¡Hola a todos!
Mil disculpas por el retraso en subir los capítulos. Esta pandemia me ha pegado muy duro a nivel personal, desde familiares infectados hasta amigos fallecidos y no he tenido un momento de paz mental en mucho tiempo.
Por fin pude tomar un respiro y liberarme en este mundo de YSBLF. Espero que les guste este capítulo. Tiene más escenas entre Armando y Betty y aparecen personajes que habían estado desaparecidos en el trama.
Un abrazo y espero que se estén cuidando mucho.
Disclaimer: El autor de la historia original es el grandioso Fernando Gaitán (q.e.p.d.) y esta es solamente una forma de entretenimiento para todos los que amamos a estos personajes y a YSBLF.
Capítulo 3: Mi fidelidad.
- Bueno, ¿y esa niña qué se cree? ¿Cree de que por ser presidente de una empresa y porque ahora tiene "novio" puede llegar a la hora que se le da la gana? ¡Debe recordar de que es una niña de su casa! – exclamó Don Hermes haciendo énfasis en la palabra novio.
Ya eran las 12 de la noche y Betty aún no llegaba a casa. Su padre caminaba de un lado al otro en la sala, desesperado por no saber aún nada de sobre su hija. Bien es cierto que ella le avisó, justo antes de salir de su trabajo a las 8 de la noche, que iba a terminar un par de asuntos en la oficina y luego cenaría con Armando, pero ya era demasiado tarde. Una niña decente, de su casa, no estaba a horas tan indecentes fuera de ella y mucho menos con su novio. ¡Ja! "Novio". Ciertamente nunca pensó que escucharía esa palabra salir de la boca de su hija para referirse a su propia vida. Su hija era una mujer adulta, con un puesto importante en una empresa, con auto y ahora…con novio. Sin embargo, seguía siendo su niña. Aún no podía olvidar sus pequeñas manos y ojos grandes cuando lo miró por primera vez y se asió de su dedo pulgar. Era diminuta, pero se había convertido en ese momento en lo más grande que la vida de le había dado. Por eso se preocupaba por ella, por eso quería tenerla protegida; por eso se preguntaba, ¿por qué aún no había llegado cuando las calles de Bogotá son tan peligrosas de noche?
Julia, viendo la desesperación de su marido quien no podía durar ni un minuto sentado, trató de calmarlo.
- Hermes, mijo, cálmese. La niña le dijo lo que iba a hacer, ¿o no? Además, todos estos días ha llegado muy temprano y Armandito le ha hecho visita en la casa. Es justo que salgan aunque sea una vez a la semana, ¿no le parece?
Hermes volteó a mirar a su esposa, observándola con cara de incredulidad. Fue y se sentó en el sofá para ponerse a la altura de su mirada.
- Julia, no le permito esto. ¡No me alcahuetee a la niña! – indicó con el dedo índice. – Recuerde de que la niña vive en esta casa y de que a esta casa y a sus padres los tiene que respetar. ¡Qué es eso de llegar tarde, de no volver a reportarse! No, señor. ¡Ella tiene que respetar!
Julia miró al cielo y levantó las manos, implorando un poco de sosiego. Era muy difícil hacerle entender a su esposo que las cosas habían cambiado. Ella sabía que esta oportunidad que se estaban dando Armando y Betty era muy importante y debían tratar de pasar el mayor tiempo posible juntos, fuera de la empresa, para arreglar su situación y entenderse mejor. Pero era imposible decirle a su esposo, sin mencionar el pasado siniestro de la relación, que era necesario.
Finalmente, sonó el teléfono. Julia, quien estaba justo al lado del mismo, trató de contestar, pero Hermes le propició un golpecito a su brazo con el periódico que tenía en la mano para que no lo hiciese. Ella lo miró y le torció la boca, mientras que Hermes descolgó el aparato.
- ¡Aló! ¿Betty?
- Hola, papá. Disculpe que no lo haya llamado antes, pero Armando y yo no nos dimos cuenta de la hora – comentó Betty entre risas.
- ¡Ah, no! Es que ahora de que la niña tiene novio se le ha olvidado que tiene también mamá y papá. ¡Qué bonito, no! ¡Qué bonito!
- ¡Ay, papá! No se ponga así – comentó Betty mirando a Armando quien la estaba observando expectante. – Además, papá, recuerde que estoy con Armando. No sea cansón, ¿sí?
- Es que ahora le salgo a deber a la niña, ¡le salgo a deber! -responde irónico don Hermes a su hija. – Mire, usted sabe muy bien cómo son las reglas de esta casa, así que venga para acá. Beatriz Aurora, recuerde que el diablo es puerco, hace y deshace.
Betty escuchaba a su papá un poco fastidiada. Armando, quien estaba al lado de ella en el restaurante, escuchó la conversación y decidió entrar en acción. Tomó suavemente el brazo de Betty para llamar su atención y le pidió que le pasase el teléfono. Betty se muestró renuente, negando con la cabeza y tratando de disuadir en voz casi inuadible a Armando para que no tomase el teléfono. Armando, al ver que la resistencia de Betty no era tan firme, tomó el teléfono de sus manos y lo colocó en su oreja, dejando a Betty con expresión resignada.
