Capitulo 5: Camino del perdón

Con un fuerte sonido, las cortinas metálicas del taller se cerraron. Kanon alzó su rostro y levantó los lentes protectores para despedirse de los pocos hombres que aún estaban. Se había acostumbrado a ser el último en marcharse, así, en la soledad, podía pasear por cada uno de aquellos barcos y bañar con su cosmos aquellas estructuras. Darles un seguro de resistencia y facilitar la vida de aquellos hombres era un pago mínimo.

La visita de Julián lo inquietaba, pero también le había dado mucho en que pensar. Había descubierto que podía llevar una vida tranquila y pacífica en aquel lugar, ¿pero eso era suficiente? ¿volvería a vivir escudado en una mentira, fingiendo ser una víctima de la dantesca desgracia que él había planificado? Debía de redimir sus actos, así como Julián y Sorrento lo hacían.

Aquella idea lo habia golpeado con una certeza que no habia experimentado jamás. Nunca antes había buscado un perdón, porque no creía necesitarlo. Miraba a todos por debajo de él, inclusive a Athena. Si la habia defendido en Atlantis, no fue por un súbito amor hacia la diosa o fidelidad a aquella orden, Ikki le hizo comprender que le debía su vida a la chiquilla y él no podía vivir sintiéndose inferior o en deuda con alguien a quien habia deseado matar, ni siquiera si era una diosa.

Lo hizo por él.

Como todas las cosas que hacía en su vida.

Había recibido las consecuencias de sus actos con la cabeza en alto y sin arrepentirse por lo sucedido. Así fue en cabo Sunión y así fue en Atlantis. Pero ahora, que nadie lo acusaba, era su propia conciencia quien lo atormentaba. Le gritaba "culpable" a cada paso que daba, le susurraba "cínico" por cada sonrisa que esbozaba. Y ni siquiera sabía cómo podía buscar el perdón.

Sabía muy bien que era la culpa lo que hacía actuar a la parte humana de Julián, porque eso era lo que lo hacía actuar a él también.

Salió a la calzada que estaba detrás del taller y quitó la manta que cubría un trabajo personal. Le habia informado a Bastián que trabajaría en un barco para él, no habia sido un permiso, pero aun así el hombre lo aprobó. Aquella idea le había dado la excusa perfecta para quedarse después del trabajo, también le habia permitido el tiempo para poder pensar en su incierto futuro. Y aquellos días, ese lugar era su perfecto escondite. Entre más próxima se encontraba la visita de Julián, la ansiedad crecía en él; como si ese día dictara una sentencia irrevocable.

Volvió a colocarse los lentes de trabajo, y tomó la pulidora silenciando todos sus pensamientos.

Habían pasado algunos meses desde su llegada a Atlantis, el ejercito llenaba sus filas lentamente y eran tan patéticos y crédulos, como Kanon jamás hubiera imaginado. Aquella tarde se encontraba en el pilar del Atlántico norte, mientras esperaba a uno de sus espías regresar del santuario. Habia sentido las turbaciones en el santuario, Saga habia desaparecido varios días atrás y él no lograba localizarlo en ninguna parte.

Frunció su ceño cuando observó como un cuerpo caía desde la superficie y sintió un poderoso cosmos rodeándolo. Se apresuró a atraparlo y se dio cuenta que apenas era una pequeña niña inconsciente. No tardó en llevarla junto a las doncellas, preguntándose qué clase de ejercito pensaba tener Poseidón, a ese paso estaría rodeado de completos ineptos.

Aquella pequeña niña la llamaron Thetis, y Kanon podía sentir como el poder de Poseidón emanaba de ella, la envolvía como si fuese un suave perfume del mar. Fue la primera Marina en llegar. Una niña curiosa, alegre y astuta. Con una lengua rápida y ágil, y una lealtad inquebrantable. Por muchos meses, fue la única Marina a la que se dedicó a entrenar personalmente, antes de que los primeros generales llegaran y de alguna forma se habia hecho la persona más cercana a él y a todos los generales.

