¡Hola a todos!

Estoy gratamente sorprendida por todos los reviews y favoritos de esta historia. Originalmente la había escrito como un experimento, para tantear si habían más personas que, como yo, estaban buscando fanfics de YSBLF, pero no encontraban muchos. Luego dejé la historia de lado por el trabajo, la pandemia, la cuarentena, en fin... ¡Pero regresé! Trataré de ser más constante.

Espero que les guste este capítulo. No hay tanta interacción entre Armando y Betty, pero ojalá les agrade el rumbo que va tomando la historia.

Un abrazo a todos y espero que estén bien y sanos durante este momento tan difícil. Cuídense mucho.


Capítulo 2: Nuevos escenarios.

Marcela Valencia estaba en su apartamento tratando de liberar el espacio de recuerdos mientras empacaba. Tenía una bolsa negra de basura al lado de su cama, mientras que sobre esta tenía una maleta abierta con ropa a medio doblar dentro de ella. Todo había sido arrojado de forma un poco violenta, para tratar de controlar los espasmos que le entraban en el cuerpo como residuo de un día anterior terrible y una noche en vela, con emociones encontradas dentro de sí, tratando de no ponerle nombre a ninguna de estas.

Vio la bolsa de basura repleta y la maleta a reventar. Trató de cerrar ambas, pero la cantidad de cosas que albergaban en sí no le permitía realizarlo. Agotada y a punto de llorar, decidió dejar el trabajo a un lado y recostarse en el poco espacio que tenía en su cama. Miró al techo, tratando de poner sus pensamientos en blanco, pero fallando en el intento. Cada detalle de su techo tenía impregnado la presencia de Armando en su apartamento. Todas las noches que pasó con él en aquel recinto, con besos y promesas falsas; con gemidos y roces eróticos por compromiso. Por primera vez pudo darse cuenta de que estaba realmente sola. No tenía a sus padres para aconsejarla, sus hermanos velaban cada uno por sus propios intereses. Los únicos que se preocupaban por ella, quienes realmente confiaban en ella y la amaban, eran los padres de Armando. Los señores Mendoza eran casi unos padres para ella y para sus hermanos luego de la muerte de sus padres verdaderos. Siempre estuvieron pendientes de todo lo que ella necesitara y la acogieron en los días más difíciles de su vida con un amor incondicional. Ahora, los perdió. Junto a la pérdida de Armando en su vida tenía que afrontar la pérdida de sus segundos padres. El corazón palpitaba tan fuerte que empezaba a dolerle el pecho. La realización de esto fue tan dolorosa como el haber terminado su relación con Armando. Dejó que un par de lágrimas resbalaran por sus mejillas, inmóvil por el dolor y la tristeza que pesaban sobre ella. Quedó mirando al techo, vacía, hasta que sonó su teléfono celular.

Marcela extendió la mano para buscarlo entre la cama, pero no lo halló. Se levantó con mucha lentitud, siguiendo el sonido del teléfono hasta encontrarlo en la mesita de noche. Lo tomó con calma mientras veía quién llamaba. Vio que tenía más de una llamada perdida del mismo número tan conocido para ella. Pareciese que los hubiese llamado con el pensamiento. Seguramente Roberto y Margarita, los padres de Armando, ya se habían enterado de su renuncia. Masajeó un poco su sien para calmar el incipiente dolor de cabeza tras haber llorado y levantó el teléfono a su oreja para poder contestar.

- ¿Aló?

- ¿Marcela, hija? ¿Estás bien? – preguntó una voz de mujer preocupada a través del teléfono.

- Hola, Margarita – respondió Marcela, con un poco de ternura a través de su tristeza. – No, no lo estoy, pero sigo aquí, viva.

- Mi amor, escúchame – rogó Margarita a través del teléfono, - necesitaba hablar contigo. ¿Es cierto que renunciaste a Ecomoda?