-¿Don Hermes? Habla con Armando Mendoza. ¿Cómo está? – dijo tentativamente Armando, mirando a Betty.
-Pues, ¿cómo cree que estoy, doctor Mendoza? Usted sabe muy bien que la niña ya debería estar en casa.
-Sí, vea, don Hermes, lo que sucedió es que se nos pasó el tiempo entre la comida y la charla y, bueno, nos demoramos un poco más de lo esperado, ¿cierto? Pero no se preocupe que dentro de una horita le estoy llevando a su niña sana y salva.
- Me disculpará, doctor, – contestó don Hermes un tanto molesto - resulta de que en una hora no es apropiado. ¿Se olvida de qué hora es? Ya es muy tarde y Bogotá no está como para andar callejeando.
Armando miró a Betty quien ya se encontraba resignada. Suspiró e intentó una vez más convencer a su suegro.
-Don Hermes, vea, le prometo que en una hora estamos de regreso. Yo se la cuido y no vamos a arriesgarnos yendo a lugares peli…
-No, doctor, no más – interrumpió el papá de Betty. – Prefiero de que vengan acá la casa y conversen esa horita extra que quieren tener.
Luego de escuchar la conversación entre su padre y Armando, Betty decidió tomar el celular de vuelta antes de que este último le respondiera.
-Hola, papá. Está bien. Ya vamos para allá – dijo, cortando la llamada.
Armando se quedó viendo a Betty entre decepcionado y resignado. Betty volteó y fijó su mirada en sus ojos los cuales expresaban una disculpa silente. Finalmente, Armando suspiró, abrazó con un solo brazo a Betty y le dio un beso suave en la sien.
- No te preocupes, mi amor. Mañana será otro día.
Betty suspiró y se separó de Armando para verlo a los ojos.
- No es eso, el problema es que mi papá aún me trata como a una niña. Nada de lo que haga lo satisface lo suficiente para creer que soy una adulta funcional, que me puedo manejar sola.
-Mi amor - respondió Armando tomando ambas manos de Betty, - tu papá cree en ti y sabe lo capaz que eres. Se preocupa por ti, solo es eso. No te voy a negar que te sobre protege, pero no lo hace con mala intención.
-Yo sé.
Betty miró a Armando un poco dudosa de seguir hablando. Finalmente, le quitó la mirada, tomó su bolso, sacó un par de pesos y los colocó sobre la mesa.
- Creo que es mejor que nos vayamos – comentó Betty, levantándose de la mesa y saliendo del restaurante.
Armando se levantó un poco confundido, mientras llamaba al mesero para que levantara la mesa y el dinero. Salió afuera del restaurante y vio a Betty quien estaba esperando al lado de la entrada. Betty dio un vistazo rápido a Armando y esquivó su mirada, fijando la misma hacia el área de valet.
-Debería pedir su carro. No se preocupe por mí, puedo tomar un taxi para ir a la oficina y buscar el mío – dijo Betty a Armando aún sin mirarlo.
Armando la miró un par de segundos y llamó al muchacho de valet.
- Hermano, me busca el carro, por favor.
- Claro, doctor, enseguida – respondió con una sonrisa el chico y desapareció rápidamente.
Armando se volteó hacia Betty. Se quitó sus lentes y masajeó el puente de su nariz, cruzando el otro brazo sobre su pecho. Estaba pensando cómo abordar la tensión extraña y la actitud de Betty. Luego de unos segundos, Betty se volteó, lo observó rápidamente para después esquivar su mirada.
-Bueno, me voy – dijo Betty, riéndose ligeramente para tratar de ocultar su incomodidad. – Nos vemos mañana en la oficina.
Betty levantó la mano para despedirse de Armando, pero este la tomó suavemente y la atrajo hacia él. Betty, al encontrarse frente a frente con él, levantó la mirada y se encontró con los ojos intensos de Armando, por lo que la bajó nuevamente.
-No, doctora, no. Lo lamento mucho, pero tenemos que hablar – comentó Armando mientras levantaba delicadamente la barbilla de Betty para poder verla a los ojos. – Ni se le ocurra que la voy a dejar irse en taxi. Usted y yo vamos en mi carro y hablaremos camino a su casa.
-Pero, doctor…- trató de enunciar Betty, pero fue interrumpida por el muchacho de valet.
- ¡Doctor! – llamó sonriente el muchacho - Ya su carrito está listo.
- Bien, ya vamos para allá – contestó Armando.
Volvió a mirar a Betty y agarró una de sus mano, entrelazando sus dedos. La jaló un poco para hacerla caminar. Betty siguió su guía sin poner mucha resistencia. Llegaron al carro y el joven le abrió la puerta a ambos. Armando sacó unos billetes que tenía y le entregó al muchacho uno de 10 mil pesos. El chico sonrió agradecido y regresó a su puesto cerca de la entrada del restaurante. Luego de que se retirara, Armando se acercó a Betty y le dio un pequeño beso en los labios. Se miraron unos segundo a los ojos, terminando la conexión con suspiros simultáneos de cada uno. Sonrieron por la coordinación espontánea y miraron hacia al frente.
- Hablemos cuando lleguemos a su casa – dijo Armando poniendo en marcha el carro.
