Capítulo 3: Camino de la culpa


"No somos tan diferentes, todos amamos y odiamos… Somos humanos."

Sentado, al borde de la cama, Kanon, pasaba distraídamente las páginas de un viejo libro de dibujo. El borde de las hojas estaba mojado y el nombre de a quien pertenecía era ilegible ahora, pero el centro de los dibujos se mantenía intacto. Vio paisajes, edificios, animales, vio a Thali y Helen, y muchos rostros más. Y sintió curiosidad, como pocas veces le había pasado, por aquel mundo que no conocía.

Sus ojos recorrieron aquel espacio en el que había estado los últimos días y que poco le había importado. Muchas de las cosas se habían estropeado por las inundaciones, arrinconadas bajo el escritorio; un poster en la pared medio despegado de un grupo musical inglés, muebles estropeados por el agua, ropa tirada apresuradamente en el armario y la puerta del baño desaparecida. El espacio era pequeño y la acumulación de cosas daba la sensación de claustrofobia y aun así era mucho más personal que los sitios en los que él había vivido.

Se levantó, soltando un suave quejido y caminó por la habitación, mientras husmeaba los rincones que desde largo no podía. Miró volúmenes de libros de física y matemáticas en el escritorio y entre ellos una foto de un chico de cabello castaño y una chica rubia, abrazados. Al reverso tenía una pequeña nota de amor, Kanon bufó ante lo que le parecía ridículo y colocó la fotografía en el mismo lugar donde estaba. Cuando alzo su vista a la pared, notó un pequeño papel pegado que rezaba: "Lugares por conocer".

Habían nombres de muchas ciudades y monumentos, algunos tachados, otros con resaltador. Kanon conocía un par de aquellos sitios, y sonrió al recordarlos. No había ido como un turista, la mayor parte de las veces, sino qué en misiones con los generales del mar, cuidando al joven Poseidón sin que él lo supiera. Desde Atlantis era fácil llegar a cualquier sitio que estuviera cerca del mar, sus templos funcionaban como caminos rápidos hacia cada zona del planeta. Había recorrido el mundo en un tan solo día, cuando Tethis era tan solo una niña llevándola con él. Tal vez, ese era uno de los pocos momentos en los que se había sentido como un adolescente común.

Soltó un suspiro y recorrió con la vista la habitación, que tan distinta era a su templo marino. Se dirigió al baño, inspeccionando la herida de su abdomen en el espejo y levantó la mirada hasta su rostro.

—¿Te escondes? –susurró la voz de Saga en su cabeza.

Kanon apretó sus labios, sabiendo que tenía la razón. Llevaba dos días sin salir de aquel sitio, distrayéndose, durmiendo y fingiendo que su herida aun le molestaba. Alargando el momento de enfrentar un destino desconocido, sin saber aún cuál era su camino a seguir. Lavó su rostro y cogió la ropa que Helen había conseguido para él. Nunca había sido cobarde en su vida, y no pensaba cambiar eso.

Al salir de su habitación, atravesó un estrecho pasillo. La luz de un poderoso sol lo deslumbró, después de días de encierro, y tres personas voltearon a verlo de inmediato.

Helen sonrió y se apresuró a invitarlo a sentarse.

—¿Cómo sigues? – preguntó Thali a su lado.

—Estoy bien.

—Realmente eres un milagro, chico. No creía que sobrevivieras. –dijo un señor. Tenía una piel curtido por el sol del mediterráneo y la sal del mar. De cabello oscuro que empezaba a blanquear y unos ojos almíbar que resaltaban de forma intimidante. –Perdiste mucha sangre cuando te encontramos en la playa.

—Es difícil deshacerse de mí.

El señor, llamado Bastián, río y apartó su plato de comida. Su mirada cayó sobre el guerrero, examinándolo.

—¿De dónde eres, chico?

—¡Cariño! Ya te lo dije –Interrumpió Helen, colocando un desayuno frente a Kanon. – Disculpa a mi esposo, Kanon. Era policía y hay manías que no se le quitan –agregó con un ligero reproche.

—Solo quiero saber cómo terminaste en esa playa. Una inquietud razonable, diría yo.

—Sinceramente, no lo sé. Supongo que el mar me arrojo hasta ahí.

—No has sido el único –agregó Thali –Tu mismo lo viste en las noticias, hay gente apareciendo en lugares lejanos.

Bastián apartó su mirado, molesto por alguna razón. Se levantó, cambió la emisora de radio y se quedó unos momentos contemplando el exterior.

—Siempre es así –dijo Helen –no te lo tomes personal.

—¿Y su hijo? Creo que ya es momento de devolverle su habitación.

La mirada que intercambiaron Thali y Helen, era suficiente para saber que había cometido un error. Esperó, impaciente por una respuesta que fácilmente podía imaginar.

—Aun no aparece –fue todo lo que Helen dijo, con su mirada clavada en la espalda de Bastían.

Kanon miró como sus ojos se humedecieron, aun así, ella lo miró y le sonrió. A él. La mente detrás de todo, al asesino de su hijo. De repente, ya no sentía más apetito.

