Capítulo 4: Camino de la acción

—¡Me mentiste!

Kanon miró sobre su hombro y junto su entrecejo, extrañado de la reacción del pequeño aprendiz de Escorpio. Giró sobre sus talones para encararlo y guardo silencio, mientras esperaba una explicación.

El niño se veía realmente ofendido y estaba seguro que él -y mucho menos Saga- había hecho algo para merecer tal reproche.

—Tú no eres Saga —declaró con una seguridad aplastante.

El torrente de emociones contrarias que aquellas cuatro palabras produjeron, abrumaron al chico. No pensaba negar que siempre había anhelado escuchar esas palabras por parte de los demás, ser reconocido por ser Kanon; eso lo emocionaba. Sin embargo, aquella acusación hacia parecer que ser él, y no Saga, estaba mal.

Un miedo visceral se apoderó de él, después de todo ocultar su identidad era su misión. Miró a su alrededor, para asegurarse que nadie más pudiera escucharlos y lentamente se acercó a Milo, ideando un plan para solucionar todo el embrollo. Y es que ni siquiera Saga podía darse cuenta de ese error.

Se acuclilló frente al niño, hasta ver de frente aquellos impresionantes ojos azules... y por primera vez se sintió desarmado. Kanon siempre se había caracterizado por ser bastante ingenioso, mentalmente muy rápido y engatusar a cualquiera con su verborragia. Pero, esta vez algo cambio.

Bajó su vista, dándose cuenta que no quería desmentir aquello. Realmente estaba emocionado por rebelarse, y su excitación solo se podía comparar con el miedo a ser expulsado del santuario. ¿Qué haría Saga? - se preguntó - ¿Qué haría Shion?

—No, — dijo con voz suave, impregnada por el tenue aroma del miedo —no soy Saga.

Él no era Saga, ni Shion. A partir de ese día, solo haría lo que Kanon haría.

—Entonces, ¿Quién eres y por qué imitas a Saga? —interrogó con sus manos en la cadera.

Kanon tragó en seco, no porque la actitud desafiante de Milo lo intimidara, más bien en otro momento le parecería divertido; sino porque debía elegir si seguir con aquel acto rebelde o callar. Era su última oportunidad para remediarlo.

—Yo... yo soy... Mi nombre... —titubeo como no lo había hecho antes. Las represalias que podría sufrir quedaron opacadas por un miedo mayor: ¿Y si no lo aceptaba como Kanon? Con sus ojos nublados de dudas, inspeccionó el rostro de su verdugo y le dedicó una leve sonrisa llena de vergüenza. —Me llamo Kanon. Soy el hermano gemelo de Saga.

Milo so analizó detenidamente y su rostro contrariado comenzó a relajarse, aunque no parecía confiar aún.

—No había escuchado de ti.

—Es porque no debes saber nada de mí.

—¿Por qué?

Kanon quiso reírse ante el demandante niño. Aquella pregunta la había hecho él tantas veces, y cada respuesta recibida lo dejaba más inconforme que la anterior, así que sabía que para Milo no sería suficiente.

—Te lo dije antes, soy el arma secreta de Saga.

—Eres... ¡la sombra! —Milo dejó caer sus brazos y sus ojos se abrieron en una dolorosa comprensión.

—Pareces decepcionado —soltó, como a quien no le importa, y se levantó para seguir su camino a la tercera casa.

—¡No, espera! —dijo Milo tomándolo de la mano a una velocidad impresionante. — ¿Entonces, mi sombra no podrá atacar?

Kanon soltó una carcajada que liberó toda la tensión que sentía en ese momento. Realmente aquel chiquillo le agradaba y podía entender porque Saga lo estimaba tanto. Se dejó caer junto al suelo y Milo se sentó rápidamente a su lado. Su rostro reflejaba las mil preguntas que se aglomeraban en su cabeza y Kanon tenía mucho que decir al respecto.

—No, tendrías que tener un hermano gemelo.

—Creo que eso sería genial, pero no tengo ningún hermano —murmuró el niño, cruzó sus piernas y sus dedos inquietos comenzaron a trazar líneas en el suelo. — ¿Y que se supone que haces? Siempre te veo vagando.

