Los personajes y la historia de Candy Candy son propiedad de Kyoko Mizuki. La historia de mi autoría y el fin de lucro, solo es para el entretenimiento y la felicidad de las seguidoras de Terry.

¡Hola! Estoy de vuelta, de antemano una disculpa. Espero disfruten la lectura.

Capitulo doce

(1ra parte)

—Buenos días Candy. ¿Lista?

—Buenos días Albert, estamos listos. Mi amor ya vámonos —dijo la pecosa a Asael—. Venimos al rato mamá, te encargo a los niños.

—Claro que sí hija, yo me encargo de ellos. Pórtate bien mi pequeño y hazle casó a tu mamá, te quiero mucho —Candice se dirigió a su nieto y enseguida al rubio—. buenos días Albert, te encargó a mis tesoros. —Albert asintió y le dio un beso en su mejilla.

—Si abuelita, yo también te quiero mucho. Hola tío. —El pequeño Asael se despidió con un beso de su abuelita y chocó los puños con su tío.

Después de los saludos, las recomendaciones, y las despedidas, el trío salió del hogar con dirección a las instalaciones del colegio, en dónde posiblemente quedaría inscrito el pequeño Andley.

Terry ya los esperaba en las puertas del Colegio San Pedro, el recinto era de una arquitectura de principios del siglo veinte, constaba de dos edificios separados por un amplio patio, el cual servía de división de niños y niñas. Actualmente esa división ya no estaba vigente, los grupos eran mixtos. El atractivo hombre tenía una sonrisa en sus labios, sonrisa qué no era muy fácil verle. Y todo se debía por estar rememorando la plática del día anterior que tuvo con una bella mujer; Candy White. Había sido una charla reconfortante para él, le gustó lo qué descubrió de ella. En tan sólo una hora, Candy echó por tierra la imagen qué él se había creado en su mente sobre ella. La señora White era de lo más agradable, amen de lo hermosa y sencilla. Al darse cuenta que sonreía como un colegial de nuevo, sólo atinó a mover el rostro y pasarse la mano sobre éste para calmar su exabrupto.

Los Andley llegaron y se reunieron con Terry, juntos pasaron a las instalaciones del colegio. El castaño los guió a la dirección, en el camino les iba hablando de la importancia y el prestigio del que constaba la escuela a nivel nacional. Enfatizando que ya empezando el curso no era tan sencillo qué aceptaran a los niños.

Al llegar a la dirección, la secretaria los recibió con su mejor sonrisa y de paso dio un rápido escrutinio a Terry y Albert. Los anunció al director, y éste les dio la entrada a su oficina inmediatamente, conocía a la familia Granchester y sabía la importancia de estos en la institución, ya que varias generaciones habían asistido ahí a estudiar su nivel básico. Se hicieron las respectivas presentaciones, Terry explicó la situación de Candy rápidamente y la necesidad del que niño Andley fuera recibido en las clases. El director Mason aceptó gratamente las palabras del abogado, mas cuándo escuchó a Candy, literalmente cayó a los pies de la rubia. Su belleza acompañada de su amabilidad y sonrisa, cautivó al hombre, quién sin tanto preámbulo y cuestionamientos sin sentido, recibió a Asael en el colegio, haciendo efectiva su inscripción. Candy fue instruida para presentar a su hijo a clases al día siguiente. Su uniforme, útiles y demás cosas que necesitará, tendría unos cuantos días más para llevarlos sin que se viera afectado.

Al salir del lugar, Terry los invitó a almorzar al London Coffee, todos aceptaron y partieron en el auto del castaño. Pues habían llegado en taxi, ya que Albert no contaba con auto.

—Muchas gracias Albert por pagar la colegiatura de Asael. —dijo la pecosa a su cuñado.

—No hay nada que agradecer Candy, mis papás y yo quedamos en pagar las colegiaturas de los tres. Tu sabes que amamos a mis sobrinos y para ellos es un placer contribuir en algo con la educación de sus nietos.

Candy asintió, y todos partieron rumbo al London Coffee.


Tres meses después.