— ¡Dragon marino! —lo llamó una tarde. Era ya una joven, hermosa y fuerte, tenía quince años y cada día se acercaba más el momento de desatar su ansiada venganza. Atlantis se habia convertido en un sitio lleno de actividad, en una maquinaria perfecta que trabajaba en una armonía silenciosa para cumplir "la voluntad de Poseidón". Todos conocían su lugar, su parte en aquel plan y todos se sentían importantes al ser elegidos por el emperador para aquella labor.

El día en el que Julián Solo tomaría su lugar, se acercaba y el entusiasmo subía como espuma. Y cada día, Kanon se sentía más inquieto.

Thetis lo alcanzó cerca de su pilar y caminó junto a él en silencio.

—Te busque en el salón del trono, deje el informe sobre Julián. — Kanon solamente asintió.

—¿Algo más que deseas decirme, Sirena?

Thetis se detuvo, pero él no y siguió avanzando con pasos decididos.

—Has estado extraño últimamente. —dijo ella, alcanzándolo. —todos lo hemos notado.

Kanon detuvo su andar y la miró con severidad.

—Hay mucho por hacer, deberías concéntrate en tus obligaciones.

—Todo está saliendo bien, Kanon. No deberías de preocuparte, ya no somos los niños que tenías que cuidar. —Thetis se acercó y con esa seguridad que la caracterizaba, lo tomó de las manos —. Tu eres el soporte principal de Atlantis.

—Te equivocas, el pilar principal es el emperador Poseidón. Espero no estar escuchando palabras de traición.

Thetis soltó una carcajada y Kanon no puedo evitar sonreír con travesura.

—El emperador es nuestra razón de ser, pero tú fuiste quien logró todo esto —he hizo un gesto con sus manos abarcando todo —Sin ti no seriamos nada, has sido la mejor decisión que tomó Poseidón.

Thetis le tomó de las manos, y Kanon le sonrió con una ternura que pocas veces mostraba.

—Debo de irme —dijo él dando un paso hacia atrás.

—¿A dónde vas? Tu nunca sales de Atlantis.

—No tengo porque darte explicaciones, Sirena.

—¿Puedo acompañarte?

Kanon la miró sobre su hombro, podía ver en su rostro esa expresión que no aceptaría un no y conocía su curiosidad innata. Era una de sus más fieles aliadas y no deseaba comenzar a levantar sospechas cuando el momento de su venganza se acercaba.

Asintió y la chica sonrió.

—No necesitaras tu armadura —le dijo tendiéndole una mano.

Thetis sonrío con travesura y tomó su mano, al tiempo que la escama de la sirena se desprendía de su cuerpo. Entraron al pilar del Atlántico norte y en un haz de luz desaparecieron de Atlantis.

Se aferró a aquella rutina como si fuese un salvavidas. Salía del taller hasta que la luna gobernaba el cielo y caminaba por la playa, poco a poco habia ido convirtiendo en polvo de estrellas los residuos más grandes, autos, muros, anuncios... ahora no eran más que arena mesclada con su cosmos y que brillaba a su llamado. Era una decisión estúpida, lo sabía. Con ese rastro de cosmos el santuario lo podría localizar en cuanto una brizna de su poder se encendiera. Pero ya no pensaba huir más, si Athena deseaba su cabeza, bien podría intentar conseguirla.

Llegaba a casa cuando la mesa de la cena estaba servida, y siempre escuchaban las noticias de Julián Solo y su gira mundial. Él día siguiente estaría en aquel lugar y como si se prepararan para la venida de Poseidón, una ligera lluvia comenzó a bañar a la ciudad.

Kanon no pudo evitar sonreír al escuchar el sonido del agua replicar sobre las ventanas, mientras la voz de Julián informaba sobre los avances de su proyecto. Sin embargo, su sonrisa se esfumó al ver los rostros preocupados del resto de aquella familia y supo, en ese momento, que la lluvia no volvería a ser disfrutada por nadie más.

Cuando salieron de la cueva, el sol del atardecer les dio justo en sus ojos y caminaron por la arena un par de metros.

