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une longue attente
[fr. una larga espera]
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A lo largo de la noche, mensajeros habían repartido en cada templo un expediente con el perfil de los enemigos a vencer, sus técnicas, las posibles desventajas que pudieran tener, lo milagroso de sus victorias. Dejan el pulcro folder en la entrada de las habitaciones privadas de cada arconte y se retiran en silencio.
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Los ritos de expiación comienzan en la madruga. Al rayar el alba, sacerdotes y sacerdotisas se acercaron a los templos de los Doce.
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En algunos encontraron al morador y la armadura, en otros encontraron vacío simplemente. En todos encendieron braseros rituales, derramaron aceite de olivo alrededor, entonaron cánticos destinados a alabar a Atenea, derramaron vino en la tierra en la entrada y salida de cada espacio. Cuando se retiraron, la instrucción se mantenía íntegra, ningún guerrero debería abandonar su espacio. No habría más mensajeros ni personal de servicio atendiendo sus necesidades.
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Durante cinco largos días con sus noches, los guerreros más poderosos de la élite se dedicarían a meditar, ejercitar y magnificar su cosmos. Cada uno tendría sus miasmas internos que purificar… eso era una labor individual… Nadie podría atravesar Las Doce Casas.
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Las siguientes pisadas que recibirían serían las del enemigo.
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Death Mask escuchó complacido el susurro de la sacerdotisa al abandonar la cuarta casa: en el Santuario medraba un mal primigenio imposible de purificar… habitaba en Piscis, Cáncer y Géminis. Capricornio y Leo también… era difícil contrarrestar lo que pasaba ahí, la locura se cernía sobre los moradores. No auguraba nada bueno.
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Tres días…
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Durante tres días Milo guardó silencio y encontró solaz en la rigidez de los ritos. Sus vidas anacrónicas era una maravilla: rituales arcaicos y comodidades modernas.
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Había revisado con cuidado el expediente que les había hecho llegar el Patriarca. No tenía ningún interés particular en los caballeritos de bronce, tampoco en la Usurpadora. El único perfil que revisó fue el del caballero del Cisne, el discípulo traidor de Camus. Lo revisó tantas veces que llegó a memorizar algunos fragmentos, las pocas fotos que acompañaban el material adicional poco o nada podían aportar. Podía ver la mano firme de Camus en las técnicas aprendidas por el niño, pero le faltaba magnificencia, letalidad, belleza… le faltaba tanto por aprender a ese discípulo infantil.
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También revisó el expediente de Seiya, sólo por morbo, por saber qué había ocurrido en la última batalla que presentó ante Aioria, aquella que casi había costado la vida de Shaina. El tema es que esa batalla en específico se encontraba en blanco, lo único que anotaba era la fecha del enfrentamiento. Ninguno de los participantes aportó datos sobre la misma.
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Tamborileó frustrado y regresó a su rutina: por la mañana meditaba, hacia estallar su cosmos, practicaba sus técnicas; por la tarde iniciaba una ronda tras otra de ejercicios extenuantes, terminaba bañado en sudor, gotas salinas perlaban todo su cuerpo, mantenía su rubísimo cabello trenzado a la usanza antigua, sólo las noches eran insoportables. Cada día que pasaba la conflagración estaba más cerca de sus cabezas y las últimas palabras que le había dirigido a Camus le pesaban.
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Desde que Aioria partió a Japón las cosas se habían arreglado, incluso habían compartido momentos que nunca creyó posible que sucedieran de nuevo dado que el pelirrojo francés se había transformado con el paso de los años en una erinia furiosa.
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Durante dos noches, después de bañarse y tratar de aliviar el cansancio muscular, daba paso a un rito personal muy poco sacro… imaginaba que eran las frías manos de Camus las que lo tocaban cuando apresaba su sexo enhiesto, imaginaba que se hundía en el cuerpo del galo cuando embestía las sábanas de su cama. Trataba de recordar la sensación de calor que poco a poco se esparcía por la piel nívea del pelirrojo conforme aumentaba su excitación, hasta que cercano al orgasmo por fin tenía una temperatura corporal digna de un ser humano. Trataba de recordar siempre que era él quien lo calentaba en las noches… o trataba de soñar que sólo había sido él, aunque supiera a ciencia cierta que no era verdad.
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Pensaba en los dos templos que se interponían entre ambos… y temía por las ideas de sedición que rondaban su pelirroja cabeza.
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¿Acaso tendría que perder el honor, a su parabatai y a su amante en una sola guerra?
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Si por alguna razón conseguían llegar hasta Leo, Milo dudaba ya que Aioria los detuviera y pagaría por eso. Probablemente sería él el ejecutor del castigo. Era lo correspondiente, sólo así podría ganar su honor de vuelta. Si por alguna razón lograban pasar por su templo entonces, ¿qué haría el francés?
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Se negaba a pensarlo.
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La única forma en la que atravesarían Escorpio sería sobre su cadáver.
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Los días eran largos, la espera insoportable… pero sus libaciones nocturnas a Afrodita acabaron la tercera noche cuando en un acto de impiedad absoluto una presencia helada, congelada en el tiempo, se adentró en su templo y en sus aposentos… Camus lo encontró justo así, embistiendo las sábanas y pensando en él.
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Por supuesto Milo lo había sentido desde que cruzó el umbral de su templo, así de agudos eran sus sentidos, podría haberle gritado que lo sentía desde un templo a otro, que podía casi escuchar el latido de su corazón como un zumbido lejano, pero no lo hizo. Tampoco hizo por detener aquello en lo que se estaba entreteniendo… pensó con malicia que incomodaría lo suficiente a Camus como cuando era un adolescente y trataba de besarlo sólo para toparse con el muro de su frialdad.
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Dejó que un orgasmo lo alcanzara frente a los ojos del pelirrojo, sentía su mirada clavada en la nuca, poco a poco recuperó el aliento, lo suficiente como para incorporarse de la cama y observarlo por fin.
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—¿Te acercarás a participar o te quedarás mirando hasta que se acabe el tiempo de prohibición que debió evitar que bajaras a mi templo? —preguntó clavando en él su mirada azul, desnudo obsceno, cómodo en su propia piel. Quizás, sólo quizás, demasiado cómodo y demasiado pornográfico.
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—Si has venido a repetir tus últimas palabras, retírate… tengo mejores cosas en las que pensar.
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