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Caina

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Radamanthys tenía 17 años cuando entró por primera vez a la Giudecca.

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Su conciencia, el alma inmortal que había peleado una y otra vez las grandes batallas de Hades, se había escapado del sello de Athena por un resquicio de la Torre de los 108 Masei y había buscado al humano nacido bajo la estrella celeste de la ferocidad. El elegido, Rikard Schroter, un adolescente feroés belicoso que se despertó una noche de luz, una de esas noches de junio cuando el amanecer sucedía a las tres de la mañana, con la certeza de que ése no era su lugar, ésa no era su cama ni su hogar y lo que hacía día con día no era su destino.

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Desde entonces, se dedicó a dos cosas: a buscar la entrada al Inframundo y a buscar a su compañero de la última Guerra Santa.

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El primer objetivo lo cumplió después de haber andado de arriba abajo por media Europa, cuando llegó al castillo Heinstein y pudo acceder por fin al Inframundo, a la Caina, y en ese templo de oscuridad encontró al Wyvern, intacto, como si los siglos de espera la hubieran renovado. Extendió su mano y el sapuri poderoso apresó sus formas, las alas batieron sobre sus hombros por primera vez en más de dos siglos.

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Radamanthys, porque ahora sabía que ese había sido y sería su nombre, por fin se sintió en casa. Con el paso de los días, volvieron los recuerdos de vidas pasadas que estaban sellados en alguna parte de su cerebro. Recuerdos de guerra, derrota, victoria, perfidia y sexo volvieron a su mente; en ellos estaba su cómplice. Aiacos.

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El segundo objetivo resultó un poco más complicado de alcanzar pero gracias a la fortuna de Pandora Heinstein anduvo de arriba abajo por media Asia, hasta que lo encontró…

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Aiacos tocaba el sarangi sentado en el piso de una sucia calle en Kathmandú, sobre la tela que había dejado al frente, algunos turistas arrojaban monedas. Tenía arte, pero Radamanthys sabía que sus dedos eran aún más hábiles que eso. Estuvo casi cinco minutos frente a él, escuchándolo tocar, esperando a que lo reconociera pero eso no pasó. Cuando la situación se tornó vergonzosa y Aiacos, desconfiado, recogió su raída tela y su instrumento y echó a correr, comenzó la cacería más ridícula de la que Radamanthys hubiera tomado parte.

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En primera, porque Aiacos era veloz, veloz como un ser humano no podría serlo y era difícil seguirle el paso; en segunda porque Kathmandú era un laberinto imposible y desconocido para él. Al final logró acorralarlo en un callejón, al lado de un templo lleno de falos allá a donde diera la vista.

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"Vaya, que adecuado atraparte aquí" pensó con sorna… recordando cómo ese hombre había jadeado en otra vida por sus embates.

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—Deja ya de correr, he viajado hasta acá por ti y no me iré sin llevarte… —le ordenó en inglés, luego se distrajo pensando que quizás Aiacos ni siquiera hablara aquel idioma.

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Por toda respuesta, el nepalí le rompió su instrumento en la cabeza de manera inesperada y nuevamente huyó. Había algo en la mirada demandante de aquel desconocido que le ponía los pelos de punta y no de forma del todo desagradable.

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El golpe había sido fuerte, sin duda, demasiada fuerza bruta para un simple ser humano. ¿Sería posible que Aiacos no recordara? No, no había manera, las tres almas habían escapado al mismo tiempo, ahora Radamanthys con sus recuerdos a la mano lo sabía a ciencia cierta.

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Le tomó dos horas más cazarlo nuevamente en aquella concurrida capital, pero Aiacos dejaba una pequeña traza de oscuridad allá por donde sus pies pisaban. Lo encontró comiendo y emborrachándose con el dinero que había ganado tocando el instrumento perdido, era eso, un adolescente borracho que había pasado las dos últimas horas pensando en la mirada intensa del joven extranjero que lo había perseguido… pensando, soñando despierto, imaginando que esas manos extranjeras recorrían su piel desnuda, que se aferraban a su cadera mientras lo embestía una y otra vez en la oscuridad de una habitación, sobre una cama ricamente enjaezada, como la que no había conocido en su vida, los muros negros como la noche… joder… era un adolescente y se sentía excitado y cuando levantó la vista, ahí estaba otra vez, el hombre de la mirada color miel, mirándolo fijamente.

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"¿Por qué no?" pensó en medio de su neblina de alcohol, no es que no se hubiera entregado ya a hombre y mujeres cuando el hambre apretaba demasiado. Además, ese joven lo intrigaba, le recordaba algo, pero su memoria se había vuelto un completo desastre… A veces sentía que vivía una vida que no era suya y unos ojos claros lo perseguían en sus sueños, otras veces, sentía que su destino pendía de delgados hilos de plata.

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Supo que no podría escapar esta vez, así que se incorporó dificultosamente, bebió lo que quedaba de la botella de rakshi y caminó un poco inseguro hacia donde se encontraba él y pasó a su lado, regalándole una mirada desafiante. Ya se enteraría de qué estaba hecho aquel extranjero.