Sábado en la mañana, era un día muy frío, estaban por entrar a invierno. Eso ameritaba quedarse en la cama, junto con un chocolate caliente, y no salir en todo el día. Pero como ser madre de tres hijos y ser la responsable del hogar era su deber. Candy tuvo que levantarse con los ánimos de vacaciones, y hacer acto de presencia en la cocina y hacer el desayuno. Como extrañaba a su mamá, ella tenía una semana de haber partido a su hogar, prometiendo regresar los más pronto posible. Hubiera querido retenerla por más tiempo, pero sabía que no podía ser, su papá por poco y le pide el divorcio por no tenerla junto a él. Le daba mucha alegría el amor que se tenían sus padres después de cuarenta años de casados, seguían procurándose, amándose a pesar de las dificultades que pudieron haber atravesado. Al contrario, su amor se fortaleció. Ella hubiera querido que su matrimonio fuera así ya de mayores, pero ya no fue posible, aunque el tiempo que vivió con Anthony fueron los mejores de su vida. Su difunto esposo fue un hombre cariñoso, detallista, que la procuraba, estaba al pendiente de sus necesidades, la apoyaba en el cuidado de los niños. Casi siempre discutían por ella, Tony era el ser más pacifico que hubiera conocido. Pero cuando se enojaba, más valía que nadie se atravesara en su camino.

Sonrió al recordar las cosas que vivió con él. Le daba gracias a Dios que su corazón ya no estaba tan triste, y que cada vez que lo recordaba, su pecho ya no se oprimía.

—Mami, ya tengo hambre. —la voz del más pequeño del hogar la sacó de sus recuerdos.

—Ya va a estar el desayuno mi amor. Pensé que ibas a dormir más tarde. Es sábado, te doy permiso para que duermas otro rato.

—Se me quitó el sueño. Mejor, ¿me dejas prender la tele?

—Asael, es muy temprano mi amor.

—Por favor mami, solo un rato. Antes de que despierten mis hermanos. Ellos se levantan y no me dejan ver nada. —Se quejó su hijo.

Sus hijos, esos muchachos estaban cambiados, más Abel que Alan. De hecho su hijo mayor estaba actuando más responsable, por lo que le platicó le gustaba vivir allí. Se adaptó muy rápido. Más bien estaba interesado en una jovencita que asistía al mismo colegio, y eso lo tenía de lo más contento. Le gustaba que su hijo le tuviera la confianza para platicar de esas cosas. Aunque también pedía consejos de su tíos, y hasta de Terry y Stear. Alan se adaptaba fácilmente con ellos, pasaban horas platicando. En cambio Abel, estaba siendo más difícil, de ser quien más apegado estaba con ella, ahora ya no era así. Pensó que al cambiarse a otro país, conocer nuevos compañeros, nuevos aires, él dejaría atrás esa actitud taciturna, pero no fue así. Ahora se comportaba rebelde, y constantemente le llamaban a servicios escolares para platicar con ella. Su hijo no prestaba atención en clases, no llevaba las tareas completas, contestaba a los maestros. En casa discutía con sus hermanos y con ella. Con el único que más o menos se cuadraba era con su tío Joseph.

A veces se iba a quedar a su casa, cuando ella ya estaba desesperada con él. Su hermano se quedó a vivir por un tiempo también en Londres junto a su familia. Recibió una propuesta de trabajo en la agencia de Archibald Cornwell, necesitaban un modelo para una nueva campaña, y al ser esa su profesión, aceptó con tal de que su mujer no se separara de su hija. No muy convencido, ya que el elegante –mote que le debía a Terry, y el cual le encantó para referirse al ex de su esposa– no era de su total agrado. Y también para apoyar a su hermana con la situación que estaba pasando con su hijo.

Sólo esperaba que esa etapa terminara pronto. Según Patty, le decía que Abel sufrió mucho por la muerte de su papá, y el que ella trabajará, cuándo siempre estuvo con él desde que nació, fue todavía más duro. De repente se sintió sólo y desprotegido, y no supo como enfrentarlo. Y como no exteriorizaba tan fácil sus sentimientos, su reacción fue actuar de esa manera. Lo que ella le recomendó fue que no desesperara con él, mas bien tratara de apoyarlo y entenderlo. Era una etapa, aunado a su edad. Pero conforme fuera asimilando los cambios y los aceptara, sus acciones también cambiarían.

Después de que sus hijos despertaran todos desayunaron alegremente, platicando de diferentes temas. Tuvieron una mañana muy divertida y gratificante para cada uno. Tenia mucho tiempo que no estaban solo los cuatro. Los muchachos recogieron la mesa, y lavaron los trastes. Pasaron a la sala a ver una película, todos quedaron sentados juntos tapados con una cobija. Para Candy fue un momento muy agradable y hermoso.