Kanon no pudo evitar reírse, aquello era mitad cierto. Le gustaba recorrer el santuario, practicar sus ilusiones o irse a los lugares más apartados sin preocuparse por las miradas de los demás.

—Hago lo mismo que ustedes: entreno y acompaño a Saga en algunas misiones.

—¿Lo cuidas?

—Eh... si, se podría decir.

—Entonces debe ser muy aburrido. Saga es muy fuerte y no necesita que lo cuiden.

Kanon volvió a sonreír, las misiones con Saga eran todo menos aburrida, probablemente porque era el único momento donde no tenían que fingir ser una misma persona, simplemente eran dos hermanos… dentro de la normalidad que ser un santo significaba.

—¿solo eso haces? ¿No juegas? ¿Tienes amigos?

— Saga es mi amigo –sentenció sin rastros de su fácil sonrisa.

Milo alzó sus cejas, sorprendido e intimidado.

— Entonces, ¿nada malo le pasara a Saga, porque tú lo cuidas ya que eres la sombra?

— No, lo hago porque es mi hermano.

Y aunque su papel en el santuario estaba claro, Kanon no quería pensar que lo hacía por una imposición. No quería ser Saga y mucho menos, quería ser alguien a cosa de la muerte de su hermano. El deseaba ser alguien por sí mismo y el placer que le provocaba ser descubierto era la mayor confirmación que su camino no era el que Shion pretendía trazar.

—¿Qué te pasa? —preguntó Kanon al ver que el niño había bajado su rostro avergonzado.

—Es que yo no tengo hermanos —respondió, como si aquello fuese su culpa — y… siempre he querido uno. Y... —sus mejillas comenzaron a tornarse rojas y sus manos no paraban de moverse entre ellas —yo... ¡le pedí a Saga que fuera el mío! —terminó alzando la voz y con el rostro completamente enrojecido, asustando al mayor.

Kanon lo miró sorprendido y Milo, mal interpretándolo, comenzó a disculparse. Divertido, una microscópica sonrisa tiro de los labios del gemelo, pero rápidamente se recompuso y cruzó sus brazos frente a su pecho.

—Pero él ya tiene un hermano —sentenció.

—¡Es que realmente deseo tener uno! —se quejó, dejándose caer en la arena con dramatismo —¡Ya se! —dijo de repente, volviéndose a incorporar. —¿Y si lo compartimos?

—¿Qué? —La máscara de falso enojo se cayó ante el desconcierto que aquel niño le producía, y sin poder contenerlo más, soltó una carcajada. — ¿Y no te parece mejor tener dos hermanos?

Soltó la pregunta como si realmente no significara nada para él, disimulando el leve tirón que sitio en sus entrañas y la ansiedad que tomó como presa a sus manos. ¿Y sino lo aceptaban por ser él... solo Kanon?

—¿Tú? —preguntó Milo sorprendido.

Kanon simplemente se encogió de hombros, deslizando su mirada en la tercera casa y percatándose de una sombra escabulléndose al templo.

—¡Sería estupendo! —Milo se lanzó hacia Kanon, atrapándolo en un abrazo, y haciéndolo reír nuevamente.

—Solo recuerda que nadie lo puede saber, y así también seré tu sombra.

El pequeño asintió emocionado, mirando como el mayor se ponía de pie.

—Y yo también seré tu amigo —le dijo, antes de marcharse corriendo.

Kanon lo miró desaparecer sin poder definir realmente lo que sentía. Sabía que era una situación absurda, realmente ni siquiera importaba, pero aun así no podía evitar sonreír con satisfacción.

Caminó hasta Géminis, donde había visto a Saga escabullirse sigilosamente. Y comprendió que la maldición no solo era de él, era de ambos. Mientras uno brillara, el otro estaba condenado a la oscuridad...

Kanon miró como la piedra se hundía en el agua, y las ondas de dispersaban con el suave movimiento de las olas, lanzó otra piedra y vio como esta rebotaba dos, tres, cuatro veces y se hundía entre el compás de la marea.

