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Antenora

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Aiacos llevaba un par de semanas en el Inframundo cuando por fin pudo ir a la siguiente esfera, a la Antenora, su templo… Pandora había enviado a Radamanthys a una misión, él se había quedado solo o eso pensaba.

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El resto del Inframundo estaba aún vacío. Ninguna otra alma, salvo las suyas se habían escapado de la Torre Oscura. Pero aún había tiempo, vigilaban de cerca a Athena y sus caballeros que no hacían más que despedazarse entre unos y otros… facilitando el camino que habrían de recorrer hacia el final.

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Quería aprovechar su soledad de formas productivas, la primera: dejar de estar de arrimado en un lugar que no era suyo, lo sentía en sus huesos. La segunda, buscar al otro hombre, al de cabello blanco que se aparecía todas las noches en sus sueños y en sus orgasmos, con los ojos brillantes y los hilos de plata.

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Tres días después de que Radamanthys se fuera, decidió subir por fin a la Antenora. Las antorchas de fuego púrpura se encendieron como por arte de magia apenas atravesó los pilares del templo circular, dando la bienvenida a su dueño atemporal. Aiacos observó complacido a su alrededor, ya recordaba más cosas, algunas… le parecía que de entre las sombras provocadas por las columnas aparecería ella, como antaño, para provocarlo con alguna guarrada. Sus recuerdos eran cada vez más vívidos, algunos dolorosos, otros parecían aún más lejanos en el tiempo, en las vidas.

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La Garuda estaba cómodamente colocada sobre la pilastra al centro, bañando con su brillo tartárico todo a su alrededor. Aiacos amaba su sapuri, poseía una aterradora belleza sobrehumana, se acercó a ella, tocó las protecciones de las piernas, las alas, la sentía reverberar, sentía que despedía destellos del mineral infernal, después de dos siglos de espera ya había sanado sus heridas y estaba lista para volverse a utilizar.

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Subió a la planta alta del tholos, sus habitaciones privadas, nuevamente el fuego púrpura se encendió ante su mera presencia, había rastros de sus vidas pasadas por todos lados. Tomó un libro, se sentó en la lujosa cama y abrió sus páginas al azar, entre las hojas ajadas por los siglos se encontró una violeta reseca, a punto de pulverizar, no se atrevió a tocarla, para no maltratarla.

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—Violate… —recordó el nombre de la mujer que aparecía entre las sombras, imponente en su estatura y en su poder, fiera… él la había preferido así, casi podía decir que ella se había convertido en lo que él quiso… pero al final, él se había rendido ante ella, su deseo, su amor.

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Recordó sus senos turgentes, su cuerpo perfecto, cruzado por mil cicatrices y la descarada entrega que se permitía con él. Sonrió a medias. No pudo evitar preguntarse si ella también volvería eventualmente, si también tendría la memoria llena de agujeros como él. No entendía porque Radamanthys parecía tener sus recuerdos intactos mientras él… todo era confuso… el feroés decía que pronto pasaría, que todo volvería, pero las semanas habían pasado y él apenas recordaba el nombre de la mujer que había encantado sus sueños pero que sólo era una parte de lo que le perseguía al cerrar los ojos.

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—Ella no volverá…

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Casi se atragantó cuando escuchó la voz que venía desde el dintel de la puerta de sus habitaciones. Era profunda, grave, ni siquiera había sentido el momento en el que entró. Así de ensimismado se encontraba.

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Cuando levantó la mirada para ver a su interlocutor, sintió que el corazón le paraba de golpe, cabello blanco como la nieve, por debajo de los hombros y una mirada felina, de ámbar, bajo un flequillo estúpidamente túpido. Abrió los labios, sentía el nombre del joven en la punta de la lengua, pero al mismo tiempo no estaba ahí… y si el nombre no estaba ahí, bien podría estar alucinando.

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—¿Quién eres? —preguntó, casi seguro de que el hombre desaparecería así como desaparecía cada noche cuando trataba de concentrarse en él. —¿Cómo lo sabes?

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Lo vio enarcar una ceja, una risa a medias, zorruna apareció en su rostro de facciones finas, luego un breve atisbo de resignación en la mirada, después una risotada terrible que hizo eco en la soledad del tholos.