- Sí, Margarita. Ya no tenía nada que hacer allí. Definitivamente sobraba en la ecuación y no iba a quedarme siendo una mártir en medio de todo este enredo. Estoy muy adolorida, cansada, enferma, de todo esto que está pasando. Quedarme ahí hubiese sido un suicidio.

Tras las palabras de Marcela, el silencio tomó parte de la conversación. Finalmente, Margarita tomó valor para responder a lo anterior.

- Marcela, yo no quiero que te sientas ajena a esta empresa. Sabes muy bien que esto es tan tuyo como del resto de los accionistas, incluso me atrevería a decir que más tuyo que de ellos. Tú has vivido esta empresa, la has trabajado y sufrido, tú eres parte de la historia de Ecomoda. No, mi amor; no puedo permitir que te vayas así abandonando algo que forma parte de quien eres.

- Margarita – respiró profundamente Marcela tratando de calmar las lágrimas que se asomaban a sus ojos, - Ecomoda es y siempre será mi empresa, pero no puedo quedarme allá viendo cómo aquel que creía era mi sueño de toda mi vida, estar con Armando, se cumple para otra persona; alguien a quien yo tenía por infravalorada. Casualmente, porque amo a mi empresa más que a mi orgullo, he dado un paso al lado para que puedan seguir trabajando por ella y sacándola de sus deudas; pero no puedo quedarme ahí fingiendo que nada pasó. Sería prácticamente un suicidio porque me destruiría poco a poco. Necesito irme.

Margarita meditó un momento en la línea, considerando qué decirle a su ex nuera. Finalmente, luego de unos cuantos minutos que parecieron horas, tomó una decisión y lanzó la propuesta a Marcela.

- Marcela, ¿qué tal si te vas un rato a Palm Beach o a Miami? Tú más que nadie sabes que allá tenemos un punto de venta. También están las bodegas que surten a las boutiques del área. Podrías ser la encargada de esta región y del punto de venta. Así te tomas un momento para ti, no estás dentro de la empresa como tal, pero mantienes aún tu liderazgo dentro de ella. ¿Qué tal te suena?

- A decir verdad, Margarita, pensaba irme a pasar una temporada con María Beatriz a Río, ya que está en una etapa brasileña actualmente – dijo Marcela riendo ligeramente al pensar en su hermana, - pero pensándolo bien, creo que me conviene más lo que me has presentado. Voy un par de meses y veré qué tal me va con todo. Solo quisiera pedirte un favor.

- Claro, mi amor – respondió con decisión y ternura Margarita, - lo que me quieras pedir.

- No quiero hablar ni con Betty ni con Armando mientras esté ahí. Todo que sea por medio de ustedes, o por lo menos de un intermediario.

Margarita alzó una de las comisuras de su boca en un gesto de comprensión.

- Está bien, Marcela. Así se hará.


Betty caminaba nerviosa en su oficina, de un lado a otro. Armando se encontraba sentado en la silla en frente de su escritorio mientras hablaba por teléfono con su madre. Luego de haberse enterado de la renuncia de Marcela, ambos acordaron que lo más sabio era hablar con los padres de Armando para que dirimieran el asunto. Tanto Armando como Betty se sentían poco calificados para solicitarle que volviera o, por lo menos, que no se alejara cien por ciento de la empresa. Betty valoraba a Marcela como ejecutiva, pues era una mujer brillante y que tenía un buen manejo de los puntos de ventas y las nuevas estrategias implementadas. Además, se sentía un poco culpable porque sabía que Armando había sido su novio por mucho tiempo y que ella contribuyó al rompimiento de estos. Pese a todo lo que había pasado y sufrido a manos de Marcela, ella sabía que tuvo parte en la aflicción que la llevó a renunciar a la empresa.

