¡Hola, chicos! Como siempre, aclaro que los personajes de CCS no me pertenecen, pero todo lo que verán en esta historia surgió de mi completa imaginación.
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Queda terminantemente prohibida la copia parcial o total, así como el uso de escenas o la trama sin mi consentimiento.
Bueno a comenzar :D
La dama de medianoche
Capítulo 30
Frente al espejo di varias vueltas para observarme desde todos los ángulos posibles. Que la ropa me quedara holgada era perfecto para disimular mis atributos femeninos, Rika me había trenzado el cabello para ocultarlo debajo de un gorro de algodón y las botas… Bueno, las botas me quedaban grandes, algo que mis doncellas habían solventado al rellenarlas con calcetines extras. Las miré; negras, lustrosas y terriblemente incómodas.
Di una última vuelta y le sonreí al chico que me devolvió el gesto en el espejo: no me había equivocado, la ropa vieja de Ned era perfecta para la incursión que iniciaría dentro de poco.
―¿Está segura que no quiere que la acompañe? Mientras usted disfruta con sus amigos de la Sociedad, yo podría esperarla en la entrada de la galería de arte.
A través del espejo distinguí la expresión preocupada de Rika; me sentí culpable por la mentira que había usado para ocultar mis verdaderas intenciones, porque no podía permitir que ella fuera conmigo por dos motivos. El primero y más importante; el secreto de Shaoran. Mi doncella era muy inteligente y en cualquier desliz podría llegar a una verdad que solo él tenía el derecho de revelar.
Con lentitud, le mostré a través de mi rostro y el apretón en su mano la gratitud por su sincera preocupación y ganas de cuidar de mí.
―Esto no será como las usuales visitas a la Sociedad donde tendrías un sitio confortable en el cual esperarme, querida. Y no me sentiría cómoda sabiendo que estás sola y de pie bajo el sol de la tarde, mientras yo "disfruto" de la experiencia.
―No tengo problema de…
―También resultaría sospechoso que la doncella de la señorita acompañe a un chico, o sea vista deambulando como alma en pena por las calles cercanas a la galería ―interrumpió Chiharu al pasarme la levita que completaba mi atuendo.
―Eso es muy cierto ―le agradecí con un guiño que ella correspondió, y volví a Rika―. Estaré bien, te lo prometo. Además, ―Di una vuelta sobre mi eje―, ¿quién le prestaría atención a un mocoso de dieciséis años?
Su claudicación llegó con un suspiro profundo. Después ella misma me pasó el antifaz que usaría al llegar a la reunión que había inventado con los miembros de la Sociedad en la galería de arte. El objeto de negro mate se hizo pesado en mis manos; la carga de la mentira que acepté al guardarlo en el bolsillo interno de la levita.
Era mi decisión y tendría que lidiar con las consecuencias.
Caminé hacia el pequeño escritorio y al abrir la gaveta privada saltó a relucir mi tesoro: Luna de primavera. Sonreí sin remedio al acariciar la cubierta porque más allá de tener una dedicatoria tan maravillosa, después de saber lo que ese libro significaba para Shaoran, se había vuelto invaluable para mí.
Lo alcé un poco y justo debajo estaba la libreta donde había anotado ideas durante la noche. Pasé las páginas con rapidez hasta llegar al principio de los elementos que deseaba plasmar en la escena erótica que se daría entre Velkan y Samira. Mis mejillas se ruborizaron; si bien no había sido nada sencillo el visualizar ciertas cosas… que fuera Shaoran mi protagonista me llenó de mucha inspiración y fue… mucho más placentero que aquella vez tan lejana ya.
Cerré el cuaderno de golpe y me abaniqué con él; en verdad me había convertido en una descarada y lo aterrador y emocionante a su vez, era que ya no me sentía culpable por ello. Todo lo contrario, deseaba más y allí estaba el segundo motivo por el cual Rika no podía ir conmigo: quería estar a solas con Shaoran.
Sabía cuáles serían las implicaciones a mi reputación si me descubrían, pero por extraño que pareciera, no tenía miedo de ellas y también confiaba plenamente en mi prometido: él respetaría mi decisión, siempre.
Y ante la posibilidad de que un poco de la fantasía pudiera quedar atrás en esa visita, mi alma se llenó de energía y emoción. Guardé la pequeña libreta en el bolsillo de mi pantalón y después de verificar que faltaban escasos cinco minutos para la hora pautada, me giré hacia mis doncellas:
―Estoy lista. ¿Me ayudarán a escapar?
Rika suspiró y asintió, mientras que Chiharu dio pequeños aplausos para mostrar su ánimo. Tan diferentes, tan fieles y las adoraba a ambas por siempre alentarme a vivir.
Las seguí por la escalera de servicio y a medida que nos acercamos a la cocina, la voz fuerte y marcada del cocinero se hizo más audible; entonaba una curiosa canción en su particular acento extranjero.