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—Así que mi castigo continúa… —susurró, pero Aiacos alcanzó a percibir todas las palabras, como alguien que está acostumbrado al susurro que le ayuda a escapar. —Me llamo Brander, ¿y tu nombre es?

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Durante un momento estuvo a punto de contestar su nombre, ese con el que Radamanthys lo había vuelto a bautizar, ese que le correspondía por derecho inmortal, pero de pronto sintió que no… que quizás a ese hombre sí le interesaría quién era ahora o cómo había vuelto.

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—Elid, ¿cómo sabes que no volverá? ¡Dímelo! —ordenó. —Aquí todos siempre volvemos.

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—Algunos con una mejor memoria que otros, por lo que veo… —ironizó y comenzó a caminar la distancia que los separaba, de la puerta a la cama, para medir la reacción del dueño del templo.

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Aiacos sintió que los pasos eran eternos, que venían de un mundo muy atrás y lejano, eso no le pasaba con Radamanthys. La sensación lo puso de inmediato a la defensiva, dejó el libro sobre la cama, apretó los puños, se levantó dispuesto a pelear.

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—¿Cómo lo sabes? —volvió a demandar y adoptó una posición muy poco amigable, concentrando su cosmos alrededor de sus manos, sintiendo el poder en sus muñecas y manando hacia la punta de sus dedos.

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No tenía muchos días que había logrado utilizar su cosmos otra vez, pero éste era violento y se salía de su control de formas peligrosas, tanto que había barrido con su compañero de cama y entrenamiento sin quererlo en realidad.

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—Las traiciones a Hades se pagan con el olvido siempre, porque sólo muere lo que no se puede recordar… —contestó con amargura, él mismo era víctima del olvido ajeno. —Su alma fue enviada al Leteo después de incumplir la orden de atacarte, su castigo fue olvidarte, otra estrella tomará su armadura y su lugar en tu ejército.

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Mientras le explicaba eso siguió moviéndose, con lentitud, para evitar que lo percibiera como una amenaza, quizás, después de tantas vidas, en esta ocasión sí… y no quería comenzar con una pelea.

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—Yo estaba ahí cuando su alma fue juzgada… —recordaba perfecto que en el apogeo de la guerra, el castigo para Violate había sido inmediato, su osadía había devenido en la rendición de Aiacos. —¿No lo recuerdas, Suikyō? ¿Piensas atacarme por decirte la verdad?

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Había llegado hasta él mientras hablaba, tan cerca que podía posar sus manos sobre las muñecas de Aiacos… oh, la fuerza de ese hombre siempre había radicado ahí, Minos lo sabía bien, su técnica más acabada era un alarde de fuerza bruta, su ataque cósmico tomaba forma y fuerza en esa zona de su cuerpo, de ahí salía disparado de forma contundente.

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—Ese ya no es mi nombre… —respondió sin romper su posición, en un instante, si lo hacía enojar, lo lanzaría por los aires, aún si con ello perforaba el techo del templo.

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Pero entonces el recuerdo completo volvió, Violate y su cuerpo poseído, profanado de la peor forma posible, resistiéndose a atacarle, negándose a cumplir una orden del mismísimo Hades… aún en la muerte, sólo le quedó ella, pero eso también se lo arrebataron en su resurrección.

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Era una sensación chocante, sintió la furia nacer desde el fondo de su cuerpo y descontrolarse de golpe, no soportaba que en ese momento lo tocaran, aunque fuese un movimiento tranquilizador. Antes siquiera de que pudiera controlarlo, el golpe cósmico corrió a lo largo de sus brazos y se concentró en sus puños y lo único que evitó que se liberara toda esa energía descontrolada fueron unos delgados hilos de plata que habían apresado sus muñecas y se extendían hacia la parte superior de sus brazos, ahorcándolos.

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Brander había dado un salto hacia atrás y tiraba de los hilos desde la punta de los dedos, como si fueran una extensión de su cuerpo, había adoptado una posición defensiva, el estallido de cosmos de Aiacos había sido demasiado repentino.

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Todo había pasado en instantes.