Thetis observaba curiosa, no habia nada más que la playa y un bosquecillo más adelante.

—¿Dónde estamos? —preguntó, y el rostro serio de Kanon la alertó.

—Apaga tu cosmo, no deben descubrirnos.

Ella obedeció y lo siguió atreves del bosquecillo. Al pasarlo, llegaron a un terreno rocoso, subieron por unos acantilados y finalmente, pudieron deslumbrar un par de construcciones de mármol blanco y más adelante estaba la enorme estatua de Athena.

Thetis lo miró asombrado, habían rodeado las doce casas sin ser vistos y miraban directamente al jardín de los aposentos del patriarca.

—¿El santuario de Athena? ¿Cómo lo sabias? ¿Podemos ir directamente...?

—No. —dijo tajantemente —esto es lo más cerca que podemos estar. Hay una barrera que nos impedirá acercarnos. Para llegar a Athena es necesario pasar por las doce casas.

—¿Por qué estamos aquí? Hay espías del santuario...

La voz de la chica se apagó al ver como el rostro de su general se contraía y sus labios se apretaban. Siguió la mirada de Kanon y observó que el patriarca habia salido de sus aposentos. Tenía el cabello gris, era alto. Habia salido apresuradamente, y se llevaba las manos a la cabeza, como si sufriera de un fuerte dolor de cabeza. Y de improvisto, lanzó al suelo la máscara de metal que cubría su rostro. Thetis lanzó una exclamación al verlo, era el rostro de la locura, sus ojos estaban inyectados de sangre y lanzaba extrañas exclamaciones.

Luego, su cabello comenzó a cambiar a color azul. Los hombros de aquel hombre se relajaron y se irguió tan alto era. Su rostro tomó una expresión de tristeza y al abrir los ojos era tan esmeraldas como los de Dragon marino. Vieron que su boca se movía, sin duda hablaba con alguien, pero él estaba solo en aquel balcón.

—Tu hermano —dijo Thetis, contemplando de un gemelo a otro.

—Saga de Géminis.

No era ningún secreto para nadie de Atlantis, que su hermano pertenecía a la orden Ateniense. Y por irónico que fuera en lugar de levantar sospechas, que él sirviera a Poseidón tan fielmente a pesar de sus lazos familiares, lo habia convertido en un ejemplo a seguir.

—¿Qué le sucede?

—Fue infectado por la maldad hace muchos años, y se debate en su parte buena y la malvada.

—¿Por qué Athena elegiría a alguien así para ser el patriarca?

—Athena es una niña estúpida y su santuario está lleno de corrupción, empezando por el patriarca.

Kanon se puso de pie, observó unos minutos más a Saga luchar contra aquel ser que lo poseía y cuando vio que el cabello se tornaba blanco una vez más, supo que su gemelo perdía. Aquella habia sido la última vez que habia visto a su hermano.

Caminaron hacia la playa en silencio, de regreso a la cueva por la que habían salido, pero Thetis se detuvo a contemplar las estrellas reflejadas en el mar.

—Es hermoso —dijo en voz baja —¿Por qué los humanos deben de contaminar la tierra?

Kanon la observó por unos segundos detenidamente. Aquella chiquilla no conocía más verdad que la que él le habia mostrado. Sonrió, y se acercó lentamente a ella.

—Ven conmigo —le dijo, abriendo el portal de la otra dimensión.

Thetis lo siguió con la curiosidad plasmada en el rostro. Salieron entre dos columnas en el ágora de Atenas. El lugar estaba a rebosar de vendedores y turistas. Caminaban entre ellos, mientras él le contaba las viejas leyendas del lugar. Vieron a lo lejos el Partenón iluminado, luego abrió otro portal en la oscuridad y viajaron hasta Roma.

Aquella ciudad iluminó los ojos de Thetis como ninguna otra y Kanon la llevó hasta un restaurante en la plaza Navona, saboreo el vino y conoció las tres fuentes. Detuvieron su paseo hasta llegar a la fontana de Trevi, y el aliento se le escapó de los labios de la chica.