El caso de Armando era distinto. La carga que sentía por haber hecho sufrir a Marcela tanto durante todos los años que tuvieron de relación era inmensa, pero había encontrado un poco de alivio al ser honesto con ella, aun cuando esto fue al final de su relación. Por otro lado, él sabía que la decisión que tomó Marcela de irse fue para que Beatriz se quedase tranquila en la empresa. Entendía que fue un sacrificio para salvar a Ecomoda. Sin embargo, no podía permitir que ella se alejara completamente de la empresa. Esta era tan suya como de él. Desde niños ambos compartían el sueño de crecer junto a Ecomoda y algún día formar parte de ella, contribuyendo de algún modo a su crecimiento y fortalecimiento. Cuando fallecieron los padres de Marcela, este sentimiento se exacerbó en ella y él lo podía notar en cada acción que tomaba con respecto a la empresa. No era justo que ella se fuera. Entendía la situación y comprendía perfectamente que no era fácil para ella, pero no podía permitir que ella se fuera dejando atrás parte de su legado, incluso parte de su vida. Fue en ese momento que sugirió que fueran sus padres, miembros fundadores junto con los padres de Marcela, quienes le hablaran para que desistiera de su decisión de irse de la empresa.

Betty observaba como Armando asentía silenciosamente al teléfono, sin proferir ninguna palabra. Finalmente dio un suspiro y habló.

- Está bien, mamá. Gracias por tu ayuda… Sí, estoy consciente de eso, pero creo que era lo mejor que podía hacer…Listo, un abrazo a papá. Los llamo pronto. Chao.

Armando cerró el teléfono y se quedó mirando el aparato un rato. Luego se volteó en la silla para mirar a Betty, quien estaba parada unos pasos frente a él.

- ¿Y bien? ¿Qué sucedió? - preguntó Betty entre ansiosa y nerviosa.

Armando se levantó de la silla, tomó las manos de Betty y las besó, mirándole a los ojos.

- Mamá habló con Marcela y la convenció de que, aunque sea, fuera a Palm Beach y Miami a hacerse cargo de la sucursal y negocios que puedan suscitar de la presencia de Ecomoda allá. No es el ideal, pero creo que es lo mejor para todos.

Betty miró a Armando a los ojos, inhaló profundamente y de igual forma exhaló, tratando de liberar el nerviosismo que sentía. Bajó la mirada y fue a sentarse al sillón marrón de presidencia. Colocó el codo en el brazo de la silla y posó su barbilla sobre su puño, mirando a través de las cortinas el pasillo de la empresa. Armando la siguió y se sentó a su lado en silencio, sin estar seguro sobre qué hacer. Al final, decidió pasar suavemente el brazo por los hombros de Betty para darle un ligero beso en la cabeza. Esto hizo que Betty se recostara en él liberara el aire que estaba guardando en sí.

- Armando – dijo Betty recostada a él, mirando al frente.

- Dime, mi amor – respondió Armando, dando un pequeño beso en la cabeza de Betty.

- Me siento muy culpable por esto. Esta empresa no es mía, aun cuando la estoy manejando. Es de tu familia y de los Valencia. Siento que le he hecho mucho daño a doña Marcela y a la empresa. No sé si es realmente la mejor solución que yo me quede aquí en Ecomoda.

- No, Betty – dijo Armando, separándose de Betty y mirándola fijamente, pero aún abrazado a ella, - sabes muy bien que por el bien de la empresa tú debes quedarte al frente de ella. Marcela también lo sabe. Por eso tomó la decisión. Créeme que a mí me duele muchísimo también que esto haya pasado, y yo, mucho más que tú, tengo la culpa del sufrimiento de Marcela. Ambos estamos claros que nuestros actos no fueron los más éticos ni moralmente correctos, pero no podemos cambiar el pasado. Lo cierto es somos personas diferentes, que aprendimos las lecciones más duras de nuestras vidas, y no podemos seguir adelante con culpas y remordimientos. No es ignorar el mal que hicimos, es aprender de esto y procurar no repetirlo. Como presidente de esta empresa has sido una mujer íntegra, audaz, brillante y determinada; no has hecho nada indebido en estos meses y has logrado que estemos a punto de recuperarnos del desastre financiero que causé en mi presidencia. Esta fue una decisión personal que Marcela tomó. Además, ya escuchaste lo que me dijo mi mamá, Marcela seguirá al tanto de Ecomoda. No estaremos en comunicación directa con ella, pero tendremos a una ejecutiva excelente en un punto de venta y de distribución importante. Ya verás que todo será para mejor.