―Recuerde: su madre regresará a las seis, así que debe volver antes de esa hora. Nosotras estaremos pendientes para ayudarla a entrar ―musitó Rika y yo cabeceé mi respuesta; cuatro horas era tiempo más que suficiente―. Espere aquí mientras creo una distracción.
Al asentir de nuevo, tomó una respiración profunda y se internó en la cocina. Tras saludar a otra criada y al joven que ayudaba al cocinero a preparar nuestras comidas, fingió inspeccionar las despensas, como si buscara algo. De repente, se llevó una de las manos a la cabeza y después su pequeño cuerpo se desplomó al piso. Todos corrieron en su auxilio, algo que yo misma hubiera hecho si no supiera que se trataba de un ardid.
―¡Vamos, ahora! ―El jalón de Chiharu me regresó al momento y al lugar.
Cubierta por ella, me escabullí mientras ellos trataban de reanimar a Rika. Una vez en el jardín, corrí hacia la salida sin mirar atrás y solo me detuve cuando me vi en la calle. Mi pecho subía y bajaba por la carrera, así que fingí acomodar mi levita para recuperar el aire.
Cielo santo, no recordaba haber tenido tal velocidad en mi vida.
Una última inspiración y miré de un lado a otro con disimulo; no había nada fuera de lugar, solo personas que caminaban sumidas en su propio mundo. Nadie parecía vigilar mi hogar lo cual era bueno, aunque no debíamos confiarnos porque si bien habíamos decidido seguir con nuestras vidas e ignorar al duque, eso no quería decir que el noble cedería en su acecho.
Avancé por la avenida con zancadas largas que trataba de hacer ver masculinas, con rumbo al lugar de encuentro que sería a tan solo una cuadra de mi casa. Shaoran era listo y por eso, aun sin decirle que ya había sido víctima de asedio, llegó a la conclusión de que ese era un hecho más que factible. Así que fue muy enfático y detallado a la hora de planear nuestro encuentro por mi seguridad.
No creía que el duque llegara a tales extremos, pero era mejor prevenir que lamentar.
Me detuve un momento y golpeé la punta de la bota contra el suelo, con la intención de que algo se moviera y fuera más cómodo el andar. La molestia persistió y probablemente tendría rozaduras; así que preferí enfocarme en que muy pronto estaría sentada y trabajando en mi novela para resistirlo.
Retomé el paso y al cruzar en una esquina me quedé quieta mientras observaba a las personas que se desplazaban por la avenida. Pronto divisé a un joven que parecía leer un periódico en plena acera y, si bien su vestimenta era sencilla y su cabello estaba oculto debajo de una gorra de algodón, reconocí su perfil y mi corazón aleteó contento.
―¿Algo interesante en las noticias, milord? ―musité cuando llegué a su lado.
La sonrisa ladeada que apareció en respuesta fue suplantada por el desconcierto apenas me vio. Recorrió mi figura de pies a cabeza varias veces antes de abrir la boca y volver a cerrarla. Una vez más, había dejado a Shaoran Li sin palabras y sonreí, triunfal.
―Dijiste que debíamos tener cuidado, así que me pareció una buena idea disfrazarme. ―Aclaré mi garganta y después traté de forzar mi voz para hacerla sonar varonil al continuar―: ¿Qué tal su día, señor?
Eso pareció sacarlo de su estupor y tras sacudir su cabeza, me regaló ese gesto taimado antes de señalarme con un dedo.
―Tendré que tener un ojo en ti en todo momento, porque si me descuido terminarás robando mi ropa también…
De repente, se llevó un dedo al mentón y pareció reconsiderar sus palabras mientras volvía a marcar un recorrido por mi cuerpo. Era tan intenso que sentía su mirada como una caricia impetuosa y seductora. Cuando llegó a mi rostro sonrojado, amplió su sonrisa.
―No, eso no será una molestia, sino más bien un… deleite.
―Ahm… creo que deberíamos irnos… ya sabes… no atraer la atención.
Su risa baja reverberó entre nosotros.
―Si es lo que el "joven" quiere, entonces pongámonos en marcha ―dijo y dobló su periódico, antes de susurrar―: ¿Dónde se quedó tu carabina?
―Ah… bueno…
Sabía que me preguntaría por ella y había preparado una excusa más que creíble que tenía que ver con la protección de su secreto, pero al ver como su rostro cambiaba de la travesura a la seriedad a medida que avanzaba en mi explicación, empecé a dudar. Quizás…me había excedido.
―Podemos dejarlo para otro día y pensar con calma cómo hacer para que mi doncella no sospeche al vernos trabajar. De esa forma…
―No ―me interrumpió y negó con la cabeza también―. Ya hemos retrasado esto demasiado, además... ―Se inclinó un poco hacia mí, como si fuéramos un par de amigos que compartían una confidencia―, quiero cumplir la promesa con la cual logré que mi prometida aceptara casarse conmigo.