—Dice que, si lanzas una moneda volverás a este lugar —le dijo Kanon, con una traviesa sonrisa —Si lanzas dos, encontraras un nuevo amor; y si son tres te casarás.

Sacó de su bolsillo tres monedas y se las tendió a la chica.

—¿Cuál de los tres deseas? —dijo entre risas. Thetis se sonrojó al instante y levantó su mano dudosa. Finalmente tomó dos de las monedas y Kanon alzó sus cejas curioso.

—No me casaré —dijo como explicación, aunque sus mejillas seguían coloradas —soy una Marina, y este lugar dejara de existir cuando se cumpla la voluntad de Poseidón. Un nuevo amor, es la única opción que me queda.

Se dio la vuelta, y lanzó las monedas entre risas.

—¿Y quién es el viejo amor que ya no quieres?

El rostro de Thetis se tiño furiosamente de rojo y Kanon no pudo evitar soltar una carcajada.

—Cállate —dijo, emprendiendo velozmente la retirada.

Cuando llegaron al pilar del Atlántico norte, Kanon aun reía, pero no dejó que Thetis se marchara. La tomó del brazo y caminaron hasta el siguiente pilar. Aquel día vieron la aurora boreal, las playas de Brasil, la isla de pascua, visitaron cada pilar y recorrieron las calles de muchas ciudades y finalmente llegaron a Los ángeles, mientras miraban como la tarde caía lentamente. Se sentaron en la arena, observando como una rueda de la fortuna giraba en el parque.

Thetis lo observaba con una sonrisa indescifrable y Kanon junto su entrecejo al verlo.

—¿Qué sucede, Sirena?

—Eres toda una caja llena de sorpresas, Dragon marino.

—Ni te lo imaginas —dijo él, esbozando su característica sonrisa sarcástica.

—Si no fuera por los humanos, podría decir que este mundo me agrada. —señaló, dejándose caer en la arena.

—No lo tomaré personal, y que yo sepa tú también eres humana.

—Pero yo era un pez —aclaró con una sonrisa —y tú eres tú, nuestro comandante.

Kanon la observó y se preguntó si aquella chiquilla lograría sobrevivir a la guerra que se aproximaba. Soltó un suspiro, sabiendo que no podía comenzar a encariñarse con personas que serían carne de cañón. Se levantó, sin mirarla nuevamente.

—Ya es hora de regresar.

Aquel día había logrado terminar su pequeño proyecto. Era un velero pequeño, de color azul y velas blancas, el único detalle que faltaba era el nombre. Damián se lo habia preguntado desde que comenzó, pero él no tenía nada en mente.

—¿Por qué no le pones el nombre de tu hermano? —sugirió Helen, escuchando la pequeña charla.

—¡No! Es capaz de revivir solo para intentar ahogarme —dijo entre una carcajada.

Pero si quería que fuese algo importante para él.

Aquella búsqueda le habia hecho viajar por memorias que creía olvidadas. Recordar esas partes de su vida que no estuvieron llenas de odio y enojo... y para su sorpresa había muchas.

Aunque la venganza fue su móvil, las risas, el compañerismo, y el orgullo que sintió en Atlantis llegó a ser autentico. Hasta que tuvo que recordar que debía alejarse de ellos.

Dio unos pasos hacia atrás, apreciando su obra y luego tomó el molde con el nombre que habia elegido, lo colocó en la proa y con pintura dorada comenzó a cubrirlo.

—No pensé volverte a ver en esta vida.

Kanon sintió un vuelco en su estómago que logró disimular y con parsimonia, dejó a un lado las herramientas y se retiró las gafas antes de girarse sobre sus talones.

—Sorrento.

Saludó con voz grave. El chico arrugó su entrecejo y apretó sus puños con molestia.

—Así que aquí es donde te escondes —dijo mirando desdeñosamente el taller —. ¿Qué tramas ahora, Kanon?