Durante el corto trayecto del restaurante a la casa de Betty, ninguno habló. La radio estación que proporcionaba la música conversó por ellos mientras emitía canciones suaves y dulces. A pesar de la tensión que había entre ellos, las melodías llenaban el aire dentro del carro con notas agradables que ayudaban a liberar la animosidad. Al estar por llegar a la casa de Betty, Armando apagó las luces de su auto, bajó la velocidad y lentamente se colocó frente a la casa sin hacer ruido para no llamar la atención. Una vez el carro se detuvo completamente, Armando colocó el freno de mano y apagó el carro. Retiró su cinturón de seguridad, desamarró el de Betty y la miró expectante. Betty devolvió la mirada un par de segundos y luego suspiró y bajó la vista.
-Armando, lamento si te hice sentir incómodo. En realidad no estoy molesta, por lo menos no justamente, solo estoy frustrada por la relación con mi papá – contestó Betty, un poco contrariada por la situación.
-Betty, mire, yo sé que esto no es fácil, pero estoy seguro que no tiene nada que ver con el asunto de su papá. A ver, - comentó mirando a Betty a los ojos, - cuénteme qué es lo que realmente le molesta.
Al ver la mirada fija de Armando, Betty cerró los ojos y suspiró para nuevamente abrirlos y volver a mirarlo. Pensó un par de segundos mientras contemplaba el rostro de su novio para tomar valor.
-Armando- dijo Betty un poco dubitativa, - quizá esto vaya a sonar un poco absurdo, yo sé que es absurdo, pero a veces uno no puede evitar la dirección que toman los pensamientos…
Betty quitó la mirada, viendo hacia la ventana del carro. Armando, al notar su cambio de foco, presionó suavemente una de las manos de Betty para atraer su atención. Betty se volteó, lo observó y suspiró nuevamente.
-Mi amor, por favor, después de todo lo que hemos pasado, después de todo lo que me has visto hacer y deshacer, no creo que haya algo que me pueda parecer absurdo. Dime con confianza – indicó Armando.
- Está bien- dijo Betty, deteniéndose brevemente para luego continuar,– aunque sé que no es así, aunque sé que no hay razón para sentirme así…sentí que ya no querías estar conmigo, que el hecho que mi papá hubiera llamado fue la oportunidad que necesitabas para que diéramos por terminada esta noche.
Armando miró un tanto incrédulo a Betty y le soltó la mano. Subió la mirada hacia el techo y luego agarró con cierta tensión el volante. Regresó su mirada, entre enojada y dolida, hacia Betty. Pasó la mano por su pelo, cerrando nuevamente los ojos y tomó un respiro profundo. Finalmente se dirigió a Betty, un poco más controlado.
- A ver, Beatriz, dígame, ¿cómo puede usted pensar eso de mí después de todo a lo que nos hemos tenido que enfrentar, ah? ¿Qué tengo que hacer para que no tenga esas dudas de mí, de que quiero estar con usted?
-Doctor, créame que no estoy dudando, no quiero dudar. Por eso le decía que no me hiciera caso, son vestigios de mi inseguridad, de esa Betty que aún no se cree el cambio que ha dado y lo que está pasando en este momento con nosotros – le contestó Betty, mientras agarraba delicadamente la mano de Armando.
Este, un poco desanimado, apretó delicadamente la mano de Betty y la miró a sus ojos, dando un suspiro.
-Betty, mi Betty – le dijo dulcemente a su novia, - te juro que tengo muchas ganas de estar contigo. No quisiera dejarte aquí, quisiera llevarte contigo a mi apartamento, hacerte el amor toda la noche y despertar contigo a mi lado, pero ambos sabemos que no es posible por el momento.
Betty se sonrojó un poco por lo manifestado por Armando, por lo que bajó un poco el rostro para evitar su mirada por unos segundos. Luego, sin levantar la cabeza, miró hacia Armando con ojos penetrantes, llenos de deseo. Este, como un imán, se sintió atraído por ella y le dio un beso que demostraba la pasión y amor que sentía por ella. Betty le correspondió con la misma fuerza mientras pasaba la mano por los cabellos de Armando. Luego de unos segundos que parecieron más largos, Betty detuvo el beso suavemente, colocando sus manos sobre el pecho de su novio. Este la miró afectuosamente, tomando entre sus dedos unas hebras de su cabello para terminar posando su mano delicadamente sobre su hombro.
-Doctor…-empezó Betty, pero Armando la detuvo.
-Armando.
-Armando – corrigió Betty, dándole una pequeña sonrisa, -por eso le dije que no tenía lógica, que no estaba realmente molesta. Tengo que tratar de fortalecer más mi confianza en mí y en usted.
Betty levantó una de sus manos y acarició suavemente la mejilla de Armando, provocando que este cerrase momentáneamente los ojos ante el tacto e inclinara su cabeza en dirección a la caricia recibida.
-Yo también quiero estar usted, me muero por estar entre sus brazos -confesó Betty, - pero aún no es fácil para mí creer en todo esto ciegamente. Esto es algo a lo que tengo que enfrentarme por mi propia cuenta, disipar todos los fantasmas que hay en mi pasado, en nuestro pasado, para poder vivir esta relación plenamente.