Ambos nos reímos con ligereza y después hizo el ademán de acodar su brazo para refrenarse dos segundos después.
―Esto es incómodo ―gruñó entre dientes.
Mi gesto guasón apareció.
―Yo lo siento más bien… refrescante ―respondí, tratando de usar la misma entonación que él solía emplear cuando quería ser un seductor.
Shaoran negó con su cabeza y me hizo reír al mostrar esa clase de gesto que decía: "mejor unirse que batallar". Me indicó con un gesto que lo siguiera y no lo dudé ni un segundo, mientras experimentaba el fuerte galopar en mi pecho ante lo que estaba por descubrir: su templo de escritura. Un lugar lleno de promesas y misiones secretas.
Caminamos por las calles concurridas de Zándar entre bromas y chistes como lo harían un par de amigos. Aunque era una mera apariencia porque las palabras dichas rebosaban de coquetería: como algunas menciones incitadoras de libros y besos robados entre amantes que, según él, solo buscaban crear ambiente para nuestro trabajo. Cada uno tenía impregnado esa seducción tan natural en él y yo respondía con el mismo vigor y audacia. Eso hizo que su gesto ladino aumentara hasta hacerse perenne en sus labios.
―Es allí ―señaló con la cabeza un edificio llano que estaba justo frente a la plaza de los ángeles.
Aunque usé la pequeña pausa para descansar mis pies, también me di el permiso de admirar cómo habíamos estado tan cerca y a la vez tan lejos. Podía imaginarlo, apoyado en alguna de esas ventanas para ver el movimiento de las personas en la plaza y en muchas ocasiones… yo fui una de ellas. Las sensaciones que me abordaron ante esa nueva luz, fueron más allá de un estremecimiento o el erizamiento de la piel. Era como si fuera más sensible a los estímulos que me rodeaban… No podía definirse en una única palabra.
―¿Todo bien, Suspiros? ―La voz baja de Shaoran me sacó de mis cavilaciones.
Ante la preocupación reflejada en sus ojos, asentí confiada.
Retomamos el paso y pronto me hallé frente a la puerta de un departamento en el segundo piso. Mi prometido no se pudo desligar de su rol de caballero y me permitió la entrada primero. El vestíbulo pequeño y alfombrado no mostraba la suntuosidad que debería tener el departamento de soltero de un conde, pero si la sencillez del hombre que él era en el fondo.
Sonreí; ese espacio era el reflejo perfecto de Shaoran Li.
―Imagino que te sorprende ―le escuché decir a mi espalda―. La verdad es que solo deseaba un espacio para escapar del silencio y escribir, así que no puse demasiado empeño en la decoración.
Me giré y negué con la cabeza.
―Con lo poco que tiene lo hiciste tuyo y es perfecto.
Su rostro se tornó afectuoso y aceptó el halago.
Me adentré un poco más, aunque la molestia que fustigaba mis pies me hizo reconsiderar la velocidad de mis pasos al tratar de llegar hasta la ventana. Como imaginé, desde ese lugar se podía apreciar casi toda la plaza y hasta se veía la librería donde vendían Pasiones Líricas. ¿Cuántas veces habría sido yo parte de ese mar de personas mientras Shaoran nos observaba?
―¿Le sucede algo a tus pies?
―¿Eh?
―Tus pies ―los señaló―. Has tratado de disimularlo, pero he notado que caminas con cierta incomodidad.
―Ah… bueno…
Mis mejillas se calentaron un poco y preferí mirar a las responsables de mi martirio al tener que contarle. Esperé escuchar su risa o algún tipo de comentario burlón; en lugar de eso, fui alzada en vilo por sorpresa. El gorro que mantenía oculto mi cabello fue a dar al piso y por un largo segundo, de esos que parecían insolentes a su padre tiempo, nuestras miradas se unieron y transmitieron un mensaje secreto, incluso para nosotros mismos.
Shaoran aclaró su garganta y poco después fui depositada en el sofá.
―Debiste decirme. ―Se agachó frente a mí y tomó la pierna con delicadeza―. ¿Puedo?
Más allá de sentir su toque, deseaba experimentar lo que era ser cuidada por él. Así que en vez de dar la respuesta decorosa y correcta que debía, mi cabeza expresó un sí.
Con lentitud retiró una bota, luego la otra y por último los innumerables calcetines. Y quizás, muy en el fondo había esperado encontrar algo erótico en como sus dedos rozaron la piel enrojecida y en cómo realizó la detallada inspección; sin embargo, no hubo en mi pecho más que un sentimiento acendrado y tierno.
―Afortunadamente, no tienes rozaduras, pero es mejor que dejes libres tus pies mientras estamos aquí. Al terminar, alquilaremos un carruaje para que no tengas que caminar.
―Me da un poco de vergüenza andar descalza en tu casa.
