Los personajes y la historia de Candy Candy son propiedad de Kyoko Mizuki. La historia de mi autoría y sin fin de lucro, solo es para el entretenimiento y la felicidad de las seguidoras de Terry.
Hola, les dejo la actualización. Perdón por la tardanza.
Capítulo 17
Susana Marlow, proveniente de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos. Llego a la ciudad de Londres por medio de un intercambio estudiantil, cursaba la carrera de actuación, pero por motivos de falta de aptitudes para dicha profesión; según las palabras de sus maestros ingleses. Opto por declinar, su única opción para no regresar derrotada a su país, fue tomar un curso como secretaria y archivista. Su entrada a "Granchester-Cornwell Law Firm", fue mera casualidad, se enteró por medio de una convocatoria en el instituto. Y al tener, ahí si, buenas calificaciones, aplico para la selección quedándose con el puesto. En el momento en el que vio a Terrence Granchester, su mundo colisionó. Según ella, quedó enamorada al instante, solo que él estaba recién divorciado, peleando la custodia de dos niños, que para sus adentros deseaba fueran suyos. Se volvió en la fiel guardiana de su jefe, buscaba ser indispensable para él, en cuanto al tema laboral se refería. Quería que notara todo lo que hacía por él, cuando sucedió lo de Karen, añoraba abrazarlo, ser su compañía. Pero él no notaba el amor que guardaba hacia su persona.
El tiempo pasaba y al ver que su jefe no tenía ninguna relación sentimental, fue que decidió hacerle saber de sus sentimientos por medio de una carta. Quería que supiera todo el amor y devoción que guardaba por él, estaba segura que su amor bastaba y sobraba para ambos. Con emoción le entrego la carta, esperanzada en que le contestara favorablemente. Y eso seguía creyendo, hasta que llegó ese día en la tarde, y su jefe apareció en el despacho con el enojo hasta las nubes. La mirada enfurecida que le dio, aunado al azote de puerta cuando entró a su despacho, le hicieron darse cuenta que tal vez, no fue buena idea dejarle ver sus sentimientos.
Pero lo peor vino cuando apareció esa rubia que nunca había visto en el despacho, ni mucho menos en su vida. La manera en la que se presentó, con esos aires de suficiencia, alardeando que Terry era su amigo, –según su propia percepción–, la enfureció en gran manera. Pero lo que realmente mató toda ilusión y esperanza en ella, fue la forma en que Terry la veía. Era de una manera embelesada, profunda, de satisfacción. Jamás, jamás, jamás, él la había visto así a ella. Supo en ese instante, que esa güera de rizos dorados, tenía el amor de Terry en sus manos.
Con todo el dolor en su corazón, y con lágrimas purgando por salir, recogió su escritorio, dejándolo listo para el siguiente día. Tomo sus pertenencias y se dirigió a la oficina del Granchester menor, tal y como este le había pedido –más bien ordenado–. Y más le valía ir, Leonard Granchester, era peor que su hermano cuando no se cumplían sus órdenes.
Leo estaba recostado en su asiento, ideando la manera en como decirle a Susana su cambio de puesto. Terry en serio se pasaba, le dejó toda la responsabilidad a él. ¿Cómo le dices a una mujer enamorada, que su jefe ya no la quería trabajando con él? Y todo por su indiscreción. No entendía a la mujer, su hermano en ningún momento dio señales de que ella le interesaba. Su relación, siempre fue de jefe a empleada. Debía reconocer que Susana era una buena secretaria, siempre cumplió con prontitud lo que se le requería, pero sabía que eso no pesaba al momento de Terry tomar esa decisión. Si algo tenía su hermano, era que no le gustaba ser presionado, ni sentirse incómodo en su lugar de trabajo. Él no se caracterizaba por ser paciente y conciliador. Susana había pasado una línea que nunca debió de haber cruzado.
La puerta de su oficina sonó con unos tenues toques, señal de que la señorita Marlow había llegado, a la cual dio acceso.
—Tome asiento señorita Marlow —le indicó—. La he llamado para informarle su cambio de puesto en el despacho. —Soltó Leo sin preámbulos, directo y sin anestesia.
Susana se quedo en blanco al oír sus palabras, las lágrimas que estaba conteniendo salieron precipitadas de sus ojos, sin dar tregua. Cosa que hizo sentir muy incómodo a Leo. Realmente sentía pena por ella, pero no podía echarse para atrás. La decisión estaba tomada.
Tomo un pañuelo desechable de su escritorio, y se lo extendió, dejando que la mujer se desahogara. Después de un par de minutos –que a él se le hicieron horas–, se instaló un silencio incómodo, llevando al hombre a desesperarse. Pero se mantuvo firme, esperando que la susodicha hablara.