Armando, ya más tranquilo, dio otro suspiro y sonrió tiernamente a Betty.
-Estamos reconstruyendo todo desde cero. No ha sido fácil, menos después de todo lo que le hice, pero creo que vamos por un buen camino. Yo la amo, Betty, y le prometo que la ayudaré a que no tenga dudas sobre mí. Verá que no le daré ninguna razón para sentirse insegura.
Betty sonrió ante las palabras de Armando. Acercó con suavidad el rostro de este y le propinó un beso tierno.
-Yo sé, doc..Armando – rió Betty con su característica risa ante su casi desliz, -estoy cada día creyendo más y más en nosotros y en lo que tenemos.
Se perdieron en los ojos del otro, tratando de comunicar lo que sentían sin necesidad de mediar palabras. Sin embargo, la conexión fue cortada por dos golpes fuertes en la ventana de del conductor. Asustados, ambos voltearon a la ventana y vieron a Don Hermes, en bata y pantuflas, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Betty miró a Armando y rápidamente tomó su cartera y bajó del carro. Armando, por su lado, abrió con cautela su puerta y se paró con frente a su suegro. Acelerando el paso, Betty se colocó al lado de su papá para evitarle problemas a Armando.
-¡Papá, qué hace aquí afuera! Entre mejor, no vaya a ser que se enferme con el frío que está haciendo – exclamó Betty a su papá a la vez que le daba miradas furtivas a Armando.
-Pues que ya van varios minutos que veo que el carro del doctor aquí presente está parado frente a nuestra casa, ¡y la niña no baja! – reprochó don Hermes mientras los miraba a los dos.
- Disculpe, don Hermes, fue culpa mía. Le atrasé a la niña, pero no se preocupe, que se la traje sana y salva, ¿vio? – dijo Armando en modo conciliatorio para calmar a su suegro.
- Pues, doctor, déjeme decirle de que me parece muy mal que se queden afuera en el carro conversando a estas horas de la noche. ¿No se acuerda de lo que pasó la vez pasada con los vagos esos, ah? ¿No se acuerda? Estar aquí afuera a esta hora es invitar a los problemas a pasar.
-Papá, lo importante es que ya llegué. Además, tiene razón, no debería estar acá afuera a estas horas. Entre, que yo me despido de Armando y le sigo – indicó Betty, mientras tomaba suavemente a su papá del brazo.
Hermes se zafó rápidamente del agarre de su hija y volvió a cruzar los brazos.
- ¡Ah! ¿Es que la niña piensa demorarse más tiempo afuera?
Betty y Armando trataron de rechistar al mismo tiempo, causando una confusión de voces que fue interrumpida por otra voz.
-¡Hermes, mijo! ¡No sea cansón y deje que los niños se despidan! – vociferó doña Julia desde la puerta de la casa, tratando de que su marido entrara en razón.
- ¡Julia! ¡Pase para adentro! ¡Y no me interrumpa cuando estoy hablando con los muchachos, carajo!
- Pues, mijo, o viene para la casa, o salgo a buscarlo – dijo decidida su esposa, mientras ponía sus manos en la cintura.
Don Hermes miró a su esposa y luego a su hija y su yerno. Levantó un dedo y los señaló a ambos para finalmente aterrizar su señalamiento en Betty.
-Solo tiene cinco minutos, señorita; ¡cinco minutos!- bajó la mano y saludó con la cabeza a Armando. – Buenas noches, doctor.
Fue caminando hacia su casa, volteando casa cierto tiempo la mirada para ver a la pareja. Finalmente, al estar cerca de la entrada, su esposa lo jaló por el brazo. Este lo retiró de su mano y volteó a ver a Julia.
- No me esté jalando, no sea majadera – replicó don Hermes a su esposa. – Además, déjeme decirle de que no me gusta esa alcahuetería que está haciendo con la niña, eso de….- el sonido de su voz se perdió a medida que iba entrando a la casa.
Julia les dio una sonrisa a Betty y Armando y cerró la puerta tras ella.
Luego de estar solos, la pareja se miró mutuamente y rieron en voz baja. Armando atrajo a Betty por la cintura y le dio un beso fugaz en los labios. Betty, instintivamente, pasó sus brazos por el cuello de su novio y junto las manos detrás.
- Bueno, Armando, creo que deberíamos despedirnos antes que venga mi papá y lo lleve él mismo a su apartamento – comentó Betty, riéndose nuevamente.
Armando la abrazó y le dio un beso delicado en la frente. Subió sus manos por los brazos de Betty y las posó sobre sus hombros.
-Mi Betty, te amo. No quisiera que desconfiaras más de mí. Sé que es un proceso, pero créeme que voy a hacer todo lo posible para disipar tods las dudas que puedas tener.
Betty abrazó a Armando, colocando su cabeza en su cuello para poder susurrarle al oido.
-Lo sé, lo sé. Gracias por tenerme paciencia. Le prometo que voy a hacer todo lo posible para no tener estos pensamientos que a veces me asaltan. También lo amo.
Se separaron lentamente y compartieron un beso dulce antes de separarse.
