Mi Sexy serial

Disclaimer: Los personajes de Naruto pertenecen a M. Kishimoto, la historia es una adaptación de la novela Serial Hottie de Kelly Oram

Capítulo 2
Lanzador de cuchillos


Los siguientes días no fui muy consciente de mi misma. Solo estuve una noche en el hospital, pero al llegar a mi casa no hubo mucha diferencia. Entre todos los medicamentos que debía de tomar, me lograban mantener en cama, saliendo y entrando de mi consciencia por lapsos que no podía identificar. Todo pasaba horriblemente lento.

Sin embargo, la última vez que desperté sabía que el efecto de los analgésicos había terminado y que iba a permanecer despierta. La luz entraba a raudales a mi habitación, aumentando la molestia que aún sentía en mi cabeza. Tomé una de esas cosas que sirven para alcanzar objetos y que siempre mantenía junto a mi cama. Normalmente lo usaba para alcanzar los mandos a distancia o los caramelos que se me caían, pero esta vez lo use para tomar mi persiana.

Conmoción cerebral o no, tenía una increíble coordinación ojo-mano, y en un segundo sumergí mi habitación en la total oscuridad.

— ¡Hey!

Escuchar un grito de Ino no es lo que quieres cuando acabas de recuperarte de una conmoción cerebral.

—Vete de aquí —dije dándome vuelta entre mis sábanas y cubriéndome hasta la cabeza.

—Estás loca. Tienes una vista mucho mejor que la mía —replicó abriendo las ventanas de nuevo.

— ¿Vista de qué?

—El chico nuevo está jugando dardos en su garaje.

— ¿Dardos? — Pregunte con burla, sentándome en mi cama—. ¿Quién juega dardos?

—A quién le importa. Lo hace sin camisa.

Tomé un unas gafas oscuras de mi mesa y me levanté, empujé a Ino a un lado justo a tiempo para ver cómo el chico nuevo movía su muñeca y el dardo se clavaba en el centro del blanco. Lo vi hacer esa media sonrisa que me había dado a mí antes, y caminó triunfante mientras observaba su objetivo. Tomó la camiseta y pensé, horrorizada, que se la pondría, pero la uso para quitar el sudor de su frente.

—Esto es mejor que todas las series de Netflix—suspiró Ino lanzándose en mi cama, cuando el chico nuevo se marchó.

—Él se ha marchado y ahora lo haces tú —dije, arrastrándola fuera de mi habitación.

Ino clavó sus pies en el suelo y yo utilicé un poco más de fuerza, pero aun sentía mi cuerpo moribundo y solo ese pequeño esfuerzo estaba consiguiendo marearme. Ino se soltó y me dedicó una de sus sonrisas más tétricas.

—Vístete —me ordenó —. Iremos allá.

— ¿Qué?

—Ya me has oído.

— ¿Por qué tengo que ir yo?

— ¿Eres tonta? — Ino apoyó todo su peso en una de sus piernas, alzando una de sus cejas —. Tienes una excusa para ir y yo no. ¿Acaso no quieres saber el nombre de la persona que salvó tu vida?

Parpadee confundida e Ino estaba cada vez más impaciente.

— ¿No sabes su nombre? —pregunté finalmente. Las mejillas de Ino comenzaron a arder —. ¿Acaso no tuvieron horas de coqueteo mientras estaba inconsciente en el hospital?

— ¡Cállate! No es como si hubiéramos tenido oportunidad —bramó Ino, realmente molesta por eso, solté una risa sin poder evitarlo—. En cuanto llegamos y te ingresaron, dijo que tenía que marcharse…

— ¿Nos dejó ahí? ¿Sin saber si estaba bien?

—Saku, Saku, te estás volviendo egocéntrica. Además, no es como que lo dejarían entrar. No es familiar, así que no podía hacer nada más.

—No es eso –murmuré— es solo que hay algo raro con ese tipo.

Ino bufó. Parecía que había acabado con toda la paciencia que tenía.

—Solo date prisa —ordenó dándose la vuelta —. O me obligaras a quedarme aquí todo el día — solté un quejido. La conocía y sabía que era capaz de hacerlo. Resignada caminé hasta mi armario arrastrando los pies—. Y nada de jeans rotos o sudaderas.

— ¡Solo lárgate! Harás que me de otra conmoción cerebral.

—Como sea.