El sol comenzaba a ocultarse y las nubes se arremolinaban en el horizonte, cerca del santuario de Athena. A pesar de la distancia, un débil eco del cosmos de la diosa llegaba hasta él, como si fuera una suave canción de cuna con la que acobijaba a toda la humanidad. ¿Sabría que estaba vivo? Seguramente si, después de todo ella le había perdonado la vida. ¿Sino de que otra forma se podría haber salvado del hundimiento de Atlantis?

Peor, ¿Por qué? ¡¿Qué demonios quería Athena de él?!

Lanzó otra piedra, con todas sus fuerzas, que se perdió en el horizonte y apretó su mandíbula hasta que sus dientes crujieron. Athena no podía esperar que regresara al santuario, era demencial.

En todos aquellos años pensar en el santuario se reducía a pensar en Saga, y si debía ser sincero solo miraba en ese sitio una sede de poder y el blanco de todo su odio. Las personas que vivían ahí, significaban menos que nada para él. Después de todo, él tampoco significaba nada para ellos. O eso siempre quiso pensar.

Después de que él travieso Milo se marchara del santuario para continuar con su entrenamiento, Kanon simplemente lo olvido. No había gastado ni un solo segundo de los siguientes años en preguntarse por él, por si había terminado el entrenamiento, si había logrado convertirse en santo dorado o tan siquiera si estaba vivo. Para Kanon, el mundo se reducía a él y su hermano, fuera de ese pequeño circulo, nadie más había importado. Por lo tanto, tampoco entendía porque ahora recordaba al chiquillo.

Talvez porque había sido el único en aceptarlo tal y cual era...

Pero de qué servía aquello, si lo desechó igual que a los demás.

Aquella tarde, fue la primera vez que pensó en Milo. ¿Qué pensaría de él cuando descubriera que estaba detrás de toda la catástrofe? ¿Se sorprendería al escuchar la historia sobre el gemelo de Saga? ¿Seguiría proclamándose hermano menor de forma tan orgullosa?

Oh, no. Kanon estaba seguro que el digno y justo Milo jamás lo perdonaría. Ni él, ni el resto de caballeros dorados.

Si Athena lo creía de forma diferente, o era muy estúpida o muy ingenua; o simplemente no conocía en nada a sus guerreros y el orgullo fiero de cada uno.

Su lugar en la orden ateniense había desaparecido hace trece años, cuando las primeras palabras de traición surcaron su boca.

— Me abandonaste — reclamó Thali a sus espaldas, colocando sus manos en la cadera.

Kanon miró sobre su hombro y luego regresó su vista al horizonte. Un último vistazo en dirección del santuario.

— No tenía nada que hacer ahí.

Thali se sentó en una base de cemento que sobresalía de la arena.

— Tienes razón. Se volvió una locura ese lugar.

Kanon tragó en seco y cerró sus ojos por un momento. Soltó un suspiró y dejó caer el resto de piedrecillas que tenía en su mano.

—Supongo que era lo mejor —continuo la chica —. Los doctores decían que ya no tenían oportunidad.

Kanon caminó hasta ella y se sentó en una roca sobresaliente.

—¿Cómo sucedió todo aquí? Las inundaciones.

—Pues fue igual en todo el mundo —dijo, encogiéndose de hombros. Kanon no pudo evitar rodar los ojos. El conocía a la perfección como había sido todo, pero verlo desde la tranquilidad de Atlantis, rodeado por la belleza marina y embriagado por la excitación de las batallas que se aproximaban; era diametralmente distinto que verlo ahí, en aquella playa destrozada y llena de personas que aun lloraban a sus muertos. Mirando el cadáver de la aldea, tenía una morbosa curiosidad por cada detalle de lo que sucedió, de las personas, y de la forma en la que la vida cambiaba. —Estaba con mi madre en el centro comercial cuando comenzó a llover —la voz de Thali era apenas un murmullo, y su vista estaba clavada en su regazo. Kanon giró a verla, un poco sorprendido por aquella nueva faceta de la chica. — Mi padre y mi hermano se encontraban en el mar, pero lograron llegar a casa sin problemas. La lluvia siguió toda la noche, recuerdo que me alegre porque hacia un clima delicioso para ver películas acobijada en la sala.