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Radamanthys lo siguió en silencio, conocía bien esa mirada, quizás Aiacos sí le recordaba ahora… además esa ropa tradicional le sentaba bien; caminaron cinco minutos aproximadamente, entre vericuetos y puertas que daban a otras callejuelas, hasta que por fin una puerta de madera se abrió y luego no hubo salida. La habitación se iluminó pobremente cuando el dueño encendió un quinqué que colgó en la puerta; pero apenas entraron ambos, el nepalí se le abalanzó encima, besándolo con exigencia, metiendo las manos bajo esas ropas occidentales, acariciando su piel blanca, abriendo la bragueta de los jeans que portaba y tirando de ellos y de la ropa interior hasta dejarlos caer alrededor de sus tobillos.

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—Aiacos… —jadeó Radamanthys de forma sonora, tirando de la fajilla que ceñía ese extraño chaleco largo a la figura del joven, su cabello seguía siendo tan negro y sedoso como lo recordaba, sus ojos violeta y vibrantes en la oscuridad de la habitación.

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—Ese no es mi nombre… —le contestó en perfecto inglés, aderezado de un acento honestamente extraño, apresó con la mano su sexo enhiesto y acarició con dedos trémulos la punta, sabía que eso le gustaba… pero no sabía por qué… ese extranjero le gustaba.

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Radamanthys pensó que lo estaba tocando como tocaba aquel extraño instrumento que le rompió en la cabeza: con la intención de sacarle gemidos melodiosos. Desesperado pateó sus tenis, se sacó los jeans de los tobillos casi bailando sobre ellos y una vez libre de la ropa inferior, tomó a Aiacos por los muslos, lo cargó a horcajadas y lo depositó en el catre de almohadones y cobijas que había en un rincón. Aprovechando su posición, se sacó la camiseta y desvistió al nepalí que ofreció muy poca resistencia y mucha cooperación.

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—Me llamo El… —lo volvió a besar, besos de alcohol o bebida fermentada, no tenía la más mínima idea. Aiacos debía recordarlo… sino porque lo habría llevado hasta su pobre habitación.

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—No me interesa cómo crees que te llamas… eres Aiacos… y eres mío… —le susurró y sin más preámbulo, se acomodó entre sus piernas y se agachó para besar y lamer el vientre trémulo y más abajo, su hombría. La tomó entre sus labios, paladeó y succionó, coaccionando gemidos de placer, aprovechó para acariciar, reconocer ese cuerpo juvenil, casi abandonando la adolescencia, bien construido, quizás un poco mal alimentado, músculos fuertes a pesar de todo.

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La cabeza del nepalí daba vueltas, demasiadas, quizás por el alcohol que había ingerido. Más que suficiente para su edad, pero eso a nadie le importaba en su país, quizás porque el extranjero era embriagador de muchas maneras, quizás porque le estaba proveyendo placer inimaginable… quizás porque sentía que esa escena ya la había vivido… en otro tiempo, en otro lugar, en otro momento.

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Escalofríos placenteros recorrían su piel, sabía lo que seguía…

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—Hazlo… como antes… —pidió deteniendo aquella felación que le sabía a algo que había extrañado pero no sabía siquiera que existía.

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Cuando Radamanthys invadió su cuerpo, una descarga de recuerdos vino con él y con cada embestida, una miríada de incomprensibles imágenes atacó su mente. ¿Era él? Siempre él mismo, con Radamanthys a veces, con una mujer belicosa en otras… con un hombre de cabello blanco, siempre… y luego su vida actual, muerto de hambre, viviendo en las calles, tocando música y a veces, sólo a veces, abriendo las piernas para sobrevivir.

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Pero todo eso voló en mil pedazos, mientras Radamanthys susurraba su nombre como un mantra contra su hombro, mientras entraba y salía provocando placer, un arrebato salvaje a la luz amarillenta del quinqué. Lo abrazó con sus piernas pálidas, atrayéndolo, recordando… sólo un poco, quién era él y cuál era su lugar.

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—Aiacos… me ha tomado tiempo… —jadeó el feroés, la piel se sentía caliente y sudorosa contra la suya, podía notar su sexo apresado entre el roce del vientre de ambos, sentía que se corría, sentía que se moría un poco ahora que recordaba quién era.

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—Pero me encontraste… —le contestó, antes de deshacerse entre sus manos, entre gemidos de placer, el orgasmo más raro de su vida, porque en el último minuto otros ojos, otro hombre de cabello blanco y unos hilos de plata apresándolo se introdujeron en la memoria…

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Radamanthys se lo llevó a la mañana siguiente a la Caina. Antes de dejar su cuartucho, Aiacos tomó de entre sus almohadas dos pulseras de piel, con placas de latón, los ojos de Buda lo miraban desde ellas.

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Una vez en el inframundo, el feroés lo tuvo en su cama muchas noches, en su templo, sin dejarlo ir a la siguiente esfera, temiendo la llegada del otro.

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