—Creo que debo de marcharme. Han sido muy amables conmigo.

—¡No! Claro, que no –dijo, tomando una de sus manos –tenemos espacio para ti. Es un tiempo difícil, debemos ayudarnos entre todos.

—Odell estaría de acuerdo –agregó Thali, sin levantar la mirada de su plato.

Kanon suspiró… si tan solo ellas supieran que él era el culpable.

—¿Y a donde iras de todos modos?

—¡Thali!

— ¿Qué? Es la verdad.

—No tienes que ser tan tosca.

—Ella tiene razón.

—Como sea —Helen se levantó y regresó con una cesta llena de emparedados — ¿Podrías acompañarla a dejar esto al albergue?

Kanon miró a Helen a los ojos y luego la cesta. Sintió como su estómago se revolvía y antes de poder escabullirse a la seguridad de la habitación prestada, Thali se puso de pie, apremiándolo en levantarse.


...

—¿Saga?

La voz infantil lo sacó de su estado de duermevela. Su corazón palpitó descontrolado y permaneció con sus ojos cerrados, mientras esperaba que no fuera a él a quien llamaba.

—¿Por qué eres tan holgazán?

Sintió un dedo apretando su mejilla y Kanon no tuvo otra opción que abrir los ojos. Un pequeño niño de ojos cerúleos y cabello azul, lo miraba con absoluta curiosidad, y por primera vez en su vida Kanon se sintió intimidado.

"No soy Saga" había querido decir, pero su única y verdadera misión era ocultar su existencia.

—¿No entrenabas con Aioros?

—Ya terminé. Aioros es muy débil.

El niño soltó una risa y se dejó caer junto a Kanon.

—Yo siempre he dicho que tú eres más fuerte, pero Aioria no me cree.

—Eso es por qué Aioria no sabe mi secreto para ser invencible.

El niño abrió sus ojos como plato

—Tu… ¿tienes un secreto? – preguntó extasiado.

Kanon asintió y una sonrisa pugnaba por dibujarse en sus labios al ver la emoción del pequeño.

—Nadie, absolutamente nadie lo sabe… Milo.

No estaba seguro si aquel niño era realmente Milo, pero se había arriesgado. Saga le hablaba de ellos, insistiendo que eran sus compañeros también.

—¿Y me lo dirás… a mí?

Kanon fingió pensar, mientras se divertía con las expresiones de aquel ingenuo niño que admiraba demasiado a su hermano.

—¿Puedes guardar un secreto?

—¡Por supuesto! No se lo diré a nadie.

—¿Ni a Aioria? –el más pequeño negó — ¿Ni a tu maestro? Ni, ¿al patriarca?

Negó con más vehemencia.

—A nadie.

Kanon dejó pasar unos segundos, haciendo que el rostro del pequeño Milo se crispara de expectación.

—Bien – el niño parecía contenerse de la emoción y con una sonrisa en sus labios, Kanon se acercó a su oído.

—Cuando estoy a punto de perder…, mi sombra ataca a mi enemigo.

Las cejas de Milo se alzaron hasta su cabello y dejó escapar una exclamación de asombro.

—Eso es... ¡genial! – miró sobre sobre su espalda, buscando su propia sombra que formaba el sol del atardecer y luego, miró nuevamente a Kanon – ¿mi sombra podrá hacer eso también?

Kanon soltó una carcajada que ocultaba un tinte de amargura. Aquella inocente broma había sido su primer signo de rebeldía contra una no existencia que se negaba en cumplir y realmente que se sentía bien.

—Solo si eres de los más fuertes.

...


Al comenzar a recorrer las calles, o mejor dicho los escombros, por alguna extraña razón –ya sea culpa, cobardía o miedo- recordó pequeños fragmentos de su vida. Esas pequeñas cosas en las que nunca antes había pensado y que realmente no consideraba importantes, pero que de alguna manera lo habían definido. Todos sus recuerdos felices estaban bañados con el sabor agridulce de esconder una mentira, ya sea esta su identidad en el santuario o sus motivaciones en Atlantis. Aun después de luchar tanto por su libertad e individualidad, su mera existencia era una constante cadena de engaños. Comenzaron siendo su escudo, pero pronto fueron su condena. No podía ser libre con nadie, porque a todos debía ocultarles algo.

Y ahora, viviendo en medio de sus víctimas, se refugiaba en esos escasos momentos de tranquilidad. Podía reconocer sus ansias por ser alguien, por ser amado tanto como Saga. Tan grande era ese deseo que no importó arrollar al mundo entero a su paso.

Un gritó lo sacó de sus pensamientos. Thali y él se apresuraron, llegando a un grupo de personas que rodeaban las ruinas de una casa. Una mujer volvió a gritar, llorando desconsolada, poco después vieron pasar el cadáver de un niño. Su cuerpo estaba pálido, hinchado y desnudo, apenas alcanzaba los dos años y era víctima de una venganza planeada muchos años atrás. Nunca había –y probablemente jamás lo habría hecho- ofendido a Kanon de ninguna manera, pero pagaba con si vida las ofensas y rechazo de otros.