Betty suspiró y volteó a ver a Armando. Le dio un abrazo un tanto largo y se separó de él para besar suavemente sus labios.

- Gracias por tus palabras – comentó Betty a Armando, mirándolo a los ojos. - No creas que la culpa se borra fácilmente, pero tienes razón en que es necesario que siga adelante para ayudar a que Ecomoda se recupere. También tienes razón en que fue una lección muy dura, pero una enseñanza importante e inolvidable. Sigamos adelante con esto a ver cómo nos va.

Armando la abrazó nuevamente, aprovechando el momento para besar sus labios con dulzura y fervor a la vez. Se separaron para verse unos segundos y Armando se levantó del sillón.

- Bueno, doctora – dijo Armando extendiéndole la mano a Betty, quien la agarró para ponerse de pie, - ya pasada esta crisis, creo que es hora de ponernos a trabajar. La veo más tarde en el almuerzo, ¿de acuerdo?

- Sí, doctor – rio tímidamente Betty, - nos vemos a la hora del almuerzo.

Armando le dio un beso de despedida y se dirigió a la puerta no sin antes voltear a lanzarle una mirada amorosa a su novia. Abrió la puerta y salió, dejando a Betty sola en su oficina, a puertas cerradas. Betty regresó a su silla frente al computador, tratando de concentrarse nuevamente en el trabajo que tenía en el monitor. Sin embargo, sus pensamientos aún rondaban la situación de doña Marcela y de Ecomoda.


Había pasado una semana desde que Marcela se encontraba en Palm Beach. Había decidido establecerse en el punto de venta e ir una vez por semana a la bodega en Miami para ver cualquier problema que no pudiera solucionarse vía telefónica o por correo electrónico. No podía decir si su estrategia, tanto de negocios como personal, iba a funcionar ya que tenía muy poco tiempo en el país, pero lo estaba intentando. Estaba hospedada en un hotel con Patricia mientras estas aprovechaban para buscar un apartamento céntrico y apropiado para ambas. Inicialmente había delegado exclusivamente la búsqueda a Patricia, pero su bolsillo chilló por lo que decidió involucrarse también en la búsqueda.

Al hacerse las 7 de la noche, Marcela decidió cenar en La Vieille Maison. Su amiga Patricia, al ver la oportunidad de obtener una cena gratis, decidió acompañarla. La experiencia de cenar en un restaurante tan famoso y jet-set le parecía idílico. Adoptó la pose más solemne que tenía para no desentonar con el ambiente y dar la impresión a todos de que era la vida que siempre llevaba. Marcela no pudo obviar la situación por lo que rodó sus ojos y sonrió levemente ante la peculiadaridad de su amiga.

- Patricia – dijo Marcela riendo un poco, – aquí no tienes que disimular con nadie ni estar pendiente de nadie. Aquí solo somos tú y yo, así que relájate.

- ¡Ay, Marce! Quizá sea "pobre"- comentó Patricia señalando las comillas con los dedos, - pero yo vengo de buena cuna y tú lo sabes. La clase, el estilo, eso no se va así por así – le comenta Patricia a su amiga, aún manteniendo la postura.

- Sí, se nota – contesta Marcela riendo suavemente.

Patricia estaba leyendo el menú cuando escuchó la risa de Marcela. Levanta la mirada un tanto indignada y coloca dignamente el menú sobre la mesa para responder a la incredulidad de su amiga.

- Ríete, Marce, ríete; pero ya verás. Ahora estamos iniciando una nueva vida, cambiando de aires, atrayendo la buena fortuna, los dólares…Así que pobre no soy, soy una rica en pausa – dijo Patricia determinada causando una risa sincera de parte de Marcela.

- ¡Ay, Patricia! ¿Sabes qué? Tienes razón. Esta vida, lejos de Bogotá, de los problemas, nos ayudará muchísimo. Brindo por eso – indicó Marcela, levantando su copa de vino blanco para chocarla delicadamente con la copa de Patricia, quien ya la había acercado a la de su amiga.