En ese momento fue cuando su travesura salió a flote. Bajó mis pies a la cálida alfombra y después se despojó de gorro, botas y calcetines, sin dejar de mirarme, como si me desafiara a decirle que no lo hiciera. Lo único que encontró fue mis labios extendidos.
―Problema resuelto ―dijo al levantarse y después tendió su mano hacia mí―. Si estamos en igualdad de condiciones, no hay motivo para estar apenados.
―Ciertamente. ―Acepté su gesto galante y me puse en pie.
―Y ahora que estamos cómodos… ―Dio un ligero apretón a mis dedos―, creo que es hora de ponernos a trabajar.
Emocionada, asentí.
A pesar de estar descalzo, se desplazó con ese andar seguro tan propio de él, lo cual me resultó fascinante porque era esa clase de detalles que solo una persona íntima podía conocer. Así que lo seguí con una sonrisa hacia una puerta que estaba entreabierta.
Esperaba encontrar al otro lado un despacho que en tamaño fuera la mitad del de mi padre, con uno que otro libro en las repisas y completamente desordenado. Nada más alejado de la realidad porque allí, entre esas cuatro paredes, descubrí un espacio maravilloso que transmitía toda la esencia del escritor que habitaba en Shaoran.
Las estanterías estaban bien alimentadas, aunque algunos libros habían sido dejados por cualquier lugar. Una elegante licorera que estaba en una esquina custodiaba el líquido ambarino en cristalería fina; inmediatamente lo visualicé sirviéndose un trago para leer después lo que había escrito.
Y el escritorio… El golpeteo en mi pecho se intensificó con cada paso dado hacia allí y cuando mis dedos rozaron las plumas manchadas de tinta, responsables de tan febriles relatos, dejé de respirar por la emoción.
―Bienvenida al refugio del Erudito de las Sábanas, lady Suspiros.
Shaoran se cruzó de brazos y dejó reposar en su boca un gesto presuntuoso, al saberse objeto de mi admiración. Algo que no podía ni quería negar, así que opté por una táctica diferente para hacerle frente. Me acerqué y cuando estuve a solo dos pasos de él, imité su postura y alcé el mentón.
―Que por estos días también será mío, ¿no es así, lord Murakami?
―Eso espero, milady. ―Me hizo reír al contestar con ese tono rasposo que usaba en la Sociedad―. ¿Hiciste la tarea que te encomendé?
Mi mano bajó hasta el bolsillo de mi pantalón y perfilé la pequeña libreta con los dedos. Por un momento la inseguridad apareció y dudé de entregarle ese objeto tan valioso en el cual vivía parte de mi alma como escritora: mis ideas. Pero al hallar en él la comprensión que solo otro escritor podía compartir y también el respeto que sentía por mi trabajo, desterré todas las dudas y deposité en su mano mi tesoro.
―Sabes que no soy tu juez, sino tu apoyo, ¿cierto?
―En realidad, eres mi cómplice ―respondí en una risilla.
Con la sonrisa en los labios, acarició mi mejilla y después me invitó a sentarme en el sofá de dos plazas.
―¿Te resultó complicado?
―No tanto como esperé.
«Y la visualización ayudó mucho», quise añadir, sin embargo, las palabras se quedaron atoradas en mi garganta. Fingí mirar mis pies al percibir el calor arremolinarse en el rostro; al parecer, no era tan desvergonzada como creía.
―Bien, vamos a ver que tenemos aquí.
Después de indicarle la página que debía buscar, Shaoran se frotó las manos y leyó lo que había escrito en esas seis páginas, pues más que construir una lista, expresé mediante pequeños párrafos lo que deseaba que mi escena tuviera. Y al igual que sucedió aquella noche en la Sociedad, su inspección la realizó en total silencio y me resultó fascinante ver como su mente se abstraía para considerar opciones tal vez, o entretejer ideas para darle sentido a lo que yo había escrito.
Unos minutos después, se levantó y fue hacia el escritorio para tomar una hoja, una pluma, un tintero, y regresó con ellos.
―En primer lugar, me siento satisfecho de que fijaras al comienzo tu intención con esta escena ―expresó y anotó la palabra "propósito" en la hoja―. Es más que lujuria. Es entrega, devoción, amor con cada caricia. Así que debes usar un lenguaje acorde y acciones que muestren todo esto, lo cual calza perfecto con tu estilo.
―Recordé lo que me dijiste en el concierto de Thornton: no necesito ser explícita para transmitir pasión en una escena.
Shaoran sonrió de lado y me observó.
―Solo necesitas los elementos correctos y yo me aseguraré de que los tengas a la mano.
Quizás se debió a las intenciones que guardaba en mi interior que imaginé un sentido oculto y seductor en sus palabras. Moví la cabeza y traté de enfocarme de nuevo en lo que me decía.