Betty caminó hacia atrás, despidiéndose con la mano de Armando. Subió las escaleras del zaguán y caminó hacia la puerta, volteando cada cierto tiempo a saludar a su novio. Finalmente, al llegar a la puerta y voltear por última vez, Armando la llamó.
-Betty, antes de que entre- dijo sonriente mientras se recostaba en la puerta de su carro con los brazos cruzados, - le voy a dejar una tarea para mañana.
-¿Tarea? – preguntó Betty entre curiosa y divertida.
-Sí – dijo Armando asintiendo y colocando las manos en los bolsillos del pantalón. – Usted, señorita, me va a hacer una plana con las palabras Armando y tú para ver si puede acostumbrarse a tutearme.
Betty rió, pero asintió a lo solicitado. Armando le sonrió y le guió el ojo antes de abrir la puerta de su carro y entrar en él. Una vez que Betty hubo entrado a la casa, este partió hacia su apartamento, decidido a tomar una ducha fría.
Al día siguiente, el cuartel llegó muy temprano a la oficina, incluso antes que sus jefes. Decidieron tener otro 911 antes de la hora de entrada para poder empezar a poner en funcionamiento su operación Bandida del Misterio. Una vez reunidas en la sala de juntas del cuartel, Sandra tomó la palabra y presidió la reunión a sus compañeras atentas.
-Bueno, niñas, ya conseguí lo que necesitábamos. Hay que colocarlo en el escritorio de Berta para que ella lo instale en su teléfono y podamos hacer la grabación.
Sandra levantó una bolsa de compras blanca y se la mostró a sus amigas. De inmediato, Berta le arrebató la bolsa para ver el contenido.
-¡Ay, Berta! ¡No sea bruta! – se quejó Sandra mientras el resto se colocaba alrededor de Berta.
Al abrir la bolsa se encontraron con un aparato blanco con varios cables en el fondo. Berta lo sacó delicadamente para analizarlo y volteó a ver las muchachas. Estas negaron con la cabeza y finalmente Berta volteó a ver a Sandra.
-Mija, yo no sé con qué se come esto. Explíqueme cómo lo voy a instalar si no tengo ni idea de cómo se usa o se hace esto.
-Pues, no sé. Yo solo hice lo que usted me dijo, que buscara una grabadora de llamadas; ¡y no sabe lo mucho que me costó encontrarla! Tuve que pedirle el favor al medio metro de sistemas y no sabe lo difícil que fue quitármelo de encima.
- ¡Ay, cómo si se le pudiera trepar! Tendría que treparse en un avión y caerle con paracaídas – comentó Sofía, arrancando risas al cuartel.
- Claro, lo dice lo por experiencia una enana a otro otro enano, ¿no? – respondió con sarcásticamente Sandra, provocando que Sofía se le quisiera abalanzar encima sin poder lograrlo al ser detenida por Aura María y Mariana, quienes al igual que las otras reían a carcajadas. Inesita interrumpió el jolgorio y pidió silencio a todas las muchachas.
-Bueno, niñas, ya está bueno. Y ustedes – se dirigió Inesita a Sandra y a Sofía, - dejen esos juegos de andar insultándose que no termina en nada bueno.
-Tiene razón Inesita, chicas. Mejor vamos directo a lo que vamos porque estamos a un paso de conseguir un chisma que hace agua la boca – expresó sonriente Berta y ocasionando nuevamente las risas del cuartel con excepción de Inesita.
-Ay, ay, muchachas, claro que también es para ayudar a Betty por si el doctor sigue con sus bandidas por ahí escondidas – dijo Aura María a sus amigas.
-Claro, que sí, muchachas, obviamente – contestó Berta, - pero eso no quita que nos podamos deleitar con el chisme que está detrás de todo esto.
-¿Y bueno, ahora qué hacemos? – preguntó Sofía mientras se sentaba al lado de Berta en la banca.
-Ahora hay que instalarlo en mi escritorio junto a mi teléfono y grabar a don Armando como si respondiera una conversación.
- Berta, ¿y cómo vamos a instalar eso si usted no sabe? Mire que yo nunca la he visto tan tecnológica a usted, mija – preguntó Mariana cruzándose de brazos.
Berta las miró a todas esperando una respuesta de alguna de ellas. Al darse cuenta el cuartel que esta estaba esperando a que ellas vinieran con una solución, se quejaron al unísono, creando un griterío.
-¡Ya, ya! Intentamos a ver qué sale. No debe se tan difícil, ¿cierto? – dijo Sofía mirando esperanzada al resto.
-No, lo lamento mucho, Sofía, pero no podemos ponernos a "ver qué sale". ¿No ve que eso me lo prestaron? Claro, se daña y soy yo la que tengo que poner la cara. No, mija, no está ni tibia. Averigüemos bien cómo se pone y si no se puede, pues vemos qué otra cosa nos inventamos – intervino Sandra con determinación.
-Muchachas, tranquilas, que ya sé cómo podemos hacer – dijo Aura María con un sonrisa pícara
-Yo tengo un amigo que es buenísimo con la tecnología, tiene un negocito por la carrera 15 que repara aparatos de esos, así que seguro nos puede ayudar. Además es un triple papito, tienen que verlo cómo tiene esos brazos, y cómo se le marcan esas…-
-¡Aura María! – interrumpió enérgica Inesita.