En ese momento llegó el mesero y se dispusieron a pedir sus platillos. Conversaron mientras degustaban, pasando un momento ameno entre ambas. Estaban ya por pedir la cuenta cuando Marcela escuchó unos pasos entaconados que se iban acercando poco a poco. Volteó la cabeza hacia el sonido, con una sonrisa relajada en su rostro. Entonces la vio. Su sonrisa se fue borrando lentamente mientras entendía quién era la persona que la estaba saludando a medida que iba acercándose a ella. Patricia observó que su amiga había cambiado repentinamente de ánimo por lo que siguió la dirección de su mirada e hizo un pequeño jadeo de sorpresa al ver a la misma persona que Marcela.

-¡Marcela! ¡Patricia! ¡Qué rico verlas por acá!- saludó la mujer con sorna y altanería disfrazadas de entusiasmo.

Marcela la observó un par de segundos tratando de no evocar viejas rencillas e incomodidades de su relación con Armando. Frente a ella se encontraba una mujer hermosa, alta, esbelta, con cabellos negros y ojos verdes. Tenía un pequeño lunar sobre sus labios y una sonrisa coqueta que deseaba arrancarle del rostro. Esa mujer, quien en algún momento llegó a ser la imagen de Ecomoda, era nada más y nada menos que Silvia Marinelli; una de las ex amantes de Armando Mendoza. Marcela trató de componerse lo más rápido posible y le regaló una sonrisa forzada a la mujer.

-Silvia. Tanto tiempo sin verte- contestó Marcela con un tono educado, pero sin querer revelar más emoción de la debida.

-¡Ay, Marcela! ¿Tienes tanto tiempo sin verme y así reaccionas? Esperaba aunque sea un poco más de impresión al vernos- sonrió irónicamente Silvia haciendo que la sangre de Marcela hirviera por dentro.

Patricia, al sentir la presencia de Silvia como una presión hacia Marcela, tomó riendas de la conversación para desviar la atención de la intrusa.

-¡Ay, Silvia! Hace tanto tiempo que no te veíamos, tienes razón. Es que como no te has aparecido por el club hace tanto. Digo, es obvio que no te hayas querido aparecer, después de todo el escándalo que se creó la última vez que fuiste, ¿no?- respondió Patricia, devolviendo el ataque con una mirada desafiante.

La sonrisa de Silvia flaqueó unos minutos antes de recomponerse. No dejaría que Patricia Fernández, la ex de Mauricio Brigman, la atacara de esa manera.

-Pues, no, no he vuelto. Ahora estoy en Palm Beach creciendo como modelo y siendo representante en la empresa de mi papá."

-¡Qué bien! A veces cambiar de aire ayuda a que se disipen los malos recuerdos, ¿no lo crees?- contestó Patricia, continuando el ataque.

-Bueno, no sé cómo será tu caso, pero yo vine por mis compromisos profesionales y familiares. Aunque, claro, entiendo que cada ladrón juzga por su condición. Fue muy duro después de que terminaras con Mauricio Brigman, ¿cierto? Después de vivir acostumbrada a tanta riqueza, terminar con deudas en el club y no poder pagarlas.

Silvia miraba de forma condescendiente a Patricia quien por su parte estaba indignada y molesta. Se paró de la mesa y le apuntó con el dedo a quien le propició la ofensa.

- Mire, pedazo de desgra-…- no pudo terminar su oración ya que Marcela, quien estaba cansada de la situación, la detuvo levantando la voz lo suficientemente alto para llamar la atención de ambas, pero no para llamar la atención de todo el restaurante.

- ¡Ya basta! ¡Estamos en un lugar público y no es momento para un espectáculo!- Marcela volteó a ver a Silvia, fijando su mirada en ella. -Cuéntame, Silvia, ¿qué quieres? ¿Saber de Armando, es eso?