Retomamos la escena donde la habíamos dejado la vez pasada y, como primer paso, establecimos la necesidad de hacer una transición limpia entre el ardoroso beso que compartían mis protagonistas y el lecho. La opción que había colocado entre mis ideas era desvestirse poco a poco a medida que avanzaran y me valí de lo que Shaoran me había dicho la última vez. Sin embargo, propuse que fuera lento y tierno para permitirles disfrutar cada caricia, justo como si fuera una primera vez… Justo allí mi novio me contradijo con argumentos que no pude refutar.
―Si fuera una primera vez, te daría la razón porque todo hombre que se considere como tal, tratará de asegurarse de que la mujer se sienta cómoda con su presencia y caricias, antes de consumar. Pero tú nos has presentado a una pareja que han compartido lecho varias veces, aun cuando no lo has mostrado.
―Con tanta tensión en el ambiente y después de tanto sufrimiento, lo siento correcto, necesario. Es como el momento ideal para mostrarlo ―traté de justificarme.
―Es allí a donde quiero llegar. ―Anotó en el papel la palabra "deseo"―. Aunque seamos seres pensantes, también nos dejamos guiar por los instintos y después de tanto tiempo de estar separados, del miedo y del dolor… Las caricias del otro serán como un elixir del cual ansiarán beber para sanar. Así que la lentitud no es una opción, al menos no en este punto.
―Entonces… ¿debo descartar la ternura? ―pregunté con algo de desánimo.
Su mirada se suavizó y escribió la palabra junto a la anterior, con una flecha.
―Existen elementos que puedes usar para dar esa sensación, como la torpeza, por ejemplo.
En pocas palabras, Shaoran describió una escena donde pude ver a Velkan y a Samira frente a mí. Trataban de desvestirse entre besos y caricias poderosas, algo que debería llevar al auge de la excitación, si no estuviera adornado de risas por la incapacidad de unos dedos temblorosos que no podían con un corsé, o algún resbalón debido al desespero. Y tuve que admitir que la imagen me resultó dulce y me agradó.
―Es aquí donde la sensualidad volvería a entrar en el cuadro ―escribió y comprendí de inmediato a donde quería ir.
Le quité la pluma y escribí: "Samira se desviste por sí misma ante Velkan", a lo que él sonrió conforme.
Entonces me trasladé de nuevo a la pequeña habitación; ellos se reían por las tonterías previas. Y cuando Samira se llevó las manos al nudo del corsé que la mantenía prisionera, su mirada se tornó fervorosa. La garganta de Velkan se volvió árida ante tal imagen y se sentó en la cama a observar el espectáculo que ella le daba.
La ropa formó un charco a su alrededor y los ojos de su amado la acariciaron, aunque pronto fue suplantada por sus manos ansiosas.
Shaoran me sacó del cuadro al complementar la idea al decir que Velkan no resistiría mucho más.
―La tomará en brazos para depositarla en el lecho. Luego, ante la vehemente mirada femenina, se desvestirá y la parsimonia gobernará cada movimiento. Eso atizará la llama hasta convertirla en un incendio que se hará evidente en cada inspiración, en las cimas elevadas dispuestas a recibir el roce de piel con piel y en la humedad. ―Sus labios se estiraron y tuve que controlarme para no suspirar―. De esa forma, ya los tendremos en el lecho y todo de forma fluida y natural.
―Bueno… ―Aclaré la garganta al sentirla seca―. Con eso, solo faltaría definir la extensión y las emociones que quiero que se transmitan cuando al fin pase lo que tenga que pasar.
―Te noto mucho más libre al hablar de estos temas.
―Eso es bueno, ¿no? ―me enderecé y sonreí en actitud orgullosa.
―Yo diría que es excelente. ―Shaoran se rio con suavidad y dio un pequeño toque a mi frente con su dedo índice―. ¿Tienes dudas en ese punto?
―Siendo honesta… demasiadas, pero me las ingeniaré. Además, sé que tú encausarás mis ideas hacia lo más adecuado en caso de dispersarme.
―Ah, yo encantado de tener tal responsabilidad, milady. Aunque tengo unos libros muy buenos que traje de Alhid. Tienen ilustraciones y podrían ampliar mucho tu panorama.
Negué con la cabeza ante su jocoso ofrecimiento y me dejé llevar por el impulso de peinar un mechón que había caído en su frente. Entonces, salieron de mi boca palabras no planeadas y que no tenían intenciones ocultas más que reflejar una verdad:
―Prefiero que seas tú quién me enseñe y aclare mis dudas.
Con esa frase, sus ojos pasaron de juguetones y cariñosos a esos soles hambrientos que parecían querer consumirme entera. Tragué grueso e intenté retirar mi mano, pero fue atrapada por la suya en un segundo. Su cabeza se ladeó y después de frotar su mejilla contra mi palma, dejó un beso tortuoso en la cara interna de la muñeca. Una descarga fluyó desde mi brazo hasta el mismo centro de mi ser.
―Ven conmigo, Suspiros. ―Su voz, ronca y profunda, acarició mi piel.