—Puedo preguntar ¿Por qué motivo? ¿He hecho mal mi trabajo? —Preguntó un poco más calmada.
—Su trabajo ha sido satisfactorio para el licenciado Granchester, solo que sea creído conveniente, que sus habilidades sean utilizadas ahora al lado del licenciado Cornwell. Como usted sabrá, su secretaria está por jubilarse, y se me ha informado que usted es apta para ocupar su puesto. Dado que él desea a alguien que ya sabe el teje y maneje del despacho. —Finalizo esté.
—¿Pero que va a pasar con Terrence? ¿Quién se va a ocupar de sus asuntos? Yo he llevado todo los últimos cuatro años, no es justo que venga otra a ocupar mi lugar. Yo sé lo que él necesita, mucho antes de pedírmelo. —Contestó aquella de manera altanera y presumida, sin reparar a quien tenía enfrente.
Leo sintió como el enojo bullía en su interior, por las palabras de la mujer. Su descaro lo sorprendió y lo dejó perplejo. ¿Así que la señorita Marlow, sólo aparentaba sumisión? ¿ Quién se creía? ¿El centro del universo? ¿El eje del despacho? ¿Realmente se creía indispensable para su hermano? Fue lo que paso por su mente en segundos. Vaya con la señorita Marlow, un lobo disfrazado de oveja. Pensó.
—Señorita Marlow, lo que usted crea o piense que va a necesitar mi hermano, es algo que a usted no le interesa. Usted es una empleada y como tal, se va a ocupar en donde sus servicios sean necesarios. No es exclusiva de nadie. Y le rectifico, para usted no es Terrence, es licenciado Granchester. Así como se dirige al licenciado Cornwell y a su servidor, licenciado Granchester. —Sanjo Leo sin tapujos y sin ningún remordimiento.
La actitud de la rubia frentona, fue de lo más grosera, y no iba a permitir su actitud bajo ningún concepto. Entendía que estuviera interesada en su hermano, –aunque realmente dudaba que fuera amor, más bien parecía capricho, a su parecer–.
—Es todo señorita Marlow, a partir de mañana ocupará el lugar de la señora Matthews. Póngase de acuerdo con ella para lo que vaya a necesitar. Buenas tardes.
—Como usted diga licenciado Granchester. –respondió la frentona a fuerzas. Completamente indignada y con la furia creciendo en su interior.
Se levantó de la silla, y se retiró del lugar con dirección a la oficina de su antiguo jefe. Necesitaba hablar con él, estaba segura que la escucharía y entendería que no deseaba cambiarse de lugar de trabajo. Confiaba en que la mantendría junto a él. Ojalá todavía estuviera en su oficina.
Con lo que no contaba, y ni siquiera había pasado por su mentecita, es que al abrir la puerta de la oficina del castaño, se encontraría con una escena que le rompería el corazón: Terry y la rubia de rizos dorados, se estaban besando.
Ahora sí, las lágrimas que salieron de sus ojos azules, fueron de verdadero dolor. Cerró la puerta de manera lenta y sin ruido; tal y como había hecho al entrar. Se dio la vuelta y corrió para el elevador, pulsando de manera precipitada el botón de descenso, deseando que este llegara de inmediato, para así poder subir y desaparecer del lugar.
Mientras en el interior del despacho, los recién estrenados novios, daban por finalizado el beso que marcó el inicio de su romance.
Terry se despegó, más a fuerzas que de ganas de la boca de Candy. El embeleso, junto a la pasión y el deseo que estaba sintiendo en esos momentos por la mujer que tenía enfrente, estaban acabando con él. Y sabedor de antemano, que con Candy la relación debía de ser despacio en todos los sentidos –cosa que el agradecía, y con la cual estaba perfectamente de acuerdo–, optó por brindarle una sonrisa y acariciar su mejilla sutilmente, para disminuir aunque sea un poco sus ímpetus.
Su acción provocó, que la rubia aún con ojos cerrados, disfrutara de su caricia mordiendo su labio inferior. Ella estaba relajada, satisfecha de ese beso que acababa de compartir con el abogado. Una experiencia maravillosa y única, reconoció.
—Candy por favor abre tus ojos, porque si sigues haciendo ese gesto con tu labio te voy a volver a besar, y no vamos a salir nunca de aquí.
La rubia hizo caso a su novio y abrió su ojos, dedicándole una bella sonrisa.
—Creo que tienes razón, ya es un poco tarde y tengo hambre. ¿A dónde me vas a invitar a comer? —Preguntó con una ceja alzada.
A Terry le gustó que no sintiera ninguna pena para decirle dónde la llevaría para comer sus sagrados alimentos. Ya que él sabía, lo bien que le gustaba alimentarse a Candy, sin exagerar, pero si sustancioso. O sea, no se limitaba a una ensalada y agua. Disfrutaba lo que se llevaba a la boca, pero saludablemente.