-¡Ay, pero Inesita! No estoy diciendo nada malo, solo dando una sugerencia- el cuartel soltó la carcajada mientras Aura María trataba de defenderse.
-Hagamos lo siguiente entonces. Aura María, usted llama a su amigo para preguntarle si nos puede ayudar. Entonces a la hora del almuerzo instalamos la grabadora y ponemos el plan en ejecución. ¿Quedamos así? – preguntó Berta.
Todas asintieron y tomaron sus cosas para ir a sus puestos de trabajo antes de que llegaran sus respectivos jefes.
Armando pasó a casa de Betty muy temprano para recogerla e ir al trabajo juntos ya que el carro es ella estaba en el garaje de la empresa. Al llegar, llamó a Betty al celular para avisarle y decidió recostarse un rato en su carro hasta que ella bajase. Retiró sus lentes y cerró los ojos con la intención de dormir un par de minutos. Estaba a punto de conciliar el sueño cuando escuchó un par de golpes en al vidrio del conductor. Abrió los ojos y vio la pegada la cara sonriente de Don Hermes. Armando se echó para atrás dándose un leve golpe en la cabeza. Bajó la ventana con una mano mientras con la otra daba suaves masajes a su coronilla.
- ¡Doctor Mendoza! ¿Qué hace aquí en su carro cuando tenemos una casa con todas las comodidades? – preguntó don Hermes al adolorido Armando.
-Buenos días, don Hermes. Sí, yo sé, es que es muy temprano y…
-No me diga de que le da vergüenza entrar a nuestra casa a plena luz del día. Sé que no es la casa más elegante, pero le aseguro de que es una casa muy respetable y arreglada – interrumpió don Hermes a su yerno.
-No, don Hermes, nada de eso, solo que Betty me dijo que ya estaba por salir, así que preferí esperarla afuera para no molestarlos a ustedes. Solo era eso, don Hermes – respondió Armando con una sonrisa incomoda que pasó completamente desapercibida por su suegro.
-Nada de eso, doctor. Venga y se toma un tintico con nosotros que estamos desayunando, y no se preocupe que no somos solo viejos, también está Nicolás del lado de los jóvenes. Claro que el apetito de ese zángano también es joven y nos está vaciando la despensa – insistió don Hermes terminando con su clásica risa entrecortada por el chiste dicho.
Armando dudó un poco en bajar del carro, pero, conociendo a don Hermes, sabía que la batalla estaba perdida. Finalmente salió del auto y siguió a su suegro a la puerta de la casa. Don Hermes dio pequeños toques con ritmo a la puerta y la abrió de inmediato.
-¡Julia, Nicolás, miren a quién nos trajeron los vientos matutinos! – dijo en voz alta mientras emitía una risa corta.
Don Hermes entró a la casa y jaló con determinación por el codo a Armando quien saludó a las personas delante de él asintiendo la cabeza.
-¡Don Armando! – dijeron al unísono Nicolás y doña Julia.
- Buenos días, doña Julia; Nicolás. Qué pena interrumpirlos en el desayuno, pero, bueno, don Hermes me encontró…-
-¡Lo encontré dormido en el carro, imagínense! – interrumpió nuevamente don Hermes a Armando, riéndose.- Estaba esperando a la niña, pero le dije que bajara, que acá estaría mejor y bien atendido.
Don Hermes se acercó a la mesa en donde se encontraban desayunando y le indicó una silla al doctor para que se sentase.
-Venga, doctor, siéntese que mi mujer lo atiende – don Hermes se volteó hacia su mujer, - ¡Julia! Atienda al doctor, mija; no se quede ahí parada como una estatua.
Doña Julia se acercó rápidamente a Armando y le colocó un mantel individual frente a él en la mesa.
-Dígame, doctor, ¿le provoca un tintico? Si quiere, tenemos también juguito de mora. Es completamente natural, aquí Niquito le puede confirmar.
-Sí, doctor, completamente natural, se lo digo yo que ya me conozco el menú completo de esta casa – contestó Nicolás mientras mordía una empanada.
-Bueno…está bien, doña Julia. Un tintico está bien – respondió resignado Armando y doña Julia sonrió, limpió sus manos con el limpión que tenía en su delantal y se dirigió a la cocina.
-¡Que no le dé pena, doctor! Mi esposa hace unas empanadas deliciosas – comentó don Hermes a la conversación. Armando trató de rechazar la oferta de don Hermes, pero este último, antes de que pronunciara palabra, agregó una orden a su esposa - ¡Julia, tráigala también dos empanaditas al doctor!
-¡Listo! – replicó desde la cocina doña Julia.
A los pocos minutos, doña Julia regresó con el tinto y las empanadas para Armando y todos regresaron a la mesa a comer. Transcurrieron un par de minutos en los que don Hermes tomó la palabra y poco dejó hablar a los demás integrantes. Por su parte, Nicolás comía con las mismas ganas de siempre, pero fijaba su mirada frecuentemente en Armando. Este notó la situación y trató de lanzar pequeños gestos de amabilidad al amigo de Betty. Sabía que con él debía atravesar un camino muy difícil debido a su historia de peleas e insultos, pero también sabía que Nicolás era casi como un hermano para Betty y debía poner de su parte para que se diera una reconciliación entre los dos.