En ese momento comprobé lo que Shaoran había dicho minutos atrás, que a pesar de ser seres pensantes, en momentos como esos, donde la electricidad parecía ondear en el aire, la consciencia quedaba a merced de los instintos. Lo seguí hasta su escritorio sin oponer resistencia, cautivada por el sensual hechizo. Del interior de una de las gavetas sacó una carpeta de cuero marrón que fue depositada frente a mí, justo como si fuera la manzana del pecado.
Mis manos acariciaron la rugosa piel y ante la necesidad de descubrir lo que había dentro, la sentí arder.
―Te dije que cuando tuviera mi propuesta, te la presentaría ―susurró en mi oído al tiempo que sus manos se posaban en mi cintura―. Léela, encanto.
Cerré los párpados para disfrutar mejor de su cercanía, de su calor y de las cosquillas suscitadas por su nariz en mi cabello. Una sonrisa involuntaria se formó y después un pequeño jadeo del cual no me sentí avergonzada, porque provocó que sus dedos ejercieran más fuerza.
―Puedo leer para ti, si quieres.
―L-lo haré por mí misma.
Al tener su pecho casi pegado a mi espalda, sentí su risa burbujear. Entonces apareció al apoyarse de brazos cruzados en el escritorio, casi frente a mí, mostrando esa sonrisa confiada y sugerente tan propia de él.
Aclaré mi garganta y al abrir la carpeta, encontré esa caligrafía que ya me era tan conocida, distinguida e inclinada a la derecha. La primera frase decía "Título: por definir"; y luego de eso dos párrafos maravillosos que abrían la puerta hacia esa nueva novela que, por lo visto, distaba mucho de lo que Murakami había presentado hasta el momento:
"Alguna vez escuché que el odio y el amor eran dos sentimientos que, aun siendo tan diferentes, se vivían con la misma intensidad. Eso se debía a que ambos guardaban una estrecha relación al tener el poder de salvar una vida… o destruirla.
Yo no conocía el amor, o sí lo conocí, pero había sido hacía tanto tiempo que las risas infantes y los abrazos cálidos y protectores de mis padres, parecían ya un espejismo. El amor… el amor había muerto para mí entre la sangre, la destrucción de mi villa y el fuego, para dar paso a un renacer carmesí entre las cenizas de mi gente. Fue así como el odio se volvió mi soporte, mi redentor y mi modo de vida.
Nota personal: Este será el inicio de una historia que en una primera ojeada, hará creer al lector que está en presencia de una tragedia, cuando en realidad se trata de un camino hacia la redención y el perdón que solo se puede conocer a través del amor y la pasión".
De allí, Shaoran desarrolló ciertos aspectos de una trama que mostraba la vida de una joven sin nombre todavía que, al ser víctima de crueles circunstancias, acababa convertida en una asesina. Mismas que la pondrían frente a todo lo que anhelaba tener en aquello que tanto despreciaba: la sangre noble.
"No se trata de cualquier aristócrata. Es un joven que, como ella, también conoce el significado del sufrimiento y las humillaciones, producto de ese íntegro espíritu que busca la luz entre la miseria causada por su propia familia".
Era hermoso, casi poético, y presentaba un viaje donde ambos se verían obligados a participar. Sus pilares serían agitados y sus ideales, tan diferentes entre sí, puestos a prueba. Pero dentro de toda esa conmoción, Shaoran había plasmado el surgimiento de un febril amor que me atrapó de tal forma, que empezaron a flotar en mi mente las ideas para llenar los espacios en blanco que él había dejado para mí.
―He allí mi propuesta. ―Enderezó su postura y me hizo ver sus orbes, que se habían tornado casi dorados por algo mucho más grande que la excitación o el deseo. Un sentimiento inmaculado y sin nombre, pues encasillarlo sería una mancilla. Bajó su cabeza y lo siguiente lo susurró sobre mi boca―: El corazón de nuestra mejor obra, milady: una fusión…
―Entre sábanas y suspiros ―añadí con mis manos en sus hombros y me apoderé de sus labios para saborearlos, acariciarlos e incluso le di esos pequeños mordiscos que le fascinaban y hacían surgir sus gruñidos bajos, sensuales.
Su lengua delineó la mía y encontré en ella el sabor de su pasión intensa y contenida. El placer se esparció dentro de mí y abarcó cada poro de mi piel. Era tan impetuoso que hizo nacer una necesidad primitiva e intensa; me arqueé en busca de su contacto mientras elevaba las manos para sumergirlas en su suave cabello.
Dibujó caricias circulares en mis mejillas con los dedos, para después descender hacia lo poco que dejaba a la vista el pañuelo y la corbata. En vez de sentirse frustrado, Shaoran sonrió sin romper el beso al desatar con calma el nudo elaborado, como si estuviera desenvolviendo el más precioso obsequio. Las telas abandonaron mi cuello y en su lugar quedó su toque directo y abrasador que me hizo sentir venerada, perdida entre la bruma de la excitación.
