Capítulo 2: El camino de la identidad
Kanon a secas.
Ya no más, Kanon de Geminis. Realmente había sido una desfachatez de su parte presentarse de aquella manera frente al caballero Fénix.
¿En qué momento se había ganado aquel apelativo?
¿Acaso había hecho algo por la orden ateniense que no fuera desmoronarla desde su cimiento?
Traicionó a Atena desde que la chiquilla había dado su primera respiración en la tierra y aun así se jactaba de ser el protegido de Castor y Pollux, el guardián de la tercera casa.
Tampoco era más Dragón del mar. ¿Había sido realmente suya?
A medida que los generales marinos llegaban a Atlantis, atraídos por la gran voluntad de Poseidón, una ligera ansiedad había crecido en él. ¿Y si llegaba el verdadero Dragón del mar? Era claro que lo mataría, pero no podía saber dónde ni cuándo aparecería, alguien más podría encontrarlo y su plan se complicaría demasiado. Sin embargo, los años pasaron y nunca hubo rastro alguno de dicho general. Esa pequeña preocupación fue quedando empolvada en algún rincón de su mente, después de todo la escama lo había acobijado desde el momento en que él la escogió.
Y luego, con cada uno de los generales marinos que llegaban y las circunstancias en que lo hacían, no pudo evitar preguntarse si realmente él había elegido la armadura y no al contrario. Desde el primer momento se había sentido atraída por ella, estaba a la derecha de Poseidón y su nombre acudió a sus labios con la mayor naturalidad y sin titubeos, también había sido salvado del mar al encontrar el tridente del dios, como los demás marino habían sido salvados por las criaturas mitológicas.
Se convenció de que aquel era su destino. Saga lo había dicho, solo los dioses lo liberarían… y los dioses lo liberaron. Más aun, le dieron el poder que necesitaba con el arma de un dios y un ejército para él.
Gobernó por trece años el mar, mientras su hermano gobernaba la tierra.
Siendo Dragón del mar, había sido temido, respetado y admirado. Era el pilar fundamental de Atlantis; el confidente de los generales, su maestro, guía y ejemplo. Para el resto de los soldados, era el Comandante General del ejército del Emperador, La voz de Poseidón y su más fiel guerrero.
Como Kanon, no había sido más que la sombra de Saga, sin ningún destino más allá de vestir géminis en el momento en que su hermano no pudiera hacerlo. Un destino trágico, desde donde lo mirara.
Y ahora que Saga había muerto, y Atlantis volvía a estar en ruinas… ¿Quién era él?
Durante trece años fue Dragón del mar, ya no sabía cómo se simplemente Kanon.
¿Y es que, cómo podía ser Kanon sin Saga?
-¿No tienes algún apellido? Para buscar en las listas de desaparecidos –dijo Thali, antes de marcharse.
-No hay nadie a quien buscar.
-Vamos, no seas tan pesimista –dijo, suavizando su mirada -. Debe quedar alguien.
-No hay nadie –repitió tajantemente.
Dejó caer su cabeza hacía atrás, mientras los primeros rayos del amanecer se filtraban a través de la ventana. Se habían acabado los planes, las venganzas, los odios… Su camino se había acabado y aún estaba ahí, vivo. Sin metas, sin propósitos… sin destino.
Si los dioses lo perdonaron en cabo Sunion, para llevarlo hasta Atlantis; no entendía cuál era el propósito de aquella nueva oportunidad. ¿Por qué Atena lo salvaría una vez más?
Debía admitir que la idea de deberle algo a Atena, no le gustaba en absoluto. Por eso había decidido pagar con su vida, aquella vida que ella salvo de las olas; y la única explicación que podía encontrar para eso, no era una posibilidad para él.
Géminis.
"-Tu deber es proteger la casa de Géminis cuando yo no pueda hacerlo."
¿Cuántas veces lo había repetido Saga en su juventud?
Pero, no podía. ¿Con que honor investiría un ropaje dorado? ¿Con que perdón? Y aquello seria deberle más a Atena, más de lo que podría pagar con su vida y con su muerte.
Cerró sus ojos lentamente, mientras una sola pregunta inundaba su mente. ¿Y ahora qué?
¿Quién era Kanon?
La puerta se abrió, y por ella paso una sonriente Helen. Era la madre de Thali, una señora regordeta, de rostro sonrojado y un cabello castaño claro. Tenía el rostro, que Kanon pensó, debía tener una madre. Parecía amable, estricta y dulce. Y lo hacía sentir realmente incomodo, con la atención que le brindaba.
Se sentó junto a él, dejando una bandeja con desayuno en una pequeña mesa y cogiendo una venda limpia y alcohol.