Silvia miró fijamente a Marcela con una mirada desafiante y una sonrisa irónica en su rostro.

-¡Qué perceptiva, Marcela! Todo lo agarras en el aire. Me imagino que Armando vendrá pronto por aquí a buscarte. Digo, aunque no se llegaron a casar, siguen siendo inseparables, ¿o me equivoco?

- Pues sí, te equivocas. Armando y yo ya no estamos juntos. ¿Pero sabes qué? Eso no es de tu incumbencia. Si quieres intentar perseguirlo como lo hiciste una vez, pues hazlo, yo no te lo voy a impedir. Lo que sí te advierto es que Armando es un hombre distinto al que trataste de seducir anteriormente, así que no me confiaría tanto.

- Gracias por aconsejarme tanto, Marcela. Cualquiera diría que estás celosa porque yo sí podría lograr lo que tú no pudiste: atrapar a Armando- contestó Silvia, riéndose ante la advertencia de Marcela.

-Silvia, piensa lo que quieras. No tengo tiempo para ti. Mejor déjanos en paz y vete de aquí.

Dicho esto, Marcela se sentó, hizo una seña para pedir la cuenta y tomó un poco del vino que aún tenía en su copa. Silvia se sonrió irónicamente, mirando fijamente a Marcela.

- Está bien, Marcela, las dejo. Entiendo que cuando una mujer está despechada desea estar sola- comentó Silvia, – aunque claro - agregó mirando a Patricia, -siempre están las vividoras que se aprovechan de su momento de debilidad.

Patricia no aguantó más y se acercó a Silvia, parándose frente a ella con una pose amenazante.

-Mire usted, nosotras podremos ser lo que usted desee que seamos, pero recuerde que usted tiene cola de paja. ¿O acaso no se acuerda que salió prácticamente "exiliada" de Colombia por andar de bandida, provocadora, detrás de los miembros, casados, de la Junta Directiva del Club?- arremetió en voz alta Patricia, sin disimular su molestia, mientras hacía énfasis en palabras que sabía que alterarían a su contrincante.

Silvia Marinelli se puso pálida y miró a sus alrededores observando como, tras los gritos de Patricia, la estaban mirando los otros comensales.

- ¿Sabe qué, Patricia? Agradezca que soy una mujer con clase y no divulgo la clase de comportamiento impúdico que usted presenta y las calumnias que profiere – respondió con voz alta, para tratar de mermar el impacto de las palabras de Patricia.

En ese momento se acercó el gerente del restaurante, parándose cerca de la mesa.

- Disculpen, señoritas – dijo el gerente con un fuerte acento estadounidense, - les tengo que pedir que, por favor, eviten estas discusiones en el lugar porque de no hacerlo nos veremos obligados a sacarlas de aquí.

Silvia frunció el entrecejo y miró con enojo a Patricia primero y luego a Marcela. Posteriormente respiró hondo, regresó a su postura digna y miró al gerente.

- No se preocupe, ya estoy de salida. Buenas noches, Marcela; pegote de Marcela – exclamó finalmente para darse la vuelta y caminar hacia la puerta del restaurante.

Patricia, indignada y molesta, iba a levantarse para seguirla, pero Marcela la detuvo tomándole el brazo antes de que lograra pararse de la silla.

- ¡Patricia, suficiente por hoy!- susurró con fuerza Marcela a su amiga. -Ya no más escándalo. Vámonos, por favor.

Patricia tomó de un trago lo que quedaba de la copa de vino frente a ella mientras que Marcela le recordaba al gerente traerles la cuenta.

Afuera del restaurante, Silvia Marinelli caminaba a tomar un taxi para irse a su apartamento. Dentro de ella sentía muchas emociones mezcladas. Su rostro mostraba enojo por la discusión que recién había tenido, pero al mismo tiempo tenía una sonrisa de satisfacción por la información obtenida. Armando y Marcela ya no estaban juntos. Esta era su oportunidad.

