.
.
.
.
.
.
λαθραίος
[gr. furtivo]
.
.
.
Apenas llegar, se desprendió de su armadura. La efigie de Ganimedes tomó forma en su pilastra, guardando el templo, hermosa, helada, brillante.
.
Subió a las estancias privadas del templo. Mientras esperaba que Milo bajara del recinto patriarcal, empezó a organizar sus cosas personales, ropa, cuadernos de anotaciones, libros, correspondencia y fotografías. Toda su vida cabría en un par de maletas cuando mucho, todo menos los libros, esos se apilaban por todos lados del templo: junto a la cama, al lado del klino, en una esquina del desayunador donde solía comer, los malos libros formaban una pila a un lado de la puerta de las estancias privadas de su templo; así recordaba llevarlos a donar o a regalar cuando bajaba al pueblo.
.
Vista desde esa perspectiva, su vida era todo lo que debía ser la vida de un caballero de los hielos eternos: lealtad, frugalidad, ascetismo y entrega a la Diosa, lo cual se traducía en un voto de celibato.
.
Pero las apariencias engañaban y él se había dedicado a romper todos y cada uno de los preceptos de su juramento como guerrero de los hielos eternos. El tema del celibato era un problema por sí mismo… pero la lealtad era otra cosa y para muestra bastaba un botón: tres o cuatro docenas de cartas que se había escrito con el Viejo Maestro lo habían puesto al tanto de la traición que se gestaba en el Santuario. La correspondencia entre ambos comenzó apenas un par de meses después de que llegó a Siberia y hasta la fecha no se había detenido.
.
Preparó una tisana, envolvió la taza con sus manos frías y sopló delicadamente sobre el líquido hirviendo. De inmediato, éste se enfrío. Bebió un largo sorbo, miró el reloj en su muñeca, habían pasado sólo cinco minutos.
.
Tenía dos opciones sobre las cartas: convertirlas en hielo y luego pulverizarlas para que desaparecieran como gotas de rocío en el viento o guardarlas como legado para la generación que les pisaría los pasos. Alguien tendría que aprender sobre sus errores, sobre la credulidad que demostraron todo ese tiempo. Alguien tendría que saber cuán delicada era la vida de Atenea.
.
La determinación estaba tomada, no era él quién para negarle conocimiento a las generaciones por venir.
.
Esas cartas que eran una afrenta al Patriarca y a la Orden del Zodiaco también eran testigo mudo de una verdad oculta ya por trece años. Las organizó cronológicamente y luego las ató en cuatro pequeños paquetes. Tomó los paquetes y se dirigió a la sección en las estancias privadas que fungían como biblioteca, era el único lugar cálido de todo el recinto. Su cosmos congelado no alcanzaba a tocar ese lugar, estaba protegido por el cosmos de la mismísima Atenea y databa de los tiempos en que el primer vikingo fue nombrado caballero de Acuario.
.
La encomienda de cada morador del único templo circular era cuidar, enriquecer y mantener organizado el acervo con los mejores textos de su generación. Ni siquiera el Patriarca podía modificar aquella encomienda ni violentar el lugar.
.
Camus, con su paquete de sedición en la mano, caminó hasta el librero donde estaba el Tratado de la Guerra en el Norte, en él se contaban dos cosas primordiales que sólo atañían a los sucesores de Ganimedes: cómo adquirieron los guardianes del onceavo templo el control sobre el hielo y porqué todos y cada uno de ellos hacían un juramento de celibato. El libro estaba contenido en una caja de madera de abedul, las palabras pocos las podrían leer ya, no porque no fueran claras… más bien se habían ido perdiendo esos lenguajes con el paso de los siglos. El Tratado de la Guerra en el Norte estaba escrito en rúnico.
.
Sacó el libro con dedos trémulos, acarició el lomo de piel. Colocó los cuatro paquetes de cartas perfectamente acomodados en la caja y encima, nuevamente, el Tratado. Luego cerró la caja.
.
"Leer y descubrir… descubrir y aprender…" pensó… y deseó que el siguiente sucesor tuviera la dedicación necesaria y la resiliencia para soportar el conocimiento de la traición.