Ino se marchó y suspiré con alivio, pero sabía que no debía entretenerme mucho o volvería. Fui hasta mi ventana y bajé la persiana para poder cambiarme. No es que lo buscara siempre, pero el vecino sexy estaba de nuevo en el garaje, examinando el dardo que seguía clavado en el objetivo. Luego sacó algo de su bolsillo trasero y lo lanzó tan rápido que no supe lo que había sido hasta que vi el cuchillo insertado en el punto exacto donde había estado el dardo.

No había sonrisa en su rostro esta vez, se acercó hasta la diana y sacó el cuchillo. Tan rápido como la vez anterior, lo lanzó. No supe a donde había ido hasta que vi un maniquí balancearse en la esquina del garaje, con la navaja incrustada en su garganta.

Salté de la ventana para que no me observara y me golpee la cabeza contra la puerta del armario, justo donde tenía la maldita herida.

Ino entró de repente a mi habitación y frunció sus labios al verme.

—Aun no te has cambiado — apuntó irritada.

—Ino —tiré de ella para que se apartara de la vista de la ventana —. ¡Está loco!

— ¿Quién?

—El chico nuevo.

Ino alzó una ceja y volvió a subir la persiana.

—Ahí no hay nadie — apuntó.

Cuando me acerqué no había rastro de él ni de la navaja. Todo estaba en orden.

—Tenía un cuchillo —le dije de forma apremiante—. Y lo lanzó a ese maniquí. ¡Degolló a la maldita cosa! Alcanzó un punto muerto como si fuera algo sencillo.

Ino puso sus ojos en blanco y caminó hasta mi mesa de noche, tomando el frasco de pastilla.

— ¿Cuántas de estas te tomaste?

—No estoy drogada —mascullé con mis dientes apretados.

—Suena como que sí.

Nuestros ojos se conectaron en un desafiante duelo. Por supuesto, yo gané.

—Bien, sé una perdedora. Iré sola.

— ¡No puedes ir! ¿Y si te decapita a ti después?

—Entonces quedara en tu consciencia —respondió encogiéndose de hombros, mientras salía de mi habitación —. Será tu culpa por dejarme ir sola.

Pude oírla correr por los escalones y azotó la puerta del frente al salir. Le grité por mi ventana, pero no me hacía caso. Inmediatamente vi a la casa del frente. La ventana de su habitación estaba cerrada, pero había grietas en las persianas y juró que ví una sombra detrás.

— ¡Está bien! —Ino se detuvo —. Iré.

—Treinta segundos.

Ino se cruzó de brazos en medio del jardín y yo me apresuré a buscar la primera camiseta que no tuviera un número en ella. ¿Qué más podía hacer? Ese tipo era un psicópata. Primero había matado a Enma y ahora degollaba maniquíes. Por muy fastidiosa que fuera Ino, no podía dejar que se precipitara a su muerte.

Cuando alce mi coleta, sin que me importaran que los puntos de sutura se observaran, baje corriendo hacia donde ella estaba. No dijo nada al verme, solo alzó sus cejas de una forma muy grotesca.

—Solo cállate —murmuré, sabiendo que comenzaría con las críticas de mi atuendo.

Caminé decidida hacia la casa del chico nuevo, aun en contra de mi voluntad. Pero entre más rápido terminara con esto, podría volver a la seguridad de mi casa. Apenas habíamos llegado al buzón del chico, cuando un carro sonó su bocina detrás de nosotros. Me sujeté la cabeza, que parecía querer explotar por enésima vez y me giré hacia el carro que se estacionó junto a nosotras.

No sé cuál de los tropecientos admiradores de Ino era, pero un tipo se asomó por la ventana.

—Ino, nena, nos estamos reuniendo para jugar fútbol frisbee en el parque. Naruto y Gaara están trayendo una barbacoa.

Ino miró sobre su hombro, a la casa del chico nuevo, con nostalgia. Soltó un suspiro y sin pensarlo más, entró al auto. Ni siquiera me dedicó una mirada. Soltó un grito de alegría cuando el auto se marchó a toda velocidad.

Solté un suspiro, pero el mío era de alivio. Todos los acontecimientos me habían dejado mareada y con la cabeza palpitante. Un pequeño gemido se escapó de mis labios y cerré los ojos mientras intentaba que el mundo dejara de girar.

Finalmente me di vuelta y me marché de ahí, tal vez era psicosis mía, pero podía sentir unos penetrantes ojos observándome. Me negué a mirar atrás. Me escabullí a la oscuridad de mi habitación y tomé unas cuantas pastillas antes de caer rendida nuevamente.