Thali soltó una leve risa quebrada, en cambio, el rostro de Kanon se ensombreció lentamente.

—No dejó de llover en dos días. Era extraño, porque no estaba previsto. Los ríos comenzaron a desbordarse, y hubo deslizamientos en algunas zonas. Mi mamá consiguió ropa y comida para los damnificados, habían adecuado el estadio y todos estaban ahí.

Alzó su cabeza y miró hacia su izquierda señalando unas grandes columnas que se mantenían en pie aun, del resto del estadio solo quedaban unos cuantos muros al ras del suelo.

—Yo la acompañe ese día. Algunos amigos míos estaban ahí. —Thali guardo silencio unos minutos, parpadeo rápidamente apartando las lágrimas que se aglomeraban en sus ojos, soltó un suspiro para deshacer el nudo en su garganta y no continuo hasta saber que su voz no la traicionaría.

Kanon la miraba atentamente, la batalla interior se reflejaba en cada uno de sus movimientos: la tristeza, el enojo, la impotencia. Él conocía todo aquello, y se preguntó qué pasaría si le decía la verdad, si le confesaba sus crímenes y le diera un rostro para odiar.

—Cuando íbamos de regreso a casa, sentimos el primer terremoto. A los pocos minutos, sonó la alarma de Tsunami. Fue tan rápido, no pudimos hacer nada. En cuestión de minutos tuvimos el agua a los pies. Corrimos al edificio más cercano y a penas llegamos al segundo piso cuando la ola nos golpeó. Ni siquiera sé cómo sobrevivimos, el agua cubría toda la habitación, nuestros rostros estaban pegados al techo para poder respirar. Tuvimos que mantenernos flotando hasta que el agua disminuyó. Era horrible, como si...

—Como si cualquier momento de debilidad podría acabar con tu vida y no puedes permitirte siquiera sentirlo.

—Pero aun así lo haces. Sientes miedo, frustración y piensas en todo lo que debiste hacer diferente para no terminar en ese lugar.

Kanon la miró con una mezcla indefinible de sentimientos en sus ojos. Aquel relato había avivado sus más oscuras pesadillas, sus días atrapado en aquella prisión de la tortura, el destino que deseaba para cada uno de sus enemigos no para una chiquilla inocente. Thali también lo observó, sintiendo como sus mejillas comenzaban a arder ante la mirada penetrante de Kanon, y en medio de los muchos sentimientos que parecía querer mantener controlados, logro atisbar una pequeña brizna de dolor.

—¡Chicos! —La voz de Helen los llamó a la distancia, y ambos la vieron haciendo gestos para que regresaran a casa. Kanon no pudo evitar sonreír ante los gestos tan familiares de ella y alejados del protocolo bajo el que siempre habia vivido.

Se levantó de la roca y le tendió una mano a Thali. La chica se sonrojó y caminaron en completo silencio hasta la casa, mientras el olor de la cena guiaba sus pasos. Cuando llegaron, el pescado estaba servido y Bastián buscaba las noticias en la televisión.

Kanon acababa de sentarse cuando una voz conocida llegó a sus oídos. Su cuerpo se tensó de inmediato y su cosmos se revolvió buscando la amenaza. Alzó sus ojos y miró el rostro de Julián en el televisor.

—Una gran parte de su fortuna ha sido destinada a fondos a ayudar a las víctimas de las inundaciones. ¿Tiene algún plan de acción?

—Por supuesto, primero atenderemos las necesidades básicas, alimentos, medicamentos y acondicionamiento de los refugios y a la vez comenzaremos a crear formas de empleo para que las comunidades y las personas puedan recuperar su autonomía lo más pronto posible.

—¿Qué lo ha impulsado a estas acciones? —preguntó la periodista.

Julián se mantuvo en silencio por unos segundos, y Kanon se preguntó si recordaba todo lo que habia sucedido, después de que el alma de Poseidón abandonara su cuerpo. Sintió un ligero tirón en su estómago, mientras esperaba la respuesta del antiguo dios.