Justo antes de que don Hermes contara la historia del Viejo Lázaro en París, bajó Betty apresurada, despidiéndose de su familia a medida que iba bajando de la escalera.
-Hasta luego, mamá, papá. Nos vemos más tarde que Armando me está esperando afuera. Nicolás, no vaya a llegar tarde, mire que hoy…-Betty se detuvo en seco cuando vio a Armando sentado a la mesa.
-Mire, mija, quién está desayunando con nosotros. Me lo encontré afuera durmiéndose en el carro, así que lo invitamos a tomarse un tintico bien cargado para quitarle el sueño – comentó satisfecho don Hermes ante la estupefacción de su hija.
-Doc..digo, Armando – dijo Betty, mirando a su novio, quien le sonrió y levantó levemente los hombros.
-Siéntese, mamita, coma algo antes de irse – indicó doña Julia a su hija.
-No, mamá, gracias, pero hoy tenemos una reunión temprano en la oficina. De hecho, Nicolás, debería salir detrás de nosotros para que no llegue tarde, ¿no?
-Pero, Betty, cómo le voy a despreciar el huevito y la empanada a su mamá. Mire que la solitaria después me lo reclama y no quiero tener problemas con ella – dijo Nicolás, riendo con su característica risa entrecortada.
-Bueno, termine y se va volando para la oficina. No se demore, ¿oyó? – señaló Betty a su amigo para luego voltearse hacia su novio – Vayámonos, Armando.
Armando se limpió la boca con una servilleta y se levantó de la mesa.
- Muchas gracias, doña Julia, don Hermes, por la invitación. Otro día vengo con más tiempo a desayunar con ustedes. Muy bueno todo, doña Julia
Finalmente, se volteó a ver a Nicolás, quien lo estaba mirando de reojo.
-Nos vemos ahora, Nicolás – dijo Armando a su antiguo rival.
-Nos vemos, doctor – respondió Nicolás dándole una rápida mirada de reojo para luego volver a mirar su plato de comida y seguir en la faena.
Armando volteó a mirar a Betty quien solo lo miró comprensivamente y asintió, haciéndole entender que había visto la situación que se estaba desarrollando entre Nicolás y él.
-Bueno, hasta luego, nos vemos – se despidió Betty y tomó la mano de Armando para salir antes que les insistieran nuevamente que se quedaran a comer.
Una vez en el carro camino a Ecomoda, Betty miró a Armando y rió.
-¿Qué pasa, mi doctora? ¿Le parezco gracioso hoy? – dijo Armando, dando una media sonrisa.
-No, doc...Armando – dijo Betty, riendo por su desliz y ocasionando que Armando se riera también, - lo que pasa es que aún no entiendo qué hacía usted desayunando con mis papás esta mañana.
-Pues, su papá me sorprendió durmiendo en el carro y me insistió que bajara y me tomara un tintico con ellos – respondió resignado Armando. – Con todo respeto, Betty, ¡Pero qué cansón su papá!
Betty río y tocó el brazo a Armando. Este le dio una mirada fugaz antes de volverla hacia la carretera.
-Betty, hoy no te he dado un beso, y créeme que tengo muchas ganas de hacerlo – comentó ciñendo las manos fuertemente al timón y mirando hacia al frente.
Betty se sonrojó y bajó la mirada, dando una pequeña sonrisa tímida.
- Doctor, pero ya casi llegamos a la oficina – dijo Betty entre pequeñas risas.
-Yo sé, mi doctora, pero aún nos queda un semáforo antes de llegar. Además, creo que hoy me porté muy bien y hasta comí con sus papás y Nicolás, me lo merezco.
En ese momento Armando recordó la actitud de Nicolás con él. Estaba seguro que no sería fácil que este se olvidara de todo lo que sucedió entre ellos, pero no sabía cómo ir limando asperezas con él.
- Betty, no creo que Nicolás me tenga mucha confianza – indicó Armando, mirando a Betty rápidamente antes de regresar la vista al frente.
Betty suspiró y miró hacia fuera de la ventana. Había notado ya anteriormente que Nicolás no estaba muy contento con su nueva relación con Armando, pero hoy pudo comprobarlo con la actitud entre ellos.
-Sí, yo sé. Voy a hablar con él hoy sobre nuestra relación. Él vivió junto a mí todo nuestro…pasado – dijo Betty, deteniéndose brevemente al describir la antigua relación con Armando, - pero yo sé que él puede entender que ya es otro Armando, que yo soy otra Betty, y que esta nueva relación será distinta.
Armando fue bajando la velocidad para pararse frente al semáforo. Se volteó y tomó las manos de Betty, haciendo que esta se volteara hacia él.
-Créeme, Betty, que yo tampoco estaría feliz de ver a mi amiga con un hombre con el cual me agarré a golpes – manifestó Armando y causando que Betty soltara una pequeña risa.
-Yo haré lo posible también por acercarme a él, no te preocupes. Sé lo importante que es él para ti y, por lo tanto, lo será para mí también. Te lo prometo – declaró Armando tomando la barbilla de Betty – Ahora, no crea que se me olvidó lo que le dije hace unos minutos, mi doctora.