Unas horas más tarde, Candy terminaba su arreglo frente al espejo de su habitación, ya que saldría en un rato más, a una reunión con el matrimonio Cornwell O'brien, los White Britter y Terry, los seis se habían vuelto cercanos. Procuraban salir a menudo, ya sea a cenar, o ir a tomar unos tragos, o reunirse en la casa de alguno de ellos. O cualquier otra cosa, el chiste era salir de la rutina y del estrés de sus obligaciones. Y ese día era un buen momento para ello.

—Wow! Señora mía, está usted muy hermosa. — Alan estaba recargado en el marco de la puerta de la recamara.

Candy se sobresaltó al oír la voz de su hijo: —Mi amor, ¿hace cuanto que estás ahí? No te sentí.

—Acabó de llegar. ¿A que hora te quedaste de ver con mis tíos? —Para el adolescente, Patty, Stear y Terry eran también sus tíos.

—A las siete. ¿Ya hicieron su tarea?

—Yo nada más tenía unos problemas, que ya resolví. Abel está terminando la suya, ya ves que el tiene que entregar trabajos atrasados, dudo mucho que los termine hoy. —Concluyó Alan encogiéndose de hombros.

—Tu hermano es muy dedicado, yo creo que si termina. Está tratando de sacar las clases.

—Eso espero, ya ha perdido mucho tiempo haciendo estupideces.

—Alan, no te expreses así. Y menos de tu hermano. —Le regañó la rubia.

—De acuerdo mamá. Nos vemos, estoy en la sala.


Candy arribaba junto con su hermano y cuñada al pub The Dove, situado en el barrio de Hammersmith, al este de Kensington, donde ella residía. El cual databa desde el periodo de la Regencia, y era conocido por sus excelentes cervezas de botella y en grifo.

El matrimonio Cornwell ya se encontraba en el lugar junto con Terry, en la terraza del mismo. Tenían una plática interesante y seria, al menos para la pareja, porque Terry se encontraba bastante incómodo y un poco molesto por el rumbo de dicha plática.

Varios días atrás, Stear intercambio con Patty un descubrimiento que estaba seguro, era el estado de su amigo en ese momento. Los dos coincidieron en que su amigo estaba muy interesado en la rubia enfermera. Si no era amor, por lo menos faltaba poco para que así fuera. Terry había cambiado mucho desde sus salidas con el grupo, sonreía más, se involucraba cada vez más en las pláticas, daba su opinión, se relajaba. Ya no estaba tan estresado, su humor ya no era de mil perros, trataba a sus colaboradores con respeto, sin gritar. Y eso, en Terry Granchester era toda una proeza. Tal vez para los demás no era notorio, pero para ellos que tenían años de relación, era sumamente notorio. Y luego estaba Candy White. Era la única mujer que dejaba que le hiciera bromas inocentes; sin ninguna malicia, ni doble intención. Cuando Candy estaba distraída o platicando, Terry se dedicaba a admirarla, su rostro se emocionaba al escucharla, su atención era solo para ella y era sumamente caballeroso y atento. Por eso fue que empezó a intuir su gusto por la dama, y por las charlas que entre ellos se suscitaban sobre la esta. La forma de expresarse de Candy cuando estaban solos, wow, era de pura admiración.

Por eso, sabía que su amigo estaba en proceso de enamoramiento. Y por eso, estaban teniendo esa plática con él, antes de que llegaran los demás.

—Hermano, me parece perfecto que estés interesado en Candy. Es una mujer soltera y muy hermosa. —decía Stear.

—Por favor inventor. La mujer es viuda, no creo que quiera a alguien en su vida. Ella ha dejado claro, a todos, que no piensa en volver a enamorarse. —Replicó el ojiazul, con fastidio. Tratando de desestimar la plática.

—En eso tienes razón, es viuda y por eso, tiene todo el derecho de volver a enamorarse y que un hombre la ame. Aunque ella diga lo contrario. Y estoy segura que tu puedes ser ese hombre Terry. —intervino Patty al ver la renuencia de su amigo—. No me mires así, yo como mujer te lo digo, no se te olvide que trabajo con ella y nos hemos vuelto muy amigas. Y ya sabes, entre charlas salen cosas. Las cuáles no les puedo contar, por supuesto.

Terry se dio cuenta que no podía engañar a sus amigos, y prefirió ser honesto con ellos. Total no perdía nada, y tal vez ganaba un buen consejo que le ayudara a aclarar sus ideas con respecto a Candy. Una opinión sincera y sin críticas. Y quien mejor que ese matrimonio para escucharle. Si en alguien confiaba plenamente, –aparte de sus familia– era en ellos y en Albert.