—He pasado mi vida entera en el mar. No solo es mi trabajo, es lo que más amo, su majestuosidad, sus criaturas y sus misterios. Y cuando amas tanto algo, no puedes evitar sentirte responsable por ellos. Además, los humanos... —guardó silencio por un momento y la atención de Kanon se centró más en él. Había algo de Poseidón escondido aun en aquel cuerpo, podía sentirlo. — los humanos tenemos la capacidad de reinventarnos, cambiar los que hemos sido y forjar un futuro mejor. Buenas tardes.

El magnate se alejó de los periodistas que lo rodeaban y junto a él, estaba Sorrento. Ambos entraron en el auto que esperaba por ellos. El apetito de Kanon, de pronto, se había esfumado.

—Ha creado una fábrica para la construcción de lanchas pesqueras —dijo Bastián emocionado —comenzara a funcionar mañana y abasteceremos a las islas cercanas también.

—¿Y él vendrá aquí? —preguntó emocionada Thali.

—Si, visitara todos los sitios más afectados.

—Kanon, ¿Qué también se te da la construcción de barcos? Necesitamos hombres fuertes y hasta ahora somos un puñado de ancianos.

El chico sonrió, ocultando la turbación que ver a sus antiguos camaradas le había producido.

—Nunca lo he hecho, pero aprendo rápido.

—Genial, iremos mañana.

El día en la fábrica había estado lleno de experiencia nuevas. Tal vez él no había sido un caballero dorado, con todos los lujos que eso conllevaba. Pero vivía con Saga y nunca había tenido que trabajar en su vida. Al menos no de la forma en la que lo hacía en la fábrica. Le tocaba ensamblar piezas, usar maquinaria y trajes especiales. Tenía compañeros de trabajo, no súbditos ni superiores; sino personas que se sentían sus iguales y aunque eso lo irritaba en algunos momentos, también lo hacía sentir de una manera que nunca se había hecho antes: se sentía apoyado.

Aquella tarde cuando llegaron a casa, Bastián tenía el mejor humor que jamás había visto. Besó a Helen y tomó algunas cervezas del refrigerador.

—Este chico es el más fuerte que jamás he conocido. Cargaba cosas como si no pesaran más que una manzana. Y es muy inteligente. ¿De dónde saliste?

—Del mar —dijo con un poco de humor, y el mayor soltó una carcajada.

—Vamos a asar carne y tomar cerveza con los demás. No nos esperes. —le dijo a Helen antes de retirarse junto a Kanon.

Improvisaron una parrilla en la playa y cuando llegaron estaban comenzado a colocar la carne. Se sentaron y repartieron la primera ronda de cervezas entre todos, mientras contaban las anécdotas de su juventud. Aquello contaba como una primera vez más en su lista. El santuario no era un lugar para envejecer, y escuchar cómo ellos se reían de las estupideces de su juventud le habían sacado más carcajadas de las que admitiría para sí mismo.

—Cuando la vi me quedé sin palabras —dijo Dorian, sentado a su izquierda —con un vestido blanco. Toda una belleza.

—Quedó tan anonadado que a los 3 minutos le tiró el ponche encima. —agregó Alexis al otro lado.

—No volvió a hablarme en su vida.

—Pero el rompecorazones de nuestra juventud, fue Ilias. —dijo Alexis, levantando su cerveza en dirección del mencionado. Tenía su tez morena y su cabello negro tenía algunas canas esparcidas que le apartaban un aire severo a su rostro de facciones duras.

—No me hagas quedar mal frente al chico. Tengo el ligero presentimiento que él nos gana a todos nosotros, aunque le doblamos la edad.

Kanon sonrió con picardía, dando toda la respuesta que aquellos viejos necesitaban para aclamarlo.

—¿Cuál es tu estrategia, muchacho?

—¿Crees que la necesita? A los hombres como él, las mujeres se acercan solas.

Todos rieron, y mientras picaban carne y bebían cerveza a la luz de las estrellas; Kanon se dio cuenta que una vida como aquella, podía ser simple y agradable. Tal vez, podría encontrar un lugar para él, lejos de la guerra, el dolor y el odio.

Aún podía construirse otro futuro, nuevamente.