentí sus labios tocar la sensible piel de mi cuello; los pensamientos más indecentes invadieron mi cabeza y se apoderaron de mi raciocinio con cada beso. Y tuve que darle la razón, porque el simple hecho de estar en peligro de ser descubiertos en algo tan indebido, avivó como nunca antes el deseo que sentía por él.

De hecho… quería más.

Sus labios se deslizaron calientes hacia mi mandíbula y lo sentí sonreír por un gemido que se me escapó. Me sentía embriagada y todos los sentidos se habían alineado para sentirlo a él… solo a él. De esa forma percibí sus manos cerrarse en mi cintura al tiempo que alcanzaba mi oreja; dejó un pequeño mordisco en el lóbulo y una oleada de placer exquisita estremeció todo a su paso. Su pulgar marcó una caricia ascendente por mi costado hasta bordear uno de mis pechos, ida y vuelta, y por el cielo juraba que lo sentía como si no hubiera tela entre nosotros; la excitación fluyó hacia mi voz que susurraba su nombre y al mismo centro de mi ser.

Entonces pensé que la pasión y el goce me hacían vulnerable y poderosa al mismo tiempo, porque solo bastó una caricia osada en su nuca para que su piel se erizara y un gruñido ronco hiciera vibrar su pecho.

―Tú ganas ―su ronroneo me recordó los días en los cuales disfrazaba su voz―. Haremos lo que dices.

Con la mente embotada por las deliciosas caricias, no recordaba del todo lo que habíamos estado hablando, pero sabía que hablaba del duque y me limité a asentir.

―Y si vamos a seguir con nuestras vidas… ―Gemí al sentir su lengua en mi cuello―. Debemos retomar lo que dejamos pendiente.

―¿Qué… cosa?

Sus labios serpentearon sobre mi piel encendida hasta posarse sobre mi boca.

―Tu novela, Suspiros.

―Yo… con todo lo que ha pasado… puede esperar.

La mano que había estado fija en mi cintura descendió hasta la cadera y luego torció su rumbo hacia la parte baja de mi espalda. Frotó y luego me atrajo con fervor; mis piernas flaquearon y, para darme apoyo, una de sus rodillas se coló entre mis muslos. Cada una de mis curvas se amoldó a él y me permitió conocer la dureza de su pecho y de aquello que se aprisionaba contra mi vientre. Debí sentirme escandalizada, debí sentirme azorada, pero solo pude pensar en… perfección y en que la tela ahora sí estorbaba.

Mi mano paseó desde su hombro hasta su pecho y de esa forma sentí que no era la única con un corazón desbocado y respiración agitada.

―Más allá de la responsabilidad, se trata de ti, mi dama de medianoche, y también de la promesa que te hice. ―La caricia de sus palabras causaron un desierto en mi boca―. Así que no puede esperar.

―Pero…

Con un beso enérgico, brioso y profundo, acalló mis cuestionamientos. Su aroma se tatuó en mí y el vientre se sacudió por sensaciones increíbles y placenteras que me robaron un clamor que se ahogó en su garganta.

―Creo que te he dado un poco de inspiración para que hagas una tarea para mañana.

―¿T-tarea?

Él asintió y arrastró su boca de nuevo a mi oreja.

―Enlista los hechos eróticos que deseas en tu escena. Piensa esta noche, milady, inspírate, imagina, visualiza… porque sé muy bien que puedes hacerlo. Y si quieres, déjame acompañarte en ello como lo hiciste la vez pasada ―susurró y cuando se alejó, sonrió satisfecho ante mis mejillas ardientes y mi mirada entornada… cargada del ardor que él había provocado con su atrevida… y sensual sugerencia―. Hoy será una noche productiva… para los dos… y mañana crearemos juntos.

Sus palabras escandalosas avivaron mi ardor y me hicieron desear estar ya en mi habitación, porque estaba segura que sus caricias marcadas en mi piel y sus ojos llameantes que me contemplaban con tanta intensidad y pasión, me harían imaginar y sentir mucho más que la vez pasada… Aunque estaba segura que la realidad lo superaría por mucho y… por primera vez, me dije que dos meses era demasiado tiempo que esperar.

Necesitaba que el Erudito de las Sábanas me diera parte de su conocimiento… y para ello tendría que seducirlo.

Que dios me amparase, me había vuelto una depravada… pero me encantaba.

Capítulo veintinueve que nos muestra el entorno familiar de nuestro conde, en el cual Sakura ya se introduce como futura condesa. Aunque también genera expectativas para lo que viene en el siguiente. No diré más al respecto.

Hemos entrado en la recta final porque solo nos quedan seis capítulos y el epílogo. En verdad les agradezco mucho mucho mucho por su compañía y por tomarse un tiempito para hacerme saber sus impresiones. Saben que son muy valiosas para mí, porque me hacen saber la forma en la que hacen mis historias parte de ustedes. Es muy bonito saberlo y por eso lo agradezco mucho.

Mi agradecimiento como siempre a mis preciosos lectores cero Pepsipez y WonderGrinch por acompañarme en esta aventura desde su concepción :)

Gracias por su cariño y por estar a mi lado en cada historia que inicio, chicos, espero lo sigan haciendo por un buen tiempo y no se olviden de comentar.

Un enorme beso para todos,

CherryLeeUp.