Detuvo un taxi, le dio la dirección de su apartamento y de inmediato, mientras se ponía en marcha el vehículo, sacó su teléfono celular. Marcó rápidamente un número, colocó su teléfono en su oreja mientras esperaba que le contestaran.

-¿Aló? ¿Papi?- preguntó Silvia al teléfono -Sí, ya salí de cenar, voy para mi apartamento. Quería comentarte que decidí regresar a Colombia. Voy a volver a Bogotá.


El tiempo pasó sin mucha prisa. En los pasillos de Ecomoda se respiraba una tranquilidad inusual luego de los días frenéticos que tuvieron después del lanzamiento y tras las renuncias de Marcela Valencia y Mario Calderón. Armando se estaba encargando básicamente de ambas áreas con ayuda de Betty y Nicolás. Pensaban que no era prudente contratar a personas para ocupar estos cargos al haber sido las renuncias tan sensibles y recientes. Por el momento el trabajo no parecía agobiarlos, pero aún era muy temprano para saberlo. Todavía no recibían reportes de Palm Beach y Miami, pero a juzgar por los movimientos en los bancos y cuentas en dólares, no iba del todo mal. Pronto deberían solucionar cómo realizar de manera efectiva las comunicaciones con Marcela sin incumplir las condiciones que habían establecido con ella.

En cuanto al aspecto emocional, la empresa se encontraba muy en calma al no tener los factores de pelea de siempre. Hugo Lombardi, el diseñador estrella de Ecomoda, se encontraba aún de vacaciones en un crucero por el caribe con su novio argentino para intentar solucionar sus problemas de pareja. A concepto de Nicolás, en su calidad de vicepresidente financiero de la empresa, los gastos eran excesivos, pero Betty honró el pacto que hizo con Hugo cuando anunció su renuncia en el lanzamiento pasado. Después de todo, en gran parte gracias a los diseños de Hugo estaban teniendo ganancias mayores a las estipuladas. Además, el cuartel de las feas ya no hacía honor a su nombre. Sus integrantes se veían elegantes y ejecutivas gracias a la estrategia de Betty y eso les subió mucho el ánimo y presencia en la compañía. Adicional a esto, ellas sentían que tuvieron mucho que ver con el ambiente que se respiraba en aquel momento. Consideraban que su colaboración para que Armando y Betty se reconciliaran, aunque mínima, fue clave para que ahora estuvieran juntos.

Para el cuartel, verlos juntos era como ver la película romántica del momento. La asistente con su jefe, el donjuan redimido, la fea renovada…en fin. Los veían pasar y darse miradas subrepticias, tocadas de mano un poco más largas de lo normal y reuniones de ellos dos a puertas cerradas. Sin embargo, el ambiente no quedó inalterado por mucho tiempo. Existía un mundo previo que aún tenía injerencia en los asuntos de Ecomoda y, por consiguiente, en los asuntos de Armando y Betty.

-Buenos días, Vicepresidencia del área internacional y nuevos mercados. Le habla Sandra Patiño – contestó la secretaria de Armando.

- ¿Aló? – Sandra continuó hablando tras no recibir respuesta del otro lado de la línea. Luego de un par de segundos, la llamada se cortó.

- Qué extraño…- dijo Sandra extrañada, – Ni modo – continuó trabajando sin darle demasiada atención a lo ocurrido.

Sin embargo, estas llamadas fueron en aumento durante los siguientes días de la semana. Sandra ya presentía que algo extraño se encontraba detrás de todo esto, por lo que decidió consultar con el cuartel para dilucidar un poco el asunto. Citó a las chicas, con excepción de Betty, en la sala de juntas del cuartel; es decir, en el baño. Todas acudieron rápidamente al llamado y estaban a la expectativa de lo que Sandra tenía por decir. La última en llegar fue Mariana, pues tuvo que esperar a que llegara Freddy de sus vueltas de mensajería para que este le cuidara la recepción.

- Muchachas, disculpen, ya llegué. Freddy no llegaba y no podía dejar la recepción sola. Pensé que no iba a poder reunirme con ustedes, ¡qué estrés! - comentó Mariana al entrar al baño de mujeres.