Betty recordó las palabras de Armando y se sonrojó mientras este se acercaba lentamente a ella. Besó suavemente sus labios y la miró unos segundos a los ojos y luego atacó nuevamente su boca, esta vez con más pasión. El auto, la música y todo lo demás a su alrededor desapareció durante el momento en que estuvieron besándose, hasta que un pito insistente los sacó de su ensimismamiento. El autor de los pitos estruendosos, un taxista, se salió de la fila y se colocó unos segundos a lado del carro de Armando. Bajó la ventana y se les quedó viendo con el ceño fruncido.
-¡Pero llévela a un motel en vez de estar causando este trancón! – le gritó entre sarcástico y molesto el taxista a Armando.
-¡Uy! Disculpe que su mercé que lo haya retrasado tanto. Más bien siga y deje de estar molestando.
- Ahora, pues, se ofendió este pirobo, mal na…- murmuró el taxista mientras daba un manotazo al aire y avanzaba con el carro.
- ¿Cómo fue que me dijo usted? ¡No huya! – le gritó de vuelta Armando, pero Betty lo tomó fuertemente por el brazo.
-Armando, ya, no vale la pena – dijo firmemente Betty mirándolo a los ojos.
Armando asintió, subió la ventana y puso el carro en marcha.
-¿Sabes, Betty? El taxista tenía razón en algo – dijo tranquilamente Armando mientras doblaba para entrar al estacionamiento principal de Ecomoda.
- ¿En qué?- preguntó curiosa Betty.
-Pues, podemos debería llevarte a otro lado, quizá podamos escaparnos hoy de la oficina…
-¡Armando! – dijo Betty sonrojada, interrumpiendo a su novio.
Armando rió fuertemente y se acercó para robarle un beso rápido a su novia, quien se sonrojó aún más. Estacionó el auto, bajó y le abrió la puerta a Betty.
-Servida, mi princesa – anunció dulcemente Armando mientras le daba la mano a Betty para que saliera del carro.
Betty tomó la mano de su novio y le regaló una sonrisa tímida y una mirada tierna.
-Muchas gracias, mi príncipe – respondió Betty con voz cantada mientras salía del carro.
Trató de soltar la mano de Armando una vez bajó, pero este no se lo permitió. Ella volteó a verlo y este le dio un beso en el lomo de la mano, mirándola firmemente a los ojos. Betty sonrió y le sostuvo la mirada. Apretó levemente su mano en señal de aprobación y siguieron hacia la entrada.
-¡Buenos días, doctores! Espero que hayan pasado una buena noche – saludó Wilson, parado firme con la mano como militar sobre la frente, haciendo énfasis en el final.
Betty y Armando voltearon a ver a Wilson al mismo tiempo, ambos con miradas penetrantes, lo que ocasionó que el portero se estremeciera al ser el blanco de las mismas.
-Mire, por qué mejor no me estaciona el carro en vez de estar hablando babosadas. Vaya, vaya – dijo Armando a Wilson mientras le entregaba las llaves de su carro.
-¡Con gusto, mi doctor!
Wilson realizó nuevamente un saludo militar y fue a realizar lo indicado. Armando y Betty entraron a recepción y fueron recibidos por una Mariana sonriente.
-Buenos días, don Armando; buenos días, Betty. ¿Cómo están?
-Bien, Mariana, gracias – respondió Betty – dígame una cosa, ¿ya Aura María llegó?
-¡Uy, hace rato, Betty! Está allá arriba preparando creo que una reunión que tienen ahora, ¿cierto? – contestó Mariana.
-Sí. Bueno, nos vemos más tarde, Mariana – se despidió Betty y fue hasta el elevador que en ese momento se había abierto.
-Hasta luego, Mariana – dijo pausadamente Armando a Mariana para luego seguir a Betty al elevador.
Mariana miró extrañada al doctor mientras se cerraba la puerta del elevador. Ciertamente lo quería mucho y más ahora que era el novio de su amiga, pero sin dudas que era un hombre muy extraño. Mientras estaba contemplando sus pensamientos, se abrió la puerta de la recepción. Wilson estaba en la entrada sonriendo mientras miraba de arriba abajo a una mujer con cuerpo de modelo y lentes de sol que cruzaba el umbral de la puerta.
-Pase, pase, señorita. Ya la atiende Mariana, nuestra prestigiosa recepcionista – indicó Wilson a la mujer.
- Muchas gracias, señor – respondió la mujer a Wilson, lanzándole una mirada de lado y una media sonrisa, lo que hizo que casi se cayera el portero mientras la veía embobado.
Mariana rodó los ojos al ver a Wilson encantado por la dama que acababa de entrar. La mujer se paró frente a Mariana y se quitó los lentes de sol para observarla directamente.
-Buenos días. Estoy buscando a Armando Mendoza – dijo la mujer acomodando sus cabellos negros.
-Buenos días, con gusto verifico. ¿A quién anuncio? – preguntó Mariana levantando el teléfono de recepción.
-Dígale que Silvia Marinelli a regresado y está deseosa de verlo – sonrió coquetamente mientras levantaba las cejas y reflejaba en sus ojos verdes un brillo impertinente.
Continuará...