—A donde usted guste mi bella dama. En este tiempo que llevo de conocerte, puedo decir que no me quedaré pobre, pero tampoco gastare una libra. —Bromeó Terry, ocasionando que Candy le diera un ligero golpe en el hombro a modo de reclamo.
—Oye! Yo no como mucho, solo lo suficiente que mi cuerpo me pide. —respondió la rubia con un puchero, levantándose del sofá y dirigiéndose a la puerta.
Terry soltó una carcajada, y levantándose también, la tomó de su brazo para detener su salida, y le dijo: —Sólo bromeó contigo, por supuesto que estoy dispuesto a pagar lo que sea por ti. Lo que tu cuerpo te pida y quieras comer, es tu derecho. Yo ahí no me meto. Te conocí amando la comida, así me gustaste y al día de hoy me sigues gustando mucho mas. —Zanjó Terry el tema, le cedió el paso, y juntos caminaron al ascensor para ir a comer en su primer salida como novios.
Llegaron a un restaurante sencillo y acogedor, nada ostentoso –lugares que Candy estaba segura, los Granchester asistían comúnmente–.
—Que lugar tan bonito, me encanta que tenga terraza, se admira el río tan calmo. Aunque esta haciendo mucho frío. —Expresó Candy alegremente.
—Si quieres nos metemos, está más cálido adentro. —Sugirió el castaño.
—No, aquí está perfecto. Estoy bien abrigada, estoy a gusto. Gracias de todos modos caballero. —finalizó con una sonrisa.
—De nada mi hermosa dama. —respondió con un guiño.
El mesero se acercó a dejar los menús, los recibieron y pasados unos minutos cada uno hizo su pedido. Mientras esperaban la plática se tornó en la hermana de Terry, Karen. Quien estaba próxima a salir de prisión, a la cual quedaron de ir a visitar juntos el fin de semana próximo. Sus platillos llegaron y entre risas, comentarios chistosos, una que otra caricia, pasaron una comida casi cena amena y agradable.
Llegaron a Kingston cerca de las nueve de la noche, el tiempo juntos se les fue demasiado rápido. Candy se encontraba un poco nerviosa, Alan le había hecho varias llamadas y por tener su celular en silencio, no se percató de ellas. Solo le aviso por mensaje que ya estaba pronta a llegar con ellos. Para evitar cualquier tipo de cuestionamiento por parte de su primogénito
—Tranquila Candy, ya estamos aquí.
—Perdón Terry, lo que pasa es qué solo les dije que iba a arreglar un asunto, que no me tardaba. Y mira la hora que es. —dijo Candy, acto seguido tomo la manija de la puerta del auto para abrirla y salir.
—Espera Candy, te abro la puerta. —Dichas palabras, Terry salió disparado del auto, casi voló para llegar del lado del copiloto y así abrirle la puerta a su bella dama. Candy se sorprendió ante tal muestra de acrobacia, y no pudo evitar reír.
—Ahora si me bella dama, baje usted. ¿Qué le causa tanta gracia, si se puede saber? —Pregunto Terry de manera graciosa y agitado por su pequeña carrera.
—Perdón por reírme así… fue muy gracioso verte brincar de esa manera. No imaginaba esta faceta en ti. —le dijo la pecosa agarrando su estómago por la risa que todavía bullía en ella.
—Te sorprenderías de todas las cosas que puedo hacer. Y el abrirle siempre la puerta del auto a una mujer, es una de ellas. Y cuanto más a ti, mi novia. —respondió él seriamente.
Una vez más, Terry dejó anonadada con sus palabras a Candy. Entendiendo que no hubo ningún doble sentido en ellas, él se las dijo con toda la caballerosidad que le caracterizaba, y en silencio agradeció las palabras de Terry.
—¿Vamos? —extendió su mano para que ella la tomara y saliera del auto. Caminaron juntos a la entrada del edificio con las manos unidas.
—Bueno mi bella dama, estás sana y salva hasta la puerta de tu hogar. Tu caballero se retira satisfecho y tranquilo —al término de sus palabras, acercó a la rubia hacia si, fundiéndose en un fuerte y relajador abrazo—. Te quiero pecosa, muchas gracias por darme la oportunidad de entrar en tu vida. Voy aprovechar esto para hacerlo crecer, porque voy con todo por ti, te lo aseguro. —finalizó con un beso profundo, el cual llevaba plasmada una promesa.