- Venga, mija, siéntese que ya Sandra va a empezar a contarnos para qué nos citó a este 911- dijo Berta a Mariana, a quien le hizo un pequeño espacio en el sillón pequeño en el que estaba sentada con Inesita.

- Bueno, chicas, algo extraño ha estado pasando estos últimos días – comenzó a relatar Sandra. – Fíjense que ya van varias llamadas a mi teléfono en que contesto y me cierran. Al principio pensé que era un error, pero desde hace dos días, las llamadas han sido más frecuentes y escucho en el fondo unas voces antes de cerrar.

- ¿Unas voces? ¿Qué tipo de voces? De mujeres, hombres, mafiosos…¡Ay, no, Sandra! Me disculpa, pero una información así de incompleta no amerita un 911 – contestó Berta.

-¡Ay, no sea cansona! Por eso les estoy diciendo. Quiero que me ayuden a averiguar qué está pasando. ¿Qué se les ocurre?

- Bueno, Sandra, suena como una broma cualquiera. ¿De verdad le parece tan importante averiguarlo? – comentó Sofía, curiosa por entender los motivos detrás de la petición de Sandra.

- Lo que sucede es que, en las últimas dos llamadas, escuché una voz de mujer en el fondo – dijo Sandra bajando un poco la voz a un tono de confidencia.

El cuartel jadeó sorprendidas, desatando a su vez murmullos que se iban acrecentando. Finalmente, Inesita levantó la mano para tratar de llamar la atención de las muchachas, pero, al hacerle caso omiso, alzó su voz en señal de protesta.

- ¡Muchachas! ¡Ya, basta! No podemos estar gritando así. Debemos guardar la compostura y pensar con claridad – exclamó Inesita, volteándose a ver a Sandra. – Bueno, mija, ¿qué piensa usted de todo esto? ¿Cómo le podemos ayudar?

- ¿Qué? ¿Acaso no es obvio, Inesita? ¡Don Armando le está poniendo los cachos a Betty! ¡Jum! Ya me parecía raro que hubiese cambiado tanto de repente. Una vez perro, siempre perro – opinó Sofía, haciendo énfasis las últimas palabras.

El cuartel nuevamente se envolvió en los murmullos hasta que Inesita, de nuevo, alzó la voz para ponerles un alto.

- ¡Muchachas! ¿Qué es esto? ¿Acaso no estaban contentas cuando Don Armando no permitió que Betty se fuera? ¿No que el amor había triunfado? ¡Ya le están dictando sentencia a ese señor sin siquiera confirmar su teoría!

- ¡Ay, muchachas! Yo creo que estoy de acuerdo con Inesita. Es que me daría mucha pena que Betty, después de todo lo que sufrió, tenga que pasar ahora por esto. ¡Ay, no, no! – intervino Aura María preocupada.

- Ay, sí, amigas. Creo que debemos averiguar bien qué está pasando. Por eso les cuento esto, para que me ayuden a idear un plan y ver si descubrimos qué está pasando. ¿Qué dicen? – comentó Sandra mirándolas atentamente.

Las chicas del cuartel se voltearon a ver las unas a las otras, buscando aprobación en sus miradas. Al final todas miraron a Berta, quien asintió y fungió como vocera de todas.

- Bien, Sandra. Nosotras le ayudamos. Y no se preocupe que usted sabe que tiene una espía de primera en mí. Venga, acérquese para que le cuente qué se me ocurre que podemos hacer.

Todas se juntaron alrededor del sillón del baño, fundiéndose nuevamente en murmullos, esta vez menos escandalosos y más confidenciales que la vez anterior. Una vez satisfechas de lo discutido, se separaron.

- Bueno, mijas, manos a la obra. Vayamos a trabajar y usted, Sandra, nos avisa cuándo empezamos con el plan – comunicó Berta a sus compañeras quienes asintieron convencidas.

Finalmente todas salieron del baño a sus puestos de trabajo a la espera del inicio de la operación Bandida del Misterio.

Continuará...