Por mucho tiempo había pensado que esto era justo. Él tenía un poder como el de un dios, y aquel niño apenas y haría algo en su vida que valiera mención. Se creía con el derecho divino que su existencia – y reconocimiento – eran más importantes que las vidas comunes, de humanos comunes. Él y Saga lo era. Siempre separándose del resto, tan receloso de los demás. Incluso se creía mejor que su hermano, al decirse que no necesitaba de las alabanzas ni cariño de otros. En su mundo, solo ellos dos existían… y luego en Atlantis, solo él. Sus años de soledad, solo habían acrecentado su egoísmo. Ser el auto proclamado comandante del ejército de Poseidón, lo enalteció, separándolo aún más de los vulgares humanos. Y todo eso, ¿para qué?

Aquel insignificante niño de dos años, sin ningún mayor logro que balbucear palabras, seria amado, llorado y extrañado por una madre que nunca lo olvidaría. ¿Y a él quien lo lloraría? ¿Quién lo extrañaría?

Nadie.

Su completa existencia desaparecería con la muerte, como la sombra que se borra al caer la oscuridad.

Miró como transportaban al cadáver hasta que lo perdió de vista y luego, observó a la madre, siguiéndolo en una tortuosa procesión. Toda su voluntad y energías en una última muestra de amor.

Él había visto morir a muchos desde que era un pequeño, conocía los honores fúnebres que se debían rendir, pero realmente nunca había sentido respeto por ninguno. Era perdedores después de todo y su ineficiencia era castigada de esa forma.

O al menos así había pensado…

Él había perdido, y sin embargo seguía con vida.

Recorrió con su mirada los escombros a su alrededor, preguntándose cuantos cuerpos más faltaban por descubrir. ¿Realmente él valía más que todos ellos?

El albergue no era más que un gimnasio de colegio, lleno de camas y voluntarios que portaban chalecos rojos. Thali saludó a las personas con entusiasmo y se adelantó con la comida. Él por su parte, observó todo con su curiosidad innata. En una de las paredes se encontraba un gran mapa del pueblo, y luego una pizarra llena de fotografías de desaparecidos, mientras en otro lado se encontraban las fotografías de personas que aún no lograban identificar.

Miró con atención cada uno de aquellas fotografías que mostraban parte de la vida de cada uno. Y se dio cuenta, que nunca antes había pensado en esas personas de forma real. No es que fuera estúpido, sabía que muchos morirían y lo aceptaba, solamente que no había pensado en ellos como personas con vidas reales, sentimientos, deseos… los creía tan insignificantes que no merecían ni eso, eran tan solo una cifra en sus planes, un mero daño colateral.

Las imágenes del televisor captaron su atención y absorto, miró una tras otro la situación en el mundo.

Ahí estaba su obra maestra. Él trabajo de su vida. Ahora todos admiraban y sufrían su poder, su ingenio, su crudeza. Rodeado de los corales, los templos milenarios y toda la belleza de Atlantis, sintiendo con éxtasis la fuerza del mar azotar la tierra y consiente de todo el poder que había logrado mover; todo eso no hacía más que embriagarlo en su propia locura. Pero estar ahí, rodeado de la miseria, el dolor y la desesperación, viendo cara a cara a sus víctimas, soló lograban hacerlo sentir avergonzado. No podía presumir sus logros frente a ellos, no tenía el valor de decirles que aquello era su obra.

Giró sobre sus talones, y caminó entre las camas de los damnificados sintiendo como un pequeño respeto nacía por ellos. No los amaba, y tampoco le importaban mucho, pero reconocía la fuerza y voluntad por vivir que no lo distanciaba mucho de cualquier guerrero.

Y el deseo de cualquier guerrero honorable, era una muerte honorable.

El cosmos se encontraba en todo, desde las motas de polvo hasta las supernovas. Los santos y guerreros divinos lo conocían y manipulaban. Las armaduras, bendición de los dioses o nacer bajo el amparo de una estrella, magnificaba el poder innato en cada uno. Pero todos los seres lo tenían y estaban unidos entre sí por él. Al final de una vida, en algunas excepcionales ocasiones, ese cosmos estallaba en una última, poderosa y magnifica exposición de poder. Era algo bello y terrible de presenciar, como la muerte de una estrella; y luego, solo dejaba vacío y oscuridad. Un glorioso final en el apogeo de la vida, justo como su hermano mayor. No obstante, para la mayoría de las personas, el cosmos va desapareciendo de forma agónica y predecible.

Gracias a él, Kanon podía decir quienes en aquella sala moriría y quienes no. Elevó su cosmoenergia abarcando con ella todo el albergue, y caminó entre las camas, mirando los rostros de los desahuciados. No podía devolverles la vitalidad, pero podía ahuyentar el dolor y darles una última y hermosa visión de la vida, y así por primera vez, sus ilusiones no causaron ningún daño.

Se marchó de ahí sin mirar hacia atrás, detestando el llanto y la sensiblería que se desatarían.