.
Cerró la caja y estaba por regresarla a su lugar cuando lo sintió acercarse, su presencia era como un incendio terrible en la frialdad del thólos. Sus manos eran flamas que lo quemaban apenas las sentía acercarse, tan cálidas que incluso calentaban el metal de la armadura de Escorpión.
.
—La guerra está por empezar y tú te refugias en los libros —susurró Milo con descaro en su oído, abrazándolo por la espalda, las manos viajando de inmediato hacia el abdomen por encima de la ropa del francés. —¿Qué pretendes encontrar aquí, Camus?
.
El pelirrojo terminó de acomodar el libro en su lugar. Sentía que si se quedaban más tiempo frente a él, la caja se abriría, las cartas de desparramarían y empezarían a gritar su contenido a los cuatro vientos. Simplemente se negó a contestar.
.
—¿Por qué te has tardado tanto? —reviró con otra pregunta que podría presentirse celosa, pero en realidad no lo era… Camus desconfiaba del Patriarca… —¿A qué te has quedado al final?
.
No se había movido a pesar de que las sinuosidades de su armadura se le clavaban en la espalda, era reconfortante el calor que desprendía el griego, sabía que podría sentirlo aún más si dejaba que las manos morenas siguieran recorriendo libremente su cuerpo, si decidía ignorar que ya habían levantado un poco la ropa y se habían deslizado hasta la marmórea piel.
.
—He pedido algo… no me fue concedido. No importa ya.
.
Milo siguió acariciando, sus dedos recorriendo la tersa piel helada, una mano viajando hacia arriba, hacia los pezones. Atrapó uno entre sus dedos… turbiamente sacó el aguijón en su índice y lo acarició con él, sintiendo como se endurecía de inmediato, sentía que la entrepierna le picaba y las ganas de sustituir con su lengua los dedos le secaron la boca. La otra mano viajó hacia el botón del pantalón y lo abrió. Si Camus no estaba tan firme como él se suicidaría…
.
—He pasado por tu habitación y he visto algo que no entiendo… —hablaba tan bajito y tan cercano en su oído que el francés sentía pequeños escalofríos recorrerlo. —Me parece que estás empacando tus cosas… ¿por qué?
.
Camus podía imaginar la erección que seguro tenía Milo, le daban ganas de que la frotara contra sus nalgas, se recargó en él buscando un poco más de contacto. Esa sensación de la punta del aguijón recorriéndolo era una locura, una verdadera locura… allá donde el griego lo rozaba con ese condenado aguijón, su piel parecía calentarse, responder, arder, hormiguear, se erizaba, se volvía sensible. ¿Cómo carajo le pasaba eso?
.
—Deberías sentir vergüenza… haciendo esto con tu armadura puesta… —no pudo evitar el regaño que salió de su boca, aunque el que debería estar avergonzado era él, acaso no tenía el libro con sus votos de celibato escritos enfrente. —¿Qué no hemos estado en la misma reunión, Milo? Me preparo para la guerra… eso hago… la gente muere en las guerras.
.
No quería mirarlo, así que dejaba sus manos crispadas recargadas en el librero. No quería mirarlo porque si lo hacía tendría que decirle que morirían en una guerra absurda y que lo único que quedaba era tratar de dar significado a esa masacre.
.
Las palabras calaron hondo en la conciencia del griego… ¿Camus se estaba preparando para morir? Imposible. No había pensado que antes de Acuario estaba Escorpión para cerrarle el paso a la usurpadora y mucho antes aún estaba Aioria que no los dejaría pasar. ¿En tan poca monta los tenía? Dejó de acariciarlo. Era humillante que el Patriarca insinuara que ni él ni su parabatai servían para mentada la cosa en su ejército, pero escucharlo de la boca de su amante… eso era la cereza de su pastel de humillaciones.
.
—Lo dices como si estuvieras seguro de que llegarán hasta tu templo… —quiso ofrecerle una salida elegante para que reparara su error. —Te recuerdo que antes deberán pasar por el mío y ahí encontrarán la muerte… todos, incluyendo tu discípulo —agregó mordaz tratando de herirlo un poco. —Ese al que no enseñaste cómo distinguir la verdad de las mentiras, Camus.
