.
.
.
.
.
.
par négligence
[fr. por negligencia]
.
.
.
Su rubísima cabeza hervía con pensamientos encontrados.
.
Por un lado, por fin enfrentaría a los infames caballeros de bronce, cuánta osadía siquiera para venir a encararlos hasta las puertas del Santuario, pero ya se encargaría él de bañar el precioso mármol de los templos con la sangre de esos niños. Por el otro, la guerra siempre implicaba pérdida de vidas… y él tenía mucho que perder y muy pocas ganas de soltar: Camus y Aioria, Aioria y Camus… prefería intentarlo.
.
Por eso se había quedado hasta el final, inmóvil, la rodilla firmemente clavada en el piso, el brazo cruzado sobre el pecho.
.
—Patriarca, antes de enviar a Aioria a acabar con la usurpadora, usted me consideró para tal misión, —comenzó, aún recordaba enfurecido cómo su parabatai había llegado a humillarlo para quedarse con su empresa. —Le pido que reconsidere nuestra posición, yo puedo ir al Oriente y eliminarla, a ella y sus seguidores, no es necesario dejarla llegar tan lejos como las puertas del Santuario.
.
Su ofrecimiento era legítimo, él ya había actuado antes en consecuencia, el caballero de Cefeo y la Isla Andrómeda daban buena cuenta de sus capacidades.
.
—Milo de Escorpio, ¿acaso deseas limpiar el nombre de tu parabatai? —preguntó el Patriarca a medio camino entre la ironía y la incredulidad. —Es una mancha que pesa sobre él… y sobre ti por el juramento estúpido que hicieron por capricho adolescente.
.
El aludido apretó la mandíbula; por supuesto que le escocía saber que Aioria no sólo le había robado su misión, también había regresado sin la victoria, con Shaina derrotada en brazos y se paseaba tan campante sin siquiera dirigirle la palabra y explicarse. ¿Por qué no entendía que el orgullo de uno era el orgullo de ambos? ¿Por qué no había cumplido con su misión? ¿Cuántas traiciones más debería soportar de su parte?
.
—Strategos... —trató de elaborar otra idea. —Ya hemos perdido demasiados caballeros contra esa impostora, la elite de plata ha sido masacrada… yo puedo evitar que sigamos así… —finalizó con orgullo, su gran orgullo desmedido, una sonrisa socarrona apareció en su rostro. —Nuestra diosa y usted no tendrían que sufrir semejante irrupción…
.
—¡No la sufriré! No tengo porque hacerlo… antes de eso tendrían que atravesar el Santuario por completo, ¿estás diciendo que tu parabatai no puede detenerlos? ¿Qué tus compañeros de orden son débiles?
.
Milo pensó por un instante en Aioria, fuerte y valiente, el primero en salir a la lid siempre por él; después pensó en Camus y su mortal técnica preciosista, limpia y letal. No, él jamás pensaría en ellos como débiles, pero se habían convertido de alguna manera en extraños: el León parecía perdido en sus pensamientos y Camus… a saber qué pasaba por la cabeza del testarudo francés.
.
Su prolongado silencio debió resultar conmovedor para el Patriarca porque comenzó a reír detrás de la máscara, con voz ronca, burlándose de él.
.
—Espero grandes cosas de ti, Milo de Escorpio, por ejemplo que te comportes a la altura de tu rango —se contestó a sí mismo con voz ronca después de haber reído de esa forma. —Y quizás, sólo quizás tú puedas recuperar el honor que perdiste a manos de Aioria. Ahora retírate y prepárate, ya tienes mis órdenes…
.
El aludido sintió que le ardía la cara, que el color se le había subido a las mejillas, de pronto tuvo el presentimiento de que el Patriarca sabía más de lo que aparentaba. ¿Había detectado un tinte de burla en sus palabras? ¿Su pulso se había acelerado? Quizás sí… se estaba burlando de él… sintió que ardía de rabia… eso no le estaría pasando si no fuera por ese par que había marcado su vida de tantas formas.
.
—Sí, Strategos… —se levantó y con un dramático susurro de capa abandonó el gran salón destinado a los concilios de la orden. En su cabeza, imágenes confusas de Aioria, Camus, los guerreros de bronce que peleaban por E-L-L-A… y ese niño rubio… ojos azules demasiado vívidos… como los del francés.
.
.
.
.
.