El beso se desvió por el pómulo y fue a ese punto sensible debajo de mi oreja. Aspiró mi aroma y dejó su marca allí; un suspiro entrecortado emergió libre y sin censura porque no había nadie en aquel lugar que pudiera interrumpirnos. Entonces volvió a mi boca y el beso dejó de ser un beso, para transformarse en esas alas que siempre deseé tener para volar a esa vehemencia tan anhelada, mientras la leía en sus libros.
Sí, era la libertad en labios palpitantes, ardorosos y que dejaban sus huellas en el otro.
Shaoran rompió el contacto y pegó su frente a la mía. Nuestros pechos subían y bajaban a un ritmo delicioso y delirante, y en nuestros ojos cerrados debía morar la pasión.
―Dios, te deseo tanto ―dijo con voz cargada y ronca. Después, sus labios se arrastraron sensualmente hasta mi oreja y me llené de temblores―. Cada vez que te dejo ir es una tortura porque lo único que ansío es tenerte en mi cama cada noche. Fantaseo con tu cabello en mis almohadas. Quiero besar cada centímetro de ti para conocer y gozar de tus sabores. Quiero tocar, Suspiros, memorizar tus sinuosidades con mis dedos… ―Apretó mi cintura y sonrió ante el gemido que se me escapó por sus palabras seductoras y atrevidas―. Deseo tu calor, que me abrase, me reciba y me haga suyo… ¿entiendes? ―Embriagada de excitación, asentí. Aun así, él dejó ir la frase que estaba esperando y que me emocionó y estremeció en partes iguales―. Sakura, mi Ama de los Suspiros, quiero hacerte el amor.
―Yo… no… no sé…
―No hoy ni en este lugar, pero… ―Sus manos me asieron contra él y mis pechos se apretaron contra el suyo―, necesitaba decírtelo. En verdad tenía que hacerlo.
Asentí contra su mejilla y todo debió quedar allí, pero las sensaciones de su cuerpo contra el mío y de ese placentero cosquilleo acumulado en mi vientre, se expandieron como una nebulosa. Se apoderaron de mi mente, razón y boca que dejó libre el aliento que acarició su oreja.
―Yo también quería oírlo.
Ante sus ojos sorprendidos, me encontré sonriendo nerviosa a pocos centímetros de sus labios. Disfruté entonces de esa antelación, de cómo la persuasión serpenteaba entre nosotros. Era como estar ebria, un momento sin consciencia donde solo importaba él, yo… El nosotros.
Cerré de nuevo la distancia en un único beso, de esos que parecían robar el aliento y el alma del otro, para después liberarlo. Y, ante su mirada sedienta, me despojé con lentitud de la levita que me cubría con el gesto ladeado que había aprendido de él.
Shaoran dejó de respirar por un momento, pero eso no lo privó de seguir cada uno de mis movimientos hacia los botones del chaleco que pronto se unió a la otra pieza masculina en el suelo. Y cuando mis manos tomaron la larga trenza, dispuestas a deshacerla, una de las suyas me sujetó con fuerza. Su respiración estaba agitada y sus soles ardían como nunca antes.
―Si haces eso… no me podré contener después ―habló en voz entrecortada.
Me liberó la mano y él mismo llevó la trenza atrás, para después tomar mi boca y devorarla, para demostrar a través de ese febril beso el deseo que me había declamado.
Repartió caricias en mi espalda y, libre de la tela gruesa de la levita, se percató de que la barrera del corsé no existía, solo una fina camisola que ante sus manos no era nada. Así que apretó y tocó a placer, con un hambre tan voraz y tan ávido de sentirme que… mi ser entero pulsaba y deseaba más y más de él. Quería que me aprisionara, que me tocara; y él pareció leer mis pensamientos porque en un movimiento me alzó de las caderas sin romper el beso. Me sentó en el escritorio y se hizo espacio entre mis piernas.
―¿Deseas una nueva lección, milady? ―expresó al tiempo que pasaba las manos por mis muslos con exquisita lentitud.
La obnubilación no me dejó responder, solo lo observé y descubrí una nueva sonrisa. No era traviesa ni amable, era maliciosa y prometía… pecado. Se acercó a mi oído y su voz ronroneante me desarmó:
―El cielo, el exquisito frenesí, la muerte divina, puede alcanzarse aun con ropa y eso… eso es inspiración, Suspiros… Déjame cumplir con mi palabra, por favor.
En su expresión seductora encontré la invitación a conocer un poco más de aquel acto que muchos deshonraban, pero que ambos reverenciábamos.
Porque era la materialización del amor cuando se estaba con la persona correcta.
Di mi consentimiento.