Terminaron el abrazo, y Terry dejo a Candy en la recepción, esperando que su silueta se perdiera en el pasillo rumbo a los elevadores. Enseguida salió del lugar, subió a su auto, lo encendió para partir de ahí, y dirigirse a su hogar a repasar todo lo que le aconteció en ese día, ver a sus hijos y si fuera posible, dormir en completa paz.
Toda esta acción fue vista por un par de ojos azules tan claros como el cielo, que observaba desde la parte más alta del edificio, más conocida como azotea. No perdió ni un detalle de lo que sucedió entre la pareja. Haciendo que este generará un panorama no muy agradable para su vista. Pero que muy pronto, sacaría a relucir y aclararía con su progenitora. Primero deseaba ordenar sus ideas, y aterrizar lo que acababa de presenciar.
Candy llegó a su piso, con las pulsaciones a mil, no sabia que le esperaba con sus hijos. Ojalá no estuvieran muy preocupados por ella. Realmente no tenía idea que decirles, ya que mentir no era ninguna opción, pero decirles en donde estaba y con quien, tampoco era lo más viable. Así que con ese dilema abrió la puerta de su departamento, y lo que encontró la dejo sorprendida.
En su sala, se encontraban su hermano Joseph, Annie, Valeria, y dos de sus hijos, viendo una película con todo y palomitas, cajas de pizza, latas de refresco esparcidas en su mesita de centro. Supuso que Vivian estaba en una recámara dormida.
—Buenas noches. —fue su saludo, el cual hizo que todos voltearan a verla.
—¡Mami, ya llegaste! —Asael corrió a sus brazos, acto que ella recibió gustosa.
—Hola mi amor, ya estoy aquí. Ay te extrañe muchísimo. ¿Cómo se portó mi príncipe?
—Súper perfecto mami. Yo siempre me portó bien. —decía el niño con orgullo.
—Cálmate enano. A quién le debe preguntar mamá es a Alan y a mi, que somos los que te cuidamos y soportamos tus berrinches de niñito consentido. —respondió Abel, revolviendo el cabello de su hermano, logrando que este se molestara por su comentario.
—Hola ma, ¿porque tardaste tanto? ¿Estuvo muy pesada tu reunión? Tía Ann nos dijo que tuviste que quedarte en la escuela un poco más del tiempo que tu nos dijiste, para ver algo con la directora. —siguió diciendo su hijo.
—Abel, no ataques con preguntas a tu mamá. De seguro esta agotada. Estuvo todo el día en la calle, déjala descansar pequeño. Ya mañana hablan todo lo que quieran. —interrumpió Annie, para aligerar la cara de impresión de Candy, ante los cuestionamientos de su hijo.
Ella sabía perfectamente a dónde había ido su amiga, y eso era algo que ella no iba a contar. Por eso tuvo la brillante idea, de ir con su familia a la casa de Candy, y pasar un rato agradable con los chicos y cuidar de ellos.
Candy agradeció la oportuna intervención de su cuñada, con una mirada que Annie interpretó demasiado bien.
—Bueno, pues nosotros nos vamos pecosita. Ya estás aquí, y todos tenemos que descansar, mañana hay escuela y trabajo, y no podemos desvelarnos tanto. —Joseph fue el que habló, le dio un beso a su hermana de saludo y despedida.
En ese momento Alan apareció, saludó a su mamá, y se unió a la despedida de sus tíos.
La familia White Britter se retiró dejando a los habitantes de la casa solos. Los cuales hablaron por un rato, cenaron algo ligero, y se retiraron a dormir. Los jóvenes a su cuarto y Asael junto a su mamá al suyo.
Ya en la cama a punto de dormir, Candy recibió un mensaje de Terry, deseándole buenas noches, le contestó deseándole lo mismo. Dejo el celular en su buró, y con una sonrisa en su rostro y de lo más feliz, se durmió abrazada a su hijo.
Continuará…
BUENO, POR FIN QUEDO TERMINADO ESTE ASUNTO, AHORA A LO QUE SIGUE, LO CUAL SERA UN POCO DE DOLOR DE CABEZA PARA TERRY, EL ENFRENTAMIENTO DE CANDY CON SUS HIJOS A SU NUEVA RELACIÓN. ¿COMO CREEN QUE REACCIONEN ANTE ESTO? ¿CREEN QUE DEBIÓ DE ESPERAR MAS TIEMPO? ME ENCANTARÍA CONOCER SUS IMPRESIONES. COMENTEN
AGRADECIMIENTO: GRACIAS POR SUS REVIEWS, POR SEGUIR AGREGANDO A FAVORITOS LA HISTORIA Y A UNA SERVIDORA. SI LA VOY A TERMINAR, VOY A PONER MAS EMPEÑO PARA ESTO.
MUCHAS BENDICIONES Y SALUDOS PARA TODAS.
NALLY GRAHAM
FEBRERO 2020