.
Su voz resonó con demasiada claridad en el silencio de la biblioteca. El guante había sido lanzado, el desafío era demasiado grande como para evitarlo. Milo sabía hacerlo cabrear y lo hacía bien. Camus sabía herirlo y lo hacía con maestría.
.
El francés se soltó del abrazo de una forma elegante, casi como negándole un abrazo a un niño negligente. Sus ojos azul cetrino miraron con intensidad al amante griego… al primero en su vida, el amor que lo marcó todo como lava hirviendo, dejando tras de sí grandes cicatrices, deseos de venganza, otro amante iracundo que no podía ser y muy en el fondo… la llama viva, la que no podía apagar con nada.
—Milo… date un solo minuto para pensar posibilidades, uno sólo, por una vez en tu vida... —se burló mientras se reacomodaba la ropa, podría intentarlo, ayudarlo, enseñarle a distinguir la verdad entre las mentiras. —¿Qué pasaría si ellos tuvieran razón? ¿Si éste fuera el bando equivocado? ¿Qué harías sí…?
.
—¡Calla! —interrumpió violentamente el griego, sus ojos se habían vuelto flamas azules, su cabello dorado la corona de un dios furibundo, las tenazas de la corona del escorpión enmarcaban sus mejillas de pómulos altos. —No toleraré que blasfemes contra Atenea. No lo escucharé de ti también… Ella rige este lugar y su representante es el Patriarca, ningún atado de niños va a cambiar eso.
.
Le dio la espalda y salió de la biblioteca, como hubiera deseado que hubiera una puerta en aquel maldito lugar. Tenía tantas ganas de quedarse con la última palabra y cerrar su razonamiento con un portazo.
.
Camus lo alcanzó unos pasos más adelante, antes de que bajara las escaleras y abandonara el templo de Acuario, lo tomó por el antebrazo y lo obligó a girarse.
.
—Espera… ¿qué ya no sabes mantener una conversación civilizada? ¿a qué habías venido?
.
Fuera de la barrera energética que tenía la biblioteca, parecía que se habían trasladado a un refrigerador. Milo de inmediato encendió su cosmos para contrarrestar el frío, también era una franca agresión hacia el francés, quería que lo soltara.
.
—A cogerte, a escuchar tus gemidos, a ver tus nalgas mientras entro y salgo de ellas… quizás por última vez si sigo bien tu tren de pensamiento —le soltó soez, una sonrisa socarrona bailó en sus labios. —Lo que no esperaba era escuchar ideas de sedición de tu boca… guárdalas Camus o tendré que ultimarte… ponte a rezar y meditar si eso quieres… de cualquier forma esos niños no llegarán a tu templo, de eso me encargo yo.
.
Si Camus supiera sonrojarse, quizás habría tenido el decoro de hacerlo, pero esa inocencia la había matado Milo muchos años atrás… y el decoro, ése se lo había llevado Aioria.
.
—Connard! —le ladró prácticamente en francés. —Esos niños, Milo…
.
—¿Estás a punto de suplicar por la vida de tu discípulo? —lo miró airado, era injusto, Camus era lo más hermoso que había visto en su vida y estaba ahí para rogar por la vida de alguien más. Lo miró detenidamente, lo que hubiese pasado en Siberia se completaba con su pequeña-gran aventura con Aioria y ahora le estallaba a Milo en la cara… nuevamente. —¡Ahórratelo! Aunque sean niños, su sangre bañará las baldosas de mi templo si los demás no pueden hacer bien su trabajo.
.
Encendió su cosmos violentamente para crear una corriente de aire los separara, lo miró a los ojos un instante y después le dio la espalda para irse.
.
Esa noche se quedaría sin coger… y si tenía mala suerte, moriría sin haber cogido.
.
A lo lejos, se escucharon doce campanadas, era media noche, daba inicio el protocolo… a la mañana siguiente, al amanecer, subirían a consagrar sus templos. Nadie podría entrar ni salir después de eso.
.
—¡Con una mierda!
.
.
.
.
.