-¿Dormiste bien?
Kanon asintió, aunque aquello era una mentira.
-Déjame ver tus heridas, no deben infectarse.
Kanon soltó un suspiro, mientras se deslizaba hacia el borde de la cama. No estaba muy seguro de por qué obedecía a la señora, pero tampoco tenía ánimos para contradecirla. Llevaba mucho tiempo en contra de todo el mundo, tal vez ya era momento de moverse al mismo ritmo de los demás.
Mientras se desenrollaba el vendaje, pensó en lo raro que era aquella situación en su vida. Siendo la sombra de Saga y para ocultar su anonimato, sus heridas de entrenamiento nunca fueron tratadas por las doncellas del templo, él había aprendido a curar su cuerpo y Saga había sido el único en ayudarlo.
"-Te va a doler- advirtió Saga, siendo tan solo un niño. Sus ojos esmeraldas parecían pedir permiso a su gemelo, mientras con una mano sostenía el bote con alcohol y con la otra sujetaba con delicadeza la mano herida de su hermano.
Apenas empezaban a aprender a lanzar puños y sus nudillos ya comenzaban a tener las cicatrices que los acompañarían siempre.
Kanon apretó sus labios y con seguridad asintió. El olor a alcohol fue lo primero que sintió con disgusto y luego, lanzó un alarido al sentir aquel liquido quemarle la piel. Unas traicioneras lágrimas, rodaron por sus mejillas y su hermano ni siquiera levantó la mirada, con una expresión de culpabilidad tallada en su rostro. Luego le vendó las manos con mimo, enseñándole cómo hacerlo.
-Protégelas al entrenar. Dolerán menos.
Con su mano sana, Kanon tomó la mano de su hermano y le sonrió, asintiendo con energía a sus palabras."
Aquellos recuerdos parecían pertenecer a otra persona, a otra vida. Fueron demasiados años en los que creyó odiarlo y suprimió cualquier buen momento entre ellos. En algún momento habían sido más que peleas y quejas, habían sido hermanos gemelos, cómplices, con sueños compartidos, viviendo en la piel del otro.
La sorpresa de Helen, lo sacó de sus pensamientos, y levantó sus cejas extrañado.
-Esto es casi un milagro - lo miró asombrada y Kanon no pudo evitar dibujar una sonrisa en su cara, al notar la estupefacción de la señora. Él no solía acercarse a personas civiles, siempre estuvo rodeado de guerreros y no recordada las pequeñas cosas que se podían hacer con el conocimiento mínimo del cosmos. – en un par de días estarás como nada. Aunque creo que te quedara una gran cicatriz.
Kanon tocó el lugar donde se había incrustado el tridente. Su piel le ardía y estaba sensible, pero la herida había sido cerrada por completo. Incluso él, se extrañó. Esperaba que una herida realizada por un arma divina tardará mucho más en recuperarse, si es que lo hacía…
Para él, ese hecho solo podía significar una cosa: Poseidón no había atacado con todas sus fuerzas, no pretendía matar a Atena.
-¿No eres de por aquí, cierto?
Kanon soltó un suspiro.
-Crecí en un pueblo llamado Rodorio, cerca de Atenas, pero me fui hace muchos años.
-Ya veo… y según Thali, no hay nadie que desees encontrar.
-No –miró hacia la ventana y titubeó –mi hermano murió hace unos meses.
-Lo siento –dijo Helen, tomando sus manos y esbozando una triste sonrisa. Kanon alzó su vista, sin comprender el pesar que aquella mujer podía sentir por alguien que francamente no conocía. Porque aquellas palabras no eran una simple cortesía, podía escuchar un sentimiento real en ellas y en aquella mirada lastimera que lo exasperaba. Solo Thetis, al saber la noticia de su hermano, se había atrevido a verlo de esa forma; pero no se había lanzado a decir nada al respecto y, sin embargo, aquella familia débil y vulgar volvían a mostrar su insolencia e ignorancia de una forma abrumadora.
-No importa. Mi hermano y yo nos alejamos hace muchos años.
-La familia es la familia. Son de esos lazos más fuertes que la muerte.
Kanon soltó una carcajada amarga, apartando las manos de Helen.
-No me conoces, ni a mi hermano.
-No –dijo ella, poniéndose de pie –, pero he visto morir a más personas de las que me gustaría. He visto como aquellos que juran no volver a verse y odiarse llegan rogando por una oportunidad. Y ahora -agregó, mientras se marchaba de la habitación- con esta catástrofe, hay más personas en el mundo compartiendo tu dolor de los que puedes imaginar. No somos tan diferentes, Kanon, todos amamos y odiamos. Somos humanos.