—Solo pensaba terminar este velero —respondió con cierta ironía, señalándolo mientras daba un par de pasos lentamente. Se complació al ver como el cuerpo de Sorrento se tensaba. —Me ha quedado bastante bien, ¿no?

—¿y cuánto tiempo durara esta mentira? ¿Saben ellos lo que eres, o que has dicho ahora?

—No sabía que vendrías a interrogarme, ni que debo de darte explicaciones de mis actos.

—¡Deberías estar muerto!

—Reclámale a Julián, fue su tridente el que no me mató.

En un parpadeó, Sorrento lo empujó contra el velero. El cosmos del marina se revolvía a su alrededor y sus ojos brillaban furiosos.

—No te atrevas a burlarte. No, cuando todos murieron por ti. —encajó un puñetazo en la mandíbula de Kanon, y se preparó para dar otro más.

Sin embargo, Kanon atrapó aquel puñetazo con su mano y cubriéndola de su cosmos dorado, apretó hasta lograr hacer retroceder a Sorrento y sin soltarlo, dio un paso hacia adelante.

—Recuerdo que dijiste, que no valía la pena luchar conmigo.

—Recapacite. Nos enseñaste a luchar para eliminar la maldad del mundo y tú eres esa maldad.

—No seas dramático —dijo, lanzando una carcajada

Sorrento saltó hacia atrás, sacó su flauta dorada y antes de poder llevarla a sus labios, un haz de energía la lanzó por los aires.

—La última vez, fénix habia atacado mi sistema nervioso. Hoy no cuentas con esa ventaja.

Sorrento volvió a atacar. Kanon bloqueaba sus puños con los brazos, las patadas con sus piernas, sin retroceder en ningún momento. Sorrento aprovechó el movimiento de la batalla para acercarse a la flauta y saltó hacia atrás para tomarla, pero Kanon fue más rápido y abrió su triángulo dorado.

El pequeño objeto de metal desapareció del taller, Sorrento apretó sus puños y alzó su cosmos amenazadoramente.

—No pienso volver a escuchar tu maldita melodía —le dijo, el triángulo dorado se abrió una vez más y el instrumento cayó en las manos de Kanon. —Y tampoco pienso matarte.

Con un manotazo, le arrojó la flauta en el pecho haciéndolo trastabillar.

—No te creo.

—Ese es tu problema.

—Dejaste que mataran a todos nuestros compañeros. Solo Julián y yo quedamos. ¿No terminaras el trabajo?

—Terminar con Atlantis no era mi objetivo —dijo, dándole la espalda.

—Solo éramos las herramientas de tu patética venganza, ¿cierto?

Kanon soltó un suspiro irritado, en una fracción de segundo tomó a Sorrento de las solapas de su camisa, levantándolo del suelo.

—Si —siseó con su rostro muy cerca. —Me daba igual si sobrevivían o no, siempre y cuando mataran a tantos santos como pudieran. ¿Es eso lo que querías escuchar? ¿Es eso? —volvió a preguntar, moviéndolo con violencia.

—Baian, Eo, incluso Julián... te admiraban. Isaac se sentía comprendido... Thetis te obedeció ciegamente. Murió siguiendo tus ordenes de cuidar a Julián, sin saber que era todo una mentira. —Tomó los brazos de Kanon, pero no habia nada que pudiera hacer, el gemelo tenía un amarre de hierro. Así que, intentó transmitir en sus ojos todo el odio que albergaba. —Eras importante para nosotros.

Kanon lo empujó, como si el contacto con el general quemara y el chico rápidamente se puso en guardia. Sin embargo, el mayor dejó caer sus brazos, con sus puños cerrados y su mandíbula fuertemente apretada.

—Vete, Sorrento. —ordenó de aquella manera que no daba lugar a replicas. Con aquella voz que el chico nunca pensó volver a oír... Con toda la autoridad del comandante general del ejército de Poseidón.

En el silencio del taller, la pequeña placa que Kanon habia estado pintado, se cayó al suelo, resonado; y el nombre del navío quedo al descubierto.

En letras doradas, rezaba...

Dragón marino.