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—Si intentas zafarte, te romperé los brazos… —dijo y era un hecho fáctico, aunque no quería hacerlo. —No estoy aquí para agredirte, Elid… —comenzó cauteloso de nuevo. —Tu preguntaste, yo te he contestado…

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Minos pensó que Elid era un nombre bello, que le gustaba cómo sonaba en su boca, que le encantaría decirlo de otras formas, pero no iba a pasar pronto por lo que se veía y menos si contaba con la constante irrupción y acaparación de Radamanthys.

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Aiacos intentó zafarse, los hilos se apretaron de inmediato contra la piel cortandola en varios puntos. La tensión fue tanta que sintió cómo sus brazos comenzaban a separarse hacia puntos dolorosos que él no deseaba.

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—¡Suéltame! —gritó.

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—No… te harás daño… para ya —ordenó Minos manteniendo la tensión de los hilos.

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—¡Suéltame! —comenzó a pelear contra la sujeción hasta hacerse daño, la sangre brotó de las innumerables cortadas goteando hasta el piso, todo el poderío de su cosmos desatado. Tiró de los hilos, rompió con la posición de Minos y lo lanzó con la fuerza del aleteo de Garuda hasta un extremo de la habitación, los muebles ahí se hicieron pedazos, estaba furioso y ahora sabía por qué…

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Él no tenía recuerdos y todos le mentían, Radamanthys le mentía, Pandora también y el joven del cabello blanco muy probablemente.

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Minos se incorporó tan pronto como pudo, el platinado cabello lleno de astillas y pedazos de tela, y adoptó de inmediato una postura ofensiva, no esperaba pelear de inmediato con Aiacos, no ahora, no tan pronto.

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—¡Mientes! —rugió furioso, el recuerdo de la mujer demasiado vívido y despierto. —Ella no pudo ser juzgada… estábamos en guerra.

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Entonces Minos lo supo… supo qué era lo que ponía tan furioso a su compañero, esa furia adolescente la conocía bien, la generaba esa horrible sensación de saberse engañado.

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—Elid… —ese nombre hermoso otra vez. —No te miento… puedes esperarla si quieres, pero no volverá… —comenzó conciliador, esa era su oportunidad, era una en un millón, ahora o nunca. —Yo nunca te he mentido, ahora no lo recuerdas, pero jamás lo he hecho…

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Y eso era una verdad, una de las pocas que era irrenunciable.

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—No te mentiré… yo recuerdo todo… —eso tampoco era mentira, él recordaba todas sus vidas y andanzas. —Puedo ayudarte a recordar —ofreció y dejó que sus palabras hicieran mella en la cabeza atrofiada de Aiacos.

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La posibilidad era tentadora, Pandora le contestaba que sus recuerdos eran inútiles, su nueva misión estaba al frente, Radamanthys le decía que si fuera importante ya estaría en su cabeza, que no valía la pena el esfuerzo… Brander en cambio le ofrecía ayuda para recordar.

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La sangre seguía goteando de sus brazos, aunque los hilos de plata ya habían desaparecido, sabía que en otra vida también se había acostado con él, lo recordaba… a medias… estaba en un callejón sin salida, creerle o no creerle.

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—Sin mentiras… —agregó Minos, presintiendo que quizás la balanza ya estaba de su lado, tal vez en esta vida sí.

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—¿Sin mentiras? —preguntó con incredulidad. —¿Qué vale la palabra de un espectro?

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—La mía ha valido para encontrarte a través de los siglos… te lo juro… —se apresuró a cerrar la idea, sino lograba convencerlo ahora, no sería nunca, tendría que esperar dos siglos más.

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Aiacos se dio por vencido, deseaba recordar, deseaba saber, su cosmos se difuminó de golpe. La decisión estaba tomada.

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—Si me mientes, te romperé el cuello…

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—Bien… —por fin pudo incorporarse adecuadamente, sacudió los restos de mobiliario de sus ropas, de su cabello. —Vámonos de aquí, podemos vivir arriba, en la Tierra, en el castillo, yo he estado ahí.

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Bueno, eso explicaba porqué no lo había visto hasta ahora, refundido como había vivido en las prisiones del Inframundo.

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Cuando Radamanthys volvió un par de semanas después, descubrió que las únicas pertenencias de Aiacos, las pulseras de piel que había cogido de su sucio catre, habían desaparecido de su habitación. Sintió que una ira inconmensurable lo invadía, una rabia que se quedaría en los años por venir.

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