Guardo silencio unos minutos, como aclarando sus ideas, le dio un gran trago a su cerveza y habló: —Candy me encanta. —fue todo lo que dijo.

Sus amigos sonrieron, y en ese momento hicieron su aparición los que estaban ausentes. Por lo cual ninguno siguió con la plática, sino que se levantaron a saludar. Pero por las miradas que se echaron, Terry supo que después seguirían con ese tema. Había destapado la bomba y no se quedarían en la incertidumbre.

Tomaron asiento de nuevo e hicieron los pedidos al mesero. El tiempo pasó y casi para el cierre, decidieron ir a la antigua casa de Terry, era el único en donde no habían niños. La cual se encontraba en Hampstead dispuestos a seguir con la reunión, pues nadie quería irse a dormir. La platica de las mujeres estaba de lo más entretenida. Por ese momento se olvidaron que eran madres, sus respectivos hijos tenían quién los cuidará, así que por ese lado estaban tranquilas. Y los hombres hablaban de fútbol, y de quién era más borracho de joven.

Llegaron al lugar entre risas y cargando bolsas del súper de veinticuatro horas. Candy quedó maravillada con la residencia. Era de dos pisos, estaba amueblada muy moderna, predominaba el color café oscuro. Muy elegante, a su parecer. Y como no, estaba situada en un lugar muy privado.

—¿Te gusta? —Preguntó Terry a Candy muy cerca de su oído, casi en un susurro.

Candy se estremeció en al acto, sintiendo su piel erizarse y alterando sus sentidos. Volteo su rostro a él, y lo que vio la sobresaltó y emocionó a partes iguales. Terry la veía de una manera fija, su mirada era intensa, profunda. Sintió un calor en su rostro tan fuerte, que supo en ese momento que estaba sonrojada hasta las orejas, y le dio mucha pena. Por lo que optó por voltearse y encaminarse con sus amigas. Sin contestar al castaño.

Terry sonrió, sabia que no le era indiferente. La atracción de inicio que tuvo hacía Candy, se fue acentuando más, ya no era sólo eso. En estos tres meses que llevaban conociéndose más profundo, su gusto por ella aumentó. Le gustaba su manera de ser, la forma en la que trataba a sus hijos, era de una entrega total. Estaba al pendiente de ellos, la manera tan sutil de dirigirse cada uno, era única. Candy emanaba ternura a donde fuera que iba. Esa mujer se daba a respetar, su manera de vestir era elegante y recatada, como una señora de su edad, sin llegar a ser anticuada. Era divertida, bromista pero sin ser vulgar, y lo mejor es que era inocente, pero no de forma tonta; sino más bien, no se daba cuenta de cuando un hombre se le acercaba para coquetear, ella los trataba de lo más normal. No daba pie a segundas intenciones, se daba a respetar. Por todo eso y más, Candy era la mujer perfecta para él, lo que necesitaba en su vida. Y no era por egoísmo, no. Era porque en ella encontró lo que toda su vida busco. No sabia si la amaba, pero si estaba seguro que la quería y mucho, y por lo tanto no dudaba que podía enamorarse profundamente de ella.

Así que, en ese momento tomo la decisión de dejar a un lado el temor de volver a enamorarse, los temores que ella pudiera tener, y tomando el consejo de sus amigos. Se arriesgaría por tener el amor Candy. Iría despacio, la cortejaría, le diría sus intenciones y solo esperaba en Dios, que ella le diera una respuesta favorable.

Con ese resolución se dirigió con sus amigos, que ya estaban tomando posesión de su sala. Dispuesto a pasar una velada de lo más entretenida.

Continuará…


Buenas, buenas. He regresado después de una ausencia muy prolongada. Pero aquí estoy, dispuesta a darle continuidad a la historia y ponerle en algún momento fin. Saben que no me gusta dejar las historia inconclusas, soy lectora y se lo que se siente que nos dejen esperando o plantadas.

Así que, ha seguir adelante.

Quiero agradecer por sus reviews a este fic, a las lectoras anónimas, quienes agregan a favoritos, me ayudan mucho a seguir escribiendo. Y ya de paso las invito a seguir el facebook de Autoras Candy & Terry donde encontraran un grupo muy divertido que solo nos dedicamos a compartir de Terry y a conocernos, y tal vez encuentren a su autora consentida. También las invito a unirse al mio que es Nally Graham.

Ya estoy en la segunda parte de este capitulo, espero subirlo pronto.

Saludos y bendiciones.

Nally Graham

Julio 2019