Shaoran dejó en mi mejilla un beso tierno y marcó a partir de allí un camino hacia mi oreja. Después descendió al cuello donde se entretuvo un rato, para exponer mis soplos de placer que lo hicieron sonreír sobre mi piel.
Entonces sentí sus manos, parsimoniosas… tortuosas, subir desde mis caderas para marcar todo a su paso como suyo. Me hizo jadear al dejar un apretón en mi cintura, mas no se detuvo allí. Sus labios fueron en sentido contrario hasta llegar al hueco de mi clavícula, expuesto entre la abertura de la camisa. Sus dedos realizaron espirales en los costados que se acercaron peligrosamente a la curvatura de mis senos.
Mi respiración se detuvo y mis pulmones ardieron ante el estremecimiento provocado por sus dedos que bosquejaban el contorno curvo. Y era eso, un ligero toque similar al de un pincel que dejaba un rastro ardiente por donde pasaba. Mis manos volvieron a su cabello cuando me arqueé en busca de más, y no me sentí apenada cuando me di cuenta de que mis cumbres se habían alzado, justo como él había descrito que lo harían las de Samira. Era como si necesitaran su calor, su toque… y él atendió su carencia.
Sus pulgares traviesos exploraron y juguetearon sobre esas puntas de placer por encima de la tela y… era exquisito. Mi cabeza se hizo hacia atrás y los jadeos fueron en aumento. Su lengua salió y esbozó una línea húmeda que subió a mi cuello de nuevo y entre sus besos y caricias profanas, me perdí y se gestó en mi vientre una presión, un vacío húmedo entre mis piernas que quería… no… demandaba ser llenado con urgencia.
―Shaoran…
―Lo sé, encanto. ―Su cálido aliento me abandonó y después me vi reflejaba en esos orbes incendiarios.
Abordó mi boca, impetuoso como nunca antes y el deleite me invadió cuando no hubo ni un centímetro entre nosotros, lo cual me permitió sentir sus latidos frenéticos, su respiración famélica y también el producto de su excitación, aprisionado contra mi centro que deseaba ser saciado.
Y con el soporte de sus poderosas manos que no dejaban de repartir caricias pecaminosas, empezamos a entonar la canción de la pasión. Gemidos derivados de un frote placentero que buscaba calmar la ansiedad íntima que hacía hervir todo mi ser.
Entre aquella danza erótica, Shaoran dejó libres sus deseos tórridos en mi oído. No quería que me contuviera, no quería que callara, deseaba oír su nombre así como él mencionaba el mío. El Erudito de las Sábanas salió a mi encuentro y juró beber de mis senos, embriagarse en ellos y hurgar en cada rincón secreto de mi cuerpo desnudo.
―Mi boca se perderá en el delicioso sendero de tus piernas y tantearé en ellas hasta llegar a este lugar que se volverá mi templo de oscuro deseo ―gruñó mientras apretaba aún más su cadera contra la mía―. Y después de haberte recorrido entera, de haber conocido tu sabor delirante y tu humedad, comulgaremos en cuerpo y alma, pletóricos. El tiempo se detendrá y entre sonrisas haremos el amor, Suspiros. Veré la fantasía en tus ojos y tú el sol en los míos.
Entonces… ocurrió mientras su nombre brotaba ahogado de mis labios. Estalló en mi vientre un calor violento que viajó por cada centímetro de mí como un disparo. Una onda vibrante que me tensó y me llenó de espasmos. Perdí la noción del tiempo, del lugar… de mí misma, y quedé laxa en los brazos de mi amante.
Y no supe si pasaron minutos, horas o quizás segundos cuando al fin pude mirarlo a la cara y descubrí en él no solo la lujuria, también vislumbré la satisfacción, el orgullo y… el amor. Sus labios se posaron en los míos con lentitud, casi como una caricia tierna mientras nuestras manos se entrelazaron para sellar un pacto: que eso solo había sido un suculento preámbulo… Una pequeña parte de lo que experimentaríamos cuando fuera real, cuando en verdad estuviera dentro de mí y me hiciera suya.
La más exquisita inspiración, eso era hacer el amor… aun con ropa, y mis manos ardían por retratarlo.
Capítulo treinta, esta autora no tiene nada más que decir y se esconde xD
Nos quedan 5 capítulos + el epílogo. En verdad les agradezco un montón por acompañarme una vez más y por tomarse un tiempito para hacerme saber sus impresiones. Saben que son muy valiosas para mí, porque no solo se trata de saber que les gusta lo que escribo, sino de saber cómo cada uno hace de mis historias parte de ustedes. Es muy bonito saberlo y por eso lo agradezco mucho.
Mi agradecimiento como siempre a mis preciosos lectores cero Pepsipez y WonderGrinch por acompañarme en esta aventura desde su concepción :)
Gracias por su cariño y por estar a mi lado en cada historia que inicio, chicos, espero lo sigan haciendo por un buen tiempo y no se olviden de comentar.
Un enorme beso para todos,
CherryLeeUp.
